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Sunday 21 Jul 2024 | Actualizado a 15:32 PM

Brocardos

Farit Rojas

/ 24 de junio de 2024 / 10:32

En el tránsito del Derecho medieval al Derecho moderno se elaboraron una serie de máximas, adagios y aforismos jurídicos que se memorizaban y funcionaban como lugares comunes o topoi, es decir, citas sintéticas, cuya legitimidad se encontraba en que eran admitidos como tradición de autoridad. Estos adagios y máximas se expresan generalmente en latín. Más que simples ornamentos, los brocardos reflejan principios referidos al sentido lógico con el que debe entenderse el Derecho, por lo que muchos de ellos aún reflejan algunos principios generales del saber jurídico. Veamos algunos ejemplos: Dura lex sed lex (dura es la ley pero es la ley); Ignorantia juris non excusat (La ignorancia del Derecho —o de la ley— no sirve de excusa); Ubi lex non distinguit, nec nos distinguere debemus (donde la ley no distingue tampoco debe distinguir el intérprete); In claris non fit interpretatio (Si hay claridad en la ley o en el Derecho, no es necesaria la interpretación); Iura novit curia (el juez conoce el Derecho y no es necesario probarlo); Pacta sunt servanda (lo pactado obliga); Nullum crimen, nulla poene sine praevia lege (No hay crimen, no hay pena ni castigo sin una ley previa que los prevea). Como puede advertirse, la mayoría de estos brocardos buscaban dar certeza al Derecho y a la ley escrita, lo que los sitúa, como mencionamos, en el tránsito del Derecho natural medieval al Derecho positivo moderno. Pero hay otros brocardos que buscan aclarar funciones lógicas y racionales en el Derecho, veamos otros ejemplos: Ad impossibilia nemo tenetur (nadie está obligado a lo imposible); Nemini licet venire contra factum proprium (a nadie se le permite actuar contra lo que él mismo ha hecho); Probat qui dicit non qui negat (el que afirma debe probar y no el que niega); Ubi eadem legis ratio, ibi aedem disposition (donde existe la misma razón jurídica, existe la misma disposición o ley).

Revise: Sobre el derecho

Uno de los brocardos que combina el respeto del Derecho y la necesidad de imparcialidad de los jueces en la decisión se expresa en el adagio nemo iudex in sua causa, que se traduce como el juez o los jueces no pueden ser parte en un proceso en el que tengan intereses personales o que de su decisión se espera consecuencias que los beneficien. Este brocardo se podría combinar con este otro: Nemo auditur propriam turpitudinem allegans (no se escucha a nadie que alega su propio dolo), mucho más si lo que se objeta es la legitimidad del juez o los jueces, pues la imparcialidad de éstos no podría ser posible ya que estarían resolviendo sin el desinterés subjetivo.

Los brocardos, máximas o adagios jurídicos buscan concentrar una sabiduría común que retornan en el Derecho contemporáneo como principios que pretenden guiar la actividad tanto legislativa como jurisdiccional del Derecho.

(*) Farit Rojas es docente investigador de la UMSA

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Conceptos conjugados

Farit Rojas

/ 8 de julio de 2024 / 10:27

Manuel Atienza, en un debate con Juan Antonio García, refiere a los conceptos conjugados, entendidos como aquellos distintos entre sí pero que no pueden entenderse el uno separado del otro, y considera que Derecho y justicia son conceptos conjugados, es decir, son distintos pero se necesitan o se precisan para una comprensión más completa de uno y del otro, así el esfuerzo de una teoría positivista del Derecho por separar la moral del Derecho (y decirnos que la ley no es sinónimo de justicia) resulta ser una confirmación de que son, efectivamente, conceptos conjugados. Veamos por qué. La intuición de que existen conceptos conjugados pertenece al filósofo Gustavo Bueno, para quien los conceptos conjugados son aquellos que tienen una historia sistemática similar, en la que se unen para unirse (disculpen el pleonasmo), o se unen para separarse, es decir, diferenciarse, aunque en esa diferencia se convoque siempre al contrario como rasgo antagónico. Uno de los ejemplos que da Gustavo Bueno es el par reposo/movimiento, son dos conceptos distintos pero que se precisan, el reposo es el no movimiento y el movimiento es la ausencia de reposo, aquí ambos conceptos se unen para separase, pues el rasgo de diferencia se encuentra en el otro. Sin embargo, existe la hipótesis Galileo, según la cual todos los cuerpos están en movimiento, entonces, el reposo sería el encuentro de vectores equipolentes, en esta hipótesis el reposo es otra forma de movimiento, aquí ambos conceptos se unen hasta fundirse. Otro par de conceptos conjugados, referidos por Bueno, es el par espacio/tiempo, un extraño aparejamiento intuitivo para Kant y que ha tenido su desarrollo filosófico en Heidegger y en Bergson, quienes han privilegiado a uno para comprender al otro, y en física existen quiebres de uno y de otro desde la teoría de la relatividad hasta en la teoría de cuerdas.

Revise: Brocardos

Entonces, lo que permite comprender la existencia de conceptos conjugados es la historia sistemática de cada concepto, es decir, los momentos históricos en los que se unen/unen hasta casi convertirse en sinónimos y los momentos históricos en los que se unen/separan, hasta casi ser antagónicos. Por lo señalado, la búsqueda teórica de separar el Derecho de la moral (y en consecuencia de la justicia), pertenece a uno de esos episodios en la historia sistemática tanto del Derecho como de la justicia. Y cuando los juristas alemanes de posguerra señalen que la norma jurídica explícitamente injusta no es Derecho, escriben un nuevo capítulo en la historia sistemática del Derecho como de la justicia.

Entonces, lleva razón Atienza cuando propone que para la teoría del Derecho la historia sistemática del Derecho convoca a la historia sistemática de la justicia, y viceversa, pues son conceptos conjugados. 

(*) Farit Rojas es docente investigador de la UMSA

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Sobre el derecho

Farit Rojas

/ 10 de junio de 2024 / 10:27

En una conversación entre los filósofos Gilles Deleuze y Michel Foucault, sucedida a comienzos de los años 70, Foucault señalaba que, en los grandes momentos de crisis de la justicia —es decir de crisis de credibilidad en los jueces, corrupción en los tribunales y abusos en las prisiones—, lo que se percibe no es el pedido de mejora del funcionamiento de la institución judicial, sino la denuncia de un ejercicio abusivo del poder, a través de un dispositivo que debería frenar el abuso, es decir, a través del dispositivo llamado derecho. Y no es que antes de esta visibilidad de este ejercicio abusivo existiera un ejercicio no abusivo del poder, sino que, hasta antes de ese momento, el derecho y sus instituciones hacían pasar ese ejercicio abusivo como algo normal, es decir, que se justificaba el ejercicio del poder a través de una discursividad institucional legitima —algo así como que esto es bueno en teoría, pero estamos fallando en la práctica—, y con ello se hacía tolerable el mismo. No debe olvidarse que cuando Foucault protagoniza esta conversación estaba por crear un grupo de información sobre las prisiones y preparaba una de sus obras más importantes sobre el derecho titulada Vigilar y castigar.

Consulte: ‘Trivium’

Pero, volvamos al tema de la conversación entre Deleuze y Foucault. La crisis de justicia no es una crisis de las instituciones jurídicas, sino una crisis del ejercicio de poder, el cual se vuelve visible porque el mismo es escandalosamente abusivo y cínico, imposible de ser contenido por el discurso del derecho. Si bien se pensará que el problema trata sobre la necesaria reforma del discurso jurídico, lo que se pone en cuestión no son en sí las instituciones jurídicas, sino las prácticas y las maneras en las que se desarrolla el poder. No es el derecho lo que está novedosamente mal —que en realidad tal vez siempre lo estuvo—, sino son las prácticas las que visibilizan lo irracional del sistema jurídico.

Tanto para Deleuze como para Foucault, el poder es algo relacional, algo que fluye. Nadie, hablando con propiedad, es su dueño. El poder, si existe, es en acto. Dicho de otra manera: el poder se ejerce. Por ello el ejercicio de poder puede rebasar el camino predeterminado de su práctica institucional y, en ese rebalse puede volverse obsceno y visible. Eso trae una vez más la reflexión hecha antes. No es que el ejercicio de poder alguna vez haya sido amable, sino que la predeterminación de su flujo desde lo institucional lo hacía tolerable —o justificadamente legal—, pero cuando el ejercicio de poder sobrepasa esta predeterminación y, en consecuencia, se vuelve obscenamente visible, la resistencia al mismo tendrá como punto de partida una denuncia al sistema judicial, pero seguidamente la necesidad de una reforma al sistema político.

(*) Farit Rojas es abogado y filósofo

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‘Trivium’

Farit Rojas

/ 27 de mayo de 2024 / 07:14

La educación clásica, descrita por el filósofo Francis Bacon, parte del llamado trivium que supone, en palabras de Bacon, tres etapas, tres vías, tres caminos. La primera, llamada fase gramatical, se refiere a las piezas básicas, a los llamados principios y cimientos del conocimiento en cada asignatura académica, en la formación clásica europea se encuentran como piezas básicas la Iliada y la Odisea. En esta primera fase se trata de absorber información, no se pide a los estudiantes que la evalúen, sino que la aprendan e incluso la memoricen, no es una fase sencilla pues se debe formar al estudiante en el hábito de la lectura. La segunda fase del trivium se denomina lógica y se refiere al estudio analítico de la información adquirida en la primera fase. En esta etapa se pide a los estudiantes dejar la memorización —sumamente útil como método fundamental de aprendizaje en la primera fase— y abrirse a la evaluación de lo que han leído, buscar conexiones causa-efecto, contexto histórico y estado de la ciencia en el momento en que se dijo algo que se leyó, es decir, problematizar aquello que se ha memorizado, por ejemplo si se trata de la Ilíada y la Odisea, comprender el tiempo de Homero, las relaciones bélicas entre griegos atenienses, espartanos, troyanos, etc. En la tercera fase del trívium, denominada retórica, los estudiantes deben aprender a expresar sus propias opiniones en base a lo que han memorizado (primera fase gramatical), lo que han analizado (segunda fase lógica) y, en consecuencia, estar listos para la expresión elegante y elocuente que contribuya a transformar su conocimiento, a darle una voz propia, pero con la rigurosidad de que sabe de lo que se está hablando. La fase retórica, que puede ser, en general, una exposición escrita, un ensayo, una monografía, permite llegar a afirmar una máxima de la escritura académica: la calidad de lo que se escribe depende de la calidad de lo que se lee.

Consulte: Libre determinación

La educación clásica, para Bacon, debe comenzar lo antes posible, pues los primeros dos pasos son complejos y muchas veces demandan mucho tiempo y compromiso de los estudiantes, y es que en la idea del trivium lo que está en juego es una técnica de lectura y una técnica de escritura, en la primera se exige aprender saberes básicos, piezas básicas del conocimiento, y ello demanda tiempo y paciencia. Si se salta la primera fase del trivium es posible encontrar estudiantes que opinan de una obra sin haberla entendido rigurosamente, o escriben ensayos y monografías de baja calidad, por ello es necesario afirmar que primero se debe entrenar a los estudiantes a entender, para luego evaluar y finalmente escribir, para formar y expresar una opinión rigurosa, cercana a la demanda académica clásica. El trivium sigue siendo el ejemplo de una educación clásica.

(*) Farit Rojas es abogado y filósofo

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Libre determinación

Farit Rojas

/ 13 de mayo de 2024 / 11:31

La historia de la formación de los instrumentos internacionales de derechos humanos de pueblos indígenas está atravesada por el debate sobre el reconocimiento del derecho a la libre determinación.

Los trabajos preparatorios del Convenio 169 de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) así lo revelan, pues mientras los pueblos indígenas reclamaban a la OIT por el reconocimiento del derecho a la libre determinación, los Estados se negaban a ello, al punto que una parte del debate retrata la negativa de los representantes estatales a denominar “pueblos” a las poblaciones indígenas, por el temor de que si se los denomina “pueblos”, ellos, los indígenas, se atreverían a exigir el derecho a la libre determinación. Esta tensión la podemos ver en la manera en que quedó redactado el numeral 3 del artículo 1 del Convenio 169 de la OIT, que señala que: “la utilización del término pueblos en este Convenio no deberá interpretarse en el sentido de que tenga implicación alguna en lo que atañe a los derechos que pueda conferirse a dicho término en el derecho internacional” (sic).

Lea: Inconstitucional

La tensión respecto al reconocimiento del derecho a la libre determinación de los pueblos indígenas continuó durante los años 90 de finales del siglo XX, en los debates de las comisiones de Naciones Unidas dedicadas a la formación de la declaración sobre los derechos de pueblos indígenas. Si revisamos los trabajos preparatorios de esta declaración, el debate se concentra sobre el alcance del derecho a la libre determinación, es decir, si el mismo puede, o no, poner en riesgo la unidad de los Estados que cobijan pueblos indígenas; las respuestas de los representantes de pueblos indígenas coinciden generalmente en mencionar que lo que se busca es el reconocimiento de las naciones indígenas y con ello el reconocimiento a su autogobierno y su autonomía, es decir, a sus sistemas de autoridades y sus sistemas de resolución de conflictos que se reflejan en el reconocimiento del pluralismo jurídico y político en un Estado que ya no puede ser un Estado nación, sino un Estado Plurinacional. La Declaración de las Naciones Unidas sobre los derechos de pueblos indígenas se aprueba en 2007, y en su artículo 3 se señala que: “los pueblos indígenas tienen derecho a la libre determinación”, asimismo, en el artículo 9 se indica que “los pueblos y los individuos indígenas tienen derecho a pertenecer a una comunidad o nación indígena”.

La libre determinación se constituye, así, en el derecho más importante para comprender la formación de los Estados plurinacionales como Ecuador y Bolivia, y la referida Declaración de Naciones Unidas sobre los derechos de pueblos indígenas de 2007 se constituye en el punto de partida para una nueva comprensión, compleja e intercultural, de los derechos humanos.

(*) Farit Rojas es docente investigador de la UMSA

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‘Amathia’

Farit Rojas

/ 29 de abril de 2024 / 12:30

Para Sócrates, la ignorancia no es solo la carencia de saber, sino la existencia, hasta el hartazgo, de opiniones erróneas con las que se ha llenado el lugar que debía ocupar el saber. Para entender este tipo de ignorancia recordemos lo que Platón nos narra en la llamada Apología de Sócrates.

Se nos cuenta que Querefonte, viejo amigo de Sócrates, había preguntado al oráculo de Delfos si había en Atenas hombre más sabio que Sócrates, a cuya pregunta el oráculo respondió que no. Pero Sócrates, que no se consideraba sabio, empezó una búsqueda de hombres más sabios que él. Comenzó con un político que se decía sabio, es decir, que creía que era sabio pero, luego de un examen al que Sócrates lo sometió, no lo era, simplemente creía que sí lo era y exhibía como sabiduría una colección de opiniones erróneas que llenaban su aparente saber. Luego Sócrates visitó a los poetas y pese a que estos escribían hermosos poemas y profundas composiciones, no lograban dar razón de los mismos, lo cual llevaba a pensar que esos poemas y esas composiciones eran fruto de la inspiración y no de la sabiduría. Finalmente, Sócrates buscó a los artesanos, quienes sabían sobre su arte, pero este conocimiento los llevaba a creer que sabían de todo, lo cual no era cierto y oscurecía lo poco sabían. Entonces, Sócrates se dio cuenta de la existencia de una ignorancia mucho más compleja que la sola carencia de conocimiento, esta ignorancia se la nombra como amathia y consiste en creer que se sabe cuando no se sabe, es decir, estar lleno, hasta el hartazgo, de un saber que no es saber y estar convencido tercamente de que sí lo es. Fue entonces que Sócrates comprendió su sabiduría: sabía que no sabía, mientras los otros no tenían ese conocimiento.

Lea: Izquierda

La enseñanza de Sócrates consiste en que la ignorancia no es, en muchos casos, la falta de educación, sino que también una mala educación puede ser la culpable de una ignorancia grosera y altanera, pues si solo se dijera “no sé”, no habría mayor problema que empezar a aprender, pero responder con un “sí sé” cuando no se sabe, obliga a que la educación deba comenzar por una fase crítica de desaprender antes de empezar a aprender, y ésta es justamente la tarea de una enseñanza y un pensamiento crítico.

Los ignorantes, resultado de la amathia, eran muy peligrosos para los griegos, pues estos están llenos de ideas falsas y no preguntan ni investigan, pues solo repiten lo que creen saber, y lo más temible es que podían ejercer cargos sensibles para la existencia de la polis, desde ser maestros hasta ser gobernantes. Este tipo de ignorantes siguen siendo muy peligrosos hoy en día, pues al igual que el temor que tenían los griegos hoy podemos temer que muchos puedan acceder a cargos, funciones y puestos tanto públicos como privados.

(*) Farit Rojas es docente investigador de la UMSA

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