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La construcción de la ruralidad en ‘Huesos y cenizas’

/ 8 de mayo de 2020 / 08:09

La novela de Máximo Pacheco fue publicada por editorial Mama Huaco como ‘Los dos entierros de Eleuteria Aymas’

Continuamente se ha evidenciado dentro de la literatura boliviana, en las novelas cuyo tópico gira en torno a las relaciones sociales en el campo, que los personajes, habiendo sido fijados de una determinada manera como producto de los modelos mentales del autor, han sido rebasados por el dinamismo social de la ruralidad, es decir, han sido superados por “el devenir real”, como lo llamaría Gramsci, y es por ello que han perdido interés y valía, al menos para quienes no aceptan acríticamente elucubraciones literarias sin asidero en la realidad. Al contrario, Máximo Pacheco, en Huesos y cenizas —novela editada nuevamente por la editorial Mama Huaco bajo el título de Los dos entierros de Eleuteria Aymas—, ilustra imágenes ajenas al convencional entendimiento de lo campesino y de lo indígena; muestra a dichos sujetos sociales a la luz de sus propias contradicciones, las que se gestan en su interior y las que emergen del contexto exterior.

Gabriel Chávez señaló en el prólogo de la primera edición de Huesos y cenizas —la obra que le valiera a Pacheco su primera mención honorífica en el Premio Nacional de Novela—, con gran verdad, que la novela transcurre en “el tiempo del alcohol y la muerte” y que Pacheco con ella retorna al país secreto que la literatura no ha podido —infelizmente— desentrañar en una centuria, refiriéndose al tiempo transcurrido desde que la novela indigenista comenzara a emerger en el país luego de la publicación de Wata Wara, obra escrita por Alcides Arguedas. La veracidad de esas reflexiones se explican porque el devenir real altamente complejo de la ruralidad, de la etnicidad y de las relaciones de los sujetos que la habitan, ha transcurrido esquivo a los intentos literarios de retratarla, salvo subrepticias ocasiones, ¿Huesos y cenizas será, efectivamente, una de esas ocasiones?

Los conflictos a los que los personajes se enfrentan, en muchas ocasiones condicionados por externalidades, por su relación con lo local y, a su vez, con un nivel superior, se dan también en función de la experiencia vivida del individuo y de la relación que el individuo entreteje en función de esa experiencia. En ese sentido Aysino Aymas, un personaje campesino de edad avanzada, contiene dentro de su memoria creencias y configuraciones de significados mediados por su relación con el mundo natural y, por tanto, sus tragedias contienen un código de ese tipo, a saber, la naturaleza es para él principio de orden y de caos pero su relación con ella no es pasiva, sino desafiante: “Sus gritos ruedan por los peñascos ásperos hasta el llano. Putea contra Dios y el diablo. Contra el mundo de aquí, contra el de arriba y el de abajo. (…) ¿Será acaso los envidias?, ¿será que no has sabido ser agradecido con la Pachamama, que no le has sabido atender? Por eso se come a todos a tu lado. De eso se mueren será”.

En el caso de Eleuteria Aymas, la hija de Aysino, la memoria que dicho personaje reconstruye está en función de la lejanía con su padre. El viejo Aysino se quedó en una casa en la loma, mientras todos los demás comunarios se iban acercando a la vera del camino, intentando conectarse más a la ciudad. Eleuteria, pastora primero y vendedora luego, distanciada del modo de vida de Aysino, se construye en función de desencuentros con su individualidad y con su comunidad, sufre las consecuencias de ser mujer —y de ser huérfana de madre— en un ambiente violento y hostil, y presencia las migraciones tanto de su esposo como de su hijo, cuestiones que llegan a enajenarla: “Ahora, enferma, martirizada por el dolor, se siente hueca, vacía, inútil, fuera de su lugar. Botada en un sitio extraño. (…) Ella no tiene casa, no tiene gentes, no pertenece a nadie. Es el desarraigo personificado”.

Y, Pastor, quien llegó a la comunidad vistiendo una chaqueta con un estampado moderno —Aysino era el único dentro de la familia que permanecía con un rotoso poncho—, donde esa lejanía entre familiares se representa incluso espacialmente, recuérdese que se va al Chapare a trabajar, construye su concepción del mundo en función de elementos que difieren inconmensurablemente de los anteriores dos personajes; algunos de esos elementos son la ostentación de un status más elevado, representado por la necesidad de hacer un gran entierro para su madre y la adopción de un modo de vida fundamentalmente distinto al de Eleuteria y de su abuelo, aunque aun así siga siendo precario: “El pastor ha llegado a la comunidad (…) los comunarios lo han reconocido al tiro. Él les saludaba con la mano izquierda, haciendo que caiga un poco su manga para que quede a la vista un enorme reloj de cuarzo, bañado en oro. El pastuco está hecho todo un pije, con chamarrita de jean con una imagen de Enrique Iglesias estampada en un cuadrado que le cubría toda la espalda; polera negra con viñeta del Che Guevara (…) Próspero habías estado ¡gran puta! ¿Dónde estabas pues? En Chapare nomás estaba, responde él con algo de desdén mirando la punta de sus zapatos deportivos, como quien dice por qué preguntan pendejadas, ¿no me ven?”.

Todos los antagonismos que surgen por la inconexión generacional que producen las cambiantes relaciones de los personajes con el medio material son indicativos de la comprensión que tiene Pacheco de la ruralidad; no cae, pues, en un error común, el de utilizar fórmulas estereotipadas para construir ambientes y personajes. Queda claro, como Raymond Williams recuerda, que en la aldea rural, al igual que en la ciudad, existe división social de trabajo, contrastes relacionados con las posiciones sociales y, por ello, puntos de vista alternativos.

Sin embargo, y este no es un dato menor, Pacheco escribe la novela en una relación pendular entre persistencia y cambio. La persistencia se da, preeminentemente, en la precariedad, la tragedia y el sufrimiento de los personajes, siempre perseguidos por la muerte y el alcohol. El cambio, por otro lado, se da en las actividades de los personajes y en los significados fluctuantes que le confieren a su contexto inmediato.

Huesos y cenizas realiza un avance de una gran significación para las novelas ambientadas en el campo dentro de la literatura boliviana, supera la construcción literaria de la ruralidad como (agradable) paisaje y, por tanto, como simple observación y separación del hombre —de su labor y su subsecuente precariedad y sufrimiento; como señala Raymond Williams: un campo en actividad productiva no es un paisaje—, pero supera también la sola actividad productiva y sus consecuentes relaciones de conflicto —cuestión retratada en las novelas de principio de siglo XX— y emprende un camino a la par del dinamismo social real; es decir, presencia los hechos que resquebrajan el mito de entendimiento de las comunidades rurales como instancias armoniosas, naturales y pacíficas y, más bien, demuestra cómo la realidad supera las dicotomías estériles tradicional-moderno, armonía-caos y construye escenarios revestidos de contradicciones en los cuales colisionan los significados y concepciones que los individuos configuran en consonancia no solo con su cultura, sino también con su actividad.

Sin embargo, hay que tener cuidado de no caer en un lugar común y señalar que la obra de Pacheco es una verdadera representación del sentido social e histórico de una época para determinados sujetos sociales y que, en contraposición a ello, las demás obras literarias cuya trama es similar son productos ideológicos o imaginativos de sus autores simplemente. Gramsci señaló, con la claridad que lo caracteriza, que en algún sentido todas las obras literarias pueden representar el momento histórico en el que fueron escritas; teniendo en cuenta, claro, que algunas pueden representar cualidades reaccionarias y anacrónicas y otras, como Huesos y cenizas, mayor cercanía al conocimiento de la sociedad.

Para culminar estas escuetas reflexiones bastará indicar que Huesos y cenizas, además de contar con los elementos mencionados, es una novela profundamente trágica y telúrica; Sábato escribió alguna vez: “Porque no hay poesía festiva, quizá solo del tiempo y de lo irreparable puede hablar”.

Aluvión de fuego, retrato de una época

Una revisita a la novela de Óscar Cerruto para entender la sociedad boliviana

Aluvión de fuego es, quizá, la radiografía más exacta de la realidad política, económica y social de Bolivia en las primeras décadas del siglo XX. Los componentes en los que Óscar Cerruto (La Paz, 1912-1981) centra las principales descripciones, tribulaciones y reflexiones a lo largo de la obra literaria encierran dentro de su mundo de ficción lo sustancial de las relaciones políticas de la sociedad boliviana.

La encarnación de las ideas reaccionarias y revolucionarias de la época, en los personajes principales de la obra —Mauricio, el Coto, Rudecindo y Clara Eugenia— representa un momento crítico y un punto de inflexión en la historia de Bolivia: La inestabilidad que conduce al colapso de la clase que dominó política y, sobre todo, económicamente al país y la emergencia de nuevos actores políticos y sociales que pretenden ser los dirigentes de un nuevo modelo de Estado.

Aluvión de fuego es considerada una novela del Chaco, a pesar de que dentro de ella solo se hable de la contienda bélica en una ocasión, y no mediante la voz del personaje principal, sino de uno secundario, Sergio Benavente. El Chaco, sin embargo, en la novela, es de significativa importancia por ser el territorio donde confluyen las principales problemáticas de la sociedad que, además, se convierten en aprehensibles para estar en su conjunto, por primera vez.

La guerra, de igual manera, provoca fugaces procesos de agnición en los que los personajes se despojan de su particularismo y su desprecio al otro. Por ejemplo, ello ocurre cuando personas con diferente pertenencia de clase, distintas vestimentas y fisonomías, esperan con igual semblante alguna carta o dato de algún ser querido destinado al árido territorio del Chaco. “Juntas acudían la señorona y la chola, la campesina de pie desnudo y la birlocha de la clase media. Todas niveladas, apretujándose, ansiosas, acuciadas por la misma inquietud; olvidadas de sus rencores y sus diferencias, por primera vez y por un instante confundidas en sus sentimientos y en su protesta. Igual pregunta en sus labios”.

¿Se podrá, quizá, de alguna manera graficar la importancia del Chaco a través de la célebre frase de Heinrich von Treitschke: “Un conjunto de hombres se convierte en un verdadero pueblo solamente en la guerra”?

Cerruto presenta en su novela un conjunto de reflexiones convergentes con las ideas del conocido sociólogo boliviano René Zavaleta; para ambos la Guerra del Chaco es el fenómeno a partir del cual las clases nacionales comienzan a adquirir conciencia y a rebelarse. Zavaleta aclara, sin embargo, que el Chaco no puede ser entendido virando los lentes del análisis solo hacia el conflicto bélico mismo, sino a los hechos que lo produjeron y a la significación de los efectos que éste produjo en la sociedad. Es decir, la importancia de la Guerra del Chaco no radica en sí misma, sino en lo que logra desencadenar —por ejemplo, la materialización del fracaso de la retórica liberal—.

Si bien Cerruto, por medio de la voz del único personaje que combatió en el Chaco, presenta su visión acerca del absurdo de la guerra, la entiende también como el despertar de una conciencia totalizadora de la nación, como la gestación de un nuevo saber de sentido común. Cerruto señala: “—Allí está el Chaco— pensó el Coto, donde se abaten para nacer de nuevo, nuestros hermanos. Creyó ver rayos de luz en el corazón de la tormenta. Arriba, el sol flameaba ya como una bandera”.

La influencia del marxismo en el joven Cerruto es evidente, el autor comienza a escribir la novela a sus 20 años, después de haber participado en un periódico de izquierda cuyo nombre era Bandera Roja. Durante las primeras décadas del siglo XX las corrientes de izquierda se disputaban, no sin tensiones, la transmisión de su concepción del mundo a la sociedad con corrientes ideológicas tales como la del nacionalismo revolucionario.

Ahora bien, una vez señaladas las precedentes anotaciones, es fundamental esbozar la situación del personaje principal de la novela. Mauricio Santa Cruz es introducido al lector en la primera parte del libro como un adolescente taciturno, un lector abúlico —de clase media alta— con ideas circunscritas a su condición de clase que, sin embargo, tiene un aura de profundidad que la lectura y algunas vivencias le confirieron.

Mauricio, en el transcurso de la novela, experimenta una profunda transformación como resultado del contacto que tiene con los dos principales problemas estructurales de la formación social boliviana de la época, a saber, 1) el latifundio y la tragedia colectiva indígena-campesina y 2) la situación de la minería comandada por la oligarquía del momento. El acrecentamiento de la conciencia del personaje se produce, entonces, debido al contacto y la comprensión del ideario y de las condiciones materiales de existencia de las clases subalternas, dentro de las cuales se encuentra como de especial importancia, en la novela, el proletariado minero.

Mauricio Santa Cruz, representando un primer momento de su transformación, rompe el inquebrantable muro de su pasividad y, con motivos fuertemente matizados por el discurso “patriótico” de la clase dominante, decide enlistarse para ir a la guerra. Sin embargo, tal como sucede en la novela con los personajes que gozaban de privilegios sociales, Mauricio no es destinado al Chaco, sino al cruel altiplano a combatir las sublevaciones de indios que eran obligados a ir a la guerra y se resistían a ello. El indecible desprecio con el que es tratado el indígena y la inenarrable violencia que sufre son transversales en la novela, cuestión que produce en Mauricio el germen de un nuevo brío.

El personaje enfrenta, entonces, escenarios condicionados por factores internos y externos que lo conducen a refugiarse en las minas. En la novela los espacios son fundamentales, cada uno de ellos tiene profunda significación; el Chaco, el altiplano y las minas son los inamovibles testigos de las grietas sociales de Bolivia.

Sin embargo, Mauricio no puede escapar fácilmente de los límites impuestos por los modelos mentales que le fueron inculcados por un tipo de formación alienante. Existen aún en él resquicios por los cuales el legado de esa formación se hace presente e intenta imponerse al nuevo hombre en gestación. Un claro ejemplo de ello es la dificultad con la que Mauricio no logra diferenciar la borrosa línea entre la concepción de la injusticia como algo moral, cuasi religioso, y la de la comprensión de la injusticia como un entramado de relaciones económicas y sociales sobre las que se cimenta todo un sistema estructuralmente desigual.

Las disonancias y contradicciones que producen las tensiones entre los dos modos de vida, fundamentalmente opuestos, que Mauricio experimentó le son evidentes al personaje: “Si yo fuera obrero tal vez vería más claro; solo lamento no poder arrancarme del todo este sello de lo que soy. Y, en seguida, sin transición”. Reflejada ahí se encuentra la influencia del materialismo histórico de Marx; quien en el breve y muy conocido prólogo de la Contribución a la crítica de la economía política señala: “No es la conciencia del hombre la que determina su ser, sino por el contrario, el ser social es el que determina la conciencia”.
Como simbolismo del proceso de transformación de su estructura mental, Mauricio, al llegar a las minas no cambia solo de modo de vida, sino incluso de nombre. Laurencio Peña. El personaje, llevando hacia sí la etiqueta de “hombre nuevo”, escribe una carta a su antigua novia. En el fondo, quizá, una carta a su pasado, al adolescente desidioso refugiado en los muros de su pasividad.

La carta representa, con la claridad y elegancia que le son particulares a Cerruto, el núcleo del nuevo pensamiento de Mauricio-Laurencio:

“Nació, impetuosa, una nueva forma con verdadera vida. ¿Me entiendes, Clara Eugenia? Con verdadera vida, es decir con los ojos abiertos a la luz de eso que los filósofos llamaron obscuramente la verdad, y que no es sino realidad palpable, pulpa con sangre de humanidad; con el oído atento a las pulsaciones de los hechos y de los hombres, más de los hechos que de los hombres; con la boca llena de palabras calientes de protesta y de justicia.

Como comprenderás, pues, ese hombre que ahora soy yo, no es lo que los fariseos denominan un hombre normal. No camina por el sendero tranquilo elegido por los mansos de espíritu. Está fuera de las Escrituras. Está fuera de la ley. Es lo que las gentes de orden llaman un revolucionario”.

Finalizará por ello la transformación ideológica del personaje, amparado en dichas ideas, en el momento en el que se confina en las minas y se vuelve un individuo más dentro de la clase proletaria. El “héroe individual” se mimetiza dentro de la colectividad que, por su posición en la estructura social y en el proceso de producción, tiene un amplio horizonte de visibilidad y de comprensión social.

Rodrigo Pacheco Campos – estudiante de ciencias políticas

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