Voces

Tuesday 23 Jul 2024 | Actualizado a 16:28 PM

Arte e Historia condenados a la destrucción

/ 14 de abril de 2024 / 00:17

Desde hace varios años, al igual que muchas instituciones y personas, veníamos reclamando por el maltrato del que era objeto la pieza escultórica representativa del Mariscal Andrés de Santa Cruz. Debemos volver sobre el tema no solo para reiterar la protesta, sino también para sumarnos a los gritos de alarma que algunos medios han comenzado a lanzar (véase por ejemplo repercusiones en las redes sociales, así como también la cobertura de LA RAZÓN, con foto de tapa incluida, del 10 de abril). Y no es para menos. La cabeza del mariscal esculpida en una inmensa roca, está ante el riesgo inminente de ser sepultada por arena, cascajo, piedras y lodo que arrastra el rio.

Se confirma por enésima vez la manía destructiva de algunas autoridades municipales y la indolencia de la ciudadanía que las deja obrar. Desmontaron en 2008 el complejo escultórico de la Plaza de los Héroes, construido bajo concurso menos de 10 años antes, lo reemplazaron por un cuadrilátero vacío y un paso de automóviles, arrojaron sus piezas por aquí y por allá, entre ellas la “cabeza del mariscal” fue a dar a la orilla del río en las afueras de la ciudad. El lugar era a todas luces inapropiado; por ejemplo, cuando unos muchachos incultos la pintarrajearon, las autoridades no tuvieron mejor iniciativa que “proteger” la pieza rodeándola con malla de gallinero. Pero además, el sitio resultó claramente inseguro, tal como puede verse ahora. Si no se hace algo urgentemente la próxima riada terminará sepultándola.

Reiteramos aquí algo que dijimos en agosto de 2019, apoyados en la opinión del académico José Roberto Arze (www.carlossoriag.com/elmariscal- santa-cruz-espera-un-desagravio/:)

“… Andrés de Santa Cruz no se distinguió solamente como estratega militar, conductor político y notable estadista, sino también como empeñoso impulsor de la cultura. Fundó dos universidades, la de La Paz y la de Cochabamba; a las cuales ciertamente las bautizó con nombres de santos, pero con el consiguiente significado terrenal: San Simón, por Bolívar, y San Andrés, por él mismo. Además, impulsó la creación de bibliotecas públicas en todos los departamentos… Uno de los retratos más conocidos de Santa Cruz lo presenta de cuerpo entero y leyendo un libro que sostiene en la mano, dato muy revelador, por cierto.”

Cabe recordar que fuentes del Concejo municipal, en ocasión de reclamos anteriores, nos aseguraron que existía un compromiso formal entre el gobierno municipal de La Paz y la Universidad Mayor de San Andrés para reubicar esta pieza escultórica donde corresponda a su alto valor artístico e histórico. ¿Qué dicen al respecto los miembros del GAMLP (concejales y alcalde) y los desaforados candidatos al rectorado de la UMSA? ¡En la situación actual unos y otros están emplazados a cumplir sus compromisos institucionales! Tal cual.

Carlos Soria Galvarro es periodista. 

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Casos y cosas del Bicentenario (y V)

/ 21 de julio de 2024 / 00:08

“…el término Alto Perú para designar a Bolivia en la etapa anterior a su independencia es un verdadero absurdo, Bolivia es el resultado del desarrollo histórico de la Real Audiencia de Charcas y su nombre debería ser Charcas, porque esa era la palabra que designaba a nuestro territorio durante la dominación española”: Guillermo Ovando Sanz (en Colección de Folletos Bolivianos del periódico Hoy, vol. III Nº 22, 1976). El autor afirma que el término Alto Perú ya se venía usando desde un tiempo atrás, pero su generalización estuvo a cargo del arequipeño José Manuel de Goyeneche, quien, al mando de las tropas realistas, encabezó la campaña contra las rebeliones de las ciudades de La Plata y La Paz (25 de mayo y 16 de julio de 1809). Cabe remarcar que estas fechas marcan el comienzo de la Guerra de la Independencia, la misma que en Charcas, hoy Bolivia, se prolongó hasta 1825.

Para cerrar este ciclo de artículos relacionados al contexto fundacional de Bolivia, volvemos una vez más, qué remedio queda, a repasar algunos libros cuya lectura arroja luz sobre estos temas:

— La dramática insurgencia de Bolivia, del historiador estadounidense Charles W. Arnade (primera edición en castellano, La Paz, 1964).

— Ni con Lima ni con Buenos Aires: la formación de un Estado nacional en Charcas, de José Luis Roca (La Paz, 2007). A partir del interés inicial por refutar polémicas afirmaciones de Arnade, el historiador boliviano (nacido en el Beni) construye una monumental y muy documentada obra (cerca de 800 páginas).

— Bolivia, su Historia (seis tomos, el tercero de los cuales abarca Reformas, rebeliones e independencia, 1700- 1825). Trabajo colectivo de una veintena de historiadores e historiadoras, especializados en diferentes temáticas y que se agrupan en la Coordinadora de Historia (La Paz, 2007).

— Rescrituras de la Independencia, actores y territorios en tensión, de los autores Rossana Barragán, María Luisa Soux, Ana María Seoane, Pilar Mendieta, Ricardo Asebey y Roger Mamani (La Paz, 2012).

— Apuntes para una visión dialéctica de Bolivia, de Roberto Alvarado Daza (La Paz, 1979). Como dice su título son apenas apuntes, recopilados por Ramiro Barrenechea de diferentes publicaciones universitarias y partidarias. Es un libro muy modesto (127 páginas) y prácticamente inencontrable en librerías y puestos de venta de libros usados. En los hechos es un libro prácticamente ignorado y desconocido aun entre los estudiosos de historia, no es mencionado en bibliografías y no figura en varias bibliotecas que hemos consultado. Todo esto tiene una explicación: Roberto Alvarado era militante del Partido Comunista desde las épocas del PIR y fue desterrado y perseguido en diversas ocasiones. Cuando ejercía la docencia universitaria fue apresado en la dictadura de Banzer, murió en la prisión de Viacha, el 31 de mayo de 1972. En uno de los artículos recopilados, Las normas jurídicas y la realidad histórica de Bolivia, Alvarado hace mención a dos versiones del decreto del 9 de febrero de 1825, firmado por el mariscal Sucre. Una es copia original, quizá como un primer borrador, enviada a Bolívar desde Puno el 2 de febrero y publicado en 1924 por Vicente Lecuna (Documentos referentes a la creación de Bolivia). Y otra la publicada en la Colección oficial de leyes, decretos, órdenes y resoluciones de la República Boliviana. Roberto Alvarado encontró algunas notables diferencias de fondo entre ambas versiones. Su temprana muerte en las mazmorras del banzerato le impidió seguir las investigaciones. Pero dejó la mesa servida para que los historiadores de hoy desentrañen ese y otros misterios que rodearon la formación de este entrañable país nuestro que tiene como certificado de nacimiento, precisamente aquel decreto firmado por el Mariscal de Ayacucho, un 9 de febrero de 1825.

Carlos Soria Galvarro es periodista.

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Casos y cosas del Bicentenario (IV)

/ 7 de julio de 2024 / 00:08

Los “gritos libertarios” de 1809, en Chuquisaca el 25 de mayo y en La Paz el 16 de julio, marcan el inicio de una nueva etapa de la lucha emancipadora de las colonias de España en América. Se caracteriza por el rol predominante de los estamentos criollos y mestizos. Los indígenas están presentes esporádicamente y han perdido el control que tenían en los grandes levantamientos nativos de 1781 (los Katari en Potosí, Túpac Katari en La Paz y Túpac Amaru II en Cuzco). Asimismo, fracasan los intentos de aglutinar en un solo bloque a unos y otros, como ocurrió fugazmente en Oruro.

Mientras en las provincias del Rio de la Plata se hace imposible el retorno del virreinato, entre otras razones por el contrapeso británico, en el Perú y en especial en Charcas campean los ejércitos realistas aplastando, uno a uno, los focos de rebelión. En La Paz, Murillo y los después llamados “protomártires de la independencia” son llevados a la horca, sin contemplaciones.

Pero, en el sentido estratégico, quienes impiden el avance de las tropas realistas hacia el sur con la pretensión de tomar Buenos Aires son las partidas de guerrilleros, las mal llamadas “republiquetas” que colaboran con los “ejércitos auxiliares” enviados por el Gobierno de las Provincias Unidas, derrotados por los realistas en tres oportunidades consecutivas. Entretanto, las provincias no eran tan “unidas” como lo proclamaba su nombre, se agitaban por constantes pugnas, en especial la controversia entre la centralista ciudad de Buenos Aires y las provincias. Entre otros temas, se debatía la forma de gobierno a adoptar. La disyuntiva en ciertos momentos era: monárquicos o republicanos, súbditos o ciudadanos. Por una parte, Mariano Moreno, Castelli y Monteagudo, a quienes bautizaron despectivamente como “jacobinos”, aludiendo al ala radical de la Revolución Francesa. Y por otro lado, Rivadavia, Belgrano, San Martín, y Güemes, cada uno con sus propios matices, con sus momentáneos énfasis y con sus ocasionales aliados. Unos proclamaban la necesidad de un régimen monárquico constitucional al estilo de Inglaterra y otros llegaron a proponer un retorno al Imperio incaico.

En el contexto de estos debates surge una voz sumamente original: la de Vicente Pazos Kanki. Una calle en la ciudad de La Paz es, que sepamos, el único símbolo que recuerda en Bolivia a tan destacado personaje. Ni las autoridades políticas ni los organismos que agrupan a los periodistas, han hecho algo por homenajearlo. En la Argentina menos, solo uno de los siete solitarios “parajes” que tiene uno de los “partidos” de la Provincia de Buenos Aires, llevaba su nombre hasta 2019 (no sabemos si subsiste luego de la virtual quiebra de los ferrocarriles en el país vecino). “Gaceta de Buenos Aires” fue el primer periódico que salió luego del 25 de mayo de 1810 (2 de junio, declarado Día del Periodista argentino). Pazos Kanki fue su editor responsable entre 1812 y 1813 y compartió por un tiempo la conducción con Monteagudo. Después fundo el “El Censor”, en el que desarrolló intensas campañas que lo llevaron a su primer exilio. A su retorno, en 1816 —sin sotana, pero con esposa inglesa y con imprenta—volvió a las lides periodísticas, fundó “Crónica Argentina”, desde cuyas páginas defendió las ideas republicanas con apasionado rigor. Bartolomé Mitre, historiador y futuro presidente de la Argentina, casi siempre parco en halagos, dijo sobre esa parte de su obra: “Hay artículos de periódicos que tienen la importancia histórica de un libro y este es uno de ellos” (artículos de septiembre a diciembre de 1816). Con su lenguaje vibrante y con una lógica implacable, arrinconó a las tendencias monarquistas. “Un indio de la ciudad de La Paz”, como se autonombraba, les dio la estocada final.

Nunca retornó al país que lo vio nacer. Pero hizo mucho por serle útil a lo largo de su complicada vida. Su biografía debiera ser más conocida en este Bicentenario, ¿no les parece?

Carlos Soria Galvarro es periodista. 

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Casos y cosas del Bicentenario (III)

/ 23 de junio de 2024 / 00:08

¿Cuál fue el factor decisivo para el surgimiento de un nuevo Estado en los contornos territoriales del Kollasuyo incaico que después fuera la Charcas colonial?

En un congreso internacional de Historia de América realizado en Buenos Aires en 1938, Casto Rojas, conocido hombre público boliviano, ensayó una respuesta: “En un orden puramente nacional, Potosí constituyó el centro de gravedad de la evolución económica, cuyo influjo determinó la creación de la República de Bolivia sobre el eje político-social Charcas-La Paz”.

“El caso de Bolivia colonial es el de un monocultivo argentífero con Potosí en su corazón”, remarca Tibor Wittman (Estudios históricos sobre Bolivia. La Paz, 1975). Y el casi desconocido investigador húngaro añade: “La importancia de la producción de plata en Potosí es tan generalmente conocida, que la historiografía ha olvidado completamente someterla a un examen detallado y digno del papel que desempeñó”.

Surge inevitable la pregunta: ¿En las varias décadas que han trascurrido desde que el historiador europeo hizo tal afirmación, se ha llenado por lo menos en algo el vacío? Prometemos averiguarlo consultando a especialistas. Entretanto, veamos dos jatunñaupa- libros que hablan mucho de Potosí, pero en siglos anteriores.

Uno es el monumental Historia de la Villa Imperial de Potosí de Bartolomé Arzáns de Orsúa y Vela. Tres voluminosos tomos, cada uno de más de 500 páginas, incluidas las 185 del medular estudio introductorio de Lewis Hanke y Gunnar Mendoza en lo que fue la primera edición completa de este libro (1965, Brown University Press, Providence Rodhe Island, EEUU). El texto tiene “información estrictamente histórica, pero su autor estaba mucho más atraído y fascinado por el lado novelesco del pasado potosino”, dice el historiador Alberto Crespo Rodas, a tiempo de recordarnos que Arzáns le dedicó 30 años completos de su vida a este trabajo, erizado de complicaciones y dificultades. Cabe recordar también que recién en 2013 se hizo la primera impresión boliviana completa, una réplica exacta de la edición estadounidense, gracias al esfuerzo conjunto de la Fundación Cultural del Banco Central de Bolivia y Plural Editores. La buena noticia es que este libro figura entre los 200 títulos de la Biblioteca del Bicentenario de Bolivia (BBB) y circulará, ojalá pronto, a un precio más accesible.

Y el otro gran libro es: Guía histórica, geográfica, física, política, civil y legal del Gobierno e Intendencia de la provincia de Potosí. El autor, Pedro Vicente Cañete y Domínguez, un ilustre paraguayo nacido en 1749 y muerto pocos años antes de la Independencia. Tomó tan a pecho su trabajo de asesor-consultor, que terminó seducido por su objeto de estudio. Concluyó su obra sobre Potosí en 1787, antes de cumplir 40 años, pero defendió, afinó, y enriqueció sus conclusiones y propuestas hasta el final de sus días. Su libro fue publicado completo por primera vez en Potosí en 1952, bajo el impulso de Armando Alba, entonces director de la Casa de Moneda.

El infaltable Mariano nos recuerda las menciones a Potosí en El Quijote de la Mancha, y que cuatro ciudades y poblaciones de Brasil, ocho de Colombia, dos de Estados Unidos, una de España, dos de Nicaragua y cinco de México, llevan el legendario nombre de Potosí (El mundo desde Potosí: vida y reflexiones de Bartolomé Arsánz de Orsúa y Vela 1676-1736. Selección, prólogo y notas de Mariano Baptista Gumucio. La Paz, 2002).

Y para el cierre. Efectivamente, no hay plata. Ni en el Río de la Plata, ni en la ciudad de La Plata, ni en las costas de Mar del Plata. Las únicas cargas del metal blanco que llegaban a Buenos Aires provenían de Potosí, así como los únicos ecos argentíferos eran los emitidos desde ese mítico lugar. Por si lo hayan olvidado, sinónimo de plata es argento, que deriva del latín argentum. Lo de Argentina, guste o no, viene de ahí…

Carlos Soria Galvarro es periodista. 

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Casos y cosas del Bicentenario (II)

/ 9 de junio de 2024 / 00:06

Doscientos años. Dos siglos. Para ciertas personas es mucho, toda una eternidad. Para otras un santiamén, un abrir y cerrar de ojos. Ante la Historia menos que una pestañeada.

Imaginemos por un instante la primera cuarta parte el siglo XIX. Nos guste o no, el número cabalístico coincide con hechos históricos relevantes: el fin de la llamada Guerra de la Independencia cuyo punto culminante fue la batalla de Ayacucho (diciembre de 1824) y, con la creación de Bolivia, el cierre del proceso de surgimiento de las nuevas repúblicas criollas en esta parte del continente (6 de agosto de 1825). España solo pudo retener el poder colonial en Cuba, en tanto que Brasil, convertido en sede del imperio portugués, actuaba como punta de lanza de la “Santa Alianza” que pretendía reponer a los monarcas destronados, recuperar las colonias y el poder eclesiástico.

¿Hay hechos históricos remarcables anteriores a los hitos de 1809, Charcas 25 de mayo y La Paz 16 de julio? Claro que sí. Pero la historiografía boliviana les restaba importancia o los ignoraba por completo. Nuevas miradas, a tono con los tiempos que corren, sitúan el comienzo de la gesta independentista en 1781, año de los grandes levantamientos indígenas, Túpac Amaru en Cuzco, los Katari en Potosí y Túpac Katari en La Paz.

De cualquier modo, al arribo de las “bodas de plata” del siglo XIX, la Audiencia de Charcas estaba tensionada por un nudo de contradicciones, lo que Jorge Ovando señaló como un conjunto de “conflictos de soberanía” (La invasión brasileña a Bolivia, Ed. Isla, La Paz, 1977).

Desde los tiempos de la conquista española Charcas perteneció al Virreinato de Lima. Pero en 1776 pasó a depender del Virreinato de Buenos Aires. Su influencia se hacía sentir en el sur peruano abarcando Puno, Cuzco y Arequipa. Y en el norte argentino, Córdoba, Jujuy, Tucumán y Salta.

Terminada la guerra, existía una especie de disponibilidad de Charcas para optar por uno u otro camino.

1) Lima quería recuperar territorios reunificando Bajo y Alto Perú.

2) Buenos Aires buscaba reincorporar “sus” provincias altas que habían quedado flotando ante el fracaso de los ejércitos “auxiliares”.

3) España obviamente no quería soltar su presa y pretendía restablecer el régimen colonial.

4) Brasil tendía a expandir el Imperio hacia al oeste, como instrumento de la “Santa Alianza” (de ahí la toma de la provincia Chiquitos, abandonada por los brasileños precipitadamente ante una enérgica reclamación del mariscal Sucre, al poco tiempo de su llegada a la ciudad que hoy lleva su nombre).

¿Cuáles eran los objetivos de Bolívar y Sucre al mando de las tropas libertadoras? ¿Eran de puro sentido libertario o también había detrás un cálculo político destinado a mantener un equilibrio que facilitara el proyecto bolivariano de unión de los nuevos Estados? Este sigue siendo tema de análisis y controversias.

Y finalmente, ¿qué quería Charcas, asolada por 16 años de guerra continua, sin instituciones y sin identidad propia? ¿Los “señores notables” convocados por el decreto del mariscal Sucre aquel lejano 9 de febrero, eran suficientemente representativos de una población segmentada y dispersa? Hay que recordar que ese decreto excluye expresamente del derecho a elegir y ser elegidas a personas analfabetas y sin determinado monto de ingresos, con lo cual de hecho son excluidos los pueblos originarios. Y las mujeres, ni que se diga.

Bolivia se funda, entonces, sobre la base de la discriminación económica, cultural, étnica y de género. Transcurridos 200 años muchas de esas lacras subsisten en el comportamiento y en la mentalidad de grupos afortunadamente cada vez más reducidos. Erradicarlos por completo es una tarea pendiente y de largo aliento.

Carlos Soria Galvarro es periodista. 

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Casos y cosas del Bicentenario (I)

/ 26 de mayo de 2024 / 00:30

“Que 20(0) años no es nada… que febril la mirada que errante en la sombra te busca y te nombra…”

Cierto, se trata de la letra de un tango sentimental citado de memoria. Añadiendo un cero a la cifra de años e imaginando el amor perdido tal si fuera amor a la patria, asomó a mi cabeza el momento en que decidí dedicar esta quincena al tema del Bicentenario.

Dos siglos. ¿Es poco o es mucho?

Por alguna razón que quizá puedan desentrañar los psicólogos, los seres humanos tendemos a dar una significación especial a los números redondos y mitades. De ahí las “bodas de plata” (25 años), las “bodas de oro” (50), los centenarios (100), los sesquicentenarios (150), los bicentenarios (200), los milenios (1000) y más.

Quienes hicimos una vida consciente en la segunda mitad del siglo XX, tuvimos el privilegio de saborear los ecos del primer centenario de Bolivia (1925) y del IV Centenario de la fundación española de la ciudad de La Paz (1948). Y de modo vivencial el Sesquicentenario de la Constitución de Bolivia (1975), el V Centenario del “descubrimiento” de América por los españoles (1992, “encuentro” según algunos y “encontronazo”, según otros). Y, no es poca cosa, atravesamos en carne propia los cambios de centenario y de milenio (1999-2000, siglo XX-siglo XXI).

Falta nada más que un año y algunos meses para arribar a la fecha exacta del Bicentenario de Bolivia (6 de agosto de 2025), las conmemoraciones ya han comenzado, aunque lamentablemente en un clima de incertidumbre, polarización y predominio de acciones politiqueras de la peor especie, provenientes tanto del mundo oficial como de las oposiciones, la tradicional y la nueva. Se podría esperar que por el Bicentenario se haga un alto y se realizaran debates sobre algunos horizontes que podríamos construir juntos la mayoría de bolivianos y bolivianas. Nos proponemos abordar estos temas, aun a riesgo de que se considere que hacerlo es como predicar en el desierto.

He aquí un primer dato: el 6 de agosto no cae de los cielos. Si bien puede considerarse como un hito, hay varios procesos previos y posteriores a tomar en cuenta, un antes y un después que corresponde examinar. En lo inmediatamente anterior, está el cruce del río Desaguadero por el ejército liberador grancolombiano al mando del mariscal Sucre, su consiguiente ingreso a territorio altoperuano y la emisión el decreto convocando a una asamblea deliberante (9 de febrero de 1825), para decidir la suerte de las provincias bajo jurisdicción de la Audiencia de Charcas. Eventos que tuvieron lugar como consecuencia directa del resonante triunfo de las armas patriotas en la Batalla de Ayacucho (diciembre de 1824).

El dato interesante es que antes de que llegara Sucre, las tropas de la División de los Aguerridos, fruto de las guerrillas de Ayopaya y Sica Sica, comandadas por José Miguel Lanza, tomaron la ciudad de La Paz.

En abril, cercado por sus propias tropas sublevadas, fue derrotado y muerto en Tumusla el último general realista, Pedro Antonio de Olañeta, que se había rebelado contra los mandos españoles “constitucionalistas” y rechazaba la capitulación de Ayacucho.

La fecha de la fundación no fue elegida al azar. Precisamente el 6 de agosto, un año antes (1824) ocurrió la Batalla de Junín en la que las huestes patriotas comandadas por Bolívar, se impusieron sobre las fuerzas realistas. Junín fue como el preámbulo para el golpe final de Ayacucho. El acta de la independencia de lo que fue inicialmente la República Bolívar, se firmó el 6 de agosto, precisamente en homenaje al primer aniversario del triunfo de Junín, entonces ojo, esta batalla tendrá su propio bicentenario en agosto del presente año.

Por supuesto, las anteriores líneas se refieren a un corto periodo de la guerra de la independencia. Hay mucho más para compartir…

Carlos Soria Galvarro es periodista

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