Voces

Wednesday 28 Feb 2024 | Actualizado a 11:14 AM

Hoy, ¿para qué o quién son las noticias?

/ 21 de abril de 2023 / 01:15

El más reciente informe del Reuters Institute (2022) da cuenta del estado del sector informativo a nivel mundial y el consumo de noticias en sociedades pertenecientes a cuatro continentes. Si bien este documento no contempla la realidad boliviana, sí contiene datos sobre ocho países americanos, entre ellos Argentina, Brasil, Chile y Perú y, en consecuencia, puede acercarnos a un fenómeno que atraviesa incluso nuestra actual realidad nacional.

Los principales hallazgos de este estudio son elocuentes. De forma general, apunta a una caída general en la confianza hacia los medios (en el caso boliviano esto puede ser ratificado por recientes estudios de opinión locales), pero además de ello, documenta la caída en su consumo sobre todo en lo que respecta a los conocidos como “tradicionales” (concretamente televisión y periódicos), aunque esto también estuviera afectando a los medios digitales. En el detalle, el documento apunta que esta disminución responde a la desconexión de las personas con las noticias, lo que sería un efecto de la pérdida de interés en ellas, la dificultad de procesamiento de la información (sobre todo en audiencias juveniles y menos formadas) y el efecto adverso que causa en su estado de ánimo (“son repetitivas y negativas”, dicen las audiencias). Entonces, huelga preguntarse, ¿para qué o quién son las noticias?

Partiendo de los mencionados datos, resta pensar qué ocurre con la enorme cantidad de información noticiosa que, producto de la consolidación de una “sociedad de los datos”, se incrementa vertiginosamente desde hace décadas. Más cuando sabemos que los “quiénes” (las audiencias) están disminuyendo su consumo de noticias porque han perdido interés en ellas. Este desbalance deviene en una sobreoferta de unidades de información noticiosa respecto a una disminución en su demanda; que, como resultado, produce ruido antes que conocimiento.

Otra duda, si las audiencias no consumen las noticias porque encuentran dificultades en su procesamiento (lo que se corrobora fácilmente con los “rankings” de noticias más consumidas en nuestro país: usualmente simples, breves, faranduleras) en vez de estarlas utilizando para completar panoramas y enriquecer su visión de la realidad, ¿dónde pueden caer estas noticias que no se consumen por esta razón? Es bastante posible que estén siendo destinadas a volverse fragmentos descontextualizados con vida propia y, en consecuencia, insumos propicios para la manipulación.

Finalmente, cuando pensamos en que otra de las razones por las que muchas audiencias —sobre todo juveniles— prefieren no consumirlas con el fin de evitar un impacto en su estado anímico, en un mundo pospandémico y un país polarizado, corresponde preguntarse ¿dónde están yendo estas noticias? Posiblemente, estas “malas” noticias que “se repiten” son hoy simple y cotidianamente combustible argumentativo para atacar el pensamiento y las ideas de los otros con los que no se comulga.

No se trata de un descubrimiento. Las noticias, al día de hoy, antes de ser un objeto de consumo masivo diario para una mejor comprensión de la realidad, se están tornando en elementos que, sin un adecuado tratamiento/uso, tienden a desvirtuarse de su primigenio fin. Es decir: en insumos de desinformación antes que de información. Como audiencias, nos queda el reto de cultivar la capacidad de selección y jerarquización informativa antes que renunciar al consumo de noticias. ¿Y a los medios cuál les queda en este escenario?

Verónica Rocha Fuentes es comunicadora. Twitter: @verokamchatka.

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Cuando la marca es la Distorsión

Los ejemplos de gobiernos que emergen de las urnas y devienen en autocracias eficaces se multiplican aun lentamente

Verónica Rocha Fuentes

/ 9 de febrero de 2024 / 06:38

Que Nayib Bukele haya ganado las pasadas elecciones generales en El Salvador fue solo la comprobación de un hecho que, de alguna manera, esperábamos en el continente. Lo sorpresivo fue el uso que le dio a la fuerza otorgada por el porcentaje de votación que obtuvo, utilizándola para legitimar un postulado sobre la democracia que presume que la misma puede existir con un partido único. Así, la última semana, hemos asistido al hecho de que un líder emergente de las urnas tenga como primerísimo acto de gobierno, informar al mundo su propósito de ensayar un experimento que prescinda de la democracia (en su nombre) y que vaya “más allá de ella».

Los ejemplos de gobiernos que emergen de las urnas y devienen en autocracias eficaces se multiplican aun lentamente, pero a la vez sin pausa alrededor del mundo. Todo esto en sintonía con una ¿política? signada por las desafecciones. Bajo la idea de que la democracia está imposibilitada, el día de hoy, de proponerle una solvente promesa de futuro a las generaciones venideras, pareciera tomar forma la hipótesis de que las mismas están dispuestas precisamente a ensayar modelos de gobierno que sí puedan proponerles algunas aspiraciones mayores a la sola existencia.

Lea también: ¿Qué va a ser de la democracia?

¿Significa esto que una determinada masa de votantes que apoyan estas autocracias escogen la resolución efectiva de sus certezas por encima de la democracia? No necesariamente. Lo cierto es que el malestar y el hastío de una sociedad que no encuentra en la política una forma de generar proyectos comunes están produciendo una profunda distorsión de múltiples categorías que hacían a nuestra comprensión del mundo. Y, a no dudarlo, otras distorsiones varias son propuestas a conveniencia. Una muestra de ello es la que se hace del feminismo en la actualidad.

Lo cierto es que si pensamos en las sociedades actuales en las que existe cada vez más una importante práctica de la política tribal y en las que la polarización se ha convertido en una relevante manera más de entender un mundo en el que las posturas moderadas no tienen cabida, nos encontramos también ante importantes desafíos que tienen que ver con tratar de encontrar cuánto de desafección democrática puede generar una política práctica desde los polos y de espaldas a quiénes son los otros (no se olviden que para Milei solo cuentan los “argentinos de bien”). Y, entonces, a pesar de que la determinación de los efectos de la polarización aún no ha alcanzado a ser un consenso entre quienes se han dedicado a estudiarlo, tenemos por cierto que la institucionalidad democrática como sola cancha del juego político y despojada de su significante en torno a derechos y libertades pueda llegar a ser percibida como prescindible.

Los riesgos para la democracia que está produciendo la evolución de los procesos desinformativos en procesos de distorsión, especialmente sobre las instituciones y prácticas políticas constituyen hoy un desafío descomunal al que es difícil seguirle el ritmo en la comprensión, más aún en la acción. Si en muy pocos años pasamos del enfoque tecno-utopista de la sociedad del conocimiento al enfoque tecno-pesimista de la sociedad de la desinformación, de lo que dan cuenta los procesos políticos recientes en el mundo y su correlato en nuestro continente, es que podríamos estar ad portas de entender los fenómenos comunicacionales y políticos desde un enfoque distópico que nos empieza a trasladar hacia una sociedad de la distorsión donde prima una política de las desafecciones.

(*) Verónica Rocha Fuentes es comunicadora. Twitter: @verokamchatka

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¿Qué va a ser de la democracia?

Resulta desafiante pensar qué es lo que pasará con la democracia en los venideros meses

Verónica Rocha Fuentes

/ 26 de enero de 2024 / 06:55

Esta columna tiene un título rimbombante, lo sé. Sucede que no encontré mejor manera de albergar todas las incógnitas que encuentro necesario poner sobre la mesa al iniciar este nuevo año. Ya sabemos, es común en estas semanas hacer ejercicios varios que prefiguren de alguna manera qué es lo que nos espera en los siguientes 11 meses de este año. Esta práctica se la hace respecto a la economía, al panorama mundial, pero sobre todo en torno al escenario político local. 

En lo que respecta al espíritu de la época, resulta desafiante pensar qué es lo que pasará con la democracia en los venideros meses. Este 2024, alrededor de la mitad de la población mundial asistirá a las urnas, refrendando así el rito básico democrático del voto y, ya se lo ha dicho, estaremos frente a un año hiper electoral, en el que más de 70 países tendrán distintos tipos de elecciones.

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A priori, un dato simple como ese podría darnos a entender que la democracia continúa siendo el sistema de gobierno predilecto que permite una convivencia pacífica y consensuada por las mayorías siempre con respeto a las minorías. Una democracia que, ante una realidad cada más distópica y un futuro cada vez menos cierto, se muestra resiliente. Y aunque como concepto y realidad pareciera dar cuenta de encontrarse firme en pie, la realidad es que muchos de sus componentes mínimos se encuentran —como muchas otras tantas categorías de las sociedades modernas— en crisis.

Así ocurre por ejemplo con la fortaleza y la legitimidad de las instituciones democráticas, con la cultura política de las nuevas generaciones, con las olas populistas/autoritarias que dejan gobiernos provenientes de fuera del sistema de partidos en —ahora sí— ya todos los continentes. O, finalmente, con la crisis (ya permanente) de representación política que mantiene en vilo a buena parte de los sistemas de partidos alrededor del mundo, sobre todo en las democracias más jóvenes.

A pesar de que lo presentado no se constituye en un listado exhaustivo de desafíos que enfrentan nuestras democracias contemporáneas, las situaciones señaladas permiten dar cuenta de que los retos para configurar, ampliar, pero, sobre todo, sostener las democracias contemporáneas son múltiples y estarán cada día más en manos de generaciones que, como dato de entrada, sienten cada vez más desapego por la política e, incluso, por este sistema de gobierno, tal y como lo conocemos.

Hace poco, cuando leía un estudio sobre las dificultades que las nuevas generaciones tienen con la lectoescritura a mano y en papel, pensaba cómo la apuesta por retornar a la escritura y lectura en papel podría constituirse en un bálsamo para devolverle el peso a las palabras. Así, de alguna manera trataba de entender cómo es que una forma de afrontar los desafíos del futuro podía llegar a depender en gran manera del rescate de claves que provengan, más bien, del pasado.

Pienso algo similar cuando emergen preguntas como si la democracia, en su estado actual, estará en condiciones de afrontar desafíos que le presentará una creciente presencia de la Inteligencia Artificial en nuestras vidas o una actual tiranía cognitiva del algoritmo en las redes sociodigitales como ventanas de comprensión del mundo. Tal vez las nuevas generaciones están ante la oportunidad de retomar las instancias más esenciales de la política, como la ideología, para devolverle sentido y darle sustancia a la democracia en la que hoy descreen y, en consecuencia, apropiarse de ella.  

(*) Verónica Rocha Fuentes es comunicadora. Twitter: @verokamchatka

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Profundizar (y no salir de) la crisis

Todo lo que se viene para adelante se puede leer en clave de reemplazo de política por fallos judiciales

Verónica Rocha Fuentes

/ 12 de enero de 2024 / 10:30

Si en algún momento Santa Cruz significó una opción de poder que hiciera frente al Gobierno nacional y cuyo liderazgo terminó incluso derrocando a uno, fue no solo debido a su deseo legítimo de desligarse del centralismo bajo el cual aún sigue planteado nuestro Estado Plurinacional, sino más bien con base en su institucionalidad regional. A reserva de que ésta se ha caracterizado por continuamente enarbolar un discurso conservador que le ha dado lucha cada vez que puede a la ampliación de derechos humanos que se batalla por asentar en el territorio nacional, lo cierto es que no se puede negar que se trata de un conglomerado de instituciones que tienen alta legitimidad en ese territorio y que constituyen la base material sobre la cual han podido plantear como alternativa su forma de ver y entender el país y el Estado desde Santa Cruz.

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Hoy, esta institucionalidad muestra sus heridas de cara al país. Y si bien se puede señalar que la misma está detonada por otra institucionalidad externa que se ha dedicado a presionar hasta el límite los mínimos institucionales sobre los cuales flota el Estado, no deja de ser cierto que la política regional, ante esta situación adversa para su institucionalidad, ha demostrado no tener la voluntad de usar la política como herramienta de diálogo y consenso interno y, por el contrario, está develando de cara al país las múltiples fisuras sobre las cuales se han erigido los actuales liderazgos cruceños.

Algo simultáneo ocurre en la pugna por el liderazgo dentro del Movimiento Al Socialismo. En ambos casos, lo cierto es que el anómalo trasfondo que alimenta estos conflictos es compartido y deviene de la ilegítima autoprórroga de las máximas autoridades del Poder Judicial y las resoluciones que le han regalado al país a horas de fenecer su mandato legal que concluyó junto con el año 2023.

En el fondo, ambos conflictos que están dominando la coyuntura nacional en este momento, provienen del desnaturalizado escenario institucional del Estado que se está generando debido a que el Parlamento nacional no pudo encontrar una salida política para la pendiente elección de autoridades judiciales. Desde entonces, que fue cuando la política nacional fue no solo vencida, sino luego reemplazada por fallos judiciales, todo lo que se viene para adelante se puede leer en clave de reemplazo de política por fallos judiciales. Podría tratarse de lawfare (guerra jurídica), pero está dando acelerados y peligrosos pasos hacia adelante para convertirse, en los hechos, en un escenario gobernado por las acciones de los jueces, como ya se ha ido viendo.

El inicio de esta segunda semana del año ha dado cuenta de que no existe ninguna voluntad de rectificación de este peligroso escenario que el Tribunal Constitucional Plurinacional ha delineado y que el país entero ha repudiado: elección de una presidencia, designación de vocales para tribunales departamentales y respuestas a acciones de enmienda y complementación dan clara muestra de que no solo no existe voluntad de retroceso, sino además existe prisa de ejecución cuando de acciones vinculadas a la política se trata.

El nivel de deslegitimidad y desorden institucional que estas acciones están produciendo, sumado a la falta de generosidad y práctica política para encararlos de manera decidida desde las instituciones legitimadas por el voto popular, augura para el país un 2024 en el que si de nuestros liderazgos y autoridades depende, pareciera que estamos destinados a profundizar a niveles impensados la crisis múltiple que enfrentamos en 2019 y que habíamos, con el voto, solicitado ir solucionando y no así profundizando.

(*) Verónica Rocha Fuentes es comunicadora. Twitter: @verokamchatka

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Un mundo digital, ¿para todes?

Es, en la sociedad del (des)conocimiento, donde la humanidad se convierte en datos

Verónica Rocha Fuentes

/ 15 de diciembre de 2023 / 07:51

Vivimos el tiempo en que el mundo es más pequeño que nunca, pero aun así las dimensiones importan. La globalización a conveniencia (es decir aquella que —como el capitalismo— aplica donde haga falta y haya beneficio) es uno de los retos más importantes que toca sortear en nuestro tiempo. Se nos pide (cuando no se nos exige) que estemos a tono con la tecnología, como si se tratase de nuestra nueva religión global. Hoy en día, resulta impensable ejercer ninguna carrera profesional sin que se tenga la mirada en la herramienta tecnológica que posibilite que se la sortee con mayor inmediatez y facilidad. En el capitalismo, así como en el paradigma tecnológico: más es más.

Puede sonar redundante la idea de que una nueva era de la internet como la que estamos atravesando, en la que el punto de inflexión es la accesibilidad y popularización de un (ro)bot como el ChatGPT (el primer ente no humano elegido como científico de este año por la revista Nature), construya su lógica en el límite de lo humano, pero la cosa va más allá. Se trata de un fenómeno que no tiene que ver solamente con el avance y la predominancia de la tecnología, sino con el culto que se genera alrededor de ella, así como una suerte de nueva (y casi única) cultura laboral, social y global. Y se trata también de un fenómeno que tiene una inédita capacidad de, al ser mal utilizado, deshumanizar lo que encuentra a su paso.

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Lo cual no es poco y, además, adquiere otra dimensión ahora porque ha sido justo este 2023, el año en el que, al parecer, una mayor cantidad de contenidos generados artificialmente van a empezar a ganar espacio entre los contenidos que, en las décadas pasadas, hubieran sido generados por la mente humana. Cuánta más deshumanización que la del avasallamiento de nuestros contenidos históricos.

Al respecto, Renata Ávila, una abogada latinoamericana especializada en tecnologías, señala el riesgo de “imperialismo cultural” que este fenómeno implica. Algo que, se sabe, experimentábamos primero con la emergencia del capitalismo; luego, con la globalización y, ahora, como efecto de la implementación tecnológica. Y aunque no se trata de un enfoque nuevo, sin duda se trata de un fenómeno que se desarrolla aceleradamente cuando aún siquiera hemos podido formular las preguntas correctas para entenderlo en su profundidad. 

Quizá sea esta mirada hacia la infraestructura del ecosistema tecnológico la que permita dilucidar con mayor claridad los retos humanos y comunicacionales que su acelerado desarrollo e idolatría implican para las sociedades que acudimos con retraso a la discusión sobre sus efectos y dilemas. Es, en la sociedad del (des)conocimiento, donde la humanidad se convierte en datos y es, en la sociedad de la (des)información, donde lo real se virtualiza.

No se trata de tenerle aversión, rechazo o miedo a las tecnologías. Se trata, más bien, de entenderlas críticamente desde un paradigma que ponga en el centro al ser humano y no así a las herramientas que posibilitan su comunicación y su acción. Se trata de darles el lugar que les corresponda en un sistema-mundo en el que los Estados nacionales y las instituciones globales se encuentran cada día más deslegitimados y las plataformas tecnológicas, cada día más validadas y aceptadas como nuestros espacios absolutos de nuestra información y comunicación.

(*) Verónica Rocha Fuentes es comunicadora. Twitter: @verokamchatka

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Ética y estética comunicacional de época

Y acá es donde huelga no generar confusiones: no se trata de anarquismo, se trata de antipolítica

Verónica Rocha Fuentes

/ 1 de diciembre de 2023 / 10:14

Una pieza fundamental de estudio en Comunicación Política es la campaña por la aprobación de la opción No que se realizó para el plebiscito de Chile en 1988, cuando se sometía a votación popular la permanencia en el gobierno del dictador Augusto Pinochet. “Chile, la alegría ya viene” constituyó el eslogan que el pueblo chileno apropió para darle sentido y unidad comunicacional al anhelo de acabar con su extensa noche dictatorial. Con los años, las piezas comunicacionales que compusieron esta campaña, una de las más famosas del siglo pasado, fueron ampliamente estudiadas en Latinoamérica. Para el estado anímico de la sociedad de esa época, la promesa de que la democracia, la posibilidad de hacer política libre, en suma: la alegría, estaba a la vuelta de la esquina, era lo suficientemente eficaz como para conquistar afectos y, en consecuencia, aunar votos para esa batalla electoral. Al final del día, en la historia larga, las campañas políticas terminan siendo una instancia mediante la cual se ordenan los discursos de una determinada coyuntura o época política. 

Lea también: Una canciller, ¿una Política Exterior Feminista?

Cerca de 25 años después, otra campaña —también plebiscitaria— ha dado de qué hablar al mundo de la comunicación política, por lo menos ahora en Chile. Se trata de la campaña que persigue la aprobación del texto que propuso el Consejo Constitucional y que se votará el siguiente 17 de diciembre. El mensaje más altisonante de las primeras piezas comunicacionales que se hicieron públicas de esta campaña postula un potente “Que se jodan”, como eslogan. El mismo spot se encarga de señalar que no se trata de una metáfora, sino que convoca a votar por la opción de Apruebo, con el trasfondo de dar un rabioso mensaje al gobierno y a quienes pretendieron escribir un nuevo texto constitucional mediante una fallida Convención. En suma, y a reserva de la efectividad del mensaje, se trata con claridad de uno elaborado desde y para la antipolítica, un mensaje que busca hacer uso de la indignación y el descrédito de la mal llamada “clase política”.

El caso de la vigente campaña electoral en Chile solamente se suma a este nuevo sentido ético y estético de la actual época política y su razonable correlato, en la “cuarta edad” de la Comunicación Política. Para muestra un botón. Basta recordar el tono de la campaña que acompañó a Javier Milei hasta su victoria y una similar apuesta por un lenguaje altisonante, que ubica en lugares muy cercanos al #VivaLaLibertadCarajo argentino y el #QueSeJodan chileno.

No se trata de establecer que existen fronteras lingüísticas y discursivas más permitidas (o deseables) que otras en un marco de corrección política, mucho menos ahora que La rebeldía se volvió de derecha, como postula Pablo Stefanoni; sino de continuar descifrando el sentido epocal de la política de hoy, a través de sus manifestaciones comunicacionales.

Con un cuarto de siglo de por medio, no es difícil caer en cuenta que existe una clara distancia ética y estética entre el #LaAlegríaYaViene y el #QueSeJodan. El primero que celebra un nuevo tiempo político y el segundo que convoca a clausurar (y sancionar) el tiempo precedente. Así las cosas, es bastante claro que no se trata solo de una brecha entre una estética y otra al momento de construir un mensaje, sino más bien de una fisura entre una ética y otra, al momento de entender el rol de la política institucional en la vida de las sociedades. Y acá es donde huelga no generar confusiones: no se trata de anarquismo, se trata de antipolítica. Y de sus consecuentes riesgos para la salud y la vigencia de la democracia.

(*) Verónica Rocha Fuentes es comunicadora. Twitter: @verokamchatka

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