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Thursday 24 Nov 2022 | Actualizado a 19:02 PM

Impunidades

/ 20 de noviembre de 2022 / 00:36

Así como se inventan días de homenaje y conmemoración, días de festejo y reflexión, propongo que esta semana de noviembre sea conocida como la semana de la impunidad.

El 14 de noviembre de 2019 las autoridades de facto firmaron un decreto garantizando la impunidad a quienes “pacifiquen” matando. Trece firmas están estampadas en ese aciago documento y solo tres de los firmantes están ahora presos. Los otros 10 gozan de impunidad.

Munidos de ese decreto, el 15 de noviembre centenares de policías y militares cercaron a una multitud que pretendía realizar una protesta contra el golpe de Estado. Dispararon a quemarropa, matando a 10 compatriotas, hiriendo a decenas. Munidos de ese decreto, el 19 de noviembre otro contingente a bordo de tanques y camiones atacó a los pobladores de Senkata, matando a 10 compatriotas, hiriendo a decenas. Apenas un puñado de oficiales de alto y mediano rango está preso. Quienes físicamente dispararon y quienes planificaron, ordenaron y justificaron las masacres siguen impunes, a tres años de las masacres.

Están impunes también quienes conspiraron para deponer a un gobierno electo. Están impunes quienes mintieron, manipularon y exacerbaron las posiciones. Están impunes quienes dirigieron la violencia y quienes la ejecutaron. Es más: los que complotaron y sobornaron no solo están libres, sino que son ahora autoridades y en la impunidad de sus cargos siguen generando todo tipo de violencias.

Esta semana salieron libres e impunes una docena de jóvenes que habían sido detenidos por su participación en hechos de violencia, quemas y saqueos durante el paro de Santa Cruz. No estoy en condiciones de afirmar que sean inocentes o culpables. Lo evidente es lo que pudimos ver porque se transmitió en vivo por redes sociales: Un grupo grande de jóvenes encapuchados, algunos con poleras y escudos con la insignia del comité cívico, quemaron las instalaciones de la Federación de Campesinos y saquearon la Central Obrera Departamental. Si los responsables de esos delitos fueron esos muchachos detenidos, ahora están libres y en impunidad. Si no fueron ellos, los responsables verdaderos están impunes.

Desde hace casi un mes, decenas de personas extorsionan impunemente a los ciudadanos cruceños. Impiden el paso, cobran peaje, rompen parabrisas, pinchan llantas, insultan, agreden, piden identificaciones y ayer hasta obligaron a una familia doliente a abrir el ataúd de su padre, para comprobar que realmente era un sepelio el que trataba de pasar el punto de bloqueo.

Pero los peajes ya no son suficientes para estas personas, que de ser grupos de choque de una movilización cívica han devenido en pandillas delincuenciales. Amparados por la impunidad que prescriben los dirigentes cívicos de Santa Cruz, buscan un botín mayor en las zonas comerciales y populares como el Plan Tres Mil. Con la excusa de que son masistas y no respetan el paro, van en la madrugada a romper vitrinas y saquear negocios, llevándose lo que encuentran a su paso.

Con el pretexto de mantener el paro y financiar las ollas comunes, el comité cívico de Santa Cruz está generando un muy peligroso modus operandi, que nadie puede saber si desaparecerá cuando el paro sea finalmente levantado. Una vez que desatas fuerzas fascistas, es muy difícil contenerlas de nuevo. Y si, además, los atropellos, saqueos y extorsiones quedan en la impunidad, será muy difícil que Santa Cruz vuelva a ser la ciudad alegre y desenfadada que era antes de que libere a los demonios del odio y la violencia.

Verónica Córdova es cineasta.

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Las ayoreas

/ 6 de noviembre de 2022 / 00:38

No hay mejor signo de la salud social de una comunidad que la manera en que trata a sus más débiles y desprotegidos. Y la sociedad ayorea ha sido y sigue siendo un ejemplo en ese sentido. De acuerdo con el antropólogo alemán Bernd Fisherman, en su vida tradicional los ayoreos tenían numerosos mecanismos que aseguraban la distribución solidaria de lo cazado, recolectado y cosechado, para que se beneficie toda la comunidad y en particular “aquellos miembros del grupo (ancianos, viudas, huérfanos, etc.) que por diversos motivos no podían ejercer ellos mismos una actividad materialmente productiva. Estos mecanismos de distribución se mantienen aun hoy vigentes en la vida no tradicional y sedentaria y son aplicados también a los productos y las ganancias provenientes de las formas de producción de la vida moderna”.

Cuando vemos a las mujeres ayoreas vendiendo su artesanía en las calles de Santa Cruz, cuesta creer que provienen de uno de los pueblos más poderosos de la época precolonial. Dominaban un territorio de casi 30 millones de hectáreas, con el que tenían una relación de respeto mutuo: solo cazaban y recolectaban lo estrictamente necesario. En cuanto veían que su presencia afectaba el equilibrio de la zona, se desplazaban a otra región para dejar que la naturaleza se regenere. Por eso mismo, el número de ayoreos nunca fue muy grande: el control sobre la propia reproducción era parte también del equilibrio buscado entre animales, humanos y bosques.

Esa búsqueda del equilibrio esencial sería lo que, finalmente, terminaría condenándolos a la situación de pobreza y discriminación que hoy viven. Debido a su cultura nómada, fue relativamente sencillo irles arrebatando territorio que no “ocupaban” de manera permanente, para convertirlo en haciendas y pastizales ganaderos. Dado el tamaño pequeño de sus grupos, fue relativamente sencillo reducirlos por la fuerza a la vida sedentaria, aislándolos en pequeños asentamientos en las orillas de los poblados.

En uno de esos poblados, Concepción, la semana pasada un joven y descamisado subgobernador hizo lo que muchos están acostumbrados a hacer por esas zonas del oriente boliviano: látigo en mano, quiso obligar a un grupo de mujeres ayoreas a levantar una protesta contra el paro cívico. En lugar de cumplir su función como autoridad democrática, quiso erigirse en patrón y lo único que logró fue que, en un confuso incidente, el látigo que él esgrimía caiga en manos de las mujeres y de ser agresor se convirtió en agredido. Recibió algunos chicotazos en la espalda y salió huyendo en una camioneta.

Horas más tarde, personas afines al subgobernador ingresaron en la comunidad ayorea, incendiaron algunas viviendas y destruyeron otras con maquinaria pesada. De acuerdo con la Central Ayorea Nativa del Oriente, no es la primera vez que algo así sucede. Los asentamientos ayoreos son continuamente violentados por parte de los habitantes de los pueblos cercanos. De hecho, circuló en redes sociales el llamado fervoroso de una señora “concepcioneña” a tomar medidas contra “esta gente que no tiene ni Dios ni ley” y que “son como animales”. Lo dice textualmente.

No hay mejor signo de la salud social de una comunidad que la manera en que trata a sus más débiles y desprotegidos. Tanto en Concepción como en Santa Cruz, las mujeres ayoreas son las más desprotegidas, las más pobres, las más discriminadas. Y el modelo económico que vende el comité cívico (y que Camacho planteó como oferta central de su candidatura a Presidente) nos viene demostrando cada día que es absolutamente inferior al modelo económico solidario y redistributivo que ha permitido que los ayoreos sobrevivan la invasión del cruceñismo a sus territorios.

Verónica Córdova es cineasta.

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Doña Democracia

/ 23 de octubre de 2022 / 00:06

La democracia en Bolivia se llama María, se llama Juana, se llama Frida, Mariel, Marina, Giovanna… la democracia boliviana es una mujer fuerte y tierna, rabiosa y dulce, mamá y guerrera. Por eso, cuando en 2019 se violentó la democracia, el símbolo de la resistencia fue una mujer de pollera sosteniendo una wiphala frente a un militar y un policía.

Poco se dice acerca del rol de las mujeres en la historia de las luchas populares en Bolivia. Pero cuando se revisan las imágenes, son ellas siempre las que están al frente de las batallas decisivas. Bartolina y Gregoria, capitanas de la rebelión más importante de América. Juana, enfrentando a las tropas españolas a la cabeza de un batallón de indígenas. María Barzola, sin soltar la bandera mientras la acribillaban las balas. Domitila y las amas de casa derrocando a Banzer a punta de hambre y valentía. Silvia, resistiendo todas las violencias para legarnos una Constitución nueva.

Y junto a ellas, sosteniéndolas, millones de otras cuyos nombres no se registran. Pero sin ellas no tendríamos país ni democracia.

Una de esas mujeres anónimas perdió a su hijo en la masacre de Senkata. María, se llama. Es pequeña y parece frágil, mucho más anciana que los años que lleva. Pero sus ojos se encienden con una fiereza insospechada cuando afirma sin dudas, sin reparos, quiénes son los responsables de la violación a nuestra democracia. Carlos Mesa, Luis Fernando Camacho, Tuto Quiroga, Samuel Doria Medina, la Iglesia Católica —los nombra metódicamente, sin odio pero a la vez sin complacencias. Todos ellos deberían estar presos, dice. Eso se llama justicia.

Curiosamente, en su lista de culpables no aparecen Jeanine Áñez ni Arturo Murillo. Quizás los omite porque ya están en la cárcel. Quizás porque entiende que unos son responsables de la ruptura de la democracia y otros son responsables de la gestión de la dictadura. En todo caso, María no está sola en su afirmación y su demanda.

La democracia no puede existir sin la justicia. Cuando Jeanine Áñez tomó el poder aupada por tanques y pititas, hizo dos promesas ante una Asamblea vacía. La primera fue “pacificar” el país, un término que usó ignorante de las nefastas connotaciones que tiene desde los años 60. Y, tan nefastamente como en las dictaduras militares, “pacificó” a punta de miedo, cárcel y masacre. La segunda promesa de Jeanine fue llamar a elecciones en el plazo de 90 días. No la cumplió. Fue necesario un bloqueo nacional de caminos para arrancarle unas elecciones en las que ella misma se presentó como candidata.

El 18 de octubre de 2020 los bolivianos recuperamos la democracia, cuando manifestamos en las urnas nuestra rabia y nuestra esperanza, eligiendo una vez más con libertad a quien nos gobierna. Pero la democracia no estará completa mientras no haya justicia. La democracia no será tal mientras no haya castigo contra quienes conspiraron, mintieron, dividieron, generaron violencia y se hicieron del poder sobornando a quienes constitucionalmente no deliberan ni intervienen en política.

María lo tiene claro: el gobierno de facto es tan culpable como quienes conspiraron para instaurarlo. Y la democracia estará en riesgo mientras no haya justicia, reparación y la garantía de que las acciones que nos llevaron a su ruptura no se repitan.

Verónica Córdova es cineasta.

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Si puedes leer esto, llora

/ 25 de septiembre de 2022 / 02:20

Hace muchos años, una amiga me dijo que era totalmente irresponsable tener hijos en esta época, porque esos niños tendrán que vivir en un mundo sin agua. Su hijo es hoy unos meses menor que mi hija.

Los expertos en clima nos dicen que para cuando nuestros hijos tengan la edad que nosotras tenemos ahora, casi todos los picos de la cordillera andina podrán haberse derretido. Que el Titicaca podrá haber bajado su nivel al punto de dividirse en tres pequeñas lagunas. La Paz podría enfrentar una aguda crisis por falta de agua potable, mientras que en el norte y el este del país el cambio en los patrones de lluvia generaría sequía en el invierno e inundaciones en el verano, destruyendo las selvas y convirtiéndolas en desiertos. En la época en que nacieron nuestros hijos llamábamos Cambio Climático a la causa de estos angustiantes pronósticos. Ahora los científicos la denominan Emergencia Climática. Ese simple ajuste en el nombre ya debería estremecernos.

En 2018, la adolescente sueca Greta Thunberg dejó de asistir a clases cada viernes para manifestarse en solitario demandando la acción de su gobierno contra el cambio climático. Tenía la edad que mi hija tiene ahora cuando empezó un movimiento juvenil mundial de lucha por el futuro del planeta, que es en realidad por su futuro y el de todas nuestras guaguas. A veces parece que olvidamos que el planeta nos antecede por millones de años y así como ha sobrevivido todo tipo de cataclismos, seguramente sobrevivirá los cambios en el equilibrio de los ecosistemas que estamos provocando nosotros. Los que muy probablemente no los sobrevivamos somos los humanos. Y serán nuestros hijos y nietos quienes sufran las consecuencias sociales y económicas de los desastres que estamos empezando a experimentar ahora y, de acuerdo con los científicos, no harán más que agravarse en las próximas décadas.

Esta semana un invierno muy crudo nos dejó, acompañado de un bellísimo arcoíris circular alrededor del sol que no faltó quien viera como un mal presagio. En el hemisferio norte se terminó uno de los veranos más calientes desde que se registran las temperaturas para futura referencia. El insoportable calor estuvo acompañado en Europa de una intensa sequía, que disminuyó el caudal de los ríos dejando al descubierto varias piedras del hambre: mensajes grabados en rocas que solo son visibles cuando el nivel del río baja lo suficiente para presagiar miseria. Una de ellas reza: Si puedes verme, llora.

No puedo dejar de imaginar a los antiguos habitantes de esas zonas ribereñas, agobiados por el hambre pero todavía con fuerzas para esculpir en la roca una advertencia ominosa para las generaciones futuras. No puedo dejar de pensar en mi hija cuando tenga la edad que yo tengo ahora. No puedo dejar de recordar las palabras de una de las responsables del Acuerdo de París, Christiana Figueres:

Cuando nuestros hijos y los hijos de nuestros hijos nos miren a los ojos y nos pregunten “¿Qué hicieron ustedes?”, nuestra respuesta no puede ser “hicimos lo mejor que pudimos”. Tiene que ser más que eso. Hay solo una respuesta correcta a esa pregunta: “Hicimos todo lo que tenía que hacerse”. En el espacio entre esas dos respuestas está el destino de nuestra especie.

Verónica Córdova es cineasta.

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Una pistola en la cabeza

/ 11 de septiembre de 2022 / 00:23

Una multitud de partidarios se reúnen para brindar apoyo a su lideresa. Al tiempo de darle la mano, o pasarle libros para que los firme, sostienen el celular y filman. El resultado es escalofriante: vimos multiplicado en decenas de ángulos el momento en que un joven levanta su pistola, la aproxima a centímetros de la cabeza de su víctima y dispara. En la grabación de uno de los teléfonos, se escucha claramente el mecanismo del arma, que estaba cargada, pero por un milagro increíble no llegó a expulsar la bala.

Esa pistola empuñada en medio de una multitud es un símbolo del odio, que hoy mueve más que la convicción, la ideología o la palabra.

Poco se sabe todavía de las razones que llevaron a Sabag Montiel y su novia a apuntar contra la expresidenta Cristina Fernández. Hay fotografías, balas, un teléfono con medidas de seguridad sospechosamente profesionales. Hay videos que los muestran durante varios días vigilando, sopesando y planificando los mejores lugares para materializar el crimen. Está el tozudo silencio del perpetrador, quien lleva ya una semana sin soltar ni una palabra que lo incrimine. Poco se sabe, pero mucho se sobreentiende. A nadie le sorprendió el intento de asesinato, porque durante años se cultivó el odio contra Cristina Fernández. Se la descalificó y persiguió como a pocas mujeres en la historia latinoamericana. Probablemente porque ha habido pocas mujeres que alcanzaron su estatura política.

Ese detalle, que la víctima del atentado sea una mujer, no es una mera anécdota. Así como a las mujeres sin poder se las acosa, golpea y asesina cada día, a las mujeres poderosas se las denuesta de forma sistemática. La propia Cristina Fernández afirmó hace tres años que, en la política, la condición de mujer es un agravante. Para una mujer ser famosa por su belleza o por su música o por sus capacidades histriónicas está permitido y hasta es celebrado, pero en el momento en que pretende brillar por encima o en el territorio de los hombres “ahí te disparan a matar”, escribió proféticamente en su libro Sinceramente.

A Cristina le dispararon a matar los grupos de derecha extrema que la odian por ser mujer, por ser de izquierda, por defender el derecho al aborto y sobre todo porque amenaza con ser Presidenta de nuevo. A Cristina no solo le puso una pistola en la cabeza el joven Montiel, mucho antes que él levantara el arma ya habían pedido su muerte los políticos de oposición y muchos periodistas. A Cristina no la intentó matar “un loco suelto”, sino una estructura enorme que la viene amenazando con la cárcel y la muerte civil desde hace décadas.

Quién es Sabag y en qué estaba pensando la noche del 1 de septiembre es, al final, irrelevante. En el mejor de los casos, la investigación lo llevará a la cárcel por un crimen que no es suyo solamente. La pistola en la cabeza de Cristina es fruto de una construcción colectiva y sistemática de odio, que tarde o temprano iba a decantarse en violencia. La pistola en la cabeza es consecuencia de una polarización brutal, que afecta a la Argentina tanto como a casi todas las sociedades contemporáneas.

La grieta, como llaman en nuestro vecino del sur a este fenómeno, parece ser la forma que está tomando la convivencia social en estos tiempos de posverdad y redes sociales. Una grieta que ahonda las diferencias e impide diálogo, propuestas y soluciones. Una grieta oscura y profunda que, más que cualquier pistola, amenaza con tragarse la democracia.

Verónica Córdova es cineasta.

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Canción de amor a un cocodrilo

/ 14 de agosto de 2022 / 01:03

Cuando te encontré todo era desconocido… Tenía veintiún años cuando vi por primera vez la forma de cocodrilo, verde y expandido, desde la ventana del avión. Anochecía. Escribí en mi cuaderno: Cuba, estrellas dispersas en un mar de cielo.

No había luz cuando toqué tierra y recorrí por primera vez los 30 kilómetros del aeropuerto a la Escuela de Cine que me acogería por los siguientes años. Recuerdo la oscuridad de la carretera, el olor a humedad, las personas sentadas en sus portales tomando el fresco de la noche caribeña. Recuerdo haber pensado: Aquí es. Esto es. No hay nada más hermoso.

Y lo que encontré, se fue haciendo grande. En los años que viví en Cuba no solo aprendí el misterio y la técnica del cine. Me enseñó mucho más que eso. Lo más importante: que el Hombre y la Mujer nuevas no son un mito, existen, yo los he conocido. He conversado con ellos por horas en la oscuridad del apagón, mirando la luna y rodeados de insectos. Me han brindado café negro y azucarado. Me han abrazado en los momentos malos. Me han explicado cómo es que para ellos aprendió el ala a volar y el cielo a ser infinito. Y me han desafiado a que lo replique.

Viví en Cuba en tiempos especiales y duros, como los de ahora. Las privaciones, las burocracias, las incógnitas y las dificultades no son exclusivas de la realidad cubana. Existen en Bolivia y en todas las otras patrias. Lo que cambia es la escala, la explicación, las perspectivas. En Cuba, sin embargo, entendí que una sociedad no es la suma de sus individuos, sino el vínculo que los ata. Y ese vínculo se construye de actitudes cotidianas. Lo que más me impresiona de la sociedad cubana es la horizontalidad y la familiaridad con que la gente se trata. No sé si es por su cultura caribeña o resultado más contemporáneo de una Revolución que iguala, pero el vendedor de maní, el taxista o el Ministro te trata con el mismo respeto amable y desenfadado, con el que también espera ser tratado. Lo que ata y une a los cubanos más allá de su color político, de sus argumentos o sus demandas, es una solidaridad horizontal y humana y un amor profundo por su isla hermosa.

Lo que los une también es la voluntad inmensa de protegerla y de preservarla así como es: violenta y tierna. Lo que los une es la conciencia de lo logrado, del rol fundamental que su pequeña isla juega en la dignidad y la esperanza del planeta entero. Todos lo vimos esta semana, cuando columnas de fuego se elevaban sobre el mar y se quemaban las reservas de petróleo con las que contaba Cuba para restaurar su economía después de la pandemia. El dolor y la angustia eran reales y densos como el humo, pero también lo eran el coraje, el sacrificio y el amor de todos los que luchaban contra el incendio. Se hizo presente una vez más, como tantas veces antes, la fraternidad con que los cubanos se tratan unos a otros y el espíritu humano con que la Revolución maneja las situaciones límite. Y se hizo presente también la solidaridad y esperanza que Cuba sembró en el mundo.

No será suficiente, por supuesto. Se vienen tiempos malos, porque reconstruirse nunca es fácil —menos aun cuando se lucha contra un bloqueo más intenso, más cruel y más insensible que el peor de los fuegos. Menos aun cuando los medios oportunistas, las redes sociales y todos los enemigos tratan de horadar lo más esencial, importante y bello: el vínculo que los hace cubanos. No lo lograrán, por supuesto. Todos gritarán: Será mejor hundirnos en el mar antes que traicionar la gloria que se ha vivido.

Verónica Córdova es cineasta.

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