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Tuesday 18 Jun 2024 | Actualizado a 20:57 PM

Elecciones libres y justas

La doctrina de la democracia se opone en esencia al absolutismo del Estado, entendido como una forma ilimitada e indebida de ejercicio del poder y la inexistencia de una autoridad que restablezca los derechos ciudadanos y asegure el imperio de la ley.

/ 21 de mayo de 2018 / 14:12

La actual convocatoria de elecciones presidenciales en Venezuela se enmarca en un escenario complicado en lo político, catastrófico en lo económico, angustiante en lo social. El país objeta de manera constante y mayoritaria en términos de opinión pública la realidad actual, la conducta del Gobierno, la respuesta de un sector de oposición, el drama cotidiano para adquirir alimentos, el constante alza de los precios y la inexistencia de una producción industrial que se ha reducido gracias a la muy objetable actuación de un gobierno que en muchos casos ha visto en el empresario privado a un enemigo del régimen, actor y responsable de una supuesta “guerra económica”.

Se suma a lo anterior el hecho de que buena parte de la comunidad internacional, representada en países y sus organizaciones, tanto en América como en Europa, no cree en que las condiciones están dadas en Venezuela para que se realicen en el país elecciones libres y justas, en conformidad con los estándares universales aceptados y reconocidos por la democracia, para que estén plenamente avaladas en lo interno y en lo externo, a fin de inspirar un efectivo cambio político, si fuere el caso.

Fue una consigna constante del Gobierno el eslogan que señalaba en lo mejor de la época chavista “el pueblo es el que manda”. Lo cual debe ser cierto bajo un concepto ideal de democracia, pero que en la realidad actual de Venezuela no es un principio que guía la actuación pública frente a la sociedad ni tampoco es lo que la sociedad percibe.

Hemos señalado doctrinariamente que la voluntad del pueblo es la que confirma o desconoce la autoridad de los gobiernos. Su voluntad se expresa de múltiples maneras, formales e informales. Las primeras, a través de los mecanismos que la democracia sostiene para que la decisión del pueblo determine el curso que debe seguir una nación. Las segundas son aquellas en las cuales manifiesta su opinión y en las que surgen su postura crítica ante las realidades y su resolución de cambiarlas. Un pueblo tolerante sin dignidad y sin valores, sin sentido de su destino histórico, se pierde en la peor de las situaciones: la ignorancia y el sometimiento.

El pueblo tiene el derecho indeclinable de expresarse con libertad y justicia. Igualmente, tiene el derecho de existir, pensar, elegir y participar en términos políticos como agente de decisiones fundamentales, como titular de la soberanía popular, que es la fuente del poder. Si es un pueblo digno, nadie puede condicionar sus decisiones. Si es un pueblo libre, nadie puede impedir su voluntad. Si es un pueblo honesto, nadie puede desviar su juicio moral sobre lo ético en la política y su sanción. Creo en los pueblos ejemplares.

Una verdadera democracia protege la libertad del individuo, así como sus libertades políticas. Si faltase y no existiese autoridad que restablezca tales libertades, las elecciones se vician y significaría la ilegitimidad del que pretenda gobernar. La doctrina de la democracia se opone en esencia al absolutismo del Estado, entendido como una forma ilimitada e indebida de ejercicio del poder y la inexistencia de una autoridad que restablezca los derechos ciudadanos y asegure el imperio de la ley.

El déspota se preocupa porque su autoridad no se discuta. El demócrata se preocupa en que se examine su autoridad, se revise su conducta y se imponga la libérrima decisión de los pueblos rectamente expresada en todo momento. “También en política la verdad es la realidad de las cosas”, indicó certeramente Canals Vidal en España.

En estos días sabremos si en Venezuela el pueblo se expresa amplia, libre y soberanamente y si, en efecto, el voto es allí un mecanismo efectivo para cambiar si es la voluntad general la realidad política, económica y social.

Es abogado e historiador venezolano,

exdocente universitario; @articulistasred

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¿Cedemos, renunciamos?

La gente puede estar encerrada, pero nuestro derecho, nuestra naturaleza es la libertad

/ 27 de mayo de 2020 / 06:45

En estos días insólitos nuestra voluntad y capacidad están siendo puestas a prueba; a tiempo de evidenciar lo que somos, amamos y rechazamos; así como la templanza de nuestros valores, la legitimidad de nuestros sueños y la condición de nuestro espíritu. Tiempos de crisis que me provocan una visión contemporánea de la cárcel de Robben Island, Sud África; y posteriormente, de la caverna de Platón.

Me asomo imaginariamente a la primera, la prisión en la que Nelson Mandela estuvo recluido 18 años, donde su cuerpo se encerró, donde la intolerancia lo detuvo, donde la opresión pretendió someterlo. Luego me transporto a la segunda, durante una la clase de filosofía en Madrid, cuando Amanda me pidió que guardase el tesoro que debo preservar, y me contaron la historia de unos hombres que, en una cueva, asidos a cadenas infames no miraban otra cosa que sombras, reflejos de los objetos, personas y cosas que estaban en la luz.

Ante la realidad de la prisión antigua y esta suerte de prisión colectiva actual cuyos causantes nos deben responder, me rebelo más allá de la necesidad inmediata y su justificación, me rebelo reclamando la responsabilidad que les incumbe, los daños que genera, las violaciones que se engendran; me rebelo por los miles que han muerto, las familias que sufren, los que están separados; me rebelo por las calles vacías, las ciudades calladas, el silencio que se impone a la sociedad. 

Me rebelo ante todo, y a todos les digo lo que le expresé a Amanda: no es el lugar en donde estemos, es lo que somos. La gente puede estar encerrada, pero nuestra tendencia, nuestro derecho, nuestra naturaleza es la libertad. Es el espíritu humano, que no se puede someter, ni siquiera en el cuerpo del ser que lo contiene. Espíritu que no se rinde nunca, no renuncia, ni claudica jamás, porque es superior a todas las cosas, al hombre mismo por la necesidad de vivir, de ser y de existir.

Es, pues, el derecho a la vida, el derecho sagrado a la libertad, a la paz, a la salud que merecemos; el derecho al mundo que debemos tener, que debemos preservar y rescatar. Volver a lo que nunca dejaremos de ser. Es la humanidad interminable, exploradora, buscadora, que puebla y desarrolla, trabaja, lucha, vive, ama, conserva, aprecia, la que hay que levantar para que siga andando por todos los lugares que Dios creó para cada mujer y cada hombre, regalándoles además del don del discernimiento, el atributo irrenunciable de ser libres en la maravillosa obra de su creación, la Tierra.

José Félix Díaz Bermúdez, abogado e historiador venezolano.

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Mundo en sobresalto

La pandemia generada por el coronavirus Covid-19 ha colocado a la sociedad mundial en un dilema que preocupa a la mayoría de la gente, afectando a gobiernos, mercados, a la vida pública y privada de las personas, y en particular a la tranquilidad social.

/ 28 de marzo de 2020 / 08:43

Estamos viviendo en un mundo en sobresalto. Un mundo de guerras y luchas, conflictos permanentes, megaciudades violentas, en agitación y desequilibrio constante. Las nuevas tecnologías de la información y de la comunicación (TIC) han acortado las distancias, los eventos, los lugares, los sucesos. La globalidad tiene carácter de inmediatez, de cercanía permanente, de visión y consecuencias globales.

Asimismo, las fronteras se acortan cada vez, se mueven y desaparecen. Un hecho lo altera todo. El equilibrio de un país puede cambiar el de una región; y el equilibrio de una región puede cambiar el equilibrio general. En ocasiones, la multiplicidad de los sucesos y la velocidad en que ocurren afectan la capacidad de discernimiento y comprensión de las personas, lo que les imposibilita alcanzar una percepción exacta de los acontecimientos. A pesar de ello, el ser humano no puede dejar de ser reflexivo y analítico, y debe detenerse en sus consideraciones esenciales.

La pandemia generada por el coronavirus Covid-19 ha colocado a la sociedad mundial en un dilema que preocupa a la mayoría de la gente, afectando a gobiernos, mercados, a la vida pública y privada de las personas, y en particular a la tranquilidad social. A propósito de este fenómeno, Liane Dilda resalta las reflexiones del filósofo brasileño Luiz Felipe Pondé, quien en un reciente ensayo advierte que desde hace años nos encontramos inmersos en una “sociedad de la paranoia”, que se refleja en diversos aspectos.

Este sentimiento muchas veces se genera como método de control de grupos que condicionan sus comportamientos a concepciones y estímulos formados en un momento dado. Muchas veces estos temores, angustias y creencias —sean verdaderos o no— causan caos, desarticulan emociones y pueden producir a respuestas imprevisibles de parte de los ciudadanos. Cuando la paranoia se estimula, corremos el grave peligro de dejar de reflexionar y de pensar, y en consecuencia, no sabemos cómo actuar frente situaciones complicadas.

En su análisis, el filósofo brasileño nos advierte de los errores y las faltas en que incurre el “inconsciente colectivo”, que forma conceptos y genera actuaciones grupales muchas veces insensatas y preconcebidas. Con acierto, indica que en Brasil “lo primero que debemos hacer es combatir el virus de la paranoia”. Y advierte que este comportamiento puede conducir a extremos que no solo alteran la economía, sino que además nos inducen a creer que nos aproximamos insensatamente al fin del mundo tal y como lo conocemos.

Por otro lado, Pondé señala correctamente que el coronavirus Covid-19 “no es la peste negra”, enfermedad que en su momento fue terrible pero aún así que no destruyó a la humanidad. Y nos recuerda que cuando las personas en general y los líderes en particular actúan con sensatez, con solidaridad, con sentido inteligente y constructivo, con transparencia en el uso de los recursos en favor del bienestar común se superan los obstáculos y se minimizan los efectos negativos de los problemas.

La pandemia desatada por el Covid-19 y los efectos de la crisis actual han puesto en evidencia la necesidad de unificar el sistema público y el privado en situaciones de emergencia, y de mejorar la infraestructura y los programas de atención médica. Asimismo, hace falta que las políticas de salud, higiene, educación, calidad del ambiente, lugares de trabajo y reuniones cumplan nuevas exigencias; que el comercio, el turismo, y el intercambio en general se desarrollen con reglas más estrictas. La solidaridad (como dice Dilda) debe ser una prioridad. Y por último, urge que la salud pública sea un derecho universal, un compromiso mayor y una responsabilidad global.

José Félix Díaz Bermúdez es abogado e historiador.

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Corrupción vigilada

/ 29 de febrero de 2020 / 00:28

La huella infame de la corrupción está marcada. Los países, las víctimas, las organizaciones y la opinión pública estrechan cada vez más su círculo moral, ético, jurídico y político a favor de la sanción. Durante décadas se han presentado denuncias contra dictadores africanos, asiáticos y latinoamericanos, que han motivado procedimientos diversos. Sin embargo, sus consecuencias ponen en evidencia la necesidad de que salga a la luz la verdad de los hechos y daños causados, así como el nombre de los autores de los delitos y de sus cómplices.

Los elementos que han permitido desviar y retardar la actuación judicial y política en el pasado, hoy se revelan a pesar de su aparente cierre. La consideración de los derechos humanos y su evolución progresiva, y la imprescriptibilidad de los delitos abren nuevas puertas a la Justicia, que tarde o temprano se impondrá: Dormiunt aliquando leges, nunquam moriuntur (“Las leyes duermen alguna vez, pero nunca mueren”).

Las estratagemas financieras tras las cuales se ocultan los delitos están quedando al descubierto cada vez más. La posición de EEUU y de Europa, a nivel de gobiernos y de organizaciones y sociedades en las cuales la opinión pública y la prensa libre actúan, es cada vez más constante y exigente.

La acción y el control global de los agentes financieros es cada vez mayor. La cooperación se hace obligatoria. Asimismo, se desarrolla y refuerza el principio de restitución de los bienes expoliados. El secreto bancario también cada vez es menor. La acción social se consolida, y numerosos instrumentos jurídicos internacionales fundamentan nuevas acciones. Por ejemplo, la Convención de la Organización de Cooperación y Desarrollo Económico (OCDE) ha creado una infracción penal internacional que abre un importante escenario. Igualmente, la Convención de las Naciones Unidas contra la Corrupción de 2003 ha reforzado el carácter delictivo de los hechos y es un instrumento fundamental.

Los gobiernos democráticos deben impulsar la lucha contra la corrupción atendiendo la necesidad de demostrar y defender los valores esenciales de la política y de la correcta administración de los Estados; asegurando la rendición transparente de cuentas, la vigencia del Derecho, y su imparcial y autónoma aplicación ante los ilícitos que se cometan.

Algunas de las medidas necesarias para estimular la acción contra la corrupción y la vigencia de principios esenciales para la sociedad pasan por reformar las leyes para que permitan procedimientos especiales que garanticen la acción de la Justicia; la sanción administrativa, civil, penal y ética de los diversos casos; el fomento de organizaciones del tercer Estado que vigilen y procuren la actuación en estos casos; así como reforzar la educación ciudadana a favor de la defensa del patrimonio público y la existencia de comités éticos con poder de actuación.

* Es abogado e historiador venezolano; correo: [email protected]

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Errores de la ideología de género

‘Al totalitarismo no le interesan las familias sanas y fuertes, sino las personas solitarias y desvinculadas’.

/ 28 de noviembre de 2019 / 00:59

En el plano de la creación, en el misterio maravilloso de las cosas, el hombre y la mujer son la obra perfecta de Dios, en la que uno ha surgido del otro para acompañarse, apreciarse, complementarse, respetarse, constituir y realizar la vida. De la unión de dos seres diferentes se crea el individuo, se forma la familia, se construye la sociedad.

Hay, pues, un sentido profundo, un sentido común en la vida de pareja, una complementariedad única que solo se hace entre los dos para que alcance toda su dimensión: el hombre y la mujer en lo que son similares y distintos, irreemplazables en definitiva, formadores de vida, base indispensable del amor y la familia.

En una destacada conferencia dictada en España por el doctor Juan José Panizo y doña Teresa Pérez Rada, se expuso el tema de la ideología de género, su concepto; los objetivos y finalidades que persigue; su situación legislativa; las posiciones que se adoptan; los errores y las desviaciones que comete una posición extrema opuesta a la naturaleza de las cosas, a los derechos de la persona, a la educación familiar; que criminaliza las posturas contrarias creando excesos legislativos y administrativos, propiciando discriminaciones ajenas a la propia individualidad del ser humano; la compresión de sí mismo y su derecho a resguardar su identidad humana, personal, familiar y social.

Como señala Pérez Rada citando a Chesterton, ha surgido en definitiva una “persona desvinculada de la familia y de su propia naturaleza”, y que termina siendo “plenamente manipulable por el proyecto consumista”. “Al totalitarismo —indica— no le interesan las familias sanas y fuertes, sino las personas solitarias y desvinculadas”. Bajo esa premisa: “Ahora, hombres y mujeres, como individuos sexuados, se autodeterminan más allá de su realidad biológica, bajo el amparo de un lenguaje artificial”.

La terrible presión de escoger un sexo o un género en el mundo actual sin respetar las creencias de una persona; la conformidad que tiene con su propia naturaleza, sus costumbres, su educación social y familiar; el hecho de ser hombre y ser mujer, con todas las consecuencias que del mismo se desprende, es contradictoria y perjudicial cuando se expresa como una posición del Estado, una orientación política y un mandato legal sancionador.

Si una persona tiene otras orientaciones, debe igualmente respetarse, pero sin criminalizar la otra postura, sin privilegiar una concepción particular en detrimento de la otra, sin atentar contra las libertades y derechos individuales y sociales: “El Estado se mete en la mente y la conciencia de los ciudadanos, diciendo qué y cómo hay que pensar, jugar, ver, hablar, amar, convivir y relacionarse”, señalaron.

El Estado no puede sustituir al individuo, ni invadir o destruir el rol de la familia. Antes que el Estado como organización, ambos son los principales. El respeto a la dignidad humana es fundamental. La libertad y los derechos individuales y sociales se deben preservar. En una sociedad en crisis los valores familiares se deben rescatar. La educación sexual de los menores, en principio, es un derecho de los padres y se debe resguardar y preservar su dignidad, su bienestar individual, psicológico y moral.

* Abogado e historiador venezolano, exdocente universitario; @articulistasred.

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Juicio a la Revolución cubana

/ 25 de enero de 2019 / 03:54

Una revolución, cualquiera que ella sea, debe implicar transformaciones, la sustitución de un modelo por otro, el logro de un avance trascendente, la presencia de una mejora sustancial para todos. Se hace necesario identificar la profundidad de un cambio político, social, económico, cultural y moral orientado de manera incuestionable al mejoramiento de los pueblos que la realizan, y que deben ser sustancialmente beneficiarios de su construcción y resultados.

La idea martiniana de la revolución en Cuba, el auténtico concepto del gran José Martí, defendía la libertad del hombre, la dignidad humana, el fortalecimiento de la República, tal y como lo expresó en numerosos textos indicadores de su doctrina política, entre otros en aquel breve pero expresivo escrito Alea Jacta Est, publicado en El Federalista de México el 07 de diciembre de 1876.

“¿Con qué se vuelven a matar los mexicanos? ¿Con que se ha violentado una tradición, derrocado a un gobierno, ensangrentado un año a la patria, para volver de nuevo a ensangrentarla, para desacreditarnos más…? (…) ¿Y qué mueve esos ejércitos?”. Con dolor y tristeza, cubana y latinoamericana desde luego, responde Martí: “No es la dignidad humana, lastimada en tiempos de vergüenza por una insolente dictadura y vejada en la voluntad de cada hombre por la voluntad nerviosa y exigente de un autócrata (…)”.

La autocracia que no quería ni como resultado del coloniaje español ni del propio, ya que para Martí una revolución y, en particular, la guerra de independencia debía representar “una conquista de principios, una desamortización de la conciencia, una resurrección de la dignidad”. “Una revolución es necesaria todavía –concluyó-: la que no haga Presidente a su caudillo…” para que no fuésemos como tantas veces: “infelices defensores de la voluntad de un hombre solo, con sus mujeres a su lado, con sus hijuelos palmoteando sobre la mochila”.

La Revolución cubana, que recientemente cumplió 60 años, debió ser aquello, la liberación del pueblo, terminación absoluta de cualquier dictadura, implantación auténtica de la democracia, respeto a los derechos humanos, ejercicio pleno de la crítica, respeto a la oposición política. Contraria a los conceptos de Martí que creía en la libertad del hombre, en la República y en “la bondad del sistema democrático electivo”, la Revolución cubana impuso una doctrina política, un partido único, la eternización de una dirigencia cuyo líder máximo, Fidel Castro, estuvo más de 50 años en el poder, sucedido por su hermano, en un sistema cuya particular “democracia” trata de justificarse en un sistema propio que en realidad no admite la alternabilidad, la pluralidad, la crítica, la autocrítica, la oposición efectiva, abierta y libre, sin sanción ni persecución por sus actos legítimos.

El sistema comunista no ha sido en más afortunado en materia de libertades ciudadanas y políticas, avances democráticos, mejoramiento económico, respeto a los derechos individuales, y específicamente ello se ha puesto en evidencia en el caso de Cuba y otros países. La propia Unión Soviética luego de 80 años de existencia tuvo de hacer el cambio, tuvo que dar el giro hacia un sistema mucho más democrático que el que imperó desde 1917.

El totalitarismo ha fracasado. El absoluto control de la vida pública y privada por parte del Estado supone la negación de los derechos individuales y sociales más elementales y reconocidos. El perjuicio y el atraso de la economía comunista ha sido evidente por su improductividad, por su dependencia a las ayudas y subvenciones exteriores, por el estado de miseria en muchos casos de la población. La pobreza repartida por igual y la imposibilidad de superarla no es justicia social para las mayorías, es parte de un sistema que niega la iniciativa privada, la libre competencia, el crecimiento y el mercado en condiciones socialmente útiles.

El socialismo moderno no niega las reglas democráticas, el Estado de Derecho, las elecciones libres, la justicia social, el desarrollo, no desconoce a la República y sus valores fundamentales.

* Abogado e historiador venezolano, exdocente universitario; @articulistasred.

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