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Thursday 24 Nov 2022 | Actualizado a 18:58 PM

Menos árboles, menos lluvias…

/ 23 de noviembre de 2022 / 01:57

La naturaleza es un sistema perfecto y balanceado, genera vida con cada elemento y proceso ecológico. Erróneamente asumimos que la naturaleza es… y que nosotros somos, pero es lo contrario; “somos naturaleza”. El hecho de utilizarla para nuestro servicio nos ha desconectado más de ella, cada impacto en la naturaleza coloca en riesgo la estabilidad climática del planeta, la seguridad alimentaria e hídrica de millones de personas.

La deforestación y los incendios están generando una inesperada metamorfosis en áreas tan vitales como la Amazonía. Los extensos bosques amazónicos en el sureste de Brasil están dejando de contrarrestar los efectos del cambio climático. Hoy emiten más dióxido de carbono de lo que habitualmente absorbían (Revista Nature, 2021). La reducción del bosque está provocando sequías más intensas, favoreciendo un clima propicio para más incendios y más degradación.

El estrés que sufren los ecosistemas con cada evento de incendios y sequías aumentan la mortalidad de los árboles (Brienen et al. 2015), provocando mayores emisiones de carbono. Menos árboles significan menos lluvia y temperaturas más altas, la estación seca se hace cada vez peor y nos impacta cada vez más.

Atravesamos un ciclo muy negativo, la reducción y degradación de los bosques nos cobran factura. En la Amazonía boliviana, municipios como Ascención de Guarayos se declaran en emergencia ante la falta de agua. La deforestación en este municipio eliminó el 23% de sus bosques, las lluvias se redujeron en -11% en los últimos 10 años y la sequía extrema se prolongó a más de cuatro meses.

La escasa humedad en la tierra retrasa la siembra de cultivos como el maíz y sorgo en el Chaco boliviano, quedando incierta la campaña de verano por la falta de lluvias. La desesperación por el agua no es ajena en las ciudades de Potosí y Sucre. Los Andes experimentan un acelerado retroceso de glaciares, se ha perdido más del 40% de su cobertura en los últimos años (RAISG, 2021) e impacta directamente en la recarga hídrica en las cuencas.

El mundo atraviesa una escalada de impactos climáticos. Este fin de semana la COP27 celebrada en Sharm el Sheikh (Egipto) dejó sabor a poco porque no se cumplió lo establecido en Glasgow (COP 26), aunque ocurrió un acuerdo histórico con la creación de un fondo que compensará a los países en vías de desarrollo por pérdidas y daños sufridos por el cambio climático. Si bien se priorizará a países vulnerables como receptores del fondo, no queda claro quién recibe la ayuda y quiénes son los que pagan.

Lo cierto es que la crisis del agua es más palpable en nuestro país, mientras continúe avanzando la deforestación y los incendios. El tiempo es muy valioso para evitar más impactos. Debemos crear planes y acciones que mejoren nuestra capacidad para adaptarnos a los efectos climáticos. Cada árbol juega un rol clave para enfrentar al cambio climático, cuidarlos es cuidar de nosotros.

Marlene Quintanilla es directora de Investigación y Gestión del Conocimiento de la Fundación Amigos de la Naturaleza.

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Una sola Tierra

/ 8 de junio de 2022 / 01:09

A cinco décadas de que en Estocolmo la comunidad científica ya solicitaba a los gobiernos una política ambiental internacional, se puede afirmar que los avances están en mayor retroceso. Para esa época (1972), Bolivia y Sudamérica no se encontraban en el ojo público por sus acciones ambientales.

Hoy la Amazonía sufre una grave transformación por la deforestación y los incendios. El 26% de su territorio está convertido en campos agropecuarios y con áreas altamente degradadas. El 90% de estas afectaciones son causadas en Brasil y Bolivia. Ninguna civilización como la nuestra afectó tanto a la Amazonía. Cada año eliminamos 1,5 millones hectáreas de bosque amazónico; la deforestación total (2020) es más extensa que toda España.

Las cifras son de terror porque se pierde mucho más que árboles. La Tierra está interconectada y funciona como un todo. El efecto esponja de la Amazonía almacena agua para las ciudades, sus frondosos árboles además de alimentar a los acuíferos devuelven la humedad capturada por sus hojas a la atmósfera para producir lluvias, generando vida y productividad todo el tiempo. La biodiversidad que habita en la Amazonía es la arquitecta de todo este proceso, diseña su funcionalidad, sin ella se rompe este ciclo.

La conectividad ecológica para el desplazamiento de miles de especies está fragmentada, muchas especies están en peligro crítico y al borde de la extinción. El mayor detonante es la deforestación, y junto a los incendios se acelera una era de cambios en la Amazonía.

La crisis climática que atravesamos nos afecta más a los humanos; sin agua y clima estable será difícil lograr el desarrollo que anhela Latinoamérica. La naturaleza ha demostrado siempre su capacidad de adaptarse a los cambios y es testigo de la extinción de especies desde hace millones de años.

Quizás debamos mirar un poco más hacia el pasado para aprender de la forma de convivencia que tenían nuestros abuelos con la naturaleza. Está claro que ellos fueron más responsables y cuidadosos con el medio ambiente. Hoy los territorios indígenas de la Amazonía conservan y respetan mucho mejor que cualquier otra figura de protección, se han convertido en custodios de los bosques, sus áreas son escudos contra la deforestación.

El cambio climático no discrimina, impacta a todos. Los pueblos indígenas afrontan mayores desafíos; mientras sufren los impactos de las extremas sequías e inundaciones, varios líderes indígenas pierden la vida por disputas de tierra y recursos naturales. Según la FAO (2021), entre 2015 y 2019 más de 200 líderes indígenas fueron asesinados. La defensa del medio ambiente ha quedado más en manos de los pueblos indígenas que de los que habitamos las ciudades. Este rol debería ser a la inversa.

Tenemos “Una sola Tierra”; si lo ambiental no es una prioridad, y la crisis climática se acelera, ¿cómo imaginas el medio ambiente de tus hijos y nietos para 2072? Podemos revertir el daño si actuamos hoy.

Marlene Quintanilla es directora de Investigación & Gestión del Conocimiento de la FAN.

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Ama los bosques

/ 16 de marzo de 2022 / 03:24

En tiempos de pandemia, y en silencio, el mundo continúa perdiendo bosque. La deforestación arrasa con la vida de miles de especies; en un solo año, la humanidad pierde alrededor de 12 millones de hectáreas (23 canchas de futbol por segundo). La Amazonía, el bioma que produce más agua dulce para el planeta, está llegando al punto de inflexión. La deforestación y los incendios ganan terreno dejando suelos áridos, sequías, inundaciones y mayor pobreza en las comunidades que los habitan.

Pese a la recesión económica padecida por la pandemia, los bosques amazónicos incrementaron su pérdida en 40% más en 2020 respecto a 2019 (Raisg, 2021), está tendencia de alza parece continuar. Mientras no logremos mirar al bosque como nuestra fuente de producción de alimentos, agua, medicina, oxígeno, y fuente sustentable para mejorar la economía del país seguiremos cercenando nuestra única posibilidad de afrontar a los efectos del cambio climático.

Bolivia es un tesoro escondido en recursos forestales maderables y no maderables. En un fragmento del bosque chiquitano (FAN, 2018) podemos encontrar más de 114 plantas con valor alimenticio, 75 especies con uso medicinal, 44 especies usadas para construcción y manufactura, asimismo la regulación de temperatura en -8°C respecto a una zona agrícola, almacenamiento de agua y más lluvia, alrededor de 50 especies frugívoras e insectívoras que regeneran el bosque, controlan plagas y enfermedades; la lista de beneficios es interminable…

La heterogeneidad y diversidad de bosques en la Amazonía destacan a Bolivia y Venezuela por los Yungas, bosques de Várzea y Tepuyes (gigantescas mesetas), estos lugares además de su impresionante belleza escénica son la morada de muchas especies endémicas (distribución geográfica restringida), cuyo valor ecológico es intangible por su rol en la salud de los ecosistemas.

Nuestra cultura y relación con la vida siempre han estado influenciadas por la diversidad de árboles y plantas que formaron parte de nuestra niñez cuando los trepábamos, o cuando nos cobijamos del sol y la lluvia. Para los pueblos indígenas, los bosques son más que solo madera, sombra, alimentos, etc., significan su identidad y vinculación espiritual con la Madre Tierra. Tenemos mucho por aprender del conocimiento y relacionamiento de los pueblos indígenas con el bosque. La vida moderna requiere de más bosque para una mayor resiliencia climática.

América del Sur y África en las tres últimas décadas merman sus bosques entre 2,5 y 5 millones de hectáreas por año, debido al cambio de uso de suelo. En sentido contrario, la esperanza reside en que la tasa de pérdida de bosque está disminuyendo en Europa y Asia: en ambos continentes la cubierta forestal aumentó entre 0,5 y 2,5 millones de hectáreas por año (FAO, 2020). Son buenas señales para el planeta, si logramos disminuir la deforestación y apostamos por el manejo de los bosques junto a la restauración podríamos contribuir significativamente a disminuir el hambre, asegurar el agua y proteger el clima. Ama los bosques, ama la vida.

Marlene Quintanilla es directora de Investigación & Gestión del Conocimiento de la FAN.

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Amazonía, proteger 80% para 2025

/ 27 de octubre de 2021 / 02:00

El punto de inflexión alertado por científicos reconocidos (Thomas Lovejoy y Carlos Nobre) es el momento donde la Amazonía, el pulmón que sostiene el balance del clima global y la reserva de agua dulce más grande del planeta, podría entrar a un punto de no retorno (20-25% de deforestación y degradación). Es decir, su función ecológica cambiará de tendencia: de bosque tropical a sabana desértica, devastando vida silvestre y liberando millones de toneladas de carbono a la atmósfera, convirtiéndose en una fuente de emisión.

En antesala a la cumbre climática COP26 (Glasgow, Escocia), David Attenborough advierte que «cada día que pasa y no hacemos algo es un día perdido». Los riesgos de un planeta más caliente son reales. Atravesamos «la década decisiva» para encaminar hacia un mundo más seguro ahora.

La Amazonía, un mega-sistema (bioma, cuencas y regiones administrativas) presente en nueve países está en el umbral del punto de no retorno (Raisg, 2021), el 22% de su territorio fue transformado por la deforestación y degradación (incendios y pérdida de carbono) y un 66% está bajo presión de megaproyectos (carreteras, petróleo, minería, centrales hidroeléctricas y agropecuaria).

La secuela es que la Amazonía sufre alteraciones climáticas. En Bolivia (San Ignacio de Velasco y Ascensión de Guarayos) la lluvia redujo un -17% a nivel anual y -64% en agosto y septiembre. Mientras tanto la temperatura media mensual registra ascensos de +2ºC provocando sequías más intensas y prolongadas, consecuentemente mayor recurrencia de incendios y pérdidas socioeconómicas de consideración.

Para evitar los peores impactos y frenar el calentamiento global es urgente la protección del 80% de la Amazonía. Esto es posible y necesario porque el 72% de su territorio contiene sitios con muy alta funcionalidad y representatividad ecológica o Áreas de Prioridad Clave (Raisg, 2021). Un 16% de la Amazonía requiere ser restaurada para garantizar la conectividad de ecosistemas claves. Los territorios indígenas y áreas protegidas juegan un papel central para lograr esta meta, porque se ha demostrado su efectividad en la conservación de ecosistemas. Más de 273 millones de hectáreas (32% de la Amazonía) definidas como Áreas de Prioridad Clave no tienen ningún nivel de protección y deben ser prioridades inmediatas para nuevas áreas protegidas y reservas cogestionadas.

La Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN), a través de la Moción 129, se ha sumado a este llamado, para evitar el punto de no retorno en la Amazonía protegiendo el 80% para 2025. En Glasgow (COP 26), la esperanza reside en que la Amazonía sea una prioridad de la política global. La Amazonía en pie brinda un portafolio de oportunidades socioeconómicas de largo plazo, es la mejor vía para frenar la crisis climática global; sus ecosistemas son clave para la seguridad alimentaria, seguridad hídrica y salud ecológica mundial. Proteger la Amazonía es proteger la vida del planeta.

Marlene Quintanilla es directora de Investigación y Gestión del Conocimiento de la FAN.

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Biodiversidad, socio indispensable

/ 26 de mayo de 2021 / 01:33

Somos biodiversidad; de las más de 8,7 millones de especies que habitan el planeta Tierra, la especie humana es tan solo una entre millones. Después de siglos de investigación, solo conocemos un 14%, por lo que un 86% de las especies todavía no han sido descubiertas.

El desconocimiento de especies es solo la punta del iceberg, mientras el ritmo de extinción siga en incremento, jamás precisaremos cuánta biodiversidad existe o existió, y menos su complejidad ecológica y verdadero valor. La depredación de los ecosistemas y su biodiversidad avanza más rápido que su descubrimiento científico.

Selvas tropicales como la Amazonía son laboratorios evolutivos de biodiversidad. La salud del planeta depende de este gran pulmón verde y del estado de su biodiversidad. Según la revista especializada Conservation Biology, actualmente la tasa de desaparición de especies es mucho mayor en mil veces más de lo que sería normal, a futuro podría incrementarse en 10.000 veces más.

Los insectos son fundamentales en la funcionalidad de los ecosistemas, hoy desaparecen por plaguicidas, contaminación y cambio de uso de suelo. Según la FAO, tres de cuatro cultivos destinados al consumo humano dependen de las abejas por la polinización. Si bien existen muchos polinizadores (mariposas, murciélagos, colibrís), ninguno es tan incansable como las abejas, una sola puede visitar hasta 7.000 flores al día; su desaparición sería una verdadera catástrofe para la biodiversidad y para nuestra alimentación. Más del 25% de las 20.000 especies nativas de abejas no han sido vistas desde 1990, esto podría indicar un declive o la extinción.

La Tierra atravesó cinco procesos de extinción, más del 90% de las especies pereció, pero la naturaleza siempre fue capaz de reorganizarse y reproducirse de forma distinta en sus ecosistemas. Después de cada gran crisis, la naturaleza se reorganizó. Estamos en la sexta extinción, el humano es capaz de corregir esto. En el pasado no hubo una especie tan dominante como nosotros. La pérdida de biodiversidad provoca la desorganización de los ecosistemas hasta provocar el colapso, entonces estaremos en un punto de no retorno.

Los vínculos entre biodiversidad y bienestar son muy estrechos. Debemos gestionar el territorio de la mano de la conservación de la biodiversidad. El divorcio entre ciencia y política ha frenado mirar a la biodiversidad como un cultivo económico. No se aprovecha la capacidad productiva natural de los ecosistemas en la planeación del desarrollo; la biodiversidad es interpretada como obstáculo.

La biodiversidad es el corazón de nuestro planeta. A medida que la mancha urbana crece, nuestra conexión con la naturaleza se hace critica. La protección per se no es suficiente, es necesario instrumentos que estimulen ir en esa dirección. Una economía basada en conservación de áreas silvestres es sinónimo de sostenibilidad. La biodiversidad ha definido nuestra cultura y medios de vida. Bolivia es una potencia en biodiversidad, nuestra resiliencia climática depende de su conservación. El desarrollo y la conservación requieren ser socios indispensables, de lo contrario estamos arriesgando nuestra seguridad alimentaria, seguridad hídrica, y futuro como humanidad.

Cuidar de la biodiversidad es una responsabilidad colectiva. Es un tesoro abundante pero muy frágil. Cultivamos, consumimos y nos inspiramos gracias a la biodiversidad, es nuestro mayor patrimonio natural. Somos biodiversidad y somos parte de la solución.

Marlene Quintanilla es directora de Investigación y Gestión del Conocimiento de la FAN.

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El efecto mariposa y el oro azul

/ 31 de marzo de 2021 / 02:08

La teoría del caos o efecto mariposa (Edward Lorenz, 1963) indica que una pequeña perturbación puede generar un efecto considerable a medio y corto plazo. En tiempos de cambio climático y una pandemia que no logramos vencer, se diría que vivimos consecuencias de nuestras acciones hacia el planeta y que inicia la era donde el agua es el recurso más preciado.

Los bosques en Bolivia abarcan más del 50% de nuestro territorio (51 millones de hectáreas), su gran diversidad brinda un sinfín de bondades y beneficios, desde el hábitat de miles de especies hasta la generación de alimentos, medicinas, aire limpio y agua. En 1979 Enéas Salati demostró que gran parte de las precipitaciones en la Amazonía provienen de la transpiración de sus bosques. La ciencia también ha demostrado que estos bosques envían cada día a la atmósfera 20 trillones de litros de agua que vuelven a los ríos a través de las lluvias, por lo que la interconexión de los bosques y el agua es inminente.

Entonces, si el pequeño aleteo de una mariposa con la energía cinética generada causa una leve perturbación en la atmósfera, podría cambiar el clima en magnitudes considerables como un huracán al otro lado del mundo (Edward Lorenz), ¿podríamos imaginar lo que causa la deforestación y los incendios? Cada año el país pierde más de 250.000 hectáreas de bosque y más de 4 millones de hectáreas están impactadas por el fuego, a esta escala los efectos son de magnitud para el planeta y mucho más para los que habitan estos espacios.

Las sequías son los síntomas ambientales más evidentes que afectan a todo el mundo. La mala noticia es que con el cambio climático las sequías son más severas y recurrentes, por lo que los incendios serán de alto impacto para los bosques, comprometiendo el balance hídrico del país. El agua es el recurso más deseado y ha sido el único recurso natural que no estaba monetizado hasta hace poco. A título de salvar a la humanidad, Wall Street (el centro financiero más grande del mundo) quiere revolucionar haciendo que el agua sea rentable, creando el mercado del agua similar al del petróleo.

En el mercado, el agua ya es un producto financiero como cualquier otro. En las últimas semanas, se cotiza entre $us 485 y 495 por megalitro (1 millón de litros). Es el inicio de la revolución financiera del agua, ya está en la mira de los tiburones financieros según el reportaje de Jérome Fritel (Deutsche Welle). ¿Qué pasará con quienes no puedan pagarla, si esta fiebre del oro azul es inminente?

A medida que el crecimiento poblacional incrementa en el planeta, (hoy 7.700 millones personas y 9.900 millones hasta 2050) mayor será la demanda del agua. Es por eso que el agua es considerada un negocio seguro. Atravesamos un modelo de supervivencia debido a la crisis de sequías. Actualmente, ganaderos en Australia invierten millones de dólares para garantizar el agua para su ganado, muchos al borde de la bancarrota. El agua es oro y se compra a un click desde sus celulares, el mercado define precios según reservas existentes y pronósticos de lluvias. Waterfind es la mayor empresa en la bolsa de valores de agua del mundo.

El desafío en Bolivia está en proteger nuestra fábrica de agua localizada en los bosques de nuestras áreas protegidas, de lo contrario, se vislumbra un mercado del agua donde el más pobre será el más afectado. La batalla por el agua ya ha comenzado, quién resultará victorioso: el planeta, la gente o los mercados (Fritel, 2021).

 Marlene Quintanilla es directora de Investigación y Gestión del Conocimiento de la FAN.

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