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Thursday 13 Jun 2024 | Actualizado a 21:26 PM

Constituciones latinoamericanas

/ 29 de enero de 2018 / 04:01

Una buena parte de los países latinoamericanos reformaron sus constituciones los últimos 30 años. Brasil, en 1988; Colombia, en 1991; Paraguay, en 1992; Perú, en 1993; Bolivia, en 1994, 2004 y 2009; Argentina, en 1995; Ecuador, en 1998, 2008, 2011 y 2017; Venezuela, en 1999 y 2009; Chile en 2005. La mayoría de estas reformas tuvieron por finalidad legitimar sus sistemas políticos, posibilitar la re-elección presidencial, ampliar sus cartas de derechos, precisar los casos de detención preventiva o modernizar sus instituciones jurídico-políticas.

Las tensiones generadas por el neoliberalismo llevaron el pulso de las reformas en países como Venezuela, Ecuador y Bolivia. Estas transformaciones constitucionales se llevaron a cabo mediante procesos constituyentes complejos y con un alto nivel de participación ciudadana. Sus resultados han sido la ampliación de los poderes del Poder Ejecutivo; nacionalizaciones, o un contexto retórico para éstas; extensión de derechos económicos, sociales y culturales (en particular el reconocimiento de derechos a pueblos indígenas), transformando, de esta manera, una buena parte de la institucionalidad estatal bajo el principio de la diversidad cultural y el plurinacionalismo.

La Constitución, los últimos 30 años, ha sido el núcleo de la vida política en Latinoamérica y, en consecuencia, el derecho constitucional latinoamericano se ha robustecido e incrementado con incorporaciones como el Defensor del Pueblo, el Tribunal Constitucional, los derechos del medio ambiente, el bloque de constitucionalidad o los constantes diálogos e intervenciones que las cortes y tribunales constitucionales han empezado a tener entre ellas y con los sistemas internacionales de derechos humanos, en la modulación de los alcances de los derechos y los textos constitucionales.

Muchos Estados han sido, además, protagonistas en la Corte Internacional de Justicia, ampliando de esta manera su comprensión respecto a la importancia del derecho y la comunidad internacional. Asimismo, no es nada desdeñable el fuerte impulso teórico doctrinal que, bajo nombres como constitucionalismo latinoamericano, o neoconstitucionalismo, o constitucionalismo transformador, de-colonial u otro, han generado investigaciones y aportes teóricos cada vez más originales y valiosos. No cabe duda de que hay un movimiento latinoamericano de derecho constitucional, resultado de los cambios y transformaciones en los textos constitucionales recientes.

Se avecinan nuevas reformas. Es posible que para los próximos años asistamos a asambleas constituyentes en Chile, en Colombia o en Perú; y esta vez las constituciones de referencia, tanto para copiar sus aciertos como para evitar sus errores, serán las constituciones latinoamericanas, entre ellas la boliviana.

es abogado y filósofo.

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Sobre el derecho

Farit Rojas

/ 10 de junio de 2024 / 10:27

En una conversación entre los filósofos Gilles Deleuze y Michel Foucault, sucedida a comienzos de los años 70, Foucault señalaba que, en los grandes momentos de crisis de la justicia —es decir de crisis de credibilidad en los jueces, corrupción en los tribunales y abusos en las prisiones—, lo que se percibe no es el pedido de mejora del funcionamiento de la institución judicial, sino la denuncia de un ejercicio abusivo del poder, a través de un dispositivo que debería frenar el abuso, es decir, a través del dispositivo llamado derecho. Y no es que antes de esta visibilidad de este ejercicio abusivo existiera un ejercicio no abusivo del poder, sino que, hasta antes de ese momento, el derecho y sus instituciones hacían pasar ese ejercicio abusivo como algo normal, es decir, que se justificaba el ejercicio del poder a través de una discursividad institucional legitima —algo así como que esto es bueno en teoría, pero estamos fallando en la práctica—, y con ello se hacía tolerable el mismo. No debe olvidarse que cuando Foucault protagoniza esta conversación estaba por crear un grupo de información sobre las prisiones y preparaba una de sus obras más importantes sobre el derecho titulada Vigilar y castigar.

Consulte: ‘Trivium’

Pero, volvamos al tema de la conversación entre Deleuze y Foucault. La crisis de justicia no es una crisis de las instituciones jurídicas, sino una crisis del ejercicio de poder, el cual se vuelve visible porque el mismo es escandalosamente abusivo y cínico, imposible de ser contenido por el discurso del derecho. Si bien se pensará que el problema trata sobre la necesaria reforma del discurso jurídico, lo que se pone en cuestión no son en sí las instituciones jurídicas, sino las prácticas y las maneras en las que se desarrolla el poder. No es el derecho lo que está novedosamente mal —que en realidad tal vez siempre lo estuvo—, sino son las prácticas las que visibilizan lo irracional del sistema jurídico.

Tanto para Deleuze como para Foucault, el poder es algo relacional, algo que fluye. Nadie, hablando con propiedad, es su dueño. El poder, si existe, es en acto. Dicho de otra manera: el poder se ejerce. Por ello el ejercicio de poder puede rebasar el camino predeterminado de su práctica institucional y, en ese rebalse puede volverse obsceno y visible. Eso trae una vez más la reflexión hecha antes. No es que el ejercicio de poder alguna vez haya sido amable, sino que la predeterminación de su flujo desde lo institucional lo hacía tolerable —o justificadamente legal—, pero cuando el ejercicio de poder sobrepasa esta predeterminación y, en consecuencia, se vuelve obscenamente visible, la resistencia al mismo tendrá como punto de partida una denuncia al sistema judicial, pero seguidamente la necesidad de una reforma al sistema político.

(*) Farit Rojas es abogado y filósofo

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‘Trivium’

Farit Rojas

/ 27 de mayo de 2024 / 07:14

La educación clásica, descrita por el filósofo Francis Bacon, parte del llamado trivium que supone, en palabras de Bacon, tres etapas, tres vías, tres caminos. La primera, llamada fase gramatical, se refiere a las piezas básicas, a los llamados principios y cimientos del conocimiento en cada asignatura académica, en la formación clásica europea se encuentran como piezas básicas la Iliada y la Odisea. En esta primera fase se trata de absorber información, no se pide a los estudiantes que la evalúen, sino que la aprendan e incluso la memoricen, no es una fase sencilla pues se debe formar al estudiante en el hábito de la lectura. La segunda fase del trivium se denomina lógica y se refiere al estudio analítico de la información adquirida en la primera fase. En esta etapa se pide a los estudiantes dejar la memorización —sumamente útil como método fundamental de aprendizaje en la primera fase— y abrirse a la evaluación de lo que han leído, buscar conexiones causa-efecto, contexto histórico y estado de la ciencia en el momento en que se dijo algo que se leyó, es decir, problematizar aquello que se ha memorizado, por ejemplo si se trata de la Ilíada y la Odisea, comprender el tiempo de Homero, las relaciones bélicas entre griegos atenienses, espartanos, troyanos, etc. En la tercera fase del trívium, denominada retórica, los estudiantes deben aprender a expresar sus propias opiniones en base a lo que han memorizado (primera fase gramatical), lo que han analizado (segunda fase lógica) y, en consecuencia, estar listos para la expresión elegante y elocuente que contribuya a transformar su conocimiento, a darle una voz propia, pero con la rigurosidad de que sabe de lo que se está hablando. La fase retórica, que puede ser, en general, una exposición escrita, un ensayo, una monografía, permite llegar a afirmar una máxima de la escritura académica: la calidad de lo que se escribe depende de la calidad de lo que se lee.

Consulte: Libre determinación

La educación clásica, para Bacon, debe comenzar lo antes posible, pues los primeros dos pasos son complejos y muchas veces demandan mucho tiempo y compromiso de los estudiantes, y es que en la idea del trivium lo que está en juego es una técnica de lectura y una técnica de escritura, en la primera se exige aprender saberes básicos, piezas básicas del conocimiento, y ello demanda tiempo y paciencia. Si se salta la primera fase del trivium es posible encontrar estudiantes que opinan de una obra sin haberla entendido rigurosamente, o escriben ensayos y monografías de baja calidad, por ello es necesario afirmar que primero se debe entrenar a los estudiantes a entender, para luego evaluar y finalmente escribir, para formar y expresar una opinión rigurosa, cercana a la demanda académica clásica. El trivium sigue siendo el ejemplo de una educación clásica.

(*) Farit Rojas es abogado y filósofo

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Libre determinación

Farit Rojas

/ 13 de mayo de 2024 / 11:31

La historia de la formación de los instrumentos internacionales de derechos humanos de pueblos indígenas está atravesada por el debate sobre el reconocimiento del derecho a la libre determinación.

Los trabajos preparatorios del Convenio 169 de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) así lo revelan, pues mientras los pueblos indígenas reclamaban a la OIT por el reconocimiento del derecho a la libre determinación, los Estados se negaban a ello, al punto que una parte del debate retrata la negativa de los representantes estatales a denominar “pueblos” a las poblaciones indígenas, por el temor de que si se los denomina “pueblos”, ellos, los indígenas, se atreverían a exigir el derecho a la libre determinación. Esta tensión la podemos ver en la manera en que quedó redactado el numeral 3 del artículo 1 del Convenio 169 de la OIT, que señala que: “la utilización del término pueblos en este Convenio no deberá interpretarse en el sentido de que tenga implicación alguna en lo que atañe a los derechos que pueda conferirse a dicho término en el derecho internacional” (sic).

Lea: Inconstitucional

La tensión respecto al reconocimiento del derecho a la libre determinación de los pueblos indígenas continuó durante los años 90 de finales del siglo XX, en los debates de las comisiones de Naciones Unidas dedicadas a la formación de la declaración sobre los derechos de pueblos indígenas. Si revisamos los trabajos preparatorios de esta declaración, el debate se concentra sobre el alcance del derecho a la libre determinación, es decir, si el mismo puede, o no, poner en riesgo la unidad de los Estados que cobijan pueblos indígenas; las respuestas de los representantes de pueblos indígenas coinciden generalmente en mencionar que lo que se busca es el reconocimiento de las naciones indígenas y con ello el reconocimiento a su autogobierno y su autonomía, es decir, a sus sistemas de autoridades y sus sistemas de resolución de conflictos que se reflejan en el reconocimiento del pluralismo jurídico y político en un Estado que ya no puede ser un Estado nación, sino un Estado Plurinacional. La Declaración de las Naciones Unidas sobre los derechos de pueblos indígenas se aprueba en 2007, y en su artículo 3 se señala que: “los pueblos indígenas tienen derecho a la libre determinación”, asimismo, en el artículo 9 se indica que “los pueblos y los individuos indígenas tienen derecho a pertenecer a una comunidad o nación indígena”.

La libre determinación se constituye, así, en el derecho más importante para comprender la formación de los Estados plurinacionales como Ecuador y Bolivia, y la referida Declaración de Naciones Unidas sobre los derechos de pueblos indígenas de 2007 se constituye en el punto de partida para una nueva comprensión, compleja e intercultural, de los derechos humanos.

(*) Farit Rojas es docente investigador de la UMSA

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‘Amathia’

Farit Rojas

/ 29 de abril de 2024 / 12:30

Para Sócrates, la ignorancia no es solo la carencia de saber, sino la existencia, hasta el hartazgo, de opiniones erróneas con las que se ha llenado el lugar que debía ocupar el saber. Para entender este tipo de ignorancia recordemos lo que Platón nos narra en la llamada Apología de Sócrates.

Se nos cuenta que Querefonte, viejo amigo de Sócrates, había preguntado al oráculo de Delfos si había en Atenas hombre más sabio que Sócrates, a cuya pregunta el oráculo respondió que no. Pero Sócrates, que no se consideraba sabio, empezó una búsqueda de hombres más sabios que él. Comenzó con un político que se decía sabio, es decir, que creía que era sabio pero, luego de un examen al que Sócrates lo sometió, no lo era, simplemente creía que sí lo era y exhibía como sabiduría una colección de opiniones erróneas que llenaban su aparente saber. Luego Sócrates visitó a los poetas y pese a que estos escribían hermosos poemas y profundas composiciones, no lograban dar razón de los mismos, lo cual llevaba a pensar que esos poemas y esas composiciones eran fruto de la inspiración y no de la sabiduría. Finalmente, Sócrates buscó a los artesanos, quienes sabían sobre su arte, pero este conocimiento los llevaba a creer que sabían de todo, lo cual no era cierto y oscurecía lo poco sabían. Entonces, Sócrates se dio cuenta de la existencia de una ignorancia mucho más compleja que la sola carencia de conocimiento, esta ignorancia se la nombra como amathia y consiste en creer que se sabe cuando no se sabe, es decir, estar lleno, hasta el hartazgo, de un saber que no es saber y estar convencido tercamente de que sí lo es. Fue entonces que Sócrates comprendió su sabiduría: sabía que no sabía, mientras los otros no tenían ese conocimiento.

Lea: Izquierda

La enseñanza de Sócrates consiste en que la ignorancia no es, en muchos casos, la falta de educación, sino que también una mala educación puede ser la culpable de una ignorancia grosera y altanera, pues si solo se dijera “no sé”, no habría mayor problema que empezar a aprender, pero responder con un “sí sé” cuando no se sabe, obliga a que la educación deba comenzar por una fase crítica de desaprender antes de empezar a aprender, y ésta es justamente la tarea de una enseñanza y un pensamiento crítico.

Los ignorantes, resultado de la amathia, eran muy peligrosos para los griegos, pues estos están llenos de ideas falsas y no preguntan ni investigan, pues solo repiten lo que creen saber, y lo más temible es que podían ejercer cargos sensibles para la existencia de la polis, desde ser maestros hasta ser gobernantes. Este tipo de ignorantes siguen siendo muy peligrosos hoy en día, pues al igual que el temor que tenían los griegos hoy podemos temer que muchos puedan acceder a cargos, funciones y puestos tanto públicos como privados.

(*) Farit Rojas es docente investigador de la UMSA

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Izquierda

Farit Rojas

/ 15 de abril de 2024 / 07:07

Una de las distinciones que realiza Norberto Bobbio, en su libro Derecha e Izquierda, se refiere a la diferencia entre estos dos términos en sus expresiones y derivas políticas. Para Bobbio, la diferencia se encuentra en la manera en la que se trata la idea de “desigualdad”. Si se considera que la mayoría de las desigualdades entre los hombres son construcciones sociales, políticas, económicas y, ante todo, históricas, se admite que frente a ellas se pueden desarrollar iniciativas sociales, políticas y económicas para desmantelarlas, y así arribar en distintos tiempos a una igualdad. Si se piensa así estamos en la llamada izquierda, que varía entre los métodos para lograr la igualdad y los matices de lo que se entiende por igualdad. Por otro lado, si se considera que la mayoría de las desigualdades, por no decir todas, son naturales y, en consecuencia, vienen dadas por la suerte o una especie de lotería natural, se admite que por mucho que se intente cambiarlas el ser humano no puede ir contra natura, es decir, las desigualdades son y serán imposibles de eliminar, al punto que ni siquiera se debe perder el tiempo en pensar en políticas y alternativas para lograr la imposible igualdad, sino en fórmulas para la convivencia entre desiguales. Si se piensa así, estamos en la derecha, que varía entre los métodos para lograr la convivencia entre desiguales y los matices de lo que se entiende por desigualdad.

También lea: Platt, ‘in memoriam’

Una idea similar la encontramos en la historia que se cuenta sobre el acto de ocupar la izquierda o la derecha. Se dice que en la sala de la asamblea francesa, en agosto de 1789, los conservadores y leales al rey que defendían las desigualdades que no deberían cambiar, entre ellas la sobrevivencia de la monarquía, la nobleza y el clero, se sentaron a la derecha, en cambio, los revolucionarios que consideraban que se debía llevar a cabo un cambio radical que tenía como horizonte la igualdad de todos los hombres, se sentaron a la izquierda. Es curioso que la expresión “hombres”, en 1789 aún excluía a las mujeres, y no era un término genérico que las incluía. Sin embargo, la idea de la izquierda, si bien aún patriarcal, buscaba la eliminación de las distinciones sociales y se abría al cuestionamiento de la desigualdad.

La tarea de la izquierda, si se siguen las distinciones de Bobbio y las sugeridas por los revolucionarios franceses del siglo XVIII, sería la de denunciar las desigualdades existentes y naturalizadas y proponer las formas y procedimientos para desmantelarlas y superarlas, por ello, en distintos momentos, la izquierda encontró alianzas y traducciones de sus demandas de igualdad en las reivindicaciones feministas, indígenas, inmigrantes, del precariado laboral y de varios otros grupos humanos que viven en desigualdades naturalizadas.

(*) Farit Rojas es docente investigador de la UMSA

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