Voces

Monday 10 Jun 2024 | Actualizado a 23:58 PM

De Thalía al sultán Suleimán

/ 5 de mayo de 2024 / 00:44

La columnista de LA RAZÓN y cineasta Verónica Córdova, en uno de los diálogos en el programa Piedra, papel y tinta, nos recordó lo poco que leemos hoy en las sociedades con una sencilla doble pregunta: ¿cuántos libros leíste en el último mes y cuántas películas o series viste sólo este fin de semana? No se vayan, que no lloraré en esta columna lamentando que las nuevas generaciones estén perdiendo irremediablemente el contacto con el libro mientras esta A también puede ser justamente acusada de leer cada vez menos libros de papel. Mejor ahorrar a los amables lectores esa posición cínica y recostarnos sobre el diván de las confesiones. Confieso que me vi toda la telenovela argentina Rosa de lejos en plena dictadura, confieso que más tarde vi la novela brasileña O bem amado, confieso que vi la mexicana Esmeralda, confieso que me considero una experta de la serie La Familia Ingalls. Y confieso, sobre todo, que las disfruté y que las volvería a ver. Confieso, finalmente, que muero por escribir este domingo sobre las telenovelas turcas. ¡Qué bomba! Un verdadero fenómeno global por lo menos en la última década. Los turcos han lanzado un efectivo anzuelo que nos tiene atrapados en tres grandes redes: la cultural, la económica y la narrativa.

Ya es imposible no advertir con sana envidia el gran impacto en la percepción que el mundo tiene actualmente de Turquía. Este fenómeno va más allá de las coordenadas políticas. Estamos siendo testigos de la fuerza y eficacia de las novelas y series turcas. Marca país. Presencia transversal en nuestro continente y otras regiones del mundo de estos productos narrativos que recuperan historias de todos los tiempos comenzando o terminando siempre cerca de la vieja Constantinopla, capital del mundo. Mi mamá, que nunca fue novelera, terminó enamorada irremediablemente del sultán Suleimán. Así, las telenovelas turcas nos han devuelto a los grandes relatos históricos con la misma habilidad con la que nos atan frente a la pantalla cuando nos cuentan los dramas familiares de este siglo, los amores prohibidos, las tramas que ponen en el centro los difíciles encuentros entre tradición y modernidad.

En una línea paralela a esta notable incursión en la gran agenda mediática, los turcos han gatillado un significativo interés turístico centrado en Estambul que nos remite a la dimensión económica de un país que ya inaugura medios en español, por ejemplo. En esta tierra de mezquitas, las telenovelas y series son el resultado del montaje de una inmensa estructura de producción que está dejando significativos y crecientes ingresos económicos y de esta manera convirtiendo a Turquía en el segundo exportador de estos contenidos sólo después de Estados Unidos. No se trata apenas de dinero, amigas y amigos. Mediante estos puntos de contacto con otras culturas, estos relatos tan turcos logran articular ejes de influencia sobre sus enormes audiencias en el mundo. Atraviesan diversos puentes culturales con imantados personajes y endulzadas historias, en atrevidos dramas que nos hacen pensar y hablar sobre la historia de uno de los ombligos del mundo, sobre dilemas éticos, sobre las normas sociales, sobre las tradiciones, sobre las desigualdades entre mujeres y hombres…

Entre amores imposibles y dilemas de un sultán, Turquía se juega su imagen mientras mira crecer sus cifras comerciales, mientras ve desembarcar las recientes inversiones. Se ha convertido en una eficaz maquinaria productora de entretenimiento y, claro, de imaginarios sociales. Tiene entre sus manos, por lo tanto, los más eficaces insumos para patinar con soltura y triples saltos sobre la pista de la diplomacia cultural que es una verdadera diplomacia de los pueblos. Ya está de pie el puente donde mundos diferentes se encuentran en las modernas pantallas, se miran en el espejo, se reconocen, se acercan venciendo la distancia de las lenguas. Todo está servido: paisajes perfectos, gastronomía exótica, estéticas milenarias, todo empaquetado en el mejor papel de regalo: tramas familiares, historias de amor, cuestiones de honor, viejas y nuevas formas de traición. La conexión emocional ya está garantizada. Señoras y señores, Turquía se las trae.

Claudia Benavente es doctora en ciencias sociales y stronguista.  

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Villa Fiorito

/ 2 de junio de 2024 / 00:05

Érase una vez una A que, en una visita a Buenos Aires, optó prioritariamente por conocer uno de los museos más argentinos, más genuinos, más urgentes: la casa de Diego Armando Maradona. Su residencia primera, luego de la firma de su inicial contrato como futbolista. Lascano 2257. La Paternal. La emoción comienza desde la entrada, con el viejo auto de Diego estacionado en la puerta. Sigue en el pasillo de ingreso, en la sala, en la cocina, en el patio… ahí están las fotos de su padre y doña Tota, las de los hermanos. Prueba suficiente de que son en verdad los espacios, los muebles, los objetos. Estamos en la Capilla Sixtina. El sentimiento llega a su tope cuando se ingresa a su habitación: la misma cama, la misma colcha, sus botines, sus discos de Milanés y de Ramona Galarza. Ahí está la foto del Cebollita con sus audífonos, sentado en el piso, al lado del viejo tocadiscos. ¿Estaría escuchando Merceditas? Así nació nuestro querer, con ilusión, con mucha fe, pero no sé por qué la flor se marchitó y muriendo fue. Esta A lo ama con loco amor. Y en nombre de ese amor pedí ir más arriba, subir al origen de todo, llegar a la cima de su primer hogar, allá, loco, en el lugar más tibio de Villa Fiorito. No se pudo en ese entonces. Se pudo hace una semana y traigo entre las manos un corazón ardiente por lo que vio.

El breve espacio en que no estás, como anticipaba y cantaba para él Pablo Milanés. Todavía quedan restos de humedad. Ese breve espacio es un rincón bonaerense del que nadie quiere acordarse. Ni siquiera el Pelusa, que reconoció que en esa villa miseria la pelota era su salvación: ”En realidad yo jugué al fútbol pensando siempre en comprarle la casa a mis viejos… y nunca volver a Fiorito”. Y así fue.

El marco de Fiorito es la basura amontonada; las carretillas de los cartoneros; es un pibito de unos siete años mirando el lente del celular, sin soltar su basurero; es un caballito pobre echado en la puerta de una casita villera; la certeza es, milagroso, un cartelito de media muerte: Calle Diego Armando Maradona. Llegamos al punto cero del Pelusa.

¿Esta es la casa? Ésta, confirma, su vecino, Norberto Fernández. Un viejo árbol quiere reventar el lugar con sus raíces. Apenas deja el espacio a un mini patio de tierra, una silla de plástico le pone el acento humano a este abandono, pedazos de tela sobrevivientes al mal tiempo puestos por hinchas, un viejo muro con el retrato colorido de Diego, la puerta más pobre del mundo y al lado, la bandera, descolorida, de Evita Perón, de Tita Merello, del Che, de Gardel y de Borges. El sol argentino flamea con el frío. La vieja madera que hace de portón se cierra con una cadena. No es la Capilla Sixtina de La Paternal; es el humilde pesebre donde nació la esperanza. Es la cuna del dios melenudo que metió el gol más descolonizador de la historia. Por eso llegan aquí y rezan, encienden velas y se toman un trago. Así, en silencio y sin pagar entrada, llegamos los devotos, con el pecho reventando de agradecimiento De Villa Fiorito viene el 10, de esta casucha sale a dominar la pelota y con ella, la gran pelota llamada planeta Tierra. De esta tierra de villa se levanta el pibe más pobre para hacernos ricos en alegría, en orgullo. El resto solo es más villa, loco. El resto es su vecino Norberto que recuerda sin aspavientos y con la dentadura incompleta: “Jugábamos acá en la calle, allí en la esquina era todo baldío. Yo era arquero, acá. Él me decía Vaquita, por Vacca. Yo le daba la pelota a él, él pasaba a cinco y hacía el gol” repasa mientras dobla unos cables de motor de auto. “Cuando debutó, toda la cuadra fuimos a verlo”. Norberto enumera sin titubear los apodos de todos los hermanos Maradona, prueba de verdad. Y después de la breve charla, vuelve a su silla en la puerta de su casa, junto a Olga, su pareja, una rockera inconfundible con el cabello teñido. El resto es solo más villa. Más niñas inventando juegos en un semi asfalto. Más casitas que dejan ver las camisetas secándose al sol. Un largo asiento de cemento donde pintaron “Milei basura”. Más ventanas misteriosas luciendo macetas con las flores de la esperanza. Mejor dicho, con las flores de la espera de una Argentina pobre que ya esperó demasiado y que mira el potrero del barrio con abandonados arcos sin red sobre una cancha de polvo como prueba de que todo esto no fue un sueño, prueba incontrastable de que siguen siendo Villa Fiorito, Ciudad de Dios, ciudad del Diez. De una ventana sale una cumbia villera que en la cabeza se mezcla milagrosamente con esa canción de Rodrigo: En una villa nació, fue deseo de Dios, crecer y sobrevivir, a la humilde expresión, enfrentar la adversidad con afán de ganarse a cada paso la vida. Y, sí. Aquí nació la mano de Dios. Y todo el pueblo cantó. Regó de gloria este suelo.

Grande, Villa Fiorito. Esperanza, Villa Fiorito. Promesa, Villa Fiorito. Futuro, Villa Fiorito. Argentina, Villa Fiorito.

 Claudia Benavente es doctora en ciencias sociales y stronguista.

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Homenaje póstumo en vida

/ 19 de mayo de 2024 / 00:15

Tal como lo acaba de leer. Es una de las últimas metafísicas de Manuel Monroy Chazarreta. Tan profunda, tan tierna, que se convirtió en el techo de la más reciente presentación en el teatro Nuna de su entrañable La Paz. Convocó al sol y a varios talentos amigos, a testigos de su camino, admiradores de sus características irrepetibles que lo acompañaron y lo sostuvieron en un cuidado y a su vez emotivo aptapi musical, literario, poético… bien lindo shempre.

Antes de que se abra el telón, en mesas y graderías ya se paseaban las leales pizzas, se parquearon en un par de mesas botellas de vino, sin semáforos circulaban jugos, gaseosas. Hasta un postre con chocolate preludiaba un dulce concierto. Cuando de pronto, sin aspavientos, ingresa casi de puntas, acompañado solo por su guitarra, el joven alteño que Manuel ya nos presentó en otros encuentros, Mauricio Segález. No sólo ha sabido entender los ch’enkos del Manuel, no sólo sabe del valor del Manuel, también nos deleitó con una crónica en tono joven, en tono promesa. Tan promesa y presente como la Vero Pérez, que nos hizo cambiar de temperatura con su interpretación de Ego, una canción para ella y sólo para ella. Tan presente y tan consciente como el Christian Benítez, con una potente versión de una de las últimas composiciones papirrescas, Chabela para la revolucionaria Isabel Viscarra, que nos dejó hace poco: “ay, Chabela, Chabelita, compañera de los pobres, de Café Semilla y pan”. Ella se hizo presente en el aire.

Canción tras canción, nuestras almas vibraron exorcizando nuestras penas, saldando cuentas con el pasado, deletreando la luz del presente, sintiéndonos orgullosos de nuestro cantautor, de nuestro sentipensante, de nuestro pequeño Manuel que se quedó tan wawita sin su madre Anita, abrazado a su guitarra, de nuestro “Manuelitoshón” que se graduó bachiller del brazo de la chola Hilaria, su segunda madre y razón de su columna ideológica.

Esa noche de viernes también pusieron algunos punto y aparte. El actor Sergio Caballero revivió, sin huecos, algunas crónicas del Papirri que certifican que la calidad de sus composiciones está a la altura de sus textos. Tan íntimos, tan suyos, tan sinceros, tan entrañables, tan tan que parecen campanas. Con el corazón en la boca, un trago de vino, y a la siguiente canción. Sin embargo, ahora no hay control posible: entra la Tere Morales para romper toda la zona sur con una inigualable Ingratitud. Qué cueca, Tere.

Para los seguidores del Manuel, pocas pueden ser las sorpresas. Así y todo, hay que admitir que fue un regalo inesperado la presencia de Luis García en los teclados. Lo fue porque le dio un color diferente a todo, lo fue porque sus dedos fundiéndose en cada tecla deconstruyeron y reconstruyeron ese mágico teatro, lo fue porque contó cómo desde sus inicios musicales intentaba sacar las canciones de Monroy Chazarreta y no le salían pese a sus jóvenes esfuerzos. Hubo que tomarse muy en serio la formación musical para poder ponerse una prenda de Manuelitoshón. Su música es altamente original, su música es compleja. Su verso es siempre un nacimiento. Y su poesía, ¿de dónde vendrá su poesía? ¿De dónde sale: “esta quimba es la trinchera para fusilar la desconfianza” o “por qué agujero de tu alma se fue chorreando mi amor”? Y sobre todo, ¿cómo hay personas que creen y dicen, sin ruborizarse, que el Papirri no es más que buenas metafísicas y Bien le cascaremos? Mejor vuelvo al chisme de aquella noche en la 21 de Calacoto. Fue una presentación en la que sus alianzas musicales y de vida cuidaron cada pieza de un tiempo y espacio inolvidables: el muy changuito Ruddy García enmarcando con su decidida trompeta, Bilo Viscarra levantando el ánimo, Raúl Flores con un bajo que puso en alto el conjunto, Mauricio Cardona domando con temple su batería y la zampoña valiente de Kicho Jiménez, la alegría a toda prueba de Kicho. Hasta ahurita no entiendo por qué le dice “tío” al Manuel.

Desfilaron sus grandes composiciones (y aún así me faltaron tantas pero tantas canciones imprescindibles para mi vida, para La Paz, para el país). Mecieron como a wawa de pecho cada pedazo musical, cantaron con la fuerza de la tierra, leyeron con el corazón cada palabra, le dijeron al Papirri que es único en sus relatos, en sus composiciones, en sus letras, alumbraron su poesía, le agradecieron su probada generosidad, su versatilidad… bien lindo shempre.

Esta A, que no sabe tocar ni la puerta, no puede poner un punto final a esta columna sin reconocer el plurivalor de Manuel Monroy Chazarreta, el haber puesto música y poesía a mi vida. Y con esta última presentación, haberme enseñado que el verdadero homenaje póstumo es en vida, carajo.

Claudia Benavente es doctora en ciencias sociales y stronguista.

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La nube y el deseo

/ 21 de abril de 2024 / 00:13

Si esta A no estuviera tan anclada en los contenidos periodísticos, ¿tendría la misma sensación de incertidumbre, de crisis, de pesimismo? ¿Un arquitecto que diseña un moderno edificio o una comerciante que vende jugo de mandarina compartirán estas percepciones nubladas de lo que el país y el mundo que lo sostiene presentan a estas alturas del año? Para salir de estos interrogantes viene bien dar un vistazo a algunas cifras. Hace no muchos días salió la última actualización del Informe Delphi, un estudio con liderazgos de todo el territorio que deja un retrato de país que puede cambiar.

Uno de los datos más llamativos es justo ése que confirma la percepción con la que arrancamos esta columna: cerca del 81% de los consultados sobre el rumbo del país cree que vamos por mal camino, el dato más negativo desde el 2020. Un porcentaje sobre el que se sostienen otros datos que dan un entramado de preocupaciones. Repasemos algunos insumos generales. Se cree que la situación política del país es mala, 45%; regular, 30%; muy mala, 19%; buena, 5%. Detrás de estas cifras tiene que estar la división dentro de las principales fuerzas políticas, la agresión, la mezquindad y la falta de propuestas a la altura de las circunstancias del momento boliviano.

En cuanto a la situación económica, los interrogados creen que es mala en un 37%; regular, en un 35%; muy mala, en un 21%; buena, en un 5%. Percepciones que están articuladas seguramente en las informaciones (o la falta de ellas) sobre los movimientos de la macroeconomía y de manera más sensible, lo que los individuos sienten día a día en los precios del café o del tomate, en la escasez de los dólares, en la falta de clientes, en el atraso de su salario, en la fluidez de los negocios individuales o familiares. Este termómetro tiene, lamentablemente (porque no es del todo justo), un peso determinante en las lecturas de los marcos ideológicos, en los ciclos políticos de un país o de una región logrando llevarnos a abrazar propuestas electorales radicales que ya acumularon un historial de más pobreza y desigualdad. Pero en la percepción manda el bolsillo y la angustia por el horizonte de lo que se trabajó y se acumuló con esfuerzo.

La cereza de los datos precedentes es que se ha instalado la percepción de que el futuro no va a poner estos porcentajes en rutas inversas. Si nos vamos a anteriores mediciones, la gestión de la economía boliviana permeaba mejor las percepciones pesimistas pese a las ya adultas crisis en la política. Hoy, lo predominante es que la cosa está mal y que puede empeorar pese al notable control de la inflación, pieza clave en los comportamientos de las sociedades.

El termómetro boliviano parece marcar, por otro lado, una alta preocupación por la conflictividad en el país. La polarización no duerme, se alimenta de odios e intolerancia. Hay que decir, al mismo tiempo, que dos tercios creen que al final del camino podremos resolver estas diferencias pacíficamente y no en un enfrentamiento violento. En medio de estos porcentajes está la confianza, un valor en la economía. Como el amor en la estabilidad de nuestras relaciones nucleares. Si la gente confía, la economía se aceita.

Esta A confía esencialmente en la gente. Hace pocos días, el centro de la sede de gobierno volvió a cerrar principales arterias debido a bloqueos de trabajadores municipales que decidieron que sus reclamos van a poner el tablero complicado al Negrito, el alcalde. Así, El Prado presentaba, en su punta, unas enormes pancartas y objetos de bloqueo mientras que su largo cuerpo de calzada y acera florecía de gente. ¿De dónde sale tanta gente? La luz del día iba cediendo a una fresca noche paceña anunciada en las calientes pipocas del carrito empujado por la joven vendedora que alterna entre la sal y el cobro por cada bolsita. Más adentro, la venta de camperas, de camisas. Los grupos de amigos, riendo de cualquier cosa, con sus papas bañadas en salsa. En plena calle, los autos han sido cambiados por zapatillas a 80 o 60 bolivianos; todos los números disponibles. Un paraíso de llaveros coloridos a 5 pesos. Los perros de la noche, con dueño o callejeros, sellando con sus patas el encanto de este tiempo de la risa, de la venta, del antojo, del paseo sin prisa, del deseo de una Bolivia que quiere vender más, comprar más, encontrarse más, confrontarse menos, cruzarse en las calles, darse un beso inesperado.

Claudia Benavente es doctora en ciencias sociales y stronguista.

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183 pedazos

/ 7 de abril de 2024 / 04:18

Esta semana hubo un encuentro para comentar los resultados de la última encuesta de “Unámonos”. Se trata de una iniciativa desprendida de la preocupación por el impacto de los conflictos y la violencia política en los bolivianos. La idea de partida es que nuestras polarizaciones crónicas están lastimando el tejido social. Es un proyecto financiado por Alemania a través de sus fundaciones Friedrich Ebert y Konrad Adenauer.

El documento en cuestión pone sobre la mesa de debate la salud de la democracia y la salud mental de la sociedad boliviana asumiendo que la polarización política es un factor compartido en gran parte de las sociedades actuales. Un denominador común que se alimenta de desigualdad, desconfianza y desinformación. La pesadilla perfecta.

Ana Lucía Velasco escribe en su introducción a este documento que hay algo inflamado, adolorido (no se puede reponer lo roto, sí se puede aliviar lo que duele, cree esta A lastimada y adolorida). Propone mirar el impacto de la polarización en la salud mental de la sociedad. Interesante, novedoso en nuestro contexto y bastante debatido por quienes fuimos invitados a comentar la encuesta. Ésta habla de “correlaciones positivas y altamente confiables entre salud mental y niveles de polarización política, agravadas además por una importante brecha entre oriente y occidente”. Lo último apunta a que, en función del lugar boliviano donde nos encontremos, la “experiencia de país” varía significativamente. ¡Vaya hipótesis de lectura!

Una de las columnas vertebrales de este estudio reposa en la idea de que la polarización boliviana no está tan basada en diferencias ideológicas como en posturas netamente políticas. O sea, “la política por la política y no las diferencias de pensamiento”. Desafiante idea que pide, a coro, doble o triple verificación.

En los resultados concretos, vale la pena subrayar un par de cifras: a un 52% de la gente le cuesta hablar con un “otro”; un 41% cree que no puede expresar libremente su descontento con los partidos políticos; entre el 2022 y el 2023, la cifra de los polarizados bajó en un punto porcentual; entre el 2022 y el 2023, la cifra de los “altamente polarizados” bajó en cinco puntos porcentuales; a finales del 2022, el 70% de la población estaba polarizada y el 2023, esta cifra bajó a 64%. Y la cereza: un 22,25% ha cortado lazos con familiares, amigos o colegas por su postura política sobre la crisis del 2019.

Es lógico que la polarización baje el volumen, no se puede estar enojado tanto tiempo, pero no por ello debemos olvidar que, como ratifica este estudio, mientras más polarizados estemos, menos motivación sentimos para trabajar por un mejor país. La polarización libera pesimismo, desaliento; la polarización perfora la comunidad. Las energías negativas transitan todavía por las venas nuestras y hoy explican que un 64,5% (nada menos) de los bolivianos tenga miedo a que la confrontación nos lleve a lamentar muertos y heridos, lo que le pone el sello indiscutible de que la agresión verbal, las violencias, las confrontaciones, las heridas de bates, de palos, de piedras o de balas, las muertes, la discriminación, la intolerancia o simplemente el racismo, siguen nutriendo los ríos de sangre que nos separan. Son ríos que no nos dejan cruzar al frente, son ríos que nos pueden llevar por delante.

El informe termina puntualizando que los bolivianos no somos tan diferentes como pensamos, sucede que no nos conocemos. También insiste en que dependiendo del departamento donde uno radica, se experimentan diferentes temperaturas de polarización. Finalmente, ratifica que sí existe una relación entre estar polarizado y presentar síntomas más o menos preocupantes en nuestra salud mental. Y sí, cómo no tomar en serio las palabras del periodista español Antonio Martínez Ron cuando describe: “La polarización política afecta a tus niveles de atención, a tu memoria y atiza tus emociones generando una espiral que nubla la razón. También puede provocar consecuencias físicas: ansiedad, trastornos del sueño y hasta taquicardias”.

La foto de una mujer sosteniendo el cuerpo ensangrentado de su pequeño en medio de las bombas y la destrucción también impacta en nuestro cerebro, también hace tambalear los pilares de nuestras creencias, también dinamita nuestras ilusiones, también abre las puertas de la desesperanza y nos rompe en 183 pedazos el corazón. Son los 183 días de la pesadilla en Gaza.

Claudia Benavente es doctora en ciencias sociales y stronguista. 

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La A de Anaís

/ 24 de marzo de 2024 / 01:33

No hay columna honesta si esta A no comienza admitiendo que en casa no hubo gran expectativa por el día del Censo. Ni siquiera fue un tema a comentarse en la cena, nuestro congreso en la cocina cada final de jornada. Solo se tenía en mente y en agenda que no se salía en todo el día. El único cabo suelto: ¿podremos sacar a Frida y Diego a que hagan pis?

Así, en medio del tra la la del trabajo, del colegio, de las tareas, de los trámites pendientes, de los quehaceres que siempre están haciendo fila en la mente, llegamos al sábado 23 de marzo. Dormiremos como reyes. Nada, señoritos, hay lecciones por preparar, textos por escribir, páginas por revisar, llamadas por hacer… Por suerte nos pusimos en ruta antes de las ocho porque nuestra censista llegó sobre las nueve de la mañana. Mi vecino en el edificio nos informa que el equipo del Censo llegó y que comenzará por el último piso. Fue solo en ese momento que nos entró en la mente la verdadera dimensión del Censo. Es verdad, esto es serio, están aquí.

Comenzamos todos a correr de aquí para allá. Llegaba la visita. Y así, el Estado tocó a nuestra puerta. El Estado era una joven boliviana, alta, delgada, universitaria de 22 años (eso me chismeó mi vecina), cabello negro bien sujetado en una cola, lindos ojos obscuros, poco maquillaje. Muy amable, diría dulce, se identificó e inmediatamente la invitamos a nuestra sala. Nosotros mirábamos su chaqueta negra, su jean y sus zapatillas blancas mientras Anaís ponía en orden sus documentos, con lápiz en mano, comenzó el cuestionario.

Cuando hubo que determinar quién es jefe de hogar, ella fue testigo de miradas cruzándose sin semáforo. Comenzamos. Gracias a la seriedad y amabilidad de la joven terminamos antes de lo que imaginamos. Se disculpó de no aceptar ni el jugo ni el café que le ofrecimos. Cuenta mi vecina que ya en el piso dos dio luz verde a una gelatina de color con plátano.

Llenado el cuestionario, cerramos la puerta después de dar las gracias y despedirnos. Y entonces el Censo tuvo una primera evaluación en mi pequeña comunidad. Qué afable, qué seria, qué bien hizo su trabajo Anaís. Comenzamos a imaginar entonces todo lo que se puede hacer con esa enorme estadística pronto a disposición. Cuántos somos, cómo vivimos y cómo nos reorganizamos en políticas públicas y en asignación de recursos. Sólo en ese momento se hizo de carne y hueso el operativo más grande de nuestra historia. Sólo en ese momento pensamos, de verdad que, como Bolivia, nos estamos mirando al espejo.

Un día de encierro entre nuestras paredes precedido de un día en el que se despliega una de nuestras innegables características como sociedad: correr a los mercados, armar filas kilométricas en los supermercados, hacer la lista mental de lo que nos puede faltar durante 24 horas sin salir, sobre todo sin comprar. ¿Y heladitos para el postre? A correr a la tienda, que todavía está abierta.

Esa mañana se fue Anaís con su mochila rosada y plomo, con su cabello negro bien recogido y su buena educación. Y pasaron las horas restantes entre nosotros, los habitantes del mejor lugar del mundo. Solo entre nosotros. Como en otros momentos de la historia última de nuestro país. La gran y esperanzadora diferencia es que este sábado nos quedamos en casa no porque una inconmovible pandemia nos puso contra la pared, llevándose a los nuestros, o encerrándolos y atemorizándolos hasta debilitarlos en su más íntima esencia como hizo ella con mi papá. Nos quedamos en casa no porque el país se está partiendo entre quienes creen que hubo fraude en las elecciones y quienes denuncian un golpe, todos alrededor de la gran fogata del odio y la desconfianza, todos testigos de las muertes de nuestros compatriotas. Nos quedamos adentro no porque temíamos que ese enemigo que construimos se entre a nuestra casa o a nuestro edificio para agredirnos, para violentarnos, para incendiarlo todo. Nos quedamos en casa para esperar a Anaís y ofrecerle un jugo o un café. Nos quedamos en casa para encontrarnos con ese otro que también posee en sus manos este país. Nos quedamos en casa para comunicarnos de alguna manera con quienes viven arriba, abajo, al lado, al frente y descubrirnos parte de una comunidad. Nos quedamos en casa para volver al núcleo de los más cercanos en absoluta tranquilidad y sentirnos acompañados, abrigados, en paz. Responder a las preguntas de Anaís, fue, para los míos, tomar conciencia de la infinita fortuna de vivir juntos, de estar sanos, en la tranquilidad de contar con un techo, en la alegría de contar con un trabajo, en el milagro de compartir pan en la mesa. El mundo se detuvo para reencontrarnos.

 Claudia Benavente es doctora en ciencias sociales y stronguista. 

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