Voces

Monday 19 Feb 2024 | Actualizado a 22:14 PM

Me equivoqué

/ 5 de octubre de 2022 / 02:14

Como crecí en Turquía, viví mi niñez a la sombra de una fuerte censura y me sentí fascinada por lo que las nuevas tecnologías significarían para el mundo y en especial para la libertad de expresión y el disenso. Ingresé a una escuela de posgrado en Estados Unidos. Tenía un especial interés en las relaciones entre la tecnología, el disenso y las protestas. Sin embargo, la reacción del gobierno de George W. Bush al 11 de septiembre cambió la manera en la que pasé mi tiempo.

Después de 2001, me metí de lleno al movimiento para detener una guerra infundada, que se suponía que era una respuesta a terribles actos de terrorismo. Al ser de la región, conocía bien la brutalidad de Sadam Husein. Pero también pensaba que una guerra de grandes proporciones y la ocupación militar de un país del Medio Oriente, con base en acusaciones poco sólidas y pruebas endebles serían catastróficas.

Sin duda, esa inmensa ola de protesta —quizá la más larga de la historia— ayudaría a detener la marcha imparable hacia aquella guerra mal aconsejada. Todos sabemos qué sucedió. Pero me tomó años de estudio descifrar el cómo y el porqué. La primera pregunta que me hice fue por qué tantos otros y yo esperábamos que las protestas influirían de manera inevitable en las decisiones del Gobierno. Nos parecía que era cosa de sentido común, pero, ¿cuál sería el mecanismo para que el poder del pueblo se transformara en un cambio de políticas? En el caso de la invasión de Irak, algo no había funcionado tan bien.

Empecé a entender mejor la razón menos de una década después, cuando comenzó una nueva ola de protestas mundiales: las revoluciones de la Primavera Árabe en todo el Medio Oriente, el movimiento Occupy en Estados Unidos y muchos más. Todos ellos parecieron surgir de la nada y crecer con rapidez, valiéndose de los poderes de la tecnología digital. A medida que estudiaba muchos de esos movimientos, observé que existían patrones comunes. Los grandes movimientos que surgieron con rapidez a menudo perdieron el rumbo una vez que llegó el inevitable rechazo. No contaban con las herramientas necesarias para navegar por la traicionera fase siguiente de la política, porque no habían necesitado construirlas para llegar a ella.

En el pasado, una marcha realmente multitudinaria era la culminación de una organización a largo plazo, el signo de exclamación al final de una frase, que indicaba una planificación previa y fuerza. Pero desde principios de la década de 2000, una gran protesta ha empezado a parecerse más a una frase que empieza con un signo de interrogación. Así que concluí que aunque las grandes manifestaciones de hoy se ven igual que las del pasado, los diferentes mecanismos que las producen ayudan a determinar si los gobiernos o las autoridades las verán como una amenaza verdadera o solo como algo que puede desestimarse con el argumento de que es un grupo focal. Esto no quiere decir que he llegado a pensar que las protestas son inútiles o que las grandes marchas no tienen sentido. Lo tienen.

En 2003, durante aquellas protestas contra la inminente invasión de Irak, los demás manifestantes y yo estábamos alarmados por el pensamiento colectivo que observábamos entre los políticos y los medios de comunicación sobre los motivos y la necesidad de la guerra. Las pruebas que ofrecían parecían débiles a todas luces y sus hipótesis sobre cómo se desarrollaría la guerra eran muy ajenas a la comprensión realista de la situación.

Pero nosotros también teníamos nuestra propia versión del pensamiento ilusorio que teñía nuestro juicio. Por supuesto, nuestro nivel de culpabilidad no era similar, ya que no pudimos detener una catástrofe a pesar de haberlo intentado, en comparación con el hecho de haber iniciado una a partir de pruebas deficientes y poco sólidas, pero nos sirvió de lección. Estar en el lado correcto de la historia no nos libra de los análisis débiles ni de la tentación de confundir lo que colectivamente esperábamos que fuera cierto con un examen de cómo fueron las cosas en realidad.

Zeynep Tufekci es columnista de The New York Times.

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‘Political questions’

Farit Rojas

/ 19 de febrero de 2024 / 10:15

Si se concibe a la Constitución como una realidad jurídica normativa, solo los tribunales, y en particular el Constitucional, serían los únicos llamados a su aplicación. Pero si se concibe a la Constitución como una realidad que, además de su dimensión estrictamente jurídico normativa, posee una dimensión política, entonces, existen cuestiones políticas que van más allá de la actuación de los tribunales, en particular, más allá de las actuaciones del Tribunal Constitucional y que precisan de la puesta en práctica del principio prudent self restraint (autorrestricción prudente) que inhiba a los tribunales a pronunciarse. Pero, ¿cuándo una cuestión es política y escapa al control de los tribunales?

Para responder esta pregunta, el derecho anglosajón ha desarrollado la doctrina de las political questions, perfilada por la Corte Suprema de EEUU en el caso Baker vs Carr de 1962, bajo los siguientes supuestos: a) si el tema trata de una acción o una tarea o un poder encomendado por la Constitución a otro órgano; b) si para el tema se carece de estándares apropiados en el ámbito jurídico para su resolución; c) si la decisión sobre el tema solo se basa en fundamentos políticos y no judiciales, por carecer de normas jurídicas explícitas que lo permitan; c) si se trata de una decisión que representa una falta de respeto hacia otros poderes constitucionales; d) si se trata de una decisión política ya tomada pero que busca de manera poco usual el apoyo judicial y; e) si se trata de situaciones embarazosas, pues se emiten otros pronunciamientos distintos por otros órganos constitucionales. Si alguno de estos supuestos se cumple, estamos delante de una cuestión política.

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La doctrina de las cuestiones políticas puede resumirse en tres argumentos, el primero señala que es posible que el poder de los tribunales sea menos idóneo que el poder de otros órganos como el legislativo o el ejecutivo; el segundo señala que el tipo de razonamiento político es distinto del razonamiento judicial, pues el primero se basa en la conveniencia y la oportunidad, mientras que el segundo se basa en razonamientos, subsunción, derechos y reglas positivizados que buscan una solución para un caso concreto; y finalmente, el tercer argumento señala que no hay un solo guardián de la Constitución, sino una pluralidad de guardianes, siendo tanto o más valiosos los otros órganos constitucionales conformados de manera democrática, mucho más si se percibe un creciente rechazo de la población a la intervención de los tribunales.

La doctrina de las cuestiones políticas es un claro intento de no politizar (o no hacerlo en extremo) la administración de justicia y la justicia constitucional en particular, revelando que un componente básico de la administración de justicia es la confianza.

(*) Farit Rojas es abogado y filósofo

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La lección de AMLO

Andrés Manuel se irá a su casa en donde solo quiere vivir en paz, dijo. Que no lo busque nadie, ni para pedirle consejo, advirtió

Javier Bustillos Zamorano

/ 19 de febrero de 2024 / 10:03

Andrés Manuel López Obrador (AMLO) es un político carismático y del tipo popular que tiene un liderazgo basado en lealtades. El afecto que le tienen sus seguidores es proporcional al odio de sus detractores. Los que lo odian, lo odian a muerte y los que lo quieren, estarían dispuestos a todo por él.

El actual presidente de México nació en un pueblo de Tabasco rodeado de agua y pantanos, al que solo se llegaba en lancha. Desde niño conoció la pobreza, aunque nunca se dio cuenta, pues sus amigos, hijos de lancheros, pescadores, campesinos e indígenas chontales, vivían como él.

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En 1973 se fue a estudiar Ciencias Políticas y Sociales en la UNAM, donde tuvo como maestros a exiliados bolivianos, chilenos y argentinos que dieron sustento a sus convicciones y fortaleza a la hora de enfrentar al régimen autoritario y antidemocrático mexicano, al que Mario Vargas Llosa calificó en los años 90 como “la dictadura perfecta”.

Fue candidato a la presidencia en tres ocasiones, 2006, 2012 y 2018. En la primera elección le hicieron un fraude, científicamente comprobado, y en la segunda perdió porque el gobierno de entonces gastó cientos de millones de pesos en la compra de votos. La tercera fue la vencida, y con un nuevo partido, Movimiento de Regeneración Nacional (Morena), ganó con el 53,19% de los votos.

El lema del gobierno de AMLO es “por el bien de todos, primero los pobres”, porque después de 40 años de neoliberalismo, más de 60 millones de mexicanos habían caído en la pobreza, en un país desmantelado, corrupto y sometido a una oligarquía depredadora que evidenció los extremos: hasta hace poco, el hombre más rico del mundo era el mexicano Carlos Slim, con una fortuna de $us 100.000 millones, según Bloomberg.

A la cabeza de un movimiento transformador, López Obrador obligó a los empresarios a pagar impuestos, estableció una política de austeridad, limpió de corruptos el aparato público y encarceló a millonarios que habían estafado al Estado. Con el dinero recuperado instauró apoyos económicos a campesinos, jóvenes, discapacitados y ancianos. Con los bienes confiscados, creó el “Instituto para devolver al pueblo lo robado”, de donde salen otro tipo de ayudas. Saneó la economía mexicana sin préstamos, sin subir impuestos, sin devaluaciones y subió casi al triple el salario mínimo.

En octubre de este año dejará la presidencia con un 73% de aprobación y conservando, según Morning Consult, el segundo lugar como líder mundial más popular, después de Narendra Modi de la India. En cada lugar al que va, la gente le pide que extienda su mandato: “seis años más” le gritan y él tiene que calmarlos, también a gritos, diciéndoles que su ciclo acabará, que no hay imprescindibles, que nadie es más importante que el proyecto político; que su afán no es el poder, que no cree en la reelección y en los líderes únicos e irremplazables. Que el movimiento transformador de México debe continuar sin él.

En 2019, firmó un documento ante notario público en el que se comprometió a no buscar la reelección. «… no quiero que le pongan mi nombre a ninguna calle, a ningún parque, que no me hagan ningún monumento, que no le pongan mi nombre a ningún ejido, a ninguna colonia, a nada… tengo palabra, lo más importante en mi vida es mi honestidad; no soy un ambicioso vulgar… uno de los principales errores de los dirigentes es no saber retirarse a tiempo… Un buen dirigente tiene que ser autocrítico y tener capacidad para rectificar. No se puede caer en la autocomplacencia… cuando se acepta el error, es imprescindible ofrecer disculpas y rectificar, con humildad”, ha dicho y ha escrito en sus libros.

Andrés Manuel se irá a su casa en donde solo quiere vivir en paz, dijo. Que no lo busque nadie, ni para pedirle consejo, advirtió. Quizás ahí, por fin, tenga la calma necesaria para disfrutar esa canción de Silvio Rodríguez que tanto le gusta y que pareciera estar dedicada a esos dirigentes que han perdido el rumbo. La que se titula Ese hombre, que en su último párrafo dice: “Ese hombre que por hechos o por dichos es amado tanto/ Ese hombre que por dichos o por hechos es alabado tanto/ Se cuide de sí/ Se cuide de él solo/ Porque hay un placer perverso en creer merecerlo todo/ Se cuide de sí/ Se cuide de él solo/ Porque el mismo don que lo levantó puede ahogarlo en lodo”.

(*) Javier Bustillos Zamorano es periodista

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No es una colmena de abejas

La lucha para salvar la democracia estadounidense implicará algo más que vencer a Trump en las urnas

Jamelle Bouie

/ 19 de febrero de 2024 / 09:59

Esta semana en Texas Monthly , leí un perfil inquietante de Tim Dunn, un multimillonario petrolero de Texas de 68 años y pródigo financiero de los extremistas de derecha en el estado.

«En los últimos dos años», escribe Russell Gold, «Dunn se ha convertido, con diferencia, en la mayor fuente individual de dinero para campañas en el estado». Ha gastado, a través de su comité de acción política, millones de dólares apuntando a los republicanos que no superan sus pruebas ideológicas de oposición a las escuelas públicas, oposición a las energías renovables y apoyo a los recortes de impuestos y las leyes draconianas contra el aborto.

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Dunn, un pastor que una vez dijo que solo los cristianos deberían ocupar puestos de liderazgo en el gobierno, se ve a sí mismo como alguien que tiene una especie de misión religiosa y ha dedicado su tiempo y riqueza a imponer su política ultraconservadora y sus creencias fundamentalistas a tantos tejanos como sea posible.

Recomiendo encarecidamente leer el perfil completo, que es una mirada completa a un hombre muy poderoso. Estaba perturbado. Está su riqueza e influencia, sí. Pero también está su visión del mundo, capturada en la escena inicial de la pieza. Dunn hace una comparación desfavorable entre las sociedades humanas y las colmenas de abejas:

«Cuando todos hacen lo que mejor saben hacer por la colmena, ésta prospera», afirmó. “Si eres guardia, entonces sé guardia. Si eres un explorador, sé un explorador”. Dunn luego comparó la cooperación de la colmena con el inexorable tumulto de la política moderna. «¿Por qué la gente odia la política?» preguntó. «Todos lo hacen por sí mismos», dijo. “¿Crea armonía? ¿Hay gente allí tratando de servir al cuerpo con sus dones? Por eso lo odias. Es un ejemplo de lo que no se debe hacer”.

Por sí solo, este pasaje parece bastante inocuo. Pero cuando se lee con Dunn en mente —un nacionalista cristiano directo cuyos aliados en la política de Texas están liderando la lucha para prohibir libros, suprimir los derechos de los texanos LGBTQ y restringir la atención de salud reproductiva— adquiere un tono más siniestro.

El pasaje, en ese contexto, parece captar la perspectiva de un hombre que no cree en la libertad democrática —una libertad arraigada en la igualdad política y social— tanto como cree en la libertad del amo, es decir, la libertad gobernar y subordinar a otros. Es una libertad tiránica, que se basa en la idea de que el mundo no es más que un conjunto de jerarquías superpuestas, y que si no te sientas en la cima de una, entonces debes servir a quienes sí lo hacen. Encontrarás libertad dentro de tu función y en ningún otro lugar.

Ésta no es una concepción nueva o extraña de la libertad; es en gran medida una parte de la tradición política estadounidense, una de las notas más disonantes de nuestra herencia colectiva. La cuestión, hoy, es doble. Primero, tenemos un poderoso movimiento político, liderado por Donald Trump, que se define en términos de esta libertad. Y segundo, hemos permitido una acumulación de riqueza tan grotesca que figuras como Dunn pueden ejercer una tremenda influencia sobre el sistema político.

He escrito antes que la lucha para salvar la democracia estadounidense implicará algo más que vencer a Trump en las urnas. Encontrar formas de limitar radicalmente el alcance político de los superricos es parte de lo que quiero decir.

(*) Jamelle Bouie es columnista de The New York Times

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Capitalismo vs desarrollo socioeconómico

El desarrollo socioeconómico se concentra en la planificación del desarrollo

Luis Ballivián Cuenca

/ 19 de febrero de 2024 / 09:56

Los impactos del capitalismo y de la doctrina del desarrollo socioeconómico han cobrado expectativas en las últimas décadas. Quienes mantienen que el capitalismo estaría llegando a su fin, lo relacionan exclusivamente con los efectos negativos de empresas multinacionales en el capital, la inflación y el desempleo. Por su parte, los desarrollistas progresistas aplican programas inspirados en el bienestar, la equidad, la inserción y la alta inversión pública.    

El capitalismo tiene su origen con la revolución industrial, cuando se experimentó el paso de la manufactura basada en el trabajo manual hacia la gran industria maquinizada. La consolidación del régimen capitalista acarreó el desarrollo de fuerzas productivas,  concentración de la producción, aplicación de maquinaria, ampliación de medios de comunicación, expansión del comercio internacional, fortalecimiento de lazos comerciales entre países y el inicio a la investigación tecnológica. Mucho después del despegue del capitalismo, surgieron escuelas y doctrinas respecto a la macroeconomía.

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El sistema capitalista tuvo que enfrentar dos crisis casi fatales, en 1930 y 2008. La Gran Depresión de 1930 fue no solo una catástrofe económica, también un fracaso intelectual para economistas que estudiaban la teoría de ciclos económicos. Durante 200 años, la ciencia económica ha enfrentado la controversia acerca de la función del sector público. La función del Estado en el desarrollo económico fue destacada por John Keynes, en su tratado Teoría General, donde atacó la tradición liberal de la economía sosteniendo que el Estado tiene la obligación de generar trabajo mediante la ejecución de obras públicas. En la década de 1950, Franco Modigliani y Milton Friedman desarrollaron la teoría del consumo, destacando la importancia de las expectativas en la determinación de las decisiones de consumo. En la década de 1960, los debates entre keynesianos y monetaristas giraron en torno a tres cuestiones: la eficacia de la políti¬ca monetaria frente a la fiscal, la curva de Phillips y el papel de la política económica. En 1970, la macroeconomía parecía un campo próspero y maduro. Sin embargo, la ciencia económica se encontraba en crisis por dos motivos: a mediados de los años 70, la mayoría de los países padecían una estanflación, situación que nunca fue advertida por macroeconomistas. La crisis económica financiera de 2008 puso en peligro el equilibrio mundial de la economía. Llegó al extremo que EEUU tuvo que emitir moneda por un monto de $us 780.000 millones para inyectarlos en la economía y paliar de esta manera la quiebra de instituciones financieras. Se otorgó el Premio Nobel de Economía 2008 a Paul Krugman, en mérito de haber combatido ferozmente la política económica de la administración republicana, anticipándose a la crisis de 2008. Krugman inició la batalla contra la ineficiencia y deshonestidad de gobiernos republicanos en su libro El gran engaño (2004). Sin embargo, el mayor daño ocasionado a la humanidad por el capitalismo ha sido inculcar el culto al dinero y el consumismo. Asimismo, es el causante de enfermedades fatales como la diabetes, la drogadicción, el sida, la obesidad y el COVID. En busca de su poder hegemónico, ha ocasionado guerras regionales y ha logrado aplicar sanciones económico-financieras a países que no “comulgan” con principios neoliberales.

El desarrollo socioeconómico se concentra en la planificación del desarrollo, que es un intento organizado, consciente y continuo de seleccionar las mejores alternativas disponibles para lograr metas específicas. Involucra cambio más crecimiento. La necesidad del cambio es importante, si es que no constituye su misma esencia. En Bolivia rige una economía mixta con alta inversión pública, donde la planificación del desarrollo ha significado la esencia doctrinal del bienestar social. La normativa, partiendo de la Constitución Política, contempla: el Plan Nacional de Desarrollo 2006-2011; el Plan de Desarrollo Económico y Social (PDES) 2016-2020; la Agenda Patriótica 2025; el Plan de Desarrollo Económico y Social 2021-2025 y el Nuevo Modelo Económico, Social Comunitario y Productivo. El desarrollo socioeconómico, vinculado al movimiento progresista, se enmarca dentro de los siguientes objetivos socioeconómicos: alto nivel de empleo; eficiencia; estabilidad económica; distribución equitativa de ingresos; crecimiento; control y manejo ambiental. 

(*) Luis Ballivián Cuenca es economista

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Entre la Anata y el Carnaval

/ 18 de febrero de 2024 / 01:20

Con diferentes actos, ha pasado otro año más, las celebraciones entre la Anata y el Carnaval. Anata para la región andina ancestral tiene un profundo significado espiritual, es la estrecha relación de respeto y reciprocidad construida entre la Pachamama, los wak’as con los seres humanos y en general, con los seres vivos. De esta ancestralidad profunda proviene la ch’alla o la libación a la Pachamama. A pesar de que la Anata aún reproduce formas de representación en música y danza autóctonos. Posiblemente algo de este significado es la entrada del jueves de la Anata en Oruro, días previos al Carnaval.

Lamentablemente esa ch’alla que en sus orígenes era con el agua de las primeras lluvias, de los manantiales, las cascadas, etc. ha quedado tergiversada con la idea de que es con diferentes formas de alcohol. En las ciudades del país, el Martes de Ch’alla se ha convertido en un día de gran consumo etílico y gran borrachera. A la par, se despilfarran grandes cantidades de material contaminante como los globos plásticos, serpentinas, los cohetillos asiáticos y ahora los envases de espuma en la ch’alla a las casas, lugares de trabajo, etc. La profunda irracionalidad hace que no se reflexione de cuánta basura se deja y cuántos árboles más se tumbaron para fabricar más serpentinas de papel. Siempre oímos alguna declaración de alguna autoridad departamental y del país sobre que el Carnaval arroja grandes sumas de ganancia, pero jamás se escucha decir cuánto de contaminación nos ha dejado.

No se ha sustituido del todo el “juego con el agua” por las espumas. ¿Echarse con espumas es saludable? No sabemos exactamente cómo se afecta a la piel, los ojos y otros órganos del cuerpo humano.

Lo único que dejan estas fiestas para estudiar es el comportamiento societal. Toda fiesta es una representación social, además de sus acciones que en tiempos normales no podemos apreciar. Por ejemplo, el Carnaval nos permite ver cómo se inician formas de agresividad en los niños/ as. ¿Acaso no es cuestionable que los padres incentiven a sus hijos/as, inculcando que echen espuma de manera abierta y sin medir consecuencias? Hay que recordar que el “echarse con globos, sobre todo a las mujeres” aún es una forma brutal de machismo. Parecería que se está transformando esa práctica, pero con espumas.

Creo que las farándulas carnavaleras en ciudades como La Paz, Cochabamba y otros son muy similares. La de Santa Cruz merece una atención especial, pues está conectada con el derroche económico de las élites y las logias cruceñas, que cada año se muestran con sus reinas artificiales y sus alegorías burdas. Desde las élites retrógradas se escucha decir que es una ciudad moderna, pero ver actos de imitación feudal como el reinado y sus derivaciones es realmente una vergüenza en estos tiempos. Sigue primando la mentalidad patronal que organiza una fiesta bufa para mostrar cuánto dinero se tiene y cómo se derrocha. Ni qué decir de los días posteriores al corso del Carnaval, donde a nombre de que “los cambas son alegres” se agrede usando pinturas y variedad de tragos para violentar, pero muy camufladamente.

El Carnaval de Oruro es parte de la sociedad del espectáculo, aunque sea reconocido como patrimonio cultural por la Unesco. Está claro que la única danza que aglutina a miles de danzarines y adherentes es la morenada. Pero a nivel de composiciones de música de la morenada en bandas, hay una ausencia total. Este gran vacío posiblemente explique por qué las composiciones de las morenadas de José Jach’a Flores, como La mentirosita, siguen vigentes. El festival de bandas que se realiza como parte de las actividades del Carnaval, debería ser para que cada banda presente sus nuevas composiciones, incluidas las letras. Pero es tan ridículo observar a algunas bandas que se creen que son las mejores, mostrando coreografías infantiles y que estén convencidas que son galácticas. Existen muy pocas bandas de música de gran calidad, pero que no gozan de prestigio, porque no hacen mucho show ni espectáculo. Wali amuykipañani ¿kunatsa alkulampikipuni ch’allasktanxa pachamamaruxa? Nayra pachanakanxa, umampiwa wali suma ch’allt’asipxiritayñaxa. Uka suma thakhi q’al armasxtanxa ¿ janicha?

Esteban Ticona Alejo es aymara boliviano, sociólogo y antropólogo.

 

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