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viernes 29 may 2020 | Actualizado a 05:21

Las clases medias en Argentina

No existe una única clase media, que sea monolítica y homogénea

/ 23 de mayo de 2020 / 06:30

Hace más de tres meses me preguntaba en otro artículo “cuántas clases medias caben en la clase media”. La intención de ese texto no era precisar un número exacto ni cerrado de clases medias; ni siquiera tener una única respuesta que permitiera identificar la amplia tipología de clases medias posibles. El verdadero objetivo fue afirmar que no existe una única clase media, que sea monolítica y homogénea. La casuística al interior de esa categoría sociológica es tan variada como factores consideremos. Todo depende en gran medida de la episteme local, porque el concepto de clase media no puede ser “importado” de otras latitudes como si cada país tuviera la misma historia y los mismos hábitos y costumbres, patrones culturales, niveles económicos, etc. Y, además, tampoco podemos olvidar la dimensión subjetiva en torno a la lógica aspiracional, que permite diferenciar una gran variedad de matices al interior de ese totum revolutum llamado “clase media”.

Bajo ese marco referencial, cada país requiere su propio análisis. En Argentina, según la mayoría de estudios, la clase media es, precisamente, el grupo poblacional más nutrido. Pero la pregunta es la misma de la que partíamos, aunque esta vez adaptada a una realidad concreta: ¿cuántas clases medias hay en Argentina? A esta cuestión se podría responder desde una perspectiva doble.

Por un lado, siguiendo los enfoques clásicos denominados “objetivos”, a partir de una variable focal muy economicista (ingreso, consumo), podemos realizar un análisis pormenorizado de la distribución intra “clase media”. Así podríamos observar cómo existe una gran dispersión de casos. En Argentina, si mirásemos únicamente al bloque de la “clase media”, podríamos afirmar que entre el primer trimestre de 2015 y el de 2019, ese grupo pasó de ser el 43,5% al 37,4%, en términos “objetivos”. Sin embargo, de esta manera no estaríamos identificando toda la problemática real al interior de ese gran espacio, porque no advertiríamos que seguramente hay muchos ciudadanos que durante el ciclo macrista se vieron perjudicados en su nivel de ingreso y consumo, y quedaron “rozándose” con el umbral de la pobreza. A esos, el Banco Mundial les llama “casi clase media”. Y no sería justo de ninguna manera que a ese grupo más vulnerable lo equiparáramos con aquellos que están al otro extremo de la distribución intra clase media, que son casi más clase alta que media.

Por otro lado, está la dimensión subjetiva, basada en la autopercepción. Este enfoque no es ni mejor ni peor que el anterior, sino que es necesariamente complementario del otro para tener una visión más integral y compleja del fenómeno clasemediero en Argentina. En el Centro Estratégico Latinoamericano de Geopolítica (Celag), en la última encuesta realizada para todo el país (mayo 2020), preguntamos precisamente por esa variable, y los resultados ayudan a entender mejor la compleja heterogeneidad existente de la “clase media”: a) el 41% se autopercibe como “clase media de toda la vida (CMTV)”, b) 27,8% como “clase media con miedo a ser baja (CMMSB)”, c) 7,1% como “nueva clase media (NCM)”, y d) 3,2% como “clase media-alta”.

Si hiciéramos un zoom en cada categoría podríamos observar cuán diferentes son entre sí. Por ejemplo, el 52,4% de la CMTV tiene estudios universitarios y, por el contrario, en la NCM solo los tiene el 10,2% (y el 25% para la CMMSB); en materia de cobertura médica, la CMA y la CMTV usan mucho más la prepaga que la CMMSB; preguntados por si “los que más tienen deben aportar más para afrontar la crisis”, la CMMSB muestra un respaldo muy superior que la CMTV; por su parte, la CMMSB se muestra anímicamente menos fuerte que la CMTV para afrontar la crisis actual del coronavirus.

En conclusión, no hay una única identidad de clase media en Argentina por mucho que se abuse del término. Las distintas clases medias presentadas según nuestra encuesta es una de las divisiones posibles, pero seguramente podrían haber tantas como criterios utilicemos (por ejemplo, este mismo ejercicio lo hicimos en Bolivia con la categoría acuñada por Álvaro García Linera de “clase media de origen popular”, y representa en autopercepción el 31,7%). En nuestro caso, el argentino, lo verdaderamente importante, sobre lo que queremos llamar la atención, es que hay que evitar caer en la trampa de una generalidad que no existe. Cada “clase media” tiene un nivel económico diferente; posee una matriz de miedos y sensaciones distinta; su lógica aspiracional también varía. Y, en consecuencia, lo riguroso es asumir que no hay única forma de concebir a la clase media, sino que habrá tantas como clases medias existan.

Alfredo Serrano Mancilla, doctor en economía, director del Centro Estratégico Latinoamericano de Geopolítica (Celag).

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La era de la imprecisión y la incertidumbre

Estamos en una situación genuina en la historia: la sociedad y Estado, por el instinto de la vida, han paralizado en parte a las fuerzas económicas del capitalismo

/ 11 de abril de 2020 / 06:59

Desde hace más de un siglo, la rigurosidad científica quedó atada a la hiperprecisión. Las ciencias sociales han estado fuertemente influenciadas por el paradigma dominante de la mecánica, asumiendo que casi siempre puede existir una relación precisa, y por tanto previsible, entre muchas variables que interactúan entre sí. La certidumbre en el comportamiento de todas las aristas posibles en torno al objeto de estudio es premisa fundamental para llevar a cabo cualquier análisis implacable.

De hecho, cuando la incertidumbre aparece, el marco teórico hegemónico en economía, el neoclásico, presupone escenarios ciertos para resolver la ecuación. Una fórmula muy habitual es el uso desmesurado del ceteris paribus, todo lo demás constante, asumiendo así que muchas variables no alteran su comportamiento ante cualquier fenómeno que se produzca. Y no solo ocurre esto en la economía. También en otras ciencias sociales, como la teoría política y la sociología, se acude a métodos similares para eliminar la mínima distorsión que genere lo incierto. Un buen ejemplo de ello es la teoría de la elección racional.

Sin embargo, estamos en un mientras tanto en el que no tenemos certezas y, en consecuencia, hay pocas posibilidades de ser preciso. Se buscan infinitas maneras de calcular el verdadero número de contagiados, pero son todas aproximaciones y estimaciones con base en múltiples hipótesis. Todas ellas han sido actualizadas constantemente porque el margen de error es demasiado amplio como para ser consideradas como válidas.

Ni siquiera podemos tener certidumbre del número real de fallecidos por COVID-19 (cada país tiene su propio protocolo para contabilizarlo). Tampoco somos capaces de tener certezas sobre la duración de esta pandemia. No se conoce a ciencia cierta el momento en el que llegará la vacuna, y aún no sabemos si los métodos paliativos para tratar este virus son eficaces al 100%.

En el ámbito económico, no conocemos con exactitud el impacto de la pandemia. Son múltiples los organismos internacionales especializados en esta temática que realizan sus cálculos sobre su  efecto en el PIB, la pobreza, la producción mundial, la actividad comercial o en el empleo. Y todos ellos van constantemente actualizando el valor, porque es imposible prever el alcance de la pandemia a medida que avanzan los días. Por ejemplo, la OIT hace dos semanas estimaba que el coronavirus pondría en riesgo hasta 25 millones de empleos y, en cambio, su balance a día ya habla de 195 millones de empleos perdidos a tiempo completo.

Algo similar pasa y pasará aún más con todo análisis geopolítico, político y sociológico. Lo que ayer fuera negativo, hoy podría ser considerado positivo. En clave geopolítica, véase la mutante valoración de China, que pasó de ser el “culpable” a hoy ser el “ejemplo”.

Así está sucediendo en cada asunto fundamental de nuestras vidas. Germinan infinitas dudas e incertidumbres acerca la evolución de nuestra valoraciones y sentidos comunes resultantes en torno a: (i) el rol de Estado, (ii) lo público y lo colectivo frente a lo privado y lo individual, (iii) los liderazgos vencedores, (iv) las nuevas fórmulas democráticas que podrían aparecer, (v) el autoritarismo presidencialista, (vi) los dilemas éticos basados en la relación intergeneracional, (vii) la globalización resultante, (viii) la exaltación de los nacionalismos, (xix) las relaciones internacionales y el orden geopolítico, (x) la antipolítica y la revalorización de expertos y científicos, (xi) el límite de la comunicación ante la ineficacia en la gestión, (xii) el papel de los organismos internacionales, (xiii) la preferencia por un mayor proteccionismo, (xiv) la moral ciudadana y (xv) la libertad como derecho ante la necesidad de ser controlados para aminorar los efectos de la pandemia.

Todo es verdaderamente incierto e impreciso. Tanto así que estamos en una situación genuina en la historia: sociedad y Estado, por el instinto de la vida, paralizan en parte a las fuerzas económicas del capitalismo. Esto perturba el orden económico global, sin saber absolutamente nada, a ciencia cierta, de cuál será el resultado en los próximos meses. Las especulaciones son continuas por parte de políticos, periodistas, intelectuales y científicos.

La mayoría tiene sus propios sustentos teóricos y argumentos muy legítimos para interpretar este complejo presente y realizar predicciones sobre el futuro inmediato. El debate es bienvenido y necesario, pero seguramente sería fructífero si asumiéramos la única variable que podemos contar como cierta: estamos en plena época de incertidumbre, en la que forzar a ser hiperpreciso nos llevaría a un camino contraproducente.

Es por ello que, quizás, se abra una nueva época, presente y futura, para introducir un marco referencial en el que la incertidumbre y la imprecisión estén presentes en nuestro intento de estudiar lo que nos pasa y pasará como sociedad. En este sentido, es más que recomendable acudir al trabajo de Silvio Funtowicz y Jerome Ravetz, “Science for the Post-normal Age” (revista Futures), en el que explican la necesidad de trabajar con otro enfoque, de la ciencia postnormal, para lograr analizar y tomar decisiones cuando los factores son inciertos, hay múltiples valores en disputa y los riesgos son altos.

Alfredo Serrano Mancilla, doctor en economía, Director CELAG

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