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Mauricio Macri, el «ingeniero» abanderado del cambio

Favorito en las encuestas para la segunda vuelta presidencial del domingo, Macri ha roto con la tradición política argentina.

/ 20 de noviembre de 2015 / 20:04

Mauricio Macri, el «ingeniero», como se le conoce en círculos políticos, es un empresario mimado por la oposición que cambió los negocios por el fútbol antes de saltar a la política y que, ahora, ante un inédito balotaje en Argentina, toca las puertas de la Casa Rosada.

Favorito en las encuestas para la segunda vuelta presidencial del domingo, Macri ha roto con la tradición política argentina.

Huye de las etiquetas que le encuadran en la derecha y se define como el candidato del «desarrollismo del siglo XXI» con la bandera del «cambio» y de la «revolución de la alegría». Su color, el amarillo. Y su sueño, dice, una Argentina unida.

Nacido en la ciudad bonaerense de Tandil el 8 de febrero de 1959, estudió ingeniería en la Universidad Católica Argentina antes de hacer carrera en el imperio fundado por su padre, el italiano Franco Macri.

En 1991 sufrió una experiencia que cambió su vida. Fue secuestrado durante dos semanas por un grupo de expolicías.

«Si yo no hubiese sido secuestrado, tal vez mi vida pública no hubiese existido», ha reconocido públicamente.

Cuatro años después saltó al mundo del deporte como presidente del popular Boca Juniors. Durante su gestión, hasta 2008, el club vivió una época dorada: 17 títulos internacionales, todo un récord.

Aprovechó su fortuna en los negocios y el deporte para entrar en política y en 2003 fundó Compromiso para el Cambio con un grupo de jóvenes profesionales -algunos ligados al peronismo- que sería el germen de Propuesta Republicana (Pro).

De la mano de Pro logró, en 2005, una banca de diputado nacional y ganó la alcaldía de Buenos Aires en 2007.

Tras su primer mandato en la capital, coqueteó con la idea de competir por la Casa Rosada, en 2011. Pero, apenas hacía un año de la muerte del expresidente Néstor Kirchner y su esposa y sucesora, Cristina Fernández, gozaba de un mayoritario apoyo popular.

Macri se replegó. Fernández revalidó la Presidencia con un 54 % de votos y el «ingeniero» se consolidó en la ciudad, con un 64 %. Y comenzó a preparar concienzudamente su carrera presidencial.

Consciente de que lideraba una fuerza joven, con cuadros desconocidos y carente de una estructura nacional capaz de llevarle a la victoria, Macri tejió una alianza con el radicalismo, el único partido centenario de Argentina, y buscó socios coyunturales para ganar terreno.

Aunque no partía como favorito, escaló posiciones y convenció a un sector de los argentinos de que, por primera vez en la historia del país, era necesaria una segunda vuelta electoral.

Sorprendió a propios y extraños en la primera convocatoria, el 25 de octubre, quedándose con un 34 % de votos, solo tres puntos por debajo de su rival, el oficialista Daniel Scioli.

Pero su mayor logro fue arrebatarle al peronismo su principal bastión, la provincia de Buenos Aires, el mayor distrito electoral, determinante en una elección presidencial.

Para llegar hasta aquí, se ha construido un perfil de ciudadano medio, con un aspecto desenfadado que le aleja de sus inicios de bigote, traje y corbata, y una campaña novedosa para Argentina, basada en el contacto personal y las redes sociales.

Una arriesgada apuesta, diseñada por su asesor de cabecera, el ecuatoriano Jaime Durán Barba, que ha marcado un nuevo estilo de hacer política en el país.

En los últimos meses, los argentinos le han visto cantar y bailar, con la camisa fuera del pantalón, y relatar anécdotas tan personales como que ha consumido viagra.

No tuvo tampoco empacho en revelar que en la fiesta de la boda con su tercera esposa, Juliana Awada, se disfrazó como Freddie Mercury, el líder de Queen, y estuvo a punto de ahogarse porque se tragó el bigote postizo.

Comentarios de este tipo le han ayudado a «humanizar» su imagen de empresario y político frío y distante.

Como también le ha aportado cercanía el beso que le estampó en la boca Awada sobre el escenario al término del debate entre los presidenciables del pasado domingo ante la mirada atónita de Scioli.

Un beso que se viralizó en las redes sociales y que, quizá, sea lo único que recuerden los argentinos del primer debate presidencial.

Una buena estrategia de comunicación ha relegado a un segundo plano las lagunas en su gestión en Buenos Aires, como el déficit de viviendas, que afecta a cerca de 400.000 personas, o los problemas en la educación y la sanidad pública.

También ha quedado en segundo plano uno de los episodios más oscuros de su carrera. Su procesamiento como partícipe de una asociación ilícita en una causa por espionaje ilegal, en 2009, que sigue en tribunales y que sus colaboradores atribuyen a una operación orquestada.

En su agenda, palabras como «cambio», «alegría» y «confianza» para unir Argentina e impulsar el crecimiento. Pero pocas recetas concretas.

Su equipo adelanta que convocará a todos si llega al Gobierno porque no cree en las «dos trincheras» y Macri apunta nuevas formas: «Como ingeniero que soy, no voy a hacer cadena nacional todas las semanas», ha dicho, consciente de que precisamente el abuso de las cadenas ha sido uno de los factores de desgaste de la presidenta.

Antes de la primera vuelta y de acariciar el sueño presidencial tan de cerca, Macri llegó a decir que si perdía se iría del país.

Hoy, sus colaboradores aseguran que será presidente a partir del próximo 10 de diciembre. Pero, advierten, su liderazgo es la expresión de una nueva época y va más allá de un cargo.

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Lula, la caída del presidente obrero

El pragmático líder del Partido de los Trabajadores (PT) y favorito en las encuestas para las elecciones presidenciales de octubre, puede entrar en prisión en los próximos días por corrupción

/ 5 de abril de 2018 / 04:43

«Quiero que me devuelvan mi inocencia», reclamaba hace apenas unos días Luiz Inácio Lula da Silva, el presidente más carismático de Brasil (2003-2010), a quien hoy la Corte Suprema dejó a las puertas de la cárcel en una decisión sin precedentes en la historia del país.

Lula, el pragmático líder del Partido de los Trabajadores (PT) y favorito en las encuestas para las elecciones presidenciales de octubre, puede entrar en prisión en los próximos días por corrupción y lavado de dinero.

La Justicia le acusa de recibir beneficios que se habrían materializado en un apartamento en la playa a cambio de favorecer a una constructora con contratos públicos durante su gestión.

«No estoy por encima de la Ley. Quiero ser tratado como cualquier ciudadano. Quiero que paren de mentir, si encuentran una prueba, me callo», dijo el lunes ante miles de militantes en Río de Janeiro.

El caso del apartamento es uno de los siete procesos por corrupción que enfrenta el expresidente, quien presumía de mantener «la tranquilidad de los justos, de los inocentes», mientras la Justicia le acorralaba.

La corrupción, llegó a decir durante su mandato, «está en todos los sectores de la sociedad», incluidos «la política y el poder judicial», pero se declaraba entonces (2007) inmune a ella.

Pese a sus comentarios, la sombra del delito le persiguió durante su mandato -con sonados escándalos como el «mensalao» por el pago de sobornos a cambio de apoyos parlamentarios- y empañó sus últimos años.

Sus dotes de animal político y su capacidad negociadora le ayudaron a esquivar las acusaciones, que siempre atribuyó a la revancha de la derecha por sus políticas sociales.

Un mensaje que ha repetido hasta el hartazgo en las caravanas que ha encabezado por todo el país para promover su candidatura en los últimos meses, aún a sabiendas de que la ley «ficha limpia», que él mismo aprobó, le impide aspirar a la Presidencia con una condena en segunda instancia precisamente por el caso del apartamento que le puede llevar a la cárcel.

Luchador impenitente, Lula, «el hijo de Brasil», como fue bautizado en una película biográfica, ganó muchas batallas en su vida -incluida la de la marginación en un país con una profunda brecha social y la guerra contra el cáncer de laringe que libró tras dejar el poder-, pero esta vez perdió el pulso.

Nacido en 1945 en Pernambuco, en el empobrecido noreste brasileño, emigró con su madre y sus siete hermanos a Sao Paulo en busca de su padre, un campesino analfabeto y alcohólico que tuvo 22 hijos con dos mujeres y a quien Lula conoció cuando tenía 5 años.

Aprendió a sobrevivir en la calle, como vendedor y limpiabotas, y a los 15 años se hizo tornero y se acercó al movimiento obrero.

Llegó a presidir el poderoso sindicato metalúrgico y saltó a la política a finales de los 80, en los estertores de la dictadura, desgarrado por la muerte de su primera esposa, María Lourdes, por falta de atención médica durante su embarazo.

Se unió a políticos de izquierda para fundar el PT y estrenó una carrera meteórica antes de soñar con la Presidencia.

Se hizo con el bastón presidencial en 2002, en su cuarto intento (1990, 1994, 1998). Para entonces, poco quedaba del barbudo sindicalista que arengaba a las masas. Más conciliador y moderado, el «Lulinha» presidente se dejaba vestir por modistos internacionales y se mostraba con personajes de vanguardia.

En ocho años de gestión, sacó de la pobreza a 28 millones de personas y lideró una «revolución» pacífica que situó a Brasil entre los protagonistas de la agenda mundial.

Pero el romance comenzó a truncarse en 2005, con los primeros escándalos de corrupción del Partido de los Trabajadores.

«Nadie tiene más autoridad moral y ética que yo para transformar la lucha contra la corrupción en bandera, en práctica cotidiana», afirmó en 2005, tras el «mensalao».

Busco alianzas para la reelección y, con una popularidad del 87 % al final de su gestión, eligió a Dilma Rousseff para continuar el proyecto.

Su plan, sin embargo, se vino abajo por una «tormenta perfecta» que combinó una profunda crisis económica con la escasa popularidad de Rousseff y un pacto de sus antiguos aliados para terminar con la «era PT», en agosto de 2016.

El zarpazo aceleró la caída de Lula, cercado por la Justicia en un pacto «casi diabólico» -en palabras del expresidente- para evitar su vuelta al poder.

«Tengo una historia pública conocida. Solo me gana en Brasil Jesucristo», llegó a decir en su defensa, mientras un fiscal se atrevía a calificarle como «el comandante» de la mayor trama de corrupción del país.

Hoy, a sus 72 años, debilitado tras la muerte de su segunda esposa, Marisa Leticia, Lula tiene poco que ver con «el líder más influyente del mundo» que ocupaba portadas de «Time».

El hombre más amado -y odiado- de Brasil, el tornero que inspiró a millones con la ilusión de una vida mejor, se despedía esta semana de sus simpatizantes: «No van a encarcelar mis pensamientos, no van a encarcelar mis sueños. Si no me dejan andar, voy a andar con las piernas de ustedes. Si no me dejan hablar, hablaré por su boca».

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Legisladores ‘rescatan’ de prisión a diputados corruptos en Río de Janeiro

Un tribunal federal encarceló esta semana al presidente de la Asamblea, Jorge Picciani, poderoso dirigente del estado de Río, seis veces titular de la Alerj y padre del actual ministro de Transportes, Leonardo Picciani.

/ 17 de noviembre de 2017 / 20:37

La Asamblea Legislativa de Río de Janeiro (Alerj) aprobó hoy la excarcelación de su presidente y otros dos diputados investigados por integrar una colosal trama de corrupción, en una polémica decisión que sectores críticos ven como una vía para que políticos con apoyos eludan a la Justicia.

Un tribunal federal encarceló esta semana al presidente de la Asamblea, Jorge Picciani, -poderoso dirigente del estado de Río, seis veces titular de la Alerj y padre del actual ministro de Transportes, Leonardo Picciani- y a otros dos significados legisladores, Paulo Melo y Edson Albertassi.

Los tres, del gobernante Partido del Movimiento Democrático Brasileño (PMDB) del presidente Michel Temer, están acusados de corrupción, asociación criminal, lavado de dinero y evasión.

El pleno de la Asamblea aprobó, por abrumadora mayoría durante una sesión extraordinaria, excarcelarlos siguiendo una doctrina que estrenó Brasilia hace un mes, cuando en virtud de una decisión del Tribunal Supremo, el Parlamento permitió que Aécio Neves, apartado del poder por corrupción, reasumiera sus actividades parlamentarias.

La llamada «doctrina Aécio» abre la puerta a la inmunidad de los políticos acusados de corrupción porque permite que los parlamentares -tanto nacional como locales- liberen a sus legisladores presos siempre que no hayan sido sorprendidos «en flagrante», es decir plena comisión del delito.

En el caso de Río, según la Fiscalía, los tres «rescatados» hoy de prisión por sus pares en la Asamblea integran una poderosa y compleja red de desvíos de fondos del transporte público que habría estrenado el exgobernador de Río Sergio Cabral.

El exgobernador, también del PMDB, habría tejido la trama en la década de los años 90, cuando era el presidente de la Asamblea, y posteriormente fue reemplazado en el comando por Picciani.

Uno de los salpicados en la operación, Edson Albertassi, líder del gobierno regional en la Asamblea, fue postulado por el actual gobernador Luiz Fernando Pezão para el Tribunal de Cuentas del estado de Río.

Durante el debate que se desarrolló en el pleno de la Asamblea de Río, André Lazaroni, secretario del actual gobernador, admitió que «este país no tiene santos. Si fuésemos santos no estaríamos aquí», dijo.

Mientras los legisladores «rescataban» a sus amigos de prisión, la policía reprimía en las puertas de la Asamblea a cientos de manifestantes que protestaban contra la corrupción y que intentaron acceder al recinto.

La polémica decisión de la Asamblea de Río coincide con una noticia que ha acaparado la atención de los medios brasileños y que ilustra los desequilibrios del país: Un niño de 8 años que acude a un colegio público a 30 kilómetros de su casa cada día, se desmayó por hambre en mitad de la clase.

La Secretaría de Educación del Distrito Federal se apresuró a matizar que tiene planes para dotar de alimentos a las escuelas y levantar colegios en la comunidad del menor, pero no hay presupuesto para hacerlo.

Como dijo hoy el diputado André Lazaroni para justificar su apoyo a las excarcelaciones de sus compañeros salpicados por corrupción: «La Historia nos juzgará». (17/11/2017)

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