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Saturday 4 Feb 2023 | Actualizado a 02:53 AM

Geopolítica del fútbol

/ 10 de diciembre de 2022 / 00:56

Ninguna clase magistral tiene más poder pedagógico para popularizar las condicionantes de la geografía política del planeta que la Copa del Mundo. Y entre todos los certámenes realizados hasta ahora fue en Qatar donde aparte de los deportistas, se enfrentaron las rivalidades, enemistades, simpatías y antipatías subyacentes entre los 32 países representados. Con 211 nacionalidades miembros, la FIFA parece tener mas poder comunicacional para llegar al corazón mismo de los pueblos de la Tierra, que las propias Naciones Unidas (193). El interior de esa organización no gubernamental no está exento de despiadadas luchas de poder, de intriga y de corrupción, como ocurre en cualquier república bananera. Cuando en 1996 se eliminó a La Paz, por causa de la altura, de ser sede de las eliminatorias, el gobierno me encargó siendo embajador en Francia ocuparme del reclamo correspondiente en coordinación de la federación futbolista nacional. Ello me permitió montar una ingeniería de astucia diplomática y de presión política contra las representaciones de Brasil y de Uruguay, promotoras de la exclusión de Bolivia. Joao Havelange, el entonces patrón de la FIFA, tuvo que retroceder junto a los 25 miembros del Consejo Ejecutivo, ante el embate del presidente francés Jacques Chirac y, finalmente, Bolivia obtuvo la reversión de la medida.

En la actual contienda futbolera, el pequeño pero billonario enclave de Qatar tiene que afrontar una sostenida campaña que critica sus tradiciones culturales tratando de imponer cánones universales en su comportamiento social, particularmente afines al feminismo, hoy políticamente correcto. También se reprueba las condiciones adversas que padecieron los obreros migrantes que construyeron los soberbios estadios donde actualmente se juega la Copa. Un jeque qatarí dijo con toda propiedad “cuando se trata de comprar nuestro gas, los derechos humanos se olvidan”. Unos por envidia y otros con melindres excusables contemplan atónitos la magia del horizonte ultramoderno de aquel emirato que retrata el futuro de las urbes organizadas.

Pero, en la lucha deportiva en sí, surge la imagen de las divergencias políticas entre los Estados participantes, así se encontraron frente a frente Irán con los Estados Unidos, la pérfida Albión encarada a la potencia gala y otras dicotomías similares, entre ellas sobresale Marruecos que derrotó a España, motivo para rememorar la pesadilla colonial de los enclaves hispanos de Ceuta y Melilla conservados en territorio magrebí, pasando por la controversia persistente en el otrora Sahara español.

Notoria fue la algarabía colectiva en los países del Sur, cuando modestos bandos vencían a los colosos del Norte, ello conlleva el rencor por la deuda histórica que reclaman las excolonias a sus antiguas metrópolis que por añadidura reafirma, además, la brecha que separa a los países pobres y explotados de las potencias ricas e industrializadas.

Otra marcada diferencia se da en los desencuentros entre naciones del Este y los occidentales, los pueblos asiáticos como Japón o Corea descollaron como peligrosos rivales de los sempiternos campeones y en mas de una ocasión se impusieron galanamente.

Factor que no podía faltar es la cuestión de inmigración, porque en varios equipos europeos se pudo observar muchos jugadores de origen africano. Sin duda alguna, quizá a sus padres o a ellos mismos, no se les aplicó las rigurosas medidas migratorias en vigencia.

Por último, como siempre, la Copa del Mundo fue útil para mitigar la ignorancia conmovedora de la mayor parte de los aficionados que aman el fútbol pero viven igualmente contentos en la inopia geográfica.

Carlos Antonio Carrasco es doctor en Ciencias Políticas y miembro de la Academia de Ciencias de Ultramar de Francia.

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Memorias de un príncipe feliz

/ 4 de febrero de 2023 / 02:25

El primer día de circulación en 16 idiomas se vendieron dos millones y medio de ejemplares que incluyen la traducción del inglés al español, bajo el titulo errado de La sombra, mientras el original Spare se ajusta más a El suplente o si se quiere El repuesto. Con todo, las cerca de 500 páginas contienen los recuerdos palaciegos —entre otros— del segundo hijo del rey Charles III conocido como Harry, duque de Sussex cuyo hado por fatalidad biológica lo destinará invariablemente a ser el “Plan B”. El best-seller trata de relatos que exudan una candidez conmovedora, usando términos coloquiales nutridos de la jerga o slang londinense. Ese texto permitirá al lector recorrer los sórdidos recovecos de las diversas residencias reales, visitar los 50 dormitorios de Balmoral y algunas más modestas viviendas que también destellan el oropel respectivo. En aquel cuadro pasa su infancia pegada a William, su hermano mayor que, con el tiempo, se convertiría en su enemigo agazapado, sin saberse cuál de ellos es Caín. El 31 de agosto de 1997, la muerte trágica de Lady Diana, su idolatrada madre, cambiará por siempre jamás el curso de su vida y de su salud mental en la búsqueda de ubicación en un mundo que juzga ajeno y hostil que, desamparado, deberá enfrentar desde sus 13 años. Primero, se resiste a creer la noticia y en su tierna cabecita pelirroja incuba la idea que Diana ha falsificado su fallecimiento, que está viva, oculta de los detestables paparazzis, por quienes su odio visceral perdura porque la persecución tenebrosa a la caza de noticias continúa —ahora— como sombra de sus propios pasos. Un ambiente de misterio y desconfianza rodea su entorno familiar, con un padre inodoro, incoloro e insípido que le dice “quién sabe si yo soy realmente tu papá”, broma que el joven duque se apresura a aclarar que el también pelirrojo James Hewitt, comenzó a ser amante de su madre solo dos años después de su nacimiento. Su primera excursión a Botsuana es un acariciado sueño, un escape, la ilusión de vivir normalmente, así inicia su tropismo africano. Poco afecto a los estudios duros, encuentra en su inserción en el ejército la vocación deseada y su asignación al rudo combate en Afganistán le sirve para desfogarse de sus frustraciones cuando aprieta los botones bélicos para matar 25 talibanes con tiros certeros. La pérdida de su virginidad entre viejas piernas, no impide su impulso febril hacia amoríos fugaces que no arriban a buen puerto. Llega el matrimonio de su hermano William con Kate, motivo para que los tabloides —por analogía— especulen acerca de su prolongada soltería hasta insinuar que podría ser gay. Recuenta con minucia los eventos sociales más relevantes en los que le toca participar luciendo los blasones de su nobleza, en tanto que, paralelamente, su quehacer cotidiano no se diferencia mucho de cualquier mozo de su edad que hace sus compras en los supermercados de la vecindad y pone a secar sus ropas sobre el radiador. No esconde otras intimidades como la avería que lo agobia por su pene refrigerado en aquella excursión al Polo Norte, ni tampoco su afición a olfatear drogas o a consumir alcoholes varios, con preferencia tequila.

Atribuye al espíritu de su madre el feliz encuentro con quien sería el amor de su vida, su hada madrina, después su mujer y luego la madre de sus hijos: Meghan Markle, actriz estadounidense, de madre afro-americana, divorciada, que resultó ser la causa de su mayor distanciamiento con la familia real, particularmente por la animadversión con su cuñada Kate. Harry atribuye atisbos de racismo y de celos por espacios que se disputan entre los miembros de la realeza. La nueva pareja harta del asedio de la prensa, de la indiferencia familiar y de la tacañería fiscal y parental decide autoexiliarse primero a Canadá y luego a Estados Unidos, donde encuentra el paraíso del anonimato, aunque ello suponga el renunciamiento a sus títulos y canonjías nobiliarias. Allá, lejos del mundanal ruido, el príncipe podrá dejar de frecuentar el tratamiento psiquiátrico al que se sometía para vencer los traumas que le dejó la desaparición de Diana, a quien recuerda en cada línea de sus memorias y cuyos cabellos conserva en una pequeña caja.

Carlos Antonio Carrasco es doctor en Ciencias Políticas y miembro de la Academia de Ciencias de Ultramar de Francia.

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El viejo y el Mario

/ 21 de enero de 2023 / 01:12

La reciente ruptura de Mario Vargas Llosa y su pareja Isabel Preysler sigue siendo comidilla preferida en las redes sociales y ha originado decenas de comentarios en las revistas “de corazón” afectas a los chismes sobre celebridades e incluso, es tema recurrente de columnistas en la prensa seria del mundo hispánico que, con envidia manifiesta, se mofan del descalabro amoroso de aquel titán de la literatura universal quien, además, ya octogenario, se dejó seducir por aquella dama-aspiradora de maridos millonarios y famosos. Lo critican haber dejado a su legítima esposa, al cabo de cumplir sus bodas de oro matrimoniales y se solazan que, supuestamente, la llamada “reina de corazones” se dio el lujo de prescindir los servicios que el Nobel le brindaba en la alcoba y en los salones de la farándula, fungiendo de ilustre decorado para su vanidad femenina, ya marchita, pero aún operacional. Con morbosa curiosidad esos mismos cronistas espulgan los motivos de dicha separación y en su pesquisa, con saliva en los belfos, desempolvan un cuento que Vargas Llosa publicó en 2020 intitulado Los vientos, de cuyo extenso texto solo extrapolan ciertas líneas en las que el protagonista devela su arrepentimiento de haber abandonado a su mujer Carmencita por otra “que no valía la pena”, de quien no estaba enamorado con el corazón, sino arrastrado por el deseo de satisfacer su pichula. Y continúa: “Por hacer lo que hice, mi vida se reventó y ya nunca fui feliz”. La transcripción verbatim de esos pasajes —implicando connotación autobiográfica— adereza la intriga para indisponer aún más entre ellos, al afamado amasiato. No obstante, en realidad, Los vientos encierra profundas reflexiones sobre la soledad que atañe a los viejos y que Vargas Llosa la retrata con alta maestría acerca de los momentos de tristeza, de contagiosa melancolía y de compasión hacia el héroe que, por añadidura, padece de incontinencia a una cascada de flatulencias (de ahí el título Los vientos) intermitentes que se le desata en los ratos menos propicios, causándole momentos de embarazo social que la narración no ahorra en descripciones crudamente escatológicas pero de hilarante humor.

Con todo, en el trasfondo sustancial de la trama estremece el vaticinio del futuro de ese mundo virtual que llega vertiginosamente y al que nos cuesta adaptarnos. Entre las varias fantasías me gustó aquella de una novela fabricada por encargo a un ordenador de acuerdo con las instrucciones del cliente que podría pedir: “Quiero una historia que ocurra en el siglo XIX, con duelos, amores trágicos, bastante sexo, un enano, una perrita King Charles Cavalier y un cura pederasta…”; captada la orden, el texto computarizado llegará en poco tiempo a manos del usuario. ¿Qué tal? Más feo aún —dice— es el panorama de una vida sin librerías, sin bibliotecas y sin cinemas, o sea una vida sin alma. Para mayor espanto, las facultades de Filosofía habrían cerrado todas, salvo dos: una en las Islas Marquesas y otra en la Universidad de Cochabamba, ciudad boliviana que Mario Vargas Llosa siempre recuerda con nostalgia y, donde, dicho sea de paso, fue mi condiscípulo en el colegio La Salle. Finalmente, el anciano del cuento, pierde la memoria y se desespera por no poder volver a su aposento. En su búsqueda desorbitada, nos regala un paseo por el viejo Madrid que nos recuerda plazuelas y callejuelas de románticos nombres hasta, por fin encontrar su casa en la calle de la Flora, (donde, curiosamente, el Nobel posee su apartamento de soltero). Esa misma noche un infarto fulminante le da aún tiempo de conservar tenue consciencia del tenebroso tránsito hacia la muerte y de razonar que “dentro de pocos minutos (¿segundos?) sabría si existía Dios… si teníamos un alma” y a constatar su inminente cremación… “hasta que las lenguas del fuego extinguieran esa carne sucia y mojada que ya comenzaba a pudrirse cuando la quemaron”. Así termina el relato, pero como el 9 de febrero próximo, Vargas Llosa ingresará a la centenaria Academia Francesa convirtiéndose en inmortal como se denomina a los 40 miembros exclusivos de esa corporación fundada por el Cardenal de Richelieu en 1635, su obra se impondrá a sus cenizas.

Carlos Antonio Carrasco es doctor en Ciencias Políticas y miembro de la Academia de Ciencias de Ultramar de Francia.

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Bolsonaro, ¿adiós?

/ 7 de enero de 2023 / 02:13

El acontecer político en el Brasil no es solamente de interés regional, sino planetario. Con un territorio rico en recursos naturales, dos veces más grande que toda la Unión Europea y el peso demográfico de sus 214 millones de habitantes, es también la séptima potencia económica mundial. Compartir 3.423 kilómetros de frontera es para Bolivia como acostarse con un elefante, por ello la vinculación bilateral es de suprema importancia. Esa circunstancia, más la función internacional, me permitieron tratar cercanamente con varios mandatarios del gigante sudamericano desde el carismático Juscelino Kubitschek (1956-1961) durante su visita a Bolivia, pasando por el senador y literato José Sarney (1985-1990), a quien presenté mis credenciales como embajador de la Unesco, siguiendo con el profesor Fernando Henrique Cardoso (1995-2003), mi colega en la Academia de Ciencias de Ultramar de Francia y finalmente a Lula da Silva (2003-2011). Con ese recorrido, inútil es soslayar la comparación entre unos y otros. Esa inquietud me impulsó a pesquisar la bio-data y la personalidad del controvertido presidente Jair Bolsonaro. Ningún relato mas completo con lujo de detalles y sólida documentación de apoyo que Cauchemar brésilien (Pesadilla brasileña), cuyo autor Bruno Meyerfeld, en 361 páginas (Ed. Grasset-Paris, 2022), cual meticuloso detective escudriña la vida de su personaje desde su pobre infancia como nieto de aquel inmigrante italiano que dejó su nativa Padua en busca de El Dorado, hasta su paso sulfuroso por la Academia Militar, carrera que deserta al alcanzar el grado de capitán que le quedaba chico para su ilimitada ambición. Después de todo, Jair quiere decir en hebreo “el iluminado” y su segundo nombre Mesías, lo señala como al redentor social tan esperado en aquel electorado siempre decepcionado por la corrupción que impregna a los políticos de turno. Era tiempo de llegar al Parlamento y no le es difícil ganar la diputación federal por Rio de Janeiro donde se asentará por 28 años, sin brillo pero con perseverancia en sus planteamientos de ultraderecha. Para entonces, sus adláteres comienzan a apodarlo El Mito y, en verdad, se va construyendo esa narrativa, con ayuda de sus cuatro hijos varones, uno de los cuales, Carlos, se hace experto en usar las redes sociales, plantando fake news favorables al ascenso político de su padre. Una serie de cambios fugaces en la presidencia precede las elecciones de 2019, en las que con Lula preso, por corrupción, se allana la hoja de ruta del Mito, con su programa que incluye: “autoritarismo, privatizaciones masivas, liberalización en el uso de armas de fuego, reducción de la edad para culpabilidad penal, lucha contra el aborto, explotación ilimitada de la naturaleza, reducción de derechos de las minorías, alineación con los Estados Unidos …” Es decir, un menú apetitoso para el pueblo hastiado por la inseguridad y la corruptela. En la segunda vuelta de los comicios, el Mito recoge 55% de los votos y el 1 de enero de 2019 jura como presidente.

Meyerfeld, en su libro cuenta pasajes ciertamente alucinantes de la vida de Bolsonaro en el palacio Alborada de Brasilia: sus insomnios, su incomodidad con las obras de arte o con los mullidos sillones europeos, su preferencia por sentarse en el suelo, en shorts y chinelas. También relata sus múltiples gaffes en sus visitas al extranjero, donde resalta su obsecuencia con Donald Trump, a quien toma como modelo, hasta el extremo de sentirse halagado con su denominación de “Trump tropical” y seguir su huella negacionista para enfrentar la crisis de la pandemia del coronavirus o dudas acerca del cambio climático, lo que le valió fuertes críticas a nivel internacional.

Sin embargo, el Mito logró llegar, nuevamente, como candidato en las justas electorales de 2022 y perder por mínimo porcentaje en la segunda vuelta (51% vs. 49%) frente a su archirrival Luiz Inácio Lula da Silva, asegurándose, empero, una vasta representación parlamentaria y una decena de gobernaciones.

Bolsonaro se va, pero 58 millones de brasileños votaron por él, lo que significa una fuerza difícil de soslayar. El tiempo dirá si el Mito es realmente incombustible.

Carlos Antonio Carrasco es doctor en Ciencias Políticas y miembro de la Academia de Ciencias de Ultramar de Francia.

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Golpistas en Alemania

/ 24 de diciembre de 2022 / 01:38

En la primera semana de diciembre se produjeron —casi simultáneamente— tentativas de golpe de Estado en dos países disímiles y distantes entre sí: Perú y Alemania, ambos fracasaron estrepitosamente. En Lima, el presidente Pedro Castillo pretendió concentrar en sí mismo todos los poderes del Estado, para evadir su probable destitución por probados cargos de corrupción. Fue un fallido ensayo de dictadura que el principal protagonista de aquella ópera cómica dice no acordarse. En cambio, en Berlín, 25 sospechosos fueron inculpados de urdir la destrucción del Estado, cuyo plan comprendía la toma del Parlamento, el arresto de los legisladores, la ejecución del Canciller y la instauración en el mando de Heinrich XIII de Reuss (71), oscuro príncipe de la nobleza alemana, quien fuera también parlamentario. Para facilitar la tenebrosa tarea, el sistema eléctrico sería interrumpido y teléfonos satelitales estaban ya a disposición de los implicados. La Policía Secreta (BKA) en coordinación con las fuerzas especiales (KSK) movilizaron 3.000 agentes y allanaron 150 casas sospechosas donde se incautaron equipos militares que incluían armas, municiones, cuchillos, larga- vistas de visión nocturna, cascos y espadas, además de dinero en efectivo (100.000 euros). Como soporte logístico, los conspiradores se apoyaban en los Reichsbürger (ciudadanos del Imperio), una organización que desconoce al Estado alemán, al que considera como mera marioneta de imaginarias logias supranacionales. Su membrecía creció de 2.000 a 21.000 militantes favorecida por la resistencia a las limitaciones impuestas para controlar la pandemia del COVID- 19. Esa tendencia negacionista tiene también lazos con la AfD (Alternativa para Alemania), el partido político legal de extrema derecha, asimismo posee nexos con militares y policías en retiro y hasta en servicio activo. Los involucrados están intoxicados con las fantasías conspiracionistas evocadas por la secta americana QAnon, que de banal subcultura internauta ha evolucionado en movimiento de masa que a veces adquiere fuerza política, capitalizando, por ejemplo, las protestas contra las restricciones decretadas durante la pandemia, para difundir sus creencias complotistas, particularmente aquella que insiste en que la Alemania emanada de la Segunda Guerra Mundial, no es país soberano sino una corporación montada por las potencias aliadas al final de la contienda. La aparición de los Reichsbürgers no es nueva, pero sus estruendos causaban más hilaridad que preocupación tal sus consignas de boicotear el pago de impuestos o de devolver sus pasaportes, como señales de desconocimiento de la República federal, parecían grotescas caricaturas. Con el destape del putch, ahora sí se los toma en serio, porque la lista de 18 nombres de políticos y periodistas, considerados enemigos, que debían ser fusilados, incluía al canciller Olaf Scholz y a algunos ministros, con datos tan ciertos y precisos que simulaban una ordenanza militar.

Las redadas a lo largo del territorio alemán no han acabado y sus ramificaciones internacionales son minuciosamente examinadas, especialmente los esfuerzos de Henrich XIII, el príncipe golpista, por establecer contacto con el régimen ruso a través de su embajada en Berlín. Sin embargo, se sabe que no encontró respuesta positiva y, el portavoz oficial moscovita, descartó el rumor, declarando que el episodio era “un problema interno” del Gobierno federal.

Finalmente, asombra y alarma que la fiebre complotista llegue a motivar grupos organizados que realmente pretendan demoler el Estado e instaurar nuevamente la concepción imperial del Reich.

Carlos Antonio Carrasco es doctor en Ciencias Políticas y miembro de la Academia de Ciencias de Ultramar de Francia.

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EEUU: ¿una democracia en riesgo?

/ 26 de noviembre de 2022 / 01:51

Contra todas las encuestas y pronósticos agoreros, las elecciones de medio término no resultaron en la marea roja (republicana) que se preveía y que hubiera causado la consagración de Donald Trump como precandidato presidencial en 2024. Los demócratas, en cambio, exultaban alegría con el escrutinio, aunque pierdan la Cámara de Representantes (435 miembros), ya han consolidado su mayoría en el Senado (100), pese a la elevada inflación que castiga al pueblo todo. El gran ganador de la jornada es, a todas luces, el gobernador de la Florida Ron DeSantis (44 años), quien venció fácilmente su apuesta por la reelección, aminorando la ambición del exvicepresidente Mike Pence (63), ahora enemigo de Trump. Esa hazaña lo convierte en un potencial rival de Trump (76), autoproclamado para la candidatura republicana. Colateralmente el éxito de DeSantis contenta también a los opositores del trumpismo, que temen el retorno de quien creen que representa al conservadurismo más repulsivo y violento, como lo probó el ensayo de golpe de Estado que significó el asalto al Capitolio perpetrado por hordas iracundas el 6 de enero de 2020, fanáticas seguidoras del dogma conspiracionista. En la reciente campaña preelectoral el presidente Joe Biden (80) no ahorró epítetos para alertar a la población contra los partidarios radicales de su antecesor, diciendo incluso que el voto ciudadano podría preservar del riesgo más grande para la estabilidad de la democracia americana, frente a embustes de fantasías complotistas para sembrar la confusión.

Sin embargo, aún no están disipadas todas las medidas que podría adoptar una mayoría republicana en la Cámara de Representantes. He aquí algunas áreas de la controversia inter- partisana que los enfrenta:

En materia impositiva se congelaría la idea de Biden de imponer tributos a las grandes multinacionales para alimentar un fondo para combatir el cambio climático y fortalecer el sistema de salud. Se rechazarían mayores regulaciones en el reglón climático y restringir futuras exploraciones petroleras.

En cuanto a la ratificación senatorial de jueces y magistrados, los rojos se opondrían del todo o demorarían la venia necesaria.

Un tema que los confronta irrevocablemente es la prohibición del aborto y, más aún, la ayuda del Estado para ello. Si se adelantaría una ley federal en ese sentido, Biden ya anunció que vetaría su promulgación.

En lo que se refiere a la cancelación de las deudas estudiantiles a los bancos que beneficiaría a 40 millones de deudores morosos, se aduciría la falta de potestad presidencial para la aprobación de ese indulto y se anularía la iniciativa.

Igualmente, el intento de Biden de implantar alivios legales a los acreedores invocando equidad racial en favor de los labriegos negros y de otras minorías, se contrapone a agricultores blancos que objetan esa medida basada en la raza.

Las asignaciones presupuestarias destinadas a la seguridad social y a la asistencia médica deberán ser conservadas ante intentos republicanos de afectarlas. En ese caso, Biden vetaría esas tentativas.

Disposiciones concernientes a la protección del consumidor, como camino para limitar los efectos de la inflación, podrían verse anuladas.

En suma, es notoria la inclinación de Biden y de los demócratas en general por adoptar medidas que aminoren los problemas cotidianos de las clases más necesitadas, se enfrenta a la tendencia republicana de limitar el gasto público y moderar los programas de subsidio estatal en diversos rubros.

En el plano de la política exterior, la Cámara de Representantes tiene la capacidad de frenar o anular las asignaciones a la cooperación militar o económica al extranjero. En ese sentido, varios diputados ya electos manifestaron su deseo de revisar la asistencia militar y económica que se atribuye a Ucrania en su guerra contra Rusia. Los republicanos arguyen que es un pozo sin fondo, sin que se vislumbre un final que imponga la paz entre los beligerantes. Además, se ha mencionado la necesidad de auditar esos gastos por temor a casos de corrupción que ya se sospecha que incluye el desvío de armamento moderno en favor de grupos irregulares y/o criminales.

Carlos Antonio Carrasco es doctor en Ciencias Políticas y miembro de la Academia de Ciencias de Ultramar de Francia

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