En pasados días, tuve el agrado de atender el evento impecablemente organizado por el Centro de Conciliación y Arbitraje de la Cámara Nacional de Comercio de Bolivia, denominado Bolivian Arbitration Review (BAR 2023), con una colección de soberbios paneles que ilustraron magistralmente a la audiencia en cada ponencia, incluso cerró la presentación del manual académico escrito por el doctor Pablo Menacho Diederich (exprocurador, ministro y diplomático). Se ha mostrado una madurez académica fundamental que me permite sugerir no solo al BAR 2024, sino al foro jurídico en general, la urgente necesidad de reflexionar sobre las tecnologías más recientes y cómo éstas afectan la vida y la administración de “justicia” en particular, ya sea en estrados judiciales o extrajudiciales.

La Inteligencia Artificial (IA o AI por sus siglas en inglés), específicamente, ya no es más la “sombra en la cueva” (algunos la usamos a diario). Sus herramientas prometen ayudar y maximizar, cuando no sustituir las capacidades comúnmente asociadas a los humanos involucrados en la administración de “justicia”, irrumpiendo precisamente cuando el mundo vive una crisis estructural que abarca los ámbitos legales (no solo en Bolivia). No es secreto que cotidianamente modernas piezas de software asisten en la revisión de documentos legales, estimación de costos, predicción de resultados y manejo de casos: Legal Decoder, LexisNexis, Dispute Resolution Data, Judge Analytics, Arbitrator Intelligence, eBrevia y Luminance, que administran datos bajo protocolos convencionalmente denominados algoritmos para producir incluso “potenciales” laudos, sentencias, calcular las posibilidades de éxito, y por extensión ofrecer asimétricas ventajas comparativas y competitivas sobre las estrategias legales de quienes no tienen acceso.

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El “terremoto de los datos” está presente en toda actividad “humana”, y demostradamente es capaz de “servir” como operador, administrador, mediador, conciliador, juez o árbitro aprendiendo a su paso, ergo, atender casos de naturaleza técnica (medio ambiente, finanzas, medicina, etc.), arribando en tiempo récord a iguales conclusiones (si no mejores) que los sapiens, con un grado de confiabilidad relativo de error (en términos de corrupción del agente salvo los sesgos algorítmicos, las influencias externas, la manipulación tendenciosa de información, etc.) a una fracción del costo.

No obstante, algunos son escépticos, como advierte el Premio Turing (equivalente a un Nobel en Tecnología) Geoffrey Hinton, al renunciar a Google, “la falta de contrapesos en su desarrollo y su impacto en la generación de información falsa podría tener un efecto apocalíptico”. En el mismo sentido, Naomi Klein señala que el primer efecto es que la “gente ya no cree que lo real es la realidad”. La misma visión comparten Yuval Noah Harari (que pronostica una “crisis global financiera”) o Elon Musk, que avizora un “riesgo civilizatorio”, convenientemente presentando su IA alterna denominada Grok. De la misma forma en este debate, Noam Chomski, entre otros, minimiza el impacto de la IA “desestimando la capacidad de emular el ‘pensamiento humano’”, al igual que Yann LeCun, de Meta, que lo denomina “ciencia ficción”. En este diálogo aún oscilamos entre partidarios y detractores, incluso hay un movimiento mundial en contra del desarrollo de la IA. 

No obstante, con la rapidez que los cambios tecnológicos disruptivos se desarrollan en todas las capas societales, es previsible que, a corto plazo, la IA en materia de justicia supere sus contradicciones asociadas a la percepción interpretativa (comprensión y valoración), la predicción subjetiva, la racionalización de la fundamentación y la responsabilidad que involucra. Es decir, la promesa tecnológica aún no conoce fronteras y su matriz incorporará componentes más complejos en breve. Por ejemplo, a partir del desarrollo biotecnológico de los ciborgs (híbridos humanos) con capacidades “sobrenaturales”, entonces la conversación será aún más compleja (sin mencionar los microchips RISC-V, la impresión 3D, el Big Data, los acuerdos internacionales sobre “control” de la red, el 6G, etc.).  

Esto merece una reflexión holística de cara a una caja de Pandora abierta, la IA tiene el potencial de ser una herramienta que igual colabore en gestionar casos y diagnosticar ineficiencias en el proceso, o dispare el caos. La radio, el internet, la televisión, los teléfonos celulares, a su turno, despertaron susceptibilidades que provocaban ambiciosos debates, con mayor razón, la singularidad del momento demanda agotar el análisis a todo nivel e imprimir una hoja de ruta para todo el abanico operador, ayudante o administrador.  

(*) Alejandro Bilbao La Vieja Ruiz es abogado, diplomático, experto en temas de justicia internacional y geopolítica