Voces

Sunday 19 May 2024 | Actualizado a 15:27 PM

Volveremos a las montañas

La montaña siempre está ahí. ¿Qué hay detrás de ella? El poeta chino Han Dong responde: otra montaña

Ricardo Bajo

/ 20 de marzo de 2024 / 06:44

No podría vivir en una ciudad sin montañas. Me siento perdido en las planicies. Sin referencias, sin dioses, huérfano, sin madre. Por eso La Paz, Bilbao, Río de Janeiro. Buenos Aires y Montevideo también me gustan, aunque no tengan montañas. Ellas tienen bibliotecas y librerías. Y escritores que son como montañas. Cuando estoy en una ciudad sin cerros a la vista, trato de inventarlos, soñarlos, escribirlos. ¿Dónde descanso la mirada si no hay montaña a la vista? ¿Dónde fijo mis ojos para no pensar en nada?

Leo un poema del chileno Zurita en el maravilloso ensayo poético del colombiano Santiago Espinosa (El resplandor y la sombra). Habla de montañas que avanzan. Entonces me imagino que los cerros devoran la ciudad de La Paz en una marcha silenciosa y vertiginosa. La “hoyada” queda enterrada, congelada en el olvido. Dicen que cuando alguien muere se despierta la cordillera. (“Hacía el misterio / caen poetas y / montañas”, Oscar Wilde).

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Espinosa inventa una poética de las montañas (también le cambia el primer apellido a nuestro poeta, mi tocayo Ricardo Jaimes Freyre) y sostiene que las montañas están más presentes cuando no se las nombra. Así será cuando todos hayamos desaparecido. Su ensayo, presentado en la última Feria del Libro de La Paz, es un libro sobre poesía y montaña, sobre viajes, sobre la necesidad que tenemos de literatura y monte. Tiene paradas en Chile, Bolivia, Colombia, Argentina, Uruguay, Brasil y por supuesto Colombia (en las montañas de Bogotá y Medellín). Nos habla de sus montañas íntimas, de las tuyas, de las mías.

¿Qué pasará cuando muera la última persona que vea nieve en la punta del Illimani? ¿Se convertirá en montaña? ¿Mirará la hora en los relojes de sol? ¿Se esconderá el tiempo otra vez en los cerros? ¿Aprenderemos entonces el lenguaje las sombras? ¿Recuperaremos esa vieja relación con la naturaleza? ¿Volveremos a las montañas?

(“Solo hay canto porque hay montañas / porque lo que decimos / las montañas lo deforman / Ellas nos enseñaron / a no tener del todo la razón / a suspendernos y esperar”, Fabio Morábito).

El Illimani, el Mururata, el Sajama, el Huayna Potosí y el volcán Tunupa en el Salar de Uyuni tienen algo que nos seduce, que nos empuja a acercarnos a sus pies, a mirarlos, a extrañarlos cuando estamos lejos. El Grillo Villegas se llevó un cuadro del “resplandeciente” de Rosemary Mamani cuando se fue a estudiar música a Buenos Aires. El Illimani te cura de nostalgias. Esa es su magia, su embrujo, amigo.

¿Qué tienen nuestras montañas que tanto las pintamos? Todavía no lo sé. Quizás lo hemos olvidado. ¿Acaso no recordamos que “somos los hijos del padre de todos los dioses/montañas, hijos del padre de todos los ríos”, como dejó escrito el peruano José María Arguedas?

(“Estás hecha / de luz y de montaña / de jirones de piedra / y ríos que te trenzan / al descender”, Blanca Wiethüchter).

La seducción de las cumbres ancestrales nos desafía/reta. Para ser mejores. Para ser nosotros mismos. La montaña —“llena de antiguo orgullo triunfal” como dejó escrito el nicaragüense Rubén Darío— no nos olvida. “Algún día todos nos convertiremos en montaña”, dice Santiago Espinosa.

Para los que hemos nacido y vivido en ciudades con cerros a la vista, la montaña es la medida de todo, es el norte y el sur. Es por donde miras cuando pierdes todo, incluso la mirada. En las ciudades planas con llanuras infinitas, los edificios y las torres de las iglesias me sirven de guía, de faro. ¿Acaso no son esos rascacielos simulacros falsos de montaña? ¿Acaso no son engañosas moradas de dioses?

(“No amo mi patria / su fulgor abstracto / es inasible. / Pero (aunque suene mal) daría la vida / por diez lugares suyos, / cierta gente, / puertos, bosques de pinos, / fortalezas, / una ciudad deshecha, / gris, monstruosa, / varias figuras de su historia, / montañas -y tres o cuatro ríos”, José Emilio Pacheco).

La montaña siempre está ahí. ¿Qué hay detrás de ella? El poeta chino Han Dong responde: otra montaña. Ella nos mira aunque no la miremos. Parece invisible. Estuvo, está y estará. Olvidada. Nuestros cerros fueron observados por Bolívar y Túpac Katari, por el Che y Bartolina; hermanados todos por las mismas piedras. Son las mismas montañas que yo veo ahora. Leales, siempre. Mudas. Inmóviles.

Sostiene Espinoza en su hermoso ensayo que los cerros son la imagen de nuestros ancestros dormidos, suspendidos en el tiempo. Abuelo Illimani, padre viejo. Abuela Tunupa, en perpetuo silencio. Joven (Huayna) Potosí, esperando el relevo. Nos hablan callados, en la lengua antigua de las piedras. Nos susurran que morir es hacernos piedra. Tejidos de roca que nos cuentan historias que hemos olvidado, leyendas que ya no recordamos. ¿Será por eso que andamos extraviados?

(*) Ricardo Bajo vende escobas

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Penélope, en tu nombre

¿Por qué esta obra —con hermoso texto (otra rareza)— no está presente estos días en el Fitaz?

Ricardo Bajo

/ 15 de mayo de 2024 / 11:36

Serán tres días con sus tres noches. Será una larga espera, será una epifanía, un viaje interior. Penélope —abandonada— espera (y desespera). Y sueña con el regreso de Ulises. Lee y arranca páginas, teje y desteje. Es una nueva (¿la última?) función de Experiencia Ítaca del elenco La valija de Penélope. Es un monólogo sobre la epopeya de Homero dirigido por Roswitha Grisi Huber e interpretado por Cristina Wayar Soux; fue estrenado el año pasado en agosto. Estamos una noche de domingo apenas quince personas en Casa Grito.

Wayar canta, susurra, se hace dueña del escenario (y del personaje). Es teatro sonoro, es teatro de objetos. El monólogo —de cuarenta minutos— viene con recursos sonoros, olores, sensaciones, colores; son huellas de melancolía. Vemos/sentimos pequeños instantes de placer; son estrategias de resistencia. Imágenes que evocan. En la escena hay hilos, tejidos y telares que suenan como arpas y contrabajos. Y un espejo que no vemos. Hay un cuerpo que goza/sufre el paso del tiempo. Penélope se siente —todavía— patria de Ulises.

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Wayar se viste y se desviste, pasa de un rojo sedoso con escote generoso y esencia de jacintos a un amarillo con sutil perfume de narcisos. “Esperar es oír / oír las huellas que deja la noche a su paso oscurecido / esperar es padecer la mirada de las cosas que disimulan muertes intensas / es tocar el verso y reverso del tiempo en el tejido: punto por punto”.

Escuchamos la voz navegante y autoexploradora de Blanca Wiethüchter; será una larga charla con ella. Sobre la espera y el viaje, temas trascendentales en la obra de la poeta. Sobre el paso/relación del tiempo. Sobre los insoportables pretendientes. Sobre esta Penélope rescatada de la noche mítica de los tiempos, traída a un presente de feminicidios. Las letras de la poeta nos conducen a los pensamientos de Penélope y nos llevan de la mano por el camino de la redención/salvación. Blanca se encontró así misma en la palabra y la memoria; supo estar sola en la escritura, supo encontrarse.

Wayar enciende una vela y luego otra. Sigue sufriendo por Ulises, enamorada de los fuegos que arden bajo su lámpara. Mientras el personaje evoluciona (con una buena dicción y de forma pausada, algo poco habitual en el teatro paceño/boliviano), aparecen poco a poco las tinieblas de la espera. La noche se hace muda, se estremece la esperanza, se olvida el sol en el mar junto a la isla misteriosa. No importa, Penélope sigue clamando por Ulises. Incluso a pesar de sueños e infortunios. “Nada me obliga a creer que existes todavía”, dice la poeta. Penélope todavía cree.

Wayar canta, cuenta y se desencanta. Comienza a dudar. Y a preguntarse: “¿a quién estoy velando? Vigilante desvelada, vela que no vela, ¿a quién estoy esperando?” Apaga la segunda vela y todo es oscuro. Estamos en el tercer día. Penélope se ha cambiado de camisón. Descansa pues esperar cansa. Mueve los muebles, siente que “la oscura ley” la castiga. Sueña con Circe, la hechicera, sueña con traición. Pero sigue hila que te hila, teje que te teje, escribe que te escribe.

El naufragio interior (ya) no le permite hilar a Ulises. Despierta en otro sueño. Una hebra se tuerce, un hilo muerde un verbo. Sobre el escenario solo hay noticias de un naufragio bajo la luna llena: unas hojas arrancadas, unos vestidos preparados para un regreso que no llegará, un cuerpo marchito, unos tambores de quinua que suenan como las olas del mar que jamás traerán lo esperado. “Mi cuerpo yacente y solo / como en el dolor / como en la muerte. / Mi cuerpo a la intemperie / mi cuerpo desnudo cubre mi alma desnuda”.

Cae la tercera noche sobre la playa dormida. “Se oye el silencio, a pesar de la respiración del mar”. Esta Penélope se revuelca sobre la arena junto al mar amante. “Los broches del vestido ceden a la ansiedad del aire”. Se siente desterrada en su propio reino. Lava/expía con la sal las soledades de su alma. Y sabe que su belleza está en todos sus sentidos. El amor se rebela contra la espera. “Florece Ítaca, Penélope, florece Ítaca / para que yo la mire”.

Han pasados esos escasos cuarenta minutos: un monólogo largo y bien sostenido sin agujeros ni abismos es el reto más complicado para un actor/actriz. Wayar Soux nos/se hace la última pregunta antes de que termine el viaje: ¿está despierta o navega en las aguas de otro sueño? ¿los sueños sueños son? Ya es “otro día”, ya es otra vida, Penélope. Amanece de nuevo y el alma pequeña ha regresado a tu cuerpo, traída por la marea alta. ¿A quién estabas esperando? A ti misma. Ese era/será tu conjuro. Hoy, Penélope, estás en tu nombre.

Post-scriptum: ¿por qué esta obra —con hermoso texto (otra rareza)— no está presente estos días en el Fitaz?

(*) Ricardo Bajo es espectador

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Conan ha muerto

Lo peor de todo no es esta fotografía fija; lo peor es el aire de resignación que se respira en las calles de Buenos Aires

Ricardo Bajo

/ 17 de abril de 2024 / 11:08

“Conan, basta de ajustarnos”. Así reza una pancarta de protesta en la avenida 9 de Julio, cerca del famoso Obelisco de Buenos Aires. “Conan, tengo hambre”, dice otra. Sobre el paso de cebra alguien ha pintado “Milei te quiere pobre”. Todos sabemos quién es Milei, pero ¿quién es Conan? Conan es un perro, un mastín inglés para más señas. O era, porque el famoso Conan murió hace siete años. Entonces, el ahora presidente de la Argentina se gastó $us 50.000 en clonar a su mascota. Lo hizo a través de una compañía estadounidense de Texas llamada Perpetuate.

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Milei vive ahora con cinco perros idénticos (“son mis hijitos”) en la Quinta de Olivos, la residencia presidencial. Se llaman Conan, Milton (por el economista Milton Friedman), Murray (por el economista Murray Rothbard), Robert y Lucas (por el también economista Robert Lucas). Hasta aquí, todo “normal”. Por cierto, el estadounidense Murray Rothbard, de la Escuela Austriaca de Economía, sostiene que “el padre debería tener el derecho legal a no alimentar al niño, es decir, dejarlo morir”. Un (ex)amigo del presidente contó que “los perros le bajan a Milei un mensaje de Dios”.

Dice el escritor argentino Martín Caparrós en su nuevo libro (El mundo entonces: una historia del presente) que Milei está claramente incapacitado para gobernar, que es un personaje siniestro, que está notoriamente desquiciado. Y se pregunta: “¿por qué votaron quince millones de argentinos a un tipo que asegura recibir instrucciones de un perro muerto?” El psicoanalista Hernán Scorofitz —en una columna de la revista Noticias— cree que Milei no ha aceptado la muerte del animal; “parece imposibilitado de tramitar simbólicamente su falta y por eso necesitar inmortalizarlo a través de acciones que parecen bizarras y hasta delirantes”.

El delirio pasó por la clonación del perro muerto y de sus cuatro “hijos”. Y por abrirle una cuenta de Twitter al susodicho (e interactuar con ella). Scorofitz va más allá: “Conan ocupa un lugar de padre, un padre muerto pero del cual se reniega su muerte”. Hay que recordar que la infancia y la adolescencia de Milei fueron marcadas por maltratos físicos y psicológicos por parte de su padre y de sus compañeros de escuela. Por eso los argentinos y argentinas que marchan estos días en las calles (un día sí y otro también) contra las políticas de ajuste y hambre, contra los recortes y despidos, le hablan al perro y no al presidente. Argentina es un manicomio a cielo abierto.

“¿Cómo podemos confiar en una persona que no tiene familia y habla con Dios al que llama “El Uno” a través de un “canal de luz” que le abrió su perro muerto?, me dice un hincha de Defensa y Justicia en el barrio de Florencio Varela mientras mata mosquitos a cada rato por la epidemia de dengue.

El segundo cuatrimestre en las universidades nacionales está en riesgo porque no alcanza para pagar la factura de luz y gas. El presidente dice que podría mandar tropas a Ucrania. La ministra de Seguridad, Patricia Bullrich (a la que Milei llamó en campaña “terrorista tirabombas”), se reúne con la CIA y el FBI en Washington. El presidente y su hermana reciben en Miami la distinción de “embajadores de la luz” por parte de una secta judía ortodoxa. Uno de los diputados de su partido (La Libertad Avanza) no cree en la obligatoriedad de la enseñanza pública y le dice a una periodista: “La libertad es también si no querés mandar a tu hijo a la escuela para que ayude en el taller.” Libertad rima con esclavitud. Argentina es una pesadilla “orweliana”.

Las librerías de avenida Corrientes están vacías. Ha caído la venta de libros. La nueva obra de Leila Guerriero (La llamada, sobre la exmontonera Silvia Labayru) cuesta 32.500 pesos ($us 33 si cambias en negro y $us 38 al cambio oficial). En el aeropuerto, todavía es peor, sale a 37.000 pesos, $us 43. La cultura ha vuelto a ser un lujo, un privilegio para unos pocos. Milei ha iniciado una guerra contra la clase media. Y a futuro, todo esto solo cierra con represión y muerte.

La paralización de la obra pública ha puesto a miles de bolivianos en la calle, sin trabajo. El plan de Milei es desmontar Argentina, borrarla del mapa. La eliminación de ayudas al cine, a la literatura, al teatro y a la música —verdaderas banderas argentinas reconocidas en todo el mundo— arruinan a todo un país, irritado hasta el extremo.

Lo peor de todo no es esta fotografía fija; lo peor es el aire de resignación que se respira en las calles de Buenos Aires. ¿Por qué no se vislumbra una resistencia? ¿Por qué no aparecen en el horizonte líderes que puedan capitalizar este descontento/decepción? Lo único que queda —por ahora— es joder a Milei donde más le duele: Conan ha muerto.

(*) Ricardo Bajo vende escobas

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Cinemateca, travesía por el desierto

¿Se acuerdan cuando la Cinemateca era un punto de reunión social? Dejemos de usarla como arma arrojadiza

Ricardo Bajo

/ 3 de abril de 2024 / 07:17

En noviembre del año pasado, centenares de personas firmaron una carta que pedía cuentas a la Cinemateca, “preocupados por el visible y creciente deterioro institucional”. Dos personas (Mauricio Souza y Sergio Calero) impulsaron la misiva. El primero había querido acceder al Archivo en el marco de una investigación. El segundo había cotizado el precio de alquiler de una sala para proyectar su película sobre Pink Floyd. Ambos se quedaron con las ganas; la plata no alcanzaba.

La carta fue respondida por los seis miembros de la máxima autoridad de la Fundación Cinemateca Boliviana, el Consejo de Fideicomisarios. En dicha respuesta, los seis (Carlos Mesa, Ximena Valdivia, Eduardo Quintanilla, Antonio Eguino, Marcos Loayza y Fernando Cajías) anunciaban la apertura de un proceso de invitación a personalidades relevantes del quehacer cultural y audiovisual de Bolivia para que se integrasen como nuevos fideicomisarios (tarea ad honorem, por si acaso).

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Han pasado ya varios meses y el consejo no ha visto incrementar ni su número ni su pluralidad. Ocurrió todo lo contrario: en febrero. Marcos Loayza anunciaba su retiro. El año pasado Mario Castro —por motivos de salud— renunció y Pedro Susz, uno de los fundadores de la Cinemateca, pidió licencia indefinida “entretanto no se proceda a una re-institucionalización seria” (Susz dixit).

La directora de la Cinemateca, Mela Márquez Saleg, fue nombrada en 2010 por un directorio que hace años no se reúne con un consejo de fideicomisarios menguante. La propia Mela y el (ahora) quinteto de fideicomisarios —dominado por Mesa y dos personas de su confianza como Valdivia y Quintanilla— admiten que el edificio de la Cinemateca necesita refacción (los baños, las condiciones de proyección), necesita más personal (el proyeccionista te vende la entrada y las pipocas, abre la sala y corre a proyectar) y más presupuesto.

Es una obviedad que la Cinemateca vivió días mejores y actualmente transita por el desierto (en lenta agonía, a pesar de los esfuerzos titánicos y en solitario de su directora). Los intentos por captar capital privado (y donaciones) han fracasado. No ayuda por supuesto la ausencia de una ley de mecenazgo (cultural y deportivo). A estas alturas, la (única) solución es un convenio de trabajo conjunto con la Fundación Cultural del Banco Central de Bolivia para salvaguardar/mejorar el archivo (entre otras cosas).

La sola sugerencia que la Cinemateca pase a “manos masistas” altera/enerva a partes iguales. Sobre mi cadáver, dicen unos. Antes muertos, que entregar al MAS, dicen los otros. Me recuerda este histerismo a la consigna previa a las últimas elecciones municipales en La Paz: “votaré por cualquiera antes que por un masista”. No importó que ese “cualquiera” no tuviera la capacidad. Años después, por culpa de ese “cualquiera”, llegaron inundaciones y muertes que se podían haber evitado.

Lo triste es saber que algunos fideicomisarios confiesan en petit comité que un convenio con la Fundación Cultural del BCB es la (única) salida. ¿Por qué no defienden esa creencia en público? Por temor a que los más radicales levanten el dedo para acusarlos de la peor enfermedad: (filo)masismo.

Lo paradójico es que la gran mayoría de firmantes de la carta de Souza/Calero (personas muy alejadas de cualquier simpatía masista) fueron hombres y mujeres nada sospechosos de tener empatía con el gobierno. Dice el colega Alfonso Gumucio en un reciente artículo de prensa (La casa del cine) que “si el Estado apoyara la Cinemateca sin mellar su independencia (como en México, Francia y casi todo el mundo) se podría hacer mucho más”. Y añade: “somos muchos los que vamos a defender la independencia de la Cinemateca”.

¿Y si esa “independencia” significa una muerte agónica? ¿Y si mejor deponemos las armas y miramos todos juntos por una de las instituciones más queridas por la ciudadanía? La Cinemateca fue designada por ley como «custodia» del patrimonio nacional de cine e imágenes en movimiento; por tal motivo nos debería interesar a todos y todas. Nota mental: la ley también obliga a la Fundación Cinemateca Boliviana a informar públicamente y de manera regular de su situación.

Se pueden hacer/soñar (tantas) cosas bonitas. Como que todos los y las cineastas sientan esa casa como propia. Como que los estudiantes universitarios vuelvan a pagar la mitad con su carnet. Como que no sea necesario tres personas para ver una “peli”; que vuelvan las charlas; que regrese el café del último piso, la revista, el trato amable con el público cinéfilo… ¿Se acuerdan cuando la Cinemateca era un punto de reunión social? Dejemos de usarla como arma arrojadiza. Salvar la Cinemateca es tarea de todos y todas.

PD: el que esto escribe es un asiduo de la Cinemateca y su maravilloso archivo.

(*) Ricardo Bajo vende escobas

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Norah Zapata, momentos de ceniza

La poeta Norah Zapata-Prill regresa al país desde Lausana-Suiza para presentar tres nuevos poemarios en Cochabamba y La Paz

Por Ricardo Bajo H.

/ 31 de marzo de 2024 / 06:55

Norah se fue a Europa en los setenta. Cochabambina de nacimiento, vivió en La Paz desde los ocho años hasta que llegó la hora de la partida en medio de la dictadura de Banzer. Iba para odontóloga, luego fue profesora de literatura (otro dolor de muelas) y terminó en Italia y Suiza al frente (durante cuatro décadas) de centros de psicogeriatría. Cuando salió al exilio, Norah Zapata-Prill (luego explicaremos ese “extraño” segundo apellido pegado con guion al paterno) ya era poeta. Norah es hoy una de las voces mayores de la poesía boliviana. Y de cuanto en cuanto regresa a Bolivia, como ahora.

Norah Zapata-Prill presentó el miércoles pasado en la Fundación Patiño de Cochabamba su último poemario Eclipses (2023), editorial Letreo (el sello fundado por Benjamín Chávez y Gary Daher). El libro -con prólogo de Vilma Tapia- tendrá este jueves 4 de abril su presentación en La Paz (pizzería Efímera, Sopocachi, 19.00). Sostiene Vilma que “Eclipses trae al lenguaje lo aparecido y develado en la experiencia liminal: en la vivencia del cuerpo malherido, en la sospecha de muerte, en los episodios de dolor y temor extremos y en los sueños, es decir, en la vasta complejidad que define una situación de clínica”.

Después, Norah volverá a su “Llajta” para leer poesía en la librería Atenea el viernes 12 de abril con motivo de la presentación de dos nuevos libros de la Yerba Mala Cartonera (“Crónicas de un desvanecimiento” de la cubana Maielis Gonzáles y los textos ganadores del II Concurso de Cuentos “Crispín Portugal”).

Cinco días después, el miércoles 17, presentará también en Cochabamba otro poemario Ágape, editorial 3600, con prólogo de su colega Marisol Quiroga quien dice en el prólogo: “Ágape no es sólo testimonio, sino también, y fundamentalmente, un darse a sí mismo y, a través de sí, dar el mundo que se atestigua, la ofrenda no puede ser otra que la palabra, lo escrito y lo (aún) no escrito, el salmo y el grito con que se nombra ese amado y efímero mundo interior/exterior y se entrega”.

Presentación del libro en el Espacio Patiño. Norah junto a Vilma Tapia, Benjo Chávez, Melita del Carpio Soriano, Rosalba Guzmán y Alba María Paz Soldán.
Presentación del libro en el Espacio Patiño. Norah junto a Vilma Tapia, Benjo Chávez, Melita del Carpio Soriano, Rosalba Guzmán y Alba María Paz Soldán.

Su ajetreada agenda (que también la ha llevado estos días a Santa Cruz) dice que volverá a finales de abril a la ciudad de La Paz para presentar (el 24) el tercer libro de esta gira 2024: Jadis y ahora (Plural editores) donde “vuelve a confirmar su presencia y contundencia verbal” según dice en el prólogo Mónica Velásquez Guzmán quien añade: “el momento escribiente es el de la ceniza y no el del fuego; el de la vejez y no el de la evocada plenitud; el del silencio y no el del diálogo”. Entre idas y venidas, charlamos con Norah, la poeta que siempre regresa.

– Has vuelto en varias oportunidades (me imagino que no tantas como si hubieses deseado) a Bolivia y sus/tus ciudades (Cochabamba, Santa Cruz y La Paz), ¿cómo han sido esos regresos desde que te instalaras en Suiza en el 78? ¿Han sido dolorosos después de 40 años de ausencias?

– Mi niñez y mi adolescencia han sido difíciles por las emigraciones diversas. Mi juventud, igualmente. Muchos cambios y frustraciones. No siempre se realizan los deseos como uno quiere y esto hace daño. Pero, los cambios significan encuentros, descubrimientos. Algunos bienhechores.  Es el caso de mi emigración a Suiza donde al fin me instalé, tal vez, definitivamente.

– Tu (atrevida/valiente) poesía erótica de los 70 esconde el desencuentro, el desamor, la pérdida del ser amado. Cito un poema tuyo (lo reproducimos en estas páginas) rescatado de Presencia Literaria del 72 que leí el otro día en la hemeroteca: “¡Qué ideas tienes / poner un cuadro obsceno en el pasillo! / y ¿si me desnudara aquí sin más? / ¿me clavarías en tu lecho? / ¿Buscarías la nueva alcoba para mirarme desconocida / buscarías donde recordarme con mis pocas alegrías absurdas? / ¿un encaje en el sostén / una simulada prostitución en el escote de mi blusa?”. Dice el escritor Guillermo Ruiz Plaza (otro boliviano autoexiliado en las Europas, como tú) que el desgarro y el miedo a la perdida son dos grandes temas de tu poesía. ¿Han sido una constante o han apareciendo/desapareciendo?

– Figúrate que no me acuerdo de ese poema. Guillermo Ruiz Plaza (gran poeta y amigo del alma) tiene razón cuando afirma que el desgarro y el miedo son mis temas. Acaso no preferidos pero constantes. Creo que esos temas recurrentes son la motivación de la escritura de toda poeta existencialista.

– Deseo/beso y viaje. Viaje y pasión casi se confunden. Has vivido en Italia donde incluso has organizado festivales de poesía. Vives ahora en Suiza (donde fuiste directora de un centro médico social psico geriátrico de Lausana, hasta tu jubilación). A ratos te imagino como el personaje japonés de la última película de Wim Wenders, perfect days y su lema de vida: “Ahora es ahora y la próxima vez será la próxima vez”. ¿Nunca sentiste tentación por la nostalgia?

– Desconozco al cineasta que mencionas y su película. Pero igual, el tema de la emigración crea un sentimiento de nostalgia inevitable. Sí, soy nostálgica pero no “pasista”.

– Voy a insistir con el exilio, vas a disculpar. ¿En qué formas partir es en cierta manera morir?

– Dije alguna vez en una entrevista: que partir es morir un poco pero también hacer morir un poco. A quienes abandonamos les hacemos sufrir, morir un poco. Recuerdo a mi madre con un pañuelo en la mano secando sus lágrimas cuando me despedí al irme de Bolivia.

– ¿Qué queda de la Norah que con treinta años ganara dos veces el Gran Premio Nacional de Poesía “Franz Tamayo” de la alcaldía de La Paz con De las estrellas y el silencio (1975) y Géminis en invierno (1978)? Con uno de nuestros mejores poetas de todos los tiempos, compañero Oscar Cerruto, entre el jurado, dicho sea de paso.

– La Norah de ahora ha envejecido, pero en el fondo sigue siendo la misma. Claro que recordar esos años y esos premios me dan placer, pero el pasado es el pasado, ¿No? Ah, Oscar Cerruto, gran poeta y amigo, quedará por siempre en mi corazón.

– ¿Te sientes -de alguna forma- pionera al haber unido desde la intimidad con voz de mujer palabra y sexo, labios y escritura? Te cito: “Fue puro azar mi sexo / mi inteligencia, mi pasión por la palabra”.

– Sigo penando lo mismo. En nuestra unicidad somos Eros y Tánatos. Sí, creo que mi sexo y mi inteligencia no lo tengo merecido, sino dado. Lo que sí me pertenece es la fidelidad y mi pasión por la palabra.

– Vuelves para presentar tres poemarios de golpe pero tu obra publicada es escasa (apenas cuatro poemarios y eso sí, varias antologías). ¿Es por ese afán de celebrar más el silencio que la soledad o por una necesidad de revisión permanente?

– Por las dos razones.

– ¿Te preocupa que tu obra publicada sea tan difícil de acceder para el público/lector boliviano? A Eduardo Mitre le pasa lo mismo.

– Claro que me alegraría que los poetas bolivianos de la diáspora sean mas leídos en Bolivia. Acaso falta más difusión y que nosotros mismo no hacemos gran cosa para la publicidad. Pero es difícil hacerla desde afuera.

– El primer poemario de los tres que presentarás en esta gira es Eclipses, tercer libro de la editorial Letreo de los poetas “Benjo” Chávez y Gary Daher. Tiene ilustraciones de Fernando “Nano” Ugalde. Y diálogos con poetas como Pessoa y Pizarnik. Chávez y Daher dicen en la solapa de tapa de tu libro: “el título nos previene de una experiencia de oscuridad temporal que amenaza ser definitiva; transcurso que viaja desde la luminosidad y su pérdida gradual hasta la noche. Tinieblas que exigen distinto modo de mirar el mundo y reclaman otra luz, en este caso, una luz interior para alumbrar las cosas”.

Eclipses es un poemario escrito en dos clínicas suizas donde estuve internada durante seis meses el año pasado a causa de una operación de la columbra vertebral. Fue una experiencia dolorosa. Pero como soy una convencida del valor terapéutico del arte y particularmente de la poesía, gracias a la imaginación convertí los muros blancos de mi habitación en lienzos donde imágenes y palabras ocuparon mi tiempo, mis insomnios, mis delirios Tiene un maravilloso prólogo de Vilma Tapia Anaya.

– Precisamente, Vilma (amiga y poeta) ilumina el concepto esperanza para mirar tu obra. La esperanza del amor que vendrá. La esperanza “en el fondo más desnudo del sollozo”. La esperanza del sobreviviente. “Sé que el sol no tiene sombra / hay que hacerla”.

– Pienso que la acción es creadora y no la pasividad. La confianza del sobreviviente reside en que somos en contínua transformación, seres en devenir, luego, en espera permanente.

– Quiero volver a ese centro de abuelos y abuelas donde has trabajado hasta tu jubilación. ¿Qué te han enseñado sobre la soledad, la locura y la vida?

– En los países del Norte hay una especie de demisión de la comunicación. Mi experiencia con los ancianos dichos “dementes” ha sido capital para mejor comprender la sabiduría oculta en la cual viven. Para mí ellos son reflejos de nuestra condición humana. Aún en sus delirios hay un mensaje. Un mensaje de esperanza. Es como si vivieran protegidos en sus mismidades. Poeta como me siento he penetrado en sus delirios sin ser atrapados por ellos. Lo viví como metáforas de los designios. Nunca fui agredida.

Recuerdo a una viejecita que no podía dormir porque tenía “hombrecitos” en las manos de los cuales no podía desprenderse y a quien le dije con tanta convicción que me los confiara, que los pusiera en mi bolsillo. Se quedó tranquila y tomó su somnífero. ¿Será que un día esos “hombrecitos” salgan de mi bolsillo? Me pregunto de vez en cuando. ¿Ves? Yo veo la singularidad de la metáfora entre la demencia y la poesía.

– ¿Sigue siendo el azul cielo tu color favorito?

– Sí. Por aquello de su inmensidad.

– ¿Qué recuerdos guardas de tu generación poética de los Nisttahuz Parrilla, Shimose, Matilde Casazola, de los que ya no están?

– ¡Guardo bellos recuerdos! Con los medios financieros de la “Casa de Poesía El Cactus” que fundé y poseo en Ostuni-Italia, publicamos una antología bilingüe de poetas bolivianos, en italiano y castellano. Se llamó Il paese degli specchi” (El país de los espejos: Antología de la poesía boliviana de hoy. Incluía a 32 poetas bolivianos.  Para mí fue una manera de honrar a la poesía nuestra, a la poesía que me ha dado tanto. Así pude leerlos traducidos al italiano por Emilio Coco, el antologador y gran difusor de la poesía hispanoamericana. De Jaime Nistahuz no sé nada, ni de Pedro Shimose. Con Matilde Casazola estoy en comunicación permanente por “mails”. Soy muy fiel en la amistad. A los que ya no están los llevo en mi corazón.

– La (pen)última y nos vamos. ¿Te sientes valorada?

– Tengo suerte. Me siento valorada. Amigas y poetas como Mónica Velásquez, María Soledad Quiroga Santa Cruz y Alba Paz Soldán se encargan de difundir mi obra, escribiendo prólogos y artículos.

– La yapita: la curiosidad biográfica, ¿de dónde viene ese Prill pegado al apellido Zapata?

– ¡Es una larga historia! Monseñor Juan Quirós, el editor de Presencia Literaria donde publicaba mis poemas, consideraba que mi nombre de pila era muy largo y no poético. Mi apellido materno es Parrilla. Al volver de los Estados Unidos, una vez me propuso llamarme: Norah Zapata-Grill por aquello de que “grill” en inglés significaba “parrilla”. Publicaron, entonces, en Oruro mis apellidos pero por error, transformado en Prill. Fue la ocasión para que Monseñor me bautice como Norah Zapata-Prill. Fue rocambolesco. Mi madre estuvo decepcionada pensando que la estaba renegando.

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POEMAS

PRIMER POEMA “Grano de arena convirtiendo mi dolor en perla no quiero otro vientre. Esta fértil ofrenda de la esperanza es una almeja que me alberga hasta el parto en nueva luna.” (Diecisiete, del poemario “Eclipses”, 2023).

SEGUNDO POEMA “El lamento de la tarde se abría A la confesión del fuego ¡hacer arder! Volverlo todo un rojo intenso.  Hacer del viento un mechón de cabellos saliendo de tus brazos.  Retorcerte en el fuego y arder arder para consumirte hasta el último grito del sollozo.  Arder para hacerse olvido en la ceniza”.(“Arder”, del poemario “Fascinación del fuego”, 1978).

TERCER POEMA “¡Qué ideas tienes!  ¡Poner un cuadro obsceno en el pasillo! ¿y si me desnudara aquí sin más? ¿me clavarías en tu lecho?.  ¿Buscarías la nueva alcoba para mirarme desconocida? ¿buscarías donde recordarme con mis pocas alegrías absurdas? ¿un encaje en el sostén una simulada prostitución en el escote de mi blusa?.

Me quedo así de espaldas que se me queme la sopa.

No quiero ser un postre que se amasa los ojos con tus lágrimas mientras te niegas en el sexo por costumbre.

No voy a pintarme ni de azul ni de rojo molino de París ni de azul en los sueños.

Estoy cansada de píldoras y cremas para gustarte, estas cansado de tu presencia aquí, sin riesgo.

De hoy en adelante toma tú la píldora, si quieres.

O ve a la peluquería, si quieres.

Yo aquí, noche a noche, día a día más lejos de los escaparates y por eso mismo más cerca de la tarde que te espera volver solo a mi silencio.

Más cerca de este “da igual” que me escuchas diariamente (pero que no es igual sino el acierto de mi grito).

Y ya ves, porque me da igual.

Voy a levantarme y en silencio levemente señalo con el índice lo que está más cerca a nuestros labios.

Sí, me llego a ti para que oigamos juntos que el campanario (también se siente solo asomado en su venta y dobla) como tú, como yo”.  (Fragmento de poema publicado en Presencia Literaria, 1972).

CUARTO POEMA “Voladores en mis cielos de niña pelotas de trapo jugando secretas ilusiones en las calles nubes que viajan mis inocencias mangos columpiando cosmos.

Primeras lágrimas sauces llorando lo que se lleva el tiempo en mis andanzas: Comí de otros panes pero sabiendo que el trigal era tuyo sintiendo que el grano ha madurado entre tus surcos cerros redondos ecos míos.

Llámenme viento de la puna desgrana el huayño dime la razón del hombre al lado de la piedra paja brava Abrázame.

Tierra acéptame desnuda y río nocturna mariposa que no sabe dónde malgastó sus horas.

Dios ¡cuan frágil es el valido de la oveja que a su rebaño vuelve! tierra mía dame la paz del ave que retorna al nido.

(“Retorno” del poemario “Ágape”, 2019).

Texto: Ricardo Bajo H.

Fotos: Alma Tunante, Andrés Laguna y Norah Zapata-Prill.

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Sanjinés, mecanismo de autodefensa

‘Los viejos soldados’ es un cuento/relato (de amistad/amor) escrito por Sanjinés. En un principio era literatura, ahora es cine

Ricardo Bajo

/ 6 de marzo de 2024 / 06:41

Los viejos soldados arranca con dos planos marca de la casa Jorge Sanjinés Aramayo. Es la potencia visual que aún conserva el maestro. El primero es un plano fijo de una sagrada/gran montaña. El segundo son dos hombres caminando juntos/confundidos entre los arbustos del Chaco Boreal. Así va a terminar también la película. ¿Será la última imagen de su carrera?

En el primero suenan unos sikuris y un dron nos baja a la celebración de un matrimonio aymara. El aspecto técnico/formal del duodécimo largometraje de Sanjinés ha mejorado respecto de sus últimas obras. Y la (magna) producción nos llevará del altiplano al Chaco Boreal, de Sucre a La Paz.

Lea también: Mirar para otro lado

Unos soldados secuestran y violan mujeres aymaras. Estamos en la Guerra del Chaco y los indígenas son reclutados a la fuerza. Serán carne de cañón, como siempre. La secuencia me hace recuerdo a Yawar Malku y los Cuerpos de Paz estadounidenses esterilizando mujeres quechuas y aymaras. De la comunidad idílica/idealizada a las trincheras del “infierno verde” apenas hay tres pasos al frente.

“Sálvese usted”, dice el soldado raso aymara Sebastián Choquehuanca (¿era necesario colocar el apellido del actual Vicepresidente al protagonista?) al soldado raso “blanco” de Sucre Guillermo Fernández de Córdoba. Entonces, el soldado “blanco” salva y rescata al soldado aymara. Otra vez. La misma historia que hemos visto mil veces. El mismo relato que nos ha enojado en cientos de veces en películas gringas de todos los colores. La condescendencia. El paternalismo. Otra vez.

El guion ha sido uno de los grandes hándicaps de las últimas películas del maestro. Y esta vez no es la excepción con diálogos de vergüenza ajena. Hace rato que extrañamos a otro maestro, Oscar Cacho Soria Gamarra, el hombre más hábil a la hora de trasladar el habla popular a la gran pantalla.

El soldado “blanco” es interpretado por un Cristian Mercado que hace lo imposible por hacer creíble un personaje a ratos inverosímil en un reparto desigual, en especial en su duelo actoral con su colega Roberto Choquehuanca. La dirección de actores (individuales) nunca fue el fuerte de Sanjinés, firme creyente del personaje colectivo. De los roles femeninos, mejor ni hablar.

Los viejos soldados es un cuento/relato (de amistad/amor) escrito por Sanjinés. En un principio era literatura, ahora es cine. Tiene un (evidente) trasfondo autobiográfico. En realidad es la proyección (lo que hubiera soñado hacer y no hizo) del propio director. Hombre “blanco” con «conciencia» quiere colocarse del lado correcto de la historia. Hombre “blanco” con sentimiento de culpa se casa con mujer aymara para vivir felices en la comunidad romantizada donde todos son iguales. Sanjinés es el soldado raso y Beatriz Palacios es la profesora Benedicta. La proyección en psicología es un mecanismo de defensa ante situaciones incómodas o emociones abrumadoras.

“Somos pueblos hermanos, entre bolivianos y paraguayos. La guerra es solo odio, muerte y dolor. No a la guerra, sí a la vida”, grita la profesora a sus alumnos en una escuelita de Sorata. La secuencia no es creíble, así de simple. Como ésta, vendrán media docena más, entre ellas la agresión/insulto (“usted es un racista mierda”) del soldado “blanco” a su jefe militar; la charla socialista en el bar… El didactismo reduccionista, la (mala) apología, la lámina escolar. Otra vez. El esquematismo, sin matices. Otra vez.

El séptimo arte parte de un pacto: creer en el truco, identificarte con los personajes, meterte en la historia y olvidarte del mundo por un rato. Lo peor que te puede pasar en una sala oscura de cine es que se rompa ese pacto.

Los planos fijos del maestro (su habilidad a la hora de colocar la cámara en el sitio correcto), la mejora en los aspectos cinematográficos (es triste resaltar esto a estas alturas) y los saludables esfuerzos en la producción se pierden por los agujeros de la escritura. Nada nuevo bajo el sol en el planeta Sanjinés que ofrece de nuevo un filme desequilibrado/desigual.

“Hay cosas peores que enfrentarse a las balas”, dice el protagonista. Y tiene razón. También hay cosas peores que decepcionarse (otra vez) con una película del maestro (intocable) Sanjinés que se equivoca en la parte más importante, en el final. ¿No era mejor terminar la película cuando Choquehuanca se aleja por la calle Indaburo sin reconocer a su viejo amigo —ahora “indio”— en una metáfora/símbolo del desencuentro y la pesadilla/promesa de la reconciliación? Doctores tiene la santa madre iglesia.

Los viejos soldados es el testamento de un soldado abatido por el paternalismo. Cuando llega el fundido en negro, suena una cueca: “El que ha querido”. Y no ha podido. Sanjinés no puede dejar de ser Sanjinés.

(*) Ricardo Bajo es un pinche periodista

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