Voces

martes 29 sep 2020 | Actualizado a 04:06

Sandra Aliaga, en vivo y en directo

/ 6 de septiembre de 2020 / 03:35

Hace mucho tiempo decidimos no ocupar esta columna con obituarios. La razón es el elevado número de personas allegadas y conocidas que emprenden su último vuelo, abandonando la sala de preembarque donde nos encontramos. Cifra que, por supuesto, se ha disparado con la llegada de la pandemia.

Hoy hacemos la excepción para ocuparnos de una entrañable amiga y compañera: Sandra Aliaga Bruch, que cumplía años este mes de septiembre.

La conocimos a mediados de la década de los años 70 cuando llegó a Siglo XX formando parte de una delegación de estudiantes de la Universidad Católica de La Paz, en plan de aproximación a la militancia en el Partido Comunista de Bolivia (PCB). A la sazón ocupábamos la jefatura de prensa de Radio La Voz del Minero. Eran las vísperas de la ocupación militar de las minas, dispuesta por la dictadura banzerista en junio de 1976, para acabar con los vestigios democráticos que los trabajadores mineros sostuvieron hasta entonces en defensa de sus sindicatos y radioemisoras.

La vimos después en innumerables ocasiones en la lucha clandestina y en las brechas democráticas abiertas con la lucha popular en los años 78, 79 y 80, y después en defensa de la Unidad Democrática Popular (UDP), a partir del 82. ¿Qué posición adoptó Sandra una vez iniciado el desbande del PCB en 1985, poco después de su 5º Congreso y el posterior derrumbe del “socialismo realmente existente”? Lo ignoramos, pero si de algo podemos dar fe es que ella no cambió el trato fraternal hacia amigos/as y camaradas. Tenemos la impresión de que, con el transcurso de los años, fue asumiendo una militancia genérica en la izquierda democrática.

A la par de hacer periodismo en varios medios participó activamente en instancias asociativas de trabajadores de la prensa y hasta poco antes de partir presidió el Tribunal de Ética Periodística. Con el tiempo prosiguió afianzándose en ramas específicas vinculadas a la comunicación, en especial en salud y derechos sexuales y reproductivos, desplegó iniciativas diversas en multitud de eventos sobre tales temáticas y otras sobre comunicación en general. Uno de esos eventos fue organizado en 1999 por la cátedra Mención Periodismo (docente y alumnos) en la carrera de Comunicación Social de la UMSA, al cumplir ésta 15 años desde su fundación. Sandra participó con una exposición cuya propuesta central se resume así: “Estudio, milito, creo en la comunicación como una posibilidad para la vida, como un proceso capaz de promover el desarrollo sostenible y los derechos humanos de hombres y mujeres”. En el respectivo comentario sobre esta exposición, Luis Ramiro Beltrán lo consideró “Un acto de adhesión crítica al ideal de democratizar la comunicación para democratizar la sociedad, un manifiesto de fe empecinada en la utopía humanista con destellos subversivos, principalmente en las voces rebeldes de latinoamericanos en la década de 1970” (ver el libro 15 años UMSA Comunicación… La Paz, 2000).

A mediados de agosto del pasado año estuvimos por última vez con ella. Junto a la joven periodista Nancy Vacaflor fuimos invitados al programa inicial de una serie que Sandra había proyectado en Bolivia TV para incitar a la reflexión sobre los temas de fondo que estarían en juego en el proceso electoral que culminaría el 20 de octubre. Revisando la correspondencia que sostuvimos a raíz de esta invitación, nos encontramos con un abundante conjunto de ideas y posibles preguntas que muestran hasta qué punto tomaba en serio su rol de conductora y el esfuerzo por contextualizar los temas a ser abordados. Se trataba por cierto de algo muy diferente a la programación monocorde, sectaria y propagandística a que nos tenía acostumbrados el canal estatal y que ahora se repite con la presidenta-candidata.

De Sandra se podría escribir tanto que el espacio nos quedó corto. Solo resta decir que rechazamos tajantemente la forma maliciosa con la que se la mencionó en H Parlante. A pesar de su ingenio y su vasta experiencia, Archondo no aprendió todavía a sobreponerse a los impulsos y al encono que provocan las pasiones políticas.

Carlos Soria Galvarro es periodista.

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Alcázar: Cómo hacer leña del árbol caído

/ 20 de septiembre de 2020 / 08:29

“…. el pérfido opresor… ayudado de seres abyectos, espíritus salvajes y genios malhechores, derrumbaba las sendas de la dignidad, virtud y justicia para sumirnos en las obscuras cavernas de la esclavitud y la miseria… gracias al cielo por haber destruido … a ese abominable monstruo”.

“El castigo del criminal es una de las primeras necesidades …  y es la única garantía del ciudadano, desde que se dejara impune el delito, se abrirían las puertas de la maldad, se multiplicarían los criminales…”

No amigo lector, las frases anteriores no están referidas a Evo Morales Ayma, sino a otros presidentes bolivianos derrocados por la fuerza.  Fueron recogidas por Moisés Alcázar en Crónicas parlamentarias poco antes del asesinato y colgamiento de Gualberto Villarroel (1946). El libro hace hincapié en lo que el autor llama en un subtítulo “ensañamiento con el vencido” y que mejor resume el siguiente párrafo: “En todas partes, y especialmente en Bolivia, mientras el hombre dispone del poder es el virtuoso, pues no hay más tremendo delito que ser un caído. Y si los gobiernos no cuidan sus espaldas, no protegen sus retiradas —como se dice en el lenguaje militar— las acusaciones se suceden a las acusaciones, y es, entonces, cuando el furor del odio político estalla incontenible. Nuestra historia muestra ejemplos elocuentes”.

La pregunta obligada es: En la actualidad, ¿el caso de Evo Morales no es otro ejemplo elocuente de eso? Sospecho que sí, y con por lo menos tres agravantes.

Uno, porque el tema está inserto en una campaña electoral en la que parece que todo vale. Dos, por un trasfondo racista, consciente o inconsciente, que impregna ambos extremos de la confrontación.

Y tres, todavía no se sabe a ciencia cierta el impacto real que tendrá en Bolivia el “lavado de cerebros” que se practica por las redes sociales, directamente o con apoyo del poder imperialista; la eliminación por Facebook de sitios falsos creados en Estados Unidos podría ser apenas la punta visible de un gigantesco iceberg que opera en las sombras las 24 horas del día, no hay que olvidar que a Trump y a Bolsonaro esta herramienta les funcionó y les sigue funcionando.

Nuestro amigo Rafael Puente sostiene que ha concluido el ciclo histórico de Evo Morales. ¿Tiene razón? Creemos que en parte sí.

Por lo menos en el sentido que resulta imposible que, en lo personal, Morales tenga una segunda oportunidad como la que tuvo desde 2005 y que dilapidó al emborracharse con el poder,  incumplir con parte importante de sus propuestas y a veces actuar totalmente en contra de ellas. Si el “proceso de cambio” o la también llamada “revolución democrática-cultural” van a sobrevivir y recuperarse, será a condición de una rectificación profunda de lo que no se hizo o se hizo mal en la etapa precedente. Y, hablando francamente, no creemos posible una participación sincera de Evo Morales en ningún proceso de rectificación crítica y menos aún, autocrítica.

Lo dicho anteriormente, no nos impide sin embargo, reconocer que con sus luces y sus sombras Morales ocupará un sitial prominente en la historia de este país nuestro.

Y sea cual fuere el resultado de las próximas elecciones, el tema seguirá en la agenda pues es, casi seguro, que sus oponentes intentarán en la Asamblea Legislativa un “juicio de responsabilidades contra Evo Morales Ayma y sus colaboradores”. Para lograrlo necesitan un pliego acusatorio en cuyo proceso de elaboración, sin duda, surgirían debates esclarecedores que pongan  de relieve errores, contradicciones, incoherencias, fraudes, violaciones punibles a la Constitución y las leyes. Pero también dejarán ver logros, aciertos, conquistas exitosas y otros aspectos positivos de la gestión de casi 14 años, especialmente en la primera etapa en la que algunos de los actuales acusadores cogobernaron con gran entusiasmo. De ellos queremos ocuparnos la próxima quincena. Hasta entonces.

Carlos Soria Galvarro es periodista.

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Apuntes para un balance del último conflicto

/ 23 de agosto de 2020 / 00:00

Desde el virtual encierro y el confinamiento obligado en el que muchos debemos permanecer, no resulta fácil hacer un balance cabal de los resultados del último conflicto socio-político (¿o político-social?). Está ausente un elemento esencial para cualquier análisis: la relación humana directa, el diálogo y la compulsa de opiniones diversas. Los medios de difusión, especialmente los no impresos, no son una fuente confiable, no remplazan el contacto directo con la gente, mucho menos las “redes sociales” envenenadas por las pasiones políticas, saturadas de falsedad y de mentiras prefabricadas.

Un mero recuento de algunas percepciones intuitivas acompañadas de ciertas interrogantes puede ser por el momento el único aporte que podemos efectuar. Ahí van:

— Nos parece que la magnitud del conflicto sorprendió a todos. Ni unos ni otros pensaron que el bloqueo resultaría tan extenso y tan contundente. Eran mayores de lo imaginado el malestar y el repudio por las tropelías y falencias de la gestión de la presidenta-candidata, incluidos los casos flagrantes de corrupción y el torpe manejo del sistema educativo.

— Fue una movilización de protesta, con el verificativo de las elecciones el 6 de septiembre como único objetivo visible. Objetivo a todas luces menguante, día que pasaba técnicamente se hacía cada vez menos posible realizar elecciones en tal fecha.

— Del lado de los movimientos sociales, la COB y el Pacto de Unidad (originarios, indígenas y campesinos), o sea el bloque popular de cierta forma articulado por el MAS y sus líderes, no existió ningún mecanismo de conducción que tome decisiones sobre el curso del conflicto. ¿Quién o quiénes dirigieron el movimiento? ¿Evo Morales desde Buenos Aires? ¿La brigada parlamentaria? ¿La COB y el Pacto de Unidad? ¿Un solitario Juan Carlos Huarachi? ¿Los dirigentes locales y regionales del campesinado que soportaron el mayor peso de las acciones? Al parecer ninguna de estas instancias dirigió la movilización, todas jugaron sus respectivos roles pero sin lograr un mínimo grado de coherencia. Ahora que se viene una contraofensiva con el garrote judicial, nadie quiere dar la cara, todos procuran lavarse las manos con el lema de ”yo no fui”.

— Si bien se ha conseguido el compromiso formal y legal de evitar nuevas postergaciones de las elecciones, estas tendrán lugar en la fecha propuesta por el Tribunal Supremo Electoral, frente a lo cual sonaba ridículo e insensato, insistir en adelantarlas por apenas una o dos semanas.

— El “bloqueo indefinido” decretado por la COB solo contó con una débil y esporádica participación de los trabajadores asalariados, el grueso de los movilizados provino de las áreas rurales y de El Alto. Esto no pasará sin ocasionar fisuras y otras complicaciones entre sectores considerados afines y aliados.

— A la falta de objetivos y el error de declarar indefinido el movimiento, se suma la falla garrafal de no tomar en cuenta el momento actual, caracterizado por una grave emergencia sanitaria del país en su conjunto y del mundo entero. La incidencia de las movilizaciones sobre el ritmo de crecimiento de los infectados por el COVID-19 se apreciará en los próximos días.

— Los efectos directos de la paralización del país afectaron a amplios sectores populares, pequeños productores, cuentapropistas, comerciantes transportistas y otros que sufrieron los más duros impactos del desabastecimiento y la escalada de los precios. Se equivocan los que creen que esto no pasará la factura en el terreno electoral.

— El dramático tema de la provisión de oxígeno y otros insumos, tiene antecedentes anteriores al conflicto, pero indudablemente se agravó con los bloqueos y la falta de un diálogo entre las partes. Mostró la incapacidad de unos y otros de llegar a acuerdos de carácter humanitario, para operativizar en el terreno lo que se decía de palabra.

El rebrote de tendencias radicales en uno y otro bando, es otra consecuencia de la que nos ocuparemos en una próxima oportunidad.

Carlos Soria Galvarro es periodista.

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Gerentes o directores, Anamar dio la voz de alerta

/ 9 de agosto de 2020 / 00:30

Algunos lectores entendieron erróneamente que esta columna se despedía de La Razón en la quincena anterior. Varios de ellos/ellas, con la motivación del apasionamiento político, querían efectivamente que esto ocurriera y hasta se nos ofreció espacio para cambiar de barco en medio de la tormenta. No hay tal. Lo que se dijo entonces fue nada más ni nada menos que existe una relación especial entre este diario y quien esto escribe, relación construida a lo largo de muchos años y totalmente independiente de los cambios de personas y de recomposiciones de los paquetes accionarios, o sea de las ventas y re-ventas de la empresa que lo produce y, por consiguiente, los cambios en su orientación editorial. Hasta ahora dichas relaciones han tenido lugar sobre un basamento único: el periodismo. Y mientras esto siga siendo así y tengamos la energía necesaria, no nos iremos, menos se nos ocurrirá cruzar la calle para ir en brazos de la competencia. Lo que dejamos planteado es que hay factores que pueden alterar esa situación. Por ejemplo, reaccionaría de inmediato si alguien intentara censurar o coartar las opiniones que aquí se plantean. Y también si por encima de los fundamentos del periodismo, este diario defendiera los negocios extra-periodísticos de sus propietarios, tema, este último, muy álgido y motivo de fuertes debates y razonables susceptibilidades.

Fue precisamente Ana María Romero de Campero quien lanzó la voz de alerta sobre esta cuestión cuando recibía el Premio Nacional de Periodismo en 1998.  En su disertación, Anamar señaló que era cada vez más evidente la peligrosa tendencia de otorgar mayor poder a los “gerentes”  por encima de los “directores”, especialmente en la toma de decisiones sobre los asuntos estrictamente periodísticos. De esta preocupación emerge la propuesta de separar a las empresas de difusión social del conjunto de los negocios. Vale decir que los medios deberían ser autónomos para no ser utilizados en la protección, consciente y/o inconsciente, de intereses de otros rubros empresariales. Objetivo utópico, por cierto, pero no por ello menos necesario.

El actual propietario de La Razón, que ahora además es importante accionista de las dos empresas ferrocarrileras y tiene otros negocios en Bolivia, ha sostenido reiteradamente que nunca se metió en la orientación del trabajo periodístico, que su participación se limita ahora a salvar del cierre a la empresa que en los últimos años trabajaba a pérdida. Reconoce que ha tomado en sus manos la reestructuración de la empresa. ¿Cómo influirá esto en la línea editorial? ¿Será evidente que en ese proceso de respetaron estrictamente las normas laborales? ¿Se tomaron en cuenta las propuestas y sugerencias de periodistas y trabajadores para encarar la crisis? Todavía hay muchas cosas que están por verse.

Entretanto quisiéramos remarcar algunas constataciones. Ante la irrupción de los canales digitales, los medios impresos atraviesan por una seria crisis en todas partes del mundo, por lo tanto los ajustes y reestructuraciones son por lo general necesarios e inevitables. Los durísimos efectos de la pandemia del coronavirus hicieron la situación más difícil y complicada todavía. Y si a ello añadimos el ingrediente del apasionamiento político que genera especulaciones y sospechas que envenenan el ambiente, el cuadro está completo.

Cuando se escriben estas líneas, viernes 7 de agosto, el panorama del país es de una terrible y dramática complejidad. Volveremos sobre estos temas venciendo la tentación maniquea de considerar que todos los buenos están de un lado y todos los malos del otro.

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Esta es una columna errante

/ 26 de julio de 2020 / 00:40

A lo largo de muchos años se fue construyendo una relación especial entre La Razón y quien esto escribe. Comenzó cuando jóvenes periodistas como Gustavo Guzmán y Rafael Archondo ejercían cargos de responsabilidad en el periódico y aceptaban y/o solicitaban colaboraciones. De ese tiempo fue la publicación de un extenso ensayo sobre la nacionalización de las minas que Archondo dividió en cinco capítulos aparecidos en otras tantas ediciones dominicales de La Razón. Era un material preparado para un suplemento del diario Presencia en el trigésimo aniversario de la firma del  decreto (31 de octubre de 1952) pero que a último momento Juan Cristóbal Soruco desechó por una supuesta censura de los obispos.

Más adelante la relación con el diario, entonces miraflorino todavía, escaló a nivel del Director, el destacado periodista Jorge Canelas, con quien se hizo un acuerdo para publicar en octubre de 1996 un suplemento sobre el Che en Bolivia, con documentos inéditos del Che y Pombo que finalmente la Cancillería autorizó fotografiar abriendo el sobre lacrado que se guardaba en una gaveta ubicada en las bóvedas del Banco Central. Tal operativo se realizó en presencia de policías y de un Notario de Fe Pública, quien levantó el acta respectiva. Para dar mayor seriedad al asunto la Cancillería delegó a Erick Torrico, periodista que entonces fungía como Director de Información Diplomática. El suscrito involucró al Centro de Documentación e Información (CEDOIN) del cual era director. Demás está decir que el suplemento denominado Tras las huellas del Che en Bolivia alcanzó un notable éxito, incluso más allá de nuestras fronteras.

Con estos y otros antecedentes, por iniciativa de Grover Yapura, entonces Jefe de Redacción, y ya en el tinglado de Santa Rita, La Razón publicó la serie El Che en Bolivia: Documentos y Testimonios. La primera edición del CEDOIN había salido trabajosamente en entregas anuales entre 1992 y 1996, con una preventa del tomo 1 para financiar la serie, sin afectar los estrechos presupuestos de la institución. En cambio, esta segunda edición, aumentada y corregida, circuló en entregas semanales entre septiembre y octubre de 2005 y se vendió masivamente en los puestos de periódicos. Juan Carlos Rocha Chavarría, a la sazón Director de La Razón, escribió un conceptuoso prólogo en el que, entre otros puntos, afirma sobre el autor de la recopilación: “….sobresale nítidamente la acuciosidad sistemática, dedicación incansable y pasión temática, pero con rigurosidad histórica”.

En una nueva etapa, en febrero de 2014, la nueva directora de La Razón, periodista Claudia Benavente, invitó al autor a escribir en el periódico que dirige. De ese modo, se recomenzó a publicar quincenalmente “Aquí y Ahora” (columna nacida en el semanario Aquí, publicada luego en el semanario La Época, inicialmente a invitación de Raúl Peñaranda y luego trasladada en formato digital a las páginas de Erbol).

Cabe recalcar que en ninguno de los sitios donde se publicó esta columna, jamás se produjo ni el más mínimo asomo de censura o manipulación. Primó un acrisolado respeto por las opiniones vertidas, independientemente de los cambios de directores o de recomposiciones de paquetes accionarios de las empresas. Se remarca esto especialmente para los últimos más de seis años como columnista de este diario.

La Razón atraviesa por una profunda crisis, todos lo saben. Una vez que el panorama se aclare se verá si priman las soluciones exclusivamente empresariales o se toman en cuenta aunque sea parcialmente los intereses de los periodistas, colegas y amigos la mayoría de ellos. Entonces esta columna errante decidirá si se queda o alza el vuelo a medios más propicios.

Carlos Soria Galvarro es periodista

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‘No hay peor ciego que el que no quiere leer’

La lectura, para ganar algún espacio, debe competir con un montón de ‘pasatiempos’.

/ 28 de junio de 2020 / 07:20

Hace algunos años, a tiempo de presentar su librito de cuentos, Estela Mealla Díaz relató la siguiente anécdota clásica:

En el siglo V el emperador de la China envió un mensajero a la casa de Li Po, el poeta, con la orden de que acudiera al palacio de inmediato. “Decidle al emperador —murmuró Li Po— que no puedo ir, estoy conversando con los espíritus”. Li Po estaba leyendo. “Acompaño la respuesta del poeta chino —añadió Estela— converso con los espíritus, los momentos más bellos de mi vida los he pasado en compañía de libros”.

Era vecina de la urbanización Los Sauces, aquí en la región de Río Abajo. La semana recién cumplida falleció. “Estelita”, como todos le decíamos, era amante apasionada de la literatura y hallaba verdadero placer en el acto de leer. Imposible no asociar a su recuerdo, el tema de los libros y la práctica de la lectura.

Y estas son cuestiones de gran importancia y tremenda actualidad en los tiempos actuales. La cuarentena nos obliga a muchos a “quedarnos en casa” y a todos a salir a la calle lo menos posible. “Aislamiento social” le llaman a eso. Está bien, posiblemente sea necesario que las cosas ocurran de ese modo. Pero los “espíritus” no transmiten el COVID-19, podemos dialogar e incluso pelearnos con ellos sin ningún peligro.

Podemos platicar cara a cara, teniéndolos a escasos centímetros de nuestros ojos, sin correr riesgos. Es decir, podemos leer un poco más en el ensanchado tiempo “libre” que disponemos.

Lamentablemente la lectura, para ganar algún espacio, debe competir con un montón de “pasatiempos” adictivos, menos constructivos y muy poco edificantes, especialmente los que vienen a cuenta de las nuevas tecnologías. Y no estamos proponiendo un rechazo en bloque, sino un aprovechamiento más consciente y crítico de las herramientas tecnológicas. No ir donde se nos quiere llevar, sino utilizarlas para llegar donde nosotros querramos ir. Diferenciar la información del mar de fake news que pululan en la red, encontrar accesos a ensayos y obras literarias (lo que implica de hecho leer en pantalla). Y en no menor medida, participar en debates sobre temas de nuestro interés a través de numerosas plataformas que los hacen posibles. Y casi lo mismo puede decirse de la televisión, la mayoría se ocupa de competir en payasada a cual más estúpida, se hace muy necesario el ojo crítico para seleccionar el menú de sus programaciones.

Y volviendo a los libros, cierta vez entrevistamos para la radio a José Roberto Arze, académico muy conocedor de la producción bibliografía, y le pedimos que señalara los diez libros bolivianos que, a su criterio, eran las más importantes. Esta, su respuesta:

  1. Bernardo Monteagudo, Diálogo entre Atahuallpa y Fernando VII
  2. Alcides d’Orbigny, Viajes por Bolivia
  3. Alcides Arguedas, Pueblo enfermo
  4. Franz Tamayo, Creación de la pedagogía nacional
  5. Jaime Mendoza, El macizo boliviano
  6. José Antonio Arze, Hacia una unidad de las izquierdas bolivianas
  7. Carlos Montenegro, Nacionalismo y coloniaje
  8. Martín Cárdenas, Manual de plantas económicas de Bolivia
  9. Jorge Ovando Sanz, Sobre el problema nacional y colonial de Bolivia
  10. Sergio Almaraz, El poder y la caída

Sobre gustos y colores no han hablado los autores. Cada quien puede confeccionar su propia lista para dialogar con los espíritus antes, durante y después de esta cuarentena.

Carlos Soria Galvarro
es periodista.

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