Voces

Wednesday 1 Feb 2023 | Actualizado a 20:14 PM

Los puntos de inflexión y la derrota moral

/ 1 de diciembre de 2022 / 01:27

Hemos estado viviendo en el país, en el último mes y medio, al menos dos puntos de inflexión política que están afectando y afectarán el curso de la disputa y gobernabilidad política. En orden de aparición, me referiré a continuación primero a los puntos de inflexión, para terminar sosteniendo qué y dónde se encuentra la derrota moral.

Cerca del 8 de noviembre pasado, a poco de cumplirse dos años de gestión del presidente Arce, como es usual, se abrió en el Órgano Legislativo un periodo de elección o ratificación de quienes dirigirán las dos cámaras y sus correspondientes bancadas; es decir, todos los puestos de poder que involucran al Legislativo.

En ese momento, asistimos al primer punto de inflexión político, porque en ese momento la tensión entre el partido de gobierno y el Gobierno nacional que pertenece a ese partido, se hizo más que evidente llegando incluso a verificarse una suerte de punto de no retorno que, sin duda, abre una fisura en la gobernabilidad política que se busca desde el Ejecutivo. Por tanto, el costo por aprobar una norma de aquí en adelante será mucho más alto y complejo de lo que ya era hasta hace poco.

Lo que nos lleva también a vivir en una especie de paradoja democrática, porque buena parte de la crítica en relación al Legislativo, especialmente desde los opositores, ha sido que diputados y senadores están ahí solamente para levantar la mano a los dictados que vienen de arriba, y que el principal anhelo que tienen es el de que la democracia que quieren se traduce en debate, intercambio de opiniones distintas, y negociaciones políticas. Pues bien, de alguna forma estamos ahora ahí; bienvenidos a la realización de sus aspiraciones, ahora viene la pregunta del cómo le hacemos

El segundo punto de inflexión es político pero también social, porque tiene lugar en el bloque de oposición al oficialismo de hoy, y es que la oposición no es partidaria, está por fuera del sistema de partidos, y aún se encuentra localizada en Santa Cruz. La diferencia es que ya no tiene un único rostro que hasta hace 36 días de paro estaba enmarcado en la imagen de Camacho. El polémico manejo del conflicto por el tema del Censo por parte del señor Camacho, propició que en el tiempo aparecieran otras figuras mediáticas con identidad bien cruceña, defensora de sus intereses, pero con vocación y predisposición a entablar negociaciones con sus adversarios políticos como el rector Cuéllar. O incluso apareció gente más radical que el mismo Camacho, como el segundo vicepresidente del Comité Cívico, el señor Cochamanidis, y el autoproclamado vocero de las rotondas Santistevan. Todo esto propició que se abriera una interna competitiva en este campo opositor; por eso, en adelante no se hablará de Santa Cruz y de esa oposición por ahora efectiva, de manera exclusiva con el rostro del señor Camacho.

A estos dos puntos de inflexión se le acaba de sumar a la oposición una segunda derrota moral importante; ya en la elección general de 2020 sufrieron una primera en lo formal electoral, hoy al no tener más opción que aceptar 2024 como momento de realización del Censo y dejar de insistir en 2023 como era al inicio de su movilización, acaban de sufrir una significativa derrota que curiosamente fue provocada en su origen por ellos mismos. Porque al haber cometido el error estratégico de origen insistiendo de manera intransigente por la fecha del Censo y no por el contenido de la demanda, lograron generar una expectativa que no supieron atender a nivel de su dirigencia con las personas movilizadas.

Este es el panorama de (in)gobernabilidad política con la que contaremos de aquí en adelante, tanto en lo político partidario en el Legislativo como en la calle movilizada y opositora con identidad antimasista. De alguna forma las primarias y el clima político se han sobreelectoralizado, afortunadamente al margen de las disputas del Twitter de suma cero que son muy ruidosas, eso no parece coincidir con la aspiración de buena parte de la gente que se siente cansada de los extremos y pide confluir más al centro para ver los resultados que buscan.

Marcelo Arequipa Azurduy es politólogo y docente universitario.

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Derrotas morales en política

/ 26 de enero de 2023 / 01:28

Antonio Gramsci (de quien el pasado 22 de enero se recordó que nació hace 132 años), decía que una victoria moral antecede a una victoria electoral. Esta fórmula tiene vigencia por lo menos desde 2020, porque el fracaso estrepitoso que significó el gobierno de la señora Áñez, para buena parte del antimasismo que sostenía la idea de que el MAS había dejado como único legado al país la práctica de valores antidemocráticos y todos los antivalores que se les ocurriera; pues no era así, porque en menos de un año demostraron ser excelentes administradores en poner en práctica todo aquello contra lo que decían haber luchado. Entonces ésta fue una primera derrota moral que se tradujo en una posterior derrota electoral en 2020.

A partir de ahí, la oposición política partidaria no supo levantar cabeza y ser más estratégicos para devolverle algo de moral a sus votantes, de hecho en la Asamblea Legislativa los partidos de oposición quedaron tan pero tan al margen de todo que su mayor éxito político fue hacer ruido en los actos que se realizaban en el hemiciclo del Parlamento en las fechas importantes de celebración, es decir, una agenda completamente reactiva y no una agenda renovadora o por lo menos con alguna señal propositiva.

En cambio, el otro bloque de oposición política que se sitúa por fuera del sistema de partidos es el que ha tenido más éxito en este último tiempo, de ahí que la oposición política efectiva al oficialismo de hoy se ubica en el oriente del país y en las calles. Sin embargo, una de las batallas centrales que encaró esa oposición efectiva como fue el tema del Censo, significó una nueva derrota moral que invadió ese espacio de movilización de calle porque el haberse empecinado en la fecha de realización y no en el contenido del proceso, les valió una derrota significativa al haber terminado por aceptar por boca de sus propios líderes la fecha que el Gobierno nacional propuso.

Esa derrota moral vino acompañada de un momento de crispación y tensión violenta, poco estratégica, luego de la detención del señor Camacho, quien optó como última carta de salida al desgaste de los 36 días de paro cruceño, la alternativa de querer avanzar corriendo hacia adelante proponiendo la idea del federalismo al país, pero no bajo un principio de atracción, sino de chantaje porque les dio a las regiones 24 horas para que se sumen a su idea o ya verían ellos qué hacer con la relación con los otros departamentos del país.

Hoy nos encontramos con una nueva derrota moral, porque en las movilizaciones convocadas no han podido cambiar el tablero político vigente en el que el oficialismo tiene ventaja; tampoco han podido cerrar el tema pendiente de quién asumirá el liderazgo político de oposición efectiva al oficialismo; aún existe una competencia interna al respecto, y de paso la disputa por la ocupación espacial del territorio tuvo otra derrota moral porque por primera vez en el caso de la ciudad de La Paz, los sectores movilizados contrarios al oficialismo tuvieron que ser desplazados de dos plazas simbólicas para ellos como son la iglesia de San Miguel y la plaza Abaroa.

En definitiva, es claro que la oposición tiene que levantar mucha moral en su electorado, hasta ahora está claro que la oposición política partidaria sigue sin darse cuenta y aprovechar este momento para marcar un otro tiempo, y todo parece más echado a la suerte de ver lo que se defina en el oriente y si se sigue el curso de lo tenido hasta hoy o se cambia de estrategia, tareas nada sencillas, altamente complejas y con verdaderos retos que reclaman estrategia política, no simples reacciones.

Marcelo Arequipa Azurduy es politólogo y docente universitario.

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Academia Diplomática Plurinacional

/ 12 de enero de 2023 / 01:44

Una de las tareas pendientes que dejó la profunda crisis política que vivimos en el país entre noviembre de 2019 y octubre de 2020, fue que se suponía que quienes administraban el Estado en ese tiempo eran —digo de nuevo— supuestamente los preparados para esos menesteres, que el masismo de antes lo que había hecho era poner en la administración pública de 2006 a 2019 gente sin preparación, y entonces había llegado la hora de supuestamente liberarnos de esa debilidad poniendo verdaderos especialistas en la dirección estatal. El tiempo vio que teníamos en esa administración antimasista especialistas en violencia, corrupción y en hacer que las roscas de antes vuelvan al poder.

Uno de esos espacios era sin duda la Cancillería del Estado, en concreto en su Academia Diplomática, un espacio que fue tomado muy en serio con el principio de constitución de una élite de funcionarios diplomáticos, tan en serio que básicamente la idea de especialidad era tomada en cuenta como una muletilla para dejar que entren a ese lugar, en casi todos sus cursos, gente que se formaba en dos o tres colegios privados, de los más caros que hay en La Paz; es decir, el criterio de alta formación devino en una exclusión de origen y que, por supuesto, era muy poco democrática. Luego podemos entrar a ver qué resultados concretos, si tuvo alguno esa gestión de supuesta alta tecnocracia de retorno.

A partir de las elecciones generales de 2020 y con el actual Canciller, las señales de ir trabajando para revertir ese principio excluyente y hacer reflotar la Academia entonces tuvo un desafío mayúsculo, que se ha ido materializando en al menos algunas acciones concretas que a veces las noticias malintencionadas más inclinadas a mostrar una especie de “reducción de presupuesto” no alcanzan a evidenciar. Desde mi cortísima experiencia en esa institución, lo que se puede apuntar, por ejemplo, es que el año pasado se realizaron 21 cursos de capacitación y formación relacionados con el área de las relaciones internacionales, además de siete cursos para el manejo de instrumentos jurídicos internacionales en la Academia Diplomática.

Y que entonces, la cantidad de beneficiarios de los cursos es de 830 personas, de las cuales más de la mitad son mujeres. Hoy mismo, el personal de Cancillería en el 75% tiene menos de 50 años, es decir, son generaciones con formación académica, mucho más jóvenes que los de antes, y además de un espectro social más amplio que los dos o tres colegios paceños de donde salían los llamados funcionarios diplomáticos de carrera. Es decir, es un proceso de construcción entendido desde abajo hacia arriba, y no como antes, al revés.

Por tanto, esa idea que se defiende a rajatabla de que los funcionarios de carrera diplomática se deben al hecho de haber salido con el título de una maestría, es otra forma más de vivir a espaldas de la realidad de un país como el nuestro, en el que producto de los acontecimientos políticos, al interior de nuestra burocracia se produjo un verdadero cisma. Porque incluso los llamados funcionarios especializados de carrera eran los primeros en abandonar esa “alta” especialización para tomar partido por un antimasismo excluyente, minando la posibilidad de generar resultados de gestión óptimos en el primer año de gestión presidencial.

A los desafíos hasta ahora apuntados, también se debe poner en la lista el uso de las tecnologías de información, porque si algo quedó muy claro es que éste es el tiempo de la combinación de modalidades mixtas entre la presencialidad y la virtualidad, esta nueva realidad no está atada como si fuera de vida o muerte al presupuesto que se tenga, sino abre un mundo de posibilidades para que bolivianos en todo el territorio, sin obligación de desplazarse a la sede de gobierno, puedan lograr especializarse en los temas que hacen al mundo de las relaciones internacionales.

Marcelo Arequipa Azurduy es politólogo y docente universitario.

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2022-2023

/ 29 de diciembre de 2022 / 02:09

La secuencia de los hechos políticos en el país se observan como una serie de acontecimientos que van encadenados y cuya trayectoria no es cíclica, sino más bien como cuando gráficamente vemos en las máquinas que muestran la intensidad de los desastres naturales en subidas muy altas y bajadas intempestivas; y es que lejos de resolver estos temas pendientes de este año desde el fondo, éstos más bien se van transformando adquiriendo sus propias dinámicas que valdrá la pena analizar, por separado en su momento, cada uno de los temas políticos que se nos vienen.

Para empezar, la elección judicial prevista para 2023 seguramente volverá a abrir la discusión respecto a la efectividad de las mismas para resolver la crisis estructural del sistema judicial, volverán los discursos de que se necesitan especialmente personas preparadas para esos puestos; es decir, de nuevo el discurso de la meritocracia que la clase media boliviana sabe de memoria y lo repite hasta el cansancio, sea para marcar la frontera de la línea de identidad antimasista o sea para desmarcarse del masismo de base, como queriendo decir que dentro de ese otro hay un otro otro. Aquí tampoco tocaremos el tema de fondo que es todo lo que está además del mérito, lo que realmente puede resolver el día a día de la gente que asiste a la Policía, fiscales, abogados, y jueces.

Luego viene también con toda probabilidad atender el regalito navideño que nos dejó el gobernador Camacho de Santa Cruz en su mensaje estos últimos días, de ahora sí hablar directa y abiertamente de federalismo y que ese sería su norte político, este tema está indisolublemente casado con el Censo que tendremos en 2024; estratégicamente fue la manera de salir menos derrotados moralmente de lo que ya estuvieron y además de paso logró que no se le aplicara la ley que él mismo impuso públicamente de que aquel que aceptara el Censo en 2024 tendría muerte civil en su tierra, fue una forma de salir corriendo de la casa que habitas pero no por la puerta, sino por la ventana. Esto va a revivir el clivaje regional en el país; si nos damos cuenta, ya van dos clivajes presentes, ojo.

Tampoco se puede dejar de vista el cisma interno que se encuentra viviendo el masismo, este fenómeno político que se nos presenta como una serie de capítulos distintos de choque entre el partido de gobierno y el Gobierno nacional que pertenece a ese partido, que antes de cerrar el año se localizó específicamente en la Asamblea Legislativa y que seguramente hará del Legislativo un espacio más desgastado de lo que ya está en su credibilidad de representación, porque no va a ser fácil asumir el alto costo político que significa hoy aprobar una norma ahí, ergo: ni hablemos de reformas estructurales mientras las cosas estén así en el partido mayoritario. Un escenario de disputa que es probable que aparezca después de la Asamblea, quizá sea la calle, porque es ahí donde también la gobernabilidad política depende y mucho, aún no hemos visto que las tensiones del masismo se hubieran trasladado a este campo, pero no se debe descartar tampoco que se lo haga. Más aún cuando tienes al cierre del año una crítica directa desde el expresidente Evo Morales a la gestión económica del actual presidente Luis Arce.

En fin, que se viene un año cargado de polarización social, y no creo que sea tanto porque los actores no quieran atender los problemas, sino porque las condiciones para enfrentarlos aún no están dadas; mientras tanto hay otras condiciones que sí están dadas y que quisiera aprovechar ahora: a todos mis lectores les deseo un año lleno de salud y éxitos en sus vidas al lado de sus familias, que sea un año en el que busquemos practicar ser más humanos y menos máquinas revanchistas, que no les afecte las noticias falsas, y que en lugar de eso tengan más contactos lovers y menos haters. Feliz año.

Marcelo Arequipa Azurduy es politólogo y docente universitario.

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Actores pasivos definitorios

/ 15 de diciembre de 2022 / 02:03

En la disputa política, normalmente se mantiene tensiones entre lo que se conoce como oficialismo versus oposición. Esta es la disputa más básica y elemental, a reserva de que determinadas coyunturas específicas nos muestren que al interior del oficialismo también pudiera existir momentos de tensión que representen un quiebre de la gobernabilidad política.

En todo caso, a ese escenario descrito se lo conoce como la dinámica entre actores activos con capacidad de veto, se podría añadir a más actores de este tipo que no forman parte del sistema de partidos, pero no es el objetivo de esta columna analizar esta parte. Sino otra que tiene que ver con lo que se conoce como los actores pasivos de veto y que por lo visto en los últimos años han estado incidiendo demasiado en el curso definitivo de las disputas críticas que sufren los Estados en la región.

Me refiero a la Policía, y especialmente a los militares. El ejemplo más sobresaliente y reciente que tenemos lo encontramos en el Perú, ya que curiosamente después de que asistimos al anuncio del expresidente Castillo de suspender el Congreso peruano y convocar a reforma constitucional, de inmediato los ojos de los medios de comunicación estaban situados no en primera instancia en el Congreso, sino en lo que pudieran dar como señal las Fuerzas Armadas de ese país, había como una suerte de nerviosismo por ver lo que pudieran hacer éstas para luego determinar si se garantizaba que lo que se llevara adelante en esa sesión congresal que buscaba deponer (vacar) del poder a Castillo iba a ser efectiva.

Entonces, el hecho de que se deposite tanta expectativa en las Fuerzas Armadas puede estar relacionado con un dato que las encuestas regionales de percepción democrática nos dan, y es que la credibilidad que tenemos de los partidos y del funcionamiento de las instituciones políticas es menor en comparación con la confianza que se tiene a las Fuerzas Armadas como institución.

Ese dato nos ha llevado incluso a mezclar componentes religiosos a la expectativa que se tiene para que los militares entren en acción cuando las coyunturas son tremendamente críticas o tensas, basta con mirar primero el caso boliviano y el caso brasileño en los últimos años para identificar que una de las respuestas estratégicas de la derecha ideológica es apelar a la convocatoria a la activación de los cuarteles por la vía del clamor religioso, dos componentes que buscan generar cohesión social en los movilizados.

El tema del papel de las Fuerzas Armadas en la región en contextos de democracia contemporánea no se acabó ni mucho menos, porque igual en escenarios polarizados socialmente como el que estamos viviendo aquí, sirven para apelar al discurso de que si lo que dicen los militares no coincide con nuestras posturas políticas personales, entonces no está bien eso y se los puede tildar de comprados al poder de turno, o a la inversa. Pero no hay ninguna duda que sea por donde fuere la línea de entrada a la hora de explicar coyunturas críticas, el papel de las Fuerzas Armadas sigue siendo uno que tiene un papel de actor pasivo pero con decisiones y movimientos definitorios sobre la política.

Marcelo Arequipa Azurduy es politólogo y docente universitario.

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Fukuyama se disculpa

/ 17 de noviembre de 2022 / 02:50

Es harto conocido que el liberalismo en sus dimensiones políticas y económicas (en este caso más conocido como neoliberalismo), es el eje central por el que se elige vivir en Occidente y en esta parte del mundo a través de este modo de entender el desarrollo de la civilización. Sin embargo, en el último tiempo, han emergido una serie de críticas airadas y otras no tanto al liberalismo, porque éste también se encargó de liberar a sus peores demonios en lo político, y especialmente en lo económico.

Pero antes de entrar a explicar los demonios, vuelvo al recientemente libro publicado de Fukuyama titulado El liberalismo y sus desencantados, ahí el autor comienza por defender el liberalismo usando una retirada estratégica a los orígenes del tema, en parte para plantear que deberíamos ir por ahí, pero también para explicarse de qué va cuando habla de liberalismo: doctrina que aboga por la limitación de los poderes de los gobiernos o los Estados mediante las leyes y, en última instancia, las constituciones, así como la creación de instituciones que protejan los derechos de los individuos que viven bajo su jurisdicción.

Uno pensaría que este es un plan fantástico, y por qué no hacerlo entonces, aquí creo que antes de pensar otra idea para contrastar lo dicho por el autor, mejor explicar los dos demonios sueltos y que por cierto Fukuyama también los nombra:

El político, bajo la coartada de la libertad de expresión llevada al límite, hemos olvidado de construir una relación colectiva, porque hoy no se cumple el siguiente principio liberal que el autor apunta: puedes creer lo que quieras, pero debes hacerlo en tu vida privada y no tratar de imponer tus opiniones a tus conciudadanos. Por el contrario, ahora mismo de lo que se trata es de ventilar todo lo que sea posible de la vida íntima de las personas y sin realizar ningún proceso de por medio, nos vamos directamente a la sentencia. Es más, las opiniones privadas que con anterioridad se habrían expresado en persona o por teléfono, son ahora divulgadas por plataformas electrónicas para uso discrecional según los fines de cada uno.

El económico, una de las características del neoliberalismo en el último tiempo fue que existe una oposición férrea a que el Estado regule la economía, porque la creencia de este demonio es que el Estado no hace otra cosa más que interponerse en el camino de los emprendedores e innovadores dinámicos; pero no se dieron cuenta, como también apunta Fukuyama, que su creencia en la primacía de la libertad individual los llevó a oponerse también a la intervención del Estado en materia social. Llegando incluso a considerar que el cuidado de uno depende exclusivamente de uno mismo, dando por descontado el contexto estructural de beneficio con los que parten al formular esa idea.

Así, en el neoliberalismo se pregonó como religión que los mercados eran superiores por ser más eficientes que el Estado, este demonio impulsó la idea de que las privatizaciones son la receta para el desarrollo económico, cuando en realidad lo que generaron fue que se establecieron monstruosos monopolios privados en los que siempre salen ganando los ricos.

Quizá estaban esperando que comente sobre una carta de disculpas de Fukuyama por alguna de sus teorías formuladas, en todo caso los invito a leer el libro que comento porque considero que la mejor manera de responder es con argumentos, no con ideas preconcebidas de entrada, por ahora para no hacerles mucho spoiler me quedo con lo que se plantea de que el liberalismo debiera esperar que los individuos sean responsables de su felicidad, pero el Estado también debería tener plena justificación para entrar en escena y ayudar cuando las circunstancias son adversas y salen de nuestro control.

Marcelo Arequipa Azurduy es politólogo y docente universitario.

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