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Tuesday 6 Dec 2022 | Actualizado a 00:07 AM

Revoluciones de mujeres

/ 4 de octubre de 2022 / 01:44

¿A poco no sería apropiado si los regímenes en Moscú y Teherán —el primero definido por un culto al machismo de su líder, el segundo por su misoginia sistémica— fueran derrumbados por protestas inspiradas y lideradas por mujeres? Esa posibilidad ya no es remota. Las protestas que se han desarrollado en todo Irán desde la muerte cruel de la joven de 22 años, Mahsa Amini —acusada de violar la ley de Irán sobre el uso del hiyab, arrestada por la policía de la moral y que casi indudablemente golpearon hasta dejarla en coma mientras estaba detenida— son las más serias desde la “revolución verde” de 2009 después de la reelección fraudulenta de Mahmud Ahmadineyad.

Pero quizá ahora sea diferente.

En ese entonces, el líder supremo, el ayatolá Alí Jamenei, era vigoroso y gozaba de un control total del sistema. Ahora, hay reportes de que está muy enfermo. Aquella vez, Irán exportaba más o menos 2.300 millones de barriles de petróleo al día. Ahora, en parte gracias a las sanciones impuestas por el gobierno de Trump, exporta unos 800.000. Antes, las protestas eran sobre todo de política, que se centraban en Teherán. Ahora, se tratan más de derechos humanos, y hay un componente étnico potente. Pero el factor más importante es el factor de las mujeres.

“En 1979, cuando las mujeres protestaban en contra de la amenaza del hiyab, estaban solas”, me comentó hace una semana la escritora Roya Hakakian, quien era adolescente cuando vivió la revolución iraní. “Ahora la marea ha cambiado muchísimo. Los hombres reconocen el liderazgo de las mujeres y están de su lado. Está claro que estas manifestantes han forjado una identidad colectiva que es contraria a la identidad del régimen. Contrarrestan la misoginia del régimen con un igualitarismo sin precedentes”.

Dirigir una dictadura es un arte delicado. Quienes intentan gobernar con un toque demasiado ligero —dejando a la gente común y corriente más o menos sola excepto cuando se trata de política— corren el riesgo de que la probadita de la libertad se desborde.

Pero quienes tratan de interponer el régimen en los aspectos más personales de la vida de la gente, incluida la elección de la ropa, corren otro tipo de riesgos. Para eso se necesita que el Estado controle el comportamiento de todos, no solo de unos pocos. De esta manera, amplían enormemente el círculo de personas con razones personales para odiar el sistema, y les proporcionan los instrumentos más sencillos de una revolución. Si todas las mujeres de Irán deben ponerse el hiyab, entonces, todas las mujeres tienen los medios para iniciar una revolución.

Por mucho tiempo, Vladimir Putin supo que no debía caer en esta trampa: su arma era el bisturí, no el mazo, y su pacto con el pueblo ruso era que se le dejaría en paz si ellos dejaban en paz la política. Un vago aroma a miedo, y no un sistema omnipresente de coacción, es lo que dio al régimen de Putin su poder de permanencia.

De la noche a la mañana esto ha cambiado. La “movilización parcial” que Putin ordenó para llenar sus filas diezmadas es la esencia de la compulsión. A juzgar por las imágenes que salen de Rusia, los hombres en edad militar están huyendo hacia la frontera, y las mujeres se están manifestando. La semana pasada, una nota de Sky News reportó “más mujeres que hombres en la protesta en Moscú; una por una, las metieron en camionetas de la policía”.

Putin tiene motivos para preocuparse. El Comité de Madres de Soldados de Rusia, dirigido en su momento por Maria Kirbasova, ayudó a poner fin a la primera y desastrosa guerra de Rusia en Chechenia a principios de los 1990. Antes de eso, las madres rusas fueron fundamentales para atraer la atención sobre los males de la dedovshchina —el abuso rutinario y brutal de los jóvenes conscriptos—, lo cual también ayudó a socavar la labor militar soviética en Afganistán.

Ahora, por cada uno de los 300.000 jóvenes que Putin pretende convertir en carne de cañón en su desastrosa e ilegal guerra, hay incontables madres, esposas, hermanas, hijas y novias que, de hecho, también han sido movilizadas. Tienen más posibilidades de tomar Moscú que las que tendrá el ejército ruso de tomar Járkov o Kiev.

Es bueno que el gobierno de Biden, que ha hecho las cosas bien al enfrentarse a Putin, haya apoyado ahora las protestas de Irán, incluso tratando de mantener a los iraníes conectados a internet a través de las cajas Starlink de Elon Musk. Puede mejorar aún más si se retira de las conversaciones nucleares, basándose en el principio de que un régimen que no da alivio a las mujeres no merece alivio de las sanciones.

Occidente ha tenido un movimiento de mujeres y una Marcha de las Mujeres. Ahora es el momento de una Revolución de las Mujeres en Irán y de una Paz de las Mujeres en Rusia. Las oportunidades son propicias.

Bret Stephens es columnista de The New York Times.

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La otra forma del fin de la Historia

/ 3 de septiembre de 2022 / 02:49

Se suponía que el fin de la Historia había ocurrido en 1989, el año en que cayó el Muro de Berlín y Francis Fukuyama anunció el triunfo definitivo de la democracia liberal. Sabemos cómo funcionó esa tesis. Pero, ¿qué sucede cuando el otro tipo de Historia, la académica, no la hegeliana, comienza a colapsar?

Esa es una pregunta que James H. Sweet, profesor de Historia en la Universidad de Wisconsin, Madison, y presidente de la Asociación Histórica Estadounidense, trató de plantear en una columna titulada ¿Es la historia historia? para la revista de noticias de la organización. No salió bien.

La principal preocupación de Sweet en el artículo, que se subtituló Políticas de identidad y teleologías del presente, se refería a la “tendencia hacia el presentismo”, el hábito de sopesar el pasado frente a las preocupaciones sociales y las categorías morales del presente. La columna ofreció algunas críticas silenciosas al Proyecto 1619 del Times (junto con golpes a Clarence Thomas y Samuel Alito) y advirtió que “la mala historia produce mala política”.

Inmediatamente provocó aullidos de protesta en Twitter por parte de académicos de izquierda.

En dos días, Sweet presentó una disculpa servil, en la que se acusaba a sí mismo de un “intento de provocación torpe” que “alejó a algunos de mis colegas y amigos negros” y por el cual estaba “profundamente arrepentido”.

Pero la mayor vergüenza es que Sweet tenía cosas importantes que decir en su reflexiva columna, cosas que la reacción a la columna (y la reacción a la reacción) ahora corren el riesgo de enterrar.

Entre 2003 y 2013, un número cada vez menor de doctorados en Historia, señaló, se otorgaron a estudiantes que trabajaban sobre temas anteriores a 1800.

Al mismo tiempo, los historiadores producían obras que “colapsan en los términos familiares de los debates contemporáneos”, en particular los relacionados a la política de identidad. “Esta nueva historia”, escribió, “a menudo ignora los valores y las costumbres de las personas en su propio tiempo, así como los cambios a lo largo del tiempo, neutralizando la experiencia que separa a los historiadores de los de otras disciplinas”.

El papel propio del historiador es complicar, no simplificar; mostrarnos figuras históricas en el contexto de su tiempo, no reducirlas a figuritas que pueden convertirse en armas en nuestros debates contemporáneos. Sobre todo, los historiadores deben hacernos comprender las formas en que el pasado fue distinto. Esto no debería impedirnos hacer juicios morales al respecto. Pero podemos hacer mejores juicios, informados por el conocimiento de que nuestros antepasados rara vez actuaron con el beneficio (o la carga) de nuestras suposiciones, expectativas, experiencias y valores.

Cualquiera que busque una confirmación adicional de que la academia moderna se ha convertido en un ejercicio fundamentalmente ideológico y coercitivo disfrazado de erudito y colegiado no necesita buscar más. Será interesante ver si Sweet logra mantener su puesto como presidente de la Asociación Histórica Estadounidense.

Mientras tanto, en 2019 solo 986 personas obtuvieron doctorados en historia, la primera vez que el número había caído por debajo de 1,000 en más de una década, según un análisis de la AHA de los datos disponibles. Ese número sigue siendo casi el doble que el número de vacantes anunciadas.

Si la gente se pregunta cómo termina la Historia, tal vez sea así: cuando una disciplina académica intenta convertirse en algo que no es, haciéndose cada vez más irrelevante en su intento desesperado por ser relevante.

Bret Stephens es columnista de The New York Times.

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Biden y Ucrania

/ 4 de marzo de 2022 / 01:33

En la causa de la libertad, el mundo ha encontrado en Volodymyr Zelensky su figura más churchilliana en décadas. “Necesito municiones, no un aventón”, la enérgica respuesta del Presidente ucraniano a una oferta estadounidense para llevarlo a un lugar seguro, es una línea para la historia. Sus inspiradoras apariciones en las calles de Kiev recuerdan al primer ministro británico en tiempos de guerra durante el Blitz, personificando la determinación de resistir de su nación.

Ahora le toca al presidente Biden hacer el papel de Franklin ante el Winston de Zelensky. Eso comienza explicando al público estadounidense que si perdería Ucrania sería una calamidad global, no local.

El punto principal es este: el objetivo de Vladimir Putin en Ucrania no es simplemente apoderarse del territorio de Rusia, incluso si no le importaría tragarse una porción adicional. Quiere aplastar su espíritu. La amenaza que representa una Ucrania libre para su régimen no es, y nunca será, militar. Es político.

Pero lo que está en juego en esta guerra es más que el destino de Ucrania. Putin es una criatura del sistema soviético y personifica sus valores: desprecio por la verdad, desprecio por el individuo, desprecio por las normas internacionales, la búsqueda sin principios del poder desenfrenado.

Estos valores no tienen límite cultural ni geográfico. Si Putin puede imponerlas en Ucrania, tal como China las ha impuesto en Hong Kong, entonces seremos arrojados a un mundo en el que, en palabras de Tucídides, “los fuertes hacen lo que pueden y los débiles sufren lo que deben.”

Para Estados Unidos, un mundo así sería una prueba interminable de fortaleza en un momento en que no somos particularmente fuertes. ¿Dónde estará entonces la presidencia de Biden? La administración se desempeñó bien en las semanas previas a la invasión. Pero si cae Kiev, será la segunda catástrofe geopolítica que la administración Biden sufra en apenas seis meses. Los republicanos dirán que el Presidente siempre ha llegado un día tarde y un dólar corto y que esto nunca hubiera sucedido bajo su mandato. Un número creciente de estadounidenses les creerá.

Pero el coraje del pueblo ucraniano, igualado por la notable ineptitud del ejército ruso en su campaña hasta el momento, le ha dado a la administración la oportunidad de ayudar a Ucrania, al mundo y a sí mismo.

¿Cómo? Puede dejar de telegrafiar a Putin lo que no vamos a hacer. Puede hacer todo menos la guerra para evitar la caída de Kiev, incluso mediante el establecimiento de un corredor aéreo humanitario para evitar que la ciudad se muera de hambre y se congele hasta la rendición.

Puede impulsar una declaración con la UE de que el sector energético de Rusia enfrentará sanciones integrales si las fuerzas rusas matan, dañan o capturan a Zelensky.

Mucho antes de Pearl Harbor, Roosevelt entendió que Estados Unidos no podía ser indiferente al destino de Gran Bretaña, incluso con las probabilidades tan abrumadoramente en su contra. En una reunión en Gran Bretaña en enero de 1941, su asesor más cercano, Harry Hopkins, usó las palabras del Libro de Rut para transmitirle a Churchill los sentimientos que compartían los dos estadounidenses:

“A donde tú vayas, yo iré; y donde tú te alojes, yo me alojaré; tu pueblo será mi pueblo, y tu Dios mi Dios.” Luego agregó: “Hasta el final”. Biden debería enviarle a Zelensky el mismo mensaje.

Bret Stephens es columnista de The New York Times.

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Biden y su reelección

/ 18 de diciembre de 2021 / 01:31

¿Es una buena idea que Joe Biden se presente a la reelección en 2024? Y, si vuelve a presentarse y gana, ¿sería bueno que Estados Unidos tuviera un presidente de 86 años, la edad que tendría Biden al final de un segundo mandato? Hago estas preguntas sin rodeos porque deben discutirse con franqueza, no solo susurrarlas constantemente.

Ahora se considera de mala educación plantear preocupaciones sobre la edad y la salud de Biden. No servirá.

Por algunas de sus apariciones públicas, Biden parece… desigual. A menudo convincente, pero a veces alarmantemente incoherente. ¿Cuál es la razón? No tengo ni idea. ¿Sus apariciones (incluidas las buenas) inspiran una fuerte confianza en que el presidente puede llegar hasta el final en su mandato actual, por no hablar del próximo? No.

En 2019, la campaña de Biden, consciente de la edad del candidato, lo vendió a los votantes de las primarias como una “figura de transición”, el tipo cuyo objetivo principal era destronar a Trump y luego allanar el camino para una cara demócrata más fresca. Biden nunca hizo explícita esa promesa, pero la expectativa se siente traicionada.

Las cosas podrían ser diferentes si la presidencia de Biden tuviera un gran comienzo. No lo es. También si pareciera que la administración pronto da la vuelta a la esquina. Esa es la esperanza de la administración para la gigantesca legislación Build Back Better. Pero la aprobación del proyecto de ley de infraestructura el mes pasado realmente no movió la aguja política para Biden, y ese proyecto de ley fue realmente popular. Ahora BBB se perfila como otra distracción progresiva y costosa en una época de precios al alza, aumento de homicidios, resurgimiento de enfermedades, deterioro urbano, crisis fronteriza, crisis de la cadena de suministro y la amenaza de que Irán cruce el umbral nuclear y Rusia cruce la frontera con Ucrania.

Ah, y Kamala Harris. Sus partidarios podrían condenar el hecho, pero para un número cada vez mayor de estadounidenses, el heredero aparente parece más liviano que el aire. Sus cifras de la encuesta en este punto de su mandato son las peores de las de cualquier vicepresidente en la historia reciente, incluido Mike Pence. Si termina como la nominada por defecto de su partido si Biden se retira tarde, los demócratas tendrán todas las razones para entrar en pánico.

Entonces, ¿qué debe hacer el presidente? Debería anunciar, mucho más temprano que tarde, que no se postulará para un segundo mandato. El argumento en contra es que instantáneamente lo convertiría en un presidente cojo, y eso es indudablemente cierto.

Pero, noticias de última hora: en este momento es peor que un pato cojo, porque los posibles sucesores demócratas no pueden hacer llamadas, encontrar sus carriles y llamar la atención.

¿Y qué significaría eso para el resto de la presidencia de Biden? Lejos de debilitarlo, instantáneamente le permitiría ser como un estadista. Y sería liberador. Pondría fin a la interminable especulación mediática. Inyectaría entusiasmo e interés en un Partido Demócrata apático. Le permitiría dedicarse por completo a abordar los problemas inmediatos del país sin preocuparse por la reelección.

Y no tiene por qué disminuir su presidencia. George HW Bush logró más en cuatro años de lo que logró su sucesor en ocho. La grandeza es a menudo más fácil de lograr cuando las buenas políticas no se ven obstaculizadas por políticas inteligentes. Biden debería pensar en ello y actuar pronto.

Bret Stephens es columnista de The New York Times.

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Para ayudar a Haití, dejen de tratar de salvarlo

/ 14 de julio de 2021 / 02:00

Tratándose de Haití, los instintos de Joe Biden son los correctos: lo mejor que Estados Unidos puede hacer es hacer lo menos posible y, si se puede, menos que eso. Lo que Estados Unidos le debe a Haití es lo que ya le está dando: ayuda jurídica y forense para investigar el asesinato del presidente Jovenel Moïse la semana pasada.

Pero si las autoridades estadounidenses pueden ayudar a Haití a esclarecer el asesinato de Moïse, no pueden ayudar al país a cambiar los hechos que condujeron a él: la corrupción endémica, la anarquía desenfrenada y la decadencia institucional que han paralizado a Haití durante mucho tiempo y que hacen que casi todas las formas de ayuda extranjera no solo sean inútiles sino también perjudiciales.

Esto comienza con la intervención militar que Claude Joseph, el primer ministro interino, solicitó a Washington. A lo largo de la historia, Estados Unidos ha enviado a su ejército a Haití, desde la larga ocupación iniciada por Woodrow Wilson hasta la invasión de Bill Clinton en nombre del cura demagogo Jean-Bertrand Aristide, pasando por las intercesiones más breves de George W. Bush y Barack Obama.

A excepción de la última de ellas —una operación humanitaria limitada tras el catastrófico terremoto de 2010— ninguna de las intervenciones mejoró la situación en Haití. Peores han sido los despliegues de las fuerzas de paz de la ONU, cuyas vergonzosas contribuciones incluyeron abusos sexuales a menores y una epidemia de cólera que mató a miles de personas.

Una intervención militar estadounidense no tendría ahora fines humanitarios. Tampoco serviría a un propósito de orden público, a menos que los estadounidenses quieran que la 82.ª División Aerotransportada vigile la guerra de pandillas en las calles de Puerto Príncipe.

Serviría a los propósitos políticos de Joseph, quien declaró en la práctica la ley marcial, si bien el hombre que Moïse nombró para sustituir a Joseph justo antes de su muerte impugna su reivindicación del poder. A Estados Unidos no le beneficia en nada estar en medio de todo esto. Tampoco resulta en beneficio de Haití.

La alternativa habitual a la ayuda militar es el apoyo al desarrollo. En el caso de Haití, esto es aún más destructivo. Después del terremoto de 2010, los analistas y los economistas propusieron paquetes de ayuda multimillonarios para Haití. Al final, llegaron unos $us 9.000 millones en ayuda y otros 2.000 millones en petróleo. Se malversaron y despilfarraron miles de millones. Tanto Moïse como su predecesor, Michel Martelly, gobernaron de manera autoritaria y hubo motivos de sobra para sospechar que fueron corruptos.

No todos los problemas están en el lado haitiano. En 2016, Yamiche Alcindor hizo un retrato devastador en The New York Times de lo que Bill y Hillary Clinton hicieron en el país. “Solo se han materializado menos de la mitad de los puestos de trabajo prometidos en el parque industrial, construido después de que 366 agricultores fueran desalojados de sus tierras”, escribió Alcindor sobre un proyecto apoyado por Clinton. Y agregó: “Hay un subejercicio de los muchos millones de dólares destinados a los esfuerzos de ayuda. Se sabe que el hermano de la señora Clinton, Tony Rodham, tiene negocios en la isla, lo que ha desatado especulaciones sobre la existencia de tratos con información privilegiada”.

Sin embargo, la cuestión de si la mayor parte de la culpa recae en el donante o en el receptor no tiene en cuenta el tema más importante: la ayuda a Haití fomenta la dependencia, invita a la malversación de fondos, debilita las instituciones del Estado y la sociedad civil, desalienta las iniciativas locales, desvía el capital hacia los planes favorecidos por los donantes, enriquece a los que están bien conectados y enfurece a todos los demás.

¿Qué podría ayudar? La mejor manera de que Haití deje de ser un “Estado de ayuda” es detener el flujo de asistencia, excepto durante las emergencias humanitarias. Un esfuerzo más humilde —ayudar a los haitianos empobrecidos y desposeídos a adquirir títulos de propiedad legales— haría más para sentar las bases de la prosperidad que otro parque industrial financiado por los Clinton. Un esfuerzo dedicado a combatir la corrupción en Canadá, Estados Unidos y Francia para rastrear los recursos malversados por la clase política haitiana también sería una manera útil de castigar su comportamiento depredador y alentar las reformas políticas.

Pero el mayor regalo que el gobierno de Biden puede hacer al pueblo de Haití es dejar de intentar salvarlo. El éxito sin ayuda de la diáspora haitiana demuestra el talento, el espíritu emprendedor, la creatividad y el ingenio de los haitianos comunes cuando se les deja actuar por su cuenta. Lo que necesitan los haitianos en su país es tener fe en que ellos también pueden ser artífices exitosos de su destino, cuando se liberan de las garras de los que quieren matarlos con su gentileza.

 Bret Stephens es columnista de The New Y ork Times.

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