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Trastorno y diagnóstico

/ 7 de febrero de 2023 / 00:47

Se ha vuelto común que las personas utilicen términos de diagnósticos para describirse y digan que son “un poco autistas” o “un poco bipolares” o que tienen “un poco de TOC”. Algunos dicen que son “adictos” a Twitter. O sueltan términos de terapia como “detonante”. Muchos defensores de la salud mental consideran que esos comentarios son banales o denigrantes, una burla para quienes de verdad padecen enfermedades. Describir a alguien como “casi con TDAH” o “adicto a su celular” solo evoca estereotipos negativos y estigma, sostienen esos activistas.

Sin embargo, como persona que está en el espectro autista y ha luchado contra la adicción a la heroína, no creo que ese tipo de afirmaciones sean perjudiciales de manera automática. Al contrario, reconocer que existe neurodiversidad entre las personas que no cumplen los criterios de diagnóstico ayuda a humanizar a quienes sí los cumplimos.

Aprender que los rasgos de personalidad se sitúan en un espectro fue liberador para mí. Que los cambios te inquieten está en la línea con alterarte por la ruptura de tu rutina al grado de no poder funcionar. Estar triste es un aspecto de la depresión; el miedo escénico ordinario es ansiedad real. Aunque tener esos sentimientos no debería bastar para que una persona reciba un diagnóstico, sí puede permitirle plantearse cómo se sentiría si fueran más intensos, abrumadores e incesantes, y lo difícil que sería. Para que quede claro, no estoy argumentando que los trastornos mentales o del desarrollo graves no puedan ser profundamente discapacitantes o que las personas que los padecen siempre puedan o incluso deban aprender a ser más típicas. Los extremos pueden ser irremediables en algunos casos, sin ir acompañados de beneficios.

Creo que nuestros puntos en común son más grandes que nuestras diferencias. Quizá no sea posible saber cuánto puede aprender alguien, pero suponer que el cambio es imposible podría hacer que en realidad lo sea.

También es importante comprender que no todos los comportamientos atípicos deben cambiar. Para quienes tienen autismo, las adaptaciones pueden incluir cosas como hacer que los espacios públicos sean menos ruidosos y agobiantes. También significa reconocer que los comportamientos autocalmantes —desde mecerse y agitar las manos hasta consumir drogas para intentar sentirse mejor— no deben castigarse, sino comprenderse. Si son perjudiciales, hay que tratarlos, y si no, dejarlos tranquilos. Por lo tanto, no me importa que digas que tienes un poco de TOC o TDAH, siempre y cuando sepas lo que significa realmente y no te estés basando en estereotipos. Cuanto más reconozcamos que todos tenemos rasgos que en los extremos pueden ser discapacitantes, seremos más compasivos y podremos beneficiarnos más de los talentos de todos.

Maia Szalavitz es columnista de The New York Times.

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Droga prometedora

Las drogas psicodélicas como la ketamina son nuevos tratamientos prometedores

maia_szalavitz

/ 10 de julio de 2023 / 07:33

Catherine Oxenberg y su hija, India, han pasado por un infierno. En 2011, Catherine, una actriz mejor conocida por protagonizar el éxito de la década de 1980 Dinastía, e India, que entonces tenía 19 años, se inscribieron en lo que les dijeron que era un seminario de «éxito ejecutivo». Las sesiones inquietaron a Catherine. Pero cuando India se lanzó a las capacitaciones continuas, su madre reprimió sus dudas, deseando que su hija encontrara su propio camino.

Si has visto documentales como The Vow y Seduced, sabrás que el grupo que impartía los seminarios, NXIVM, resultó ser una secta violenta. The Times informó en 2017 que una secta dentro de la organización había comenzado a marcar a algunas miembros femeninas y obligarlas a morir de hambre. La secta usó el chantaje para obligar a los miembros a cumplir con las demandas sexuales del líder. Antes de que el activismo de su madre ayudara a liberarla, India sufrió estos y otros abusos.

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Recientemente, tanto la madre como la hija se recuperaron de su trauma posterior al culto a través de la droga psicodélica ketamina. Contaron sus historias en la conferencia de Ciencias Psicodélicas 2023 en Denver el mes pasado, describiendo cómo crearon una fundación que planea ofrecer ketamina en un entorno terapéutico a otras mujeres sobrevivientes de culto y violencia sexual. Se espera que la Administración de Drogas y Alimentos apruebe otros dos psicodélicos, MDMA («éxtasis») y psilocibina («hongos mágicos») dentro de dos años, para el TEPT y la depresión, respectivamente.

Las drogas psicodélicas como la ketamina, que ya es legal como anestésico, son nuevos tratamientos prometedores para muchos trastornos psiquiátricos, incluidas las adicciones. Pero estos medicamentos también conllevan riesgos significativos. Comprender cómo las conexiones humanas pueden sanar y dañar es fundamental para reconocer el potencial y el peligro de los psicodélicos, y los vínculos entre las sectas y la adicción.

Las cualidades que permiten a los psicodélicos hacer que la mente sea más flexible, sin embargo, también hacen que las personas sean vulnerables a sufrir daños mientras están bajo la influencia, porque los medicamentos hacen que la experiencia social sea más propensa a reconfigurar el cerebro. Si los sobrevivientes reciben atención compasiva y terapéutica mientras toman las drogas, el circuito disfuncional creado por experiencias negativas anteriores puede restablecerse adecuadamente. Pero si toman psicodélicos en un entorno coercitivo, esto también puede tener una influencia enorme.

Los Oxenberg son muy conscientes de estos riesgos. Anteriormente, en su desesperada búsqueda de recuperación, ambos tomaron varios psicodélicos en escenarios ceremoniales subterráneos y se encontraron con el comportamiento depredador de los llamados curanderos. “Tuve que salir de mi viaje de psilocibina para decir ‘Quítame las manos de encima’”, dijo Catherine, con rabia y disgusto.

En consecuencia, al planificar los retiros, la India sintió la profunda responsabilidad de hacerlos seguros. “Quería un entorno de cero coerción”, dijo. Debido a que el trauma es fundamentalmente la experiencia de ser indefenso frente a una amenaza implacable, la recuperación requiere ejercer la agencia y sentirse en control.

Al igual que con la capacidad de las relaciones para causar y aliviar el estrés, los poderes curativos de los psicodélicos se derivan de las mismas propiedades que les permiten causar daño. Prohibir los psicodélicos por completo ha fracasado. Pero regular el uso terapéutico requerirá desarrollar cuidadosamente procesos apropiados de capacitación, acreditación, rendición de cuentas y supervisión, para garantizar que estas formidables herramientas se utilicen para liberar a las personas de sus tormentos, no condenarlos a otros nuevos.

(*) Maia Szalavitz es columnista de The New York Times

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Jóvenes en la era del fentanilo

/ 22 de noviembre de 2022 / 01:15

En septiembre, dos niñas de 15 años en Los Ángeles sufrieron una sobredosis de fentanilo, a la cual una de ellas no sobrevivió, tras comprar lo que creyeron que eran opioides que se venden con receta. En la era del fentanilo y otras sustancias sintéticas fabricadas de manera ilegal, el peligro que implica probar las drogas es mayor que nunca.

Sin embargo, el fentanilo callejero y sus derivados pueden tener una intensidad decenas o miles de veces mayor que la oxicodona del Percocet. Las sustancias sintéticas que se venden en las calles suelen encontrarse en drogas que se venden como heroína o píldoras prescritas, pero a veces están presentes en las drogas “de fiesta”, como la cocaína. Esto ha aumentado de manera exponencial el riesgo de uno o dos experimentos juveniles.

Sin embargo, en un país donde los adolescentes son bombardeados con historias alarmistas y exageradas sobre todo tipo de sustancias —incluido el fentanilo, por supuesto— ¿cómo pueden hacer los programas de prevención de consumo de drogas para superar ese bullicio y captar su atención?

De las estrategias eficaces surgen dos ejes clave. Uno es que, para conectar con los adolescentes, debes ganarte su confianza mediante la honestidad, no solo tratar de infundirles miedo. El segundo es que los programas escolarizados deben reconocer que no se puede prevenir por completo el consumo de drogas. En vez de solo enfocarse en la abstinencia, buscan prevenir los comportamientos de más alto riesgo y atender los factores personales y ambientales que más podrían conducir a la adicción. Hoy en día, se reconoce más la necesidad de lo verídico por encima de lo estrafalario.

Las investigaciones sugieren que quienes están en mayor riesgo de volverse adictos a menudo manifiestan temperamentos muy particulares que se pueden detectar desde la edad preescolar: por ejemplo, extrema osadía o ansiedad grave. En el largo plazo, la prevención eficaz de la adicción requiere un cambio social para prevenir o al menos intervenir a tiempo con respecto al trauma de la infancia, mediante la creación de comunidades propicias para la salud mental con escuelas seguras y favorables, actividades extracurriculares estimulantes y acceso a atención médica integral. Pero primero, debemos mantener a los jóvenes con vida y eso significa tener conversaciones incómodas y honestas sobre los peligros de las drogas y las formas de minimizar los riesgos para quienes las usan.

Nadie ha descubierto una manera de eliminar la impulsividad y el afán por tomar riesgos de la juventud, lo cual quizá sea lo mejor, ya que estas características también pueden apuntalar el aprendizaje y la creatividad. Pero sí podemos reducir las probabilidades de que los actos insensatos que cometen los jóvenes terminen con sus vidas.

Maia Szalavitz es columnista de The New York Times.

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Pregunta sobre la adicción

/ 3 de octubre de 2022 / 00:51

A pesar de que las muertes por sobredosis vayan en aumento, hay algunas buenas noticias importantes relativas al abuso de los opioides. Las tasas de consumo no médico entre los estudiantes preuniversitarios han disminuido en cerca del 83% desde 2002, cuando el 14% declaraba haber intentado alguna vez drogarse con analgésicos recetados. En 2021, ese porcentaje se había reducido al 2%. El consumo de heroína también presenta un acusado descenso: en 2021, solo el 0,4% de los estudiantes preuniversitarios declaraba haberla probado.

Esto es especialmente una buena noticia porque el consumo entre los adolescentes es un excelente predictor del rumbo de una epidemia de drogas: la inmensa mayoría de las adicciones comienzan en los últimos años de la adolescencia o en los primeros de la edad adulta. Dado que los opioides más mortíferos, como el fentanilo, se suelen vender bajo la capa de la heroína o los analgésicos con receta, esto es un buen augurio para la reducción de las muertes por sobredosis.

Sin embargo, para traducir este cambio positivo en una reducción de las adicciones duradera, es importante saber cómo varían las pautas del consumo de droga a lo largo del tiempo, en vez de contemplarlas como crisis aisladas asociadas a sustancias concretas.

Hoy, cuando el consumo de opioides entre los jóvenes va en descenso, puede que Estados Unidos se encuentre en otro punto de inflexión. “Con demasiada frecuencia, las epidemias de consumo de drogas siguen la curva clásica”, dijo Samuel K. Roberts, profesor adjunto de historia y ciencias sociomédicas en la Universidad de Columbia, que definió como aquellas que comienzan lentamente, alcanzan un pico y después decaen.

Una de las razones que explican este patrón puede ser la creciente visibilidad de los daños asociados a su consumo, en los medios y —quizá más importante— entre los familiares y amigos. “Lo que provoca su disminución es normalmente una serie de cosas, pero una de ellas suele ser el surgimiento de una percepción negativa de una droga concreta”.

“Sobre todo la gente joven está muy preocupada”, dijo Jeremy Sharp, quien moviliza a los jóvenes para que luchen por unos enfoques más compasivos en relación con las drogas. “Creo que muchos han sido testigos de lo que le ha ocurrido a gente de mi edad, o más joven, y que eso les quita mucho las ganas”. Sharp, quien tiene 35 años, dijo que había perdido a siete amigos por sobredosis en los dos últimos años.

Al igual que los jóvenes de la época del crack, esto no significa que los de hoy no estén tomando otras drogas. Existe un fenómeno conocido como “olvido generacional”, que identificó por primera vez Lloyd Johnston. Consiste en que los jóvenes suelen evitar la droga que en ese momento sea la más temida; sin embargo, como tienen escasa experiencia con las que habían sido populares antes, son menos conscientes de sus peligros potenciales.

Esto da lugar a un ciclo ampliamente definido en el que, más o menos cada 10 o 15 años, se produce una epidemia de una droga distinta. La heroína, por ejemplo, fue el demonio de las drogas en la década de 1970; el crack, en la de 1980; la heroína, otra vez en la de 1990; la metanfetamina, en la de 2000; los opioides con receta, en la de 2010; y ahora, el fentanilo y otros opioides que se están vendiendo como heroína. Al considerar y atender cada crisis como si fuesen causadas por una sustancia concreta —sin comprender por qué persiste la adicción— perdemos la oportunidad de dirigir las políticas a reducir los daños asociados.

Las personas consumen drogas por un motivo. Normalmente, las que se vuelven adictas están lidiando con la desesperanza, el trauma o la enfermedad mental, y muchas veces con las tres cosas. Este dolor económico y social es el elemento común de todas las crisis de consumo de drogas. Mientras los legisladores no prioricen la mitigación del estrés que provoca que personas y comunidades concretas, enfrentándose a las pérdidas económicas y al trauma, sean especialmente vulnerables a la adicción, este ciclo vicioso no hará sino continuar.

Maia Szalavitz es columnista de The New York Times.

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