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Saturday 2 Mar 2024 | Actualizado a 22:57 PM

El arte en la niñez

/ 31 de marzo de 2023 / 02:15

El arte es un instrumento que exalta y extrae la creatividad de los niños, lo cual pareciera exigir que su práctica —especialmente en la primera edad de la niñez— se enmarque en la búsqueda del desarrollo imaginativo. Un instrumento en el que predomine la lógica y cuyo valor radique en motivar el crecimiento mental de los niños. Esto, para que se habitúen a ello en todas las épocas de su vida.

Los griegos afirmaban que gracias al nacimiento del arte en esos tiempos, este se convirtió en la floración maravillosa de la sociedad. En este espacio escribimos repetidas veces que el fundamento de la estética griega fue lo bello al servicio de lo útil; es más, ese concepto motivó la creación de diversas artes que, bajo distintas expresiones, lograron transformarse en potenciales para el fortalecimiento de esa cultura.

Resulta innegable que hoy la vida del niño requiere la ampliación de sus percepciones y es justamente el arte el instrumento para el desarrollo de sus habilidades y la apropiación de nuevas formas de expresar sus ideas e imaginarios. Podría decirse que es una práctica que se constituye en el instrumento ideal y fundamental para el nacimiento de ideas innovadoras, las cuales —dentro de una nueva visión— motiven también el proceso de un espíritu crítico.

Por tanto, el arte en la vida de un niño es por demás importante, debido a que le será útil no solo para apropiarse del hábito del pensamiento creativo, sino para acompañar a este con la reflexión. Así, se convertirá en el medio que logre que toda impresión personal se transforme en única y, consiguientemente, amplíe ese pensamiento creativo.

Es por esa razón que el arte debiera ser practicado en la niñez como un juego. Un esparcimiento dinámico e imaginativo que motive a que un menor se adueñe de manifestaciones creativas y, con ello, el arte se transforme en la herramienta de crecimiento del pensamiento. Igualmente, que el trabajo-juego sea el medio para que el niño exprese de forma espontánea sus imaginarios, luego estos se conviertan en significantes de su vida y, con ello, se haga posible el nacimiento de un creador del mañana.

En el caso de lo digital, independientemente de los juegos enlatados, la creatividad nacerá a través de programas abiertos para la manifestación propia de los niños, a fin de encaminarlos también al incremento de su imaginación, es decir, el desarrollo de una mente creativa.

En esa línea, la extensión del conocimiento debiera dejar de ser entendida como un aprendizaje dirigido y memorizante que elimina el pensamiento propio. Una especie de fábrica de conocimientos que deja de lado la creatividad y la necesidad de proyección de la mente del niño a futuro, la cual resulta esencial en sus primeros años de vida.

Pese a todo, conviene recordar que el éxito para el desarrollo creativo de un niño se puede lograr a partir de la práctica de cualquier actividad, siempre y cuando esta se enmarque en la creatividad. Esto obviamente dependerá de la combinación de sus capacidades y, dentro de estas, el desarrollo de la imaginación. Un camino que hoy no debiera estar divorciado de su encuentro con lo digital.

Para terminar, queda claro que la extensión del conocimiento —hasta ahora limitante— debe comenzar a abrirse y apropiarse de nuevas prácticas educativas. Una realidad que expanda el mundo imaginario del niño a través del desarrollo creativo. Todo esto sin olvidar que ninguna capacidad aislada o habilidad debe reducir o anular el talento creativo que posee un niño.

Patricia Vargas es arquitecta.

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La ciudad lineal, ¡un acontecimiento!

Lo peculiar de este momento es que la ‘ciudad lineal’ en Asia muestra una ruptura total con la ciudad tradicional

Patricia Vargas

/ 1 de marzo de 2024 / 10:50

La ciudad del futuro conlleva imaginarios que buscan convertirla en una gran metrópoli y para ello está abierta a nuevas propuestas conceptuales y espaciales. Mucho más, estudiosos señalan que la nueva ciudad del mañana estará conformada esencialmente por edificios, avenidas y grandes áreas verdes.

Una imagen que sorprende y cautiva porque se presenta como un gran remanso para la vida ciudadana. Sin embargo, también lleva a una interrogante: ¿todas intervendrán sus centros urbanos o los reducirán para su conversión en netamente informacionales?

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Innegablemente, las ciudades parecieran buscar hoy liberarse del pasado. Una realidad que se hace evidente, por ejemplo, en las megaciudades del Asia, que eliminaron la periferia para transformarlas en grandes espacios de crecimiento urbano.

Planificadores de estos tiempos aseguran que la ciudad contemporánea se está despojando cada vez más de la identidad, ya que ésta, con el tiempo, pareciera ser una limitante para su desarrollo. Asimismo, su centralidad evita la renovación, la expansión y cierra su proyección al futuro. Esto en el entendido de que toda identidad extrema obstaculiza el progreso.

Lo interesante es que los visionarios de la ciudad del futuro afirman que vivimos en un tiempo sin medida, esto es, el desarrollo cada vez más grande de las nuevas condiciones de la vida ciudadana.

Por todo ello, el mundo urbano pareciera hoy responder a la emergencia de la nueva sociedad, la sociedad red, característica de la era de la información y de la revolución de las tecnologías de la información y la comunicación.

Esto, porque son estos tiempos los que serán testigos de las profundas transformaciones de las ciudades. Una muestra de ello es lo que ocurre en las ancestrales urbes del Asia, que no olvidan fácilmente sus creencias y hábitos de vida; pero, con todo, hoy han sido transformadas en megaciudades.

Una realidad que no debe desmerecer a las ciudades del ayer, que tuvieron  su origen en un centro. Este fue convertido en histórico y de él nació la trama urbana o cuadrícula, que se expandió a través de un crecimiento ordenado, pero que determinó la desigualdad del valor de la tierra y la aparición —en nuestro caso— de las laderas.

Dado que la ciudad está cambiando, se construye la ciudad lineal al medio del desierto. Una urbe que ha eliminado toda centralidad y, con ello, toda identidad. Esto indica que las ciudades que deseen conservar sus centralidades no podrán responder a los nuevos tiempos y menos al “vivir conectado” que predomina en la actualidad.

De ahí que la ciudad contemporánea se transforma cada vez más, hasta el punto en que es altamente descentralizada y tiende a desdibujar lo funcional de los espacios de trabajo y los de residencia. Empero, con ello también nace el futuro de su nueva definición funcional.

Para terminar, es evidente que las megaciudades se van liberando de lo histórico y de los centros urbanos, para ir creando otros espacios de uso múltiple y de valor espacial. Una propuesta que terminará con la existencia de las periferias, pues las convertirá en verdaderas ciudades del mañana, donde lo informacional logrará transformar el sentido y significado de la vida del habitante.

Lo peculiar de este momento es que la ciudad lineal en Asia muestra una ruptura total con la ciudad tradicional. Es más, su nueva conceptualización y definición espacial pareciera estar llevando a la vida urbana, hacia la nueva era. ¡Un verdadero acontecimiento!

(*) Patricia Vargas es arquitecta

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Dos ciudades, una historia

Hoy, no cabe duda de que Tokio es el paraíso de los arquitectos

Patricia Vargas

/ 2 de febrero de 2024 / 09:43

Kioto fue la antigua capital del Japón. Una ciudad venerada y divina, fundada en 794 por el emperador Kammu con el nombre de Miyako, la cual además de ser considerada sagrada, fue la residencia del soberano y su descendencia.

Por sus cualidades naturales, Kioto contaba con un territorio que respondía a las normas de la geomancia. Un valle ancho rodeado de montañas y lleno de árboles, que lo llevaron a ser denominado la capital de la paz.

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Lo singular de esa ciudad fue que sus trazos urbanos respondían a las creencias culturales niponas, al modo del Xián: calles cuadradas y con una delineación en forma de cuadrícula, donde el palacio se hallaba situado al norte y la puerta de Rashomon protegía el sur. Conceptos culturales de una ciudadela que se revelaba como una especie de paraíso, el cual inspiró una novela: La historia de Gengi o Historia de amor. Mucho más, los poetas no solo hallaron inspiración en su naturaleza, sus montañas de distintos colores, especialmente el púrpura, y sus arroyos cristalinos, sino que colaboraron para que se la denominara la ciudad de los palacios bermellones.

Así, a principios del siglo XVIII, Kioto dominaba todo lo que tuviera que ver con cultura, estilo y asuntos espirituales, por lo que siguió siendo considerada la ciudad sagrada. Fue en la Segunda Guerra Mundial que los Tokugawua (régimen feudal) fueron derrotados y los nuevos soberanos instauraron como capital oficial a Tokio y determinaron el traslado del emperador a esta ciudad.

Esa urbe se convirtió en la ciudad más dinámica del Japón y se mantuvo en constante transformación, conservando poco de lo antiguo. De ahí que algo singular de ella es que conserva hasta nuestros días la vida efervescente de una ciudadanía comprometida con el mañana.

Allí, desde sus inicios, su sentido de lo transitorio ha formado parte de su desarrollo. Un mundo flotante que ha convertido su realidad cualitativa en permanente y llena de contrastes.

Desde su nacimiento, Tokio fue una ciudad pujante que llegó hasta a ganarle tierra al mar, para lo cual construyó diques y excavó canales.

En 1964, los Juegos Olímpicos se celebraron en Tokio y esta fue una oportunidad para que Japón mostrara al mundo el nivel de su desarrollo. Para ese gran evento se instalaron trenes de alta velocidad, se construyeron carreteras de múltiples carriles y no faltaron los campos Elíseos de Tokio.

En 1970, Japón gozaba de una prosperidad sin precedentes. Años del milagro económico en que la riqueza crecía a un ritmo vertiginoso y los rascacielos brotaban en Shinjuku -construidos al medio de la ciudad antigua-.

Fue en 1980 que Tokio hizo una invitación a arquitectos audaces para que dieran un nuevo toque a esa gran urbe.

Posteriormente, en 1989, se inauguró el edificio del gobierno metropolitano de Tokio, concebido por el arquitecto Kenzo Tange, cuya estructura en forma de catedral, fue lo que marcó la cúspide del progreso de ese periodo.

Lo interesante es que, en la década del 2000, Tokio comenzó a reinventarse nuevamente y las grandes edificaciones se construyeron a prueba de terremotos. Independientemente de ello, esa gran ciudad continuó concibiendo y mostrando al mundo renovados ejemplos de arquitectura. Con esos antecedentes, en 2021 inauguró un museo dedicado a la arquitectura y el urbanismo.

Hoy, no cabe duda de que Tokio es el paraíso de los arquitectos. Es más, se afirma que es una ciudad que abraza el pasado y el presente, mientras se reinventa permanentemente para seguir adaptándose al futuro.

(*) Patricia Vargas es arquitecta

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Estética de la fealdad

No sorprende que son tiempos que se pregona el ingreso de un arte que incorpora lo asimétrico, lo disarmónico, lo desfigurado

Patricia Vargas

/ 19 de enero de 2024 / 07:00

Al igual que la belleza, el concepto de fealdad fue evolucionando a lo largo de la historia. En el mundo griego, lo feo se identificó con el mal y ese contraste se consolidó como la negación de lo verdadero, lo bueno y lo bello.

Para ciertos filósofos del pasado, sin embargo, lo feo estuvo relacionado con la privación, la ausencia absoluta de algo, la carencia. Esto, en contraste con lo bello, que era comprendido en ese entonces como la plenitud. 

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Con la llegada del cristianismo, la fealdad se introdujo en el campo de las artes. Hegel afirmaba que el mundo griego jamás habría representado a un dios y menos soportado lo feo en compatibilidad con la sensibilidad helena. La razón era que se consideraba que lo sublime elevaba a la belleza. En cambio, el cristianismo supo asumir la fealdad como un medio para mostrar el pecado a la humanidad.

Una gran diferencia entre los dioses paganos y el Dios cristiano, pues este último hasta fue humillado al descender a lo humano. Todo en busca de la salvación de los creyentes judíos, que exigía no establecer distinción alguna entre unos y otros.

En 1767, Lasconte estudió la fealdad como una categoría específica del arte figurativo, cuya presencia perduró durante siglos. Empero, con la llegada del Romanticismo, el arte se ocupó de lo feo, acogiendo hasta lo deforme.

Así, la historia relata que esa teoría descriptiva de la belleza y aquella carente de ésta, se extendió hasta el siglo XX.

En esa línea, la pintura y la escultura contemporánea, como la del artista colombiano Fernando Botero, transformaron la gordura en un nuevo principio estético.  Asimismo, las obras de Picasso y Schönberg pusieron fin al ideal clásico de la belleza, incorporando lo asimétrico y lo disarmónico como parte del arte bello.

Destaca que Umberto Eco —uno de los estudiosos de la estética y el arte—, luego del éxito de su obra referida a la belleza, ingresara al estudio de la historia de la fealdad. Momentos en los que el pensador reconoció la evolución de los gustos y remarcó cómo aquello logró constituir una suerte de antología en la cultura estética occidental.

No faltaron los escritos que resaltaron cómo lo posmoderno, en ciertos ejemplos, logró ilustrar la visión sobre la fealdad.

Asimismo, Eco declaró su atracción por lo feo y avanzó incluso al análisis de lo desagradable, lo monstruoso. Una acción que lo llevó a afirmar que la historia de la fealdad es decididamente más interesante que la historia de la belleza.

Esa especie de exaltación de la palabra fealdad en el mundo contemporáneo acercó al filósofo a nuevos conceptos vinculados a los relatos de la ciencia.

En ese orden de ideas, la estética está presente en todo, el sonido, el movimiento, y no solo en la expresión dibujada o pintada.

Lo particular es que la fealdad hoy tiene una fuerza que puede ser interpretada como la otra forma de expresión, la rebelde, la contradictoria; como lo manifiestan algunas obras de arte como El grito contra la opresión.

Estudiosos contemporáneos que se rebelaron contra el arte clásico, representaron a lo feo con lo amorfo, lo disonante, lo anómalo; algo que, pese a todo, no limitó la imaginación creativa.

Por todo lo anterior, no sorprende que son tiempos que se pregona el ingreso de un arte que incorpora lo asimétrico, lo disarmónico, lo desfigurado. Bajo esas características, este tipo de arte tiene el infortunio de ser llamado el arte de la fealdad, cuando esa denominación no siempre es la que merecen esas expresiones artísticas.

(*) Patricia Vargas es arquitecta

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Un ave fénix… una ciudad

La historia de Barcelona es destacable en la lucha por el surgimiento de una urbe próspera

Patricia Vargas

/ 5 de enero de 2024 / 08:12

Rodeada de montañas y grandes vientos no favorables para la navegación a vela, Barcelona fue el sitio menos propicio para hacer nacer al ave fénix de España.

Un lugar donde en la Edad Media no era posible que atracaran grandes embarcaciones en sus puertos de dimensiones limitadas, por lo que requerían echar mano de pequeñas barcazas para descargar sus productos. Lo sorprendente fue que este sitio era el más importante de Europa.

Pero llegó el despegue industrial del siglo XIX y Barcelona surgió en medio de una infinidad de disturbios civiles relacionados con las luchas entre carlistas y liberales.

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Sin embargo, esa realidad no evitó que esa urbe se convirtiera en la más importante de España, para luego transformarse en la ciudad moderna de mayor relevancia de ese país europeo. Esto a pesar de los pocos recursos con que contaba.

Esa nueva urbe se destacó por la construcción de grandes edificios industriales, los cuales resaltaron su pujanza plasmada en la multiplicación de fábricas, sin olvidar que en paralelo renacieron las artes y las letras.

Gracias a esos avances, la Declaración de 1855 afirmó que allí los palacios no albergaban faraones ni orgías, sino a los productores de la historia económica de esa ciudad. Fue desde ese momento que arquitectos sembraron, como afirman escritos, el estilo nacional y la urbe expresó con fantasías moriscas obras representativas como la Casa Batlló (patrimonio de la Unesco) y el templo de la Sagrada Familia, ambas del arquitecto Antonio Gaudí. Un universo simbólico que además abarca a las torres de cuento de los arquitectos Rogent y otros.

El ascenso de Barcelona llegó con la invitación para ser la sede de la Exposición Internacional de 1929, cuando la ciudad ya superaba el millón de habitantes. Con ello, el ave fénix catalana inició el camino irreversible de su desarrollo.

En dicha muestra, el arquitecto Mies van der Rohe presentó el pabellón del Estado alemán con una propuesta, según Kennett Frampton, de innegable composición suprematista-elementarista.

La ciudad española fue sorprendida por el racionalismo del pabellón alemán y nació el acuerdo para superar la Barcelona de la generación anterior. Así, a principios de ese siglo ya prevalecía el estilo modernista.

La historia de Barcelona es destacable en la lucha por el surgimiento de una urbe próspera, ya que desde 1834 las distintas revoluciones en sus colonias llevaron a su florecimiento en 1929. Asimismo, su pujanza la condujo a su conversión en ciudad de irrefrenable desarrollo hasta llegar a ser la más importante de España.

Esa región comenzó a vivir un nuevo tiempo gracias a las distintas experiencias y los grandes anhelos de crecimiento que fueron alcanzados con los esfuerzos de su población.

En 1980, Barcelona inició su transformación contemporánea y sus proyectos urbanos estratégicos cobraron impulso gracias a su nominación como sede de los Juegos Olímpicos de 1992.

Lo singular es que los nuevos proyectos mostraron una fase evolutiva significante y de transformación de esa ciudad, la cual comenzó a proponer grandes transformaciones y para ello se propuso un urbanismo que “se realice a través de la arquitectura y no así en criterios abstractos”. Bajo esa premisa, las autonomías de la arquitectura propusieron hacer un urbanismo con arquitecturas personalizadas.

Es evidente que las ciudades anhelan grandes transformaciones logradas gracias al tesón de sus sociedades y a quienes las dirigen. En el caso de Barcelona, las nuevas intervenciones realizadas permitieron convertirla en el nuevo ave fénix de España.

(*) Patricia Vargas es arquitecta

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La Paz, a fin de año

Sabemos que vivimos tiempos en los que las megaciudades han implementado los ‘no lugares’

Patricia Vargas

/ 22 de diciembre de 2023 / 07:43

Estos días recordamos la etapa más singular de la vida ciudadana, las fiestas de fin de año. Días en que las urbes entremezclan lo imaginario con los anhelos de una población necesitada de ilusiones. Y para ello, las conmemoraciones de esta época son el mayor motivo para cultivar la esperanza.

Son fiestas en que la población se vuelca a los lugares más simbólicos de las ciudades, los cuales generalmente son preparados para celebrar las fiestas de Navidad y Año Nuevo. Allí, la muchedumbre invade esos espacios públicos que llevan a recordar a esos grandes poetas que afirmaban que el dominio de la ciudadanía radica en desposar a la multitud. En este caso, una ciudadanía enamorada de la vida urbana, ya que se apropia de los sectores más engalanados para estas fiestas. 

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Adicionalmente, se podría afirmar que la población paceña gusta de la calle, del encuentro y se identifica con el espacio público abierto, especialmente a fin de año, cuando su ávida necesidad de ver y sentir a su ciudad engalanada, la motiva a invadir los lugares que le ofrecen sensaciones atractivas. Estos sitios, embellecidos por escenografías en las que la luz artificial es dominante y hasta excesiva, transmiten la fuerza del sentido que conllevan las esperanzas para el nuevo año.

Es así que en la época navideña, esta ciudad vibra, a pesar de los gentíos que gustan sentirse espectadores de esos momentos y la superabundancia de actividades, ventas y compras que atraen a grandes y chicos. Momentos singulares que llevan a pensar que es una ciudad significante.

Una visión que reafirma que La Paz es dueña de una vida urbana efervescente gracias a su gente, lo que no siempre es aceptado por todos. Sin embargo, el espacio público es por demás atractivo para la ciudadanía, hasta el punto en que nos recuerda los conceptos de un enamorado de las multitudes y de la vida urbana de París, como fue Baudelaire.

Conceptos que nos acercan a una realidad como la de La Paz, en la que la población, al apropiarse de sus calles y otros lugares, le ha dotado de la denominación de ciudad viva. Esto, no solo porque el habitante paceño vive su ciudad, sino porque le gusta entremezclarse en la vida urbana.

Así, esta urbe representa esa especie de casa grande donde la ciudadanía vive y disfruta, lo que da a entender que también la ama, aunque de igual manera la aprovecha y la explota económicamente.

En definitiva, este territorio cuenta con una infinidad de realidades que afirman que es el lugar donde el habitante se siente libre para gozar de las expresiones ciudadanas, para relatar historias que no son otra cosa que un universo de imaginarios que alimentan la efervescencia citadina. A diferencia de otras urbes, que buscan crear significados forzados para dotarles de singularidades.

Imposible dejar de mencionar a las metrópolis que tuvieron la gran idea de conservar aquellos barrios en los que la ciudadanía expresa libremente la riqueza de su vida urbana, la cual resalta por su cultura. Y un ejemplo de ello, sin duda, es el China Town de Nueva York, del cual escribimos en este espacio hace algún tiempo.

Sabemos que vivimos tiempos en los que las megaciudades —que responden a la visión de ciudades del futuro— han implementado los no lugares, espacios circunstanciales que han logrado desplazar a los otrora lugares de encuentro. Sin embargo, pese a estas nuevas corrientes, cada fin de año, el engalanamiento de todas las ciudades con luminosidades por demás destellantes pareciera confirmar que no han roto definitivamente con el pasado.

(*) Patricia Vargas es arquitecta

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