Voces

Thursday 29 Feb 2024 | Actualizado a 12:11 PM

Una mesa de tres patas

/ 2 de diciembre de 2023 / 01:22

Es necesaria una mesa que no necesita cuatro patas. Solo tres. Una mesa triangular con la primera pata conformada por todes, todos y todas: la sociedad entera, con su fortaleza organizativa comunitaria y con su perfil individualista mal llamado libertario. La segunda pata es la del Estado, con el tamaño proporcional a las necesidades de la sociedad para proteger la soberanía y la autodeterminación, para no dejar de combatir el saqueo, el despojo, los asesinatos políticos, las violaciones a los derechos humanos en todas sus formas y para generar políticas públicas en un contexto en el que la “igualdad de oportunidades” es una falacia del emprendedurismo que niega la historia, que mira para otro lado cuando se debe hablar de masacres y genocidios, que se niega a aceptar que hay cunas de paja y hay cunas de oro. La tercera pata, la más compleja en la determinación de su tamaño exacto, es la del mercado ordenando los precios, las ventas, las compras, las facilidades y los controles para la marcha de la llamada iniciativa privada en todas sus expresiones, desde empresarios clásicos hasta cooperativistas mineros asociados a inversionistas chinos.

Hay que luchar por una mesa de tres patas en que sociedad, Estado y mercado funcionen a partir de vasos comunicantes y no más de compartimientos estancos. A partir de 2006, en Bolivia empezamos a saber que el Estado podía servir para desembargar al país del voraz capital transnacional, ese que no tiene patria, solo bancos, organismos crediticios y financieras del microcrédito que les hacen creer a los pobres que algún día podrán ser ricos. Esa es la histórica contribución de Evo Morales- Álvaro García Linera a la construcción de la identidad nacional del siglo XXI, rompiendo las barreras erigidas para perpetuar el complejo de inferioridad sobre la base de un juego manipulatorio y la inducción al autoconvencimiento de que los indios no pueden, pero que los hechos lo demuestran, seguirán constituyendo la cara y el alma de nuestra variopinta forma plurinacional, aunque el racismo se empeñe en lo contrario, sea a través de golpes de Estado (blandos y duros), referendos revocatorios, sabotajes a las políticas económicas, o torpedeos a los objetivos industrializadores del país.

El día en que nos quede absolutamente claro a todes, todas y todos que el Estado existe para generar condiciones de vida que propendan a la justicia social sustentada en la búsqueda de equidad, que el mercado es el lugar en que los negocios ayudan a crecer a un país, y no solo a unos cuantos herederos o talentosos-codiciosos hacedores de dinero y que la sociedad necesita por lo menos de tres comidas diarias para expresarse con lucidez, ese día habremos comenzado a construir una Bolivia en la que si bien podrán prevalecer las contradicciones a partir de los intereses de clase, estaremos en condiciones de cerrarle el paso a la tentación autoritaria del exterminio del otro a partir de la negación de su existencia, de su Sentido Común, de su derecho a existir con dignidad y con aspiraciones a una vida en que la felicidad deje de ser una frívola aspiración de telenovela.

Como nos enseña la química, la vida en sociedad está hecha de mezclas y combinaciones. Preguntemos a esos artistas con experiencia en fusionar sonidos de orígenes y procedencias diversas cómo se hace. Preguntemos a los DJ cómo se hace para mezclar la electrónica, el rock, el tango, la bossa nova, la murga, el huayño, los kantus de Charazani, la cueca, el jazz, el soul o la cumbia villera. Seguro que nos enseñarán muchísimo. Preguntemos a diseñadoras y diseñadores cómo se hace para generar las tendencias “etno chic”, cómo en una chaqueta puede converger el diseño clásico occidental con los textiles calchas, tarabuqueños, mayas o aztecas.

El neoliberalismo a ultranza que pretende tirar para la mierda al Estado, como un trasto inservible con destino a la cloaca de la memoria histórica, el nacionalismo represivo y persecutorio como el de Daniel Ortega en Nicaragua, que soslaya el incontenible avance del comercio internacional en que gana la comunista-capitalista salvaje China, los insensibles que miran a la sociedad como un mero objeto de estudio estadístico, todos esos están condenados a seguir ofreciéndonos polarizaciones sin sentido, violencias con olor a muerte como las desatadas por Trump, Bolsonaro o Netanyahu.

Sociedad. Estado. Mercado. Con esa mesa de tres patas es posible sostener la superficie planetaria cada vez más devastada por el calentamiento global, el cambio climático, la deforestación, las quemas que buscan regenerar los suelos para la nueva siembra, pero que al final terminan ensuciando el aire que respiramos.

Los fundamentalismos y las visiones dogmáticas y ortodoxas invocan a la desesperanza y la desolación. El Estado y el mercado, en lugar de seguir forcejeando, tendrían que empeñarse en buscar el Justo Medio que nos enseñaron los griegos para hacer de este Un mundo agradable, como canta desde 1992 esa rockera banda eterna llamada Serú Girán.

Julio Peñaloza Bretel es periodista

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El anverso del horror

/ 24 de febrero de 2024 / 07:01

Ha sucedido en distintas latitudes que varios creadores audiovisuales fueron advertidos a través de preguntas formuladas por la crítica especializada, acerca de ciertas consecuencias perceptivas que no habían considerado a la hora de escribir con la cámara. Me visita la sensación de que el director británico Jonathan Glazer todavía no sabe del tamaño de la incidencia de su película, la más lúcida y esclarecedora acerca del Holocausto (La zona de interés, 2023) que hayamos podido visionar por lo menos en medio siglo y que ya se ha llevado los premios mayores en el Reino Unido (Bafta) y en Francia (Cannes).

Alguna vez, algún cineasta consagrado comentó que algo que un crítico le estaba preguntando y que había advertido en alguna de sus grandes obras, no lo había considerado, pero ya que lo mencionaba, efectivamente se podía leer de la manera en que el entrevistador se lo señalaba. Algo parecido tiene que suceder con Glazer en tanto su película multipremiada, inspirada en la novela del recientemente fallecido escritor, también inglés, Martin Amis (“su escritura es un triunfo de la inteligencia”, dice el periodista Eduardo Lago), es una portentosa explicación acerca de la estructura mental del poderoso que ha alcanzado el macabro privilegio de decidir quién vive y quién debe morir, quién sobrevive y quién debe ser incinerado, a quién se somete —por más judía que sea la joven de turno— si lo que va a ocurrir es vaciar la necesidad fálica propia del mandato patriarcal: El racismo exterminador es lo de menos si lo que viene es el entretenimiento de cualquier macho depredador y para insinuar tal situación, Glazer sitúa al Comandante del campo de concentración de Auschwitz reclinado en su escritorio de ejecutivo de la muerte con las botas debidamente relucientes, mientras la chica en cuestión aparece en una silla con una falda larga, abriendo discretamente las piernas como abandonándose descalza: la ley de cierre según la psicología de la Gestalt decide en cada cabeza de espectador cómo pudo haber evolucionado y culminado el momento sin necesidad de mostrar, exhibiendo sin exhibir.

Dicho esto, la crítica que apunta a destacar el fuera de campo o fuera de encuadre de La zona de interés, está diciendo que los ruidos de lo que sucede del otro lado de la confortable residencia del Comandante, con algunas referencias fugaces de judíos que ayudan en las tareas domésticas de la casita perfecta habitada por su preciosa familia, le dan sentido al discurso cinematográfico, cuando la auténtica y más profunda connotación reside en lo que muestra para develar todo un perfil humano caracterizado por la más absoluta normalidad, la más encantadora de las cotidianidades, el más amoroso de los comportamientos con el jefe de familia leyéndoles a sus rubias niñas cuentos cual si fueran canciones de cuna para que duerman plácidamente y que son expuestos con imágenes en negativo como en la fotografía analógica, en las que se conservaban los registros en caso de necesitarse nuevas reproducciones en papel.

La zona de interés es en primer lugar lo que muestra, no lo que sugiere con los sonidos en off y si se lee así, estamos ante una normalidad que arropa a los psicópatas como palomas inofensivas en tanto consideran que su transcurrir por la vida les exige obligaciones funcionarias por las que no hay que alarmarse, y de ninguna manera sentir remordimiento si de lo que se trata es de limpiar el mundo de la escoria, de la bestialidad racial mal nacida, de la desventaja física, o las inventadas imperfecciones mentales del otro. Por ello los planos que en grandes tramos sugieren álbumes fotográficos con cámara estática, nos dejan unas postales de esa gente que a la hora de la reunión ejecutiva están decidiendo el mejoramiento de la tecnología para la incineración y la cremación como si se tratara de la planimetría del próximo condominio exclusivo para millonarios.

El horror no estará, por tanto, en los escombros de los exterminados que podríamos imaginar o haber visto en tantísimas películas, sino en la pulcra conducta familiar en que la señora de la casa recibe a la abuela de sus hijos y le va explicando cómo su jardín precioso y cuidado hasta el mínimo detalle es una pequeña huerta trabajada con amor, sin que se le mueva un pelo acerca de la barda color cemento que separa el verdor del campo aquél del otro lado en el que para ella nunca pasa nada, salvo la estabilidad laboral de su señor esposo que por nada del mundo debiera ser transferido a otra misión porque es allí donde se ha construido la felicidad.

El comportamiento de los personajes de Amis-Glazer explica por qué nunca escucharemos un acto de contrición de estos fascistas felices conmovidos por la ternura de la tradición, la propiedad y la familia donde la palabra perdón no cabe, simple y llanamente porque sienten que no hay motivo alguno por el cual arrepentirse. Se trata del lado A del horror, la cara de una normalidad en la que la eliminación del otro no es otra cosa que un asunto de eficiencia militar y gerencial.

Julio Peñaloza Bretel es periodista.

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El devaneo cruceñista

/ 10 de febrero de 2024 / 04:22

“Santa Cruz toca la puerta” (La cuestión cruceña, FES, 2023) y quiere hacer política a partir de su clase media propietaria, liberal y republicana, en contrastación con el nacionalismo popular del MAS, dice Manuel Suárez, diputado del MNR y presidente de la Comisión de Ética que propició la expulsión de Evo Morales de la Cámara de Diputados (2002), secretario privado del presidente Gonzalo Sánchez de Lozada (2002-2003), vicecanciller y responsable de estudios de opinión de la presidenta Jeanine Áñez (2019-2020). También asesor de Branko Marinkovic, alguna vez pensó que el gran acuerdo entre lo nacional popular y el inversionismo empresarial, ente occidente y oriente,  debía darse entre Evo y Branko, en su momento presidente del Comité pro Santa Cruz, acusado de conspiración en el primer tramo gubernamental del Movimiento Al Socialismo (MAS), lo que forzó al cruceño croata a refugiarse en Brasil por casi una década para luego retornar como ministro de Economía del gobierno de Áñez.

Suárez escribe su lectura-propuesta acerca de una pretendida Santa Cruz de nuevo siglo desde la experiencia de la militancia partidaria y el asesoramiento a poderosos empresarios, por lo que pensar que nos encontramos con un texto resultante de una vocacional vida académica sería una inexactitud. En buenas cuentas se trata del texto de un operador político que ha formado parte de la estructura de la democracia de pactos en la que el jefe histórico del MNR, Víctor Paz Estenssoro, se sometió a las condiciones puestas por el Gral. Hugo Banzer Suárez para cogobernar en dictadura primero (Frente Popular Nacionalista, FPN) y luego recibir el apoyo del mismo Banzer con el Pacto por la Democracia (1985) a través de un incondicional apoyo de su partido fundando, en 1979, Acción Democrática Nacionalista (ADN), lo que permite concluir que estamos frente a un político de adscripción Paz Estenssorista-Banzerista y no otra cosa: Los hijos y nietos de los jerarcas de las dictaduras y el neoliberalismo provenientes del MNR, FSB y más tarde de ADN y el MIR, son predominantemente herederos de una cultura política basada en el supremacismo y el anticomunismo construido durante la Guerra Fría, clasificando al colla y al indio como “bestia humana”, tal como lo afirmara en su momento Rómulo Calvo, el muy clasemediero y anterior presidente del Comité pro Santa Cruz, lo que significa que intenta clasificar a una clase media sin olores ni colores ideológicos solamente como republicanas y liberales de la expansión inmobiliaria y agroexportadora, significa presentarlas como desprovistas de memoria con antecedentes históricos, político partidarios y orígenes hacendales y terratenientes.

Si no se examinan las rutas críticas de dos cruceños fundamentales de nuestra historia contemporánea como Banzer y Percy Fernández (MNR), el hacedor de la Santa Cruz de la Sierra moderna (seis gestiones, 15 años como alcalde), significa incurrir en una notoria omisión en el análisis riguroso de lo histórico político de la “locomotora de la economía boliviana”, y eso es lo que precisamente hace con su texto Suárez, en el que cita muy al pasar a varios personajes de la vida pública, pero no ejercita una imprescindible mirada profunda acerca del banzerismo y el movimientismo Paz Estenssorista y el de varios de sus actores de última data, comenzando por Luis Fernando Camacho, al que algún lambiscón calificó en tiempos de campaña electoral como el “nuevo Banzer”, cuando a estas alturas se puede afirmar que el General es una figura de dimensión histórica participando e influyendo en la política boliviana durante medio siglo, y Camacho es apenas un agitador de rotondas con una fijación de odio antimasista que manipuló astutamente con la Biblia en mano una movilización de esas clases medias propietarias y de “sus cambas” para manifestarse contra el prorroguismo evista. Suárez opone el republicanismo liberal al nacionalismo centralista, cuando en realidad Paz Estenssoro (Revolución del 52) y Banzer (Golpe de Estado del 71) fueron nacionalistas de derecha en la política, y capitalistas de Estado y neoliberales privatizadores en la economía, en las distintas fases de sus carreras políticas.

Las categorizaciones de Suárez en su tocada de puerta para que las clases medias cruceñas ingresen a la política boliviana como si no estuvieran adentro, son esquemáticas y no contienen elementos informativos acerca de las mutaciones temporales de sus actores. La política se hace con políticos, con estructuras partidarias que contemplen, por ejemplo, esa Alianza de Clases propugnada por Guevara Arce en la tesis de Ayopaya (1946) que el autor cita, y fundamentalmente con liderazgos como el de Banzer o Percy Fernández. Santa Cruz necesita líderes  de carne y hueso con el necesario talento político y visión de mundo para armonizar la patria chica con la plurinación, como lo hiciera el General, padre espiritual del golpismo alentado por las clases medias republicanas y liberales de Santa Cruz en 2019, a las que seguramente Suárez considera pertenecer.

Julio Peñaloza Bretel es periodista.

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Kaliman, el hombre increíble

/ 27 de enero de 2024 / 01:51

Hasta el día en que asumió la comandancia de las Fuerzas Armadas, al único Kalimán que conocíamos era el de las coloridas aventuras radiofónicas e historietas mexicanas, descendiente de egipcios y formado en el Tíbet con características de superhéroe y poderes sobrenaturales como los de entrar en hipnosis y simular muerte por suspensión de los latidos del corazón, o de ejercitar viajes astrales o desdoblamientos que le facilitaban la lucha contra las fuerzas del mal terrenales y extramundanas, todo ello con la compañía del pequeño Solín, un niño también salido de una familia real y que iba de la mano de este príncipe de la justicia vestido todo de blanco, desde el turbante hasta los pies, portando una daga y bien entrenado en artes marciales. Kalimán luchaba por igual contra los nazis y los extraterrestres, y nos activaba la imaginación de lunes a viernes a través de la radio Nueva América de Raúl Salmón, durante la década de los 70 dominada por la dictadura de Banzer.

Transcurridas varias décadas, los recuerdos sobre la fantástica radionovela se hicieron más vagos y difusos, hasta que nos enteramos que el presidente Evo Morales había nombrado a un general con  ese apellido —Kaliman había sido un apellido— como Comandante de unas Fuerzas Armadas en las que los jefes del Ejército, fuerzas Aérea y Naval eran tratados por la administración gubernamental del MAS con deferencia y exagerados privilegios, política seguramente explicable por ese itinerario cultural vivido por el propio Evo en el que la prestación del servicio militar era el pasaje de ingreso a la ciudadanía boliviana. Los conscriptos de nuestro mundo rural consideran que servir a la patria a través de una pasantía por las instituciones de las armas, implica una catapulta de ascenso social.

De las esferas académicas de las ciencias sociales y políticas no ha surgido una investigación abarcante y sistemática que nos ayude a comprender el rol que jugaron los militares en Bolivia, especialmente entre 1964 y 1982, que gobernaron al país de facto con suspensión de libertades y derechos democráticos con personajes como los generales Barrientos, Banzer y García Meza. Williams Kaliman, especializado en la Escuela de las Américas igual que Banzer, definió en 2018 a los opositores al gobierno como antipatrias, lo que le significó juicios en su contra, la simpatía presidencial y su nombramiento como comandante el 24 de diciembre de 2018.

Quienes vivimos nuestra infancia y adolescencia bajo el yugo de las dictaduras, tenemos animadversión contra los militares. Recordamos chistes como ese de que el general Celso Torrelio había sufrido un atentado terrorista debido a que le habían puesto un libro en el auto presidencial o ese otro que dice que los hombres de uniforme tenían un inexplicable y casi mágico problema geométrico debido a que se las arreglaban para ponerse gorras ovaladas en cabezas cuadradas. Los militares bolivianos fueron el brazo represivo y exterminador en defensa de los intereses de la oligarquía hasta que se recuperó la democracia para que terminaran sometiéndose, como lo mandan las leyes y la Constitución, al poder civil democrático hasta que Williams Kaliman irrumpió en el crispado escenario de noviembre de 2019 y 37 años después de que un militar ocupara por última vez la presidencia de facto (Guido Vildoso, 1982), “sugiriera” al presidente Evo Morales renunciar al cargo, incurriendo en una flagrante contravención a los dispuesto por la Ley Orgánica de las Fuerzas Armadas, que dice expresamente que los militares no pueden emitir opiniones acerca de asuntos políticos y partidarios, debiendo subordinarse invariablemente al poder constituido en el ejercicio de sus funciones.

Recién ahora lo sabemos, el general Kaliman, en aquella oportunidad ataviado con traje de combate, rodeado por los miembros del Alto Mando de las tres fuerzas y los jefes de Estado Mayor, había entablado contacto vía celular días previos a la caída de Evo, e incluso habría recibido en su despacho de la zona de Obrajes de La Paz a Luis Fernando López Julio, principal operador y nexo con los militares del esquema golpista timoneado por Luis Fernando Camacho desde el Comité Cívico pro Santa Cruz. Días después, Jeanine Áñez posesionaba a López, exmilitar de profesión, como ministro de Defensa del gobierno transitorio inconstitucional.

El 10 de noviembre de 2019 me quedó claro que Williams Kaliman había sido tan increíble como el héroe de la radionovela y la historieta gráfica. Su exhortación, que olía a ultimátum camuflado, nos enseñaba que retirado el respaldo militar y policial al gobierno de Evo, el derrocamiento quedaba consumado. Si las Fuerzas Armadas y la Policía Boliviana no hubieran jugado a los pedidos de renuncia y los motines antigubernamentales, el golpe era inviable. Con la desobediencia al poder civil por delante y con el pedido a cargo del Comandante en Jefe, la renuncia de Evo se concretaría al final de la tarde gracias a Kaliman, el hombre increíble, hoy con paradero desconocido.

Julio Peñaloza Bretel es periodista.

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La máquina de mirar

/ 13 de enero de 2024 / 01:41

Las redes sociodigitales están triunfando sobre la memoria histórica y periodística. La están haciendo añicos con la proliferación a raudales de “contenidos” de mínima duración y máxima estupidez, aplastando la importancia de evocar el pasado. Periodistas que autocontemplan su pretendido sentido crítico e incisivo, y que pertenecen a generaciones anteriores, se han colgado de X (Twitter), Meta (Facebook), Instragram y TikTok, y han terminado devorados por la compulsividad de publicar todo el tiempo conforme las noticias en desarrollo cotidiano van apareciendo. Hay que publicar. Lo que sea. No importa. Al final de cuentas… “somos periodistas”.

En esta nueva realidad virtual mediática parece ya no caber la importancia de la memoria histórica y dentro de ella, la memoria periodística, y así se explica que se imponga una moledora de carne pseudoacadémica de la que surgen los mal llamados influencers, que de influyentes solo tienen la habilidad de acumular seguidores de lo estrambótico, lo intrascendente, lo anecdótico, lo cursi y lo absurdo, mientras los que quieren jugar a serios apuestan por hacer de las fake news su herramienta diaria de trabajo. En tan complejo e inmenso contexto, no faltarán, lo sabemos, honrosas excepciones.

Mario Vargas Rodríguez —Cucho— no pertenece, felizmente, a esta generación en la que el periodismo podría terminar siendo engullido por las redes y sus agentes a tiempo completo. Cucho fue un periodista de esos que no puede dejar de recordarse porque su talento como narrador de fútbol (La verdad desde la cancha) nos permite inscribirlo en nuestra memoria acústica como al heroico relator del Sudamericano del 63 cuando Bolivia fue campeón por única vez. Medio siglo después escribió y publicó uno de los libros de fútbol más importantes que se conozcan en nuestro país: Campeones sudamericanos 1963, 50 años de la epopeya.

Quiso el destino que hiciera mis primeras armas televisivas como crítico de cine en el programa Enfoques —“Con el enfoque de Enfoques y la máquina de mirar”— en los años 80 y nos reencontráramos tres décadas después en el homenaje que la Federación Boliviana de Fútbol le hiciera a esos campeones (5 y 6 de abril de 2013), y que tuve el privilegio de organizar en Santa Cruz de la Sierra. En aquella histórica oportunidad, nuestros futbolistas campeones recibieron el Cóndor de Oro, máxima distinción que confiere la entidad matriz de nuestro balompié y, al día siguiente, protagonizar una vuelta olímpica en el estadio Tahuichi Aguilera, previa al partido en que Brasil con Ronaldinho Gaucho y Neymar, dirigidos por Luiz Felipe Scolari, nos hicieron un olvidable 0-4, cuando Xabier Azkargorta dirigía en una nueva etapa al equipo verde simbolizado por Marcelo Martins.

Luego de la cena impecablemente servida en el club de Tenis Santa Cruz, terminé sentado conversando hasta las cuatro de la mañana en el comedor del hotel Yotaú con Cucho y el gran Wilfredo Camacho, que me contaron lo que habían vivido 50 años atrás. Qué día memorable. Qué gran recuerdo y qué capacidad de otro grande, Ramiro Blacut, con el que montamos los dos días de recordación y tributo sin que absolutamente nada fallara en tiempo y forma. Así se debiera siempre recordar a la gente que hace feliz a un país y así lo hicimos hace ya casi 11 años, lo que me permite esta evocación a ese periodista que fue Cucho Vargas, recientemente fallecido a los 94 años y al que las asociaciones, las federaciones sindicales y ramas anexas de organizaciones de periodistas no le dedicaron una sola línea a su dilatada y versátil trayectoria.

Hay que agregar que Cucho Vargas no puede quedar esquematizado en la casilla del periodista deportivo, porque lo suyo fue más amplio en gráfica, radio y televisión. Dueño de un envidiable timbre de locutor, con gran oficio tuvo que ver decisivamente con el lanzamiento de Carlos Palenque a la política con la fundación de Conciencia de Patria (Condepa), debido a la entrevista que en 1988 le hicieran a Roberto Suárez Gómez (Canal 4 y radio Metropolitana), al que Cucho le preguntó por teléfono quién era el rey de la cocaína, recibiendo una respuesta rápida y tajante: “El imperio norteamericano es el rey y el gobierno de Bolivia (Paz Estenssoro) es el virrey”. Al día siguiente, el ministro de Transportes y Comunicaciones, Andres Petricevic, mandó a clausurar la radio y la televisión de Palenque por “apología del delito” y, a partir de las movilizaciones reclamando por  su abusiva e ilegal clausura, nació el instrumento político del Compadre, con la reapertura de sus medios de comunicación por presión ciudadana.

Narró partidos de fútbol, dirigió y escribió en revistas y diarios (revistas Panorama y Enfoques, diarios Clarín y Hoy), e hizo televisión compartiendo un programa dominical de entretenimiento en el naciente canal 7 junto a Lalo Lafaye y Micky Jiménez. La vida de Cucho Vargas fue el periodismo a tiempo completo y forma parte de capítulos fundamentales de la historia del periodismo boliviano en la segunda mitad del siglo XX.

Julio Peñaloza Bretel es periodista.

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Un cumpleaños ‘pitita’

/ 30 de diciembre de 2023 / 07:11

El día en que algún investigador acucioso reveló que Ludwig van Beethoven había nacido el 11 de diciembre de 1770 y no el 16 como hasta ese momento creíamos, sentí una contrariedad que me llevó a decidir que, se diga lo que se diga, el genio oriundo de Bonn, Alemania, nació el 16, fecha en la que llegué al mundo, y fecha en la que también vio la luz Cayetano Llobet Tavalora, un activista del Partido Socialista-1, compañero cercano de Marcelo Quiroga Santa Cruz que con el transcurrir de los años se convirtió en uno de los protagónicos portavoces televisivos del neoliberalismo, y que tenía la deferencia de invitarme a sus noticieros nocturnos en PAT (principios del siglo XXI) para hablar de fútbol. Aunque lo taché de converso —había pasado a la derecha con absoluta convicción—, nunca se molestó conmigo por haberle dicho tal cosa, expresando su desacuerdo con la tranquilidad del hombre maduro, orgulloso de su amistad con el embajador de los Estados Unidos, Manuel Rocha. 

Las evocaciones a Beethoven me dicen que se puede componer la música más hermosa del mundo, imaginando y creando desde una sordera genial, sonidos y silencios que al final de cuentas son una misma cosa, y también se podía sostener diálogo animado y sincero con personas como el Tano Llobet (1939-2011), que quiso el destino que su hija María y mi hijo Sebastián trabaran amistad bailando hip hop con desparpajo y vocación acrobática hace seis-ocho años.

Mi hija Camila tuvo la idea de llevarme al teatro en que María y Sebastián exhibieron alguna vez sus habilidades dancísticas, justo en este último 16 de diciembre para ver y escuchar los taconeos de Milena Tejada, una bailaora boliviana que reside en Sevilla y llegó hasta La Paz con un elenco (guitarrista, cantaora y cantaor), para demostrar que se puede ir de los Andes hasta Sevilla y conquistar el potente embrujo del flamenco (Camarón de la Isla, Paco de Lucía, Sara Varas, Cristina Hoyos, Antonio Gades, Joaquín Cortez).

Cuando llegamos al teatro Nuna, lo presentía, me sentí incómodo ante ciertas presencias de gente con la que hace más de dos décadas no tenía contacto. Algunas de ellas, pertenecientes al jailonerío paceño, otras al mundo empresarial tradicional, y lamentablemente casi todas, mujeres y varones de canas entre opacas, mal teñidas y algunas más platinadas y brillantes que por supuesto no compiten con las mías, habían sido convocadas en modo “pitita”, horrible palabra que se debe a un bautizo involuntario a cargo de Evo Morales que se quiso burlar de una capacidad bloqueadora fashion y que le significó el tiro por la culata: Los “pititas” fueron determinantes para que el golpe de Estado que le asestaron en noviembre de 2019 tuviera éxito.

En la antesala en la que aguardábamos el inicio del espectáculo, una gerente legal de banco me volcó la cara con gesto indigesto, se diría que casi con altivo despecho, aunque nunca fuéramos más que amigos de encuentros esporádicos. Vi lateralmente al dueño de una fábrica de chocolates con un llamativo audífono que tiene un hijo diputado que se la pasa persiguiendo e insultando a sus adversarios masistas. También apareció un reaccionario de armario que ha escrito puntualmente una apreciable cantidad de sandeces en forma de columna dominical con las ínfulas de las que se nutre el diletante culto. Por ese pasillo también pasó un burócrata de la Fundación Cultural del Banco Central del gobierno de Jeanine, y una pedagoga más o menos histérica que le chocó el auto a mi hijo mayor por estacionar indebidamente, y a mí me llenó de insultos en una agencia de banco tratándome de “masista delincuente”, pero a gritos: no olvido que su hermana melliza me ayudó una vez en plena avenida 6 de Agosto a incorporarme luego de ser levemente atropellado por un taxista ansioso.

Cuando estuve sentado en mi butaca, la última de la fila más alta de la gradería situada a la izquierda, pude constatar, con un solo golpe de vista, cómo en estas últimas dos décadas Bolivia había cambiado. Que el hijo y la hija del abogado que redactó el decreto 21060, sentados una fila debajo de la mía, habían estado tan sesentones como yo, y que lo último que me pasó con esta señora es que me insultó —con similar odio al expresado por la pedagoga—, y su jovencito hijo me amenazó en la puerta de un edificio de apartamentos de Achumani.

En medio del brillo artificial “pitita”, hubo alguien que se portó con la sobriedad de siempre: Florencia Ballivián, esposa de Salvador y madre de Salvador (Romero), historiadora y creo que alguna vez directora del Archivo de La Paz. Y por supuesto que en ese territorio socio-cultural casi alienígena tenía que romper paisaje tan gris otra respetable historiadora, Magdalena Cajías, quien fue ministra de Educación y cónsul general en Chile.

Cuando el show terminó, Camila, siempre tan cuidadosa y considerada conmigo, me dijo: “Pa, la próxima vez pensaré mejor tu regalo de cumpleaños”, lo que me provocó una sonora carcajada.

Julio Peñaloza Bretel es periodista

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