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Saturday 2 Mar 2024 | Actualizado a 06:17 AM

Anticucho con su corazón

‘Ira, lo que no te dicen de ser buena’ es un buen caldo. Cuando el telón cae, suenan los acordes de ‘Gracias a la vida’

Ricardo Bajo

/ 29 de noviembre de 2023 / 09:42

Tres caseras del mercado se hacen preguntas. Y mientras se hacen preguntas, clavan con rabia el cuchillo entre la carne. Tres caseras del mercado van a confesar al final; una a una: “yo fui, yo fui, yo fui”. Las niñas buenas hacen caso, las niñas buenas se hacen respetar y no provocan. Las mujeres de bien no hacen el mal. Las mujeres de bien no se quejan. Las niñas y las mujeres decentes no se enojan, se aguantan. Y conjugan verbos diferentes que son todos iguales: atender, cuidar, servir, pagar, cobrar, descansar, contar. ¿Y vivir? ¿Y jugar? ¿Y soñar y saltar, saltar y soñar? ¿Y ser libres? ¿Y matar? Nadie decide que está bien y que está mal. Dicen que las que hacen todo bien serán recompensadas. Es mentira. Esa recompensa no llega (casi) nunca.

Tres caseras del mercado venden carne. Y cuando pueden juegan liga-liga, juegan rayuela. No lloran para no demostrar debilidad. Son Bea, Ceci y Adela. Son tres actrices: Avril León, Fez Frías y Gladys Cruz. Han aprendido a callar. Se han dado cuenta que aprender a callar es más fácil de lo que parece. Pero aunque su voz está callada, sus mentes no aprenden. Se han dado cuenta que aprender a soñar/saltar es más difícil de lo que parece.

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Estamos veinte espectadores en el Bunker. Es sábado. La entrada está a 40 pesitos, incluye anticucho o postre (una deliciosa gelatina con fruta). Las tres caseras de la carnicería están ocultas, están atadas. No será por mucho tiempo. Paradójicamente, el olor a carne les da asco. Todavía no saben por qué.  Estamos delante de tres “magas” y llega la segunda temporada de Ira, lo que no te dicen de ser buena, texto y dirección de Alexis Maceda (Colectiva Maga Ecléctica, un elenco autogestionado de mujeres de La Paz y Sucre). La primera fue en septiembre; mismo lugar.

Estamos frente a un texto atrevido, rebelde, contestón, desafiante, perturbador; tiene una puesta en escena a la altura y una coreografía envolvente que te conduce hacia el abismo. Es la obra ganadora del segundo lugar en el XVII Concurso Municipal de Escritura Dramática “Adolfo Costa du Rels” (2022) del Gobierno Autónomo Municipal de La Paz. Es la hora de la (dulce) venganza, es tiempo de revancha. Va a ser una hora oscura. Intensa.

Los trabajados/sutiles sonidos del mercado nos trasladan al Lanza, al Rodríguez, al mercado de Villa Fátima o al Hinojosa. La musicalización de Javier Molina tiene el gran acierto de llevarnos a un lugar que todos conocemos. El diseño de luces (de Antonio Peredo) nos coloca ora en el mercado, ora en el matadero, ora en el patio del recreo. “Abuela, ¿qué es ser mujer?; abuela, ¿por qué tengo que callar?”.

Tres caseras del mercado se hacen preguntas y algunas no son fáciles. ¿Qué diferencia hay entre matar/vender una vaca y matar a un hombre? Bea, Ceci y Adela también tienen respuestas y algunas son como un golpe al hígado: “la diferencia es que la vaca no te ha hecho nada”. El Jero sí ha hecho cosas. Es el único hombre (ausente) de la obra, del mercado. El Jero tiene fama de mujeriego y pega a las mujeres. Celoso, como todos. Van a hacer anticucho con su corazón.

Las mujeres de bien aprenden a no llorar, aprenden a ser responsables, a ahorrar. Y todos esos verbos en infinitivo que ya sabemos. Tres caseras del mercado van a vender carne humana porque la Bea ha matado un hombre. Y la Ceci y la Adela se van hacer con ella un solo cuerpo. Tres veces vamos a escuchar “yo fui, yo fui, yo fui”. Sororidad rima con complicidad. Contubernio y confabulación. Matar o morir. ¿Tuvieran las tres la chance de escoger? La tuvieron y eligieron estar juntas, pelear juntas, matar juntas, confesar juntas.

¿Es la peor decisión de sus vidas —ante la violencia y la humillación— o es la mejor? ¿Deberían haber confesado? ¿Son víctimas o son verdugas? ¿No tenemos todos manchas? ¿No cargamos todos frustraciones? ¿No mata —en realidad— el capitalismo y sus mentiras?

Ira, lo que no te dicen de ser buena es Tarantino en el Rodríguez; es Kill Jero. Es Lisbeth Salander aunque ni Bea ni Ceci ni Adela tienen un dragón tatuado. Es Lady Vengeance de Park Chan-wook. Son tres Nikitas. Es Margot Robbie en Hermosa venganza. Es Carrie. Es Hamlet, tragedia de venganza; es una cuestión de honor. Pero ni Adela, ni Ceci ni Bea son justicieras de peli gringa; ni super heroínas; tampoco son hackers ni mujeres de terror. Son tres caseras del mercado. En busca de una expiación por sus pecados. Venden carne. Y ya saben qué harán con los huesos. Ira, lo que no te dicen de ser buena es un buen caldo. Cuando el telón cae, suenan los acordes de Gracias a la vida. Gracias a la ira.

(*) Ricardo Bajo es un pinche periodista

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El barbero Sweeney Todd afila la navaja

El Espacio Kúu, un nuevo teatro con foso orquestal, subirá el telón con uno de los musicales más célebres y oscuros del siglo pasado ‘Sweeney Todd’

Por Ricardo Bajo H.

/ 25 de febrero de 2024 / 06:56

En el final del primer acto, la tabernera besa con lascivia al barbero diabólico de la calle Fleet. Se abalanza sobre él. La mujer que hace las mejores empanadas de carne de la ciudad es la señora Lovett (Ashford), interpretada por la actriz y cantante Pamela Sotelo; el barbero es Sweeney Todd, en la piel de Leonel Fransezze, actor y director del musical que llegará este mes de marzo para inaugurar el teatro/espacio Kúu en Calacoto.

El musical creado por Stephen Sondheim (“el gran genio de la música escénica del siglo XXI”, Mario Gas dixit) es un clásico de Broadway. Ha logrado innumerables premios (Tonys incluidos) y ha sido llevado a escena en muchos países del mundo desde su estreno en los años 80. No es, sin embargo, un musical al uso. Es una obra oscura y violenta con humor y horror, a parte iguales. Si no te gusta el género por ser muchas veces retrato ideal y feliz (con mucho glamour) de un mundo que no existe, Sweeney Todd, el barbero demoníaco de la calle Fleet es una buena oportunidad para engancharte/reconciliarte con el musical. Si bien existen números musicales y canciones pegadizas, la obra (más de concepto) es teatro químicamente puro.

“Voy a vivir aunque lo tenga que hacer en las cloacas”. Es la frase al más puro estilo de Lo que el viento se llevó que grita el barbero cuando regresa al Londres de la era victoriana tras purgar una condena injusta. Es Fransezze que se adueña del escenario. Estamos en el ensayo general del musical. “Leo” se desdobla con una facilidad pasmosa. Cuando se mete en la piel del barbero asesino es un mal tipo; grita, insulta, se transforma su rostro. Cuando se pone en modo director, pide por favor las cosas. Con dulzura y a la vez rigor. “Muchachos, tienen que estar más rápido aquí arriba en la escalera, por si acaso”.

Fotos: Miguel Melgarejo y Ricardo Bajo Herreras

El protagonista del célebre musical es un barbero sádico que se dedica a pasar la navaja por el cuello de su clientela incauta. Es un asesino en serie. Esa es la parte del horror. La historia también es un cuento de amor, un musical sólido, un “thriller”. El centro del Espacio Kúu está dominado por una plataforma móvil que hace de cuarto arriba y panadería/barbería abajo. El musical requiere un gran trabajo escenográfico y el elenco viene ensayando duro durante los últimos 10 meses para que todo esté listo para el estreno este próximo 2 (sábado) y (domingo) 3 de marzo.

La obra tendrá seis únicas representaciones durante los tres primeros fines de semana del próximo mes. Sweeney Todd es también una fábula moral; un dilema ético con una historia fantástica/mordaz.

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Delante del escenario están ahora 25 músicos a cargo del director Andrés Muñoz. Son jóvenes talentosos salidos del Conservatorio, algunos con experiencia en la Orquesta Sinfónica. Son parte, ahora, de la flamante Orquesta Boliviana de Ópera que ha formado el propio Muñoz. En este ensayo general no están todavía colocados en el foso orquestal que va a tener el Espacio Kúu, situado en el Boulevard El Bosque de la calle 15 de Calacoto. “Vamos a inaugurar por primera vez desde 1845, desde la creación del Teatro Municipal, el primer teatro con foso para orquesta de toda Bolivia”, dice Fransezze, orgulloso, en uno de los descansos del ensayo.

“Red Bull y coca para todos; para los músicos, agua y galletitas, paramos cinco minutos, cinco no son quince”, grita el director. “Leo” y “Pame” charlan en la puerta. “Te abalanzas sobre el barbero pero creo que él no se deja besar”, le digo a ella. “Vas a ver el segundo acto, ahí prácticamente lo violo”. El humor y la tensión sexual entre los dos personajes malvados se mastica lentamente. Es una de las claves del éxito de la obra. Los dos, Fransezze y Sotelo, tienen ese reto por delante. Él todavía no está metido de lleno en el personaje. La relación entre el barbero y la señora que vende empanadas cerca de su barbería es una relación de complicidad y deseo. El hombre mata por venganza y la mujer amasa las mejores empanadas de carne de la ciudad para venderlas en su taberna: ora con los restos de un juez corrupto, ora con un barbero de la competencia, ora con un alguacil que molesta demasiado.

Las butacas todavía no han sido colocadas, esperan en los pasillos. El Espacio Kúu (oficialmente Kúu Inti por la marca comercial que apoya el emprendimiento) ha requerido una inversión de millón y medio de dólares. Los cuatro socios fundadores (Sofía Petignat, Leonel Fransezze, Luis Kushner y Alejandro Yaffar) saben que no recuperarán fácilmente la inversión. Y si lo hacen será dentro de 20 años.

La devolución va por otro camino: dejar/ofrecer a la ciudad de La Paz un teatro para todo tipo de eventos culturales/sociales: obras dramatúrgicas, ópera, musicales, ballets, “stand up”, cenas de gala… El Espacio Kúu tiene una capacidad en platea baja de 320 con mesas y sillas, de 420 con solo sillas y si se trata de un concierto, mil espectadores de pie. Cuenta con una platea alta (o mezzanine) y cuatro palcos, amén de cuatro camarinos con todas las facilidades. Tendrá un bar con terraza “lounge” con vistas a las hermosas bungavillas del boulevar, un bar “clandestino”, un “candy bar” y una variada oferta gastronómica. “Los tendremos haciendo fila”, dice el barbero como si hablara en realidad del Espacio Kúu. Por cierto, Kúu es un término japonés de difícil traducción: puede ser cielo, puede ser un espacio vacío, es siempre un lugar donde se juntan la creatividad, la energía, los espacios y el vacío.

Pero volvamos al ensayo después de este comercial. Con el director, no hay lugar para la pausa. Discute con el director vocal Fernando Pablo Valdivia. Recientemente llegado de Estados Unidos —tras 25 años trabajando en la escena—, Pablo discute con Leonel si tienen que entrar cuatro u ocho en esa escena. Estas “peleas” empujan al elenco a dar lo mejor, “nos acercan a la perfección”, dice Valdivia.

Ensayo en el Espacio Kúu. Abajo: Michelle Csapek, Pablo Valdivia y Sofía Ayala.
Ensayo en el Espacio Kúu.

El “casting” ha probado a un centenar de aspirantes con la colaboración de Freddy Chipana en la selección y la dirección de actores. “¿Quién se apunta para una afeitada gratis?”, grita otra vez Fransezze antes de arrancarse con uno de los números musicales. Algo no sale bien. “Vamos desde que le cortó el cuello, por favor”.

El musical tiene un costo de 38.000 dólares. “Leo” sabe que es a pérdida. “¿Por qué lo haces entonces?”, pregunto. “Porque me gusta, porque es el musical que más me gusta, es lo más anti Andrew Lloyd Webber que puedas encontrar, está en las antípodas de lo que la gente espera de un musical; es muy oscuro y violento”, responde con el entusiasmo vital de siempre. “Lo de hacer este espacio-teatro es parecido, es el sueño de toda mi vida, dejar algo tangible, perenne, que permanezca, a nuestra ciudad y a nuestro país. Los dos grandes impulsores de esta locura son Sofía Petignat y Mauricio Toledo”.

Sweeney Todd, el barbero demoníaco de la calle Fleet es una obra compleja musicalmente hablando y complicada a nivel escenográfico. Es simple y llanamente uno de los musicales más importantes del siglo XX. “Es un musical muy complicado en su ejecución. Requiere cantantes con mucho oficio. La bravura musical que generó el autor y que claramente refleja el estado mental de los personajes, no es fácil de cantar. Por lo tanto, el entrenamiento vocal tomó mucho más tiempo de lo habitual para nuestras producciones. Sostener ese tiempo de ensayos no fue fácil; como producción llevamos casi un año en este proceso desde la primera audición donde se eligió a la mayoría de las personas del elenco”, dice la productora Claudia Gaensel.

En el elenco, amén de la pareja de protagonistas (Fransezze y Sotelo), están Pablo Valdivia, Sofía Ayala, Michelle Csapek, Daniel Ardiles, Mariana Torrico, Bismarck Barrientos, Erwin Erazo, Pablo Estrada, Daniela Arteaga, Vanessa Alcázar, Adrián Flores, Wilmar Velásquez, Alejandra Ríos, Luis Enrique Elías, Lisset Arandia y Mariel De La Riva.

Por tratarse de una obra de época, el vestuario y la escenografía juegan un rol esencial. Los trajes y los vestidos corren a cuenta de la producción de Claudia Gaensel y la productora Macondo. En un principio el vestuario no ayudaba para transmitir esa sensación de época victoriana, de lujo y miseria a partes iguales. Por eso mandó a hacer todo de nuevo.

De izquierda a derecha: Bismarck Barrientos, Daniela Arteaga, Mariana Torrico y Daniel Ardiles.
Abajo: Michelle Csapek, Pablo Valdivia y Sofía Ayala. De izquierda a derecha: Bismarck Barrientos, Daniela Arteaga, Mariana Torrico y Daniel Ardiles.

“Este Sweeney Todd tiene un universo propio, es más ecléctico; no es una propuesta moderna, por eso elegimos el vestuario que nos gustó para cada personaje más que hacer un diseño estricto de la época, vamos a ver cómo queda. No me gustó porque si bien quería trabajar en una propuesta muy monocromática, el momento que la vi en escenario, que es el lugar donde realmente apruebas el vestuario, me faltó color y contrastes”, explica Gaensel.

“La escenografía es una protagonista más de la historia y como tiene efectos en su ejecución, requiere de cuatro personas dentro de escena que estén a cargo durante toda la obra. Logramos que sea efectiva para ayudarnos a contar y esperamos que se luzca como la concebimos. Tenemos la suerte de tener un equipo de gente muy talentosa que nos ayudó a armarla. El vestuario aún no lo terminamos, es la primera vez que me pasa de armar algo que tenía claro y cuando lo vi en escenario hace dos días no me gustó, así que estamos corriendo con los cambios”, dice Gaensel, que cuenta con la colaboración en vestuario de Belén Iñíguez.

“Se te olvidó lo del hombre infiel”. Reclama Fransezze, de vuelta al ensayo. Pamela Sotelo, fuera ya de personaje, acota con gracia: “es que el hombre infiel no existe, por eso se me olvida esa parte”. A pesar de los asesinatos y la oscuridad de la obra, el humor está presente en la obra, quizás para hacer más llevadera la trama. El humor está a cargo de la señora Lovett, por supuesto. Su rol ha sido interpretado en el teatro por Emma Thompson y en el cine (en la reconocida película de Tim Burton) por Helena Bonham Carter (Johnny Depp era el barbero). “De un gato salen cinco pasteles, cinco pies, nada más”. El barbero y la cocinera bailan pegados.

Mientras los músicos se concentran en el pentagrama, tienen que estar atentos. “Lo más difícil es mantener esa concentración, esa tensión a lo largo de dos horas y cuarenta y cinco minutos”, dice Andrés Muñoz. Francesse respira hondo cuando termina el ensayo general con vestuario y escenografía ya listos. Ese desdoblamiento es agotador. “Estoy un poco loco, ¿no ve?”. Y sí. Hay que estar un poco loco para montar un musical tan complejo en la inauguración de un teatro con foso orquestal, el primero desde 1845. Los músicos, algunos muy jóvenes, se abren camino entre las sillas y salen a buscar aire el boulevard. El ensayo ha terminado. La navaja de Sweeney Todd se afila de nuevo.

Post-scriptum: si se han preguntado cómo acabó en la vida real el famoso barbero Todd, la respuesta es que fue proceso por sus crímenes y ahorcado en 1802 frente a la muchedumbre. Aunque algunos aseguran que el barbero nunca existió. Otros juran haberlo visto afilando la navaja por el boulevard.

(Para informes y reservas para las funciones del sábado 2 y domingo 3 de marzo; 9 y 10; y 17 y 17 de marzo: comunicarse con el celular 625 17 819. El costo de las entradas es: platea en mesa, Bs150; mezzanine, Bs120; y palcos, Bs 100.

Texto: Ricardo Bajo H.

Fotos: Miguel Melgarejo y Ricardo Bajo Herreras

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Mirar para otro lado

‘Zona de interés’ aparenta tocar un tema del pasado pero nos habla del presente

Ricardo Bajo

/ 21 de febrero de 2024 / 07:15

Una compañera cuenta en las redes sociales que un chico se acercó a hablarle en Carnavales y se autodenominó como “facho”. También le dijo que dios la amaba y que él la respetaba. La compañera recuerda, retuiteando otro mensaje, que hubo una época en la que ser un “facho hijo de re mil putas” era una vergüenza. (Nota mental uno: y lo sigue siendo).

En esa anécdota estaba pensando después de ver Zona de interés, la película del director inglés Jonathan Glazer, adaptación libre de la novela del recientemente fallecido Martin Amis, también inglés. The zone of interest narra la apacible vida de la familia del comandante de Auschwitz, Rudolf Hoss, en su linda casa con jardín y piscina pegada al campo de concentración nazi.

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¿Cómo te conviertes en un fascista? ¿En un nazi? ¿Por qué miramos para otro lado? ¿Por salud mental? ¿Por mantener nuestros privilegios? ¿Por creernos mejores? ¿Los verdugos/asesinos nazis son monstruos (como han sido dibujados en cientos de películas) o son personas “normales”, como tú y como yo?

Zona de interés es una película alta/profundamente política; también es un inquietante relato de terror/horror psicológico con fundidos en blanco, rojo y negro. Cuando sales de la oscuridad de la sala (está actualmente en cartelera), continúa en tu cabeza, como el buen cine. La peli es una obra (conceptual/experimental) de tesis, es una inmersión a través del sonido, la música y el permanente fuera de campo (no vemos casi los hornos crematorios ni el tristemente «Konzentrationslager» en territorio polaco).

Vamos a escuchar tan solo —en medio de la vida idílica de esa familia feliz— constantes disparos por acá, el ruido de los hornos por allá, una luz roja perturbadora por acullá. Ese omnipresente fuera de campo (todo lo que intuimos que pasa dentro de Auschwitz) exige un espectador activo/pensante, como el buen cine. Sonido e imagen transcurren por conductos separados. Como en El gran movimiento de Mauricio Miguel Quiroga Russo, el sonido es un personaje más.

La puesta en escena marcada por la frialdad y el distanciamiento de la cámara acrecentarán el desasosiego. No pasará nada a lo largo de casi dos horas de metraje. Aunque todos somos conscientes de que al otro lado del muro están siendo asesinados miles y miles de personas. Como hoy en Gaza.

Zona de interés es una película profunda/altamente molesta, juega a eso. El director quiere trasladar a la platea de la sala oscura esa sensación de ansiedad y desazón. Y lo logra. ¿No hacemos nosotros —tú y yo— lo mismo que esos verdugos nazis? ¿No consumimos a diario el horror de los bombardeos sionistas sobre hospitales y escuelas palestinas? ¿No estamos vacunados con dosis de insensibilidad? ¿Nos hemos endurecido y hemos perdido la capacidad de empatía?

La película, con cinco candidaturas al Óscar entre ellas mejor película y mejor dirección, nos habla de la banalidad del mal. Nos habla de este sistema capitalista que nos traga y devora, de esta deshumanización que nos consume a diario. Por cierto, ¿es banal retratar así la banalidad del mal?

Zona de interés (término que usaban los nazis para los campos de concentración y sus alrededores) aparenta tocar un tema del pasado pero nos habla del presente. Nos confronta y nos pone contra la pared. Intenta sacarnos de nuestras zonas de confort. Y lo logra. Nos habla de memoria y de complicidad.

¿Olvidamos los genocidios de ayer para soportar los genocidios de hoy? ¿Estamos anestesiados por las grandes cifras? ¿Cómo somos capaces de ver en nuestras redes sociales cadáveres de niños palestinos colgados sobre la pared después de un bombardeo israelí y luego pasar a videos de gatos y perros? ¿Las víctimas de los campos de concentración no eran personas como nosotros? ¿Los palestinos no son seres humanos?

Todos somos esa mujer que carga la wawa y se concentra en su huerto con verduras, romero y hermosas flores (rosas, amapolas, azaleas, ojos de poeta) mientras asoma un humo asesino por el horizonte. (Nota mental dos: la actriz alemana que interpreta a la anestesiada esposa del jefe nazi de Auschwitz es Sandra Huller, la misma protagonista de esa otra obra maestra —aún en cartelera— llamada Anatomía de una caída).

Todos somos ese hombre (interpretado por el actor alemán Christian Friedel) obsesionado por las cámaras de gas y su eficacia/productividad, catecismo del capitalismo; ese hombre que lee cuentos a sus hijos por la noche; ese hombre que adora a su caballo y ama a los perros (como Hitler). El verdugo eres tú, el verdugo soy yo. Y los fachos perdonavidas que nos hablan en Carnavales y vienen a decirnos con autosuficiencia que dios nos ama. Aunque él (también) mire para otro lado.

(*) Ricardo Bajo es un pinche periodista

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Marcos Loayza: ‘Cuestión de fe’ ha envejecido bien

Se cumplen 30 años del rodaje de la primera película del realizador, un fenómeno social y cinematográfico

30 años del rodaje de ‘Cuestión de fe’

Por Ricardo Bajo H.

/ 18 de febrero de 2024 / 07:03

Este 2024 se cumplen los 30 años del rodaje de Cuestión de fe, la película debut del cineasta Marcos Loayza Montoya. Aquella camioneta (La Ramona), aquel tugurio (La Corajuda) y aquel trío de personajes carismáticos se constituyeron hace tres décadas en un auténtico fenómeno social y cinematográfico. El director paceño planea actos de conmemoración donde se proyectará su “opera prima” como nunca la escuchamos, pues está recién terminada una copia restaurada con sonido 5.1. “Por aquel entonces, los cines tenían muy mal sonido y estaban pensados para que los diálogos se lean y no se escuchen”. En esta nueva versión (re)aparecerán detalles que se habían perdido. “Será una sensación muy especial verla de nuevo pero nueva; han pasado los años pero por suerte han pasado bien”. Esta copia de Cuestión de fe se mostró el año pasado en Casa de América en Madrid; “la respuesta del público sigue siendo la misma desde siempre”. Esta es una charla nostálgica de cine con su hacer, don Marcos Loayza.

–A pesar de ser una “opera prima”, ¿crees que te agarró la película hace 30 años en un momento de madurez?

– Sí, dentro de lo que cabe, porque éramos muy changos, creo que sí, porque venía de hacer todo tipo de trabajo audiovisual, guiones, cámara, ediciones, talleres y también comerciales, documentales, reportajes, divertimentos, video arte, una serie de tv Historias de motel y hasta una telenovela Radio Pasión que llegó a los 75 capítulos, y que como la cancelaron de un día para el otro, decidimos sacarnos las ganas e hicimos escenas homenajes a Fellini, Piazzolla, a Don Jaime, a Marlon Brando y también hicimos cosas muy ocurrentes, que el público las festejaba. Por otro lado, por suerte los otros se perdieron, era como mi cuarto guion que había escrito.

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— ¿Por qué elegiste el género de comedia —con ingredientes de ironía, suspenso y desencanto— para tu debut?

— Creo, hasta ahora, que la comedia permite hablar de muchos temas que de otra manera no se podrían, mucho más en nuestra sociedad, que es —hasta ahora— tan poco tolerante a la crítica y tan proclive a la susceptibilidad. Sentía que nuestro cine estaba contaminado de mucha solemnidad y pretensión. Creo que una de nuestras caras menos lúcidas es la de la solemnidad, la del afán de denuncia, de concientizar, del subrayado, del lamento boliviano; imagínate, todavía campeaban intocables las viudas de Jaime Saenz, de Foucault, de Tarkovsky y de los adoradores de la noche.

Era ponerse en otro lugar respecto al público, ponerse a su altura y no subirse al púlpito para pontificar el agua tibia. El cine es algo tan serio que no se lo puede tomar tan en serio, porque vas a caer en dogmatismos. Además, pensaba que al cine boliviano le hacían falta personajes más íntegros, menos estereotipados, menos sociológicos, y más cercanos a todos nosotros; había la intención de hacer un homenaje a la cultura popular como manera de afirmar nuestra identidad y también claro estaban los fantasmas de la comedia social italiana a la cabeza de Mario Monicellli, el de don Luis Buñuel y el don Rafael Azcona.

— Si algo quedó en la retina/memoria de todos/todas es La Ramona (incluso dio nombre a un suplemento cultural en Cochabamba), ¿de dónde la sacaste? ¿dónde acabó esa camioneta legendaria?

El “Conejo” Beltrán —uno de los actores protagónicos— llegó a decir que esos tres Quijotes/caminantes sin aquel “caballo” no eran nada.

— Era un personaje más de la película, como el vientre materno que los contenía y donde se forjaba la amistad y la tolerancia, un personaje como la virgen. Para ello se hizo un casting, elegimos al final esa Chevrolet del año 1959 y desechamos una Ford más antigua. En el guion estaba que, como personaje, sufría cambios, internos como externos; así la trabajamos, cuando la pintan el guion decía que tenía que ser con reminiscencias a la cultura de pintura de los colectivos de la Línea 2, que todavía circulan en la ciudad, mezclada con la estética del Gran Poder, pero gracias a José Bozo le aumentamos unos toques de arte sacro, con toques de caporal (en ese entonces se discutía si en Bolivia teníamos “barroco andino” o “barroco mestizo”, imagínate). Al final usamos una camioneta abandonada de un compañero de colegio y con una fuerte inversión la hicimos andar. En un inicio nadie la quería pero después del éxito se convirtió en un trofeo y se la disputaban; hasta donde sé, terminó sus días cumpliendo su trabajo como volqueta arenera en la ciudad de El Alto.

Archivo Marcos Loayza Montoya

— Otro mito a estas alturas es la cantina La Corajuda, con una joven Marta Monzón al frente, ¿cómo fue el trabajo de diseño de arte para armar el boliche?

— En nuestra sociedad ha habido y hay muchos bares míticos, desde las bodegas hasta los “Cementerios de elefantes”; eran locación recurrente en el cine nacional. Cierran los viejos y abren los nuevos como el Río de Janeiro, donde se jugaba cacho, El Averno, el Socavón, el Bocaisapo, La Oficina, el Mangareva y La Caverna.  Había un par de Corajudas en Bolivia. Hay un montón de historias de la verdadera Corajuda que encara Marta Monzón, algunos la confundieron con La Chola con pito. La real vivió en Tarija en un antro que se ubicaba en una de las primeras curvas de ida a Padcaya.

El guion decía que “era un bar como un cuadro barroco mestizo, que tenía que contrastar con las imágenes de los santos de la secuencia anterior de los créditos”. El trabajo de arte se enriqueció con el aporte de cada uno del equipo, que estaba a la cabeza del “Pepe” Bozo junto jóvenes egresados de la carrera de Arte: Víctor Mamani, Jorge Altamirano y Jaime Guzmán, que después aportaron mucho más en el cine y el teatro boliviano.

Bozo le dio ese aire de altar de iglesia barroca y Jaime puso el carácter de fiesta con diablada. Estuvieron presentes en La Corajuda, entre otros: Luigi Antezana, Gory Patiño, Claudia Andrade, César Ajpi y Oscar García Guzmán. Por las dificultades de iluminación se recreó toda La Corajuda en el estudio de la productora FOCUS, que estaba en la plaza Abaroa, de Luis Prudencio Tardío, que era el productor ejecutivo y quien junto a mi hermano “Rulo” nos pusieron más de una vez los pies en la tierra para que la película se termine.

– El trío de protagonistas (Domingo, Pepe Lucho y Joaquín) te exigió una gran labor de dirección de actores. ¿Cómo fue trabajar con esos tres monstruos de la actuación (Jorge Ortiz, Raúl “Conejo” Beltrán y Elías Serrano)?

– Fue un arduo trabajo, además de lento. Sirvió mucho la entrega total de todos los actores, cada uno venía de una escuela diferente de actuación. Yo había trabajado con Elías en una película de Hugo Ara con otro registro y con Jorge en Radio Pasión. Cuando viajábamos, ellos siempre iban juntos en el mismo lugar que ocupaban en La Ramona y en Coroico también dormían juntos en la misma ubicación. Con Pepelucho al medio.

En los ensayos —primero individuales y después colectivos— lo más importante eran los gestos. Trabajamos mucho en la actitud de cada uno, más que en marcar las escenas. Se trataba de sacar de cada uno algo que no tenían en la superficie. En el “Conejo”, la manera de caminar; en Jorge, la manera de pararse; y en Elías, la manera de mirar. Además se diseñó cómo con la puesta en escena, la cámara ayudaría a marcar el carácter de los personajes. Domingo siempre de frente, Pepelucho al medio y el Joaquín Ballesteros siempre apareciendo sin aviso.

— Repasas la lista de secundarios y es una auténtica selección boliviana de la actuación. Con Norma Merlo como doña Celeste, con David Santalla como el curita, con el Toto Aparicio. Y no digamos los aspectos técnicos y de producción: Jean Claude Eiffel en su debut también, Óscar García y el “Mosca” Claros en la música junto a Juan Carlos “Loro” Orihuela y “Rodo” Ortiz, el laburo del maestro César Pérez… ¿Cómo lograste (con)juntar a todo ese gran equipo y qué recuerdos te vienen a la memoria?

— Eran días más precarios que los de ahora y con Jean Claude empezamos a reclutar a cada uno con la consigna de que el cine era una cuestión de fe. Así muchos otros amigos quedaron fuera porque no tuvieron lo que nosotros considerábamos la fe necesaria en nuestro proyecto y algunos fueron promovidos por su fidelidad.

Además era un asunto interdisciplinario, de alguna manera todos éramos parte de la misma movida cultural. Óscar además de música escribía poemas (Golpes de Tambor y Morena Rena) lo mismo que Jean Claude (Palabra Final y Territorios); Jorge Ortiz (El agua cóncava del ciego, Autorretrato acodado) y Elías Serrano (Caminos de niebla, Reversos, Cuerpos encendidos). El “Mosca” Claros además era productor musical de Coda 3 y de Jenny Cárdenas.

Recuerdo que el “Loro” Orihuela tenía una lucha interna de que su canción Estatuto vital se hiciera un tratamiento tan ocurrente y propuso una nueva letra que titulaba El tiro por la culata. Es la que se usó para el “trailer”, traté de compensar tal desatino con la versión de la misma canción versionada por Ismael Serrano en El corazón de Jesús.

Con el “Mosca” recuerdo con mucho cariño las llamadas telefónicas que recibíamos y hacíamos en la madrugada mientras mezclábamos con el doctor Ordóñez. En la noche que grabamos la canción final con Susana Baca, ella se pidió un “quita vergüenzas” (un “whisky”) y después de oírla cantar, todos terminamos llorando de la emoción.

Archivo Marcos Loayza Montoya

Para la realización del guion técnico, viajé a Cochabamba a la casa de César. Estuvimos una semana dedicados solo a eso. Él me ayudó a incluir algunas transiciones que ayudaron a que la película fluya. Recuerdo que cuando viajamos a Cuba para cerrar trato con el editor Nelson Rodríguez acaba de celebrar la ceremonia para hacerse santo en la santería y estaba en una profunda crisis. Cuando le ofrecimos el trabajo, no mostró ningún interés hasta que oyó el nombre Cuestión de fe y asumió que ese trabajo era para él y así lo confirmó su madrina. Él estuvo viviendo en La Paz por meses en la casa de mi madre con quien entablaron una profunda amistad llena de complicidades. Con Óscar debatimos y profundizamos grandes teoremas del uso de música en la banda sonora y discutíamos sobre nuestras diferencias musicales y cinematográficas.

—La película es un canto a la amistad, a la convivencia/tolerancia a pesar de las diferencias, a los principios, ¿la pensaste así desde un inicio?

— Al comienzo era más una reflexión sobre la fe y su variedad, pero al final quedó ese canto.

— El maestro Pedro Susz dijo en su momento que era la Chuquiago de los 90, que era un fenómeno social estético trascendente, que marcó un antes y después en el cine boliviano. ¿Crees que ha envejecido bien?

— En la primera convocatoria del Fondo de Fomento de la Ley del Cine de entonces, se presentaron once proyectos y Cuestión de fe, en la puntuación, estuvo en el puesto nueve. Había una manera distinta de entender el cine. Después nosotros tuvimos que presentarnos con el material rodado para mostrar que era un trabajo que valía la pena apoyar. Creo que sí envejeció bien.

Tiene algunas cosas que seguro ahora las cancelarían y me sonrojan. Esas películas y obras de esa época eran nuestra manera de sanar las cicatrices de la dictadura y festejar las libertades de la democracia. Nuestra cultura necesitaba nuevas maneras de reflejarnos y ahí estaban nuestros trabajos.

Creo que hubo en el siglo pasado tres momentos estelares en el desarrollo de la cultura: el primero, producto de la Guerra del Chaco y la Revolución Nacional, donde destacan el “Chueco” Céspedes, Oscar Cerruto, Miguel Alandia Pantoja y Gil Imaná; el segundo, la década del 60, cuando se juntaron todas las rebeldías y donde se destacan Jaime Saenz, Marcelo Quiroga Santa Cruz, René Zabaleta, Jorge Sanjinés y Raúl Lara; y el tercero, el nuestro, los años noventa, con la primera generación de la democracia y el desencanto.

— El rodaje fue en agosto del 94 en los Yungas, ¿cómo los recibió Coroico y todo el trópico paceño?

— Como sucede acá tuvimos que reunirnos con gente y organizaciones para tener las autorizaciones, en especial con el alcalde, que como todo político tenía su horizonte puesto en las próximas elecciones municipales. La película se estrenó al aire libre en la plaza de Coroico y fue un acto inolvidable con la plaza llena de gente hasta en la copa de los árboles, llegaron incluso de los poblados cercanos. Fue una prueba de fuego, la gente se reía de sus vecinos y de sus casas, además de lo que proponía la cinta y después hubo un concierto de desagravio donde teníamos que cantar la canción Coroiqueñita de manera correcta y “Uchumachi” y no “Uchumani”, como se grabó en la película.

— El crítico argentino Diego Lerer en Clarín de Buenos Aires dijo que Cuestión de fe era “humilde, fresca e inteligente”. ¿De dónde vino esa frescura?

— Antes del rodaje le di el guion a muchos amigos para hacer las últimas correcciones, todas valiosas y algunas demoledoras, me sirvieron para fortalecer más mis puntos de vista. Me acuerdo de que cuando lo leyó Pedro Susz, me dijo que la fuerza estaba en mantener la frescura que respira el libreto, fue una campanada y se convirtió en una consigna que seguimos a rajatabla en todo el rodaje.

En 1995 fue estrenada la cinta protagonizada por Jorge Ortiz, Elías Serrano y Raúl Beltrán.

— Se estrenó un año después (en 1995) como parte del “boom” y recién aprobada la Ley del Cine, a 30 años vista, ¿cómo ves nuestra cinematografía?

— La anterior Ley del Cine se aprueba en 1992; tres años después se estrenan cinco películas, que marcan un cambio total del cine en nuestro país (todas en el Tesla, por cierto) y marcan el año récord de asistencia en el cine nacional. Calculo que más de medio millón de espectadores en total la vieron. En cambio, la nueva ley se aprueba en 2018; hubo un nuevo “boom” con hermosas películas nacidas del PIU (Programa de Intervenciones Urbanas), y ni eso se aprovechó. Han pasado más de cinco años y no hay ni siquiera reglamento; y tengo la sospecha de que a muchos, más de lo que uno podría imaginar, les interesa de que no se implemente nunca la ley, para que las cosas se mantengan así, inmutables; para conservar para su beneficio el “status quo”.

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Además creo que es una manera de ver y entender la cultura. Recuerdo que para financiar Cuestión de fe visitamos muchas entidades, del Estado, de la empresa privada y de las organizaciones no gubernamentales, y en general todos nos decían que en Bolivia la prioridad del país era el desarrollo y no la cultura. Con los años vemos que “nuestro desarrollo” sigue más o menos igual, y nuestra cultura más precaria y depreciada y en ese afán de desarrollo constatamos cómo una generación de artistas se ha dejado el pellejo en trabajar en organismos dedicados al desarrollo en vez de ampliar su obra; entre esos colegas están Néstor “Japo” Agramont, “Chichizo” López, “Jechu” Durán, Pancho Cajías, Jaime Taborga…

Desafortunadamente a la fecha, la gente sigue pensando así respecto a la cultura y el arte, solo sirve si es funcional al desarrollo, a la política o la empresa. El resultado lo vemos en todo, en los presupuestos del Estado, en los medios de comunicación, en la oferta y la demanda y también se ve en una degradación de nuestra producción cultural.

— ¿La cantidad de premios que logró, especialmente de “opera prima”, llegó a abrumarte? ¿Lo esperaban?

— No esperábamos nada, solo deseábamos hacer una buena película, lo más digna posible. Estar a la altura de los otros cineastas del continente. Que se reconozca la mirada sobre la realidad y del cine que teníamos que estaba a contracorriente.

Cuestión de fe trata el mundo de los artesanos, de la paceñidad, del narco incipiente, pero especialmente de la religiosidad popular, sin embargo no es una “peli” sobre religión, sino sobre la fe. Y sobre la suerte.

— Una de las fortalezas que tiene es que cada personaje, más allá de lo que es, representa una manera muy diferente de encarar la fe, el azar y de entender de cómo suceden las cosas. Por ejemplo, uno de los diálogos más absurdos de la cinta es éste de Pepelucho: “compadre, si las cosas han pasado, han pasado; es que tienen que pasar”.

— ¿Crees que tu película marcó un hito a la hora de demostrar —una vez más— que se puede ser universal partiendo desde una historia tan local?

— Creo que sí, porque en esos años se discutía mucho acerca de nuestra identidad y de nuestra dependencia con Occidente y de cómo se puede ser universales. Si lo universal es lo judeo cristiano o va más allá. Recuerdo que algunas críticas locales decían que era una película demasiado localista y que como en el teatro popular no pasaría las fronteras de la ciudad de La Paz; que ya no eran tiempos de costumbrismos y que afuera de Bolivia no la entenderían porque tenía demasiadas referencias a nuestra idiosincrasia.

Por suerte después —para contrastar— una de las críticas en el festival de Rotterdam festejó que la cinta tenía mucho del particular humor holandés, y lo propio escribió un inglés calificando la cinta como influenciada por la comedia inglesa; y otra decía que se inscribía en la vieja tradición de las “road movies” del cine independiente de los Estados Unidos.

Texto: Ricardo Bajo H.

Fotos: Archivo Marcos Loayza Montoya

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Una calle y un olvido

Hoy solo tenemos tu calle, capitán, la calle que enfilamos todos para entrar al templo de los milagros

Ricardo Bajo

/ 7 de febrero de 2024 / 07:49

Los hinchas bolivaristas que entran al estadio Hernando Siles por la curva norte lo hacen por la calle capitán Hugo Estrada. Los hinchas de la selección que alientan a la Verde desde la recta de general también acceden al gigante de Miraflores por la misma calle. Incluso la hinchada stronguista tiene que enfilar esa calle para pintar de oro y negro la gloriosa curva sur. Pero pocos saben quién fue don Víctor Hugo Estrada Cárdenas. Antes de su desgraciada muerte (en 1940) esa calle se llamaba simplemente Avenida de Circunvalación. Así se conoció durante 10 años desde que se inaugurara en enero de 1930 el “Gran Stadium Presidente Siles”.

Hoy el nombre del capitán Hugo Estrada ha sido olvidado. Pero, ¿quién fue Estrada? Fue muchas cosas: fue jugador del club The Strongest (eje defensivo y capitán a finales de la década del 20), atleta de velocidad, as gualdinegro de la denominada “Guardia Vieja”, socio del club, dirigente y militar (héroe de la guerra del Chaco en Campo Vía) y prisionero en Asunción tras la batalla de Gondra. Todo eso fue Estrada, bolivianos.

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Víctor Hugo Estrada Cárdenas nació en La Paz el 5 de marzo de 1903 aunque algunos —erróneamente— dicen que lo hizo un año antes en abril de 1902. Ingresó en las filas gualdinegras a la temprana edad de 11 años y pasó por todas las categorías (desde la cuarta división a primera) hasta ser durante varias temporadas capitán del primer equipo. Mientras estudiaba, pasó a filas de Universitario (el primer rival clásico del club The Strongest) para regresar después a la institución del oro y el negro. Hugo llevaba el fútbol en las venas pues su padre, Manuel Estrada, militó en Bolivian Rangers a principios del siglo pasado.

En 1918 ingresó al Colegio Militar del cual egresó con el título de subteniente. Fue herido siete veces en el Chaco Boreal y permaneció cautivo en Asunción tras ser capturado en Gondra junto a 16 de sus soldados de una división de 200. Tras varios años preso en Paraguay, fugó y regresó a la patria.

En abril de 1940, el pueblo boliviano en general y la hinchada stronguista en particular recibió la peor noticia de aquel año. Moría en Puerto Siles-Beni (donde estaba destinado), víctima de una “enfermedad del trópico” el mayor Víctor Hugo Estrada. Diecinueve meses después la Alcaldía de La Paz colocará un nuevo rótulo a la vieja circunvalación: “avenida Teniente Coronel Estrada”. 

En su entierro, el periodista y escritor Augusto Céspedes, el famoso Chueco que cuatro años antes había escrito Sangre de mestizos, pronuncia un vibrante y hermoso discurso en honor al stronguista Estrada al que llama “hermano” y “soldado impecable y ejemplar”. Céspedes habla como cronista de la Guerra del Chaco y vocero de los oficiales de reserva ascendidos tras la contienda. “Hugo Estrada se suma al alma nacional de nuestro tiempo como arquetipo de una generación señalada por el destino para iniciar con su sangre y con su espíritu la segunda emancipación de la República. Eso es Estrada, ahora, bolivianos. Es un corazón en marcha por delante de nosotros, es nuestra generación misma, herida, dramática y fatal, que arranca del propio drama el signo de su misión que es sacrificar gloria y dicha de la juventud por la nacionalidad del futuro; es, en fin, la expresión vibrante que nos demuestra que cuando hubimos hombres como Hugo Estrada se puede creer en la grandeza de la raza boliviana”.

Céspedes termina así el discurso en un abarrotado Cementerio General: “Hoy la tierra nativa le recupera, hoy le inscribimos ya entre los creadores espirituales de la raza que aparecieron en la Guerra del Chaco y que cumplido su sino fugaz, a semejanza de los cohotes, trazaron la ruta y desaparecieron en el relámpago de sus 37 años como Jordán, Manchego, Rocha, Andrade, Pabón y por último como German Busch Becerra. Gloria a ellos en las alturas y en la tierra”.

Aquel 1940 vio el estreno en el Teatro Municipal del mítico ballet de Amerindia de José María Velasco Maidana. Aquel año vio como un piloto argentino de apellido Fangio (y de nombre Juan Manuel) llegaba triunfador a la ciudad de La Paz en la etapa boliviana del Gran Premio Internacional del Norte (Buenos Aires-Lima y viceversa). Aquel 1940 fue el año del debut en el arco gualdinegro —procedente de Ferroviarios— de un chico orureño llamado Vicente y apellidado Arraya. Aquel año perdimos el clásico —por partida doble— con los celestes. Se volvió a votar después de más de un lustro y por voto “calificado” fue elegido el general paceño Enrique Peñaranda, entusiasta socio (y presidente honorario) del club Bolívar. Aquel 1940 Hugo Estrada soñó su propio olvido. Hoy solo tenemos tu calle, capitán, la calle que enfilamos todos para entrar al templo de los milagros.

(*) Ricardo Bajo es un pinche periodista

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¿Por qué Israel está perdiendo?

Las multitudinarias marchas en favor del pueblo palestino en todo el mundo marcan hoy la agenda

Ricardo Bajo

/ 24 de enero de 2024 / 07:00

Estas son las razones por las cuales Israel —a pesar de los 25.000 muertos/asesinados palestinos— está perdiendo (la guerra) en todos los frentes. (Nota mental uno: no es una guerra, es un genocidio).

Uno, frente diplomático: Israel va camino de convertirse —si no lo es ya— en un Estado paria. Va camino de ser la Sudáfrica del apartheid. Si no lo es ya. El sistemático asesinato de niños y mujeres —civiles indefensos— bajo las bombas de uno de los ejércitos más letales del mundo —con la ayuda militar y económica de Estados Unidos— convierte a Israel en un Estado abiertamente genocida/infanticida. El juicio histórico que se celebra estas semanas (ante el silencio cómplice de los grandes medios de comunicación) en la sede de la Corte Internacional de Justicia de la ONU (en La Haya) ha sentado por primera vez (ya era hora) a Tel Aviv en el banco de los acusados. Hay que recordar que esta demanda por genocidio incluye a EEUU como “colaborador necesario”.

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La respuesta del gobierno de Netanyahu ha sido —otra vez— el más absoluto de los desprecios hacia la comunidad y el derecho internacional. Israel es campeona mundial a la hora de ignorar las resoluciones de Naciones Unidas referentes a su ilegal política de ocupación de tierra árabe/palestina. (Nota mental dos: recordemos que el régimen racista de Sudáfrica cayó en 1991 solo cuando el clamor mundial fue totalmente ensordecedor). De todos y todas depende —otra vez— volver a gritar alto y fuerte para que el mundo termine con el primer caso de genocidio televisado en este siglo XXI.

Dos, frente de la opinión pública: Bolivia está, otra vez, en el lado correcto de la historia al ser uno de los pocos países que se ha sumado a la valiente demanda sudafricana junto a Colombia, Brasil, Cuba, Venezuela y otros. ¿Están esperando algunos a que dos millones de palestinos se mueran de hambre en el mayor campo de concentración a cielo abierto de la historia de la humanidad? Ya lo dijo el maestro Saramago, “es decepcionante ver como los actuales dirigentes sionistas no han aprendido nada del dolor de sus padres y abuelos, víctimas del Holocausto”.

Las multitudinarias marchas en favor del pueblo palestino en todo el mundo marcan hoy la agenda. La batalla de la opinión pública solo tiene un ganador. La solución de los dos Estados es un clamor universal. La ofensiva militar palestina tiene solo un objetivo, político: sentar a Israel a negociar.

Tres, frente geopolítico: cuando la resistencia palestina sorprendió al mundo (y a los “infalibles” servicios de seguridad de Israel) el pasado mes de octubre, el gobierno de Netanyahu estaba a punto de firmar un acuerdo histórico con la mayor potencia de Oriente Medio (amén de Irán), el régimen absolutista de Arabia Saudita, cuyos gobernantes —violadores de los derechos humanos también— han emprendido una poderosa campaña de imagen a través del deporte (sportwashing).

La “normalización” de relaciones del mundo árabe/musulmán con Israel (ya habían firmado acuerdos estos últimos años países como Baréin, Emiratos Árabes Unidos, Marruecos y Sudán) se ha caído como castillo de arena. La resistencia palestina planificó —comandada por Hamás y sus brigadas Ezzeldin al Qassam— los ataques de octubre al margen de la veterana dirigencia política del exterior, que se ha desplazado de Jordania a Siria y ahora reside en Doha (capital de Qatar) desde 2012.

La internacionalización del conflicto no se detiene. La séptima guerra árabe-israelí está a la vuelta de la esquina. El papel activo de la República Islámica de Irán, de Líbano y de los rebeldes hutíes de Yemen amenaza la superioridad bélica de Israel, única potencia nuclear de la zona. Si esto finalmente se desencadena, el carnicero Netanyahu repartirá culpas/vergüenza con su colega carnicero Biden.

Cuatro, frente de batalla: la resistencia palestina (con la OLP y Al Fatah más débiles que nunca) ha dejado de ser estrictamente defensiva. Ha demostrado que Israel no es invulnerable. Y ha conectado en la lucha a todos los palestinos. El mundo se había olvidado de ellos y de Gaza. Hasta que llegó una mañana de octubre e Israel tuvo que evacuar ciudades enteras. Los cientos y cientos de soldados sionistas abatidos durante la invasión militar a la franja (su número es silenciado por el ejército ocupante) hablan de una resistencia heroica. La retención del centenar de “rehenes” en manos de las diferentes organizaciones armadas palestinas es otra derrota militar de Tel Aviv. Israel está convencido que puede aniquilar a Hamás (y mandar al exilio/éxodo a todo el pueblo palestino), pero se equivoca. Tarde o temprano, ambos se verán las caras en la mesa de negociación. Gaza es eterna, Palestina también.

(*) Ricardo Bajo es un pinche periodista

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