Voces

Sunday 3 Mar 2024 | Actualizado a 05:15 AM

Stéphanie, Manuela, Camila

/ 4 de diciembre de 2022 / 00:48

Stéphanie Frappart fue la primera mujer árbitra (y no árbitro, con o) en un Mundial. Solo por este hecho que marca en la historia del fútbol y en la historia a secas, me instalé frente a la tele 15 minutos antes del pitazo de Stéphanie. No le iba ni a Alemania ni a Costa Rica en ese 1 de diciembre a las 14h45; le iba a las mujeres que alcanzan sus sueños y rompen el celofán del arco para que miles las sigan. No les dije nada a las amigas feministas porque es posible que muchas piensen que el fútbol es el universo macho que no tiene por qué estar en el campo de consideraciones de las luchas de las mujeres. Y de repente, con lo anterior solo confirmo prejuicios. El caso es que las mujeres ya votan; las mujeres ya pueden ir a la escuela; las mujeres ya pueden soñar y hacer estudios universitarios; las mujeres ya se ganaron puestos en la dirección de empresas, de organismos internacionales, ya son presidentas de países, ya son ministras, ya son directoras de cine, ya son directoras de orquestas, ya hacen volar aviones y desde el pasado jueves, ya imparten justicia en los mundiales de fútbol. Sin permiso de nadie, a punta de querer, luchar y lograr. La emoción que esas páginas de Extra y después LA RAZÓN despertaron con la noticia de Frappart se parece mucho a la que hizo sentir mi ahijada Manuela Paz con sus primeras atajadas en el arco y con su amor por el fútbol. Vamos, que se puede.

Así, por el debut de Stéphanie, quedó a un lado ese espectacular encuentro España y Japón. Esta francesa de 38 años ya dirigió la final de la Supercopa de Europa 2019 y fue parte de la Champions League. No llegó a este impredecible Alemania-Costa Rica sola. Llegó, para satisfacción de todas las mujeres que miramos este partido, acompañada por Karen Díaz y la árbitra asistente Neuza Back. Emocionante. Prometedor. Vamos, que se puede.

Disculparán las y los lectores futboleros, pero esta A amante recién esta semana tomó conciencia del papel fundamental del arbitraje. Tenía razón aquel árbitro entrevistado en la transmisión de Marcas cuando lamentaba que el álbum de fútbol no haya contemplado a los árbitros. Tienen un papel definitivo y su función requiere la fuerza de un elefante y la delicadeza de un colibrí. Estar omnipresente y al mismo tiempo hacerse imperceptible para el inesperado giro del juego en la cancha. Y cómo hay que correr. A la par de todos los jugadores. Esa tarde de jueves, ahí estaba la Frappart, más bien pequeña, más bien menuda, corriendo sin hacerse sentir en medio de veintidós hombres, luchando desenfrenadamente, hambrientos de un gol, con sus países sobre las espaldas. Por fuera de la cancha, corría también la mexicana Karen Díaz, más que firme señalando las fronteras y la brasileña Neuza Back, despejando dudas en los instantes más tensos. Las tres chicas impartiendo justicia en el mundo que erróneamente se creyó para hombres. Todavía escucho a mi papá, una tarde familiar, hace algunos años: “¡Cómo vas a tener una mujer columnista en Marcas! ¡Qué saben de fútbol las mujeres!” Saltó como resorte la respuesta y la defensa de la columnista Camila Urioste. Su mirada femenina, su pluma siempre perceptiva me acercó al fútbol y hoy me pregunto por qué cuernos no la volvimos a invitar. ¿Camila? ¿Estás por ahí? Sería un honor volver a leerte en esta casa de papel. Vamos, que se puede.

Volvamos al Alemania-Costa Rica. Por unos minutos, los del 2-1, Costa Rica fue inmensamente Rica y el latir latinoamericano fue un corazón concentrado en esa cancha de césped, como si la historia pudiera ajustar tantas cuentas pendientes en un partido de 90 minutos, como si un gol nos aliviara de siglos de heridas. Alemania vivía una pesadilla y salían chispas de cualquier contacto físico entre los jugadores. Ahí vimos a Stéphanie, con autoridad, sin aspavientos, poniendo orden cuando la cosa desbordaba. Cuando se anuló un gol alemán y luego hubo que desdecirse, la Frappart no mostró ni un pelo de debilidad. Cero quejas del arbitraje. Vamos, que se puede.

Qué tarde. España, tan futbolera, tan Real Madrid, tan Barça, tan tan, perdía frente a un Japón esmerado, esforzado, ordenado y talentoso. Del otro lado, Costa Rica puso contra las cuerdas a los alemanes, nos emocionó hasta que la fuerza alemana salió como sea para irse con un triunfo a casa. De infarto, todo. Infantino, con impecable traje y más impecables zapatillas blancas, miraba el primer tiempo en un estadio y el segundo tiempo, en el otro. Infantino, miraba con cara de póker. En esas mismas horas, muchas mujeres vivimos esa tarde inédita con la más orgullosa de las alegrías, con la más grande de las sonrisas. Las alegrías tienen nombres de mujeres. Stéphanie, Manuela, Camila… Vamos, carajo.

Claudia Benavente es doctora en ciencias sociales y stronguista.

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Si volvieran los dragones

/ 25 de febrero de 2024 / 00:36

Alista sus maletas el llovido febrero y, así, entre la celebración del Año Nuevo, la esperanza de las Alasitas y la euforia carnavalera, se fueron dos de los doce meses de un 2024 que se anunció cargado de desafíos, un 2024 que para los chinos es el año del Dragón, un animal que representa la fuerza, la valentía, la sabiduría y, afortunadamente, también el éxito. Es justo todo lo que nos hace falta. Como cantaron Joaquín Sabina y Fito Paez, si volvieran los dragones…

Si la angustia no tuviera tantos meses

Si pudiera huir de esta ciudad

Si el milagro de los panes y los peces

Consiguiera darnos de cenar

Se dice que este Dragón de Madera traerá evolución, mejora y abundancia. Pensarán ustedes que esta A enloqueció y con razón. ¿De qué evolución o mejora podemos hablar si en estos mismos minutos los habitantes inocentes de Gaza han sido arrinconados, bombardeados, expulsados por la violencia y la muerte de sus cercanos? Ni Naciones Unidas logra un cese al fuego; volvió a ejercer su veto Estados Unidos. Ni el reclamo del presidente brasileño Lula ni el apoyo del colombiano Petro o el boliviano Arce pueden detener el miedo, el hambre, el infierno en este lugar lejano. ¿Qué evolución y mejora promete la destrucción que la guerra entre Rusia y Ucrania va profundizando cuando el tiempo pasa y solo pisa? ¿En qué abundancia podemos creer en tiempos de cada vez mayor concentración de la riqueza y cada vez mayores niveles de pobreza? ¿Cómo se ordeña la sabiduría de este Dragón para que nos dé la fórmula del control de la inflación, la vacuna contra la pobreza, la pócima que nos libre de los sacudones de este eclipse geopolítico? ¿Bajo qué techo nos refugiamos mientras se reacomodan las piezas de este nuevo orden multipolar que tanto se anuncia en los medios? Se dice que el Dragón tiene energía. ¿Le alcanzará para alargar sus extremidades hasta América Latina y con sus garras levantar los gusanos de la extrema derecha, los gusanos de la discriminación y el odio? ¿Podrá nuestra tierra americana, latina y materna volver a ser un nido tibio, un lugar seguro en el mundo? ¿Le importará al Dragón chino nuestra tierra y los seres que la habitan? Uno nunca sabe; de pronto sí es posible que las alas del animal se fusionen con las alas de las Alasitas. Alas de Dragón de Madera, Alasitas, alarila, que su generosidad multiplicada nos traiga abundancia. O que por lo menos nos traiga paz.

Abramos la imaginación de este Estado Plurinacional: de repente los brazos abiertos del Ekeko, cargando sobre su espalda el alado reptil corpulento, pueden calmar la furia de las lluvias de estos meses iniciales. Esta A quiere creer que ya no tendremos que llorar más a personas enterradas por sordos derrumbes, que los animales no serán más el alimento de los desbordes de ríos indomables, que no perderemos más casas, que el agua no se llevará nuestras cosas, que no se perderán nuestros cultivos, que no nos arrebatarán más el pan nuestro de cada día. Y ya que estamos, por qué no deseamos que este Dragón de Madera que puede respirar agua, que puede polimorfizarse, lance conjuros para detectar mentiras en este penoso momento político que nos está dejando sobre la gran alfombra de la incertidumbre. Ni el MAS evista, ni el MAS arcista, ni las alas dispersas de Comunidad Ciudadana, ni los pedazos que volaron por los aires de Creemos ni los viejos candidatos que siguen comprando boletos para las elecciones, ni los nuevos aventureros de las redes parecen haber encontrado una propuesta seductora, convincente, frontal, clara, con futuro largo para una Bolivia duramente golpeada el 2019, diezmada por la pandemia, agotada por los grandes desacuerdos, confundida por las grietas de las debilitadas fuerzas políticas, temerosa por las rajaduras en los muros de nuestra economía, jaloneada por los discursos polarizantes. Dicen que los dragones traen suerte y bendicen. ¡Qué marche una orden de suerte y bendiciones con papas!

¿Qué más? Que el Dragón de Madera que llegó el 10 de febrero nos vista de energía y se una a los dragones de Sabina y Paez.

Si volvieran los dragones a poblar las avenidas De un planeta que se suicida

Mientras tanto, queda cultivar nuestro jardín, como aconsejó Cándido, el personaje sufrido de Voltaire. Cultivemos nuestro jardín, arreglemos nuestra casita, abriguemos a los nuestros, alegrémonos con nuestros animales, riamos sin restricciones. Agradezcamos todo lo bueno que tenemos, que no es poco. Pidamos, como en la larga noche de la pandemia, estar juntos, sanos, en paz. Escoltemos nuestras horas de sueño, multipliquemos las sonrisas, incluidos los lunes. Tejamos mantas de ternura mientras pasa la tormenta allí afuera.

Llueve y hace frío en este febrero 2024, el más huérfano de mis febreros.

Claudia Benavente es doctora en ciencias sociales y stronguista. 

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La muñeca y el General

/ 11 de febrero de 2024 / 00:25

Difícil saber cómo llegamos a esa conversación. Lo cierto es que mi mamá recordó con ternura, con nostalgia, con un poco de pena, que cobraban diez centavos. ¿Qué cobraban diez centavos?

Era una de esas casas del centro paceño, en la calle Sucre, que podía cobijar a varias familias. Los patios y la ausencia de televisión e internet reunían a los chicos que, para ejercer su niñez, hacían un círculo alrededor de una choca que pasaba de mano en mano clavando su ruido en la mente de todos ellos. Sin embargo, no era tan fácil llegar a uno de esos patios comunes donde reinaban el juego y la chacota porque había primero que burlar la mirada vigilante de doña María que, detrás de su máquina de coser, tenía la misión de, además de terminar camisas para la marca Manhattan, controlar que esos pequeños del vecindario no se disparen sin ton ni son, como le encargaban las madres que tenían que salir. No quedaba otra que arrastrarse debajo de la cámara de sus ojos para llegar al piso de abajo, donde había una carpintería que al final de la tarde, terminada la jornada de trabajo de los obreros, quedaba vacía. Y así se convertía en el gran escenario donde se presentaba el teatro de títeres. Mi madre, a sus siete u ocho años, era ya la asistente. Llevaba las sábanas para dar forma a la carpa que dejaba una ventana hacia el público; la ventana donde se desplegaba el espectáculo. La muy joven asistente seguramente ayudaba a armar el teatro y recuerda con claridad que pasaba los muñecos a su hermano mayor, Pepe, y a su amigo Pepe también, quienes estaban a cargo de manipular los títeres e interpretar las múltiples voces de los personajes de las historias. ¿Qué historias? Los cuentos que leíamos, las historias que circulaban un poco en todo lado. Cuentos de hadas, leyendas y, con seguridad, improvisaciones de los pequeños artistas. «Había un pastor que buscaba a su llamita: ¿Dónde está mi llamitaaaa…?» recuerda la asistente imitando las voces; con esta escena llegan también al presente las risas explosivas del público. ¿Qué público? ¿Quiénes eran? “Los chicos que vivían allí, los chicos que entraban de la calle, los niños de todas partes…” A todos ellos se les cobraba los diez centavos para asistir al teatro de títeres. La asistente cobraba la entrada. ¿Y de dónde compraban los títeres? Los hacía su hermano mayor, Pepe y su tocayo amigo de la vida. Juntaban papel periódico, harina. ¿Había periódico en esa casa? Había, gracias al papá de Pepe Aguilar, que trabajada en la Alcaldía: de allí llegaban los ejemplares para convertirse en materia prima. Harina, había en cualquier casa. Con un poco de agua, Pepe moldeaba los personajes. Con los pedazos de tela que sobraban de los trabajos de costura de mi abuelita, como por arte de magia, aparecían los trajes de Drácula, de la Caperucita Roja, del lobo, de la bruja, de la llama, del pato, de la gallina que escapaba del lobo, del pastor que buscaba su llamita… Sábado y domingo eran días privilegiados para ocupar más tiempo la enorme carpintería de don Martín, el judío que fabricaba muebles. Así, esa vieja casa se convertía, en minutos, en el gran teatro donde se reía y se esculpía la niñez de mi madre, de sus hermanos y los amigos del barrio.

El talento, la voluntad y la rigurosidad de mi tío Pepe para montar una representación con títeres al poco tiempo se tradujo en interpretar Los pollitos dicen o composiciones españolas en una vieja guitarra con una sola cuerda. ¿Se puede? Después él se las arregló para conseguir las cuerdas faltantes y dedicar todos sus años a tocar la guitarra; después se las arregló para entrar a la Academia de Policías; se las arregló para obtener las mejores notas con su compañero Oroza y recibir una beca para completar su formación policial en Buenos Aires; después se las arregló para concluir su carrera como General verde olivo; se las arregló para ser uno de los comandantes de la institución; se las arregló para estudiar derecho paralelamente y ejercer más tarde como abogado; se las arregló para ser el alma de las reuniones de amigos de la infancia, amigos de la Policía, amigos de todos los planetas. Son esos mismos amigos que vimos llegar al velatorio de mi tío José Manuel Parada Grandi esta semana. Este General quedó hace un tiempo debiendo a mi papá una botella de whisky, una apuesta, claro. Se la pagará allá. Y volverán a reír allá los dos. Volverán a vivir allá los dos. Esta dulce alegría y el recuerdo de una muñeca de cabello negro y vestido a cuadros que mi tío me regaló en una plaza de Potosí son los que han dictado este íntimo sentimiento que no puedo dejar de compartir con ustedes en este domingo de carnaval triste.

Claudia Benavente es doctora en ciencias sociales y stronguista. 

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La A, su noche y su día

/ 28 de enero de 2024 / 00:10

Amanece y anochece. Poco cambia. Y poco se habla de una guerra que no termina entre Rusia, Ucrania y un elenco de terceros países con directos intereses económicos y políticos en un eclipse geopolítico con pronóstico reservado. Esta semana, el titular hablaba de un avión derrumbado que era abordado por prisioneros ucranianos. ¿Lo leyó usted también o lo soñó esta A insomne?

Amanece y anochece. Nada cambia salvo los muertos que no forman parte de fuerzas armadas, en Gaza, que suman entre el día y la noche. Sus cuerpos se amontonan en las fotografías que llegan, vía agencia de noticias, a este periódico donde el equipo periodístico debe optar entre las nuevas pero ya familiares imágenes de una ciudad martillada por los bombardeos o la de la madre abrazando el cuerpo de su hijo que no tiene dónde ser sepultado o la de los chicos que se juegan todo alrededor de un plato de comida fría.

Amanece y anochece. Para Ecuador es más lo que anochece que lo que amanece. Los últimos turnos del poder elegido en las urnas no han podido cerrar la ventana para que se estrelle en el vidrio el crimen organizado, el transnacional e indolente narcotráfico. Las víctimas son siempre las piezas más expuestas al daño: los chicos que juegan en el patio de la pobreza y terminan en las cárceles, con sus tatuajes desnudados, atados al lado de criminales sin arrepentimiento; los asesinados a sangre fría mientras conducen su coche; las y los ecuatorianos que perdieron, de la noche a la mañana, su libertad y su seguridad.

Amanece y anochece. Poco o nada cambia. Los desacuerdos, la polarización, los miedos, las broncas y el baile de los precios no aflojan en Argentina. Como si faltaran problemas, horas después del primer paro contra las medidas del nuevo presidente Javier Milei, al primer mandatario no se le ocurrió mejor idea que gastar su tiempo y su atención en un desmedido, torpe y poco inteligente agravio al presidente colombiano llamándolo “comunista asesino”. El entonces candidato libertario ya había lanzado que “un socialista es una basura” y un “excremento humano”. Madre mía.

Amanece y anochece. También en el país amanece y anochece aunque parece que anochece y anochece. Las tormentas políticas, una vez que cerramos los teléfonos celulares, apagamos la televisión o limpiamos nuestros vidrios con LA RAZÓN de ayer sin haber llenado el crucigrama, vuelven como fantasmas silenciosos a instalarse con sus preguntas. ¿Cómo pueden decirse tanta barbaridad entre masistas? ¿En qué momento el acompañante de fórmula electoral de Luis Fernando Camacho se transformó en un “enemigo masista” para el ala camachista de Creemos? ¿En qué momento Evo Morales fue bautizado por sus propios compañeros como el centro de todos los males? ¿”Huyeron al primer cuetillo” son expresiones que de verdad salen de boca de propios masistas? ¿Carreteras bloqueadas por evistas al gobierno de Luis Arce? ¿Los evistas son la nueva derecha, por lo tanto?

Ni amanece ni anochece, bajo mi techo, sin que los míos me pregunten si tenemos gasolina en el auto; si me di cuenta de los discretos incrementos en el precio de la comida de nuestros gatos y en el café; si no conviene comprar más enlatados porque las colas, en las carreteras, de esos camiones con pobres animales adentro o con combustible, se transformarán en carencias concretas en nuestra cocina; si no haríamos bien en comprar dólares. Para lo último, algunos bancos tendrían que entregar las remesas que mandan los familiares en dólares y no dejarlos fuera del país.

Ni amanece ni anochece sin que llegue, por lo menos una vez al día, la pregunta oscura que sobrevuela estos tiempos: ¿imaginamos que este inicio de 2024 nos pillaría entre guerra con bombardeos sobre inocentes, con derrumbes de aviones, con hambruna, con narcotráfico mostrando abiertamente sus dientes, con presidentes insultando a sus pares como delincuentes en un bar de mala muerte, con jueces abiertamente corruptos en pleno día, con deslealtades y mezquindades políticas jugando con nuestra economía de país y de familia, con la muerte de mujeres en manos de sus parejas o exparejas en pleno enero, con ancianos que apenas caminan y cuya sobrevivencia depende de las monedas sueltas delante de un semáforo? Así nos pilla este domingo, con un desánimo cuyo único lado bueno ha sido el salvar la columna de la fecha huérfana de tema y de emoción.

Amanece y solo amanece, sin embargo, para el ekeko que habita la biblioteca, regalo de mi amigo Édgar Arandia (columnista que no está escribiendo en estas semanas porque tiene que poner su talento a cuidar su salud). Amanece y solo amanece para este ekeko y su warmi que me han escuchado con paciencia el 24 de enero. ¿Será porque les invité con resiliencia y cariño el singani de este 24 de 2024? ¿Será porque he llegado, con mi bolsa de deseos bañada en vino y pétalos amarillos pero sobre todo empapada de determinación, firme, a pedirle, con plena convicción, enderezar lo chueco, llenar lo vacío, tejer juntos la plenitud? Sí, es por eso.

 Claudia Benavente es doctora en ciencias sociales y stronguista.

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Cuero de chancho

/ 14 de enero de 2024 / 01:16

Quienes no somos médicos, en algún momento nos preguntamos cómo hacen los galenos para trabajar al lado de la enfermedad, al lado del dolor, tratando de esquivar la muerte de sus pacientes. Nos preguntamos si en algún momento no se les desgasta la sensibilidad. O si algunos profesionales no han canjeado su vocación por un rentable modelo de negocio. Ojo, la medicina no es el único campo del conocimiento que siempre está abierto a este debate. El mundo de la justicia es otra ruleta rusa que gira sin mirar el tejido íntimo de cada conflicto, sin percibir los latidos de los sentimientos de cada matrimonio roto, sin registrar los factores subjetivos y objetivos de cada proceso, los lados claros y turbios que no calzan en las figuras predeterminadas de una justicia que funciona con figuras y esquemas que le quedan siempre chicos a cada conflicto humano irrepetible. En el caso boliviano, una justicia presa de una evidente miopía y de rodillas frente a los tentáculos de la corrupción, esta sí bien blindada por la falta de voluntad política hace décadas y décadas. Pese a ello, siguen taladrando las preguntas: ¿cómo duerme un juez que libera a un feminicida?, ¿cómo pasa la Navidad otro juez que por un puñado de dinero dictó una sentencia sin dar la palabra a una contraparte?

El periodismo es otro mundo complejo. Si bien es cierto que el coro general de la sociedad se entera, se alegra o sufre (las más de las veces) con las noticias cotidianas, cuando se harta de la vorágine informativa puede desconectarse, desenchufar su tele, o cambiar de dial, o evitar las redes informativas y quedarse con los gatitos en TikTok, sumergirse en su cotidianidad, en su trabajo, en su pasatiempo, en su serie o en su libro o refugiarse en la paz de su jardín o la ternura de la plaza cuando las noticias llegan al nivel del cansancio.

Las y los periodistas tenemos un cordón umbilical con las noticias. Difícil soltar el hilo del acontecer del país o del mundo. ¿Habrá algún colega (por lo menos en América Latina) que logre soltar las noticias cuando se va de vacaciones? ¿No se preguntarán, desde el mundo ajeno al periodismo, si cuando redactamos notas sobre la multipolar guerra entre Rusia y Ucrania o sobre las muertes de civiles en la Franja de Gaza, o sobre los niños que se duermen mirando un video de You- Tube de gente comiendo papas fritas y con el estómago vacío, o cuando actualizamos las estadísticas de las mujeres que son apuñaladas por sus parejas o exparejas, no se ha transformado nuestra piel en cuero de chancho?

De acuerdo, no todas las noticias son malas. Están las maravillas de la naturaleza, está la fiesta del fútbol (cuando una Federación de Fútbol no secuestra un campeonato), está la creación de sentidos desde el arte, está el talento de jóvenes extraordinarios, está la solidaridad de colectivos por causas justas… Sin embargo, hay que admitir que la información está dominada por las consecuencias de las guerras, de los genocidios, por los abusos de los uniformados militares o policiales, por los abusos sexuales contra las más expuestas, por las crisis económicas, por los enfrentamientos políticos, los índices de criminalidad, por la inseguridad…

Estos últimos días, nuestros ojos, con lentes periodísticos o no, se llenaron de las imágenes ecuatorianas. Las quemas de vehículos; los asaltos en medios de comunicación; la huida de la cárcel de Fito, líder de la banda delictiva Los Choneros; la militarización de un país que no se reconoce a sí mismo; las amenazas que circulan en los medios, los desplazamientos del narcotráfico que avanzan sin pasaportes y penetran las fuerzas policiales, militares, los partidos políticos, las capas de la pobreza, la fragilidad de jóvenes, adolescentes y niños huérfanos de techo, de alimentación diaria, de salud, de educación, de bienestar. El narcotráfico, la mezquindad política, la corrupción, la violencia sin alma, los grandes intereses que ni siquiera tienen bandera sobrevuelan sobre los huérfanos de esperanza.

Esta A se acuesta con un pensamiento en el Ecuador más humano, en el verdadero pueblo y se despierta con un pensamiento en la foto de ese joven quiteño (tal vez), con ropa vieja, custodiado por otros dos jóvenes ecuatorianos vestidos de militares, con caretas de calaveras, empuñando armas de guerra. Hay una sola buena y pequeña noticia íntima: escribir estas líneas con un nudo adentro quiere decir que en este rincón hay piel que siente y no cuero de chancho.

Claudia Benavente es doctora en ciencias sociales y stronguista.

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2023

/ 31 de diciembre de 2023 / 00:56

En estos últimos días, el aroma de la Navidad y los preparativos para recibir el 2024 se han sentido también en nuestras páginas de papel y nuestras hojas digitales. LA RAZÓN sigue lamentando el paréntesis que por motivos personales acaba de abrir nuestro columnista Pablo Rossell. Agradeciendo su agradecimiento, deseamos que retorne para regalarnos reflexiones que siempre estuvieron más allá de la economía. Las palabras de fin de año de otro columnista, el arquitecto Carlos Villagómez, subrayando el sano muro que lo separa del espacio editorial invitan a mirar el conjunto de la ciudad para ver con mayor claridad el rostro de nuestra casa. Eso intentaremos este domingo 31: mirar el conjunto.

Sin embargo, si usted está esperando un texto con “lo bueno, lo, malo y feo de 2023”, ya puede ir a probar mejor suerte a otra columna de éste, su periódico. Lo que le sale a esta A que está cerrando con dolor las puertas de este año es más bien ganas de compartir lo que la balanza del sentimiento quiere pesar y evaluar. Por lo tanto, esta última columna dejará el micrófono al corazón.

Año triste. Rusia, Ucrania, Israel, Palestina. No es admisible que la guerra siga siendo una palabra que se tenga que escribir para describir la irracionalidad humana, el retroceso, la ausencia del respeto por la vida. Las imágenes de la Franja de Gaza son una vergüenza para el mundo. El estado ambiental al que hemos arrinconado a este planeta amputando nuestros derechos, los de los animales y de la naturaleza es otra vergüenza. Las crecientes diferencias entre ricos y pobres, las inmorales movidas geopolíticas de los últimos tiempos, la inmisericorde crisis económica que desborda a casi todos los países, la decreciente confianza en los sistemas democráticos, los imperdonables errores de las izquierdas, los ascensos de las extremas derechas son las piezas de un collar que amenaza con apretar el cuello de inocentes.

Año triste. También en casa y en el barrio. Las peleas masistas, los quiebres internos en las oposiciones políticas bolivianas, la inseguridad creciente en las calles latinoamericanas, las leyes de los narcos sin fronteras, la votación por Milei, las mujeres asesinadas por sus parejas o exparejas en nuestros países sin que nadie pueda hacer algo, los enormes retrocesos en los procesos educativos, el abandono de los libros en un reino de la borrachera del feis, el tiktok, el huatsap o el insta son las huellas que nosotros mismos hemos dibujado con gran entusiasmo este año que ya tiene las maletas hechas.

Año triste a secas. Justo cuando el reloj de este año marcaba las 12, o sea, entre la cola de junio y la cabeza de julio, se fue mi papá, como la Cenicienta, dejándome a media noche, dejándome en media noche. Como la Cenicienta, por salir corriendo, sin darse cuenta de que se iba y con la satisfacción de haber vivido más alegre que nadie, dejó en las escaleras una de sus zapatillas. No era de cristal, como la del cuento. Era una zapatilla deportiva. La misma que lo convirtió en un basquetbolista campeón del gran Ingavi, la misma que lo llevó a las canchas de tenis, la misma que se puso para sus coberturas periodísticas en mundiales de fútbol, la misma con la que entraba a los camerinos de su club del alma, el único club que sabe salir de la cancha para ir a la guerra, el único que se levanta de una tragedia aérea como la de Viloco, el único que sabe levantarse después de siete caídas, el que levantó la Copa 2023 exactamente cinco meses después de la partida del hincha Benavente. El Dúo Yanai compuso Zamba hasta el cielo que hoy hago mía. Canto esta zamba para llegar a unirnos en una canción/que se escuche esta zamba triste/hasta el cielo donde tú estás/ y cantando voy a decirte/ me haces falta y te extraño papá/ cantando en cada verso siento tu alma/ susurrándome al oído/ que estarás en mi camino/con tu música en mis sentidos/tu canto con mi canto van cuidando/ a los verdes ojos bonitos/ que sueñan con rencontrarte/para amarse a un mismo latido.

Año triste para los míos. Mi amiga Erika vio partir a su mamá este 2023. Mi amiga Karen vio partir a su mamá este 2023. Por lo tanto, en esta Navidad tan oscura, la más triste de todas, yo no estaba sola. Adivinarán que el abrazo de este año entre nosotras fue diferente. El abrazo de esta Navidad con mis dos hermanos fue diferente. El sol que sale para nosotros ya no es el mismo. El 2023 será un antes y un después. Por eso estamos listos para el 2024. Como escribió mi amigo Jean Paul, “con el corazón y sin temor”. Con el corazón y sin temor.

Claudia Benavente es doctora en ciencias sociales y stronguista. 

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