Un indicador del escepticismo que ha contagiado a la política estadounidense es que la primera reacción que tuve —sí, yo— ante la noticia de que el presidente Donald Trump dio positivo por coronavirus fue: ¿estamos seguros? ¿Podemos confiar en eso? Verse obligado ahora a retirarse de la campaña es una excusa gigantesca para un hombre que tan a menudo y ostentosamente se hace la víctima y que de manera preventiva ha reunido formas de justificar o pelear una derrota ante Joe Biden. No pude evitar pensar eso.

Tampoco pude evitar pensar en el karma y de inmediato me sentí y todavía me siento mezquino por ello. Trump ha pasado gran parte de los últimos seis meses, durante los cuales han muerto más de 200.000 estadounidenses por causas relacionadas con el coronavirus, minimizando la pandemia, proyectando una falsa tranquilidad y rehusándose a cumplir con los lineamientos de salud pública que los funcionarios de su propio gobierno promovieron con vehemencia.

No usaba cubrebocas. Alentó grandes concentraciones de gente (entre ellas, el mitin de Tulsa, Oklahoma, al que Herman Cain asistió antes de enfermarse y fallecer de COVID-19, y su extenso discurso en la convención, en la cual se reunieron miles de personas, muchas sin cubrebocas). En el primer debate presidencial se burló de Biden por usar mascarilla tan seguido, e insinuó que era una señal de… ¿Qué? ¿Timidez? ¿Debilidad? ¿Moda? ¿Vanidad ética? Con Trump no se sabe y es difícil saber si su desafío era una especie de no querer reconocer la verdadera prevalencia del coronavirus, una muestra de su confianza en su propia invencibilidad física, una combinación de ambas cosas o ninguna de las anteriores.

No obstante, es fácil descubrir las moralejas de esta historia. La más evidente es que el coronavirus no ha desaparecido y que no hay garantía, contrario a las profecías optimistas del Presidente, de que vaya a desaparecer pronto, seguramente no si nos lo tomamos a la ligera.

Esto da lugar a otra moraleja, también evidente pero que al parecer es necesario enunciar: existe un riesgo real en tomarse las cosas a la ligera. Ahora el Presidente, al igual que la primera dama, es la personificación de eso. También lo es Hope Hicks, una de sus asesoras más cercanas, y quién sabe cuántos más de su círculo inmediato. Esa pregunta existe porque, desde el principio, ha habido una cultura de actitudes y comportamientos despreocupados con respecto al coronavirus en la Casa Blanca.

Esa cultura se manifestó de manera asombrosa durante esas ruedas de prensa nocturnas que solía celebrar el Presidente, mismas que usaba principalmente para congratularse a sí mismo y a su gobierno por el estupendísimo trabajo que hacían para combatir la pandemia. La combatían al grado de poner a Estados Unidos en un nivel excepcional como líder mundial de los casos registrados de coronavirus y los decesos vinculados a él.

Esa cultura era evidente en los mítines que el Presidente organizó e insistió en llevar a cabo durante las últimas semanas. Esa cultura persistió cuando, según un artículo de Peter Baker y Maggie Haberman en The New York Times, Kayleigh McEnany sostuvo una conferencia de prensa, sin cubrebocas, con los reporteros después de que se confirmó que Hicks dio positivo por el virus y después de que McEnany estuvo con ella en un avión. Lo leí, me estremecí, me quedé sin aliento y luego me pregunté por qué demonios me estremecía y me quedaba sin aliento cuando era algo que ya se esperaba. Cuando era una situación normal. Cuando era una explicación de por qué estamos donde estamos como país y por qué Trump está donde está como Presidente y paciente.

Por fin es momento de aprender. De ser más inteligentes. De cuidarnos más. De ser más responsables hacia los demás, así como hacia nosotros mismos. No podemos borrar los errores cometidos en la respuesta de Estados Unidos al coronavirus, pero podemos prometer no seguir cometiéndolos. La manera de tratar el diagnóstico de Trump es como un punto de inflexión y un nuevo comienzo. Este es el momento en el que despertamos.

De muchas formas diferentes, la presidencia y el Presidente siempre son espejos del país, y esa es otra moraleja. Trump ha mostrado los resentimientos de Estados Unidos. Ha sido el modelo de su ira. Ahora personifica su imprudencia. Qué extraordinario y útil sería que, cuando le hable al país sobre esto, ya sea por televisión o mediante tuits, reflexionara al respecto de una manera cívica.

Desde luego que no doy eso por hecho: tal vez termine teniendo una reacción leve y en gran parte asintomática al coronavirus y de alguna manera se sienta exonerado. Pero tengo la esperanza de que use una táctica más madura. Porque no quiero que seamos escépticos, sin importar qué tantos motivos nos hayan dado. Quiero que seamos mejores.

Frank Bruni es columnista de The New York Times.