Voces

Wednesday 28 Feb 2024 | Actualizado a 11:38 AM

Economía, la discusión que viene

/ 2 de diciembre de 2023 / 01:25

La incertidumbre sobre el futuro de la economía es una de las grandes novedades de la actual coyuntura. Eso no sucedía desde hace casi 20 años. Haber perdido el control de la agenda económica y sobre todo de su horizonte, será posiblemente visto como uno de los grandes traspiés del actual Gobierno sin importar si logra sostener la frágil estabilidad hasta 2025.

La proliferación de oleadas especulativas, sobre el dólar o la gasolina, o el surgimiento de predicadores que nos prometen el apocalipsis, sostenidos por el masoquismo destructivo de algunos medios, son el síntoma del debilitamiento estructural de las certidumbres sobre el manejo de la economía y principalmente de la confianza en que el futuro será mejor. Esas creencias acompañaron a los gobiernos del MAS casi desde sus inicios, hoy están en duda.

Reconstituir expectativas positivas sobre la economía es difícil, toma tiempo. Mientras tanto, sus impactos en la inversión, el consumo o la formación de precios seguirán siendo determinantes. La pérdida de la confianza a inicios de este año seguirá pesando y será cada día más toxica en la medida que el Gobierno no la asuma en toda su dimensión y haga algo radical para enfrentarla.

Así pues, la estabilización del equilibrio económico no pasa únicamente por renovar la caja de herramientas macroeconómicas y financieras a las que se está recurriendo, sino implica también una insoslayable tarea política y comunicacional. El Gobierno tiene el reto de dar un marco al debate económico, generando señales que refuercen su narrativa y reconstituyendo así la confianza y la ilusión de la gente. Eso se logra asumiendo responsabilidades y reconociendo las dificultades, no para rendirse ante ellas, sino para liderar y proponer como salir de ellas.

Tarea urgente para los próximos 18 meses que serán complicados por las dinámicas propias de la economía y por el endiablado tablero político en el que parece estar encerrado el oficialismo. Hasta ahora la narrativa “industrializadora” está funcionando débilmente, porque, más allá de su viabilidad técnica o financiera que es harina de otro costal, hace poco sentido en el corto plazo, ese del que todos andamos inquietos. Mientras, es la asediada estabilidad de precios la que está sosteniendo todo el escenario.

Me temo, sin embargo, que, aunque imprescindibles, una mejor gestión de las expectativas y una mayor capacidad de estabilizar los desequilibrios financieros en los próximos meses no lograrán meter a todos los demonios en la lámpara, pues hay cuestiones de fondo que ya no se pueden eludir. Las crisis suelen revelarnos los problemas y límites de nuestros modelos cognitivos sobre la realidad.

En primer lugar, hay urgencia de repensar una macroeconomía para una nueva etapa de crecimiento y de distribución. No basta desde las izquierdas reprochar la simplificación liberal, vestida ahora de transgresión y lenguaje desinhibido, que insiste en la receta conocida del ajuste para purgarnos de nuestras tentaciones populistas y la quimera de una libertad ficticia en medio de una desigualdad estructural.

Hay que reconocer los límites reales del manejo macroeconómico que se aplicó en los tiempos de la bonanza, entendiendo que el retorno a ciertos equilibrios fiscales y externos es una de las garantías para combinar crecimiento, estabilidad de precios y capacidad distributiva. Los tiempos, las modalidades y la economía política de ese proceso es lo que diferencia a las izquierdas de las derechas. Se trata, por ejemplo, de avanzar hacia un sistema tributario más progresivo, pero sin obviar un rediseño del gasto que lo haga social y económicamente más eficaz.

Parece igualmente inevitable volver a rediscutir la composición, modalidades y actores del crecimiento productivo y económico que sostendrán al país en los próximos dos decenios, en cuyo corazón está, por ejemplo, la espinosa cuestión del futuro de las economías extractivas que, hoy por hoy, nos aportan la mayor parte de divisas que necesitamos para funcionar y que emplean a un porcentaje significativo de la población.

Ahí no basta con espantarse frente a las precarias realidades productivas del país, las respuestas no son fáciles, los dilemas abundan y lo peor que podríamos hacer es entramparnos en mitos, simplificaciones y respuestas moralistas, que creen que con intentar aplicar a rajatabla un “deber ser” irrealista o ideológico resolvemos algo.

Armando Ortuño es investigador social

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Cuarto intermedio nacional

/ 24 de febrero de 2024 / 06:57

El torbellino político sigue haciendo lo suyo en Bolivia, vamos transitando de lo importante a lo grotesco sin que tengamos tiempo de dimensionarlo y reflexionarlo. La política parece descontrolada y empeñada en verse el ombligo, aunque a ratos aparecen destellos de lucidez que nos devuelven la esperanza. Así estamos, viviendo la crisis y casi sin dirigencias que nos digan a dónde vamos.

Dos eventos muestran las paradojas de este extraño tiempo. Casi al borde de la cornisa, el diálogo y el acuerdo entre el empresariado y el Gobierno oxigenaron una situación que se estaba complicando. Como que ambos actores se dieron cuenta que a nadie le conviene el colapso, salvo a los pirómanos que quieren ver arder todo para que se cumplan sus profecías. Su mayor efecto fue tranquilizar temporalmente a una ciudadanía desconfiada de la estabilidad económica del país.

Era urgente hacer algo, cualquier cosa, para recomponer expectativas y finalmente el Gobierno lo comprendió y fue capaz de dar un viraje político significativo. Más allá de saber que esos acuerdos no son una solución definitiva del problema, sino un primer paso en la buena dirección que requiere de más decisiones en los próximos meses, hubo alivio en moros y cristianos, entre los que me incluyo.  

Sin embargo, el genio de la entropía no nos deja descansar ni un día, a esas buenas señales le siguió la espantosa sesión en la Asamblea Legislativa Plurinacional: un crédito dizque aprobado después de más de 10 horas de zafarrancho y un cuarto intermedio hasta la siguiente semana. Si había que mostrar que el rey está kalancho, lo lograron: la ALP está bloqueada, al punto de ser inútil, en la ausencia ya ni siquiera de acuerdos mínimos para su funcionamiento, sino incluso de pautas de urbanidad. Solo esito es señal de ingobernabilidad e intranquiliza nuevamente a ciudadanos, choferes, inversores, tenedores de bonos y un largo etcétera.

Lo que las dirigencias políticas no parecen percatarse es que las cuestiones de gobernabilidad están interrelacionadas con el rumbo de la economía. Hay urgencia por dar señales de tranquilidad y de control en todos los frentes. La gente está cada día más cansada del jueguito de pasarse la pelota, hacerse al gil, acumular justificaciones o echarle la culpa a algún villano favorito, se espera soluciones de las autoridades o al menos la voluntad de ocuparse de lo que preocupa realmente a las mayorías.

En ese sentido, el Gobierno sigue emitiendo señales ambiguas, mueve una ficha inesperada y muy positiva con el acuerdo con el sector privado, pero sigue intranquilizando a los mercados informales de dólares cuando se sabe que se necesita con urgencia que esa vía también se normalice y sobre todo continúa empeñado en una querella política que tiene paralizada la Asamblea y que atiza una crispación e intranquilidad adicional al cohete.

Es difícil entender cuál es el objetivo gubernamental a la vista de la montaña de ocurrencias y declaraciones “random” de funcionarios de toda laya. Como decía una tuitera ocurrente, no parece que tenga mucha fortuna esa estrategia de hacerse “al facho con los progres y el progre con los fachos”, solo genera confusión, al punto que casi siempre alguien tiene luego que salir a aclarar lo dicho por algún afanado vocero. Al final, no quedas bien con nadie, todos te odian, no te perdonan ni una, te pegan y nos llevan a todos al bloqueo donde estamos lamentablemente estacionados.

Creo que ya es evidente, por ejemplo, que los problemas cambiarios se deben, por supuesto, a causas estructurales que hay que empezar a solucionar, pero también a especulaciones que tienen un ambiente excepcional para viralizarse en el denso clima de desaliento y desconfianza que se está generando desde la política y particularmente por la guerra interna del MAS.

No voy a ser tan ingenuo solicitando un gran acuerdo nacional que no tiene ninguna posibilidad de realizarse, pero al menos, por sobrevivencia, se esperaría algún intento de ordenar el barullo, particularmente de parte del Gobierno. Y eso pasa por reconstruir las condiciones mínimas para que la Asamblea pueda funcionar razonablemente. Usando términos sindicales, necesitamos un urgente “cuarto intermedio” nacional, para que los discordes vayan a tomarse un mate de tilo a sus cuarteles de invierno, sanen sus heridas, reflexionen sobre otras estrategias en las que no acaben suicidándose y le dan algo de alivio a este país estresado.

Armando Ortuño es investigador social.

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Sin tiempo para el duelo

/ 10 de febrero de 2024 / 04:19

El primer mes de este año fue un torbellino de conflictos y malos augurios en la política y la economía, ratificando que estamos en un tiempo de incertidumbre y ausencia de respuestas desde la dirigencia e incluso en la propia sociedad. Podríamos dedicarnos a evadir esa incómoda realidad, desear que vaya a peor, buscar culpables o lamentarnos, el cinismo, el furor y el temor son siempre malos consejeros.

Otra tentación es pensar que será suficiente que los dirigentes involucrados en este desorden tomen “consciencia” o tengan alguna iluminación divina o ideológica para que modifiquen sus comportamientos y arreglen el lío, no seamos ingenuos. Más bien, es necesario entender que detrás de todo esto, hay algunas tendencias de largo plazo que se debe enfrentar.

Desde al menos 2018, se intuía que estábamos frente a un necesario periodo de recomposiciones y adaptaciones. Obviamente, no pensábamos que iba a ser tan conflictivo. Los eventos de los años posteriores fueron los primeros temblores de los cambios tectónicos que venían por delante. La movilización contra los golpistas y la elección de 2020 se constituyeron en una oportunidad de aterrizar con suavidad para luego despegar.

En esos años le dije a un amigo que el triunfo de Arce era la última elección del viejo ciclo, que era una anomalía fruto de la desastrosa y criminal presidencia de Áñez. Había que abrir un nuevo tiempo, habilitar una adaptación menos peligrosa. Tarea nada fácil pero que no se hizo, aunque se debe reconocer que las crisis globales tampoco ayudaron.

Pero eso no justifica, solo contextualiza, los grandes desaciertos de la dirigencia política, principalmente oficialista, en los últimos dos años. Lo digo sin rencor, pero con la severidad de un elector y ciudadano desilusionado. Tendremos pues que vivir tiempos de crisis y salir fortalecidos de los mismos, no hay otra, sin llorar, como dice la morenada.

La dificultad es que no hay salidas rápidas ni simples, pues hay cambios de fondo en el mapa del poder, en las expectativas de los ciudadanos y en la economía que se deben tratar. Por ejemplo, el derrumbe de la gobernabilidad hegemónica es casi ya un dato ineludible. Hoy, el oficialismo ni siquiera es ya la fuerza preponderante en la Asamblea Legislativa, al punto que para intentar domarla está teniendo que recurrir a manipulaciones político-judiciales que solo degradan aún más sus posibilidades de construir estabilidad.

Al mismo tiempo, la poderosa alianza político-social que estuvo en la base de 15 años de gobierno transformador está inmersa en un proceso de descomposición de su forma original. Lo más visible es la crisis de su pilar corporativo, escindido entre la captura prebendal por el Gobierno y la fragmentación desilusionada de sus bases, pero no menos importante es la desafección de los electores populares individuales que no entienden el sentido de la pelea de la dirigencia masista y sobre todo que no ven sus intereses considerados por esas élites.

¿Eso quiere decir que el masismo está muriendo, para felicidad de algunos? No lo creo, quizás solo está mutando a otras formas de adhesión. Igual que vivimos 15 años con un bloque opositor sociológicamente sólido, pero sin representación partidaria, tal vez estamos ante la emergencia de un bloque masista, igual de fuerte en su adhesión a las ideas y legado del Estado Plurinacional, pero con similares desconfianzas con las dirigencias que dicen representarlas. ¿Fragmentación partidaria coexistiendo con bloques político-ideológicos sociológicamente fuertes?

De igual modo, las turbulencias en la economía no son solo resultado de los errores del Gobierno actual, sino de la emergencia de un nuevo mapa de poder económico, donde los sectores privados, formales e informales, tienen más fuerza, en el que el Estado empresario sigue siendo importante, pero con signos de agotamiento por el fin del ciclo del gas. Parte de la respuesta a la crisis actual está en repensar en una economía política para ese nuevo mundo.

Al escribir esta nota no dejaba de sentir cierto vértigo, debo confesarlo, pero se me fue pasando por la urgencia de trabajar, no hay tiempo para el duelo en estos días de Carnaval, hay mucho por hacer por nuestro gran país.

Armando Ortuño Yáñez es investigador social.

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Aguantando hasta 2025

/ 27 de enero de 2024 / 01:53

El nuevo año se inicia con la política atrapada en su versión más absurda. Mientras tanto, la economía sigue sumida en la incertidumbre. Más de uno me dirá “chocolate por la noticia”, pero la novedad es que el tiempo parece acabarse para una solución estructural del desequilibrio económico, habrá pues que aguantar con lo que tenemos a la mano hasta que las condiciones políticas se aclaren en las urnas.

Vengo insistiendo que la tarea histórica del gobierno de Arce era evitar la crisis económica que se perfilaba por la acumulación de desajustes internos y turbulencias externas que convergieron desde 2019. Para ello debía construir un puente financiero y macroeconómico, quizás temporal pero sólido, hacia un escenario más favorable para un reordenamiento macroeconómico y una renovación de los motores del crecimiento y del desarrollo social que se intuía que irían emergiendo entre 2025 y 2026.

Lo cierto es que el artefacto empezó a averiarse desde mediados de 2022, primero en su capacidad para tomar decisiones políticas, que es vital en el modelo boliviano, y luego por una seguidilla de tropiezos que erosionaron las expectativas económicas, presionaron aún más la capacidad fiscal, redujeron las reservas de divisas y desembocaron en la aparición de facto de un segundo mercado cambiario.

A esta altura del partido, es perezoso llorar por la leche derramada o buscar culpables, es más útil pensar en los retos para recomponer paulatinamente esas variables, porque está claro que es peligroso quedarse demasiado tiempo en semejante situación. Tampoco es sensato entrar en el festival de deseos perversos y predicciones apocalípticas que pululan en redes y medios. La lógica esa de desear que todo se vaya a la mierda para debilitar al Gobierno es francamente idiota.

La posibilidad de una gran recomposición que implica acciones difíciles pero necesarias requiere un apoyo popular, político y legislativo significativos, condiciones con las que ya no cuenta el actual Gobierno. Sustento que además debería estar acompañado por una hábil gestión política y comunicacional, aspecto que mejor ya ni comento porque me deprimo.

Más allá del voluntarismo, el problema es que el tiempo se está acabando para ello, a 18 meses del inicio de una elección que se intuye feroz, en la que el actual mandatario, al parecer, intentará su reelección y con el Gobierno entrampado en un conflicto político confuso con gente de su propia coalición y de todas las facciones opositoras, prácticamente no hay espacio ni incentivos para otro tipo de manejo que no sea un aguante financiero y una gestión al filo de la navaja.

Tampoco es el fin del mundo, el país vivió parecidas coyunturas, por ejemplo entre 2000 y 2006. Podemos ser buenos adaptándonos al bicicleteo. Pero hay riesgos. Por lo pronto, estamos vivos después de un 2023 dificilísimo, eso no es moco de pavo, y hay algunos elementos de resiliencia que la economía nos ha revelado en estos años que valdría la pena entender mejor para lo que viene. Creo además que el conocimiento íntimo de la maquina gubernamental de los muchachos del Presidente ayuda en la tarea de ir tapando huecos para sobrevivir.

Sin embargo, para resistir mejor hasta 2025, hay que hacer ciertas cosas. En primer lugar, no parece recomendable seguir intranquilizando al mercado informal de divisas, la mejor decisión fue dejarlo vivir, hacerse al loco, se lo necesita para que sus $us 10.000 millones (dato ministerial) se sigan moviendo sin demasiados costos transaccionales y evitando hasta donde se pueda que sus precios se alejen demasiado de las cotizaciones oficiales.

Para ello, habría que mandar a callar a algunos funcionarios de segunda que andan removiendo el avispero inútilmente para mostrar que pueden resolver a paraguazos algo para lo que se necesita cosas serias. Mientras, en el mercado formal habrá que seguir perfeccionando los mecanismos de racionamiento sin que frieguen demasiado a la actividad. La consigna sería calmar el juego, racionalizar la anormalidad, hasta que se encuentre un dispositivo claro y condiciones mínimas para resolver el lío.

En segundo lugar, parece igualmente inevitable algún dialogo con la Asamblea Legislativa que vaya más allá de las recriminaciones, una mejora de la ejecución de la inversión pública, mayor austeridad fiscal y ojalá alguna innovación en la diversificación de fuentes de financiamiento externo. Acciones que deberían ayudar a gestionar la restricción fiscal presionada por unas subvenciones que sostienen la estabilidad de precios, que parecen ya imposibles de reducir en periodo electoral. En suma, a la espera de una salvación quizás allá por el 2027-2028, de la cual hablaré en mi siguiente artículo, habrá que ocuparse de lo básico, del equilibrismo, compleja tarea. No basta hacerse al muertito.

Armando Ortuño es investigador social.

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Escenario kafkiano

/ 13 de enero de 2024 / 01:46

Hay que reconocer la tremebunda confusión que está produciendo en el país la secuencia de eventos político-judiciales del último mes. A punta de insólitas sentencias y “amparos” para todos los gustos, los conflictos políticos de toda laya se están judicializando hasta el absurdo, complicando aún más problemas que ya en sí mismos eran difíciles de resolver. La política en manos de los abogados está resultando tóxica, impredecible y sobre todo con tintes autoritarios, ratificando, al mismo tiempo, la debilidad de las dirigencias políticas.

La verdadera-falsa decisión judicial sobre la reelección es un ejemplo patético de esas lógicas, artefacto legal que es, en sí mismo, una interpretación de una interpretación y que está culminando a su vez en dos, tres o cuatro nuevas maneras de comprender la cuestión según el jurista, político o comentarista al que se le consulte. Algo parecido está sucediendo con las idas y venidas de moros y cristianos en torno al remplazo del Gobernador de Santa Cruz.

En ambos casos, hay decisiones judiciales, unas más ambiguas que otras, emitidas por autoridades jurisdiccionales casi sin legitimidad, lo cual provoca que cada uno entiende lo que desea entender, acate lo que quiere, mientras la mayoría, no involucrada en el tema directamente, anda entre confundida e indiferente ante el absurdo. Kafka en Bolivia.

Al final, los conflictos de fondo no se resuelven mientras los actores políticos suponen erróneamente que es suficiente con obtener una decisión judicial que “parezca” favorable para imponerse. Paradójicamente, al hacer eso revelan su debilidad, es decir su incapacidad para imponerse o convencer con otros argumentos e instrumentos que no sean la manipulación de las normas. Por esa razón, el saldo son situaciones aún más bloqueadas en las que la saña y el morir matando son los sentimientos que se imponen. Es decir, la cosa se vuelve, después de esos episodios, aún más incierta y posiblemente autodestructiva.

El que pensaba, por ejemplo, que solucionaba el problema de liderazgo del bloque masista sacando a Evo Morales del ruedo electoral con una sentencia constitucional ambigua y obtenida entre gallos y medianoche, estaba equivocado. Al contrario, la confrontación persiste, los grupos en pugna aparecen aún más decididos, las opciones de conciliación desaparecen, la gobernabilidad cotidiana se sigue complicando, el MAS-IPSP se acerca aún más a un escenario de eventual pérdida de su personería jurídica, sus electores navegan entre el pasmo y la incomprensión y en consecuencia la traducción electoral de la pelea fratricida se hace cada vez más incierta.

De igual modo, resulta extraño observar cómo los adherentes de uno y otro bando tienden a afirmar, con una contundencia que sorprende, que serán sus interpretaciones legales las que terminarán de imponerse sin percatarse que estamos, lamentablemente, en un contexto en el que la racionalidad legal es secundaria frente a las correlaciones de poder e influencia. Es decir, no es suficiente con tener “la razón” para ganar la partida y unos y otros tendrían que ir pensando en alternativas a sus pretensiones a no ser que sean unos ingenuos sin remedio.

Por si todo eso no fuera ya preocupante, lo alarmante es que estas lógicas perversas están debilitando a instituciones clave para el equilibrio y la gobernabilidad del país. Nos gusten o no, el Tribunal Constitucional, los tribunales supremos de justicia o el Órgano Electoral son cruciales porque nos deberían ayudar a resolver razonablemente pugnas políticas que en ciertos momentos están bloqueadas y que solo con el voto transparente de los ciudadanos o con las decisiones de un tribunal imparcial se pueden canalizar.

La legitimidad que esas instancias pierden al estar involucradas en maniobras extrañas suele ser muy costosa posteriormente para sus propios operadores y autoridades, y sobre todo les debilita como instrumentos para una gestión pacífica y democrática de la estabilidad del país. Estamos jugando con fuego, algo de eso ya lo vimos en 2019 y no parecemos aprender de ello. Esa es la gran preocupación de fondo más allá del espectáculo de una dirigencia política encerrada en sus intereses mezquinos. Se esperaría que las autoridades de todos los niveles sean conscientes de esos riesgos y de su gran responsabilidad que, tarde o temprano, la sociedad les reclamará.

Armando Ortuño es investigador social.

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El primer año del resto de nuestra vida

/ 30 de diciembre de 2023 / 07:01

Extraño año el que se nos va. Desordenado, incierto y de difícil lectura. La incertidumbre económica y política se instaló como el principal rasgo de la gobernabilidad del país. Uno siente que algo está muriendo, pero hay muy pocas certezas sobre lo que viene en el futuro. Al mismo tiempo, varias de las viejas estructuras siguen ahí, erosionadas y cuestionadas, pero aún organizando nuestra vida social y política.

Fue quizás el primer año de eso que algunos denominamos interregno, es decir, un tiempo político en el que la vieja gobernabilidad que sostuvo los 15 años de hegemonía masista está pereciendo, mientras los nuevos dispositivos de gobierno y de organización socioeconómica no terminan de emerger. Por si acaso, la recomposición puede durar muchos años y no necesariamente implica el ocaso del MAS ni menos aún de la economía y la sociedad que emergieron en los últimos dos decenios.

Las aparentes contradicciones en las más recientes mediciones de opinión pública se entienden mejor desde esa perspectiva. Por un lado, es ya muy evidente el derrumbe de las expectativas sobre el buen funcionamiento de la política y particularmente de la economía, y la consolidación de un clima social negativo y pesimista. Sentimientos presentes en todos los segmentos sociales y de simpatía partidaria.

Sin embargo, en medio de esa desazón, se mantiene un apoyo de alrededor del 40% de ciudadanos a la gestión gubernamental, resultado mediocre desde la perspectiva de la aprobación que anteriores gestiones masistas sostuvieron durante más de un decenio, en torno al 55%, pero que a la vista de los problemas económicos y el grave conflicto al interior del oficialismo que se exacerbó en este año, es remarcable. Lo interesante es que esa favorabilidad se sostiene gracias a personas que se adscriben tanto en el arcismo como el evismo y a un tercer grupo de insatisfechos con ambos liderazgos.

De igual modo, en los mundos opositores, el 40-45% de ciudadanos que rechazan al oficialismo sigue bastante estable, tanto en su sociología como en su concentración territorial. Pero, como ya se observaba desde hace mucho tiempo, este es un bloque notablemente insatisfecho con la oferta de liderazgos existente actualmente y con tendencia a la fragmentación.

Alguien diría, a partir de ambos datos: sin novedad en el frente. Pero, el temblor está en otro lado, como nunca había sucedido, la duda y la fragmentación están creciendo en ambos sectores, es decir, está emergiendo un inédito escenario de bloques políticos sociológicamente y emotivamente estables, es decir, de identidades masistas y opositoras más fuertes de lo que se supone, pero con una notable insatisfacción con la oferta electoral y las dirigencias que pretenden representarlos.

Paralelamente, esa insatisfacción creciente está debilitando las fronteras entre ambos segmentos, alimentando la volatilidad y la deslealtad de muchos con sus adhesiones políticas tradicionales. Por eso, en ciertos momentos, cuando la molestia con el desorden político o la falta de resultados económicos se amplifican, esos sentimientos no se traducen en un juego suma cero de fortalecimiento de uno de los bloques polares y debilitamiento del otro, sino en el crecimiento de los espacios de indefinición política, de rechazo a toda la clase política o simplemente de desconexión de las cuestiones públicas, sentimiento que en ciertos meses llegaron a agrupar a casi 4 de 10 ciudadanos según algunas encuestas.

Como se puede ver, hay pues una coexistencia entre las adhesiones al viejo mundo político polarizado con un malestar creciente con toda la oferta política y las dirigencias, lo cual explica la incertidumbre, pero también las inercias y la estabilidad de un sistema político que no está funcionando bien, en eso hay gran consenso, pero que es lo que hay, por el momento.

Desde una perspectiva más estructural, en este año se revelaron, de igual manera, los límites del modelo de crecimiento económico y la urgente necesidad de reinventarlo y adecuarlo no solo a una sociedad que cambió y está exigiendo otros necesidades e instrumentos, sino a un mundo cambiante y en una recomposición geopolítica y tecnológica de gran alcance.

Y si por si esto ya no fuera suficiente, cada día queda más claro que el trasfondo del problema de gobernabilidad que estamos enfrentando no tiene que ver únicamente con las ambiciones de alguna dirigencia o la inoperancia de la clase política, sino con una profunda recomposición del poder en el país, es decir, con la emergencia de nuevos actores, legales e ilegales, que influyen en el funcionamiento del país y que ya no podemos ignorar.

Por todas esas razones, la ecuación de la gobernabilidad futura del país está de nuevo en discusión, aún sabemos poco hacia dónde transitará, cómo se reorganizará y quien será el protagonista de ese proceso, pero ya estamos ahí, eso nos dejó este año.

Armando Ortuño Yáñez es investigador social.

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