Voces

Tuesday 31 Jan 2023 | Actualizado a 14:51 PM

El tiempo pasa…

/ 4 de diciembre de 2022 / 00:44

Pablo Milanés canta, acompañado de un tenue piano: nos vamos poniendo viejos. La nostalgia me instiga a buscar su voz de siempre, esa que escuchábamos una y otra vez en casetes y discos de vinilo; la que tratábamos de imitar en las guitarreadas del tiempo en que no podíamos invocarlo con solo apretar una tecla en la computadora o el teléfono.

Recuerdo la última vez que Pablo vino a La Paz. Nos reunimos en un departamento muy cerca al Teatro al Aire Libre, para ir juntos a verlo. Pero nos entretuvimos conversando y llegamos cuando el concierto ya había empezado. Bajo una intensa lluvia paceña Pablo cantó y Jorge y yo coreamos sus canciones a voz en cuello.

El tiempo pasa y se nos fue Pablo, se nos fue Jorge, se nos fue Enzo… el recuento de ausencias duele más que un disparo de nieve.

Recuerdo que mi abuelo recibía el periódico cada mañana de un canillita amigo. Y antes de leer titulares o columnas, saltaba directamente a los necrológicos para enterarse de “quién se le había adelantado”. Yo sentía esa costumbre un tanto mórbida, pero él sonriente me decía que no había que espantarse. Todos caminamos en la misma carretera hacia la tumba, decía. La diferencia no está en el destino, sino en la manera en que hacemos el recorrido.

Mi hermano Jorge lo recorrió muy rápido, dejando florecer su sentir más puro (como diría Pablo). Su partida me dejó sin palabras. Aun ahora lucho por encontrar una combinación de letras que le haga justicia a su vida, a su muerte, a todo lo bello y doloroso que dejó – como una estela, cuando se nos adelantó en el camino.

Algo muy distinto me pasa con Enzo. No es que su partida haya sido más predecible o menos triste, lo que sucede es que su recorrido fue tan intenso que habría sido impensable que dure más. Dejó a su paso un legado de imágenes con olor a cigarrillo y cientos de anécdotas que quedarán pegadas a la memoria como si las hubiera embadurnado con su inevitable silicona.

La muerte nos deja sintiéndonos vulnerables a la muerte. Nos hace percibir que el tiempo pasa, nos vamos poniendo viejos y hemos dejado de reflejar el amor como lo hacíamos antes. La muerte de seres queridos y contemporáneos nos hace mirar detrás del hombro hacia ese camino que inexorablemente todos recorremos, menos para calcular cuánto nos queda y más para sopesar lo que hasta ahora hemos ido dejando. Qué tipo de estela denuncia nuestros pasos al alejarnos. Entiendo ahora que era con ese sentimiento que mi abuelo leía los necrológicos. Y la comprensión me hace sentir más cercana a la edad de mi abuelo, que a la que yo tenía cuando compartíamos el periódico del desayuno.

Despedimos a Enzo esta semana encontrándonos entre amigos que compartimos con él un tiempo luminoso, cuando teníamos veinte años y entre las conversaciones, los besos y los abrazos no se imponían ni los más pequeños pedazos de razón. Si algo me queda claro es que Enzo fue capaz de escapar a la madurez, al acomodo, a esa tremenda armonía que pone viejos los corazones (como diría Pablo). Él nunca dejó que el paso del tiempo le impida ser fiel a sí mismo. Por eso llegó al final del camino tan joven como lo había empezado. Ay, caraspas! Ojalá seamos capaces de seguir su ejemplo.

Verónica Córdova es cineasta.

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El Evo tiene la culpa

/ 15 de enero de 2023 / 03:12

Una hilera de ataúdes blancos desciende por el sendero. Acompañan el duelo hombres y mujeres de poncho y aguayo, sombreros empolvados y miradas rojas de bronca y llanto. Son todos indios, dicen en Lima. Son irracionales y terroristas. Están lejos. No importan.

Dicen que cuando le llegó la información de los 18 muertos de Juliaca, la señora Dina Boluarte se llevó las manos a la cabeza y exclamó: “¡No entiendo por qué protestan!”. Y no es la única. El Congreso completo de Perú parece no entender qué pasa más allá de la Lima de Pizarro.

En noviembre de 2020, cuando el Congreso peruano destituyó a un Presidente que no era de su agrado, se desataron protestas en Lima y murieron dos muchachos. Esas dos muertes fueron suficientes para que renunciara el Presidente que el Congreso eligió, para que renunciaran sus ministros y hasta la mesa directiva del Congreso. Ese gobierno elegido por el Congreso (y no por el pueblo) se autodestruyó a los cinco días de ser posesionado.

En diciembre de 2022, cuando el Congreso peruano destituyó a otro Presidente que no era de su agrado, se desataron protestas en todo Perú. Como resultado de la represión estatal murieron seis jóvenes en Andahuaylas. Murieron 10 jóvenes en Ayacucho. Murieron seis más en otras provincias (pero no en Lima). Ninguna de esas muertes fue suficiente para que renunciara la Presidenta que el Congreso eligió. Por el contrario, el ministro de Defensa que estuvo a la cabeza de la represión fue premiado con el cargo de Primer Ministro, en una velada autorización para que la represión continuara. Y continúa.

Al día de hoy, la señora Dina Boluarte tiene más muertos en su haber que días en el gobierno. Pero tanto ella como el Congreso que la sostiene y apoya no entienden por qué los peruanos protestan.

Quien cree tener una respuesta es el premier Otárola. Dice que detrás de los indios revoltosos del sur (y el este y el oeste) hay intereses foráneos que azuzan el levantamiento. Los medios hegemónicos de Lima concuerdan y amplían: la culpa de las protestas en Perú la tiene Evo Morales en Bolivia. Él es el titiritero que solivianta a los indios peruanos. Hay que prohibirle que cruce la frontera. Hay que quitarle sus títulos y medallas. Hay que meterlo preso. Hay que descuartizarlo, atando cada una de sus extremidades a un caballo. Su cabeza podría ser colocada en una lanza para ser exhibida en Cuzco. Sus otros pedazos repartidos en Andahuaylas, Ayacucho y por supuesto en Juliaca, para escarmiento de los indios que creen que pueden crear una nueva Constitución donde se los tome en cuenta.

Quizá en esto, solo en esto, tengan razón los señoritos limeños. La rebeldía y la dignidad de los aymaras de Puno y Juliaca, de los quechuas de Cuzco, Ayacucho y Andahuaylas podría verse como culpa del Evo. Quizás no de él como persona, sino sobre todo de lo que él representa: la posibilidad de tomar las riendas de la vida propia. La posibilidad de reconstruir un país, de re-escribir una Constitución, de reclamar y tomar el lugar que uno merece entre los compatriotas.

Para los señores que ocupan las poltronas del Palacio Legislativo en Lima, es incomprensible que un pueblo demande participación y respeto. Es incomprensible que sean capaces de organización y resistencia, es incomprensible que los indios decidan autónomamente decir: Ya basta.

Y justamente esa ceguera, esa insensibilidad, ese desprecio frente al dolor y la rabia extiende la protesta y radicaliza aún más las demandas. ¿Cómo se resuelve esta crisis tan profunda como los ríos de la sierra andina? ¿Cómo se reconstituye el tejido social después de 45 ataúdes blancos desfilando por la quebrada? Nadie dice saber. Nadie tiene una salida. La única respuesta que circula por el Virreinato de Lima es: Evo tiene la culpa.

Verónica Córdova es cineasta.

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Gracias, doña Lidia

/ 1 de enero de 2023 / 01:12

Con todo el revuelo y la violencia que se armó con la aprehensión de Luis Fernando Camacho, quedó oscurecida la imagen de la mujer que hizo posible ese breve atisbo de justicia: doña Lidia Patty.

Cuando la entrevisté, hace no mucho tiempo, me contó su vida y pude entender por qué siguió insistiendo en su búsqueda de justicia, cuando muchos ya se habían dedicado a otra cosa.

Como la mayoría de las mujeres campesinas, tuvo una vida complicada. Su padre, don Paulino Patty, fue quien la impulsó desde niña: “Ustedes tienen que dar más pasos, no tienen que quedarse”, le decía. Y eso fue lo que hizo Lidia desde entonces.

En Niño Jurindi, donde nació, no existía una escuela. Así que para poder estudiar “teníamos que ir a otra comunidad, cinco horas, siete horas teníamos que caminar. No importa la lluvia, yo llegaba. Con mi pollerita mojada me sentaba encima del adobe y así estudiaba”, contó.

Gracias a esa persistencia, Lidia fue la primera bachiller en la provincia Bautista Saavedra “porque no había ni colegios. Ese año 10 personas hemos egresado, nueve varones y yo, la única que era mujer”.

A sus 18 años, don Paulino inició a Lidia en la vida sindical. La llevó a un ampliado y le dio el encargo que cambiaría su vida: “Tienes que ser dirigente, así es como aquí se lucha”. Eran los años 90, mucho antes de que la vida sindical fuera una forma de ascenso político y social. Al contrario: requería enormes sacrificios. Doña Lidia iba a las reuniones y a las movilizaciones, como tantas otras mujeres, cargada de sus hijos. “Mi esposo no me sabe querer dar plata para que vaya, ¿no? Entonces, igual iba, mascando coquita. Con mi hijito una tacita de desayuno sabemos tomar, con un pancito, compartiendo los dos. Solo tenía para pasajes, para retornarme. Así los dirigentes trabajábamos, con nuestro recurso para nuestro pueblo”.

De ser dirigente de movimientos sociales, doña Lidia pasó a ser concejal. Como tantas otras mujeres que incursionan en ese territorio masculino, sufrió acoso político y la obligaron a renunciar. Pero: “Yo conocía la ley. Por eso es importante, las hermanas tenemos que saber, conocer nuestras normas que tenemos en la Constitución. Con eso yo me he defendido, he demandado, he hecho amparo constitucional. Pero en ese amparo constitucional he perdido, el alcalde ha ido a pagar y el juez me ha negado. De vuelta he empezado otro proceso también, en ese ya he ganado. Así es la vida, hay veces que hay que perseverar, no hay que rendirse”.

Por esa y otras experiencias, doña Lidia no es ajena a las leyes, a los juicios y a las chicanas. No les teme, como no le teme a la pobreza ni al sacrificio ni a las trabas. Como tantas otras mujeres, en todos los campos de la vida pública y cotidiana, sabe que luchar es la única manera. Y sabe también que la justicia tarda, pero llega.

Cuando le pregunto por qué, a pocos días de haber cesado en sus funciones como diputada, decidió iniciar el proceso Golpe de Estado 1, me responde: “Yo también recibía llamadas, hartas me llamaban: Hermana Lidia ¿por qué no has denunciado? ¿Por qué has dejado así? Antes de irte debías dejar esa denuncia, me decían. Por eso pensé: Si no denuncio me van a ver mal en mi pueblo, me van a decir que me he vendido. Toda mi vida, hasta mis hijos me van a pedir cuentas de esta injusticia”.

Doña Lidia, toda su vida, todo su pueblo y hasta sus hijos le vamos a agradecer por la justicia que está haciendo posible, con su perseverancia y valentía.

Verónica Córdova es cineasta.

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Todas las sangres

/ 18 de diciembre de 2022 / 00:53

Despidan en mí un tiempo del Perú —escribió José María Arguedas en su Último Diario. Quizás conmigo empieza a cerrarse un ciclo y a abrirse otro: se cierra el del azote, el arrieraje y el odio impotente; se abre el de la luz y de la fuerza liberadora e invencible — dejó dicho antes de pegarse un tiro en su despacho de la Universidad.

Toda su vida había estado marcada por el desgarro. Era hijo de un abogado de pueblo, hijastro de una rica hacendada y fue criado como un indio más por los pongos de su madrastra, que le enseñaron a hablar quechua y a amar los ríos profundos que corren en las sierras peruanas. Era indio de alma y blanco de piel: un desgarro que lo hace la representación perfecta de un Perú que, en 1969, antes de apretar el gatillo, creía estaba llegando a su fin.

José María Arguedas nació en Andahuaylas, la misma ciudad serrana donde murieron a tiros esta semana los adolescentes campesinos Romario y David. Sus sangres fueron las primeras de una rebelión popular que ya lleva, hasta esta mañana lluviosa en la que escribo, doce muertos más. Algunos medios dicen que las protestas, la represión y la sangre son a consecuencia de un golpe de Estado presidencial; otros lo atribuyen a un golpe de Estado legislativo, pero yo creo que la razón es otra. Catorce peruanos han muerto esta semana a consecuencia del mismo desgarro que se llevó a José María Arguedas y, cincuenta años después, se sigue extendiendo por los campos, plazas y pueblos del Perú.

Después de haber pasado su infancia en el campo, infestado de piojos, durmiendo al abrigo de los chanchos y protegido por el amor intenso de los pongos, José María fue arrancado de ese mundo e instalado en la clase social que le correspondía a su piel y su apellido. Toda su vida, toda su obra literaria y toda su labor etnográfica fue una lucha por reconciliar en sí mismo esas identidades escindidas: ser blanco entre los indios, ser indio entre los blancos. Ser peruano, ser serrano, ser provinciano, no ser.

En Andahuaylas, las protestas, la represión y la muerte de esta semana se concentraron en la avenida José María Arguedas. Allí, en medio de las consignas y los gases, una joven declaraba a la prensa: “Lo han destituido porque es del campo, porque es humilde”, decía refiriéndose a Pedro Castillo. “Hacen lo que quieren, nuestro voto para ellos no vale”, afirmaba refiriéndose a los congresistas, limeños, blancos. Mientras tanto, en las redes sociales de la clase media de Lima circulaban mensajes alentando a la Policía a meter bala a los “vándalos, salvajes y terroristas”. Es otra vez un conflicto entre Ellos y Nosotros, disfrazado de política.

Arguedas cuenta en su último diario un pasaje conmovedor que ilustra el desgarro que se vive hoy en Perú (y en Bolivia y en América Latina toda). Ya profesional, regresó a la hacienda de su madrastra para reencontrarse con los indios que lo habían criado en su infancia. Y mientras la mayoría de los habitantes del pueblo “me doctoreaban estropeándome hasta la luz del pueblo”, Don Felipe Maywa, “ese gran indio al que había mirado en la infancia como a un sabio, como a una montaña… me permitió que lo tomara del brazo. Y sentí su olor a indio, ese hálito amado de la bayeta sucia de sudor. Y abracé a don Felipe de igual a igual”.

¡Qué falta le hace ese abrazo hoy a Perú! Qué falta nos hace a todos, para remendar el desgarro, para juntar las sangres, para mirarnos como iguales. Como escribió José María Arguedas: Pachan runa kanqa, runañataq pacha, qan sayay.

Verónica Córdova es cineasta.

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Impunidades

/ 20 de noviembre de 2022 / 00:36

Así como se inventan días de homenaje y conmemoración, días de festejo y reflexión, propongo que esta semana de noviembre sea conocida como la semana de la impunidad.

El 14 de noviembre de 2019 las autoridades de facto firmaron un decreto garantizando la impunidad a quienes “pacifiquen” matando. Trece firmas están estampadas en ese aciago documento y solo tres de los firmantes están ahora presos. Los otros 10 gozan de impunidad.

Munidos de ese decreto, el 15 de noviembre centenares de policías y militares cercaron a una multitud que pretendía realizar una protesta contra el golpe de Estado. Dispararon a quemarropa, matando a 10 compatriotas, hiriendo a decenas. Munidos de ese decreto, el 19 de noviembre otro contingente a bordo de tanques y camiones atacó a los pobladores de Senkata, matando a 10 compatriotas, hiriendo a decenas. Apenas un puñado de oficiales de alto y mediano rango está preso. Quienes físicamente dispararon y quienes planificaron, ordenaron y justificaron las masacres siguen impunes, a tres años de las masacres.

Están impunes también quienes conspiraron para deponer a un gobierno electo. Están impunes quienes mintieron, manipularon y exacerbaron las posiciones. Están impunes quienes dirigieron la violencia y quienes la ejecutaron. Es más: los que complotaron y sobornaron no solo están libres, sino que son ahora autoridades y en la impunidad de sus cargos siguen generando todo tipo de violencias.

Esta semana salieron libres e impunes una docena de jóvenes que habían sido detenidos por su participación en hechos de violencia, quemas y saqueos durante el paro de Santa Cruz. No estoy en condiciones de afirmar que sean inocentes o culpables. Lo evidente es lo que pudimos ver porque se transmitió en vivo por redes sociales: Un grupo grande de jóvenes encapuchados, algunos con poleras y escudos con la insignia del comité cívico, quemaron las instalaciones de la Federación de Campesinos y saquearon la Central Obrera Departamental. Si los responsables de esos delitos fueron esos muchachos detenidos, ahora están libres y en impunidad. Si no fueron ellos, los responsables verdaderos están impunes.

Desde hace casi un mes, decenas de personas extorsionan impunemente a los ciudadanos cruceños. Impiden el paso, cobran peaje, rompen parabrisas, pinchan llantas, insultan, agreden, piden identificaciones y ayer hasta obligaron a una familia doliente a abrir el ataúd de su padre, para comprobar que realmente era un sepelio el que trataba de pasar el punto de bloqueo.

Pero los peajes ya no son suficientes para estas personas, que de ser grupos de choque de una movilización cívica han devenido en pandillas delincuenciales. Amparados por la impunidad que prescriben los dirigentes cívicos de Santa Cruz, buscan un botín mayor en las zonas comerciales y populares como el Plan Tres Mil. Con la excusa de que son masistas y no respetan el paro, van en la madrugada a romper vitrinas y saquear negocios, llevándose lo que encuentran a su paso.

Con el pretexto de mantener el paro y financiar las ollas comunes, el comité cívico de Santa Cruz está generando un muy peligroso modus operandi, que nadie puede saber si desaparecerá cuando el paro sea finalmente levantado. Una vez que desatas fuerzas fascistas, es muy difícil contenerlas de nuevo. Y si, además, los atropellos, saqueos y extorsiones quedan en la impunidad, será muy difícil que Santa Cruz vuelva a ser la ciudad alegre y desenfadada que era antes de que libere a los demonios del odio y la violencia.

Verónica Córdova es cineasta.

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Las ayoreas

/ 6 de noviembre de 2022 / 00:38

No hay mejor signo de la salud social de una comunidad que la manera en que trata a sus más débiles y desprotegidos. Y la sociedad ayorea ha sido y sigue siendo un ejemplo en ese sentido. De acuerdo con el antropólogo alemán Bernd Fisherman, en su vida tradicional los ayoreos tenían numerosos mecanismos que aseguraban la distribución solidaria de lo cazado, recolectado y cosechado, para que se beneficie toda la comunidad y en particular “aquellos miembros del grupo (ancianos, viudas, huérfanos, etc.) que por diversos motivos no podían ejercer ellos mismos una actividad materialmente productiva. Estos mecanismos de distribución se mantienen aun hoy vigentes en la vida no tradicional y sedentaria y son aplicados también a los productos y las ganancias provenientes de las formas de producción de la vida moderna”.

Cuando vemos a las mujeres ayoreas vendiendo su artesanía en las calles de Santa Cruz, cuesta creer que provienen de uno de los pueblos más poderosos de la época precolonial. Dominaban un territorio de casi 30 millones de hectáreas, con el que tenían una relación de respeto mutuo: solo cazaban y recolectaban lo estrictamente necesario. En cuanto veían que su presencia afectaba el equilibrio de la zona, se desplazaban a otra región para dejar que la naturaleza se regenere. Por eso mismo, el número de ayoreos nunca fue muy grande: el control sobre la propia reproducción era parte también del equilibrio buscado entre animales, humanos y bosques.

Esa búsqueda del equilibrio esencial sería lo que, finalmente, terminaría condenándolos a la situación de pobreza y discriminación que hoy viven. Debido a su cultura nómada, fue relativamente sencillo irles arrebatando territorio que no “ocupaban” de manera permanente, para convertirlo en haciendas y pastizales ganaderos. Dado el tamaño pequeño de sus grupos, fue relativamente sencillo reducirlos por la fuerza a la vida sedentaria, aislándolos en pequeños asentamientos en las orillas de los poblados.

En uno de esos poblados, Concepción, la semana pasada un joven y descamisado subgobernador hizo lo que muchos están acostumbrados a hacer por esas zonas del oriente boliviano: látigo en mano, quiso obligar a un grupo de mujeres ayoreas a levantar una protesta contra el paro cívico. En lugar de cumplir su función como autoridad democrática, quiso erigirse en patrón y lo único que logró fue que, en un confuso incidente, el látigo que él esgrimía caiga en manos de las mujeres y de ser agresor se convirtió en agredido. Recibió algunos chicotazos en la espalda y salió huyendo en una camioneta.

Horas más tarde, personas afines al subgobernador ingresaron en la comunidad ayorea, incendiaron algunas viviendas y destruyeron otras con maquinaria pesada. De acuerdo con la Central Ayorea Nativa del Oriente, no es la primera vez que algo así sucede. Los asentamientos ayoreos son continuamente violentados por parte de los habitantes de los pueblos cercanos. De hecho, circuló en redes sociales el llamado fervoroso de una señora “concepcioneña” a tomar medidas contra “esta gente que no tiene ni Dios ni ley” y que “son como animales”. Lo dice textualmente.

No hay mejor signo de la salud social de una comunidad que la manera en que trata a sus más débiles y desprotegidos. Tanto en Concepción como en Santa Cruz, las mujeres ayoreas son las más desprotegidas, las más pobres, las más discriminadas. Y el modelo económico que vende el comité cívico (y que Camacho planteó como oferta central de su candidatura a Presidente) nos viene demostrando cada día que es absolutamente inferior al modelo económico solidario y redistributivo que ha permitido que los ayoreos sobrevivan la invasión del cruceñismo a sus territorios.

Verónica Córdova es cineasta.

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