Voces

domingo 11 abr 2021 | Actualizado a 03:15

Protestas sin alma

Inquietos deben estar los ideólogos del progresismo latinoamericano por lo que pasa en Bolivia.

/ 6 de noviembre de 2019 / 00:51

Preocupados deben estar el Presidente y sus colaboradores por las sonadas movilizaciones que está librando estos días toda la oposición boliviana. Bloqueos de calles, bulliciosas y rabiosas marchas, encendidos cabildos, cacerolazos en barrios de ricos, cánticos y hasta un poco de música desde la radio instalada en la esquina del barrio bloqueador. Evo, Álvaro, la plana mayor del MAS y la Conalcam deben estar algo asustados por la capacidad de convocatoria que han logrado los cívicos, Carlos Mesa y la alianza en torno a la Coordinadora por la Democracia.

Inquietos deben estar los ideólogos del progresismo latinoamericano por lo que pasa en Bolivia. Atilio Borón, Emir Sader y hasta Noam Chomsky seguro que siguen con especial atención estos acontecimientos, porque en cuestión de horas la estabilidad política del país tomó un giro anti-Evo y anti-proceso de cambio como no había ocurrido en los 13 años precedentes. Y seguramente todos los bolivianos deben estar preocupados por el clima de conflictividad que golpea al país. Existen varios motivos para este estado de ánimo.

Aunque bien vistas las cosas, existe un factor que reduce los temores y preocupaciones antes anotados. Este factor es el núcleo de toda movilización social, es el alma que lleva en sí esta protesta. Ocurre que este ruidoso levantamiento de las clases medias y altas de Bolivia no condensa objetivos de alta potencia social, sino sobre todo resentimientos y viejos enconos ocultos en algún sitio oscuro del espíritu. Eh ahí la principal debilidad de esta movilización.

Las protestas no tienen como fuerza colectiva una mirada social, solidaria ni humana. No. Si el norte de esta movilización sería la recuperación de algo que favorezca materialmente al bien común, como los recursos naturales o la conquista de una reivindicación que por años fue parte del sentido común, arrastrarían cinco o 10 veces más caudal de gente, y la marea social sería incontrolable para el Gobierno. Pero ese no es el caso. Estas protestas no tienen como soporte ideas colectivistas o de sentimiento nacional que tornen su lucha en un torrente incontenible y poderoso, con un ideario, un horizonte con futuro y una filosofía que haga latir a mayor velocidad los corazones.

Al contrario, esta movilización tiene en sí misma una debilidad de nacimiento. Esencialmente se activó por prejuicios clasistas, racistas y hasta regionales; razón por la cual en casi dos semanas no ha logrado arrancar nada grandioso al Gobierno.

* Comunicador social y abogado, director de la consultora Luces de América.

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El carro no se detiene

/ 23 de enero de 2021 / 01:35

Aún se ven en el cielo los oscuros nubarrones que cubrieron de odio al país en los últimos 14 meses y con esa gélida atmósfera no queda sino insistir y perseverar hasta lograr —como dijo Julio Cortázar— que un día la nueva realidad sea “una jubilosa danza”.

Si para otros países es azaroso el alumbramiento de una nueva arquitectura social, para Bolivia lo es más, porque aquí coexisten dos realidades contrapuestas: 36 naciones y pueblos indígena originarios que conforman el 85% de la población frente a sectores blancoides minoritarios culturalmente representados en las artes y medios de comunicación por la más pobre intelectualidad liberal del continente. Escritores y analistas con aptitudes para criticar y destruir, pero casi nada de talento para proponer y edificar.

Cuánto bien haría al país que esa pléyade de opinadores plantee visiones alternativas para mejorar o reencaminar lo andado. No, al parecer las ideas no alcanzan para eso, lo que indica que no le tienen cariño a Bolivia, a los habitantes de este bendito territorio. No están a gusto en estas tierras que cobijan a tantas nacionalidades, sabores y colores. Estos intelectuales, si podrían marcharse a Miami, Madrid o París lo harían, pero no, eso no es posible porque no tienen dinero, es decir, son capitalistas sin capital y por añadidura bolivianos sin patria.

Al frente estamos quienes tampoco tenemos gran cosa de dinero, pero sí mucho cariño a este maravilloso girón de América del Sur. Desde la niñez jugamos descalzos en sus canchas de tierra, nadamos en sus ríos y no paramos de encontrar belleza en cada paisaje humano y físico que se pone a nuestra vista.

Hoy la situación del mundo está haciendo comprender que la política más que un asunto de intereses de diversos grupos sociales, es una cuestión de principios que ante todo tienen que ver con la noción del bien común y la colectivización de la alegría. Basta de adorar los rituales individualistas y supremacistas y solazarse con las estrafalarias escenas que protagonizan conocidos millonarios.

El mundo necesita racionalidad y en ese terreno la búsqueda de igualdad social cada día genera mayores consensos. Si esto no es así preguntemos por qué en las elecciones del 18 de octubre de 2020 el pueblo boliviano fue tan contundente con su voto por la igualdad social. Por qué en España, Argentina, Venezuela, Ecuador y Chile cobran fuerza las propuestas populares y por qué en Estados Unidos las fuerzas democráticas desalojaron del poder al político que más dardos lanzó contra la igualdad social.

Grover Cardozo es periodista y abogado.

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Renacer con el COVID-19

Ante la pandemia, tenemos la natural tarea de transmitir ganas y convicciones a las nuevas generaciones

/ 26 de junio de 2020 / 06:51

Cuando Les Luthiers dijeron: “No te tomes la vida en serio, al fin y al cabo no saldrás vivo de ella”, seguramente intentaban aguijonar a quienes —tacaños de alegría— vivían riendo muy poco, sin intuir siquiera que en este 2020 el planeta sería sobrecogido por el Coronavirus, una pandemia que de verdad está determinando que millones de seres humanos bailen con la muerte.

Vivir con seriedad y reír poco, he ahí un credo que entraña el riesgo de adelantar la llegada de la muerte. Mejor reír cuando se puede, que cuando se quiera y ya no se pueda. Mejor compartir cuando los amigos todavía están y mejor vivir más solidariamente, entendiendo que al alegrar el corazón del prójimo, alejamos todo aquello que sabe a muerte.

De hecho —al igual que Les Luthiers— nadie se imaginaba que en estos tiempos toda la vida del planeta tierra sería puesta patas arriba por un virus invisible que a la fecha ya se ha llevado la vida de 450 mil personas en las diferentes latitudes de la tierra.

 “Tan bien que estábamos”, dicen algunos en referencia a la normalidad que tenía la situación del planeta en meses anteriores con el turismo, el fútbol, tiendas, oficinas y fábricas en acción y la infinidad de actividades sociales, económicas, políticas y culturales marchando a todo vapor.

Pero la vida es dinamismo y continuo movimiento. Algo se movió en la vida del planeta en los últimos 100 años hasta generar esta pandemia que tiene el terrorífico signo de la muerte.

Pese a algunos avances, los modos de producción iniciados hace varios siglos permanecen   vigentes, pasando cada cierto tiempo costosas facturas a la humanidad. Por eso Ignacio Ramonet, en un lúcido artículo sobre el tema, afirmó categórico: “La pandemia produce un rechazo general del hipercapitalismo anárquico, el que ha permitido obscenas desigualdades como que el 1% de los ricos del mundo posean más que el 99% restante”.

He ahí una de las razones que impide a la humanidad vivir riendo desde adentro, porque genera un clima de hostilidades y rencores que debilitan la capacidad humana de resistir mutaciones de cepas y embates pandémicos.

Por lo pronto, necesitamos con urgencia recuperar la alegría de vivir y existir porque como dijo Benedetti: “Somos tristeza y por eso la alegría es una hazaña”. Hoy la hazaña hay que reconstruirla, sobre todo porque los mayores tenemos la natural tarea de transmitir ganas y convicciones a las nuevas generaciones, que están sintiendo con especial virulencia los golpes anímicos provocados por el Coronavirus.

Grover Cardozo es periodista boliviano

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Coipasa hacia el litio

/ 22 de julio de 2019 / 07:03

Hace 10 años, el Salar de Coipasa solo aparecía como una referencia geográfica en los mapas, y casi nunca como una posibilidad a la cual podrían recurrir Oruro y Bolivia para generar recursos y proyectar con cierta certidumbre el desarrollo de la región, tan venida a menos después de la caída de la minería en la década de los setenta y ochenta.

¿Por qué ocurrió esto? No cabe duda de que desde principios de siglo, y con la sola excepción de la Revolución Nacional del 52, en el país prevalecía una mentalidad de sobrevivencia. Tal era el grado de pobreza material y mental que a lo sumo solo se apuntaba a que los trabajadores perciban un salario para poder pasar el día a día, cubriendo sus necesidades más apremiantes. Años de cotidiano subsistir con el agua hasta el cuello, y a lo sumo esperando llegar al último día del mes con algunos billetes en el bolsillo. Eran años de pesimismo y desánimo popular, cuando las palabras progreso y desarrollo solo aparecían en la boca de políticos, intelectuales y profesionales excesivamente optimistas.

Sin embargo, para bien del país, aquel oscuro y aciago periodo de la República empieza a quedar atrás, y en medio de marchas y contramarchas Bolivia comienza a vivir un periodo con una mirada orientada más hacia el futuro. Y es que, con el hastío de los años anteriores, surgió entre los mestizos, indígenas y blancos una generación de hombres y mujeres con capacidad de rebeldía y construcción.

En este nuevo momento se desempolvan ideas, proyectos que van más allá de la idea de la sobrevivencia. Ya no somos un país que para llegar al siguiente mes debe levantar un sombrero desplegado y pasarlo delante de la cooperación internacional. En este contexto cobran fuerza proyectos que devuelven la fe y la esperanza, sobre todo a Potosí y Oruro. Ahora se empieza a hablar del litio del salar de Coipasa ubicado en Oruro, como un proyecto con alto grado de factibilidad y que, según los expertos, tiene menos litio que el salar de Uyuni pero con mayor grado de concentración y potencia.

Por esta razón, el ministro orureño de Medio Ambiente y Agua, Carlos Ortuño, sostuvo en pasados días: “El futuro de Oruro ya no será solo la minería tradicional, sino la nueva minería, que explotará el litio y otros no metálicos, que están contenidos en grandes cantidades en el salar de Coipasa”.

En la misma línea, autoridades de gobierno anunciaron hace pocas semanas que en cuatro meses se firmará la constitución de una empresa mixta que estará a cargo de la implementación del complejo industrial de Coipasa, y que a partir de 2024 estaría instalado el complejo de industrialización de ese salar ubicado en el sur de Oruro. De esta manera, el litio de Coipasa cobra vida.

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Macri y la coherencia política

/ 13 de junio de 2019 / 23:55

Algo está incomodando en el mundo hoy. Es un malestar que se advierte en las relaciones entre padres e hijos, cuando los primeros —desde el discurso— les dan lecciones de moral a los segundos, pero demuestran otra cosa con sus acciones. Si bien a nivel familiar tales contradicciones son censurables, esta actitud es igual de reprochable cuando llega al ámbito público, en las relaciones entre gobernantes y gobernados.

La pugna actual entre Oriente y Occidente, entre capitalismo y fuerzas progresistas, entre los viejos globalizadores y los antiglobalizadores muestra que, como nunca, la conformación del ámbito político está dividida entre fariseos y no fariseos, entre políticos coherentes y no coherentes.

Considerando coherente a una persona que hace lo que dice, se podría afirmar que la aparición de tanto político fariseo e incoherente está socavando las esperanzas de las nuevas generaciones; porque niñas, niños y jóvenes que se esfuerzan por formarse con valores caen en la confusión cuando ven que los gobernantes obran en sentido contrario a lo que prometen en actos públicos.

En Argentina y Ecuador, con Mauricio Macri y Lenín Moreno, la decepción es fuerte. El primero prometió en su campaña no subir los precios de la canasta familiar y los servicios básicos; entretanto, el segundo aseguró dar continuidad a la revolución ciudadana iniciada por Rafael Correa. Al otro lado de la vereda, el expresidente José Luis Rodríguez Zapatero y el reverendo Jesse Jackson, en medio de presiones y problemas, se esfuerzan por ser coherentes. Aun en medio de muchas dificultades asumen acciones que tienen poco eco en la prensa, pero de una gran trascendencia en el intento de reponer el sentido ético a la política.

Durante su gobierno, Rodríguez Zapatero se mostró siempre partidario de resolver las diferencias a través de las negociaciones en el terreno político. Cuando le invitaron a mediar en la crisis venezolana, expuso una coherencia admirable, porque durante dos años se esforzó por ayudar a que el oficialismo y la oposición arriben a una solución negociada. No dieron frutos esos esfuerzos, pero hoy se puede seguir viendo a Rodríguez Zapatero como un político que cree en la paz y que hace lo que dice. 

Los incoherentes y fariseos son tales porque, al parecer, tienen un problema: subestiman permanentemente la capacidad de la gente. Creen que los gobernados no están preparados para tomar conciencia de la realidad política y social de sus países. Ellos dicen “la gente no dirá nada”; sin embargo, la población dice mucho, sobre todo cuando llega la hora de volver a votar.

* es comunicador social y abogado, director de la consultora Luces de América.

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La hora de Oruro

/ 24 de mayo de 2019 / 23:47

Los desequilibrios políticos y económicos están dando paso a tensiones en diferentes zonas del planeta, porque no resulta simpático que unos países prosperen a costa del resto, o que algunos se amarren bien al carro de la bonanza, mientras los otros se quedan como furgón de cola. Algo parecido está sucediendo en el plano nacional. Santa Cruz, La Paz, Tarija y Cochabamba han registrado índices positivos de crecimiento en los últimos ocho años, marcando una diferencia notable respecto a Oruro, Potosí, Chuquisaca, Pando y Beni. Innegables factores de geopolítica nacional, pero también decisiones políticas con fuerte cariz regionalista (septenio banzerista) tomadas en los últimos 40 años determinaron el mayor dinamismo de unas economías y el rezago de las otras.

Los desequilibrios entre las regiones están acentuando diferencias que en el futuro podrían derivar en mayores fricciones interregionales, dibujando un nuevo mapa de departamentos de primera y de segunda. Las definiciones tomadas en el marco de la implementación de las autonomías definen las potencialidades de cada región; sin embargo, si las potencialidades no son apreciadas y aprovechadas en su cabal dimensión, podría surgir desmesurada migración intrarregional.

Los casos de Oruro y Potosí son preocupantes. Si bien el primero ha impulsado proyectos como la fábrica de cemento, la carretera a Chile por Curahuara, la planta industrializadora de litio de Coipasa o una planta de energía solar de $us 110 millones, sus habitantes no parecen convencidos de que Oruro podría consolidar el control y dominio del altiplano central, gracias a su estratégica ubicación, que le da una relevancia geopolítica internacional. Con esta ventaja geográfica se podría desarrollar un nuevo paradigma económico desde el occidente de Bolivia, con base en las proyecciones que están surgiendo con el corredor bioceánico.

Por otra parte, no se puede descuidar el desarrollo agropecuario de Oruro, el cual podría potenciarse con la reciente construcción de seis represas, susceptibles de abastecer de agua a importantes zonas del departamento. San Miguel, la sexta presa recién inaugurada, puede asegurar el riego de 530 hectáreas en el municipio de Huayllamarka, en la región norte-central. Estos proyectos, junto con las potencialidades mineras de la región, podrían catapultar el desarrollo de Oruro. Por lo pronto, urge abrir el debate sobre tales perspectivas con base en la información que dispone la Universidad Técnica de Oruro (UTO), la Gobernación y el Ministerio de Planificación del Desarrollo.

* Comunicador social y abogado, director de la consultora Luces de América.

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