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miércoles 28 jul 2021 | Actualizado a 08:41

Cultura, mito y arquitectura

La diversidad formal de los cholets pretende acercarse a la cultura vernácula de El Alto.

/ 14 de marzo de 2019 / 03:52

Cultura es una palabra de origen romano que deriva de “cultivar”, “preservar”. Y aquello en la arquitectura (más que en cualquier arte) ha logrado en el último tiempo que ciertos profesionales en esta área vuelvan los ojos al pasado para conectarlo con el presente; un pasado que se impone en las nuevas obras arquitectónicas relacionadas con lo vernáculo. Lo que por ejemplo en el caso de los cholets debiera llevar a preguntarnos ¿acaso estas obras, por su expresión formal cada vez más desmedida, no están logrando que críticos de la arquitectura las conviertan en un mito?

Es necesario reflexionar más profundamente sobre los pasos que se dan en la arquitectura en Bolivia, ya que si bien hay obras que se acercan a los nuevos principios contemporáneos, pasan hasta inadvertidas en su análisis. En cambio, los cholets, a pesar de la polémica que crean, son examinados en charlas y encuentros de arquitectura en La Paz y otros departamentos del país. Esto posiblemente porque, como dijimos en otro artículo, han logrado romper fronteras.

La causa, empero, pareciera ser el impacto que causa su diversidad formal y su acercamiento a las representaciones culturales del pasado, aunque es preciso recordar que ese tipo de edificios con formas particulares aparecieron —más moderadamente— en la avenida 6 de Agosto de El Alto hace algunos años. Recientemente también se hicieron visibles otros tipos de cholets, inspirados en series como Transformers, cuyos dueños aseguran sentirse orgullosos de ese tipo de edificaciones por lo llamativas que son. Así, sin importar el origen cultural, al pueblo le gustan las construcciones que impactan por su diversidad formal. Esto, en contraste con las infraestructuras de corte actual que se alzan en la urbe alteña, las cuales no gozan de ningún comentario o interés de la población.

Tal situación hace que surja la inquietud sobre si los autores de los cholets buscan que sus formas se asemejen a las del pasado cultural, o más bien esperan que sean comprendidas como una renovación formal del presente. Asimismo, pareciera que es la población la que se interesa más en esas formas híbridas, olvidando todo principio de identidad.

Todo ello nos lleva a recordar los criterios de Hillier, quien afirmaba que “el manejo consciente de las formas culturales, más allá de repetir el anhelo de su conversión en mito, son obras de todo proyectista que parte con ideas singulares y de corte cultural, buscando que éstas se conviertan en mito porque se reflejan en la práctica social”.  

En el caso de los cholets, aclaramos que nuestra decisión de retomar el tema no tiene nada que ver con la valoración o negación de estas obras, sino que nos resulta importante analizarlas porque crecen cada vez más en número, y el pueblo alteño no solo se identifica con ellas, sino que además las adopta como propias y representativas de su ciudad.

Sin duda, los cholets son parte del presente de esa urbe. Su diversidad formal pretende acercarse a la cultura vernácula, aunque pareciera que a la gente le ha dejado de interesarle lo ancestral. Sin embargo, se identifica con esas edificaciones por su expresión formal, lo cual no deja de ser singular y nos lleva a preguntarnos si acaso los cholets, con su hibridismo exagerado, han logrado el nacimiento del maximalismo en El Alto gracias al imaginario de su población.

* Arquitecta.

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Mundos que se entrecruzan en la ciudad

/ 23 de julio de 2021 / 01:33

En estos dos últimos años la ciudad de La Paz ha cambiado ya que el paradigma de lo informacional la ha transformado cada vez más, hasta el punto que la urbe tradicional llena de vitalidad y fuente de creatividad cultural ha sido atravesada por aquella característica.

Una especie de paradigma que, pareciera que el espacio público ya no refleja la sociedad, sino expresa esencialmente los momentos actuales. Entretanto, en paralelo crece a una velocidad exponencial el espacio informacional, que ha logrado renovar y dinamizar la vida del ciudadano a través de la información en las redes. Una especie de intercambio de conocimientos que no dejan de ser innovadores y cruciales debido al momento que viven las naciones. Un verdadero estallido de este tiempo, fruto del entrecruzamiento entre la vida urbana y la informacional.

Una realidad cuyos lazos sociales y culturales, basados en el interrelacionamiento entre ciudadanos, fueron fuertemente sustituidos por las redes sociales, las cuales mantienen al tanto no solo de lo que sucede en el país, sino en el mundo. En esa medida, si bien la gente no está perdiendo el derecho a la ciudad, es evidente que su actual condición de vida es la urbe diseminada. Esto por la limitación de actividades y horarios debido a la realidad sanitaria, que pareciera haberse tornado implacable. Una forma de simulacro social que nos lleva a una vida de aislamiento y que limita el movimiento humano por temor al contagio.

Este contexto pareciera demostrarnos que el espacio no refleja la sociedad, sino que la expresa. Mientras, la comunicación se convirtió en una incuestionable realidad que indirectamente logró nivelar, a través de la práctica en redes, la gran brecha digital que había con otras ciudades del planeta. Algo válido y muy necesario para nuestra sociedad, pues el espacio informacional conecta diversos territorios y permite la intercomunicación entre las personas.

Lo singular es que nuestra urbe también se está convirtiendo en la ciudad de los flujos comunicacionales y esto por la instantaneidad de la información global. De esa manera, la imbricación del relacionamiento y la información se produce a una velocidad que ya no sorprende porque es parte de la vida y trabajo diario.

Ahora, si bien la pandemia ha forzado a ingresar de lleno a la era informacional, la representación del espacio público no puede circunscribirse a cierto tipo de experiencias; todo lo contrario, el relacionamiento virtual muestra hoy que es parte de nuestro vivir, es decir, del mundo comunicacional.

Indudablemente, el relacionamiento en el sentido estricto de la palabra es cada vez menor, en cambio lo informacional plasmado a través de los mass media, los teléfonos móviles, las computadoras y demás es inagotablemente mayor.

Con todo, pese a que el mundo se encuentra limitado por falta de contacto real entre sus habitantes, una verdad inobjetable es que los cuerpos van en busca del espacio público de las plazas y otros lugares abiertos para sentirse seres vivientes y móviles, dispuestos a disfrutar de pequeños momentos al aire libre para satisfacer su existencia psíquica y corporal.

Una especie de añoranza permanente del encuentro casual destinado a disfrutar y vivir la vida, las relaciones humanas, la amistad, en aquel espacio público que hoy pareciera un fantasma urbano. Una realidad por demás rica en expresiones sociales, tradicionales, cívicas, culturales, que esperemos no se quede obsoleta ante el nuevo contexto marcado ya por la rutina informacional.

Patricia Vargas es arquitecta.

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Realidades en una ciudad: La Paz

/ 9 de julio de 2021 / 01:49

En los últimos tiempos, La Paz fue entendida como una sociedad poco homogénea, sin embargo, el habitante en general muestra distintos valores y uno de ellos es la lucha por la existencia, la cual en muchos casos no deja de sorprender por los talentos que la acompañan. Una especie de preludio en la vida de una sociedad por demás trabajadora, a la que no le faltan aciertos, pero tampoco contradicciones.

Lo triste es comprobar que en este 2021 esta sociedad está limitada no solo en sus ideales, sino que éstos se traducen en una especie de ansiedad por que termine de una vez el tiempo sanitario y comencemos a progresar, a desarrollar los sueños que aún se conservan. Lo destacable es que a pesar de la pandemia, la población aprendió a enfrentar la vida con valentía.

Un espíritu de lucha que posee todo habitante de esta urbe, quien a pesar de una infinidad de problemas siempre logra impulsar su trabajo en nuevas direcciones, pues sus metas exigen una labor reinventada y creativa para enfrentar la nueva realidad que vive el planeta.

Empero, no cabe duda de que lo primordial y decisivo en este momento es la conservación de la salud, no solo porque el virus se ha llevado a cientos de personas, sino porque la vida exige ser preservada si la gente quiere seguir proyectándose al mañana.

Lo inquietante es que en paralelo y con mayor intensidad aparece la ciudad subterránea, la que hoy cuenta con un mayor número de adeptos, seguramente como resultado de la realidad económica que vivimos, aunque no faltan los asiduos a la vida desordenada.

Una realidad que no deja de ser preocupante porque esa otra parte de la sociedad tiene una vida fustigada. Lo llamativo es que pareciera haber decidido instalarse en la periferia o vivir en pequeños ghetos, los cuales se encuentran escondidos por doquier y hacen lo imposible por pasar desapercibidos.

Además, se debe considerar que las duras realidades (falta de circulante, oportunidades de trabajo, entre otros) están produciendo un fuerte abandono de esta ciudad, ya que es mucha la cantidad de personas que se traslada a otras urbes, especialmente jóvenes, en busca de proyectar su futuro. Una ambición comprensible de todo ciudadano y sobre todo de la juventud.

Lo lamentable es que, según los especialistas, aún no atravesamos la peor etapa de la pandemia (la variante Delta) y se desconocen las consecuencias que traerá consigo.

Pese a esa situación, está claro que esta ciudad requiere de nuevas motivaciones. Nos referimos a hechos que están limitando la dinámica de la urbe productiva que fue y no solo la tendencia a multiplicar la llegada y venta de productos externos. Vale decir que lo fundamental del momento debiera ser reflexionar acerca de que La Paz recupere el liderazgo en el país, como lo hicieron nuestros antepasados.

Ciertamente, no faltan los escritos que miran al futuro con esperanza y para ello es necesario tocar otras realidades externas. La idea no es que se las imite, sino que sirvan de referencia para que los nuevos tiempos estén cargados de otros conocimientos y experiencias, “sin olvidar nuestra esencia pero proyectada al futuro”.

Patricia Vargas es arquitecta.

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George Sand, la escritora del ayer

/ 25 de junio de 2021 / 01:19

El año 1804 fue un periodo en el que confluían y se entrecruzaban diversas problemáticas en la vida de la mujer. Tanto es así que fueron muy pocas o casi ninguna las que se revelaron y lucharon para darle “un sentido a su existencia” a partir de su realización personal. Sin embargo, para ello fue necesario que se enfrenten a una sociedad que imponía a la mujer una vida “sin razón”. Tiempos conservadores en los que la mirada clásica del momento era la gran limitante y fue justamente George Sand, seudónimo literario de Amantine Lucile Aurore Dupin, la mujer francesa que quebró esa tradición y dejó en el pasado su vida tradicional para ir tras sus sueños y recorrer un nuevo camino, el de la escritura.

Admiradora de Rousseau y de Voltaire, comenzó a dar sus primeros pasos en las letras otorgándoles un nuevo significado por demás desafiante. Algo ansiado por ella.

Obviamente, sus primeros escritos tuvieron poco éxito, pero aun así siguió con sus producciones críticas. A pesar de los desencantos, la baronesa Dudevant continuó en la lucha y publicó su primera novela, Indiana, en la que firmó como George Sand y dejó en el olvido a Amantine Dupin.

Indiana fue una obra que logró ser aceptada por los lectores, pero no estuvo libre de una fuerte crítica por ser considerada una especie de proclama incendiaria contra la vida en reposo de la sociedad. Un sentido que si bien tuvo que ver con el inicio de su labor de escritora, no dejó de ser explosivo en su contenido, por lo que la respuesta estuvo teñida de grandes críticas debido a que fue considerada una especie de proclama detractora.

Tampoco dejó de tener impacto porque mostró el Spirit Forte de aquel nuevo escritor poco conocido hasta entonces, George Sand. Pero lo determinante fue el duro cuestionamiento por la falta de presencia de la Filosofía como significado de su obra. Y como era de esperarse, Sand inmediatamente ingresó a la Filosofía, adoptando ideas de Lamendia, de los socialistas, de Pierre Leroux y Étienne Cabet. De ese modo, su pensamiento adquirió una nueva visión más sólida, aunque polémica. Lo importante fue que el sentido que comenzó a adquirir su reflexión la obligó a abandonar el camino de la simple cuentista, para adoptar en sus escritos “un tono filosófico” con gran visibilidad de contenidos y expresiones.

Así, las ambiciones de la escritora crecieron y adquirió su “propio estilo”, libre de influencias. Buscó un nuevo género y fuente de inspiración apoyado por la Filosofía. Y fue por 1847 cuando saltó a la fama con la obra La charca del diablo.

Con ello palpó cómo los nuevos momentos abrían otras sendas apoyadas por la poesía, la cual se convirtió en un ensamble de significados en sus escritos. Gracias a esa acción logró que George Sand encabezara la lista de los novelistas franceses.

Sencilla y atrevida, maravillosamente hábil para crear imágenes expresivas, esa mujer vestida de varón produjo obras singulares y de estilo indefinido, que no dejaron de tener una sobriedad admirable. Esto, comprensiblemente, desde la mirada de la época.

George Sand fue uno de los primeros blancos de la crítica implacable, pero eso no fue impedimento para estar considerada entre los mejores escritores de su tiempo.

Lo notable fue que esa mujer que adoptó el nombre y vestuario de un varón para que la sociedad aceptase sus obras, no dejó que los prejuicios de la época la derrumbasen y prosiguió con escritos que relataban intensas pasiones, odios sin límite y venganza. Urdimbres de sentires que vivió previos a su éxito.

Tampoco faltaron los amores en su vida, uno de ellos con el más sensible de los compositores: Federico Chopin, cuyos bellos Nocturnos siguen extrayendo hasta hoy emociones profundas.

En definitiva, George Sand logró romper los tabús de su época y, lo mejor, convencer de la existencia de talento en la mujer en general, que en ese entonces era considerada una simple decoración del hogar.

Patricia Vargas es arquitecta.

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La sórdida realidad de la salud actual

/ 11 de junio de 2021 / 01:42

En los últimos tiempos nuestras vidas han cambiado hasta el punto que pareciera que los colectivos humanos han dejado de estar seguros de que haya un mañana, y de que éste seguirá acompañado de una fuente de creación, experiencia y extensión de conocimiento.

Lo cierto es que vivimos una suerte de paradoja que ha logrado invadir la contextura de nuestras vidas, hasta el punto que las ambiciones que conlleva la existencia humana sobre una nueva mirada a un futuro mejor y más amplio han dejado de crecer, aunque no faltan otras que están siendo desarrolladas, pero por otros caminos.

Independientemente de ello, son tiempos difíciles en la vida del ciudadano, a quien se le exige cumplir con medidas diarias como el cubrir su cuerpo y rostro. Un sinfín de rituales que son parte de la puesta en escena cotidiana de cada persona antes de salir de casa. Un hecho que no puede ser fragmentado y menos omitido si queremos seguir con vida.

Empero, esta situación si algo positivo tiene es el desarrollo de la realidad sanitaria, cuya experiencia y producción científica ha comenzado a extenderse a otras naciones menos desarrolladas, pero que hoy obligadamente empezaron a producir vacunas, obviamente con las composiciones que les llegan de los países productores. Una realidad que denota que seguimos caminando inevitablemente hacia el desarrollo.

Esto nos debiera llevar a recordar que todo pasará y que nuevamente el planeta se consolidará en cuanto a salud; y lo mejor, el habitante nunca dejará de soñar y menos olvidará el tener la mirada en el futuro.

Es evidente que los precursores del futurismo soñaron con la evolución del orbe, lo que jamás dejará de suceder porque la necesidad de crear, inventar o descubrir forma parte innata de la humanidad. Mucho más en los últimos años, ya que la vida en movimiento ha mostrado realidades que responden a esa meta y que serán retomadas con mayor ahínco, pero con prudencia y en el momento que se venza a la adversidad. Algo inobjetable porque el orbe ambiciona la sobreconstrucción, el redescubrimiento, en síntesis: los signos del desarrollo.

Si bien momentos como este nos recuerdan otras realidades similares en la historia, hoy pareciera que vencer esta adversidad debe estar apoyada en el pensamiento de Buccioni, quien afirmó hace más de un siglo: “A levantar el hogar” en el corazón de una multitud. Esto con un sentido distinto: el de la mirada más humana y equitativa del futuro del planeta. Por tanto, son momentos que se han convertido en una especie de sobrecarga en nuestras vidas gracias a un mal que se ha extendido y ha creado la mayor disonancia que ha atravesado la humanidad en estos dos últimos años, lo cual nos lleva a pensar que toda sórdida realidad es a causa de una heterogeneidad de hábitos y necesidades de subsistencia del ser humano, que deben comenzar a ser reflexionados pues también entran en juego su calidad de vida y su salud.

El rostro de la libertad del ciudadano no dejará de existir, tampoco el descubrimiento y desarrollo de la ciencia y demás. Esto porque las personas jamás dejarán de crear y menos dejarán de soñar en un futuro cada vez más desafiante. Todo ello pese a que la vida sanitaria sea adversa como en estos momentos, lo que conlleva una realidad que hasta hace más de un año era inimaginable. Ahora, esta situación solo muestra la necesidad de repensar en el ser humano, el personaje más importante de la Tierra.

Patricia Vargas es arquitecta.

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El sentido de la cultura

/ 28 de mayo de 2021 / 01:43

Históricamente la cultura para una sociedad siempre fue el proceso de sustentación de una identidad. Esta, lograda por un consistente punto de vista estético.

Si bien la cultura urbana emana sus propias expresiones, Max Weber afirmaba que el pensamiento, la conducta y la estructura social están integradas, ya que sus ramas —la ciencia, la economía y la cultura— son predominantemente racionalistas.

Sin embargo, no faltaron los estudiosos que señalaban que la conducta tiene un doble sentido: los aspectos cosmológicos del pensamiento y la cultura propia de las sociedades, las cuales hoy parecieran caracterizarse por la eliminación de su magia. Asimismo, hubo apreciaciones de que la cultura está unida entre el pensamiento y el sentido de la sociedad.

Es evidente que existen sociólogos que estudiaron las expresiones y la vida urbana buscando el significado de éstas, hasta el punto en que detectaron grandes valores, pero también una diversidad de problemas, como aquel sociólogo urbano que denominó “Crisol Cultural” a las ciudades por el gran cosmopolitismo que allí reside.

Lo singular es que ese estudioso urbano no consideró que hoy las metrópolis se transformaron y convirtieron en una especie de maraña de estilos de vida, de costumbres y hasta idiomas. Bellas ciudades del futuro que ya existen en el planeta, las cuales conllevan un sentido cultural experimental metamorfoseado, apoyado por hibridaciones en la mayoría de los casos. Auténticas mutaciones gracias al encuentro o la vida entre distintas culturas que allí radican.

Pero no falta aquel contraste en el que el crecimiento humano también pareciera sacar a relucir una especie de urdimbre de una población de bajos recursos, que no solo exige una infraestructura renovada, sino que necesita la dotación de lugares libres a partir de la ampliación espacial para esos sectores poblacionales. Una transformación que, empero, no elimine el sentido cultural singular de esos lugares.

Eso significa que cuanto más se estudia, se vive o se visita esas grandes metrópolis, se descubre que cada cultura entendió de manera particular la modernidad en su vivir. Mucho más si se trata de comprender la sobremodernidad de otros sectores. Una forma de vida que exige un nuevo habitar en esas grandes naciones conformadas por millones de habitantes.

Esa realidad debiera llevar a los estudiosos y urbanistas a buscar armonía en ese ensamble de culturas. Pero esto no es nada fácil porque en el fondo existe un radical y diferente sentido cultural, aunque también vivencial, que pareciera requerir una mayor visibilización de la realidad de la población numerosa que allí reside.

Algo inobjetable porque el mundo de hoy no solo debe transformarse y posiblemente hasta evolucionar su sentido, especialmente desde la llegada de la pandemia al planeta.

Eso significa un gran reto para los planificadores y arquitectos porque se tendrá que pensar en reestructurar no solo las urbes, sino crear escenarios de libertad vivencial que demanda el nuevo existir ciudadano. Esto debido a que aún no llegó el tiempo en que el planeta deje de estar amenazado por diferentes males, por lo que su sociedad, al ser sensorial, requiere transformaciones.

Indudablemente, es un gran desafío pensar en la importancia del sentido que conlleva la nueva vida del ciudadano.

Por todo ello, el impacto urbano denota otra dimensión de realidades, la cual parece confirmar que “desde la arquitectura se puede intervenir, pero desde el urbanismo se puede cambiar una ciudad”.

Patricia Vargas es arquitecta.

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