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Lazos de vida

/ 14 de abril de 2024 / 06:49

Anthony Hopkins protagoniza esta película biográfica del director británico James Hawes

El cine británico no atraviesa su mejor momento y Lazos de vida, caprichosa traducción del título original One Life, o sea, “una vida”, no hace otra cosa que ratificar lo dicho, pese a los loables propósitos que llevaron al director James Hawes a develar en esta su opera prima, luego de varias décadas trabajando en serieS y películas para televisión, la historia real de Nicholas Winton (1909/2015) que, por decisión del propio Winton, tampoco había sido divulgada en su propio país hasta que Bárbara, hija de Nicholas, puso en circulación en 2014 la biografía de su papá, texto que a su vez inspiró un par de entregas de “¡Esto es vida!” (Thats Life!), amarillista y mediocre programa de entrevistas televisivas de la BBC, sobre el cual volveré más adelante puesto que cerrando el círculo la película recrea ese par de entregas.

En realidad la película de Hawes está dividida en dos líneas argumentales de un modo tan mecánico que bien puede apreciársela como dos películas biográficas cuyos pedazos se entremezclan de una manera igualmente poco imaginativa, cual si se tratase de algún telefilm o documental de relleno, destinado a la pantalla chica, impregnado eso sí de buenas intenciones y de la entumecida severidad que las reglas mandan cumplir cuando se trata de un asunto tan importante como la segunda guerra mundial. Allí está asimismo la ostentosa recreación de época, no vaya a ser que alguien se distraiga por cualquier detalle fallido, que se despiste por algunos desacertados saltos narrativos o se aburra por la poca garra narrativa de la puesta en imagen, que no pareciera importarle al director.

El relato arranca en 1987 cuando un ya anciano Winton es prácticamente forzado por su esposa a poner algo de orden en la mansión donde viven. En una de las habitaciones, el protagonista conserva miles de hojas de papel y otros recuerdos pasados. Entre ellos cierto maletín en cuyo interior se encuentran fotografías de niños y niñas, así como los documentos de las gestiones que, frente a una hermética burocracia, debió llevar a cabo más de medio siglo atrás, además de un cuaderno conteniendo la minuciosa anotación, por el propio Winton, de lo sucedido en aquella instancia. El descubrimiento lo lleva a recordar aquel episodio de su vida sintiendo nostalgia y al mismo tiempo culpa por haberse limitado, o retrasado, en acciones apuntadas a morigerar los horrores de la conflagración bélica acaecida justamente en los tiempos de los cuales proviene esa suerte de tesoro personal.

Ocurre que la otra línea narrativa recrea la campaña que un joven corredor de bolsa, que se decía socialista, Winton precisamente, emprendió en 1938, en vísperas de la segunda guerra mundial, cuando aprovechando sus vacaciones y debido a los horrores que le refirió un amigo decidió visitar Praga en inminente peligro de ser invadida por las tropas alemanas, las cuales ya habían entrado en Polonia y, se sospechaba, planificaban la ocupación de la entonces capital de la antigua Checoslovaquia.

El cuadro con el que se topó Winton era verdaderamente aterrador. Miles de refugiados hacinados en un gueto de la ciudad sobrevivían apenas en las peores condiciones imaginables. Sobre todo los niños que, aparte de estar expuestos a temperaturas heladas y a la brutalidad de quienes, por un desbocado instinto de supervivencia trataban de salvarse sin importarles el sufrimiento de sus prójimos, carecían de todo alimento para saciar el hambre. En suma, les esperaba una muerte segura debido a la implacable política de limpieza étnica llevada a cabo por las huestes hitlerianas. Entonces Winton, luego de regresar a Londres y contando con el decidido apoyo de Babete, su madre, resolvió poner en marcha el proyecto humanitario: Comité Británico para los Refugiados de Checoslovaquia.

Sobre todo Winton se sintió responsable de intentar salvar a la mayor cantidad posible de niños, empeño que concretó organizando el transporte de aquellos a bordo de trenes. Ocho viajes permitieron trasladar 669 pequeños, casi todos huérfanos, hacia Gran Bretaña, el noveno resultó fallido cuando se declaró oficialmente la guerra. Y aquella frustración quedó anclada en la memoria del protagonista, empujándolo a pensar que pudo no haber hecho lo suficiente para impedirla. 

Lo escabroso de la tarea de rescate no se limitaba por cierto al esfuerzo para conseguir el medio de transporte. Las autoridades migratorias británicas, nada interesadas en guarecer a esos exiliados, impusieron una absurda serie de reglas: para dejar entrar a los recién llegados el referido Comité debía gestionar la visa oficial para cada uno de ellos, amén de convencer a una familia de acogida obligada a certificar por escrito su consentimiento, y, por último, pagar 50 libras esterlinas, equivalentes a unos 10.000 dólares actuales, por cada refugiado, lo cual obligó a Winton y sus amigos a emprender trabajosas gestiones para recaudar los fondos. Y según se sabe, incluso salvados tales requisitos tampoco escasearon los actos discriminatorios contra aquellos nenes, a muchos de los cuales Churchill encarceló y finalmente obligó a incorporarse a las tropas británicas.

Anecdóticamente, a manera de una suerte de tardía mea culpa protocolar por aquellas inadmisibles torpezas, en 2002 Isabel II confirió a Winton el título de Caballero. Menos mal la película de Hawes no incluyó tal vergonzoso gesto de encubrimiento por el  venido a menos imperio de otrora entre las escenas de Lazos de vida. Dicha omisión se torna empero asimismo sospechosa, teniendo presente las actuales insensibles políticas británicas de cara a los angustiosos intentos migratorios de miles de fugados de sus respectivos países, africanos sobre todo, escapando de matanzas y de inaguantables condiciones de vida.

Volviendo empero al relato. Agotada la trivial recreación de los afanes del joven Winton, que pone el acento sobre todo en los referidos forcejeos burocráticos y en las incansables gestiones de Babete, sin conseguir profundizar adecuadamente en el sufrimiento de las víctimas a las cuales se intentaba mantener vivas, puesto que a Hawes se le antoja suficiente una convencional, distante, puesta en imagen, apelando a una fotografía de igual manera insípida y a una banda sonora atenida a las recetas más sobadas para acentuar la emotividad de ciertas escenas y estrujar los lagrimales del respetable, sin conseguir empero ahondar de verdad en la tragedia que se muestra, el relato da un nuevo salto temporal de los múltiples frecuentados para transitar del pasado al presente y viceversa, reenfocándose en las reacciones de Winton al  toparse en su memoria con lo acaecido medio siglo atrás.

Sin saber exactamente cómo proceder con el contenido del maletín, le presenta, por si acaso,  la documentación al director del periódico de la ciudad, sin que este muestre el menor atisbo de interés. Más adelante se la hace conocer a Betsy Maxwell, la esposa gala de Robert Maxwell, potentado financiero, propietario de varios medios y responsable de un sonado fraude. Quizás debido a sus raíces checas Maxwell sí cree que se trata de material valioso, sobre todo debido a la ignorancia generalizada entre la población inglesa, incluyendo a los entonces ya maduros sobrevivientes del Holocausto gracias a Winton, el protagonismo de este en aquel episodio.

Semejante desconocimiento se debió, quedó anotado, a la propia reticencia de Winton a divulgar dicho rol, reserva finalmente superada, puede inferirse, debido al hecho de que en el momento cuando desentierra, por así decirlo, aquel tesoro, eventos muy parecidos al que vivió en Praga vuelven a acaecer en varias latitudes del mundo. Pero él, que podía haber aportado a superar, así fuese en alguna medida la precariedad dramática de Lazos de vida queda tímidamente sugerido por Hawes, desperdiciando así otro de los varios insumos que se le escapan, ocupado como está en machacar sobre las, ya colacionadas, reiterativas vueltas a los encontronazos de Winton y su madre con los burócratas.

Y si la película no acaba hundida en el fracaso total es gracias, principalmente,  a que Anthony Hopkins se apropia desde su creíble corporización del protagonista muy entrado en años de la responsabilidad de mejorar la contextura narrativa. Sobre todo en las escenas inspiradas, como se dijo, en el programa de entrevistas televisivas difundido por la BBC. En el primero se ve a Hopkins/Winton confundido entre el público, donde asimismo están algunos de aquellos 669 niños, para entonces ya mayores, que pudieron continuar con vida gracias a la más que encomiable iniciativa de aquel. En la segunda de las transmisiones todos los asistentes, recién enterados de la hazaña de Winton, puesto que ciertamente lo fue, pertenecen a dicho grupo, como a su vez recién se enterará aquel, sin que el sentido reencuentro disipe su creencia de que pudo haber hecho más.

Por cierto mucho más pudieron haber hecho Hawes y los guionistas Coxon y  Drake con una historia potencialmente llena de emotividad y otros filones pasados por alto en el tratamiento, más parecido al de un telefilm rutinario que al de un trabajo destinado a la pantalla grande. Son inocultables las influencias sobre Lazos de vida de La lista de Schindler (1993) de Steven Spielberg aunque son igualmente indisimulables las diferencias con esta última, uno de los emprendimientos más valorables en la filmografía de Spielberg. Ello vuelve a dejar al descubierto que el tema abordado en una película no sirve por sí solo para hacer de esa realización un producto elogiable, importa, en igual medida, el cómo se lo traslada del papel, o la idea,  al relato audiovisual. Y desde luego, las buenas intenciones son lo último que pesa a la hora de ponderar un film.

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Ya se aludió a la chatura del estilo fotográfico y de la banda sonora. En cuanto al desempeño actoral también quedó puntualizado el de Hopkins, quien se desembaraza del encargo sin gran esfuerzo pero con la solvencia conocida. Y merece un apunte especial Helena Bonham Carter en el rol de Babete, o Babi como le dice su hijo, una de las mayores figuras puestas a consideración del espectador por el cine del Reino Unido de un buen tiempo a esta parte, sobre todo a partir de su papel protagónico en Alicia en el país de maravillas (Tim Burton/2010).  El resto sobreactúa debido a la impostada manera de recitar las casi siempre demasiado pedestres o extensas parrafadas del endeble guion. Otro de los síntomas, en definitiva, de la adhesión de Hawes al envarado estilo socorrido con obsesiva insistencia sobre todo en filmes enfocados sobre eventos bélicos, en otros géneros también claro, que confunde seriedad con solemnidad y almidonado.

Ficha Técnica 

Título Original: One Life – Dirección: James Hawes – Guion: Lucinda Coxon, Nick Drake – Libro: Barbara Winton – Fotografía: Zac Nicholson – Montaje: Lucia Zucchetti – Diseño: Christina Moore – Arte: Jan Kalous, Aline Leonello, Jo White – Música: Volker Bertelmann – Efectos: Chris Reynolds, Ryan Spike Dauner, Sarah Dicks, Peter Elton, David Fowler – Producción: Katherine Bridle, Emile Sherman, Iain Canning, Joel Stokes, Barbara Winton, Eva Yates, Nicky Earnshaw, Simon Gillis – Intérpretes:  Anthony Hopkins, Lena Olin, Johnny Flynn, Helena Bonham Carter, Michael Gould,  Tim Steed, Matilda Thorpe,  Daniel Brown, Alex Sharp, Jirí Simek, Romola Garai, Barbora Váchová, Juliana Moska, Jolana Jirotková, Michal Skach, Samuel Himal, Matej Karas,  Ella Novakova – INGLATERRA/2023

Texto: Pedro Susz K.

Fotos: Internet

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Okinawa y San Juan: colonias japonesas en Bolivia

Los museos de ambas colonias narran la historia de la inmigración nipona a estas tierras tras la Segunda Guerra Mundial

Por Mitsuko Shimose

/ 26 de mayo de 2024 / 06:58

Este año se conmemora no solo 125 años de la primera inmigración japonesa a Bolivia en 1899, sino también 110 años del establecimiento de relaciones diplomáticas entre ambos países. Lamentablemente, esta primera inmigración no pudo consolidarse, puesto que de los 93 japoneses que embarcaron desde el puerto del Callao, hasta San Antonio, en el departamento de La Paz, 90 optaron por regresar al Perú. Es en 1908 que se dio el asentamiento exitoso en el oriente boliviano de un grupo de inmigrantes que llegaron desde tierras peruanas hasta Riberalta debido al auge del caucho.

Tras la Segunda Guerra Mundial hubo otra gran ola de inmigración en la que los japoneses llegaron al departamento de Santa Cruz, donde fundaron las colonias Okinawa y San Juan. Esto fue posible gracias al establecimiento de relaciones diplomáticas entre Japón y Bolivia que se erigieron 40 años antes de este masivo asentamiento.

En 1908, “el presidente boliviano Ismael Montes Gamboa y su renovado Ministerio de Relaciones Exteriores motivaron los primeros acercamientos diplomáticos con Japón, el país al que veían con mejores potencialidades en Asia”, según el archivo digital de la Embajada de Japón en Bolivia.

La Asociación Boliviana Japonesa de Okinawa, el monumento dedicado a los inmigrantes japoneses y fotos de sus actividades tras su asentamiento.
La Asociación Boliviana Japonesa de Okinawa, el monumento dedicado a los inmigrantes japoneses y fotos de sus actividades tras su asentamiento.

En el mismo documento se lee que “si bien el intento del presidente Montes no obtuvo resultados ese año, sí se logró un acercamiento eficaz durante su segundo mandato (1913 a 1917), que llegó hasta la suscripción de un tratado de comercio, el 13 de abril de 1914”. Este fue el primer convenio suscrito entre Bolivia y Japón, y representa el inicio de sus relaciones diplomáticas, las cuales están basadas en una “sólida y perpetua paz y amistad”.

Okinawa, exportadora de soya

A causa de la Segunda Guerra Mundial, las islas de Okinawa en Japón quedaron en ruinas y bajo el dominio de Estados Unidos. Debido a eso, los inmigrantes ya instalados en La Paz y Riberalta plantearon la instalación de la colonia Okinawa en Bolivia, logrando en 1953 el ofrecimiento de 10.000 hectáreas de tierras fiscales dentro del departamento de Santa Cruz.

“Una vez que Estados Unidos tomó posesión de las islas de Okinawa, la opción era quedarse ahí a trabajar bajo dependencia norteamericana o salir a buscar mejores condiciones, pero lamentablemente no había un lugar óptimo para emigrar. Justamente por aquella época, en Bolivia se dio la Reforma Agraria en 1952, por lo que nuestros primeros inmigrantes optaron por venir a este país”, dice Satoshi Higa, secretario general de la Asociación Boliviana Japonesa de Okinawa hace aproximadamente 14 años, que relata la historia tras una visita al museo de la inmigración de la colonia.

Gracias a la Reforma Agraria en Bolivia, en 1954 llegó un grupo de más de 400 japoneses repartidos en dos grupos entre agosto y septiembre, pero lamentablemente, una epidemia segó la vida de 15 de ellos en seis meses.

“Desde su llegada, los inmigrantes fueron afectados por el calor, sequías, epidemias e inundaciones, obligando el 24 de junio de 1955 su traslado a Palometillas, para luego establecerse en lo que hoy es Okinawa 1. La colonia Okinawa se extendió con la fundación de Okinawa 2 (1958) y Okinawa 3 (1961) y obtuvo su autonomía administrativa en 2000”, se lee en la documentación diplomática.

Este año se cumplen, así, 70 años desde la primera inmigración japonesa a la colonia de Okinawa, específicamente a “Uruma, que está entre Cuatro Cañadas y Pailón”, asegura Higa, quien añade que, en la actualidad, menos del 10% de los habitantes de la colonia conforman la población japonesa y nikkei (descendientes). “Tenemos como 14.000 habitantes, de los cuales 245 familias conforman 850 personas entre japoneses y descendientes”, siendo entre ellos 250 japoneses de la primera generación que aún están vivos.

Sobre la asociación de Okinawa, Higa apunta que se estableció legalmente en 1979 y que actualmente se dedica a promover actividades culturales y deportivas, labor que realiza de forma separada de  la Cooperativa Agropecuaria Integral Colonias Okinawa (CAICO), que es una entidad con fines de lucro que agrupa a las tres colonias desde su fundación en 1971, la misma que en 2005 recibió el premio como “Máximo exportador de soya”, otorgado por la Cámara de Industria y Comercio Boliviano-Peruana de Santa Cruz.

Algunos de los instrumentos que los inmigrantes usaban en la colonia San Juan para su labor agrícola y fotos del monte virgen.
Algunos de los instrumentos que los inmigrantes usaban en la colonia San Juan para su labor agrícola y fotos del monte virgen.

San Juan, productora de arroz y huevos “Toshimichi Nishikawa programó el envío

de inmigrantes a Bolivia en agosto de 1954. Bajo este plan, en julio de 1955, ingresó a Bolivia el grupo denominado ‘Inmigrantes Nishikawa’, conformado por 88 personas quienes hacha en mano tuvieron que realizar el levantamiento de caminos y campos de cultivos dentro de una selva virgen colmada de árboles de hasta 35 metros de altura”, se lee en el informe.

“Fue un gran impacto encontrarnos con un monte donde no había ninguna senda”, cuenta Masayuki Hibino, presidente de la Asociación Boliviano-Japonesa de San Juan hace 10 años. Pero, a pesar de eso, afirma que no les quedó de otra que establecerse allí porque ya no podían retornar a Japón, pues se habían desecho de todas sus posesiones antes del viaje. “Desde aquello, ya pasaron 69 años”, recuerda con la mirada nostálgica. A pesar de ello, Hibino asegura que no volvería a vivir en  Japón, pues forjó su hogar en San Juan, y que solo viaja al país del Sol Naciente para visitar a tres de sus seis hijos que radican allí.

En 1955, pues, comenzaron a sembrar arroz  y en 1956 se suscribió el Acuerdo de Inmigración entre Japón y Bolivia. Después de eso, ingresaron alrededor de 1.620 personas, según Hibino, siendo la mayor parte de ellos eran agricultores, por lo que decidieron irse a Brasil por la riqueza que tenía ese territorio en cuanto a tierras de cultivo. Señala además que quienes se quedaron en Bolivia, continuaron con la labranza del arroz, sumando a ella la labor avícola en granjas para la crianza de pollos y la obtención de huevos.

De ese modo, en 1957 se fundó la Cooperativa Agropecuario Integral San Juan de Yapacaní (CAISY Ltda.), reconocida por la producción de huevos y arroz a nivel nacional.

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Sobre la asociación de San Juan, Hibino señala que el trabajo que se realiza es para darle un servicio a los más de 750 socios —entre los cuales, aproximadamente 130 son de la primera generación—, como por ejemplo, “trámites de carnet de identidad japonés o relacionados con el koseki (registro familiar) de sus hijos”.

Aunque los inmigrantes japoneses de la primera ola a principios del siglo XX se fueron desprendiendo poco a poco de la agricultura e incursionaron en rubros comerciales, como la artesanía, los servicios gastronómicos, los bazares o la importación de productos, según el dosier oficial, los inmigrantes a estas colonias mantuvieron la labor agrícola como actividad principal para su modo de subsistencia.

Las historias relatadas tanto en documentación de la Embajada como por Higa y Hibino dan vida a los objetos expuestos en los museos de ambas colonias. Los viajes en barco que realizaron miles de japoneses desde el otro lado del mundo y las peripecias que pasaron en todo ese transcurso para llegar a otro continente quedan plasmados en estas reliquias que no solo encarnan la memoria, sino que también la preservan.

Los recuerdos de los inmigrantes japoneses fecundaron en Bolivia, país que les ofreció no solo tierra para ser cultivada después del dominio norteamericano tras la Segunda Guerra Mundial, sino también, y sobre todo, les brindó la libertad para criar a sus hijos según sus costumbres y valores, algo que difícilmente habrían podido hacer si se hubiesen quedado en Japón. Asimismo, fue gracias a las cualidades niponas que Bolivia se enriqueció culturalmente con este sincretismo.

Texto y fotos: Mitsuko Shimose

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Utjawi Restaurante: Los sabores de hogar, en Calacoto

Actualmente ambos se encuentran a la cabeza del restaurante Utjawi, palabra que en aymara significa “hogar”

/ 26 de mayo de 2024 / 06:47

Crónicas gastronómicas

Diana Rodríguez y Camilo Heredia conforman un joven matrimonio a prueba de adversidades. No ha sido fácil salir adelante para esta pareja de esposos y padres de la pequeña Emma, sobre todo tras haber tenido exitosos negocios que no prosperaron más allá del tiempo debido, principalmente por causa de amargas influencias externas. 

Actualmente ambos se encuentran a la cabeza del restaurante Utjawi, palabra que en aymara significa “hogar”, y finalmente Diana —quien no sólo es una experimentada gastrónoma, sino que también es psicopedagoga con especialidad en niños con capacidades especiales— y Camilo —quien siempre fue un administrador nato en todas las etapas de su vida— han encontrado en este establecimiento ubicado en la zona sur de la ciudad de La Paz, un prometedor norte culinario a seguir que lleva la denominación generosamente otorgada por la señora Mariela Alarcón,  la madre de Camilo, a raíz de un emprendimiento de ropa artesanal hecha en lana que llevaba el mismo nombre.

En Utjawi podemos encontrar almuerzos de lunes a viernes por Bs 23. Estos constan de entrada, sopa, dos opciones de segundo, postre y matecito de cortesía (los sábados y domingos cuestan a Bs 26 e incluyen sopa de maní o chairo y cuatro opciones de carnes a la parrilla). Por las noches, de jueves a sábado, se ofrece variedad de pastas y pizzas. Además, todos los días se puede disfrutar de platos a la carta, que incluyen un cóctel de cortesía los fines de semana, con deliciosas propuestas como el chicharrón de paiche con yuca frita, arroz y ensalada fresca; lomo montado, con papas fritas, arroz, huevos y chorrellana; costillar de cerdo, con papas fritas, arroz y ensalada de la casa; planchita cochabambina, con chuleta de cerdo, filete de res, pollo, salchichas, huevo frito, papa frita, postre frito y chorrellana; así como los tradicionales charquekán, pique macho y ranga ranga.

Para este Día de la Madre tendrán un menú especial con una entrada consistente en cuatro bruschettas mixtas, un plato fuerte a elegir entre fideua y pasta strogonoff, copa de vino y música en vivo.

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Utjawi Restaurante

  • Dirección: Calle Gabino Villanueva N° 36, entre calles 22 y 23 de Calacoto.
  • ☎ Reservas: 78810034
  • Redes e información: @utjawirestaurante (Facebook, Instagram y Tik Tok )       
  • Rango de precios: Bs 23 – 80
  • Horarios de atención: lunes a domingo, de 12.00 a 15.30. Noches: jueves a sábado de 18.00 a 22.30
  • Plato Estrella: Charquekán
  • Menú para niños:
  • Opciones vegetarianas:  Sí

Contáctenos: Fernando  recomienda, Fernandorecomienda  @fernandorecomienda        ,Correo: [email protected]

Texto: Fernando Cervantes

Fotos:  Fernando Cervantes y Utjawi Restaurante

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El videoclip angloamericano, ¿herramienta ideológica?

Jon E. Illescas plantea en su libro 'La dictadura del videoclip' los valores que promueve este formato para la cultura

Por Juan José Cabrera Rivero

/ 26 de mayo de 2024 / 06:39

La sociedad moderna presenta un conglomerado de voces simultáneas que parecen no tener un final. El contexto, la identidad, la historia, los temas políticos, económicos, sociales y culturales se desarrollan en un relato fragmentado que va junto a las constantes transformaciones de los formatos culturales, donde el sujeto tiene contacto con productos culturales o artísticos que pretenden influir en la dimensión pública y privada de cada uno de los individuos en favor de una agenda colectiva.

Por esta razón, todos los discursos que ofrecen una visión comunicativa compuesta de códigos compartidos son persuasivos. A los habitantes de la gran ciudad se les asigna el papel de espectadores, capaces de crear la ilusión de una trascendencia global. En este sentido, las formas de producción artística visual y cultural (clips de películas, canciones, libros, obras de arte, performances…) dependen de sus canales de recepción y distribución. Nuestra forma de contar la historia corre el riesgo de perder significado, dirección y voluntad artística porque refleja un contenido abiertamente positivista. La economía también sistematiza la intervención en la producción cultural, convierte posiciones ideológicas y existenciales en argumentos políticos, aborda una teoría del conocimiento basada únicamente en datos estadísticos y es fuertemente positivista.

En su libro La dictadura del videoclip, Jon E. Illescas señala que el videoclip es un producto híbrido, al combinar imagen y sonido, y que más allá de ser solo un simple producto para vender la imagen y música de un artista, tiene un fuerte contenido ideológico y una gran carga política.

En su libro, Illescas analiza cómo el videoclip puede ejercer un control social por medio de la cultura y para ello se apoya en Antonio Gramsci y su noción de hegemonía que plantea que esta se construye por medio del consenso o por medio de la fuerza. Lo que queda claro para el autor es que en estos tiempos por medio de la industria cultural se genera una influencia desde la música y sus videoclips poniendo en contexto un discurso que favorece los intereses de la clase dominante, por medio de estos discursos el consumidor consume y normaliza sin ningún sentido crítico temas como la violencia, el machismo, el egoísmo entre otros.

El videoclip hegemónico, que en su 90% es de origen anglo-estadounidense, maneja un mensaje mayoritariamente individualista donde se fomenta la competitividad y el hedonismo, todo esto para escapar de una realidad insulsa. Así, el hedonismo capitalista busca legitimar y reproducir en los videoclips de estas características una narrativa que valide en pensar que la riqueza se convierte en fenómeno de felicidad y goce, de igual manera se trata de mostrar a menos valores como la generosidad y el afecto.

Cantantes pop como Lady Gaga y Jennifer Lopez, así como músicos de rock como Pink Floyd usan el video como herramienta.
Cantantes pop como Lady Gaga y Jennifer Lopez, así como músicos de rock como Pink Floyd usan el video como herramienta.

Como se señaló antes, el individualismo está muy presente, además del de la riqueza, pues según Illescas la pobreza apenas aparece en los videoclips. La intención es que esta problemática se oculte o invisibilice para que políticamente esté fuera del debate público. «Esto es lo que consigue la élite burguesa por acción u omisión con los videos de las estrellas del pop, silencia a todos los que padecen la lógica pecuniaria del sistema y sobreamplifica a los que (se supone) la gozan. Resultado en la mente del adolescente: el capitalismo no es tan malo, hay mucha gente que triunfa y se pega la vida padre. Así que… ¿Por qué se quejarán tanto esos ruidosos izquierdistas?», señala en el libro.

Al igual que muchos de los spots publicitarios, la industria del videoclip ha legitimado otro valor: el patriarcado visual donde la figura femenina es objetivizada, es decir, que se transforma en un objeto del placer visual del hombre. Esto ha sucedido desde casi la aparición del mismo videoclip, en la era del rock casi siempre se mostraba «bailarinas ligeras de ropa, jóvenes con diminutos bikinis, provocativas modelos rozándose en ropa interior al paso de los cantantes». Décadas después, con el reguetón en auge, las mismas características se repiten: el cuerpo de la mujer se convierte nuevamente en un objeto de consumo, como una especie de fast food sexual para los hombres. Así, el videoclip adquiere un carácter de transmisor de estereotipos de género. Los estudios de Colas y Villaciervos señalan que los estereotipos son “una representación cultural que contiene ideas, prejuicios, valores, interpretaciones, normas, deberes, mandatos y prohibiciones sobre la vida de las mujeres y de los hombres”. Es por esta razón que el videoclip emplea los estereotipos por la comodidad que da y por su fácil identificación y asimilación de la sociedad.

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Según lo investigado por Jon E. Illescas, aparece el Black capitalismo, un estilo dentro del videoclip hegemónico que pretende mostrar por medio de los cantantes afroamericanos, que casi siempre procedían de los barrios marginales, en el imaginario de la población de esos sectores, la idea del éxito posible por medio de las reglas capitalistas. La idea principal de estas reglas es crear modelos despolitizados que plantean resultados o respuestas individuales y no políticas colectivas que alguna vez plantearon Martin Luther King o Malcolm X.

En los últimos años ha surgido un público que ya se ha cansado de la publicidad convencional y pese a todos los cambios que puede tener el videoclip se trata de influir al consumo, por ello se está usando la estrategia del product placement, que básicamente es en introducir en un espacio audiovisual una determinada marca sin alterar el ritmo de la acción. Para Illescas, se ha convertido en un catálogo que insta a ir de compras, por ejemplo, el videoclip Bad Romance de Lady Gaga, que tiene nueve anuncios como videoconsola Nintendo, Laptop HP, Vodka Nemiroff, zapatos Alexander McQueen entre otros. Suele suceder que un anunciador paga la producción del videoclip para que su producto aparezca a lo largo del mismo, como sucede con la marca de automóviles Fiat en el video Papi de Jennifer López. Se debe tener en cuenta siempre que el videoclip se convierte en un espacio publicitario que va a intentar cambiar al espectador en un simple consumidor.

Otro punto que Illescas toca es que casi desde su aparición el videoclip ha sido utilizado por la clase dominante como un instrumento para legitimar muchos aspectos, como son los valores morales e ideológicos en beneficio de ellos. Por ejemplo, la canción Part of me de Katy Perry tiene una característica de propaganda militar porque a lo largo de su narrativa hace una exaltación del ejército de EE.UU. a esto el autor denomina como el Soft power (poder blando), que por medio de la industria musical se trata de establecer una hegemonía política en el sistema mundial sin la necesidad de medios de coerción que limiten la libertad de las personas. Todo esto lleva a analizar que en este mundo de la industria del videoclip, tanto cantantes, directores de cine, equipo técnico y otros cumplen el rol de forma pasiva y algunas veces se activan como elementos del poder político y económico que reproducen en el imaginario colectivo de la sociedad determinadas ideas para mantener el sistema capitalista de forma vigente.

Este análisis sobre uno de los aspectos del videoclip desde las investigaciones de Jon Illescas no debe considerarse como que toda producción musical en esta área gira en torno a una posición que se relacione con la economía política, pues hay muchos elementos que son contados en la narrativa audiovisual del videoclip, como es el hablar sobre la vida o la muerte, la fuerza del amor, el sexo, la amistad, la tristeza, la existencia y la familia, entre otros temas, pues el encasillar solamente en que es un producto ideológicos para dominar  a las masas es limitarlo de lleno. Pues si bien hay videoclips que responden un mensaje ideológico capitalista, también hay productos contestaríos que respondieron y responden al sistema vigente, como sucedió con el rock de los años 70 en Latinoamericana, una fuente de rebeldía frente a los regímenes militares de los diferentes países. A lo largo de los años hay videoclip que buscan denunciar la guerra o las consecuencias de la misma como es el caso de Born in the USA de Bruce Springsteen, o de uno de los videoclips con matiz belicoso de mayor difusión es Another Brick in the Wall de Pink Floyd, incluido en el largometraje musical The Wall de 1982.

A manera de conclusión, el videoclip busca reafirmar los modelos de comportamiento y roles sexuales, así como de diferencias de género, al mismo tiempo que el formato hace uso de dicho poder para la difusión de mensajes reivindicativos.

Texto: Juan José Cabrera Rivero

Fotos: Internet

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Ipas Bolivia presenta la primera edición de la revista «Un nuevo y urgente abordaje periodístico. Violencia sexual y sus consecuencias»

/ 26 de mayo de 2024 / 06:18

En el marco de su compromiso por fortalecer la capacidad de mujeres y jóvenes para ejercer sus Derechos Sexuales y Derechos Reproductivos (DSDR), Ipas Bolivia, organización no gubernamental sin fines de lucro con más de dos décadas de trayectoria en el país, presenta la primera edición de la revista digital «Un nuevo y urgente abordaje periodístico. Violencia sexual y sus consecuencias».

Esta vpublicación, elaborada con el apoyo de la Embajada de Suecia en Bolivia, reúne una colección de artículos realizados por periodistas de todo el país que abordan temas cruciales como la violencia sexual, el embarazo adolescente y el aborto, desde un enfoque de género.

Un abordaje integral e innovador

La revista «Un nuevo y urgente abordaje periodístico. Violencia sexual y sus consecuencias» se distingue por su propuesta editorial innovadora, que va más allá del formato tradicional escrito. Con el objetivo de llegar a una audiencia más amplia y diversa, la publicación incorpora una variedad de formatos que enriquecen la experiencia de lectura y facilitan el acceso a la información.

Los artículos escritos contienen un profundo análisis. Estos son reportajes que exploran las diferentes aristas de la violencia sexual, el embarazo adolescente y el aborto, desde una perspectiva de género y derechos humanos.

Las notas radiofónicas, por su parte, se enfocan en informar a lectores y oyentes sobre cómo realizar una denuncia en casos de violación y las causales en las que las mujeres pueden acceder a una interrupción legal del embarazo (ILE).

Los formatos visuales y multimedia, en cambio, comprenden combinaciones de imagen, sonido y texto con el fin de ofrecer una experiencia más dinámica, interactiva, y con una mirada creativa y sensible de los temas abordados.

Acceso a la información en español y aimara

Conscientes de la importancia de la inclusión lingüística y cultural, la revista «Un nuevo y urgente abordaje periodístico. Violencia sexual y sus consecuencias» no incluye solo artículos en español, sino también una nota radiofónica en idioma aymara. 

De esta manera, se busca garantizar que el mensaje llegue a un mayor número de personas en todo el país, incluyendo a aquellas que pertenecen a comunidades indígenas y hablan aymara como lengua materna.

Un equipo de periodistas comprometidos

La revista «Un nuevo y urgente abordaje periodístico. Violencia sexual y sus consecuencias» ha sido posible gracias al trabajo de un grupo de periodistas talentosos y comprometidos con la defensa de los DSDR.

Entre las y los autores que contribuyen a esta valiosa publicación se encuentran: María Cossío Mercado, Jorge Salomón, Yobana Knaudt, Yercia Mañueco, Fernando Figueroa, Aleja Cuevas, Aline Quispe, Micaela Villa, Juan Cancari, Heidi La Fuente, Rebeca Mamani, Michelle Nogales, Mijail Miranda y Elton Jhons Chambi.

Cada periodista ha aportado su experiencia, conocimiento y sensibilidad para crear artículos y reportajes que no solo informan, sino que también sensibilizan, conmueven y generan reflexión sobre la problemática de la violencia sexual y sus consecuencias en la vida de las mujeres y jóvenes en Bolivia.

Una herramienta para la sensibilización y el cambio

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La memoria tiene lugares

Una visita al Museo de la Memoria de Montevideo y una charla con el Colectivo de Ex Presos/as Políticos Adolescentes

Puerta de la cárcel de Punta Carretas para presos políticos.

Por Ricardo Bajo Herreras

/ 26 de mayo de 2024 / 06:05

Vinieron a por su padre y se la llevaron a ella. Tenía quince años. Y ya era una presa política. Adolescente. No tenía novio, ni estaba en la universidad. No pensaba en su futuro, ni siquiera se imaginaba su vida como adulta. Pero estaba presa. Por hacer “política” en su escuela secundaria. Tenía quince años y estaba presa por soñar un país mejor.

Las historias de los presos políticos adolescentes no son comunes. Uno pudiera pensar, a bote pronto, en Palestina. O en la Sudáfrica del “apartheid”. En lugares del mundo, donde los chicos y chicas son obligados a crecer de repente, donde los adolescentes dejan de hacer cosas de adolescentes (como jugar, salir a la calle y pasarla bien) y de la noche a la mañana se ven haciendo cosas de mayores: marchas, huelgas. A uno le cuesta pensar que esto pasó cerca de nosotros, en un país (“modelo”) como  Uruguay.

La cita con Mario Mujica Vidart (primo del ex presidente Pepe Mujica) es en el Centro Cultural Museo de la Memoria (MUME), avenida de las Instrucciones, Montevideo. Es la vieja casa quinta que Máximo Santos comprara en 1877 a unos de los primeros pobladores de la capital uruguaya. Santos, fidedigno representante del militarismo patriarcal del siglo XIX, volvería enojado a su tumba si viera lo que hoy es su casona; abandonada, robada y destruida a finales de los 70. Hace cuatro años, en febrero de 2020, fue declarada como Sitio de Memoria Histórica de la República Oriental del Uruguay. Desde hace años, pasan cosas lindas en la vieja casona del dictador.

Portón de ingreso al Museo
Portón de ingreso al Museo

Mario Mujica no suelta el mate. Lo que primero que hace al bajar de su carro es agarrar el termo con agua caliente. Lo segundo es pasear el predio. Se detiene frente a las fotografías expuestas al aire libre. Son fotos en blanco y negro. Son imágenes fijadas en su memoria: un compañero herido llevado en volandas por dos amigos, una larga fila de detenidos contra la pared junto a tanquetas militares. Uno pudiera pensar, a bote pronto, en La Paz, en Buenos Aires, en Santiago de Chile, otra vez ensangrentada. Pero no, son fotos de Montevideo. Fotografías escondidas (y recuperadas en 2006), miles de negativos, por Aurelio González Salcedo.

En la escalinata de entrada al Museo de la Memoria hay una escultura en yeso de Rubens Fernández Constenla. Son dos personas encapuchadas, tienen los pies engrillados, se agarran entre sí por la espalda, resisten. Se llama “Nunca más la tortura”. Mientras nos dirigimos a la oficina de uno de los investigadores del Museo, atravesamos las salas de exposiciones.

Veo cacerolas y la bicicleta de Raúl “Bebe” Sendic –uno de los líderes del

Movimiento de Liberación Nacional– Tupamaros o lo que queda de ella. Es la “bici” que usó para llevar vituallas de la ciudad de Mercedes a los montes del Queguay. Pasamos junto a la puerta oxidada de madera y metal que estuvo en la cárcel para presos políticos de Punta Carretas. Del techo cuelgan los uniformes de los detenidos. Se escuchan historias inconclusas en el Archivo Oral de la Memoria.

En las paredes leo documentos vinculados a los centros ilegales de arresto, recortes de periódicos y revistas, pancartas y banderas, testimonios de la resistencia popular y del exilio, artesanías recuperadas en las excavaciones de búsqueda de desaparecidos, fotografías de la recuperación de la democracia (1989) y relatos que no tienen punto final.  Me embarga el silencio, el respeto, la admiración. 

Las salas del museo acogen también de vez en cuando obras de teatro, exposiciones de arte, talleres de cerámica (el barro como encuentro con uno y con los otros) y charlas como las de estos días sobre “la ciudad que nos duele” (sobre política de vivienda y terrorismo de Estado). La penúltima tertulia ha conectado hace unos días pasado, presente y futuro. En estas paredes hace poco las nietas de las ex presas políticas adolescentes uruguayas han compartido experiencias y sentidos, han hablado de la transmisión intergeneracional del trauma. Ellas son el futuro.

Llegamos a la oficina de uno de los investigadores que hace de anfitrión. Junto a su mesa hay un balde que recoge el agua que cae desde el tejado. Ha llovido harto la noche anterior en Montevideo. La memoria es eso, una presencia constante que gota a gota perfora el olvido y el silenciamiento.

Octavio Nadal, arqueólogo forense, investigador del museo, nos está esperando junto a Mercedes Cunha, impulsora de la Red Nacional de Sitios de la Memoria. Mario y Mercedes fueron detenidos siendo muy jóvenes, demasiado. Hoy Mario sigue militando y trabaja en los comedores populares de los barrios “carenciados” (es decir, pobres) de Montevideo. Es la misma lucha; ayer contra la dictadura, hoy contra la creciente desigualdad social.

“Los militares nos detuvieron porque entendían que éramos en aquel tiempo la cantera de las organizaciones armadas clandestinas, no nos podían acusar de nada en el presente, nos arrestaron y torturaron apenas con 14, 15, 16 años por lo que se suponía que íbamos a ser o hacer en el futuro”, dice Mario Mujica, integrante del Colectivo de Ex Presos/as Políticos Adolescentes.

La mayoría era estudiantes de secundaria, algunos trabajaban ya en fábricas, otros –pocos– militaban en las juventudes de agrupaciones de izquierda. A muchos de estos changos los soltaban y los volvían a detener el día que cumplían los 18 años, hubiesen hecho “algo” o no.

La batalla actual de Mercedes –militante de derechos humanos– son los Sitios de Memorias Adolescentes. Camina por toda la capital y por todo el país recopilando historias, por muy mínimas que éstas sean. O parezcan ser. Toca puertas, se reúne con funcionarios, presenta peticiones, hace asambleas.

Y vuelve junto a otros compañeros jóvenes (como Mario) a las comisarías, batallones y cuarteles donde fueron torturados, donde el tiempo se congeló. Y el corazón, también. Donde murieron asesinados amigos y familiares, como Horacio, el hermano de Mario. A las escuelas/hogares de menores donde fueron llevados después sin fecha de fin de arresto.

El primer lugar señalizado por la Comisión Honoraria de Sitios de Memoria (Adolescentes) ha sido el ex Hogar Yaguarón (también conocido como Hogar Femenino de Menores) en julio de 2022 en la calle Yaguarón de la capital. Luego han llegado nueve más por todo el Uruguay: el Hogar Femenino de Artigas, la Colonia Suárez en el departamento de Canelones, el Hogar de Menores de Cerro Largo, el Hogar Femenino de la ciudad de Maldonado, el Hogar Burgues del barrio Atahualpa y el Hogar Blanes de Montevideo, el Asilo del Buen Pastor en la calle Defensa de la capital, el Hogar de Menores de la ciudad de Tacuarembó y el Instituto de Menores “Álvarez Cortés” en el barrio montevideano de Malvín Norte. La mayoría están todavía sin “señalizar”, faltan por colocar placas que resistan a la indiferencia.

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Mario Mujica, Mercedes Cunha y Octavio Nadal muestras retratos de compañeros desaparecidos.

Cuando visitan esos colegios y hogares, los recuerdos se hacen presentes. Todos estos lugares dependían en su momento del Consejo del Niño. Eran además sitios de internación y prisión de niños, niñas y adolescentes víctimas de problemas sociales como delincuencia social, abandono, desamparo y violencia.

Mercedes habla tranquila pero con pasión. Cita al historiador judeo-estadounidense Yosef H. Yerushalmi: “todo conocimiento es anamnesis; todo verdadero aprendizaje es un resultado de un esfuerzo dialógico orientado a recordar lo que se olvidó”. Cuando Mercedes y Mario recuerdan esos espacios, la gente se sorprende. La mayoría ignora esos relatos, miran para otro lado. No quieren saber.  Algunos políticos de derecha ni siquiera estar de acuerdo con que se recuerde. Ambos son conscientes de que se olvida cuando la generación que conoce estas historias no la transmite a la siguiente.

“¿De dónde surge este desconocimiento de una de las facetas más crueles del terrorismo de Estado?”, se pregunta Mercedes Cunha. “Esto también pasó en Argentina y Chile”, añade Mario.

-¿Y por qué hablan ahora?, pregunto.

-¿Por qué estas historias de cárceles y torturas para presos políticos adolescentes se están divulgando recién? ¿Por qué el mundo no sabía?

Mario y Mercedes son sinceros: “Lo explica una ex presa, compañera, mejor que nosotros. Una que estuvo en el ex Hogar Yaguarón. Ella dice así: nosotras sentíamos que al lado de los que habían pasado por los penales, de los que habían desaparecido, de los que habían sido asesinados, lo nuestro no era nada”. 

Más de un centenar de jóvenes menores de edad fueron secuestrados, detenidos durante semanas, meses e incluso años; torturados en plena dictadura cívico militar en Uruguay. La nada son sus verdugos. Las presas/presos políticas adolescentes, como las mujeres de las organizaciones armadas, fueron invisibilizadas. Este ocultamiento estuvo más allá de las intenciones de la represión.

Hoy en el Museo de la Memoria se charla de como la represión afectó tempranamente sus vidas, de las consecuencias negativas que supuso hasta el día de hoy, de la injuria que tocó a sus familias. De necesidades y derechos de reparación. De como la memoria no caduca. Ni aquí, ni allá.

“Cada placa, cada marca, que se coloca en un Sitio de Memoria nos devuelve una parte de lo que el Estado nos robó. Nos devuelve nuestra dignidad como mujeres protagonistas de la historia. Y nos reconocemos como parte de una generación de adolescentes y jóvenes que levantó la voz contra la dictadura y luchó por devolverle la democracia al Uruguay cuando el horror nos alcanzó como una ola”, dice Mercedes.

Mario, Mercedes y Octavio agarran fotografías de compañeros desaparecidos junto al balde donde caen las gotas de agua. Todavía son 197 (cinco de ellos, adolescentes). Comparados con los números de Argentina (30.000) y los de Chile (tres mil), no parecen muchos pero Uruguay es un país chiquito, apenas 176.000 kilómetros cuadrados (un poco más que el departamento de La Paz). Es decir, (casi) 200 desaparecidos son muchos.

Solo se han podido recuperar cuatro cuerpos. La gran mayoría están en terrenos de instalaciones militares. “El negacionismo no es un capital, un patrimonio exclusivo de la derecha, también en la izquierda, por eso se ha ralentizado la búsqueda de los desaparecidos”, dice Mercedes. “La trata de personas, las desapariciones de personas están permeando a la sociedad, está pasando otra vez”, añade Mario, con un poso de tristeza.

Aprovecho para sacarles unas cuantas imágenes a los tres para esta nota. Se alistan para otra Marcha del Silencio. Como cada 20 de mayo. ¿Hasta cuándo seguirán saliendo a las calles para saber la verdad? La memoria todavía necesita que la saquen a pasear/marchar. Nos despedimos en el Portón de la vieja casona del dictador. Dos pancartas protestan contra los recortes sociales de la lntendencia de Montevideo. La lucha continúa y la memoria es un campo de batalla. La quinceañera detenida por soñar un país mejor se llamaba Nadia.

Texto y fotos: Ricardo Bajo Herreras

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