Voces

viernes 18 sep 2020 | Actualizado a 13:46

No fue choque, fue masacre

/ 14 de septiembre de 2020 / 01:43

Desde hace 10 meses, el puente Huayllani, a la entrada a Sacaba, es conocido como el “puente de la muerte”. Allí, el 15 de noviembre del 2019, se ejecutó la masacre a campesinos. En esa jornada fatídica, los productores de hoja de coca intentaban marchar hacia la ciudad de Cochabamba. Momentáneamente, un helicóptero militar, como si fuera un ave de rapiña en busca de su carroña, sobrevolaba por el puente en una actitud de amedrentamiento. Era el preámbulo de la masacre. El puente dividía a policías/militares con los movilizados. Luego se perpetró el ataque por tierra y aire. Fallecieron 11 campesinos. 

La Real Academia Española define masacre a la “matanza de personas, por lo general indefensas, producida por ataque armado o causa parecida”. La historiadora María Moliner es más enfática, “es una matanza salvaje de personas”. El título del informe de la Universidad de Harvard sobre las masacres en Sacaba y Senkata reza: Nos mataron como animales, reflejo fiel a lo ocurrido ese viernes fatídico en Sacaba. El informe de la Comisión Interamericana de los Derechos Humanos (CIDH) y de otras organizaciones académicas que investigaron los acontecimientos en Sacaba coincidieron en sus conclusiones: fueron ejecuciones extrajudiciales y, por lo tanto, los tipificaron como masacre.

Los manifestantes no estaban armados con objetos letales, como informó el gobierno de Jeanine Áñez. A lo mucho, estaban precavidos con agua, vinagre para mitigar los efectos de los gases lacrimógenos ante una posible gasificación. Algunas señoras portaban banderas blancas en señal de paz; otros tenían wiphalas o bandera nacional quizás diciendo que ellos también son bolivianos. El Informe de la CIDH es contundente: “Los numerosos testimonios recibidos (…) son consistentes al indicar que las personas manifestantes estaban desarmadas, avanzaban pacíficamente por iniciativa propia, y fueron agredidas de repente con armas de fuego, contenedores de gas lacrimógeno, porras y otras armas por la fuerza pública, de manera sorpresiva”. Empero, a contrarruta de los acontecimientos, el relato gubernamental sobre la masacre en Sacaba —y la perpetrada días después en Senkata— fue negacionista con explicaciones inverosímiles: “Los cocaleros se habrían disparado entre sí”, y el ministro de Gobierno, Arturo Murillo, fue más lejos: “La mayoría murieron por balas de calibre 22 en la nuca, o en la espalda, o bajo un brazo. ¿Qué significa esto? Significa que la gente del MAS, aquellos que incitaron los disturbios, mataron a esa gente para encender la cosa”.

Desde el día siguiente a la masacre, la prensa del establishment fue la caja de resonancia de este relato gubernamental. Un periódico cochabambino y otro paceño usaron la misma frase: “Fuego cruzado”, otro utilizó la palabra “enfrentamiento” y hace poco, periodistas colaboracionistas con el régimen golpista emplearon la palabra “choque” para referirse a la masacre de Sacaba.

El gobierno de Áñez pretendió blindar esta masacre con un decreto supremo que presenta incoherencias y contradicciones jurídicas que seguramente serán develadas en un futuro juicio para esclarecer este hecho oscuro de la democracia boliviana. Esta masacre fue consecuencia del golpe de Estado de noviembre que, además, contó con la complicidad de fiscales, jueces y periodistas que contribuyen hasta hoy a la impunidad. Mientras tanto, en el puente Huayllani se erigió una apacheta, convertido en un espacio ritual simbolizando no solo un recuerdo y, a la vez, justicia para los caídos de la masacre, sino, a través de ellos, resarcir a la propia democracia boliviana. 

Yuri F. Tórrez es sociólogo.

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El porvenir del pasado

/ 18 de septiembre de 2020 / 02:59

La ciudadanía en la actualidad aún se siente impactada hoy por lo que atravesó en estos meses, no solo porque la pandemia ha logrado prescribirnos ciertas pautas de vida diferente, sino porque fue una amenaza sobre su porvenir, empero, lo más lamentable es que es una experiencia que quedará marcada en la memoria viva de toda la población.

Esa realidad (COVID-19) todavía no fue controlada por completo, sin embargo está claro que el mundo no se quedará estancado, todo lo contrario, requerirá de grandes e importantes cambios en beneficio de la humanidad. Una situación que demuestra que en el siglo XXI se cometio una infinidad de errores, proyectando un desarrollo que dejó de lado al ser humano como el personaje más importante del planeta. Es preciso entender que la vida del pasado (modernidad) tuvo otra visión metafísica, ahistórica. En cambio, los tiempos actuales tienen un porvenir ya proyectado, que exige otra visión de nuevos horizontes, pues la realidad (coronavirus) ha demostrado la necesidad de darle un significado al futuro. Sobre todo, porque ese virus llegó para quedarse y debemos aprender a vivir con él. Sin embargo, no debe limitarnos a dar grandes saltos que exige el nuevo siglo, especialmente a las naciones menos desarrolladas.

No cabe duda que para el país son tiempos de nuevas realidades antes inimaginables y menos vivibles. Ahora los problemas económicos no solo aquejan a Bolivia sino al mundo entero. De cualquier manera, la realidad actual convirtió a la población en más creativa y al ciudadano en un ser reflexivo con miras a ser más independiente y reforzar sus conocimientos para las nuevas formas de lucha por la sobrevivencia. Una especie de reminiscencia del pasado por un porvenir renovador.

Esa verdad nos alienta a enfrentar con creatividad cualquier presente desolador, y eso lo comprobamos en los siguientes años. Si bien hoy existe un mayor número de desocupados y vendedores en la calle, su actitud frente a la vida ha cambiado. Algunos comerciantes, por ejemplo, se convirtieron en productores de distintos elementos de bioseguridad. Así los nuevos rumbos de supervivencia incentivaron a que algunos ciudadanos entiendan que son capaces de cambiar el rumbo de sus vidas con metas distintas a ser solo vendedores callejeros.

Confiemos en que esta realidad dejará atrás el hecho de que únicamente seamos oyentes o espectadores pasivos del desarrollo del país, y, por el contrario, seamos capaces de enfrentar nuestro crecimiento personal.

Otro hecho prioritario es comprender que vivimos una época que exige el involucramiento profundo en lo digital y que lo fundamental es crear institutos especializados obviamente de forma gratis y a cargo del Gobierno, que tiene como principal responsabilidad la educación. Empero ello no significa alejarnos de nuestra identidad cultural y participación ciudadana, sino comprender que es imperioso que las urbes pasen de lo local a lo global.

Tampoco se debe olvidar el ingreso de la población a otro tipo de vida y para ello quienes dirigen la ciudad deben comprender que aquélla necesita la cualificación de los espacios verdes, jardines, parques, bosquecillos, para recuperar su vida sana, ya que el encierro de tantos meses lastimó emocionalmente y en muchos casos la enfermó

Así, se trata de que caminen hacia un porvenir prometedor sin abandonar el pasado. “Mirar un porvenir como una especie de polifonía ideal del entrecruzamiento de la vida informacional, lo virtualmente infinito y la identidad sin nostalgia alguna”. Con ello, llevar al porvenir al ciudadano, dejando un pasado limitativo.

Patricia Vargas es arquitecta.

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‘Pititas’ en Bielorrusia

/ 18 de septiembre de 2020 / 02:57

La función diplomática tiene —a veces— sabores amargos y, uno de ellos me tocó vivir en 1996, cuando llegó a París, en visita oficial, el autócrata (que en la época no lo era tanto) bielorruso Alexandre Lukachenko, recién estrenado como dictador en ciernes. Por azar de las circunstancias tuve que entregarle en sus callosas manos la medalla de la Unesco, con la que se retrató festivamente en la sede de su embajada.

Era fornido hijo de la tierra, con inocultable aire campesino, mostacho estilo hitleriano, apuraba las copas de champagne, ante la vista admirativa de su séquito y la paciencia de su intérprete que adornaba —con esfuerzo— la prosodia de su discurso. Pocos hubieran apostado que aquel novato aprendería con tanto rigor el método estaliniano de la conservación del poder. El 9 de agosto pasado, deseaba reelegirse por sexta vez, luego de un cuarto de siglo apoltronado en la silla presidencial. En su intento, montó un fabuloso fraude cuyo escrutinio le otorgó la victoria con 80% de los votos, frente a Svetlana Tsikhanouskaya (37), única contrincante, que recogió el 10%. La protesta de la ciudadanía no se dejó esperar y las calles capitalinas de Minsk y de Brest, Grodno, Moguiliov, Gomel en provincia, desde entonces, se llenan de miles de manifestantes que vociferan su descontento. Las fuerzas de seguridad reprimen con la acostumbrada energía empleada en pasadas ocasiones similares, pero ahora la arremetida del pueblo los asusta.

La analogía de esos eventos, con la revolución de las “pititas” ocurrida en octubre/noviembre pasados, en Bolivia, es singular. Fobia antiprorroguista por la longevidad en el cargo, la burda personalidad de ambos dictadores, las manipulaciones constitucionales, la corrupción encubierta y, sobre todo, el montaje de descarados fraudes, particularmente en centros rurales de difícil control opositor.

Presa de pánico ante la embestida popular, Lukachenko apeló a su reacio socio Vladimir Putin, con quien las relaciones son vidriosas por el rechazo de Bielorrusia a amalgamarse con Moscú en una sola entidad estatal. Es decir, quería inducirlo a una intervención de salvataje, como aconteció en Ucrania o en otros países de la ex órbita soviética. Putin, cauto, juega la carta neutral, con tibios comentarios, por cuanto los rebeldes no han manifestado ningún sentimiento hostil antirruso. La posición geográfica del país hace que sea una presa geopolítica codiciada por Occidente, porque, no obstante que Minsk es parte de la Unión Económica Euroasiática, receptora de ayuda financiera, el autócrata siempre ha mantenido coqueteos con la Unión Europea. Por ello, Bruselas no tardó en expresar su condena ante la represión y su franco desconocimiento al triunfo de Lukachenko. Paralelamente, Estados Unidos también observó idéntica postura, aunque con cierto tiento, explicable por la actual atmósfera preelectoral. Las movilizaciones de masa, con huelgas y kilométricas cadenas humanas, continuarán hasta conseguir la salida del sátrapa, como último objetivo. Entretanto, se exige la liberación de prisioneros, el fin de la represión, proceso contra los manipuladores del fraude y la convocatoria a nuevos comicios.

Entre las semejanzas con la rebelión boliviana se podría añadir cierta pasividad del estamento militar que, ante la magnitud de la protesta, prefiere adoptar una postura institucional sin comprometer su lealtad con la persona del tirano. Si Evo Morales acusa al imperialismo de querer adueñarse del litio, Lukachenko clama que Washington aspira crear un “cordón sanitario” alrededor de la Federación Rusa que incluya, además los países bálticos. Una intriga que nadie apoya.

Hasta el momento de escribir estas líneas, aún es difícil apostar por el colofón en uno u otro costado. No obstante, la orfandad de Lukashenko, pareciera ser tan abismal como la de Evo Morales.

Carlos Antonio Carrasco es doctor en Ciencias Políticas y miembro de la Academia de Ciencias de Ultramar de Francia.

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Bosques y restauración

/ 16 de septiembre de 2020 / 01:11

Los bosques pierden alguna de sus características y funcionalidades por efecto de los incendios. Pueden cambiar o perder la diversidad de especies de animales y de plantas que estaban presentes originalmente o, perder la capacidad de capturar carbono; también disminuyen su capacidad de ofrecer alimentos para los animales y desde luego al hombre. La capacidad de regulación del clima, entre otros muchos beneficios, también son alterados. Está claro que una vez que el fuego entra, modifica su estructura tornándose muy susceptible a nuevos incendios.

Si bien estas pérdidas no son tan evidentes como la remoción total de los árboles a causa de la deforestación, traen consigo las mismas o mayores consecuencias para el medio ambiente. El grado de impacto depende de la frecuencia del proceso degradante y está claro que una de las principales causas de la degradación de los bosques son los incendios forestales. En los últimos 19 años, en Bolivia se han degradado más de 11 millones de hectáreas. Anualmente, se queman 600.000 hectáreas de bosque a causa de los incendios. Esta cifra equivale a 83 canchas de fútbol por hora. Si esta superficie la comparamos con la deforestación, estamos perdiendo tres veces más bosque a causa de los incendios forestales.

La diferencia radica en que un mismo bosque puede quemarse repetidas veces a lo largo de los años. ¿Y por qué no parece tan importante?, seguramente al no ser tan evidente el cambio de uso de suelo como la deforestación, pasa desapercibida esta situación. Tomemos como ejemplo lo sucedido en 2019. Se quemaron más de 2 millones de hectáreas de bosque en todo el país, de esta superficie el 70% ya se había quemado por lo menos una vez en los últimos 18 años. Entonces, saltan algunas interrogantes que se deberían tomar en cuenta en las medidas de restauración. Por ejemplo, los bosques que se quemaron antes de 2019 ¿se recuperaron?, ¿cuál es el grado?, ¿estos bosques que se están restaurando presentan las mismas condiciones de los que se quemaron en 2019? Tener esta información ayudará a orientar de manera más asertiva las medidas planteadas y, de esta forma, identificar los bosques que no se están regenerando y requieren alguna asistencia mecánica o de inmovilización.

Según evaluaciones realizadas por la Fundación Amigos de la Naturaleza hasta 2019, tenemos más de 18 millones de hectáreas de bosque con algún grado de restauración donde el fuego no ha estado presente en al menos nueve años consecutivos. Es decir, algunos de los bosques quemados en 2010, año récord de incendios en nuestro país, presentan algún grado de recuperación de por lo menos nueve años a la fecha. En Bolivia tenemos más bosque que se está recuperando después de los incendios; en tal sentido, debemos exigir políticas de Estado que determinen su protección. No permitamos que se sumen a las estadísticas de áreas deforestadas.

Armando Rodríguez es gerente de Proyecto en la Fundación Amigos de la Naturaleza.

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¿Recuperar la democracia?

/ 16 de septiembre de 2020 / 01:07

Mucha agua ha corrido bajo el puente desde aquella amarga experiencia de las elecciones de octubre del año pasado: el país se encuentra en una encrucijada, no solamente por la emergencia sanitaria, sino por la división política que a su vez ha puesto en grave conflicto de sobrevivencia a la democracia.

Las frustradas elecciones de octubre del año pasado han desnudado las graves deficiencias de nuestro sistema democrático, que ha sucumbido dócilmente —con la venia del sistema político contrario el oficialismo de entonces— a la injerencia de la Organización de Estados Americanos (OEA), a la soberbia  de Evo Morales, que hizo todo lo posible para prolongarse, y a la farsa de la “recuperación de la democracia” del gobierno transitorio de Jeanine Áñez, sin abstraernos de cierto periodismo de doble rasero, como de políticos, que ignoró las graves violaciones a los derechos humanos en la crisis de octubre y noviembre.

El estado de cosas actual es independiente de los abusos de poder del anterior gobierno. Referirnos a él matizando culpas al anterior proceso es salvar de culpas a éste. Cada cual las purgará en la historia y su paso por el poder, y para eso, el escrutinio de las elecciones de octubre será determinante.

Los bolivianos en general no hemos recuperado la democracia; solo algunos liderazgos mínimos han recuperado/arrebatado el poder para sí. Si creen que haberla recuperado, su manera de haberlo “logrado” es atroz, con la violencia que cuestionan, las trampas de las que reniegan y el abuso de poder que critican.

Luis Fernando Camacho se jacta de haberla recuperado: admitió que su padre pagó a algunos militares, invocó a las Fuerzas Armadas y a la Policía sin que nadie lo tilde de sedición, y sembró odio y racismo antes de admitir que la wiphala había sido símbolo de una parte del país.

Las Fuerzas Armadas le dieron el tiro de gracia a Morales al pedirle la renuncia y nadie se sonrojó por sus acciones. Su otrora comandante Williams Kaliman es procesado no por sedición ni insubordinación, sino por incumplimiento de deberes al supuestamente no haberse movilizado como cuando lo hizo en noviembre en las masacres de Sacaba y Senkata, cuyo saldo fue una treintena de fallecidos, al amparo del Decreto Supremo 4078, que les otorgó por menos de un mes una eventual inmunidad penal.

La presidenta Áñez alardea con haber pacificado entonces el país. Si pacificar el país implica masacrar al pueblo, esa democracia no es la que quieren los bolivianos.

Paradójicamente, quienes la arroparon fervientemente al principio, ahora son sus rivales electorales, que la apuntan de prorroguista, de violar la ley y los derechos humanos, de corrupción, de haber puesto la economía por los suelos y de gestionar mal el país. Cierto todo, ¡pero era su adalid democrático!

¿En quién pensar ahora para “salvar” o “recuperar” la democracia? ¿En los mismos de los 14 años, en los de los 10 meses o en los de los de antes de los 14 años? Por sus rasgos, son los mismos, hicieron lo mismo. La diferencia es que se plantean recuperar la democracia a su modo, para sí.

Otra vez la sabiduría del pueblo está en juego; el 18 de octubre sabremos quiénes tienen/tenían la razón. Hace falta legitimidad, y precisamente este régimen no la tiene, pero tanto cuestiona la “herencia” que arrebató.

Rubén Atahuichi es periodista.

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Si las personas de bien no hacen nada, reina el mal

/ 16 de septiembre de 2020 / 01:03

Muchas veces me he preguntado cómo es posible que alguien haya permitido que se desarrollaran las mayores tragedias y horrores que ha sufrido el mundo. ¿Dónde estaba toda la gente de bien, aquellos que expresaron su desacuerdo o deberían haberlo hecho? ¿Cómo es posible que la vida sencillamente haya continuado en medio de tal horror?

¿Cómo creció el comercio trasatlántico de esclavos durante cientos de años? ¿Cómo logró proliferar la esclavitud en este país? ¿Cómo es posible que se haya permitido el Holocausto? ¿Cómo se gestaron los genocidios en Ruanda o Darfur?

Por supuesto, casi siempre hay una explicación. Por lo regular es la política oficial y, en muchos casos, la propaganda es responsable de impulsarla. Pero me interesa más saber cómo veían las personas de la sociedad de ese entonces esos sucesos y cómo fue posible mantener cierta normalidad cuando sucedían ese tipo de cosas.

Resulta que la era que vivimos me ofrece la inquietante respuesta: fue fácil.

Hasta la fecha en que escribo estas líneas, casi 200.000 estadounidenses han perdido la vida, muchos de ellos innecesariamente, a causa del COVID-19. En gran medida, estas muertes se deben a que el gobierno de Donald Trump se ha negado a tomar medidas suficientes para controlar la crisis, a dirigirse con honestidad al pueblo estadounidense y a instar a la ciudadanía a tomar precauciones. En vez de eso, Donald Trump ha mentido acerca del virus, le ha restado importancia y no ha escuchado las advertencias de los científicos. Por si fuera poco, sigue celebrando mítines sin exigir el uso de cubrebocas ni respetar el distanciamiento social.

La situación está a punto de empeorar: ahora algunos modelos predicen que el número de víctimas mortales del virus en Estados Unidos podría duplicarse de aquí al 1 de enero. Según el Instituto para la Métrica y Evaluación de la Salud de la Universidad de Washington:

“Esperamos que el número diario de muertos en Estados Unidos, a consecuencia del cambio de estación y la vigilancia reducida del público, llegue a cerca de 3000 al día en diciembre. Para el 1 de enero, se espera que el número total de muertes ascienda a 415.090, es decir, 222.522 muertes de aquí a final de año”.

Sin embargo, los estadounidenses todavía abarrotan los mítines de Trump, los republicanos no dejan de alabar su respuesta a la pandemia y no hay ninguna certeza de que pierda en noviembre. En muchos estados, los restaurantes, bares, escuelas, iglesias, gimnasios y spas están abiertos de nuevo. No es que ignoremos que hay un virus mortal que se transmite por el aire, pero sí parece que muchos estadounidenses, hartos de las restricciones, han preferido aceptar esa realidad.

Sufrimos una crisis climática que sigue empeorando. Las tormentas se vuelven más violentas. Las sequías son graves. Los ríos se desbordan. El nivel del mar se eleva. Aun así, no hacemos casi nada para detener todos estos fenómenos y quizá no lo hagamos antes de que sea demasiado tarde para hacer algo.

En este momento, gran parte de la Costa Oeste se encuentra en llamas; por donde se mire hay escenas infernales de cielos anaranjados. Con todo, muchos de nosotros les damos por su lado a los negacionistas del cambio climático o, todavía peor, tal vez estamos bien enterados de la gravedad y precariedad de la situación, pero no hemos cambiado nuestros hábitos ni hemos votado por los candidatos con las ideas más audaces para salvar al planeta.

Justo en este momento, China tiene detenidos a alrededor de un millón de ciudadanos, en su mayoría musulmanes, en campos de adoctrinamiento. Su propósito es ‘reprogramar’ a muchos de ellos para que se conviertan en “obreros leales y así las fábricas chinas cuenten con mano de obra barata”, en palabras de The New York Times.

A pesar de todo esto, el mundo casi no hace nada. Muchos prefieren hacerse de la vista gorda. La vida sigue.

Así suceden las catástrofes, a plena vista, y las personas que están enteradas de todos los detalles no se rebelan. Algunas veces la gente piensa que el problema está muy lejos o, si no es así, que es demasiado grande y ellos son totalmente impotentes.

Tienen una visión provincial, o incluso pueblerina, pues solo les preocupa su casa, su calle y su comunidad.

“Qué mal que esos niños estén enjaulados, pero no puedo preocuparme por eso en este momento. Necesito doblar la ropa de la secadora”.

“Qué mal que la policía le haya disparado a un hombre negro desarmado, pero no puedo hacer nada por ahora. Necesito cortar el césped”.

Creo que, en cierto sentido, este impulso es un mecanismo de defensa, un intento de librar a nuestra mente y espíritu de una avalancha de angustia y rabia. El problema es que esta actitud permite que la maldad, ya sea una persona o un sistema, cause estragos sin ningún control, porque nuestra decisión de no intervenir le da licencia pública para actuar.

Quien no se queja, aprueba.

Lo cierto es que no tiene por qué ser así. Dejemos de considerarnos débiles o impotentes. Dejemos de pensar que todo se arreglará solo. Dejemos de pensar que la maldad se detendrá en seco al llegar a la puerta y no acabará con nuestro propio jardín.

Puedes reunir la energía necesaria. Puedes reunir a tus vecinos. Pelea, vota, publica mensajes y envía correos electrónicos. Haz todo lo que esté en tus manos para defender al vulnerable, al oprimido y al planeta. No permitas que la historia registre este momento de la misma manera que ha registrado tantos otros: como una época en que la gente de bien hizo muy poco para confrontar la crueldad y el desastre.

Como escribió Edmund Burke en el texto titulado Thoughts on the Cause of the Present Discontents (Reflexiones sobre las causas del descontento actual) en 1770: “Cuando los hombres malvados combinan fuerzas, los hombres de bien deben asociarse; de lo contrario, irán cayendo, uno a uno, en un sacrificio sin piedad, en una lucha deleznable”.

Aunque quizá te resulte más conocida otra cita que por lo regular se le atribuye a Burke: “Para que triunfe el mal, basta con que los hombres de bien no hagan nada”.

Charles M. Blow es columnista de The New York Times.

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