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martes 29 sep 2020 | Actualizado a 11:24

Misión imposible en Ecuador

/ 18 de julio de 2020 / 00:58

¿Se imaginan utilizar una vacuna que todos saben que es incapaz de curar? Según el método científico, cualquier experimento probado un cierto número de veces sin resultados satisfactorios queda refutado e invalidado. Y deja de tener sentido volver a ensayarlo.

Sin embargo, en la política latinoamericana contemporánea, esta premisa tan básica no es aceptada mayoritariamente por muchos gobiernos conservadores, que se empeñan una y otra vez en procurar hacer desaparecer una identidad política mediante un ataque sistemático por la vía judicial, mediática, económica, internacional, política y electoral contra su principal figura. A pesar de los incesantes intentos, los resultados continúan siendo infructuosos.

Entre los muchos ejemplos disponibles de esta reiterada ofuscación está Ecuador. Han sido más de tres años de persecución contra Correa: dos procesos en etapa de juicio (Balda, Sobornos) y alrededor de 30 investigaciones previas abiertas y pendientes (declaradas como “reservadas” en la propia Fiscalía); infinitas portadas y titulares en su contra; apropiación de las siglas del movimiento Revolución Ciudadana; intentos múltiples de proscripción electoral del nuevo partido (Compromiso Social); y, cómo no, no quieren permitirle que se presente como candidato a ningún cargo posible en la próxima cita electoral.

Y después de los múltiples intentos para erosionar y desgastar la figura de Correa, definitivamente no han logrado hacer que desaparezca de la centralidad de la política ecuatoriana. No aprendieron ni un ápice de la experiencia contra Cristina Fernández de Kirchner en Argentina durante los cuatro años macristas; se olvidaron que esa misma estrategia tuvo un efecto bumerán, que condujo al desenlace que ya todos conocen: el Frente de Todos ganando las elecciones y con Cristina como vicepresidenta.

En el caso ecuatoriano, se viene replicando el mismo manual, pero adaptado a su episteme local. Y hasta el momento la misión resulta imposible. Correa a día de hoy sigue siendo la principal fuerza electoral y política, como lo certifican todas las encuestas publicadas en el país.

En estos años, la mala administración económica empobreció a la ciudadanía; hubo gran inestabilidad institucional —hasta el punto de tener cuatro vicepresidentes en este periodo—; la deficitaria gestión de la pandemia causó muchas muertes. Y es que el sol no se puede tapar con un dedo. El fracaso del gobierno conjunto de Lenín y su Gran Alianza (partidos de la derecha, banca, grandes medios, cámaras empresariales, gobierno de Estados Unidos) no puede esconderse echándole la culpa a Correa al mismo tiempo que se le persigue judicialmente. Intentarlo es asumir que la gente es tonta y, evidentemente, esto no es así.

Muchas veces se asume erróneamente que un vaivén electoral implica que se borre totalmente la huella que deja un largo periodo de gobierno progresista. De hecho, en el caso ecuatoriano, ni siquiera Correa perdió las elecciones. Las ganó el correísmo con un programa electoral no neoliberal. La gente votó esa opción y luego fue Lenín quien tomó la dirección contraria. La mayoría ciudadana todavía recuerda con anhelo las mejores condiciones de vida en la era correísta, así como la gran transformación en cuanto a infraestructura. Seguramente no todo fue visto con buenos ojos, como ocurre en cualquier Gobierno, pero lo que sí es cierto es que el saldo de su gestión fue positivo, y aún lo es más si lo comparamos con estos años tan difíciles para la ciudadanía ecuatoriana.

Correa todavía nuclea la política ecuatoriana. Pero sabe que no estará solo en la próxima disputa electoral presidencial de febrero de 2021. Todos irán contra él. Seguramente, el fenómeno político-electoral del voto útil en su contra se activará en los últimos meses de campaña. Y por esa razón se crea un frente progresista que amplíe las fronteras que tiene el propio correísmo: Unión por la Esperanza (UNES), que aglutina un gran conjunto de organizaciones sociales, campesinas, indígenas.

La mesa está servida para decidir el futuro del Ecuador en los próximos años. A un lado, está la estrategia continuada de destrucción del correísmo sin resultados a la vista, y que ahora goza de poco tiempo para reinventarse; que debe elegir si continúa erre que erre con la “obsesión Correa” o si finalmente opta por plantear alternativas en positivo, tanto al correísmo como al desastre que ha supuesto el gobierno de Lenín Moreno. Los principales referentes de este bloque son Otto Sonnenholzner (hasta hace poco vicepresidente) y el banquero Guillermo Lasso. Y al otro lado está la coalición UNES, que es una suma de espacios progresistas, agrupados por el rechazo al neoliberalismo, en el que están el correísmo y otros muchos sectores de la sociedad.

La estrategia de invisibilizar al correísmo no solo no funcionó, sino que además lo viene transformando en un espacio más amplio.

Alfredo Serrano es doctor en Economía y director del Centro Estratégico Latinoamericano de Geopolítica (Celag)

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Lo que se gana, a pesar de la derrota en el BID

/ 14 de septiembre de 2020 / 01:39

El vaso siempre se puede ver medio lleno o medio vacío. La votación para presidir el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) tiene múltiples lecturas, y todas son necesarias para entender la complejidad del momento geopolítico que vive el mundo, y muy especialmente América Latina. Limitar el análisis a una única conclusión, “ganó Trump y perdió la región”, sería cometer un craso error por desconocer los infinitos matices que caracterizan el actual escenario en disputa.

He aquí 5 puntos clave a considerar:

1. Aunque el BID es un ente político de carácter supranacional, su votación para presidirlo no obedece al criterio de “un país, un voto”, como ocurre en la mayoría de los organismos internacionales (salvo en el FMI, que tiene similitud al BID). La lógica es menos democrática: se vota según su estructura accionarial. Por ejemplo, Estados Unidos cuenta con el 30% de los votos.

2. La votación fue a favor de Mauricio Claver-Carone, exresponsable de temas del hemisferio occidental en el Consejo de Seguridad Nacional y asesor especial de Trump en esta materia. Obtuvo el 66,8% del capital accionario, es decir, logró tener un 36,8% adicional, derivado del apoyo de otros países.

3. La primera anomalía histórica de esta votación fue que el candidato no tuvo apoyo unánime. Enfrente se encontró con una nutrida oposición, conformada por 16 países (33,2% del capital accionario), que acabó absteniéndose. Esto ocurre gracias al rol protagónico y creciente de la nueva gran alianza geopolítica regional, conformada por Argentina y México, que había propuesto una posición diferente, sólida y no subordinada ni sumisa a las directrices de Estados Unidos (como así también sucediera en la última elección en la OEA).

4. Otra anomalía histórica de esta votación es que Estados Unidos propuso su propio candidato sin respetar los usos y costumbres de la institución, que hasta el momento siempre había permitido que la presidencia fuera ocupada por América Latina. Trump rompió esta tradición, seguramente para tener más poder y presencia en una región que no tiene bajo control. Necesitaba dar este “golpe en el tablero” para compensar otros fracasos en su política exterior para América Latina: su fallido Grupo de Lima, su desapercibido Guaidó, su inexistente Prosur y su desaparecida Alianza del Pacífico.

5. Estados Unidos ha pretendido usar esta votación, una vez más, para instalar la mayor “zozobra” posible al interior de América Latina. Más específicamente, el objetivo era romper el bloque Argentina-México, que incomoda —y mucho— al presidente Trump, porque le evita gobernar a sus anchas en toda la región. El clásico “divide y vencerás” era otro de los grandes propósitos en esta estrategia de Trump para el BID. Creyó que podría “condicionar” la posición de México en esta decisión, así como la de Argentina, aprovechándose del proceso de negociación que este país tiene actualmente con el FMI. Pero no. No ha sido posible afectar la estrecha relación que tienen Alberto Fernández y AMLO, a pesar de todos los intentos hechos por las usinas conservadoras y sus ecos mediáticos. En definitiva, “lo que no mata, te hace más fuerte”. Y esto es lo que va a pasar en el bloque geopolítico que no ganó: saldrá reforzado gracias a la demostración de una posición conjunta, digna y firme ante el todopoderoso Estados Unidos, que además contó con el apoyo de otros países de América Latina y Europa.

Trump gana, pero bien sabe que no se queda con todo. Solo se queda con lo que ya tenía: gobiernos que hace tiempo decidieron subordinarse, y que en este momento están en graves problemas por la incapacidad de garantizar estabilidad y paz puertas adentro. Y al otro lado se consolida otro gran espacio geopolítico, soberano, que no rompe relaciones con Estados Unidos, pero no obedece órdenes.

 En geopolítica, dos no es igual que uno más uno. América Latina sigue en disputa o, como diría Álvaro García Linera, está en empate catastrófico, a pesar de la votación en el BID a favor de los intereses de Trump.

Alfredo Serrano Mancilla es director del Centro Estratégico Latinoamericano de Geopolítica (CELAG).

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El neoliberalismo en default

/ 2 de septiembre de 2020 / 02:36

Lo peor de un momento presente es cuando ni siquiera podemos imaginar el futuro. Esto es, justamente, lo que le está ocurriendo al neoliberalismo. Vive un presente extremadamente complicado, que se agrava aún más por la incapacidad que tiene de dibujar nuevos horizontes hacia adelante.

Luego de medio siglo de existencia, el neoliberalismo se enfrenta a una gran crisis de ideas. Su manual quedó obsoleto.

La decadencia siempre es un proceso lento y, en muchas ocasiones, también inaceptable para quien lo padece. El neoliberalismo vive sus meses más complejos en América Latina. La pandemia del COVID-19 ha puesto al descubierto muchas de sus debilidades, que hasta ahora habían sido “tapadas” con grandes campañas de comunicación con alta dosis de posverdad (por no decir de mentiras). Véase, por ejemplo, lo que pasó en 2008: la última gran crisis neoliberal en lo económico fue reescrita como un problema de burbuja inmobiliaria, y responsabilizaron de todos los males a los ciudadanos, por un exceso de endeudamiento. Sin embargo, esta vez, ante la actual Gran Recesión que vivimos en el mundo, es prácticamente imposible que puedan nuevamente echarnos la culpa de todo, a pesar de que lo intenten. En este momento hay un gran consenso de que la culpa no reside en la gente, sino que el problema real está en un modelo económico y social muy poco preparado para afrontar adversidades.

Todos los mitos neoliberales saltaron por los aires en el justo momento en el que la gente necesita afrontar una situación dramática. El neoliberalismo no logra acertar con ninguna de sus respuestas habituales. Por un lado, se olvida de la economía real en pos de una entronización de la financiarización y, por otro lado, sigue defendiendo la ausencia del Estado a pesar que la ciudadanía latinoamericana demanda todo lo contrario. Según datos de las encuestas CELAG en el último trimestre, en Argentina el 90% está a favor de un Estado mucho más presente y activo; este valor es del 70% en Chile, 60% en México, y 75% en Bolivia.

Los sentidos comunes en la región cabalgan por una dirección completamente opuesta a lo que defiende el libreto neoliberal. El impuesto a las grandes fortunas cuenta con gran apoyo en muchos países de América Latina (76% en Argentina, 73% en Chile, 67% en México, 64% en Bolivia y 75% en Ecuador); y lo mismo ocurre con una renta mínima, garantizar públicamente la salud y la educación como derechos, frenar las privatizaciones, suspender y renegociar el pago de deuda, etc. Además, en la mayoría de los países en la región, la banca, los grandes medios y el Poder Judicial cuentan con una imagen muy negativa.

Esta enajenación de los políticos neoliberales (y sus respectivas usinas) en relación a lo que piensa la gente se traduce en muchas de las fotografías que estamos viendo en la región en los últimos tiempos. Piñera sin saber qué hacer ante una mayoría que ya comenzó el proceso constituyente para cambiar Chile. Lenín Moreno acaba su mandato en Ecuador sin apenas aprobación (11%) por la implementación del proyecto neoliberal. Áñez sigue empobreciendo a Bolivia y, de cara a la próxima cita electoral, goza de muy poco apoyo. En Colombia, el uribismo está en sus horas más bajas con su máximo exponente con orden de detención y sin capacidad para afrontar la pandemia. Macri, ahora de vacaciones en Europa, jamás pudo construir hegemonía neoliberal en Argentina y dejó una economía hecha pedazos. Bolsonaro, con casi 100.000 muertes por COVID a sus espaldas y con una gran dificultad para garantizar gobernabilidad y estabilidad política, económica y social. Y en este panorama, de crisis neoliberal, también debemos considerar lo que ocurre en Perú, donde se cerró el Congreso el año pasado —y tiene a todos sus expresidentes condenados por corrupción— y Paraguay, donde el presidente Abdo evitó el juicio político in extremis, luego de haber vendido energía a Brasil a “precio regalado”.

El neoliberalismo está en default, pero se niega a desaparecer. Procura reciclarse y oxigenarse. Dicho de otro modo: está renegociando su futuro, pero con una gran dificultad para generar horizontes que convenzan y entusiasmen. Sin embargo, sería un grave error subestimarlo ni darlo por muerto, porque cuenta con un gran poder estructural que, seguramente, estará dispuesto a camuflarse tras ideas progresistas. El mejor ejemplo es el FMI, que sin haber cambiado su composición “empresarial” tiene ahora un tono más conciliador en materia de deuda externa; o el Banco Mundial defendiendo los programas de rentas mínimas; o los multimillonarios abogando por más impuestos. Son muestras inequívocas que hay un intento de apropiarse de las ideas progresistas, impropias del neoliberalismo. Seguramente para hacerlas suyas y reformularlas, matizarlas, resignificarlas… Esto ya ocurrió muchas veces en la Historia: cuando el capitalismo estuvo en problemas, cedió lo suficiente para no perder su dominio. 

Estamos en un tiempo político de disputa en la región, en el que neoliberalismo está en default pero intenta escapar de su propia quiebra. El resultado de este dilema dependerá tanto de la capacidad que tenga la matriz neoliberal para reinventarse, pero fundamentalmente de cómo el progresismo avance, implemente soluciones certeras y cotidianas a la ciudadanía, y genere horizontes acordes a los nuevos tiempos.

Alfredo Serrano Mancilla es director del Centro Estratégico Latinoamericano de Geopolítica (CELAG).

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El antitrumpismo en América Latina

Posicionarse a favor o contra Trump hoy es un nuevo criterio para agrupar a los políticos y a la opción ciudadana

/ 17 de agosto de 2020 / 06:31

Donald Trump ha conseguido algo muy significativo: constituirse en un eje ordenador de la política en América Latina. Posicionarse a favor o en contra de su figura y sus ideas supone hoy un nuevo criterio dominante para agrupar a los diferentes grupos políticos y también a las preferencias ciudadanas

Esta suerte de plebiscito ideológico sobre el Presidente de Estados Unidos tiene una particularidad: distribuye muy desigualmente a los que están a un lado y al otro. La gran mayoría latinoamericana rechaza su manera de hacer política.

En las últimas cuatro encuestas de CELAG realizadas en estos dos últimos meses en América Latina, para Chile, México, Bolivia y Ecuador, observamos que como mínimo un 70% de la ciudadanía en cada país tiene una imagen negativa de Trump. Estos porcentajes están en la línea de otro estudio, del Centro de Investigaciones Pew, con sede en Washington, que da para Argentina casi 70% y para Brasil 60%.

Al interior de cada país, sea cual fuere el criterio de desagregación que apliquemos, no hay apenas diferencia entre grupos sociales, salvo en contadas excepciones. Por ejemplo, en Chile, en la población que se autoidentifica de “derecha” y en la clase alta (autopercibida), el nivel de rechazo a Trump es más bajo (62-64%). En Bolivia, en los votantes del ultraderechista Luis Fernando Camacho, también encontramos que la imagen de Trump es valorada como menos negativa (50%). En Ecuador, en la clase alta, en la derecha y en el anticorreismo crece también la imagen positiva de Trump.

Más allá de estas contadísimas salvedades, el antitrumpismo es un fenómeno transversal, un nuevo sentido común de época que está impregnado en todo el continente latinoamericano. En poco tiempo ha logrado, incluso, desbancar otros ejes ordenadores que estuvieron muy presentes en años anteriores. Su postura injerencista, su carácter supremacista, su lenguaje belicista, sus políticas antimigratorias y su poca “empatía” (e incluso desprecio) hacia América Latina han provocado un rechazo muy amplio en la región.

Sin embargo, esta animadversión ciudadana está disociada de la relación estrecha que tienen algunos presidentes latinoamericanos con Donald Trump. Este es el caso de Jeanine Áñez (Bolivia), Lenín Moreno (Ecuador), Sebastián Piñera (Chile), Mario Abdo (Paraguay) o Iván Duque (Colombia). Nace así un dilema complejo que deben afrontar los gobiernos conservadores de la región: compatibilizar su alto grado de dependencia del actual Presidente de Estados Unidos con lo que piensa mayoritariamente la gente.

Estamos ante un nuevo eje reordenador del campo político y, en consecuencia, también del electoral. A su manera, Trump logra hacer coincidir a un gran grupo de ciudadanos en América Latina que por otra razón seguramente no hubieran llegado a acercar posturas. A veces, en política —y en particular en el terreno electoral— se generan escenarios en los que se crean mayorías “por el rechazo a un enemigo común”, en vez de estar “unidos por algo en positivo”.

Esto no significa que el antitrumpismo tenga la fuerza suficiente como para constituirse en el significante articulador de cualquier proyecto político o electoral, como así lo fuera, por ejemplo, el antimacrismo en Argentina o, actualmente, el creciente rechazo contra el modelo económico chileno. Es cierto que el antitrumpismo emergente en Latinoamérica no tiene esa capacidad, pero no debemos subestimarlo porque supone una pieza clave para diseñar un campo discursivo a favor del progresismo.

Trump no es solo una figura controversial y excéntrica; también es el símbolo de un modelo ineficiente de políticas públicas en contra de la gente; instituciones con muy bajo grado de gobernabilidad; un fracaso en términos de gestión del COVID-19; una matriz de valores re- accionarios. Es el máximo exponente de un proyecto económico, cultural y social, y ejerce una gran influencia en el patrón de comportamiento de la clase política conservadora. ¿Qué harán los líderes políticos de la derecha latinoamericana?

¿Imitarán a Trump? ¿Querrán sacarse una foto con él? ¿O estarán dispuestos a alejarse, en línea con las preferencias de la ciudadanía en América Latina?

(*) Alfredo Serrano Mancilla es doctor en Economía por la Universidad Autónoma de Barcelona (UAB), España. Silvina Romano es investigadora del Consejo Nacional en Investigaciones Técnicas y Científicas en el Instituto de Estudios de América Latina y el Caribe de la Universidad de Buenos Aires. Ambos son parte del Centro Estratégico Latinoamericano de Geopolítica (CELAG).

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El impuesto a los ricos como sentido común

Esta medida permite poner a “circular” recursos ociosos, que en general no son utilizados para el buen desempeño económico, social y productivo de un país

/ 22 de junio de 2020 / 07:45

Un fantasma recorre América Latina en forma de nuevo sentido común de época: los súper ricos deben aportar una parte de sus colosales recursos para afrontar la crítica situación económica y social que vivimos. Se trata de un consenso emergente nacido en medio de esta pandemia y que ha tomado forma de iniciativa tributaria en muchos países. Con gran variedad de términos, y con especificidades legales propias de cada país, esta propuesta de política pública cuenta hoy en día con gran aceptación en la región.

En Chile, el impuesto a los más altos patrimonios es una iniciativa del Partido Comunista, y ya ha sido aprobada en el Congreso; en Argentina, se viene discutiendo desde hace semanas la propuesta del Frente de Todos del impuesto a las grandes fortunas, y está a las puertas de entrar a debate en la Cámara legislativa; en México, el subsecretario de América Latina ha propuesto públicamente una contribución extraordinaria que afectaría a los grandes patrimonios; también ha aparecido en Brasil como iniciativa en el Senado por parte del Partido de los Trabajadores; en Perú, se ha presentado como proyecto de ley en el Congreso; en Bolivia, lo ha expuesto el candidato presidencial por el MAS, Luis Arce.

Lo interesante de este fenómeno regional es que no está disociado de lo que piensa la gente. Es decir, no son propuestas legislativas sin base ciudadana. Y es por ello que tienen mayor fuerza y posibilidades para que sean plenamente implementadas.

Si observamos las 3 últimas encuestas realizadas por Celag en los últimos dos meses, en Argentina, Chile y México existe un gran acuerdo sobre esta temática: 1) en Argentina, el 78% estaría de acuerdo con el impuesto a las grandes fortunas; 2) en Chile, este valor es del 72%; 3) en México, del 67%.

En todos los casos observados hay, como mínimo, dos tercios de la ciudadanía que apoya esta política pública. Y seguramente esto responde no solo a un criterio de justicia sino también de eficiencia. Recuperar la economía también se logra gracias a este tipo de medidas que permiten poner a “circular” recursos ociosos, que en la mayoría de los casos no son utilizados para el buen desempeño económico, social y productivo de un país.

El impuesto a los súper ricos no es un hecho aislado en este nuevo tiempo. La explicación está en sintonía con la mayor demanda de más Estado en medio de esta pandemia. Según datos de las encuestas Celag, en Argentina existe un 90% que cree que el Estado debe intervenir y estar presente en la economía; en Chile, 68%; y en México, 60%.

Como casi siempre ocurre en la Historia, cada idea o propuesta es fruto de sus circunstancias. Como ocurrió luego de la gran crisis de 1929 con la subida de los tipos impositivos marginales para las rentas más altas (tal como lo describe Piketty en Ideología y Capital), ahora sucede algo similar: lo que hasta hace poco era una idea minoritaria, ahora se transforma en idea mayoritaria.

Alfredo Serrano Mancilla, Doctor en Economía, Director CELAG

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Las clases medias en Argentina

No existe una única clase media, que sea monolítica y homogénea

/ 23 de mayo de 2020 / 06:30

Hace más de tres meses me preguntaba en otro artículo “cuántas clases medias caben en la clase media”. La intención de ese texto no era precisar un número exacto ni cerrado de clases medias; ni siquiera tener una única respuesta que permitiera identificar la amplia tipología de clases medias posibles. El verdadero objetivo fue afirmar que no existe una única clase media, que sea monolítica y homogénea. La casuística al interior de esa categoría sociológica es tan variada como factores consideremos. Todo depende en gran medida de la episteme local, porque el concepto de clase media no puede ser “importado” de otras latitudes como si cada país tuviera la misma historia y los mismos hábitos y costumbres, patrones culturales, niveles económicos, etc. Y, además, tampoco podemos olvidar la dimensión subjetiva en torno a la lógica aspiracional, que permite diferenciar una gran variedad de matices al interior de ese totum revolutum llamado “clase media”.

Bajo ese marco referencial, cada país requiere su propio análisis. En Argentina, según la mayoría de estudios, la clase media es, precisamente, el grupo poblacional más nutrido. Pero la pregunta es la misma de la que partíamos, aunque esta vez adaptada a una realidad concreta: ¿cuántas clases medias hay en Argentina? A esta cuestión se podría responder desde una perspectiva doble.

Por un lado, siguiendo los enfoques clásicos denominados “objetivos”, a partir de una variable focal muy economicista (ingreso, consumo), podemos realizar un análisis pormenorizado de la distribución intra “clase media”. Así podríamos observar cómo existe una gran dispersión de casos. En Argentina, si mirásemos únicamente al bloque de la “clase media”, podríamos afirmar que entre el primer trimestre de 2015 y el de 2019, ese grupo pasó de ser el 43,5% al 37,4%, en términos “objetivos”. Sin embargo, de esta manera no estaríamos identificando toda la problemática real al interior de ese gran espacio, porque no advertiríamos que seguramente hay muchos ciudadanos que durante el ciclo macrista se vieron perjudicados en su nivel de ingreso y consumo, y quedaron “rozándose” con el umbral de la pobreza. A esos, el Banco Mundial les llama “casi clase media”. Y no sería justo de ninguna manera que a ese grupo más vulnerable lo equiparáramos con aquellos que están al otro extremo de la distribución intra clase media, que son casi más clase alta que media.

Por otro lado, está la dimensión subjetiva, basada en la autopercepción. Este enfoque no es ni mejor ni peor que el anterior, sino que es necesariamente complementario del otro para tener una visión más integral y compleja del fenómeno clasemediero en Argentina. En el Centro Estratégico Latinoamericano de Geopolítica (Celag), en la última encuesta realizada para todo el país (mayo 2020), preguntamos precisamente por esa variable, y los resultados ayudan a entender mejor la compleja heterogeneidad existente de la “clase media”: a) el 41% se autopercibe como “clase media de toda la vida (CMTV)”, b) 27,8% como “clase media con miedo a ser baja (CMMSB)”, c) 7,1% como “nueva clase media (NCM)”, y d) 3,2% como “clase media-alta”.

Si hiciéramos un zoom en cada categoría podríamos observar cuán diferentes son entre sí. Por ejemplo, el 52,4% de la CMTV tiene estudios universitarios y, por el contrario, en la NCM solo los tiene el 10,2% (y el 25% para la CMMSB); en materia de cobertura médica, la CMA y la CMTV usan mucho más la prepaga que la CMMSB; preguntados por si “los que más tienen deben aportar más para afrontar la crisis”, la CMMSB muestra un respaldo muy superior que la CMTV; por su parte, la CMMSB se muestra anímicamente menos fuerte que la CMTV para afrontar la crisis actual del coronavirus.

En conclusión, no hay una única identidad de clase media en Argentina por mucho que se abuse del término. Las distintas clases medias presentadas según nuestra encuesta es una de las divisiones posibles, pero seguramente podrían haber tantas como criterios utilicemos (por ejemplo, este mismo ejercicio lo hicimos en Bolivia con la categoría acuñada por Álvaro García Linera de “clase media de origen popular”, y representa en autopercepción el 31,7%). En nuestro caso, el argentino, lo verdaderamente importante, sobre lo que queremos llamar la atención, es que hay que evitar caer en la trampa de una generalidad que no existe. Cada “clase media” tiene un nivel económico diferente; posee una matriz de miedos y sensaciones distinta; su lógica aspiracional también varía. Y, en consecuencia, lo riguroso es asumir que no hay única forma de concebir a la clase media, sino que habrá tantas como clases medias existan.

Alfredo Serrano Mancilla, doctor en economía, director del Centro Estratégico Latinoamericano de Geopolítica (Celag).

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