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jueves 5 ago 2021 | Actualizado a 10:56

Fragmentos de un espejo roto

/ 10 de noviembre de 2019 / 01:48

La independencia de las provincias de Centroamérica fue proclamada el 15 de septiembre de 1821 en el Palacio Nacional de Guatemala, en una encerrona de próceres temerosos del futuro que se apresuraba delante de sus ojos. Guatemala era entonces asiento de la Capitanía General, desde donde se gobernaba el destino de seis provincias, contando Chiapas, las que, tras el derrumbe silencioso del gobierno colonial, no volvieron a avenirse nunca, dominadas por las discordias entre liberales y conservadores.

En Centroamérica, desde entonces un traspatio, la independencia llegó como una carambola, después que en otros países del continente culminaban (México, Venezuela, Colombia, Argentina, Chile) o estaban por culminar las grandes epopeyas bélicas que dieron a la historia latinoamericana nombres como los de Miranda, Bolívar, San Martín, Sucre, O’Higgins.

Las bisagras del impero colonial comienzan a aflojarse en 1808, cuando España cae bajo la férula del imperio napoleónico y en América, gran paradoja, la chispa de la independencia se enciende con proclamas de defensa de la legitimidad del reinado de Fernando VII. El Cabildo de Caracas se proclama como la “Junta Suprema conservadora” de los derechos de aquel monarca tan dual, al que la historia llama indistintamente “El Deseado”, y “El rey felón”.

Tras la proclama de la independencia, los próceres centroamericanos tenían el oído puesto en el destino de México, el vecino poderoso de entonces, y pocos meses después de la firma del acta del 15 de septiembre de 1821, corrieron a anexar a las recién independizadas provincias al imperio de Agustín de Iturbide, que no tardó en fracasar. Chiapas se integró a México independiente en 1823.

La independencia centroamericana cayó como una fruta madura del viejo árbol colonial. Fue el resultado de un trámite burocrático confuso, aceptado en algunas de las provincias, rechazado en otras. O como ocurrió en León, Nicaragua, la dualidad: las autoridades suscribieron el “acta de los nublados”, que proclamaba la independencia de España, “hasta tanto que se aclaren los nublados del día”.

El acta del 15 de septiembre lleva a la cabeza la firma del capitán general don Gabino Gaínza, quien no hacía sino cambiar de casaca. De gobernador español, pasaba a jefe del Gobierno independiente, y los firmantes que concurrieron con él, tenían, en su mayoría, una impecable hoja al servicio de los intereses coloniales.

En el primer punto del acta se explica, con diáfana claridad, la razón fundamental para que aquellos que representaban el poder de la corona se lo transfirieran a ellos mismos convertidos en autoridades republicanas. Dice, de manera textual, que se declara la independencia “para prevenir las consecuencias, que serían temibles en el caso de que la proclamase de hecho el mismo pueblo”. Más claro no canta el gallo de la historia.

Sin embargo, si el acta del 15 de septiembre se firmó sin costo de sangre, esta sangre habría de derramarse abundantemente después en continuas guerras intestinas entre criollos y mestizos, que buscaban mantener viva la nueva República Federal proclamada en 1824, y los conservadores monárquicos, que rechazaban la federación como un plan de los francmasones. Y estas guerras vinieron a sellar nuestra suerte definitiva: la de ser, hasta ahora, pedazos sueltos de un todo común. Una frustración que no cesa.

El verdadero prócer de este sueño imposible que se llama Centroamérica, fue el general Francisco Morazán, empeñado a lo largo de una década en unir los fragmentos dispersos y darle a la región una entidad política federal, hasta que murió fusilado en Costa Rica en 1842.

Desde la independencia hemos vivido bajo la regla de oro que Giuseppe de Lampedusa expresa en El Gatopardo: “Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie…”. Casi ya dos siglos de historia independiente en una región fragmentada, y tantas veces olvidada, que se sitúa lejos de cualquier asomo de entidad o unidad política, y donde los vínculos geográficos, históricos y culturales, resultan siempre apartados por intereses espurios; en pleno siglo XXI la modernidad, el desarrollo integral y la justicia social, son una lejana quimera.

La pregunta de si somos una nación, o queremos serlo, ni siquiera está planteada. Los discursos retóricos y demagógicos sobran. Los organismos de integración son decorativos, un parlamento, una corte de justicia, tal como si para construir una casa se comenzara por el techo, sin tener primero los cimientos. En lugar de próceres, como Morazán, lo que hemos tenido son ilusionistas de oficio. Y continuamos mirándonos en los fragmentos de un espejo roto.

* Escritor nicaragüense y Premio Cervantes 2017.

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Sepulturas sin quietud

Aún muertos, los dictadores siguen encarnando el poder que tuvieron en vida; siguen siendo odiados o temidos

/ 3 de noviembre de 2019 / 00:00

Tras dejar su antiguo domicilio bajo la pesada losa de granito en la cripta en la Basílica de la Santa Cruz del Valle de los Caídos, el Generalísimo Franco se ha acercado a un vecindario de viejos conocidos en el cementerio de Mingorrubio, en El Pardo; entre ellos, el también Generalísimo Rafael Leónidas Trujillo. Si ambos quisieran visitar a amigos comunes en los alrededores de Madrid un domingo cualquiera, tendrían que ir, por ejemplo, hasta el cementerio de La Paz en Alcobendas para ver al general Marcos Pérez Jiménez, dictador de Venezuela derrocado en 1958, o hasta el cementerio de San Isidro, para encontrarse con Fulgencio Batista, el sátrapa cubano derrocado en 1959. Siempre tendrán mucho de qué hablar.

Trujillo vino a reposar finalmente en Mingorrubio tras muchos avatares. Muerto a balazos en 1961, fue desenterrado con urgencia de su tumba en su pueblo natal en República Dominicana. Su familia, en plan de fuga, no quiso dejar al Gran Benefactor de la Patria atrás y su cadáver anduvo a la deriva por el mar de las Antillas como pasajero de su yate de vela Angelita, hasta que recaló en París, en el cementerio de Pére Lachaise, vecino provisional del mariscal Ney.

Cuando Anastasio Somoza Debayle, el último de la dinastía de medio siglo, tuvo que irse de Nicaragua en 1959, inminente el triunfo de la revolución, mandó a desenterrar una medianoche los cadáveres de su padre, Anastasio Somoza García, y de su hermano, Luis Somoza Debayle, para llevárselos consigo a Miami.

Otros dictadores son sacados de sus sepulcros no para ser transportados al destierro, sino para traerlos de vuelta con honores al suelo natal. Es lo que pasó con el general Jorge Ubico, de Guatemala, quien se vestía de casaca y tricornio, como Napoleón, y se peinaba como Napoleón. Cuando la revolución democrática de 1944 lo depuso, se fue exiliado a Nueva Orleans, donde murió dos años después. Pero en 1954, los militares admiradores suyos regresaron al poder con el coronel Carlos Castillo Armas, a quien, dicho sea de paso, mandó asesinar Trujillo en 1957, vendettas entre tiranos.

Uno de sus sucesores, el coronel Enrique Peralta Azurdia, hizo repatriar el cadáver de Ubico y el avión de carga que lo traía de vuelta fue escoltado por una cuadrilla de cazas de la Fuerza Aérea. Ahora está sepultado en el Cementerio General de la ciudad de Guatemala.

Uno que aún no puede volver es el dictador mexicano Porfirio Díaz, quien siguió el camino del exilio en 1911 ante el avance de las fuerzas revolucionarias que buscaban su derrocamiento. Muerto en París en 1915, ya anciano, está enterrado en el cementerio de Montparnasse.

Sepultados en secreto, desenterrados, vueltos a enterrar. Desaparecidos de sus tumbas, como el doctor Francia, Dictador Supremo de Paraguay, quien, según el Libro de Inhumaciones de la Catedral de Asunción, fue inhumado “en veinte y dos de septiembre de 1840… en el Presbiterio de la Iglesia de la Encarnación… con 66 posas (clamor de campanas), vigilia y misa de cuerpo presente”. Ahora no se sabe qué se hicieron sus restos.

Aún muertos, los dictadores siguen encarnando el poder que tuvieron en vida; siguen siendo odiados o temidos y, por mucho que la losa que los cubre sea pesada, vuelven a salir de sus sepulcros porque los vicios y terrores que alimentaron mientras duraron sus tiranías, la degradación, las humillaciones, la adulación, la represión y la muerte, la capacidad de engañar y seducir, de pervertir las instituciones, de poner precio a cada quién, siguen estando vivas y a esas sí es difícil enterrarlas para siempre.

Más allá de las ideologías, en este siglo y en los anteriores, los déspotas nunca dejan de parecerse entre ellos, desde luego que las reglas del poder absoluto son las mismas, con sus variantes vernáculas. Alejo Carpentier, en El recurso del método, retrata a un tirano de esos, pero también las esperanzas que despierta el cambio tras su entierro y la derrota de esas esperanzas: “‘Tumbamos a un dictador’ —dijo El Estudiante— pero sigue el mismo combate, puesto que los enemigos son los mismos. Bajó el telón sobre un primer acto que fue larguísimo. Ahora estamos en el segundo que, con otras decoraciones y otras luces, se está pareciendo ya al primero… cae uno aquí, se levanta otro allá… y hace cien años que se repite el espectáculo… hasta que el público se canse de ver lo mismo”. Lo que aún no hemos podido enterrar es el pasado. (03/11/2019)

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Juegos de espejos

Quien ostenta el poder absoluto se cree capaz de sustituir la realidad por otra que se avenga a sus designios

/ 6 de julio de 2019 / 23:10

El tirano Manuel Estrada Cabrera, cruel y extravagante, celebraba cada año en Guatemala las Fiestas de Minerva, unos fastos con procesiones de vestales y veladas artísticas en honor a la diosa de la sabiduría. Cuando en 1902 se dio la terrible erupción del volcán Santa María, resolvió que esa erupción no existía. El decreto se mandó a leer en las calles donde la gente oraba de rodillas, estremecida de miedo ante los continuos temblores y retumbos. Y mientras la lluvia de cenizas volvía negro el cielo y hundía bajo su peso los techos de las casas, el empleado público que leía el decreto debía ser alumbrado por lámparas de carburo para cumplir su cometido.

En su alucinación, quien ostenta el poder absoluto se cree capaz de sustituir la realidad por otra que se avenga a sus designios. Pero es una representación teatral de muchos actores en la que alguien redacta el decreto aboliendo la erupción, alguien lo lee en las esquinas, alguien sostiene a su lado la lámpara buscando disipar la oscuridad. “El poder altera la neuroquímica del cerebro”, dice el neurólogo británico Peter Garrard, “lo degrada de forma más profunda y persistente cuanto mayor y más duradero es ese poder, y lo degrada del todo si carece de límites”. Pero en el cerebro de quien entra a participar de la simulación se produce también, por reflejo, una degradación simétrica. “Cree más en lo que supone que ve su líder que en lo que ven sus ojos, compartiendo así su delirio; a veces anticipándose a él y siempre reforzándolo”.

El neurocientífico de la Universidad de Ontario, Sukhvinder Obhi, explica que las neuronas del que obedece crean una “mímica inconsciente”, de ahí que no necesita vivir algo en carne propia para sentir empatía con el que manda, cuya “experiencia” es suficiente para convertirse en la experiencia del obediente. Es el papel de las “neuronas espejo”, que produce el “efecto espejo”. “El cerebro muestra un comportamiento distinto al realizar acciones que en el interior se sabe que son incorrectas o deshonestas, pero que brindarán bienestar individual y prosperidad”.

Esas acciones de obediencia crean una identidad colectiva. El ser parte de un cuerpo donde todos piensan de manera igual, da sentido de pertenencia.El poder absoluto, al afectar el funcionamiento de las neuronas, erige fantasías persistentes que sustituyen a la realidad dentro de la cámara de aislamiento en que se convierte el cerebro. Desde el poder absoluto, que solo se rodea de silencio, de miedo y de aceptación servil, las conexiones con la realidad exterior se convierten en lejanas señales de un universo ajeno.

Los vacíos que la falta de percepción del mundo real deja en la mente del dueño del poder son llenados por ideas inconmovibles, que la disfunción neuronal representa en forma de símbolos absolutos, como son el pueblo, el partido, la historia, el destino, la felicidad, la alegría, el amor. Y los allegados, intermediarios, operadores, peones los hacen suyos y se comprometen con ellos.

“El poderoso pasa de gestionar la realidad tal como es a estar convencido de que es él quien crea la realidad”, dice Garrard. Y los seguidores llegan a creer que mientras mantengan su voluntad unidad a la de quien crea la realidad, esos símbolos (paz, amor, felicidad) se concretarán. Y para lograrlo, todo será digno de justificación, aún el crimen, los desmanes, cárcel, tortura, exilio. Los demás, que se han quedado fuera del círculo mágico que ampara el poder, o lo rechazan, también se convierten en símbolos, pero de carga negativa; por tanto, hay que disciplinarlos y neutralizarlos. No valen la pena, son un estorbo, son prescindibles, son eliminables; la felicidad se construye sin ellos y contra ellos. Es el sentido que siempre ha tenido la secta.

En la cabeza disfuncional del dictador no existe la ausencia de poder, la que solo es posible con base en una concepción democrática. El poder para siempre no admite alternativas, y la secta tampoco admite ninguna posibilidad de sustitución del elegido por el destino, o por la historia, porque significa su propia desaparición, el abandono de su propia zona de confort. De allí que debajo de la mentira de los símbolos pintados de alegres colores lo que crece es la degradación, se multiplica la corrupción, se deforman las instituciones, y el ministerio encargado de la tortura pasa a llamarse Ministerio del Amor, y el Ministerio de la Verdad fábrica las mentiras. Esa es la tragedia.

* es escritor y periodista nicaragüense, premio Cervantes  de 2017.

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Nunca cerrar los ojos

Los estudiantes que protestan en Nicaragua están devolviendo al país la moral perdida.

/ 9 de junio de 2018 / 04:20

Jamás antes la doble condición que siempre he defendido en mí mismo, la del escritor y ciudadano, se hizo tan patente como el mediodía del 23 de abril cuando subí a la cátedra del paraninfo de la Universidad de Alcalá de Henares para pronunciar mi discurso ritual tras recibir de manos del Rey de España el Premio Cervantes.

Por varios días, jóvenes estudiantes indefensos que protestaban en las calles de Managua y otras ciudades de Nicaragua habían sido agredidos por fuerzas policiales y de choque, y muchos habían resultado asesinados, en una cuenta que aún sigue creciendo, decenas de ellos apresados y muchos desaparecidos. Era una represión desaforada, que el mundo estaba conociendo de primera mano no solo a través de las informaciones de prensa, sino de las imágenes que se multiplicaban en los videos filmados por los celulares, estremecedoras, entre ellas la del periodista Ángel Hernando Gahona, muerto de un balazo en la cabeza en Bluefields.

Del otro lado del Atlántico, lleno de estupor e impotencia, y también de admiración, veía cómo los jóvenes, desarmados, se multiplicaban en un levantamiento multitudinario que era ante todo ético. Le estaban devolviendo al país la moral perdida, o silenciada por el miedo, despertándolo de un sueño anestesiado.

Había preparado mi discurso con anticipación meditada y entre los temas que iba a desarrollar estaba ése, el del escritor que es también ciudadano y no debe callar. Qué incongruencia habría sido ignorar ese despertar moral, esa lección de civismo que los jóvenes nos estaban dando a todos, devolviendo a Nicaragua la esperanza de que la vida democrática, con libertades plenas, es posible; que es posible derrotar las mentiras oficiales que prometen felicidad a la fuerza, administrada desde arriba.

Entonces, la noche antes escribí una breve introducción a mi discurso, la imprimí y la puse por delante de las hojas preparadas. Y al salir la mañana del lunes hacia Alcalá, me coloqué en la solapa el lazo negro que una muchacha emigrante de algún lugar de Nicaragua me había dado aquel domingo cuando asistí con Gioconda Belli al acto de protesta en la Puerta del Sol.

“Permítanme dedicar este premio a la memoria de los nicaragüenses que en los últimos días han sido asesinados en las calles por reclamar justicia y democracia, y a los miles de jóvenes que siguen luchando, sin más armas que sus ideales, porque Nicaragua vuelva a ser república”, empecé. Y supe entonces que todo lo que diría sobre mi escritura tendría sentido.

Que si bien escribo entre cuatro paredes, lo hago con las ventanas abiertas, porque como novelista no puedo ignorar las anormalidades constantes de la realidad en que vivo, tan desconcertantes y tornadizas, y no pocas veces tan trágicas pero siempre seductoras. Que a ese paisaje iluminado y a la vez lleno de sombras, desolado y a la vez lleno de voces, recurro en busca de los humildes personajes que lo pueblan, cada uno cargando a cuestas sus pequeñas historias, víctimas tantas veces del poder arbitrario que trastoca sus vidas, el poder demagógico que divide, separa, enfrenta, atropella. Ese poder que no lleva en su naturaleza ni la compasión ni la justicia y se impone por tanto con desmesura, cinismo y crueldad.

Que el vasto campo de La Mancha es el reino de la libertad creadora. Que un escritor fiel a un credo oficial, a un sistema, a un pensamiento único no puede participar de esa aventura diversa, contradictoria, cambiante, que es la novela. Porque una novela es una conspiración permanente contra las verdades absolutas. Que los caudillos enlutados antes, caudillos como magos de feria hoy, disfrazados de libertadores, ofrecen remedio para todos los males. Que las fosas clandestinas se siguen abriendo y los basureros siguen siendo convertidos en cementerios.

Que cerrar los ojos, apagar la luz, bajar la cortina es traicionar el oficio. Que todo entrará sin remedio en las aguas de la novela. Y lo que calla o mal escribe la historia lo dirá la imaginación, dueña y señora de la libertad, “por la que se puede y debe aventurar la vida”. Pues no hay nada que pueda y deba ser más libre que la escritura, en mengua de sí misma cuando paga tributos al poder; el que, cuando no es democrático, solo quiere fidelidades incondicionales. Que somos más bien testigos de cargo. Que nuestro oficio es levantar piedras, como decía José Saramago; y que si debajo lo que hallamos son monstruos, no es nuestra culpa.

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Una guerra del siglo XXI

Con ritos iniciáticos que incluyen el asesinato, las maras quieren suplantar a la familia y al Estado

/ 6 de mayo de 2016 / 05:08

Ninguna conversación pasa de tres minutos en San Salvador sin que vaya a parar al tema de las maras; y nadie, al final de las múltiples vueltas y revueltas que se da al tema, se atreve a decir que la paz llegará a corto plazo. Porque esta es una guerra distinta en su naturaleza a la que el país vivió en los años 80, pero una guerra al fin y al cabo, que si tiene por teatro los barrios, amenaza con extenderse a las áreas rurales; una guerra singular, porque los estados mayores de las bandas dirigen las operaciones desde las cárceles, en guerra entre ellas, y en guerra con el Estado.

Pero, además, ambos conflictos comparten un mismo escenario, el de la pobreza y la desigualdad, que la guerrilla del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN) enarboló como bandera política para reclamar un orden social y económico distinto, y que nadie deja de reconocer ahora como el caldo de cultivo permanente en el que las pandillas crecen y se reproducen. Los gobiernos de  Alianza Republicana Nacionalista (Arena) ensayaron la mano dura contra ellas; el FMLN, fuera de la mano dura, no parece tener otras respuestas.

Las maras se envuelven en el hálito de una causa heroica, y se adornan de símbolos que otorgan poder y prestigio. Sustituyen a la familia, y buscan también sustituir al Estado al ejercer el control de territorios, cobrar impuestos, imponer su fuerza y asumir un lenguaje que termina siendo político y que se acerca a la fraseología revolucionaria. Los ritos de iniciación incluyen el asesinato. Matar a cualquiera. Y los tatuajes son la señal de identidad por excelencia. Como en el cuento El hombre ilustrado de Ray Bradbury, cada una de las figuras en la piel cuenta su propia historia, tiene su propia vida.

En Medellín, en los años más álgidos de la violencia, se podía escuchar las balaceras que estallaban en los cerros, donde se libraba la lucha por el control de los barrios marginales. En San Salvador, como si se tratara de dos ciudades superpuestas, en las áreas seguras no se oyen sonar los tiros, como si ese otro mundo de la violencia solo existiera en las crónicas policiales y en los noticieros de televisión.

Quienes viven en el mundo normal son advertidos de la existencia del otro, donde en 2015 se cerró con 6.640 homicidios, cuando las pandillas deciden desplegar su poder, como ocurrió en julio de ese mismo año al ser decretado por sus jefes un paro de transporte que se cumplió sobre todo por miedo de los dueños de las unidades a ser asesinados, o que sus vehículos fueran destruidos. Los transportistas pagaron en 2014 unos 30 millones de dólares a los pandilleros, como compra de protección.

Un microbús puede ser incendiado con todos sus pasajeros adentro, o ametrallado. Las pandillas obtienen sus recursos económicos de la extorsión, de la que también son víctimas colegios, salas de billar, farmacias, cantinas y puestos de pupusas, el más popular de los platos salvadoreños. Un experto en asuntos de seguridad me dice que el número de mareros se acerca a 40.000. Pero hay cerca de medio millón de personas que forman parte de sus estructuras o viven bajo su influencia directa. Y es en base al dinero recolectado a través de las redes de extorsión que se auxilia a los familiares de los pandilleros cuando éstos van a dar a la cárcel. Un entramado de lealtades y adhesiones.

Las pandillas surgieron en las calles de Los Ángeles, la más antigua de ellas la Mara 18, cuyo origen se remonta a finales de los años 40, mientras que la Mara Salvatrucha habría nacido a mediados de los 70. Las deportaciones de salvadoreños en los 90 hicieron que sus acciones se trasplantaran al territorio nacional. Pero aquellos fundadores son ya los abuelos de los pandilleros que libran esta guerra del siglo XXI, con su propia dinámica.

La vida útil de un pandillero pertenece a sus años juveniles, y dura hasta una edad cercana a los 40 años. Los reclutas son adolescentes, a veces niños, que ingresan atraídos por el mito, o porque no tienen escapatoria. Negarse a ingresar es letal. ¿Y qué pasa con los veteranos?, le pregunto a mi amigo, el experto en seguridad. ¿Se retiran, viven a salto de mata, se dedican a otros negocios, lícitos o ilícitos? ¿Se casan, tienen hijos? No existen veteranos, me responde, o están en la cárcel, o están muertos.
 

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El genio de la lámpara maravillosa

El canal de 278 kilómetros de largo y un máximo de 500 metros de ancho estará listo en apenas cinco años, en un abrir y cerrar de ojos. Se removerán millones de toneladas de tierra, se drenará el Gran Lago de Nicaragua, se construirán dos esclusas de tres gradas, más un lago artificial de 400 kilómetros cuadrados.

/ 27 de julio de 2014 / 04:00

No pocos de los cuentos de Las mil y una noches provienen de la tradición oral china. El de Aladino, por ejemplo, que muchos aprendimos de niños, donde una lámpara de aceite encierra a un genio benefactor que sale de ella con solo frotarla, y es capaz de cumplir los deseos de quien la posea por desproporcionados o increíbles que parezcan: levantar un palacio de la nada, de modo que si el deseo se pide en la noche, el palacio ya estará listo por la mañana.

“¡Aprópiate de todo el terreno que te haga falta!”, dice el rey de ese cuento. “¡Pero te ruego que termines ese palacio lo más pronto posible!”. Y el genio, cuya única respuesta suele ser: “Escucho y obedezco”, se pone manos a la obra.

Pero un genio semejante, cuándo no, también puede conmover las montañas, y obligarlas a que se aparten para abrir un canal interoceánico. Y uno de esos genios de la mitología infantil china, Wang Jing, ha regresado a Nicaragua, tras un año desde su primera visita, para anunciar que ya ha elegido la ruta para su canal.

El tratado Ortega-Wang, violatorio de la Constitución política, concede al genio de la lámpara los derechos absolutos por cien años, para construir y explotar el Gran Canal Interoceánico, que ha permanecido por siglos en el imaginario de la nación.

Trucos de magia por etapas. Aquella vez de la firma del tratado un año atrás, Jing se hizo acompañar de una fulgurante troupe (“compañía” en francés) de cabilderos, relacionistas públicos y abogados de prestigiosos bufetes de Estados Unidos, de esos que cobran por hora servida. Hoy, vino solo, como si aquella cauda tan brillante y tan bien pagada se hubiera esfumado, con lo que sus poderes mágicos cada vez parecen ser mayores.

El canal de 278 kilómetros de largo y un máximo de 500 metros de ancho estará listo en apenas cinco años, en un abrir y cerrar de ojos

Esta vez, en su comparecencia conjunta con Ying, Daniel Ortega mostró un estudio realizado por el Gobierno de Estados Unidos en 1896, más de un siglo atrás, que, grata coincidencia, sigue la misma ruta elegida por su socio chino. Este antiguo documento, desempolvado de algún archivo, es lo único presentado hasta ahora como fundamento para la construcción del canal, que empieza en diciembre, y se supone costará 50.000 millones de dólares. ¿Y el financiamiento? Ying lo declara un secreto.

Son maravillas que envidio como novelista. El genio de la lámpara deberá hacer aparecer, de aquí a diciembre, además de los estudios de factibilidad, puertos de aguas profundas en las dos costas del país para desembarcar la maquinaria pesada necesaria para las obras; y deberá construir campamentos para alojar a los obreros, viviendas para centenares de técnicos en áreas remotas y centenares de kilómetros de carreteras de acceso.

Y en ese mismo tiempo deberán ser entrenados los 50.000 trabajadores nicaragüenses a quienes se promete trabajo en las obras desde el principio, y deberán estar listos los técnicos en diversas especialidades de la ingeniería, que las universidades estatales prometen preparar, también en ese mismo tiempo.

Pero falta aún la mayor de las maravillas. El canal de 278 kilómetros de largo y un máximo de 500 metros de ancho estará listo en apenas cinco años, en un abrir y cerrar de ojos. Se removerán millones de toneladas de tierra, se drenará el Gran Lago de Nicaragua, se construirán dos esclusas de tres gradas, más un lago artificial de 400 kilómetros cuadrados para alimentar las esclusas; además, una fábrica de acero y otra de cemento. Y miles de personas deberán abandonar sus comunidades y ser reubicadas.

Y no solo eso. Se construirán en el mismo plazo dos nuevos puertos, uno en cada costa, para tres millones de toneladas de carga cada uno, un aeropuerto internacional con capacidad para un millón de personas, los puentes que atravesarán el canal, una zona franca industrial de 30 kilómetros cuadrados, con un área comercial, otra de fábricas, otra de oficinas financieras, al lado, una ciudad para 140.000 habitantes. Y un complejo turístico, que al genio de la lámpara se le ha ocurrido a última hora, con 3.400 habitaciones.

El cuento se transforma en novela. En Nicaragua, la inmensa mayoría quiere creer, o necesita creer, que Jing, gracias a sus poderes sobrenaturales, removerá las montañas y las selvas y abrirá el cauce del canal de la noche a la mañana. Cuando despertemos, el primer barco estará pasando de un océano a otro frente a nuestra ventana, todos ricos, prósperos y bendecidos. Una fantasía construida a lo largo de nuestra historia, que hoy está siendo arteramente explotada para vender una colosal mentira.

Una reciente encuesta levantada por el Proyecto de Opinión Pública de América Latina, de la Universidad de Vanderbilt, lo comprueba: el 75% de los nicaragüenses sabe del proyecto del canal, en tanto que ese mismo porcentaje ignora que se hizo una reforma a la Constitución política para permitir la permanencia indefinida de Daniel Ortega en la presidencia. Y entre quienes saben del canal, dominan abrumadoramente los que lo ven como una panacea de riqueza y bonanza. Esta vez, gracias al genio de la lámpara maravillosa venido de la China, la patria de Aladino.

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