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Thursday 24 Nov 2022 | Actualizado a 19:02 PM

¿Este es el fin de la criptoindustria?

/ 23 de noviembre de 2022 / 02:25

Eventos recientes han hecho evidente la necesidad de regular a la criptoindustria, que creció de la nada hasta alcanzar una capitalización de mercado de $us 3 billones hace un año, aunque la mayor parte de ese valor ya se evaporó. El problema es que también parece probable que esta industria no logre sobrevivir la regulación.

Así se ha desarrollado la historia hasta ahora: la criptoindustria alcanzó su máxima fama entre el público el año pasado, cuando apareció por primera vez en pantalla el comercial en el que Matt Damon dice que “la fortuna favorece a los valientes”, patrocinado por la casa de cambio con oficinas en Singapur Crypto.com. En esa época, el bitcóin, la criptomoneda más famosa, se vendía por más de $us 60.000.

En este momento, el valor del bitcóin es de menos de $us 17.000. Así que las personas que compraron la criptomoneda después de ver el anuncio de Damon han perdido más del 70% de su inversión. De hecho, como la mayoría de las personas que compraron bitcoines lo hicieron cuando el precio era alto, la mayoría de las personas que invirtieron en bitcoines —alrededor de tres cuartas partes de los inversionistas, según un nuevo análisis del Banco de Pagos Internacionales— han perdido dinero hasta ahora.

Lo cierto es que el precio de los activos baja todo el tiempo. Quienes compraron acciones de Meta, la empresa que antes se llamaba Facebook, al tope de su valor el año pasado han sufrido pérdidas casi de las mismas proporciones que quienes invirtieron en bitcoines.

Así que la caída de precios no significa forzosamente que las criptomonedas estén perdidas. Sin duda, los seguidores de las criptomonedas no se darán por vencidos. Según un informe de The Washington Post, muchas de las personas que se suscribieron a Twitter Blue Verified, el desastroso intento (ahora en pausa) de Elon Musk para sacarles dinero a los usuarios de Twitter, eran cuentas que promovían política de derecha, pornografía y especulación de criptomonedas.

Más revelador que los precios ha sido el derrumbe de las instituciones de la criptoindustria. La más reciente, FTX, una de las mayores casas de cambio, anunció declararse en quiebra y, al parecer, quienes la operaban sencillamente huyeron con miles de millones de dólares de los inversionistas, fondos que quizá utilizaron para intentar apuntalar, sin éxito, a Alameda Research, empresa perteneciente al mismo grupo.

Sin embargo, después de 14 años, las criptomonedas casi no han logrado ningún avance en su objetivo de adoptar el papel tradicional del dinero. Son demasiado peculiares para poder utilizarlas en transacciones ordinarias. Su valor es muy inestable. De hecho, relativamente pocos inversionistas están siquiera dispuestos a guardar sus claves criptográficas, pues el riesgo de perderlas, por ejemplo, si las guardan en un disco duro que termina en un vertedero, es muy grande.

Por eso, la mayoría de las criptomonedas se compran a través de casas de cambio como Coinbase y (sí, efectivamente) FTX, que aceptan tu dinero y guardan los tókenes de criptomonedas por ti.

Estas casas de cambio no son nada menos que —atención— instituciones financieras, cuya habilidad de atraer inversionistas depende nada menos que —de nuevo, atención— de la confianza de esos inversionistas. En otras palabras, en su evolución, el ecosistema de las criptomonedas se ha convertido exactamente en aquello que supuestamente quería remplazar: un sistema de intermediarios financieros cuya capacidad de operar depende de la confianza que proyecten.

Si es así, ¿qué caso tiene? ¿Qué valor fundamental tendría una industria cuyos méritos, en el mejor de los casos, se limitan a reinventar la banca convencional?

Peor aún, la confianza en las instituciones financieras convencionales se basa en parte en la validación del “tío Sam”: el gobierno supervisa a los bancos, regula los riesgos que pueden tomar y garantiza muchos depósitos; en cambio, las criptomonedas operan prácticamente sin ninguna supervisión. Por eso, los inversionistas dependen de la honestidad y competencia de los empresarios; cuando los acuerdos que ofrecen son extraordinariamente ventajosos, los inversionistas no solo deben creer en su competencia sino en su genialidad.

¿Cómo ha funcionado hasta ahora? Como a los partidarios les encanta recordarnos, las predicciones anteriores sobre el fracaso inminente de las criptomonedas han sido erróneas. De hecho, que los bitcoines y sus monedas rivales no puedan utilizarse en realidad como dinero no quiere decir que no tengan ningún valor; después de todo, podría decirse lo mismo del oro.

Pero si el gobierno por fin se decide a regular a las firmas de la criptoindustria, lo que, entre otras cosas, les impediría prometer rendimientos imposibles de obtener, es difícil identificar alguna ventaja que puedan ofrecer en comparación con los bancos ordinarios. Incluso si el valor del bitcóin no cae hasta cero (cosa que todavía podría ocurrir), hay muchos motivos para esperar que la criptoindustria, que lucía tan imponente hace apenas unos meses, termine en el olvido.

Paul Krugman es premio Nobel de Economía y columnista de The New York Times.

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La verdad sobre la economía de EEUU

/ 6 de noviembre de 2022 / 00:30

A medida que nos acercamos a las elecciones de mitad de periodo, la mayor parte de la cobertura política que veo enmarca la contienda como una lucha entre los republicanos que se aprovechan de una mala economía y los demócratas que intentan asustar a los votantes sobre la agenda social regresiva del Partido Republicano.

Los votantes, de hecho, perciben una mala economía. Pero las percepciones no necesariamente coinciden con la realidad. ¿Cómo se compara la economía actual con la víspera de la pandemia? Primero, hemos tenido una recuperación más o menos completa en empleos y producción. La tasa de desempleo, del 3,5 %, vuelve a estar donde estaba antes de que llegara el virus. También lo es el porcentaje de adultos en edad productiva empleados. El producto interno bruto está cerca de lo que la Oficina de Presupuesto del Congreso estaba proyectando antes de la pandemia.

Esta buena noticia no debe darse por sentada. En los primeros meses de la pandemia, hubo muchas predicciones de que provocaría “cicatrices”, daños persistentes al empleo y al crecimiento. La lenta recuperación de la recesión de 2007-2009 aún estaba fresca en la memoria de los economistas. Entonces, la velocidad con la que hemos regresado al pleno empleo es notable, tanto que podríamos llamarla la Gran Recuperación.

Aun así, aunque los trabajadores pueden volver a tener trabajo, ¿no se ha visto muy afectado su poder adquisitivo por la inflación? La respuesta puede sorprenderte. En septiembre, los precios al consumidor fueron un 15% más altos que en vísperas de la pandemia. Sin embargo, los salarios promedio aumentaron un 14%, casi igualando la inflación. Los salarios de los trabajadores no supervisores, que representan más del 80 % de la fuerza laboral, aumentaron un 16 %. Por lo tanto, no hubo un gran impacto en los salarios reales en general, aunque la nafta y los alimentos, que no se ven muy afectados por la política, pero son muy importantes para la vida de las personas, se volvieron menos asequibles.

Pero, ¿reducir la inflación no requerirá una recesión fea? Tal vez, y las predicciones generalizadas de recesión pueden estar afectando la percepción pública. Pero son predicciones, no un hecho establecido, y muchos economistas no están de acuerdo con esas predicciones.

Sin embargo, a pesar de lo que he dicho, el público tiene percepciones económicas muy negativas. ¿No nos dice eso que la economía realmente está en mal estado? No, no lo hace. La gente sabe lo bien que lo está haciendo. Sin embargo, sus puntos de vista sobre la economía nacional pueden diferir marcadamente de su experiencia personal.

Para ser justos, el resurgimiento de la inflación después de décadas de inactividad, combinado con los temores de una posible recesión, ha desconcertado a muchos estadounidenses. El punto, sin embargo, no es que el público se equivoque al estar preocupado; es que las opiniones públicas negativas sobre la economía no refutan la proposición de que a la economía le está yendo bien en muchas, aunque no en todas, las dimensiones.

Ahora, no estoy sugiriendo que los demócratas pasen sus últimos días de campaña diciéndoles a los votantes que la economía está realmente bien. No lo está. Pero los demócratas tampoco deberían admitir que la economía en general está en mal estado. Han pasado cosas muy buenas bajo su mando, sobre todo una recuperación del empleo que ha superado las expectativas de casi todos. Y tienen todo el derecho de señalar que mientras los republicanos pueden denunciar la inflación, los republicanos no tienen ningún plan para reducirla.

Paul Krugman es premio Nobel de Economía y columnista de The New York Times.

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Misterios del dólar

/ 19 de septiembre de 2022 / 01:38

En 1971, John Connally, secretario del Tesoro de Richard Nixon, les dijo a sus homólogos de otras economías importantes que “el dólar es nuestra moneda, pero es su problema”. El contexto, la desaparición prolongada del sistema monetario de Bretton Woods, es la historia antigua.

Pero su declaración, sorprendentemente, todavía suena cierta después de todos estos años.

Digo “notablemente” porque EEUU ya no domina la economía mundial como antes. En 1960, Estados Unidos representaba alrededor del 40% del producto interno bruto mundial; ahora es menos de un cuarto. Además, ahora hay otras dos monedas, el euro y el yuan, que sirven a economías aproximadamente comparables en tamaño a la nuestra. Sin embargo, el dólar sigue siendo dominante en los mercados financieros mundiales.

A mi modo de ver, hay tres grandes misterios sobre el poder del dólar. El primero y más sencillo es por qué el dólar sigue siendo dominante aunque la economía estadounidense no lo sea. La segunda pregunta, más desconcertante, es por qué las fluctuaciones del dólar tienen efectos globales tan fuertes. Finalmente, está la pregunta de por qué el dólar ha subido tanto recientemente.

Sobre la primera pregunta, parte de la respuesta es el papel de la historia. Una vez que una moneda ha establecido el dominio global, ese mismo dominio tiende a perpetuarse a sí mismo.

El dólar en alza ayuda a explicar por qué los precios mundiales del petróleo son en realidad más o menos los mismos ahora que antes de que Rusia invadiera Ucrania y por qué incluso el precio del trigo ha perdido gran parte, aunque no todo, de su pico inducido por Putin.

Y estos efectos del dólar en alza son una de las razones por las que EEUU está, al menos por el momento, experimentando una especie de feriado inflacionario.

Pero, ¿por qué sube tanto el dólar?

A primera vista, la respuesta parece obvia: se trata de la Reserva Federal. La Reserva Federal ha estado aumentando las tasas de interés para reducir la inflación, lo que, en igualdad de condiciones, hace que la compra de activos en dólares sea más atractiva y aumenta el valor del dólar. Pero la Fed no es el único banco central que sube las tasas.

Los economistas internacionales normalmente creen que las tasas de cambio son impulsadas por tasas a largo plazo, no a corto plazo, y las tasas a largo plazo dependen no solo de lo que ya ha hecho un banco central, sino de lo que los inversores esperan que haga en el futuro.

Así que aquí está lo curioso: las tasas a largo plazo han aumentado tanto en Europa como en los Estados Unidos. Así que Europa parece haber tenido un ajuste monetario tanto o más efectivo que EEUU.

¿Por qué, entonces, se ha desplomado el euro? No es difícil encontrar posibles razones, especialmente el hecho de que el embargo de gas de facto de Vladimir Putin está afectando duramente a Europa. Pero en cualquier caso, la fortaleza del dólar parece ser algo más que la lucha de la Fed contra la inflación. Sin embargo, sean cuales sean las razones, está claro que la fortaleza del dólar está infligiendo mucho daño a las economías de todo el mundo. Una vez más, es nuestra moneda pero su problema. ¿Debería esto influir en la política?

Los funcionarios de la Reserva Federal todavía están profundamente preocupados por la posibilidad de que la alta inflación se arraigue en la economía de EEUU, y esa preocupación dominará todo lo demás hasta que haya señales claras de que la inflación subyacente está disminuyendo.

Sin embargo, una vez que la Fed sienta que tiene algo de espacio para respirar, debería comenzar a tener en cuenta las repercusiones internacionales.

El dólar puede ser el problema de otros países, pero incluso un Estados Unidos puramente egoísta necesita vivir en el mundo que nuestras políticas ayudan a moldear.

Paul Krugman es premio Nobel de Economía y columnista de The New York Times.

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La pesadilla después de Gorbachov

/ 11 de septiembre de 2022 / 00:40

La mayoría de los artículos sobre la muerte de Mikhail Gorbachov se centran en el fracaso político de su proyecto de reforma. La Federación Rusa, el principal Estado sucesor de la Unión Soviética, no se ha convertido, por lo menos, en una sociedad abierta y democrática. Es posible que Ucrania finalmente haya llegado allí, pero ese mismo éxito es probablemente una de las principales razones por las que el país ahora está luchando por su vida contra la invasión rusa.

Lo que he estado leyendo ha puesto menos énfasis en los fracasos económicos de la Rusia posterior a Gorbachov. Sin embargo, esos fracasos fueron espectaculares y seguramente ayudaron a allanar el camino para el putinismo. Así que hablemos de lo mal que salieron las cosas en la década de 1990.

Primero, algunos antecedentes: hoy en día todo el mundo ve a la antigua Unión Soviética, con su economía planificada centralmente, como un fracaso abyecto. Pero no siempre se vio así. De hecho, en la década de 1950 e incluso en la década de 1960, muchas personas en todo el mundo vieron el desarrollo económico soviético como una historia de éxito. Todavía en 1970, el éxito de la Unión Soviética en converger hacia los niveles occidentales de riqueza parecía superado solo por el de Japón.

Sin embargo, después de 1970, la historia del crecimiento soviético se vino abajo y, según algunas medidas, el progreso tecnológico se detuvo. El estancamiento económico puede no explicar completamente el ascenso de Gorbachov. Pero el fracaso cada vez más evidente de la economía centralmente planificada seguramente ayudó a preparar el escenario para la reforma.

La Unión Soviética se derrumbó; Rusia se alejó del socialismo y se acercó a una economía de mercado. Y los resultados fueron desastrosos. No sé si se aprecia ampliamente lo mal que se desempeñó la economía rusa durante los años de Boris Yeltsin. Pero los números son aleccionadores. El producto interno bruto real per cápita cayó más del 40%. Eso es sustancialmente peor que el declive de Estados Unidos durante lo peor de la Gran Depresión.

A principios de la década de 1990, Rusia también sufrió una inflación extrema, alcanzando un pico de más del 2.000% a una tasa anual. No, no agregué ceros adicionales por accidente. Hay muchas otras pruebas de un colapso en los niveles de vida. Tampoco podemos decir que estos costos a corto plazo fueran una consecuencia inevitable de la transición del socialismo al capitalismo. Entonces, ¿qué salió mal? Hubo intensos debates sobre ese tema a fines de la década de 1990 y principios de la de 2000, que, por lo que sé, nunca llegaron a un consenso; luego todos pasaron a otros temas. Pero hubo algunas historias plausibles, no mutuamente excluyentes. Incluyen lo siguiente:

—Al principio, Rusia pasó solo parcialmente a una economía de mercado, y la privatización parcial no fue sistemática. Fue una mezcla incómoda de gobierno y empresa privada que era lo peor de ambos mundos.

—Donde sí privatizó, Rusia lo hizo sin las instituciones (cosas como regulación de seguridad, reglas contra el comportamiento depredador y el Estado de derecho general) una economía de mercado necesita funcionar.

—La privatización fortuita creó una proliferación de monopolios, cuyos esfuerzos por extraer lo más posible de todos los demás los convirtió en el equivalente moderno de los barones ladrones —los viejos barones, no los industriales de la Edad Dorada— que obstaculizaban el comercio en todos los ámbitos.

—La privatización caótica también creó una clase de oligarcas: hombres con una gran riqueza no ganada.

“¡La propiedad es un robo!” declaró el anarquista Pierre-Joseph Proudhon; bueno, en la Rusia de Yeltsin, mucho de eso realmente lo era. Y el poder de los oligarcas seguramente distorsionó la política económica.

¿Cuánto contribuyó cada uno de estos factores al desastre económico posterior a Gorbachov? No lo sé, y sospecho que pocas personas, si es que alguna, lo saben. Pero Rusia en la década de 1990 ofrece claramente una lección sobre cómo no hacer la transición a una economía de mercado. Los problemas de la década de 1990 culminaron en una crisis financiera en 1998. Después de eso, la economía rusa finalmente se estabilizó y reanudó el crecimiento; desafortunadamente, lo hizo bajo el liderazgo de un tipo llamado Vladimir Putin. Es dudoso si la recuperación económica requirió la caída de la democracia, pero así fue como funcionó. Esta historia puede no haber terminado. (¿Esas historias nunca terminan?)

Espero, por supuesto, que Ucrania derrote esta invasión; si lo hace, es posible que la Unión Soviética finalmente haya logrado una democracia duradera. Y es posible imaginar una Ucrania democrática cada vez más integrada con la economía europea, mostrando una forma de combinar democracia con prosperidad. Pero eso es para el futuro. La triste verdad histórica es que el legado político de Gorbachov fue, en gran medida, envenenado por el fracaso económico de Rusia.

Paul Krugman es premio Nobel de Economía y columnista de The New York Times.

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¿Bañera vacía?

/ 5 de septiembre de 2022 / 03:17

Mississippi ha sido durante mucho tiempo el estado más pobre de Estados Unidos, con un producto interno bruto real por persona de solo alrededor del 60% del promedio nacional.

Sin embargo, Estados Unidos es un país rico, por lo que Mississippi no se ve tan mal según los estándares internacionales.

Específicamente, está más o menos a la par con los países del sur de Europa: un poco más pobre que España, un poco más rico que Portugal.

También vale la pena señalar que debido a que Mississippi es parte de los Estados Unidos, recibe una gran ayuda de facto de los estados más ricos.

Se beneficia enormemente de los programas federales como Medicare y el Seguro Social, mientras que sus bajos ingresos significan que paga relativamente poco en impuestos federales.

Las estimaciones del Instituto Rockefeller sugieren que en 2019, Mississippi recibió transferencias federales netas de casi $us 24.000 millones, aproximadamente el 20% del producto interno bruto del Estado, mucho más que la ayuda que, por ejemplo, recibe Portugal de la Unión Europea.

Sin embargo, los ciudadanos de Portugal y España tienen cosas que no tienen todos los ciudadanos de Mississippi, como atención médica universal y agua corriente. El lunes colapsó el suministro de agua a Jackson, la capital del Estado y la ciudad más grande.

Gran parte de la ciudad no tiene agua corriente; en ninguna parte de la ciudad el agua es segura para beber.

Y no está claro cuándo se restablecerá el servicio.

La causa inmediata de la crisis fueron las lluvias torrenciales que desbordaron la planta de tratamiento de agua más grande de la ciudad.

Pero el evento meteorológico, aunque severo, no fue un shock al nivel de Katrina; fue un desastre solo porque el sistema de agua de la ciudad ya estaba fallando, como resultado de años de negligencia.

Este descuido, a su vez, fue esencialmente una decisión política.

Mississippi en su conjunto, a pesar de los ingresos relativamente bajos según los estándares de EEUU, seguramente tiene los recursos para proporcionar agua potable segura a todos sus residentes. Sin embargo, Jackson, un centro de la ciudad mayoritariamente negro cuya economía se ha visto afectada por la huida de los blancos, no lo hace.

Y el Estado se negó a ayudar, incluso cuando la próxima crisis del agua se volvió cada vez más predecible.

Pero no temas: en abril, el gobernador Tate Reeves, un republicano, anunció que estaba haciendo “una inversión en los habitantes de Mississippi”; por “una inversión” se refería a un recorte de impuestos en lugar de gastar, por ejemplo, en educación o infraestructura.

Al politólogo Brendan Nyhan le gusta señalar ejemplos de erosión democrática y preguntar:

«¿Qué dirías si lo vieras en otro país?»

Bueno, ¿qué diríamos de un lugar que ni siquiera garantizará que su capital tenga un suministro de agua confiable?

Para poner todo esto en perspectiva, debe conocer dos tendencias: una económica y otra política.

Sobre la economía: Mississippi, como dije, ha sido durante mucho tiempo el Estado más pobre de Estados Unidos. De hecho, a principios del siglo XX, el Sur Profundo era, en efecto, una nación en desarrollo integrada en la economía más avanzada del mundo.

Sin embargo, en las décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial, Mississippi y otros estados del sur lograron un rápido crecimiento de los ingresos, reduciendo, aunque no cerrando, la brecha con el resto del país.

Entonces el progreso relativo se estancó.

De hecho, según algunas medidas, Mississippi comenzó a quedarse atrás nuevamente; por ejemplo, la esperanza de vida en los Estados Unidos en general aumentó unos siete años entre 1980 y 2015, pero aumentó solo tres años en Mississippi.

Tenemos una idea bastante buena de lo que sucedió después de 1980.

La historia más probable es que, a medida que Estados Unidos se convirtió cada vez más en una economía basada en el conocimiento, las actividades económicas de alto valor (y los trabajadores calificados) gravitaron hacia las áreas metropolitanas con buenos servicios y mano de obra altamente calificada.

Lugares como Mississippi, que tenía relativamente pocos trabajadores con educación universitaria en 1980 y se retrasó aún más con el tiempo, se encontraron en el lado perdedor de este cambio.

No hay respuestas fáciles al problema de las regiones rezagadas.

Pero una cosa es segura: imaginar que los recortes de impuestos traerán prosperidad a un Estado con poca educación que ni siquiera puede proporcionar agua corriente a su capital es simplemente una ilusión.

Lo que nos lleva a las tendencias políticas que yacen detrás de estos engaños.

Lo cierto es que desde Ronald Reagan, el Partido Republicano ha estado dominado por la ideología antigubernamental.

Paul Krugman es premio Nobel de Economía y columnista de The New York Times.

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Europa y la economía del chantaje

/ 30 de agosto de 2022 / 02:09

Hace cuatro décadas pasé un año trabajando en el Gobierno de los Estados Unidos, en el personal del Consejo de Asesores Económicos. (Para aquellos que se preguntan: sí, esta fue la administración Reagan; no, no era republicano). Era un trabajo tecnocrático. Yo era el principal economista internacional; el principal economista nacional era un tipo llamado Larry Summers. ¿Qué pasó con él? De todos modos, pasé la mayor parte de mi tiempo en la oficina, procesando números. Sin embargo, asistí a algunas reuniones a nivel de gabinete, y recuerdo en particular una que involucraba planes europeos para construir un gasoducto que aumentaría en gran medida las importaciones de gas de la Unión Soviética.

Algunos funcionarios buscaban formas de disuadir el proyecto, pero nadie tenía buenas ideas. Pero esos funcionarios no se equivocaron al preocuparse de que la dependencia del gas soviético, más tarde ruso, crearía una vulnerabilidad estratégica. De hecho, podría decirse que la dependencia de Europa del gas ruso se ha convertido en el mayor riesgo al que se enfrenta ahora la economía mundial. Rusia es una potencia económica de tercera categoría, pero ella y Ucrania son, o fueron, importantes proveedores de algunos productos básicos importantes.

Cuando Vladimir Putin invadió a su vecino, los precios del trigo —gran parte del cual se cultiva en el cinturón de la “Tierra Negra” que se extiende por Ucrania, Rusia y Kazajstán— y el petróleo, gran parte del cual se extrae en los Montes Urales, se dispararon. Más recientemente, sin embargo, gran parte del impacto de la guerra en los precios ha retrocedido. Lo que sucede en estos casos es que tanto las materias primas agrícolas como el petróleo se comercializan esencialmente en los mercados mundiales, lo que para bien o para mal permite mucha flexibilidad. Sin embargo, hay una excepción, y es increíble: el gas natural europeo. A diferencia de los mercados del petróleo y el trigo, el mercado del gas no es completamente global.

Las entregas de gas ruso a Europa se han desplomado un 75% desde hace un año. Los rusos afirman estar experimentando dificultades técnicas, pero nadie se lo cree; esto es claramente un embargo de facto destinado a presionar a Occidente para que corte el apoyo a Ucrania. Y el resultado ha sido un aumento increíble en los precios del gas en Europa.

Si desea una comparación histórica, el aumento reciente de aproximadamente 10 veces en los precios del gas en Europa eclipsa los shocks del precio del petróleo de 1973-74 y 1979-80, que jugaron un papel importante en la estanflación de la década de 1970.

Probablemente no sea una coincidencia que el último aumento de precios comenzara a mediados de junio. Fue más o menos cuando quedó claro que la segunda ofensiva de Rusia en Ucrania, la que siguió a su desastroso intento inicial de apoderarse de Kiev, no iba a lograr resultados decisivos y que el equilibrio militar probablemente cambiaría a favor de Ucrania con la llegada de armas occidentales.

Así que Rusia recurrió a la guerra económica en su lugar. Europa está compensando el déficit en parte mediante la importación de gas natural licuado, especialmente de Estados Unidos, que produce una gran cantidad de gas natural a partir de esquisto. Pero la capacidad para los envíos de GNL es limitada, razón por la cual los precios del gas natural en EEUU, aunque subieron, no han subido tanto como los precios en Europa.

¿Cómo se desarrollará todo esto? Las economías avanzadas y sofisticadas tienen una enorme capacidad de adaptación, y Europa ha estado acumulando sus reservas de gas para pasar el invierno; el continente encontrará formas de arreglárselas incluso si recibe muy poco gas ruso. Pero un episodio de alta inflación es inevitable y una recesión europea parece extremadamente probable.

Dicho esto, las consideraciones macroeconómicas probablemente sean secundarias a la pregunta de cómo Europa hará frente a las dificultades extremas que muchas familias enfrentarán debido al aumento de las facturas de energía. Los gobiernos tendrán que encontrar formas de aliviar esa carga, un problema complicado cuando también quieren preservar los incentivos para conservar energía. Es probable que la política de precios de la nafta sea extremadamente turbulenta en los próximos meses.

¿Conseguirá el chantaje económico de Putin socavar la oposición occidental a su agresión? Probablemente no.

Pero pase lo que pase ahora, estamos recibiendo una lección objetiva sobre los peligros de depender económicamente de los regímenes autoritarios. Los economistas se han mostrado escépticos durante mucho tiempo acerca de los argumentos de seguridad nacional para limitar el comercio internacional, de los que a menudo se ha abusado en el pasado. Pero las acciones de Rusia han dado mucha más fuerza a esos argumentos.

Paul Krugman es premio Nobel de Economía y columnista de The New York Times.

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