lunes 23 may 2022 | Actualizado a 05:07

El inigualable Alex Ferguson

El tiempo le fue otorgado como inalterable documento de confianza

/ 10 de mayo de 2013 / 04:26

La permanencia del entrenador del Manchester United al mando del equipo (1986-2013) dice que vio pasar seis copas del mundo desde su privilegiada butaca de conductor del más importante equipo inglés, que perdió sistemáticamente durante los primeros años para después festejar 38 títulos de Premier League, FA Cup y Champions League. Los récords del entrenador escocés resultan, por tanto, inalcanzables.

Los hombres que saben lo que quieren en la vida son difícilmente predecibles desde la lógica de los promotores de la farándula y las celebridades. Aquellos muy seguros de quiénes son, de lo que hacen y para qué están en algún sitio, no necesitan trabajar la imagen pública, ahora cada vez más sofisticada y manoseada por los mass-media y las redes sociales, porque sencillamente entre imagen y realidad hay plena coincidencia. Ese es el caso de Alex Ferguson, que luego de obtener el último título de la Premier League (2012-2013), ha decidido que éste fue su último torneo porque sencillamente, a los 71 años, resulta aconsejable dejar de ser el entrenador del primer equipo, sin desligarse completamente de su relación laboral con el club de los diablos rojos.

Cuando se examinan los veintisiete años del escocés al mando del segundo club más acaudalado del planeta, es imposible evitar un sacudón en nuestras conciencias, dada la velocidad con la que se vive hoy: Todo se hace a la rápida, muchas veces a tropezones, en un mundanal en el que se impone la implacable dictadura de los resultados que si no llegan, amenazan siempre con resentir las finanzas. No hay tiempo, ni dinero que aguante. La gente en general dice no tener tiempo, pues la maquinaria feroz de los biométricos que controlan las entradas/salidas de las oficinas y las fábricas nunca será apagada porque la postindustrialización y la electronificación de las sociedades manda seguir y seguir, con las pulsaciones a mil, instalando en nuestros sistemas nerviosos —y lamentablemente en nuestros espíritus— la desoladora sensación de que el estrés ya es parte constitutiva de nuestra normalidad, que ese mal contemporáneo se combate desde los privilegios de quienes pueden acceder a diario a un jugo de naranja, una bicicleta estacionaria, y si es posible, una siesta de diez minutos diarios.

Para Ferguson, el tiempo ha sido otra cosa. Contratado en 1986, luego de dirigir en su natal Escocia, tuvieron que transcurrir siete años para que lograra el primer título de la Premier inglesa.  El tiempo le fue otorgado como inalterable documento de confianza por parte de los directivos del Manchester United, quienes hoy día tendrán que felicitarse luego de casi tres décadas de haber sabido esperar, de haber tenido la excepcional paciencia de quienes expresan en la lógica de la competencia, la legítima ambición de ganar, pero que supieron como nadie en el mundo del fútbol, con madurez y honestidad intelectual, que eso se consigue con la maduración de los proyectos, con márgenes de error admisibles para luego celebrar. Y vaya que celebraron los “red devils”: 38 títulos en 26 años, incluidas dos Champions y haber albergado y perfeccionado las trayectorias de figuras como Eric Cantoná, David Beckamp, Cristiano Ronaldo o Ryan Giggs que sigue en la plantilla como testimonio de que el tiempo puede ser un aliado para construir grandes y dilatadas historias  y no siempre una exasperante cuenta regresiva.

En una extensa entrevista realizada a Juan Sebastián Verón el año pasado, el gran volante argentino contó que cuando jugaba en el Manchester, Sir Alex se situaba en un segundo piso desde el que observaba los movimientos de sus jugadores debidamente seguidos en el campo por los asistentes técnicos de ésta que es la mayor leyenda viviente de las canchas como entrenador de fútbol. Esto significa que en el último tiempo este empedernido consumidor de goma de mascar, de rostro rojo-infierno cada vez que se contrariaba cuando a su equipo las cosas no le salían bien, había instalado una mecánica de trabajo en la que él ya sólo estaba para las grandes decisiones, dado su prestigio como buscador de talentos y optimizador de las grandes virtudes de los mismos.

Con su trayectoria y su siempre creciente prestigio, no fue el egocéntrico predecible y autorreferencial. Desde su posición de conductor futbolístico la emprendió contra el Real Madrid vinculado al franquismo, contra varios jugadores encumbrados a la categoría de famosos e incluso a especímenes como José Mourinho, a quién aprecia y respeta como profesional, pero que cometió el gravísimo error de llevarle de obsequio una botella de vino que “parecía aguarrás”. En el mundo de lo perentorio, de lo urgente, de la obsesión de ganar como sea, Ferguson ha conseguido con su impresionante carrera situarse por encima de dicotomías y maniqueísmos, pues se trata, junto a Arsene Wenger (casi quince años continuos al mando del Arsenal) de las dos únicas aves exóticas de la dirección técnica del fútbol profesional que jamás podrán ingresar en la categoría de fusibles, ni en las baratas consignas de “cuando ganamos, gana el equipo, cuando perdemos, pierde el entrenador”.

Alex Ferguson, decidió, desde su privilegiada posición de conductor del más ganador de los equipos ingleses, hablar públicamente solamente para decir cosas inteligentes, para ejercitar con sus palabras ese proverbial humor británico, corrosivo, provocador, muchas veces molestoso para los aludidos de turno, apostando por las frases entre líneas a la hora de ponerle sello personal a las cosas, sin necesidad de descender a la obviedad o a la arrogancia. Con su partida no se ha escuchado hasta ahora manifestación de desgarramiento alguno, y como ya fue oportunamente homenajeado su renuncia se asume con la flemática tranquilidad que otorga el contar con estadios sin alambrados en los que el espectáculo futbolístico se practica y se contempla, en términos generales, desde la nobleza humana.

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Max

/ 21 de mayo de 2022 / 01:41

A la segunda mitad de la década de los 80, cuando Bolivia forcejeaba por superar la hiperinflación de la UDP a través del llamado modelo de ajuste estructural, producto del Consenso de Washington que nos condujo a dos décadas de neoliberalismo, el gobierno estudiantil de la Universidad Mayor de San Andrés (UMSA) estaba a cargo de la Unión Revolucionaria de Universitarios Socialistas (URUS), perteneciente al Partido Obrero Revolucionario (POR).

Érick Rojas y Ariel Román eran dirigentes de la Federación Universitaria Local (FUL) que conducían sus acciones por la ruta de las convicciones ideológicas y un activismo político que no admitía descansos. Por supuesto que no percibían salario alguno y cuando viajaban en representación del estamento estudiantil, estaban obligados a gastar lo mínimo indispensable y devolver lo que les sobraba de viáticos a los que tenían derecho hasta el último centavo. La férrea disciplina de URUS generó un mecanismo de severa austeridad para retornar la mayor parte de los montos que les eran asignados, a una cuenta bancaria generada por ellos mismos.

Es cierto que muchos dirigentes permanecieron en sus cargos representativos superando la década de permanencia en la universidad, pero esto tiene parte de su explicación en las continuas suspensiones de actividades académicas determinadas por las dictaduras militares. Así se entiende que en aquel tiempo se prolongaran permanencias más allá del promedio que debería permitir una carrera hacia el egreso y la licenciatura.

Como el URUS-POR era considerado por la población conservadora la extrema izquierda que por las noches se reunía con el demonio, se atacaba a sus dirigentes endilgándoles la etiqueta de vividores de la universidad, de activistas que en realidad no estudiaban y se encontraban ahí para agitar el país en busca de la dictadura del proletariado y del gobierno obrero campesino. Si entonces se estigmatizaba de esa manera a los Rojas y Román, ¿qué podríamos decir en la actualidad de este Max Mendoza, vinculado a Nueva Fuerza Republicana (NFR), luego al MAS y posteriormente al gobierno de facto de Jeanine Áñez?

Mendoza es la personificación de unas insultantes irregularidades en el sistema universitario boliviano que según un conocedor de cómo funciona éste, tiene su inicio con la asignación de recursos a las dirigencias estudiantiles a partir del Impuesto Directo a los Hidrocarburos (IDH). En otras palabras, queda en la nostalgia la vieja dirigencia de izquierda con todos sus matices partidarios, e ingresa en el escenario una modalidad de gestión en el contexto del gobierno paritario docente estudiantil que distorsiona el sentido de existencia de una institución que tiene como misión generar formación académica, calificación profesional, tareas investigativas científicas y producción de pensamiento en todas sus disciplinas, incluida, por supuesto, la actividad político partidaria que hoy nos exhibe una universidad boliviana corrupta en la que ha desaparecido el debate político ideológico, aunque el antimasismo paranoico insista en que esto es producto de haber teñido de azul una institución que utiliza la sacrosanta Autonomía como una tapadera de fechorías.

Una reyerta en la Universidad Tomás Frías de Potosí, con cuatro estudiantes fallecidas, abrió las compuertas para descubrir una turbia administración estudiantil de recursos que, trasladada a La Paz, tiene en Álvaro Quelali como principal ejecutivo de la FUL con Bs 4,2 millones de presupuesto para la gestión 2022 y dos vehículos motorizados a su disposición, con el récord de 20 años de permanencia, habiendo circulado por varias carreras, de una de la cuales ya habría egresado. Entre Max, que tiene 52 años y no quiere egresar de la universidad y Álvaro en las mismas, tiene que haber una relación de hermandad eterna.

Resulta sencillo y utilitario diagnosticar la crisis a partir de la espectacularización de los perfiles biográficos de dirigentes como Mendoza y Quelali, pero lo cierto y estructural es que la educación superior institucionalmente administrada por el Comité Ejecutivo de la Universidad Boliviana (CEUB) exige una profunda reforma desde sus cimientos que con Autonomía en mano, se hace inexpugnable e inmune frente al Estado. Hace mucho que las universidades públicas se han convertido en reductos en las que hay demasiada mugre escondida, con varios rectores que en sus mandatos decidieron hacer de sus cargos catapultas para promocionar sus figuras hacia el escenario político nacional. La vocación académica de la que llegaban precedidos, quedó relegada a un segundo plano, pues de lo que se trataba era de pactar con los diferentes estamentos para sobrevivir con comodidad y presentándole batalla al MAS que, con su gobierno generó las millonadas (IDH) con las que hoy se manejan las federaciones universitarias con personajes de la catadura de Max Mendoza y Álvaro Quelali.

Julio Peñaloza Bretel es periodista.

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Aymara francés

/ 7 de mayo de 2022 / 01:54

Cuando alguna vez me preguntaron si pertenezco a algún pueblo indígena de Bolivia respondí: aymara francés. Parece una broma para salir del paso, pero basé mi respuesta en una lección que el antropólogo Xabier Albó me transmitió en 2007, basada en el concepto de autoidentificación y que significa que uno es lo que quiere ser, aunque mi ocurrencia no forme parte de las categorías contempladas en un censo nacional de población y vivienda.

En buenas cuentas soy aymara francés porque se me viene en gana. Porque tengo una relación sociocultural esencial con los andinos originarios de la actual Bolivia desde mi nacimiento y porque tengo antepasados por el lado materno que de ninguna manera tenían sangre azul, para decepción de mis parientes reaccionarios y con ínfulas de copetudos a quienes alguna vez les dije en franca provocación que seguramente los breteles de los que somos descendientes eran panaderos, obreros o campesinos de la campiña francesa, y que a mí de Francia me interesó siempre Mayo del 68, así como películas de la Nouvelle Vague, sobre todo las de Truffaut y el cerebro futbolístico del francés argelino Zinedine Zidane.

Considero irrelevante que mi condición mestiza no figure en la boleta censal. Y esto sencillamente porque hay conceptos universales implícitos en nuestra vida diaria. Sí, en cambio, creo fundamental que los bolivianos originarios, esos que hacen de nuestro país una plurinación única, reafirmen sus orígenes precoloniales y prerrepublicanos, porque si existe un elemento que nos hace diferentes frente al mundo, en el mejor sentido de lo que significa ser diferente, es el marcado por el hecho de que nuestros pueblos indígenas inscriben las características y rasgos étnico ancestrales de la historia de la cultura indoamericana en lo que es el país como República y ahora, en primer lugar, como Estado Plurinacional.

Mestizas y mestizos que quieren estampar su condición en la boleta censal se encuentran atrapados en un proceso subconsciente de negación de los otros y las otras. De los indios. De los bolivianos de Omasuyos, de los bolivianos de Guarayos, de los bolivianos de Chiquitos, de los bolivianos del Chaco, de los bolivianos de Tarabuco… y así podría seguir hasta que el número de caracteres para este texto me diga que tengo que cortar por límite de espacio. Ese dispositivo ideológico está magistralmente explicado en El espejismo del mestizaje (2005) de Javier Sanjinés, doctor en literatura y docente de la norteamericana universidad de Michigan que señala: “En Bolivia, el paradigma del mestizaje no es más que el discurso letrado de las clases altas, cuyo propósito es justificar la dominación continuada del sector de los mestizo-criollos que asumieron el poder después de la Revolución Nacional de 1952”. Así de claro, contundente y terminante.

En el contexto de desmontaje en profundidad de Sanjinés, me provocaría vergüenza sugerir que por ser mestizo se me facilite la posibilidad de marcar tal “cualidad” en el cuestionario del censo. Sucede que este asunto pasa por una fobia ideológica y racializadora que consiste en rechazar de manera visceral todo lo que huela a proyecto masista. Con el interregno del golpe de Estado de 2019, el proceso político e ideológico que se fortaleció a partir de la agenda de octubre de 2003 ya lleva 15 años, tiempo en que las nuevas matrices estatales han facilitado la emergencia de nuevas referencias sociales y de participación política. Los mestizos que contribuyeron a sacar a Evo de la presidencia, vuelven a proferir alaridos porque fue otro espejismo el pretender que el partido azul desapareciera, y con él, todas las tareas multidisciplinarias y transversales relacionadas con la nueva agenda que aplastó al neoliberalismo más cuadrado y esquemático que dominó al país entre 1985 y 2005.

Acciones legales constitucionales se programan para encajar la categoría mestizo en el próximo censo. Los promotores de esta emotiva iniciativa quieren ser más que lo que representa el MAS. Quieren demostrar que la mayoría nacional es mestiza y no están dispuestas y dispuestos a aceptar la existencia de unas mayorías nacionales que forman parte de otro espectro, el relacionado con el campo popular en el que se mueve la Bolivia ahora visibilizada y participativa que continúa emergiendo progresivamente. Ya que no pueden ganar elecciones desde 2005, por lo menos quieren ganar a través del conteo en el nuevo censo. Parece ser una manera de mitigar penas y de negarse, una vez más, a comprender de qué está hecho el entramado país en el que vivimos.

Julio Peñaloza Bretel es periodista.

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El lado B del progresismo

/ 23 de abril de 2022 / 03:13

Morir con detención preventiva prolongada por siete años tiene que indignar. Le ha sucedido a Marco Antonio Aramayo que en su calidad de administrador del Fondo de Desarrollo para los Pueblos Indígenas Originarios y Comunidades Campesinas (Fondioc), cargó sobre su humanidad con todo el desbarajuste estructural producido en una entidad en la que campeó el desorden, el prebendalismo, la ineficiencia y la corrupción. Muchos de los dirigentes que recibieron apreciables montos de dinero, originalmente previstos para proyectos en sus comunidades, aprovecharon sus estatus y convirtieron al Fondioc en la expresión del otro lado del progresismo, ese que está vinculado a la vulneración de los postulados de las transformaciones relacionadas con el llamado “vivir bien”. Sí, “vivir bien”, en exclusividad para una rosca, mientras quienes debían aspirar a mejores condiciones, sus hermanos y hermanas de a pie, ni siquiera se enteraron de la descomunal impostura que decidieron protagonizar y que lastima la esencia de la “revolución democrática y cultural”.

Hay que abominar al izquierdismo tendencioso que mira al imperialismo, al fascismo, a las iglesias fundamentalistas, y a otras formas de amenaza planetaria, como las únicas explicaciones y justificaciones que dan lugar a la desigualdad, al agravamiento de la pobreza, y a la superlativización de las grandes fortunas concentradas en pocas manos. No es creíble la democracia de Daniel Ortega en Nicaragua, y tampoco lo son los corruptos que cometieron desmanes con PDVSA en Venezuela. Otra cosa es creer en los nicaragüenses y en los venezolanos que combaten el viejo orden, desde la autenticidad de la calle, desde los ideales que no se negocian con el FMI, el Banco Mundial y la OTAN.

Aramayo murió asediado por la infamia, por la utilización desalmada que se hizo de sus responsabilidades funcionarias, para concentrar solamente en él toda la mugre que significó el manejo del que debió ser modelo institucional económico social de emancipación honrando el sentido de equidad con el que Evo Morales encabezó la “agenda de octubre” (2003), consistente en la Asamblea Constituyente, la generación de inclusión social a partir de los preceptos de la nueva Carta Magna y la nacionalización de los hidrocarburos. Nada de eso sucedió con el Fondioc, porque se desfiguró en una agencia de favorecimiento de nefastos intermediadores sindicales, en uso abusivo de la representación de pueblos y naciones indígenas originarias campesinas.

Apenas vislumbró que la carga pesada de las responsabilidades administrativas y consecuentemente penales de sus actos recaería casi exclusivamente sobre sus espaldas, Aramayo debió dar un paso al costado. Debió decir “no pondré mi firma en documento alguno que luego me conduzca a la cárcel”. Ya se sabe de sobra que resultaba fácil y utilitario endosarle un manejo irregular sistemático que le desgració la vida hasta conducirlo a la muerte, resultado de las penurias soportadas bajo un régimen penitenciario que es la expresión más putrefacta de un sistema judicial que hace aguas por todas partes, que funciona descontrolado y no aparece hasta ahora un equipo de pensantes que empiece a enderezar las cosas, considerando, en primer lugar, que una reforma profunda pasa por una visión transversal que debe contemplar la educación, la formación académica y el entrenamiento concienzudo en materia de servicio público, y no por las vociferaciones de iluminados que juegan a espadachines salvadores.

El lado B del progresismo le hace el juego a la corrupción y a la amenaza del retorno al viejo orden. El Fondioc pasó a formar parte de ese lado B y a continuación viene lo más nauseabundo: los adalides del neoliberalismo, los ladrones de cuello blanco, los vividores de la democracia pactada, los que venden apartamentos a policías de dudosa reputación evadiendo impuestos, los que negociaron para beneficio propio nuestros recursos naturales durante décadas, utilizan a Marco Antonio Aramayo como a un héroe. Manosean su nombre para embarrar al MAS, a los operadores de justicia y al Ministerio Público con ruines propósitos de descalificación de un proceso que es bastante más grande y complejo que el desastroso manejo de este fondo que ha llevado a la tumba a este pobre señor, para tristeza inconsolable de sus familiares.

“La estrategia de la izquierda es no robar”, dijo alguna vez el gran Pepe Mujica. En otras palabras, el progresismo, los instrumentos políticos para la liberación de nuestros pueblos, terminan pareciéndose a las oscuras corporaciones transnacionales, cuando quedan atrapados por la codicia y por el individualismo que enajena. Es la manera más fácil de hacerle el juego al establishment del primer mundo porque cedieron ante la frívola manera de acceder a Don Dinero a través del ejercicio del poder. Esos no son progresistas. Esos no son de izquierda. Son los impostores que hacen trizas los sueños de los que de verdad creen en las utopías del bien común.

Julio Peñaloza Bretel es periodista.

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La quimera de García Márquez

/ 9 de abril de 2022 / 02:58

En base a una ponencia de Gabriel García Márquez (La procuración de justicia: problemas, retos y perspectivas presentada en México), la revista española Cambio 16 (diciembre de 1993) tuvo la iniciativa de recoger firmas en apoyo a la legalización de las drogas. Algunos de los nombres de quienes se adscribieron a semejante movida hablan por sí solos: Fernando Savater, Milton Friedman, Carlos Fuentes, Joan Manuel Serrat, Manuel Vásquez Montalbán, Antonio Escohotado, Daniel Samper, Carmen Rico-Godoy, Carlos Monsiváis, Mario Vargas Llosa. En la misma edición (Nº 1150) de la revista para América figura una entrevista de alguien que se oponía a tan ambiciosa idea. Se trata de quien fuera subsecretario de Defensa Social del Ministerio del Interior, Gonzalo Torrico, que ejercía como funcionario del gobierno de Jaime Paz Zamora, en representación del partido del general Banzer, Acción Democrática Nacionalista (ADN). Dice Torrico, entre otras cosas, “legalizar crearía gran adicción”.

La revista Cambio 16 asumió el texto de García Márquez que ya era Premio Nobel de Literatura como un “Manifiesto a favor de la Legalización de las Drogas” que en sus partes salientes dice: “La prohibición ha hecho más atractivo y fructífero el negocio de la droga y fomenta la criminalidad y la corrupción a todos los niveles. Sin embargo, los Estados Unidos se comportan como si no lo supieran. Colombia con sus escasos recursos y sus millares de muertos, ha exterminado numerosas bandas y sus cárceles están repletas de delincuentes de la droga. Por lo menos cuatro capos de los más grandes están presos y el más grande de todos se encuentra acorralado. (Para cuando se publicó este material, Pablo Escobar ya había muerto)/ En Estados Unidos, en cambio, se abastecen a diario y sin problemas 20 millones de adictos (en la actualidad la cifra bordea los 30 millones), lo cual solo es posible con redes de comercialización y distribución internas muchísimo más grandes y eficientes./ Puestas así las cosas, la polémica sobre la droga no debería seguir atascada entre la guerra y la libertad, sino agarrar de una vez al toro por los cuernos y centrarse en los diversos modos posibles de administrar la legalización. Es decir, poner término a la guerra interesada, perniciosa e inútil que nos han impuesto los países consumidores y afrontar el problema de la droga en el mundo como un asunto primordial, de naturaleza ética y de carácter político que solo puede definirse por un acuerdo universal con los Estados Unidos en primera línea./ Y por supuesto con compromisos serios de los países consumidores para con los países productores. Pues no sería justo, aunque sí muy probable, que quienes sufrimos las consecuencias terribles de la guerra nos quedemos después sin los beneficios de la paz. Es decir que nos suceda lo que a Nicaragua, que en la guerra era la primera prioridad mundial y en la paz ha pasado a ser la última.”

A 29 años de tan grande iniciativa que por supuesto no prosperó en ningún sentido, las cosas siguen exactamente igual. O peor. Las ficciones televisivas seriales han convertido a los narcotraficantes en los portaestandartes de la épica de moda. Trabajar en el narco significa el sueño de alcanzar poder y dinero transitando por la avenida más corta, cuando en términos generales significa autocondenarse a una vida de clandestinidad y sobresaltos, con la muerte acechando a toda hora. Está claro: las políticas de lucha contra el narcotráfico sirven para tapar dos agujeros cuando en ese mismo instante se están abriendo seis en lugares próximos en los que se capturan narcotraficantes. Se trata de una guerra inútil, sin fin y que a estas alturas sirve para que algunos liberales contradictorios desde sus espacios periodísticos usen el tema para autocalificar a nuestro país en su calidad de productor de hoja de coca como un narco Estado y para estigmatizar al principal dirigente campesino que representa a las organizaciones de productores en la zona del Chapare como al “cocalero Morales”.

La lucha contra la producción y comercialización de las llamadas sustancias controladas continúa siendo un entramado dispositivo de control político a cargo de los gobiernos estadounidenses, en el que además sus propios combatientes suelen transgredir la delgada línea que los lleva a usufructuar de conexiones con los capos de la droga y de generar sistemas informativos dentro las fuerzas regulares represivas para ayudar a estos empresarios ilegales a tomar recaudos cada vez que un operativo es inminente.

Quienes siguen desgañitándose acerca de los países a los que periódicamente se pretende arrinconar por su calidad narco, no comprenden que éste es un asunto que no pasa por la moral, sino por la compleja condición humana. Si algún día llegáramos a aceptar la iniciativa de García Márquez y los intelectuales que lo respaldaron en 1993, seguro que se trataría de una contribución para hacer de este planeta un lugar más habitable y menos absurdo.

Julio Peñaloza Bretel es periodista.

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El movimiento de Kiro Russo

/ 26 de marzo de 2022 / 01:28

En otros tiempos se hubiera dicho que Elder Mamani tiene la cara y el gesto de “un artillero de la Buenos Aires”, la interminable y populosa arteria de la ciudad en la que se cruzan la modernidad metropolitana y la ancestralidad aymara repleta de khatus en la que sobreviven en el amontonamiento de talegos de papas y cebollas, esos condenados a cargar sobre sus espaldas desde tubérculos hasta muebles, para descender, por ejemplo, la calle Los Andes, tosiendo y soportando humillaciones de las caseras que se burlan del aparapita siglo XXI y que se constituyen en comerciantes de orígenes étnicos parecidos pero ya con estatus de exitosas propietarias.

De su natal y minera Huanuni (Viejo calavera, 2016), Elder aparece tres años después incrustado a la mala en esa La Paz del estruendo marchista cada vez que los mineros se apoderan del luminoso centro de la ciudad. Un par de explosiones de dinamita y una consigna — “sangre de minero, semilla de guerrillero”— significan el apunte preciso y único para situar el contexto histórico político del que emerge este antihéroe proveniente de las entrañas de la mina y de los tugurios en los que aprende a alcoholizarse con puntualidad autodestructiva y a partir de este prolegómeno, Kiro Russo y su banda conformada por Pablo Paniagua en la fotografía y Miguel Llanque en la música, nos internan en un viaje tan infernal como alucinante hacia los recovecos de la ciudad pesadilla escondida detrás de la mentira político propagandística que la estereotipa con frivolidad turística como ciudad maravilla.

Elder había perdido a su padre en Huanuni y se dedica a chupar como descosido. Con un salto hacia la ciudad prometedora que es en realidad un espejismo, llega junto a sus compañeros Gallo y Gato con demandas por trabajo y salario, para terminar estampillado en cualquier antro, zaguán o callejuela registrada con los inigualables adobes de Comanche que resplandecen hasta el enceguecimiento. Desde los sonidos iniciales en que la película es profundamente audio, se va abriendo firme y segura hacia una iconografía de la ciudad andina en la que se puede conjeturar por intuición cómo leía sus poemas Jaime Saenz masticando las palabras con los dientes amarillentos y el acento metálico, todo ello pronunciado por ese anciano y barbado curandero que dialoga con la naturaleza y que se autoidentifica como salvador de cuerpos y almas, paralelamente interceptado por un médico estudiado en universidad que rechaza las creencias y los rituales, y que dice que dolencias como las de Elder se curan a partir del diagnóstico científico.

El gran movimiento alude, sin proponérselo, a las dos expresiones político-partidarias más importantes y determinantes de nuestra historia contemporánea, pero en esta nueva audacia de Russo, esto es solamente telón de fondo, porque sus decisiones creativas vuelven a pasar por la relación de la existencia en crisis de un personaje con el entorno que queda confundido en callejones clandestinizados en los que hay que inventar in extremis momentos para danzar entre luces de discoteca ochentera, sillas y mesas de lata o entre chiwiñas nocturnas cuando el mercado ya ha dejado de atender, y las cholas vendedoras se transforman en bailarinas hiphoperas con esos movimientos rítmicos liberadores que prescinden del folklore dominante y millonario.

En un momento clave, del protagonista convaleciente emerge una luz blanca y circular que podría leerse como un mensaje de “te vas a morir Elder” y que termina arremolinada con un plano de los trencitos subterráneos que transportan el mineral, condensación visual del sacrificio colectivo y el resquebrajamiento personalísimo, toda una lección de síntesis visualaudio para comprender el ajayu de la narración.

Entre el trabajo insalubre y el desenfreno del bebedor consuetudinario, el camino hacia el deterioro físico y hacia el coqueteo con la muerte se hace prematuro en este Elder como en tantos de sus compañeros y amigos, que aparece postrado con el torso desnudo cual si fuera un Cristo yacente que evoca pinturas y esculturas barrocas de la Edad Media, composición con las que queda constatada la riqueza de una historia que se ramifica en significaciones y simbolismos.

La película incomoda y aprisiona. Desafía a salir del apoltronamiento citadino plano y aburrido, para sumergirnos en una atmósfera tan ajena a la vida normal del centro urbano, situada de espaldas a las periferias del tedio, el desempleo y el consumo de alcohol con militancia existencialista. No hay más nada que transcurrir, porque si algo hacen los personajes que van junto a Elder o detrás de él, es transcurrir comentando lo que les va pasando en el día a día, en climas que van desde el frío y descriptivo documental hasta la más riesgosa alusión onírica de una ciudad lúgubre, visualizada por una cámara capaz de poner en entredicho la indiferencia y la monotonía con la que sabe vivir el espectador desprevenido.

Julio Peñaloza Bretel es periodista.

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