Voces

Saturday 2 Mar 2024 | Actualizado a 10:22 AM

Evismo

El factor ordenador de la política y de lo político es el ‘evismo’, antes, durante y después del golpe

César Navarro Miranda

/ 31 de agosto de 2023 / 07:57

La política entendida como la forma de actividad o praxis humana estrechamente vinculada con el poder (Bobbio) y la disputa, implica fácticamente un eje hegemónico organizador de la política que define el sentido de época y el poder.

La crisis y posterior destrucción del capitalismo de Estado, la desarticulación del movimiento popular con el despido forzoso del proletariado estatal, la izquierda clásica reducida a sigla partidaria, posibilitaron el nuevo ciclo estatal hegemónico del neoliberalismo; sus actores políticos constituyeron su institucionalidad republicana representativa en el sistema político con el trípode interpartidario (MNR, ADN, MIR), que alternó en el poder durante 20 años.

Lo hegemónico representa voluntad y estrategia de poder, es el factor ordenador de la política como movimiento y disputa por lo político (Estado, institucionalidad, normas); el momento del quiebre hegemónico, la clase dirigente se reduce a dominante, utilizando los medios coercitivos institucionales, legales y armados para mantenerse en el poder, el surgimiento de otro factor de poder que es lo contrahegemónico, ese es el tiempo de desorden y reordenamiento de la política expresada y representada en nuevos actores que lideran y representan la institucionalidad de lo político transformado o renovado.

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Lo contrahegemónico al neoliberalismo emergió de la forma sindical, territorial indígena, campesina, cocalera, que no demandaban reivindicaciones sectoriales sino interpelaban al tipo de Estado capitalista colonial, a sus agentes de poder político, económico, simbólico, religioso; la interpelación era ideológica, política y cultural, movilizada sindical y territorialmente con un horizonte que logró articular la memoria larga, “el anticolonialismo”, con la realidad presente de la subordinación incondicional como principio y fin de la República de Bolivia a los EEUU en el “antiimperialismo”. La praxis es la posibilidad de disputarle al sistema político bajo sus propias reglas liberales representativas el control territorial, este es el momento que la voluntad y estrategia de poder se manifiestan en tres ejes interdependientes: horizonte, organización y liderazgo.

Lo contrahegemónico empieza a ser el nuevo factor de reordenamiento de la política, los plebeyos en su perspectiva estatal y los neoliberales en sus acciones represivas, el núcleo de poder estatal actúa y reacciona contra lo emergente, lo sindical campesino es estrategia con vocación de poder, el liderazgo que sintetiza ese tiempo indefinido es Evo Morales.

Los triunfos democráticos sucesivos no se pueden reducir a la elección y ratificación indígena en la presidencia, sino a la forma hegemónica del evismo como ordenador de la política y transformador de lo político.

El “ismo” es sufijo para designar, identificar corrientes filosóficas, de pensamiento, de concepciones de poder, hoy el evismo es concepción ideológica, es estrategia de poder, es la forma de articulación sindical, territorial urbano y rural, es manifestación política de la cultura, es conflicto, es liderazgo territorial democrático (gobernaciones y municipios), es el poder como manifestación democrática del Estado Plurinacional.

Muchos creyeron que la derrota del 21F, la renuncia por presión civil, policial, militar en 2019, la elección de un nuevo gobierno sin la presencia de Evo y su ausencia en el poder implicaban clausurar su liderazgo, que la política vivía tiempos post-Evo, simplificando y reduciendo este tiempo histórico solo a momentos electorales, restándole el sentido anticolonial y anticapitalista a la nueva CPE y a las nacionalizaciones; minimizaron este ciclo histórico, subestimaron la subjetividad de los pueblos y de los sectores populares.

El golpe apropiándose de lo político creyó sustituir mediante la violencia el liderazgo indígena campesino, las acciones coercitivas desde el Estado tanto políticas, jurídicas, policiales como militares se concentraron en destruir lo que implicaba el evismo para prolongarse en el poder indefinidamente, reconstruyéndolo simultáneamente; la represión y el genocidio eran la manifestación armada del gobierno, pero no implicaron la desarticulación y derrota del bloque plebeyo.  

El factor ordenador de la política y de lo político es el evismo, antes, durante y después del golpe. Los actores que concurren a la disputa desde diferentes escenarios políticos, mediáticos, sindicales, cívicos, territoriales no pueden prescindir de este hecho hegemónico, por el contrario, sus manifestaciones públicas y políticas están condicionadas a esta realidad.

La forma como se articulará la disputa por el poder no depende de los actores externos, sino del núcleo orgánico del proceso, que concentra el conflicto y la posible división, el desenlace constituirá el escenario preelectoral.

El evismo, para los opositores de todo color ideológico, es el enemigo a enfrentar y destruir para inaugurar otro tiempo político.

En el próximo artículo explicaremos qué es el antievismo.

(*) César Navarro Miranda es exministro, escritor con el corazón y la cabeza en la izquierda

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La vergüenza de haber sido

Las voces que enarbolan la realidad del nuevo presente no prescinden del título que les antecede, son los 'ex'

César Navarro

/ 29 de febrero de 2024 / 10:41

Ningún presente puede prescindir del pasado, el hecho político está en qué tipo de pasado, qué narrativa del pasado le interesa a quienes necesitan arroparse de aureolas para presentarse en el presente.

Utilizando los medios de comunicación público y privado, acudiendo al miedo con un fuerte acento racial, han forzado la narrativa que busca modificar negativamente en el imaginario colectivo la imagen del líder indígena, los cocaleros y el bloqueo, ese es el presente impuesto y sobre ese imaginario negativo circula la línea discursiva mediática colonial.

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Las voces que enarbolan la realidad del nuevo presente no prescinden del título que les antecede, son los “ex”, esa condición les habilita a analizar, criticar, recomendar o instruir. Los “ex” en el momento que son parte del pasado, el pasado fue grandioso, el liderazgo del indígena sindical cocalero representaba el tiempo de la revolución; fue grandioso porque fueron parte de él, ahora en otra vereda enuncian con la misma efusión sobre el pasado, imponen su diferencia: el que lideró ese pasado glorioso ahora es anacrónico, no tiene la grandeza del pasado y es más, hoy está aliado a los enemigos de los que representan el presente glorioso.

Otros van más allá, mientras lo veían como el paraguas que les daba el bienestar, que les daba la oportunidad de estar más allá de sus colegas mortales, lo consideraban el presidente; sin más consideración ideológica, para ellos era el líder, hoy como ya no les puede dar la sombra y el confort que necesitan, desde su mirada colonial y los privilegios que les da el presente, lo califican como el responsable de las violaciones constitucionales, de las muertes, y los excompañeros del otrora líder asienten con la cabeza o con el silencio cómplice.

Lo llamativo es que todos hablan en nombre del Estado Plurinacional, del proceso de cambio y que es tiempo de salvar la revolución democrática cultural de su principal enemigo: el líder cocalero y de los cocaleros bloqueadores.

Unos dicen que es el tiempo de las primarias, otros de los profesionales, otros de los jóvenes, otros dicen que los caudillos ya no existen, otros afirman que son tiempos modernos y los dirigentes y bloqueadores son cosa del pasado; otros, con mayor efusión y en la pasarela mediática, reiteran que la grandeza del otrora timonel está en abandonar el tren de la historia porque se volvió obsoleto para timonear la esperanza.

Los eruditos que apenas mojaron la punta de sus dedos en las aguas de una tina, hoy son las voces que hablan y conocen las temperaturas de las turbulentas aguas de los océanos; no solo dan consejos, dan órdenes, pero en la lógica de la temperatura liberal republicana, no así en la sensación térmica de lo indígena, campesino, orgánico, sindical y territorialmente organizado; leen la política a partir de los votos y no así de los sueños, deseos, ilusiones, identidades de hombres y mujeres que huelen, transpiran a tierra, que no deciden como ciudadanos individualizados, sino como pueblos organizados, esa es su condición de sujeto, es en la deliberación que se decide colectivamente el quehacer y las formas, la responsabilidad es orgánica, ahí está el sentido descolonizado de la política.

El pasado que constituyó el presente, formalmente se lee a partir de los resultados electorales, pero la esencia de los resultados no está en los números de votos, sino en la apropiación identitaria de la democracia, es decir, los actores sindicalmente organizados no se desenvuelven por los códigos liberales, sino por el despliegue orgánico, territorial, con la convicción de disputar el triunfo. 

Pero, cierta izquierda que no comprende la descolonización política dentro el Estado Plurinacional, cree militantemente que la política circula en el mundo urbano y público, que sus formas de manifestación son electorales, partidarias o frentistas, por ello su razonamiento es electoral, su andar está en ganar electores, a ello se debe la estrategia comunicacional que es profundamente ideológica: invalidar al sujeto sindical campesino, sancionar ética y políticamente la movilización social, descalificar la demanda, ese acto significa condenar el pasado que dio origen a este presente, mostrarlo como negativo y antidemocrático.

Parafraseando un tango que nombra el poeta uruguayo Benedetti: “la vergüenza de haber sido/ y el dolor de ya no ser”. Hoy esos versos podrían ser un retrato de cierta izquierda clasemediera, señorial, esa que se encoge a la primera lluvia y reniega de su pasado: no hay que tener vergüenza de haber sido y para no sentir el dolor de ya no ser, lo mejor es seguir siendo militante de izquierda y anticolonial.

(*) César Navarro Miranda es exministro, escritor con el corazón y la cabeza en la izquierda

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Encrucijada de la Asamblea Legislativa

La Asamblea Legislativa está en el tiempo de su definición: ser el actor o la quinta rueda del carro

César Navarro

/ 15 de febrero de 2024 / 07:33

El Parlamento, hoy Asamblea Legislativa Plurinacional (ALP), en el republicanismo representó la síntesis política de la correlación de fuerzas partidarias de un tiempo electoral. Fue parte del engranaje del poder, como tal, actor directo en la reproducción ampliada del poder político.

Noviembre de 1979, ante el golpe del coronel Natusch Busch la resistencia fue liderada por la COB y la CSUTCB. La derrota militar implicó fundamentalmente que las masas movilizadas y organizadas sindicalmente asuman la democracia representativa como horizonte (Zavaleta). Las elecciones y la democracia era aún embriones, los comicios eran la manifestación de la manipulación dolosa de MNR, porque el movimientismo hizo del fraude electoral su forma de vida democrática; la democracia estaba construyendo un mínimo de institucionalidad, el golpe militar quiso volver a clausurar este amanecer nublado.

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El triunfo sindical obrero campesino de izquierda delegó al Parlamento la respuesta temporal, que designó a la presidenta de la Cámara de Diputados, Lidia Gueiler, como Presidenta de la República, pero con la tarea de convocar a elecciones de forma inmediata. Esta delegación popular y la decisión de los parlamentarios instituyó en el Parlamento la condición de actor político e institucional.

El modelo político de democracia donde el soberano solo votaba y no elegía se impuso en las elecciones de 1985: un sistema político de minorías electorales, el Parlamento por acuerdo multipartidario de esas minorías impuso la fórmula de mayorías parlamentarias para la elección de presidente y vicepresidente. El actor que garantizaba la titularidad política del poder, independientemente de la decisión del soberano, era el Parlamento.

En las elecciones de 2005, por primera vez en la historia contemporánea de la democracia el pueblo eligió a su presidente y vicepresidente, pero por el sistema de asignación parlamentaria las oposiciones de derecha tenían mayoría el Senado, el Parlamento republicano se convirtió en la institución de desestabilización al gobierno indígena de izquierda.

Era el tiempo de quiebre para restaurar al neoliberalismo en el poder o para transformar el Estado, el Parlamento era el instrumento de definición de ese tiempo político, su condición de actor decisivo devino del mandato movilizado de lo nacional popular expresado en la Conalcam. La movilización se inició el 12 de octubre (2008) desde Caracollo hasta la sede política del poder, obligó a que el Parlamento se constituya de facto en parlamento constituyente, debatió y reformó parcialmente el proyecto de Constitución elaborado y aprobado en la Asamblea Constituyente. La marcha arribó a la plaza Murillo el 20 y el 21, el Parlamento le entregó la Ley de Convocatoria a Referéndum Constitucional para que la CPE sea aprobada por el soberano. La movilización más grande e importante de nuestra historia política dio nacimiento constitucional al Estado Plurinacional.

El Parlamento, hoy ALP, fue el actor decisivo, sus decisiones sentaron las bases de la nueva institucionalidad estatal.

El último conflicto sobre las elecciones judiciales desnudó dramáticamente el abandono a su condición de actor político, constituyéndose en receptor pasivo de las instrucciones del Tribunal Constitucional o de alguna autoridad gubernamental designada.

Un vocal designado, no electo de una sala del TCP, castró la facultad constitucional de interpelación a ministros en la ALP. Por un lado, la reacción fue la crítica discursiva y por otra, de conformidad porque no se puede desdecir a los depositarios de la verdad constitucional.

Ejercer el derecho que tiene la ALP a la aprobación de la ley de elecciones judiciales está condicionada a la instrucción del TCP y a la presión social del bloqueo de caminos. Sin iniciativa política, los parlamentarios hoy están instalando la incertidumbre, la deslegitimación de un órgano de poder estatal y la conflictividad con probabilidades de enfrentamiento dentro el bloque indígena campesino popular.

Sostener a través del poder político la autoprórroga, dilatar la elección judicial, deslegitimar uno de los principios del Estado Plurinacional (la elección soberana de magistrados) es invalidar la ALP, poner en duda la validez de la CPE, anular la condición de dirigente del MAS en la ALP, fomentar la fractura irreversible y el enfrentamiento del bloque indígena campesino popular que constituyó el horizonte descolonizador que articuló democráticamente la nueva arquitectura estatal.

La ALP está en el tiempo de su definición: ser el actor o la quinta rueda del carro, como solía calificar el maestro Juan Lechín.

(*) César Navarro Miranda es exministro, escritor con el corazón y la cabeza en la izquierda

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Estado Plurinacional

La construcción del Estado Plurinacional hoy está reducido al simbolismo festivo

César Navarro

/ 1 de febrero de 2024 / 07:37

La Tesis Política del Segundo Congreso de la CSUTCB (1983) afirmaba con precisión  histórica “Somos la semilla de donde ha nacido Bolivia, pero aún hasta hoy, nos tratan como a desterrados en nuestra propia patria” es la crítica ideológica y política al republicanismo colonial y al colonialismo interno y el horizonte es la transformación del Estado con la visión descolonizadora “Queremos ser libres en una sociedad sin explotación ni opresión organizada en un Estado Plurinacional que desarrolla nuestras culturas y auténticas formas de gobierno propio”.

Este horizonte es la ruptura con el colonialismo interno de derecha y de algunas corrientes de izquierda, trastoca el sentido filosófico como fue concebido la República, interpela a la razón de la política que circulaba en la lógica colonial euro-americano céntrica, a la forma de organización del poder estatal, al sentido común colonial y racial de sectores sociales principalmente urbanos, por ello la descolonización no es una reivindicación sino un horizonte, que se construye en la cotidianidad como historia y presente, es decir la utopía deja de ser una ilusión para constituirse en un presente posible.

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La refundación del Estado es un hecho político trascendental porque logra derrotar en las reglas de juego democrático representativas a las elites que se sentían propietarios y beneficiarios de la política, de la economía, de la producción, de la tierra, de los recursos naturales, de la cultura, de la religión, es decir de la República de Bolivia.

La Asamblea Constituyente (AC) era el único escenario institucional y democrático posible para construir una nueva arquitectura estatal, al mismo tiempo era el espacio de disputa sobre la filosofía estatal y la nueva síntesis social del poder.

Desde 1825 por primera vez se eligió a constituyentes por voto universal, democrático y fue el Pacto de Unidad (CSUTCB, CSCIB, CNMCB-BS, CONAMQ, CIDOB) la única organización que presentó su visión de Estado descolonizado en un proyecto de Constitución.

La AC se constituyó en el campo de disputa, entre la visión descolonizadora y los representantes del statu quo, para impedir el desarrollo de foro constituyente recurrieron a dos instrumentos del republicanismo colonial: el regionalismo y el racismo, el método la violencia.

El Estado Plurinacional (EP) fue concebido intelectual y socialmente desde lo nacional popular nació en tres partos: el primero en la AC, que fue bloqueado por la aristocracia sucrense con el apoyo de la derecha atrincherada en la media luna no pudieron impedir la aprobación del proyecto de CPE, el segundo en la histórica marcha de cerca de medio millón encabezada por la presidente indígena, la CONALCAM y la COB desde Caracollo hasta ciudad de la Paz, fue la movilización más grande desde 1825 y  tercero la aprobación por primera vez de la CPE en referéndum por el voto democrático del pueblo con el 67%.

En pleno proceso de alumbramiento los hijos putativos de la República y del nacionalismo quisieron hacer abortar el proceso en dos actos: con el referéndum anti e inconstitucional sobre autonomías y el golpe cívico prefectural, en ambos momentos fueron derrotados por la movilización campesina, popular y el liderazgo indígena anticolonial solido del presidente.

El EP es la ruptura con el republicanismo colonial, capitalista, eclesial y patriarcal, es desterrar el monopolio urbano clase mediero en la posesión y control del poder público nacional, departamental y municipal, es superar la ciudadanía lineal homogenizada sin identidad más que su nacimiento, es castrarle al sistema político el derecho que se arrogaba para elegir presidentes, es arrebatarle a la nobleza eclesial la paternidad celestial sobre el Estado y la sociedad, es la negación de privilegios que se volvieron en derechos selectivos.

El EP es la construcción social movilizada, su constitucionalidad emerge de la democracia como manifestación plena del soberano, la materialización de su institucionalidad está condicionada al liderazgo y visión anticolonial, simultáneamente como proceso de largo plazo y generacional es la revolución moral plurinacional, es decir transformar el sentido común colonial, racial, de clase y patriarcal que pervive en las sociedades de nuestra patria en la nueva racionalidad donde el color de la piel, el apellido, el origen, el idioma, genero, religión, riqueza, orientación sexual no sean factores de prestigio y exclusión social.

La construcción del EP hoy está reducido al simbolismo festivo, a la inversión pública mediática, al fomento de la fragmentación del bloque que dio origen al EP, al ataque sistemático al líder que sentó las bases constitucionales anticoloniales y antiimperialistas de este tiempo político.

(*) César Navarro Miranda es exministro, escritor con el corazón y la cabeza en la izquierda

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‘Establishment’ oligárquico a la deriva

El ‘establishment’ asiste a su crisis que no pasa por resolver titularidades en la Gobernación y el ente cívico

César Navarro

/ 18 de enero de 2024 / 08:28

Tres momentos decisivos de la derrota política, democrática y moral que cerró el ciclo del establishment capitalista y colonial cruceño que se formó, organizó y fortaleció con la protección, apoyo y financiamiento de gobiernos del nacionalismo revolucionario, la dictadura militar y el neoliberalismo. El hijo putativo de la revolución de 1952 es la oligarquía cruceña.

Primer momento: el cabildo del “millón” de enero de 2004 convocado por el Comité Cívico pro Santa Cruz (CCpSC), cuyo presidente era Rubén Costas, tuvo la capacidad de imponer a Carlos Mesa la convocatoria a la elección de prefectos, este hecho político estaba agendando la autonomía como condición previa a la posibilidad de la convocatoria a la Asamblea Constituyente (AC).

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Lo que frustró esta ruta corta fue la renuncia de Mesa, la sucesión presidencial recayó en el presidente de la Corte Suprema de Justicia, convocó a comicios nacionales y también de los nueve prefectos, en este escenario la elección de prefectos ya no fue lo sustantivo de las elecciones, sino era parte del momento electoral.

Esta tarea inconclusa, el establishment lo impuso en la agenda política con la visión anti-Estado centralista andino aymara/quecha, anti-gobierno indígena; el objetivo, bloquear la AC si no se incorporaba la autonomía cuasi federalista cruceña.

En este escenario constituyente se impuso la violencia racial y social, estaba liderada por el presidente del CCpSC Branko Marinkovic; los puntos de inflexión fueron el referéndum anti e inconstitucional sobre la autonomía, el referéndum revocatorio, la toma violenta de instituciones y el golpe cívico prefectural. Estos cuatro hechos simultáneos, entre mayo y septiembre de 2008, fueron derrotados por la movilización indígena y social, por la decisión soberna del pueblo y por la firmeza del gobierno. Branko capituló, devolviendo al gobierno las instituciones públicas que fueron tomadas y saqueadas por la Unión Juvenil Cruceñista, abandonó temporalmente las banderas federalistas e incluso separatistas.

Segundo momento: Branko y Costas, que tenían el monopolio de la coerción cívica, social, mediática, religiosa regional, impusieron (2008) a la Corte Electoral Departamental la administración del referéndum anti e inconstitucional de su estatuto autonómico: el valor del resultado fue solo simbólico, sin ninguna incidencia jurídica.

El Congreso, entre septiembre y octubre de 2008, se constituyó de hecho en Congreso Constituyente; discutió, modificó artículos del proyecto de CPE aprobado en la AC e incorporó en las disposiciones transitorias el reconocimiento a los estatutos autonómicos, pero condicionado al control de constitucionalidad de la nueva CPE.

El actual Estatuto Autonómico de Santa Cruz no es el que se sometió a referéndum en 2008, la Asamblea Legislativa Departamental adecuó el proyecto de estatuto a la CPE en 2015 y el TCP declaró constitucional el Estatuto en 2017, es decir el constituyente, el pueblo soberano, subordinó al establishment cruceño a la nueva CPE y sepultó sus deseos federalistas.

Tercer momento: Luis Fernando Camacho, expresidente cívico y actual gobernador cruceño, abanderó el movimiento conspirativo nacional que derivó en el golpe de Estado. Lideró la toma e ingresó al Palacio Quemado republicano con la presidenta de facto Áñez, con la Biblia en la mano, fue parte del gabinete y de la estructura de poder, pero negó —a su estilo— la relación con el gobierno. La expresión política democráticamente expresada fue la derrota en las elecciones nacionales, ocupó el tercer lugar con apenas el 14%. Y en los comicios para gobernador, en el departamento donde tenía el apoyo y el control absoluto, recién obtuvo la victoria en segunda vuelta contra el MAS.

Creemos, el partido de Camacho, no tiene mayoría absoluta en el Legislativo departamental, depende de la alianza con los asambleístas indígenas, es decir, Camacho no sintetiza la expresión del departamento, solo es la manifestación temporal de una aparente hegemonía apoyada en la violencia discursiva, social, racial, ahora en el control político y administrativo de la Gobernación.

La detención preventiva del Gobernador no generó crisis en la administración de la Gobernación, la sustitución en la titularidad por el Vicegobernador está por causar una crisis, mostrando que Camacho no es el liderazgo que articula, sino solo la figura que se usa discursivamente para justificar un posicionamiento.

En la última fase, el CCpSC dejó de ser el núcleo de la cruceñidad para convertirse en un gremio más sin incidencia ni convocatoria pública. 

El establishment asiste a su crisis que no pasa por resolver titularidades en la Gobernación y el ente cívico, sino por la reconfiguración de nuevos liderazgos que ya no dependen exclusivamente de los viejos factores elitarios y raciales, no modificarán su concepción ideológica, pero reacomodarán el sentido señorial y oligárquico de élite.

(*) César Navarro Miranda es exministro, escritor con el corazón y la cabeza en la izquierda

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Nacionalización, tiempo y razón ideológica

Ese es el sentido de nuestra nacionalización como proceso, es un presente que tiene historia y horizonte

César Navarro

/ 4 de enero de 2024 / 07:47

Retrospectivamente, de la nacionalización se ve solo la fecha, el acto, es decir, el acontecimiento, todo el proceso que representó la síntesis de ese momento queda registrado en la fotografía; si no se alimenta generacionalmente la memoria, el proceso se disuelve y el hecho histórico se convierte en intrascendente.

A casi 17 años del 1 de mayo de 2006, para la última generación de votantes es solo referencia, pero para la generación que nos tocó ser parte del proceso y estar en el momento, es nuestra identidad indefinida en el tiempo, pero no necesariamente es nuestro presente, ese dilema muchas veces representa el extravío histórico.

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La resistencia a la privatización y la capitalización fue derrotada, los sindicatos de asalariados redujeron su lucha a defender algunos derechos o la fuente laboral, la propiedad de la empresa estatal dejó de ser lo sustantivo, se impuso el neoliberalismo.

El enfrentamiento contra la empresa y el Estado, en ese orden, implicó para la subjetividad inicialmente minera un reencuentro con la patria, eso fue la masacre de Navidad en 1996, en Amayapampa (norte de Potosí), ese hecho criminal fue la manifestación fáctica de la importancia y el privilegio que tiene una empresa multinacional sobre el derecho al trabajo y a la vida del pueblo. La sangre minera no se regó en la masacre, sino empezó a sembrar el sentido de propiedad en el pueblo sobre los recursos naturales.

La “guerra del agua”, que en los hechos fue la guerra por el derecho al agua en Cochabamba, en 2000, fue el triunfo del pueblo sobre el gobierno y el parlamento, sobre su aparato represivo, porque se derrotó al estado de sitio y se expulsó a la multinacional. No solo se impidió la privatización del agua, sino el agua se constituyó en “derecho humano” y la fuente de los sistemas de vida (humana, animal y vegetal); el agua es parte de la Madre Tierra y no puede ser lucro privado.

Las marchas campesinas y cocaleras por “tierra, territorio, coca y soberanía” sintetizan en la frase una ruptura con el republicanismo capitalista servil, tiene la dimensión de expresar y sentirse legítimamente como un pueblo propietario y no inquilino de su patria.

La movilización urbana, barrial, sindical aymara de El Alto en octubre de 2003, clausuró el neoliberalismo como estatalidad y la nacionalización se constituyó en el factor identitario de la política desde lo nacional popular.

La nacionalización es un proceso que se construye como fuerza moral, como revolución intelectual, como interpelación al sentido de ejercer el poder; es el tiempo de la rebeldía contra el orden impuesto violentamente como normalidad institucional, la nacionalización está más allá de la recuperación de la propiedad, es reconstruir en el ideal colectivo de la movilización la condición de ser “el” sujeto soberano como pueblo, de ahí se vierte la sabia y la energía que escriben activamente la historia.

En las elecciones nacionales de 2002, políticamente el pueblo tiene su expresión electoral a través de indígenas anticoloniales y antimperialistas: El Mallku y Evo; en 2005 concurrimos a los comicios dejando de ser alternativa electoral para constituirnos en opción de gobierno; el triunfo democrático no es un resultado electoral, es la manifestación democrática del pueblo reconstituido en sujeto soberano que decide y que ya no delega su representación a la partidocracia de derecha.

La diferencia con las otras nacionalizaciones: en la revolución de 1952, Paz Estenssoro y el MNR no decidieron la nacionalización de la minería y la reforma agraria, estas decisiones fueron impuestas por obreros y campesinos; el general Ovando nacionalizó el petróleo en 1969 para diferenciarse del general Barrientos y por la influencia de Marcelo Quiroga Santa Cruz; el general JJ Torres nacionalizó en 1971 la mina Matilde, el día que se anunció el surgimiento de la Asamblea Popular. La nacionalización es la razón de su tiempo, para trascender tiene que materializarse; el valor social, político e histórico está en su origen y destino, y en el liderazgo que posibilita los alcances de su realización. 

La nacionalización de 2006 se materializó en el tiempo constituyente, ello implica que su dimensión está más allá de la recuperación de la propiedad, no está dentro la lógica del capitalismo de Estado para apropiarnos solo del excedente, está inscrito dentro la refundación del Estado, a El Alto constituido como sujeto político de incidencia nacional, a lo indígena popular como el actor hegemónico del poder, a los recursos naturales como fuente de soberanía nacional, nuestra nacionalización es trascendental en su dimensión práctica anticapitalista y anticolonial.

Ese es el sentido de nuestra nacionalización como proceso, es un presente que tiene historia y horizonte, es el valor moral, político, social de la estatalidad y hegemonía plurinacional.

(*) César Navarro Miranda es exministro, escritor con el corazón y la cabeza en la izquierda

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