Varios países en el mundo enfrentan el complejo dilema de qué hacer con los procesos electorales o plebiscitarios previstos y en algunos casos ya convocados para este año. El impensado factor pandemia por el coronavirus, ese tsunami sanitario de rango global, hoy lo invade/condiciona todo; como la niebla.

El dilema no es sencillo. ¿Cómo habilitar las urnas en tanto fuente de legitimidad de gobernantes y representantes sin poner en riesgo la salud y la vida de la ciudadanía? ¿Es posible hacerlo? O mejor: ¿cuándo es sensato hacer elecciones en medio de una pandemia cuya temporalidad y horizonte son inciertos? Desde otro enfoque: ¿cuánto tiempo es razonable postergar una decisión democrática para evitar tentaciones de prórroga ad infinitum y abusos de poder?

Las respuestas no son inequívocas. No pueden serlo. No existe ningún manual, ni estudio comparado, ni buenas prácticas sobre “pandemia electoral”. Las respuestas dependen de las condiciones y del contexto. Existen algunos buenos/malos referentes. Todos excepcionales. Ahí está Corea del Sur con una reciente elección competitiva, segura y participativa. Y está Chile, en el vecindario, cuyo plebiscito nacional, que debió realizarse el pasado domingo, fue postergado hasta fines de octubre.

La decisión sobre cuándo concurrir a las urnas, entonces, no es inequívoca. Al contrario, está arropada de duda. Y depende de la concurrencia de varios factores: la situación sanitaria, las condiciones logísticas para administrar una votación, los recursos. Pero depende sobre todo del cálculo estratégico de los actores políticos relevantes. Hay valores en juego, por supuesto, pero también intereses (disputa por el poder). Nada nuevo.

El dato diferente en el actual contexto es que la emergencia sanitaria y, en especial, la incertidumbre en torno al experimental desconfinamiento (ese oscuro regreso al mundo de vida), adelantan la disputa político-electoral. Y pueden trabarla. Así, antes de dirimir quién gana en los comicios, la batalla se concentra en la definición de cuándo y en qué condiciones es deseable/posible ir las urnas. Es una batalla con sus propias narrativas: defensa de la democracia, defensa de la vida.

¿Cómo estamos en casa? Hasta el jueves pasado teníamos una elección convocada para este domingo y suspendida sin fecha. Al límite del plazo, los principales actores políticos movieron ficha. Y discurso. Hoy tenemos una ley vigente de postergación de las elecciones 2020, que otorga un plazo máximo de 90 días para la votación. La norma está en disputa y corren acusaciones de uno y otro lado por futuros contagios y muertos. El desencuentro en su hora pico.

Volvamos al dilema: ¿cómo y cuándo habilitar las urnas en tanto fuente de legitimidad de gobernantes y representantes sin poner en riesgo la salud y la vida de la ciudadanía? No lo sabemos de cierto. Ni siquiera lo suponemos. El agravante en Bolivia es que venimos de un conflicto (pos)electoral que acentuó la crisis de representación política, engrosó la polarización (ya no solo discursiva, sin con fuerte clivaje de clase y étnico-cultural) y, lo más peligroso, produjo una profunda fractura social (hoy somos una sociedad rota). Así no hay acuerdo político posible. Pandemia electoral. Ojalá que el complejo dilema, mal encaminado, no termine clausurando hasta la salida electoral, esa que con buena estrella, hasta ahora, nos ha librado del abismo en situaciones de crisis.

José Luis Exeni Rodríguez, politólogo.