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Monday 22 Apr 2024 | Actualizado a 06:49 AM

El factor ‘sustitución’

La ausencia de uno o ambos candidatos del binomio presidencial implicaría la no participación de su partido

/ 27 de julio de 2019 / 21:40

Bajas electorales: primero fue Jaime Paz Zamora, candidato presidencial del PDC. Alegó “una muralla” para designar candidaturas. Luego, con gran bulla mediática, renunció Edwin Rodríguez, candidato a vicepresidente por Bolivia Dice No. Arguyó decisión corporativa del Comité Cívico Potosinista. Les siguió Faustino Challapa, número dos del binomio del Frente para la Victoria. No alegó nada. Por último, se bajó Leopoldo Chui, candidato a vice de PanBol. Dijeron que no se inscribió “por borracho”.

¿Qué hacer con estos cuatro candidatos que, por diferentes motivos, están fuera de la competencia electoral pese a que fueron habilitados en las primarias del 27 de enero? La Ley de Organizaciones Políticas, como se sabe, incluye solo dos causales para “revertir el carácter vinculante” de las primarias: muerte o enfermedad gravísima sobreviniente. No es el caso de ninguno de los cuatro que se dieron de baja. ¿Cómo se preserva, entonces, el cumplimiento obligatorio del resultado de las primarias?

Según el espíritu y la letra de la LOP, al no existir la causal renuncia para desacatar la condición vinculante de las primarias, la ausencia de uno o ambos candidatos del binomio presidencial implicaría la no participación de su partido político o alianza. Así, hoy mismo, de las nueve fuerzas políticas en carrera para los comicios de octubre solo quedarían cinco. Claro que se estarían vulnerando los derechos políticos constitucionales a ser elegible y, como organización política, a postular candidaturas.

Hace dos años, en la construcción deliberativa del proyecto de LOP impulsada por el TSE, y las sucesivas versiones elaboradas por el equipo técnico, las primarias fueron concebidas como un mecanismo de democracia interna en las organizaciones políticas. El principio era que las candidaturas sean elegidas por la militancia, y no por tradición caudillista, herencia o decisión cupular. En ningún momento se pensó qué pasaría si… un partido o alianza se quedaba sin candidatos. Es un vacío normativo.

Asumido el malogrado estreno de unas primarias que, sin competencia, legitimaron candidaturas únicas, ¿cómo se gestiona hoy el hecho político-electoral de cuatro binomios incompletos? Por principio la ley especial (en este caso la LOP) se aplica con preferencia a la norma general (Ley del Régimen Electoral). Pero ambas están sujetas a la primacía de la Constitución Política del Estado, que garantiza el derecho a (no) ser candidato. Parece que el atajo viable, si acaso, vendrá por el factor “sustitución”.

FadoCracia aritmética

Lo que más se aprecia de las encuestas de intención de voto es que nos brindan sucesivas fotografías, algunas muy parciales, otras un poco desenfocadas, acerca de la situación y tendencias de las preferencias electorales. Pero lo que más se disfruta es la tan divertida como solemne danza de lecturas e interpretación de datos. Es como si la fotografía fuese la vida misma.

La más reciente encuesta de CiesMori, bien empaquetada para gusto del respetable público, dio su postal de arranque: 37, 26, 9, residuales, indecibles e indecisos. El debate fue inmediato. Y sustantivo: ¿37 es igual a 40? No es algo menor: define si habrá o no segunda vuelta. Otra lectura sostenía la curiosa “ecuación” (sic) de que 2/3 es más que 1/3. Muy profundo.

Pero sin duda la interpretación más fina se hizo con audacia aritmética: el 21F, 51,4% dijo NO; hoy la encuesta asegura que 35% nunca votaría por Evo; ergo, “somos el 86,4%, somos mayoría”. Es brillante. Si sumamos el 21% –sin duda antimasista– del blanco/nulo, secreto, no sabe/no responde, habremos logrado el 107,4% de votos. Ganaremos los comicios. Y seremos legión.

* Es politólogo

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Primarias ‘interruptus’

/ 14 de abril de 2024 / 00:13

Tengo la sospecha de que, en el actual ciclo electoral, como ya ocurrió en 2020, no habrá elecciones primarias para binomios presidenciales. Las razones son claramente políticas, pero el justificativo para suspenderlas puede ser económico. El ruido sobre el tema, tanto en el oficialismo como en el paisaje opositor, expresa la dificultad para encaminar un proceso competitivo. A ninguna fuerza política le interesa, ni tiene posibilidades, de precipitar el tiempo electoral.

Veamos las razones políticas. La actual sumatoria de fractura en el MAS-IPSP, por un lado, y alta fragmentación en la oposición, por otro, configura un terreno pantanoso para definir candidaturas presidenciales, establecer alianzas y, en el corto plazo, concurrir a unas primarias que, como establece la ley, son obligatorias. Peor todavía si consideramos el actual contexto de persistente polarización, crisis institucional con parálisis decisoria e incertidumbre. No hay condiciones.

¿Habrá primarias? Dependerá en especial de cómo se resuelva, si acaso, la disputa interna en el partido de gobierno. Evo retó a Lucho: primarias cerradas para definir quién es el candidato. Demasiado tarde. Para los arcistas, con arreglo a una sentencia constitucional trucha, Evo está inhabilitado. Arce, por su parte, no cumple el requisito de antigüedad establecido en el estatuto partidario. Está impedido. ¿Primarias cuando ni siquiera logran convenir un congreso ordinario?

En el campo de la oposición, en tanto, hay más candidatos presidenciales que partidos. A la fecha conté 15: todos lanzan mensajes grandilocuentes y hablan de unidad. Casi ninguno tiene estructura política. Ni hablemos de presencia territorial o plataforma programática. Algunos, con más entusiasmo que información, creen que unas “preprimarias” despejarán su marginalidad (desde X no se ganan elecciones). Otros postulan primarias abiertas lo más tarde posible. Les falta militantes y calle.

Y está el factor determinante: tiempo. Sin reforma normativa, las primarias debieran convocarse, como máximo, en septiembre. Hasta entonces todos los partidos que quieran postular candidaturas tendrían que haber adecuado sus estatutos orgánicos, actualizado sus registros de militancia y renovado sus dirigencias. Parece difícil. Sobran los obstáculos. En tal escenario, es más probable descartar las primarias (“por falta de presupuesto”) que acordar su realización.

Si al final del camino hubiese primarias, por fuerza instrumentales, lo mínimo que debe exigirse es que sean competitivas. Las elecciones presidenciales son demasiado importantes como para dejarlas libradas, otra vez, como en 2019, al simulacro.

FadoCracia relojera

1. La presidenta de facto de Perú, Dina Boluarte, es muy presumida. Le gustan los relojes y las joyas. Hay que vestir a la altura del cargo. 2. Estrenó su régimen con masacres. Había que pacificar el país, eliminar a los terrucos, sentar la mano a los indios levantiscos (¿suena conocido?). 3. Todo bien hasta que una investigación periodística reveló que el día de su cumpleaños estrenó un Rolex rosa. Cuando la confrontaron, dijo que era de antaño. Cuando se demostró que fue recién comprado, juró que era fruto de su esfuerzo. 4. El problema es que doña Dina no declaró el bien (cuyo precio equivale a cuatro salarios presidenciales). Y no era un solo Rolex, sino tres (completando su colección de 17 relojes). Había delito. 5. Entonces dijo la “verdad”: los Rolex fueron un préstamo de su querido amigo, impresentable gobernador de Ayacucho. Me equivoqué y los devolví (es de la escuela mirista “errores, no delitos”). Hoy luce su reloj de Snoopy. 6. Dos mociones para destituirla por incapacidad moral fracasaron. Dina tiene quien la sostenga. 7. Sesenta muertos y 17 relojes después, “Balearte” sigue en el cargo. La moda no la absolverá. La historia tampoco.

José Luis Exeni Rodríguez es politólogo. 

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Crisis en el periodismo

/ 31 de marzo de 2024 / 00:29

El periodismo boliviano está en crisis. No es de ahora. Ni es el único gremio en semejante trance. Pero la crisis periodística contribuye a contaminar la información, debilitar la conversación pública y, por tanto, malograr la convivencia democrática. Es una crisis de legitimidad, de pluralismo, de ética, de representatividad y de ejercicio. Así, el periodismo boliviano corre el riesgo de convertirse en una pieza más, instrumental, débil, de la polarización política y sus menudencias.

El reciente informe de la CIDH, Cohesión social: el desafío para la consolidación de la democracia en Bolivia, dedica un importante apartado a la libertad de expresión, en el marco de la institucionalidad democrática y el Estado de Derecho. Por diferentes motivos, tanto externos como intragremio, se identifica una “crisis de confianza y sostenibilidad”. En tal condición, estamos lejos de brindar información “balanceada, plural e integral”.

El diagnóstico de la comisión es preocupante y coincide con percepciones y datos de otras fuentes. Persisten la violencia y la estigmatización, cada vez más normalizadas, contra la prensa. Los agentes policiales son especialmente violentos. Pero también hay amenazas y agresiones de otros actores, incluidos los propios periodistas (como ocurrió en 2019). Ni hablemos de los discursos que infaman la labor periodística. Todo ello deriva en temor y (auto)censura.

Se mencionan asimismo casos de judicialización en contra de periodistas, lo que arriesga la protección de la reserva de fuentes. A ello se añade la tenaz ausencia de una normativa que garantice el derecho al acceso a la información. La CIDH señala además la falta de criterios, no discriminatorios, para la asignación de publicidad oficial. En un contexto difícil para los medios, ello agrava su crisis de sostenibilidad y daña la diversidad y el pluralismo del paisaje mediático.

El panorama, pues, es muy crítico. Pero lo más inquietante tiene que ver con la baja calidad del trabajo periodístico y la “ausencia de representatividad y pluralidad en órganos de prensa y periodistas”. En general (claro que hay valiosas excepciones), la información que ofrecemos a la sociedad desde los medios es sesgada, parcial, polarizante. ¿Quiere un caso emblemático? Titule “fuego cruzado” (sic) donde hubo masacre. Ningún viento, ninguna marea, lo justifican.

¿Y las organizaciones de periodistas? El informe muestra un gremio dividido. En varias cuestiones. Nuestras asociaciones no nos representan. Hubo un tiempo en que eran incluyentes, autónomas, de gran prestigio. Hasta que, enhoramala, llegaron las lupes y los humbertos dañándolas para siempre. Urge una evaluación plural y autocrítica.

 FadoCracia censal

1. “Nunca se ha hecho en el planeta un censo con nombre y apellido”, juró la dama. “El único censo del mundo donde piden nombre y apellido”, vociferó el hombrecito. Nunca, único, mundo mundial. 2. Mentían por supuesto. Por ignorantes e irresponsables. No rectificaron. Son profesionales de la desinformación. 3. Desde 1950, en Bolivia la boleta incluye nombre y apellido. En 13 países de la región ocurre hoy lo mismo. 4. El candidato X también aportó falacias: “no tienen por qué preguntarnos nuestro carnet”. ¿En serio? Siéntese señor y lea las preguntas. O peor: “el 2012 se hizo un censo cuyos resultados nunca se conocieron”. Bah, es el problema de no tener internet. 5. También están los paranoicos: “puede ser un censo de persecución…, podrían indagar de dónde viene tu fortuna”. En especial si te censan en el Picacho. 6. Sin olvidar a los abanderados del “fraude demográfico”. Bastaría que un muchacho, en vía pública, borre y corrija datos, como denunció el acosador sin espalda. 7. Y cuidado con avisar dónde estuviste en 2019. Quieren usarlo para meterte preso. O cosas peores como indagar sobre migración. Con los dateros nunca se sabe.

 José Luis Exeni Rodríguez es politólogo.

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El factor primarias

/ 17 de marzo de 2024 / 00:05

Las Elecciones Primarias (EP) son una buena idea. Su realización, en tanto, puede ser malísima, como aquí en 2019. Su propósito declarado es impulsar la democratización interna de los partidos: que sus candidaturas no sean resultado del caudillismo, el dedazo, la herencia, sino del voto. O de otros mecanismos colectivos de decisión. Donde hay tradición, funcionan. Donde no, como en Bolivia, son una falacia o derivan en rupturas. Las EP son una buena idea… malgastada.

Cuando en 2018 impulsamos desde el TSE la elaboración deliberativa de un proyecto de Ley de Organizaciones Políticas, las EP no figuraban en la propuesta base. Surgieron después, a petición de los delegados partidarios. Elecciones primarias, sí señor, con una condición: que sean administradas por el TSE con recursos públicos. Háganlas ustedes —dijeron—, con su presupuesto. Vivísimos. Solo un partido se oponía tenazmente: el MAS-IPSP.

La historia posterior es conocida. Se presentó la iniciativa legislativa con la inclusión de primarias para binomios presidenciales: obligatorias, simultáneas y cerradas a la militancia. Debían estrenarse en las elecciones 2024, pero una disposición transitoria en la ALP dispuso que se hagan en 2019. Era la forma de legitimar por anticipado el binomio oficialista pese a la decisión en contrario de un referéndum vinculante. Toda la oposición rechazó las EP.

Buena idea, mal resultado. Siete partidos y dos alianzas postularon binomios. Todos eran únicos. Así, las EP no fueron competitivas. En realidad, no hubo comicios, sino un simulacro para formalizar decisiones cupulares. De democracia interna, nada. Fue una experiencia fallida. ¿Sirvieron para algo? Claro, para que las fuerzas políticas se miraran al espejo y vean cuán débiles y descosidas son. Solo el MAS-IPSP exhibió su casi millón de militantes.

Hoy las EP están en agenda. Otra vez con fines instrumentales. Desde la oposición la consigna son primarias abiertas. Que cualquiera vote. Creen que así superarán, pobres, su lasitud con fragmentación. En el masismo hay divergencia: la facción LAC coquetea con la idea, la facción EMA ni hablar. Saben que así no superarán, pobres, su implosión. Hoy las primarias, sean cerradas, sean abiertas (peor con voto voluntario), no bastan para resolver la crisis en el campo político.

Las primarias presidenciales navegan en las inciertas aguas del cálculo estratégico. Ni en el partido-instrumento azul ni en la variopinta oposición habrá candidatos de unidad. No todos lo asumen. El reto es ganar tiempo. ¿Primarias? Está bien, pero lo más tarde posible. Incluso podría no haberlas. También las buenas ideas conducen al naufragio.

 FadoCracia (per)judicial

1. Las elecciones (per)judiciales son difíciles. Y feas. Entre otros, tienen problemas de sesgo, de sub/información, de legitimidad. Pero ahí están, en su tercer tiempo, como mandato constitucional. 2. Si se evaluaran por kilos, los comicios 2024 —postergados con maniobra— van por buen camino. Se presentaron 715 postulantes, nada menos, para 26 cargos. Faltan mujeres. 3. Toca el rito de la verificación de requisitos, las impugnaciones y la evaluación de méritos (examen incluido). Es un gran filtro, a veces opaco, a veces arbitrario. 4. Hasta 619 postulantes quedarán en el camino, empezando por (ex)vocales y otras consonantes. 5. Si el pleno de la ALP logra dos tercios para la preselección, en septiembre iremos a las urnas. En las cuatro papeletas habrá al menos 96 caras, la mayoría desconocidas. Podrían ser números. 6. Si vuelve la consigna, los votos blancos y nulos serán mayoría. Es algo inútil, pero testimonial. 7. Las elecciones (per)judiciales son un derecho. Votemos bien. No sea que los electos, en consorcio, decidan a la carta y quieran autoprorrogarse.

 José Luis Exeni Rodríguez es politólogo.

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Enemigos íntimos

/ 3 de marzo de 2024 / 00:48

Los tres insultos más frecuentes en la arena política local son “traidor”, “vendido” y, por supuesto, “enemigo”. Aplican para los adversarios y, en especial, con rabia, para los antiguos compañeros de ruta. Traidores son los que optaron por la facción o la disidencia. Vendidos, quienes lo hicieron por beneficio personal o prebenda. Y enemigos, aquellos examigos que, dando la espalda, siguen su propio camino. El factor común, autoritario, es la intolerancia visceral a la crítica.

Estos insultos con cara de acusación (no falta la etiqueta de “transfuguismo”) son moneda común en (casi) todas las organizaciones políticas, extintas y vigentes. Ocurre hoy en las tres fuerzas representadas en la ALP: tanto el MAS-IPSP, en sus dos esquinas, como las alianzas CC y Creemos, tienen sus asambleístas “descarriados” que renegaron de la línea oficial del caudillo/entorno. O asumieron agenda particular. Todos recibieron expulsión sumarísima.

El caso más reciente de declaratoria pública de enemistad surgió por boca del expresidente Evo. No hay novedad. Esta vez, tras deslizar recriminación y sospechas, disparó contra su exvicepresidente: “qué pena, tengo un enemigo más”. ¿Cuál fue la terrible conjura de Álvaro? Haber planteado la necesidad de nuevos líderes y propuestas para una segunda fase del Estado Plurinacional. “Tiempo de desanclar”, dijo. Y mencionó como alternativa el nombre del joven Andrónico.

¿Qué convierte a un amigo íntimo — “éramos una yunta”— en un nuevo enemigo? ¿Cuándo se produce, si acaso, el quiebre? Hace más de nueve décadas, Carl Schmitt sostuvo que la cualidad constitutiva de lo político es la distinción amigo-enemigo. El enemigo político es el otro, el extraño: aquel que se presenta como enemigo absoluto e intensamente hostil. Es un enemigo público al que se debe eliminar o, al menos, someter. ¿El señor GL se ha convertido en enemigo absoluto del señor M?

El problema de quien declara enemistades a granel en política es que termina aislándose en la trinchera. ¿No haces coro conmigo? Enemigo. ¿Estás contra mí? Enemigo. ¿No obedeces de modo incondicional? Enemigo. ¿Coincides con “el imperio, la derecha y la nueva derecha”? Sí, enemigo. Al final del camino, de tanto proscribir “traidores” y “enemigos”, solo queda el abominable espejo. El culto a la personalidad, como el pensamiento único, tienen límites.

No está mal plantear la lucha por el poder en clave amigo-enemigo. Claro que en democracia la enemistad absoluta se convierte en enemistad justa e incluso circunstancial: con adversarios, desacuerdos y conflictos que implican crítica, debate, acuerdos mínimos. Hay que ir más allá del ombligo.

 FadoCracia blanquita

1. En una de sus piruetas verbales, el expresidente Paz Zamora acuñó la expresión “culitos blancos” para referirse a la oligarquía. Aludía a su rival político, luego aliado, Sánchez de Lozada Sánchez Bustamante (ufa). 2. Desde entonces se usa el dicho con fines descalificatorios: “Bolivia no puede ser gobernada por culitos blancos”, como dijo un olvidable Tata. Es la contracara (contranalga, más bien) de los indios. 3. En el gobierno interruptus de Mesa Gisbert, los culitos blancos fueron convocados para agitar “pañuelos blancos”. Debían manifestar su rechazo al bloqueo de los cafecitos. 4. Los blancos culitos también estuvieron activos en la coyuntura crítica de 2019: en una mano, la tricolor; en la otra, tiesa, su pitita. Tocaba quemar wiphalas colorinches. 5. La semana pasada, un diputado de la medianía exhibió su culito blanco en dura batalla por la testera. Lo exhibieron, más bien. Parecía una estatua suplente recién despintada. 6. Luego el propio chico se regodeó: “literalmente soy un culito blanco” (sic). Convirtió así una nadería en su esencia. 7. Papelones/culos aparte, la blanquitud continúa pautando jerarquías y privilegios.

José Luis Exeni Rodríguez es politólogo

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Perdedores comicios 2025

/ 18 de febrero de 2024 / 01:16

El ya proclamado candidato presidencial, Juan Evo, afirmó categórico que el actual presidente del Estado, Luis Alberto, “no va a ganar las elecciones”. Por más que, al final del camino, TCP/TSE mediante, sea candidato del MAS-IPSP. Evo supone que, “viendo lo que está pasando ahora”, la factura por la incierta situación en el país será alta para Lucho. Es evidente. Y ambos están haciendo todo lo posible para abultar dicha factura.

Lo que no dice el expresidente Morales — y quizás tampoco lo asume— es que, como van las cosas, él tampoco ganará las elecciones. Incluso si conserva la sigla partidaria y, claro, logra que el arcismo no prohíba su candidatura. Atrás quedaron las sucesivas victorias electorales desde 2005, tres de ellas con mayoría absoluta de votos. Dada la ruptura interna, hoy ni Evo ni Luis tienen opción de victoria electoral en primera vuelta.

Si así están las cosas en el partido-instrumento político azul, el paisaje opositor tampoco ofrece una opción ganadora en las urnas. A la fecha se han proclamado o insinuaron hacerlo 14 candidatos presidenciales para los próximos comicios. Nada menos. Varios de ellos son especialistas en perder elecciones. Y otros, entre añejos, reciclados y “nuevos”, ni siquiera cuentan con partido político. Tendrán que buscar alianzas o alquilar/negociar sigla.

Entre los reciclados están Carlos Diego, Samuel Jorge, Luis Fernando, Manfred Armando Antonio, Jorge Fernando y hasta Juan Fernando. Mucho nombre, pocos votos. Participaron juntos o por turno en todos los comicios presidenciales entre 2002 y 2020. Perdieron siempre. Dada hoy la elevada fragmentación opositora, lejos en los hechos del reiterado discurso de “unidad”, ninguno tiene posibilidad cierta de ganar en primera vuelta en 2025.

¿Y los “nuevos” políticos, que lanzan proclamas veloces, anuncian partidos inexistentes, tuitean y se ofrecen como candidatos a la carta? Ya circulan ocho aspirantes: el exrector Cuéllar, el exalcalde Paz, el exfiscal Soliz, el excapitán Lara, el también excapitán Vargas, el extodo Börth, el bloominista Zambrana y hasta el mileísta Saravia. Mucho ruido en redes, falta calle. Ni sumados parecen opción victoriosa en las urnas.

A este paso, entre la división y la fragmentación en el campo político-electoral, los comicios 2025 serán un variopinto tendal de perdedores de distinto tamaño y, si acaso, bancada. Van 16 precandidatos presidenciales, alguno incluso en campaña de cantante. Todos hombres por supuesto. Veamos cuántos y cómo llegan a la papeleta de votación. Veamos cuánto y cómo digieren, el día después, su condición minoritaria y, ergo, la necesidad de pactar. Faltan 18 meses. Y (des)contando.

FadoCracia lluviosa

1. Es un exceso pedirle al alcalde de la hoyada paceña que pare la lluvia. Ni que fuera personaje de cómic. Con que haga tregua en la fiesta y en el aguacero interior estaría muy bien. 2. La buena noticia es que la ciudad “puede dormir tranquila”. Caídas de muro, taludes, filtraciones, sifonamientos, derrumbes… “Todos los casos atendemos”, asegura el señor. Mejor por docena, casero. 3. Pero no todo es tragedia. Abundan divertidas quejas de sus votantes, hoy arrepentidos: “es la peor alcaldía de las últimas dos décadas”. Ni hablemos de las maldiciones de sus oponentes. 4. Vuelvo a las lluvias. ¿Qué quieren? ¿Que el alcalde, desde Oruro, las modere? “Las lluvias se dan» (sic). Es de mala leche exigir previsión. 5. Igual, cuidado con lo que deseas: “Nosotros hoy le pedimos al Ekeko que, al margen de la abundancia material, nos mande lluvia. Pidamos lluvia”, demandó el señor en la Alasita. 6. Hablando de deseos, 263.511 personas eligieron este alcalde, muchas con la consigna “cualquier cosa menos el MAS”. Se entiende. 7. Y así estamos. La ciudad se derrumba y la cosa… bailando. Háganse cargo.

José Luis Exeni Rodríguez es politólogo.

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