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martes 21 sep 2021 | Actualizado a 05:04

El dilema de la oposición argentina

/ 12 de octubre de 2020 / 01:39

Reubicarse en el mapa político luego de una derrota electoral nunca es una tarea sencilla. La oposición argentina se encuentra en la búsqueda de su propio camino luego de que en octubre del año pasado no pudiera revalidar el mandato presidencial a pesar de haber conseguido casi 11 millones de votos, es decir, casi un tercio del padrón electoral (equivalente al 40,2% de voto válido).

Indudablemente, este apoyo ciudadano tuvo un sabor agridulce; la fórmula de Cambiemos había mejorado notablemente lo conseguido en primera vuelta de 2015, tanto en valores absolutos (en más de dos millones de votos) como en términos relativos (mejora de 5 puntos, de 26% a 31% sobre el padrón electoral); y, sin embargo, este avance no le alcanzó.

Tras casi un año de esa derrota, la oposición argentina afronta un dilema estratégico que va más de nombres y apellidos, y de movimientos tácticos.

Podemos distinguir dos posturas estratégicas en disputa en este espacio político:

1. El ensayo destituyente, basado en una línea “radical” de confrontación, que interpela a la totalidad; nada propositiva; muy televisada; con un discurso muy duro, y por momentos muy alejado del espíritu democrático; empeñada en lograr un “boicot a corto plazo”; en la búsqueda permanente de un clima desestabilizador; focalizado en contra del kirchnerismo (quiere presa a Cristina); y, desde hace unos meses, también comienza a criticar fuertemente a Alberto Fernández, llamándole “autoritario, títere, etc.”.

2. La rivalidad mesurada. Confronta puntualmente y con críticas quirúrgicas. Es menos “tuitera”; elige un tono tan “amigable” que a veces suena hasta impostado; a veces guiña un ojo al rol del Estado y a lo social, aunque sea únicamente en su plano discursivo; tiene la vista puesta en el mediano plazo; está menos concentrada en el kirchnerismo; mantiene una relación ambigua con el Presidente, no se cierra al diálogo pero tampoco lo apoya.

La postura destituyente sintoniza con un 20-25%, que son pseudomilitantes anti-K, fuertemente ideologizados; éstos cuentan con la ventaja de conformarse como grupo cohesionado e intenso. Se parece y mucho al 22% que se autopercibe, sin complejos, de “derecha” (según encuesta Celag, agosto de 2020). Sin embargo, esta estrategia tiene un gran inconveniente: no tiene posibilidad alguna de crecer más allá de su propia frontera.

La única manera de ampliar este espacio es acudir a la segunda estrategia. Por la vía de una “oposición más mesurada”, que sí podría aglutinar hasta un 35% como piso electoral, lo que le permitiría llegar al sprint final con posibilidades reales de competir —y con opciones de ganar— en las próximas elecciones presidenciales de 2023. No obstante, esta opción estratégica corre el riesgo de disponer de una masa electoral muy amorfa, heterogénea, sin identidad política diáfana, menos cohesionada y menos activa; con el añadido que se puede fragmentar demasiado, o incluso diluir si no existe un claro vector de factores comunes que los nuclee.

He aquí el verdadero dilema de la oposición en Argentina: dos estrategias que se necesitan mutuamente, pero que conjuntamente son excluyentes entre sí.

A pesar de este dilema latente, por ahora no hay dos oposiciones. Hasta el momento, solo hay un único bloque opositor con un mismo corpus ideológico: el neoliberal. No hay ningún tipo de diferencia significativa en cuanto a los temas centrales de agenda, como lo demostraron durante el largo periodo en el que gobernaron la Argentina. No obstante, la tensión en su interior crece, y no sabemos todavía si este dilema estratégico provocará a futuro alguna grieta mayor que acabe desgajando este espacio. Para tener la respuesta a este enigma es mejor esperar al momento de la definición de las candidaturas. Ese tiempo preelectoral nunca es el más propicio para administrar grandes divergencias estratégicas. Sin embargo, seguramente prevalecerá la fuerza mayor que los une: evitar que el Frente de Todos siga gobernando.

Veremos cuál es el devenir de la actual oposición argentina en su laberinto.

Alfredo Serrano Mancilla es director del Centro Estratégico Latinoamericano de Geopolítica (CELAG).

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Argentina, entre PASO y PASO

/ 9 de septiembre de 2021 / 01:24

Estimar el resultado de una elección legislativa siempre es una tarea altamente compleja. Si, además, se trata de unas PASO (Primarias Abiertas Simultáneas y Obligatorias), entonces, es casi misión imposible. Sin embargo, nada ni nadie es capaz de detener el “espíritu insaciable adivinador” de las encuestas. Contra viento y marea, lo importante es presentar una cifra sea como sea, aunque ésta tenga que afrontar una apatía generalizada de la ciudadanía ante una contienda electoral. Es decir, hay que hacer lo que sea para obtener respuestas, aunque las preguntas no sean de interés para los encuestados.

En Argentina, hace varias semanas que comenzó el baile de números en relación a la intención de voto de las principales fuerzas políticas de cara a las PASO a nivel nacional y también a escala provincial. Hay para todos los gustos y colores. Muchas de ellas arriman el agua a su molino. Esto es, fuerzan sus números para contentar a su contraparte, sea porque les paga o porque les simpatiza, hasta al punto, por ejemplo, del inolvidable ridículo que hizo Management & Fit precisamente en unas PASO, en las presidenciales de 2019, cuando auguraba empate técnico y al final acabó ganando el Frente de Todos por más de 16 puntos.

Nosotros, como CELAG, también hemos participado en este festín, pero a nuestra manera. Quiero decir: nuestra obsesión no es dar con precisión un número de cara a las PASO; nuestro objetivo es caracterizar el panorama político y electoral en el marco de las legislativas, con sus dinámicas y tendencias.

Para ello, hemos realizado una encuesta en estas últimas semanas (2 al 23 agosto), a nivel nacional, con 2.002 casos, con sistema CATI (Computer Assisted Telephone Interview). (Ésta podría considerarse como la segunda fórmula más confiable para entrevistar, muy por encima del aluvión de encuestas IVR (Interactive Voice Response) y las que se hacen “por internet”; lo ideal es lo presencial, pero aún estamos en tiempo de pandemia).

A partir de este estudio, nuestras principales hipótesis se podrían resumir en tres ejes. 1) En relación al reparto de las dos fuerzas más destacadas, el panorama es parecido al de las presidenciales de 2019: a) El Frente de Todos continúa con un nivel de fidelidad muy similar al de hace dos años. Posee un piso muy sólido y elevado (30-33% sobre el padrón electoral) y, a partir de ahí, tiene margen para alcanzar la votación lograda en 2019. Ese “voto probable” sigue estando cerca, a pesar de ser más crítico. b) Juntos por el Cambio conserva su núcleo duro, pero presenta una gran dificultad para ampliar su base. No logra transitar a ser un “Frente”, que sume y amplíe, y por ahora se queda en una suerte de “Mínimo Común”, muy anclado en lo que aportan Macri y Bullrrich, quienes siguen estancados y con una imagen positiva baja. Larreta y Vidal tienen mejor imagen, pero aún no comandan ni les dejan. La disputa interna está servida.

2) En relación al presidente y la vicepresidenta: a) Alberto Fernández cuenta con mayor apoyo (visto en imagen, sentimientos positivos y atributos) que el porcentaje de votos que obtuvo en las elecciones de 2019. Muchos ven su caída de imagen desde inicios de 2020 como una catástrofe. Sin embargo, no tienen en cuenta que no se pierde lo que no se tiene. La imagen positiva de 70-90% es pura ciencia ficción, algo efímero. En política, un 50% de imagen positiva después de dos años vale más que un 90% momentáneo, como el que se puede tener en plena luna miel al inicio del mandato. El Presidente logró estabilizar su imagen positiva en 46% luego de la caída provocada por la “foto en Olivos”. b) Por su parte, Cristina Fernández continúa con estabilidad en su imagen y su nivel de apoyo desde 2019 hasta hoy en día. Es una base leal innegociable que supone el núcleo sobre el que se edifica el “Frente Ampliado”.

3) En lo económico, tres dimensiones: a) Las necesidades económicas están encima de la mesa. Se valora algo mejor la gestión económica de lo cotidiano, pero aún es insuficiente. Precios de medicamentos y alimentos y salarios/empleo es lo que más preocupa a las familias. Y también el endeudamiento creciente para afrontar gastos básicos. b) La combinación de herencia macrista y pandemia es hasta el momento considerada como la principal responsable de la actual situación económica. Pero seguramente esto no persistirá por mucho tiempo más. c) La sociedad sigue manteniendo sentidos comunes progresistas (aprecio por el rol del Estado, necesidad de más salud pública, el “cepo” es necesario, no podemos pagar la deuda al FMI a cualquier coste —éste tiene una imagen negativa muy alta—).

En el CELAG consideramos que lo que salga de las PASO, primero, y de las legislativas, después, será parecido a la fotografía de octubre 2019, con un más-menos propio de singularidades de cada cita electoral (caída de participación, aparición de otras iniciativas electorales, el componente territorial). Las presidenciales de 2023 aún están demasiado lejos.

Alfredo Serrano Mancilla es doctor en Economía y director del Centro Estratégico Latinoamericano de Geopolítica (CELAG).

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El enigma de lo popular

/ 26 de agosto de 2021 / 00:48

Le encanta conceptualizar lo de ‘pueblo’, pero le molesta cuando el pueblo con ojos, nariz y boca se le acerca a pedirle una selfie”. Esta frase, tan lapidaria como provocadora, me la comentó un amigo acerca de un dirigente político que se jactaba de teorizar de cómo hay que sintonizar con el “pueblo”, pero que luego le incomodaba tener el más mínimo roce con la gente que habita las calles de cualquier ciudad. ¡Que viva el pueblo, pero cuanto más lejos de mí, mejor!

¿Nos estará pasando algo similar como Progresismo Latinoamericano? ¿Será que interpelamos a la clase popular creyéndonos que se trata de la clase media? ¿Será que abusamos de una visión paternalista en base a prejuicios? ¿Será que no entendemos sus códigos porque tenemos otros marcos referenciales?

No hay respuesta única para un asunto de dimensiones tan complejas. Debemos considerar un eje clave: la episteme local, que determina qué es lo popular, desde lo económico, social y cultural. No debemos caer en la trampa de considerar a América Latina como un todo monolítico. Seguramente encontraríamos infinitas diferencias si comparamos el comportamiento de los sectores populares en Colombia y Argentina. También debemos considerar otros aspectos determinantes como el clivaje rural/urbano, el género, la edad, etc.

Esta gama de variables nos obliga a enfrentar un dilema de época en el que no caben atajos. Este desafío para el progresismo es impostergable. Y más si consideramos que la pandemia ha hecho estragos, que el neoliberalismo está en crisis de respuesta y expectativas y que se ha iniciado la segunda ola progresista a nivel regional en este siglo XXI, por lo que todos los focos están puestos sobre los nuevos proyectos políticos que tienen como base, precisamente, la mejora de las clases populares.

¿Y qué es justamente lo que la misma clase popular entiende como mejora para sí? Estoy seguro que si a una pareja con bajísimo nivel de ingresos le hablamos de que debe esforzarse para mejorar su situación, seguramente nos mandará “a la mierda” porque ambos se despiertan a las 05.00 y regresan a casa a las 23.00 (en encuestas CELAG, alrededor del 80%, en ocho países de la región, considera que el origen de la riqueza no está en el esfuerzo); si hacemos referencia a la importancia de la deuda externa nos dirán que lo que les preocupa es el endeudamiento que no les deja vivir porque los intima la tienda de la esquina u otro prestamista informal; inclusive, en muchos países, si pretendes implementar una necesaria agenda feminista, una mayoría de mujeres aún no están del todo de acuerdo (como lo hemos visto en encuestas de CELAG en Perú, Ecuador, Bolivia y Paraguay).

El otro tema recurrente es el de la “meta aspiracional” que, si bien es cierto que hay un patrón de imitación de la clase media, también es cierto que este horizonte no es inmóvil. Cuando una familia no puede llegar a mitad de mes, deja de pensar en aquello que pensaba cuando tenía la posibilidad de llegar a fin de mes con relativa holgura. Las prioridades y hasta los sueños mutan al compás del cambio en las condiciones materiales.

Esto no significa que las clases populares estén despolitizadas. Aceptar esta premisa es lo que pretende hacernos creer la iglesia neoliberal. La clave está en saber cómo la gente se politiza, sobre qué temas, qué les preocupa. Conocer si de verdad se sienten representados por la clase dirigente que quiere defenderlos. En muchos casos ocurre que encontramos un porcentaje marginal de representantes y candidatos progresistas de extracción popular, salvo excepciones como Pedro Castillo en Perú o Evo Morales en Bolivia. El tipo de liderazgo también importa. Vargas Llosa nunca ganó una elección.

¿Por qué un barrio popular le ha dado la espalda a un candidato progresista si es éste el único que seguramente tomará medidas en su favor? Para muestra la votación a favor de Lasso en zonas populares de Quito. La mejor explicación es mirar holísticamente la relación que tenemos con lo que llamamos “lo popular”, muy por encima de campañas y apuntes coyunturales.

Estas reflexiones constituyen un esbozo de lo que estamos interpelando en CELAG. Al enigma de lo popular solo lo podremos afrontar con éxito asumiendo que aún estamos lejos de saber a ciencia cierta cómo piensan, sienten, consumen, votan, sueñan, cuál es su unidad de tiempo (cómo conjugan presente y futuro). Y si nos toca cambiar metodologías y marcos teóricos, pues deberá hacerse tanto como sea necesario.

Alfredo Serrano Mancilla es doctor en Economía y director del Centro Estratégico Latinoamericano de Geopolítica (CELAG).

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De Lima a Puebla

/ 12 de agosto de 2021 / 01:12

En geopolítica la distancia física no siempre es el mejor indicador de la verdadera distancia que existe entre dos ciudades. Lima y Puebla, hoy en día, están separadas por mucho más de los 4.165 kilómetros que indica cualquier mapa. Ambos enclaves representan simbólicamente dos visiones diametralmente opuestas en la manera de concebir las relaciones políticas en América Latina.

En edad, el Grupo de Lima (GL) es mayor que el de Puebla (GP), en casi dos años. El primero fue creado el 8 de agosto de 2017, mientras que el segundo nació un 12 de julio de 2019. Sin embargo, no por mucho madrugar amanece más temprano. Este “empezar antes” del GL no ha supuesto de ningún modo una ventaja comparativa respecto al GP. En verdad, lo relevante no es el momento de nacer. La clave siempre está en cómo se evoluciona en el camino. El GL empezó con gran ímpetu, pero progresivamente fue evaporándose. Justo lo contrario de lo que le sucede al GP, que inició su periplo inadvertidamente, pero a medida que transcurren los meses se va transformando en un pivote geopolítico cada vez más sólido a nivel regional.

¿Por qué el GL fue de más a menos y el GP de menos a más? ¿Por qué el GL parece haber envejecido tan rápido y, por el contrario, al GP no se le encuentra su fecha de caducidad? He aquí algunas razones, tanto de lo uno como de lo otro.

En relación al GL, su precoz obsolescencia se explica porque: 1) fue fabricado para un único objetivo: acabar con el gobierno de Nicolás Maduro. El propósito no se logrará, y por tanto, se diluye su razón de existir. 2) Tiene un asidero estrictamente coyuntural; dependía excesivamente de una correlación de fuerzas en un determinando momento de la historia sin prever que en democracia hay elecciones y no siempre ganan los presidentes conservadores/ neoliberales (véase Macri en Argentina, el caso boliviano y peruano). 3) Nació bajo la tutela de Trump, pensando que sus demencias antidemocráticas podrían llegar a ser hegemónicas en América Latina. Y no lo fue ni en la región ni en Estados Unidos, donde no consiguió revalidar su mandato. 4) Su composición genética se encuentra alejada de todo aquello que le preocupa cotidianamente a la ciudadanía. Jamás el Grupo de Lima habló de políticas sociales o de iniciativas económicas; ni siquiera de qué hacer frente al COVID. 5) La matriz neoliberal ha entrado en una profunda crisis, sin respuestas ni expectativas, y enfrenta un delicado punto de bifurcación en relación a qué hacer con la democracia: si respetarla o violarla cuando no se obtiene victoria electoral.

Por su parte, en dirección opuesta, el GP continúa yendo a más porque: 1) Nace por fuera de los gobiernos, es decir, es un espacio que aglutina a expresidentes, presidentes y ministros, pero también a otros representantes políticos que son alternativa en algunos países; además de académicos, intelectuales y periodistas. Así, el GP conforma su solidez muy por encima de una victoria o una derrota electoral. 2) Se caracteriza por la amplitud del universo progresista. Está diseñado con una premisa básica: el disenso en matices al interior del progresismo no es visto como falta de unidad sino como fortaleza. 3) Se dedica a múltiples tareas que sí son de interés público latinoamericano: buscan mejorar la economía con gran variedad de iniciativas, demandan respuestas frente al COVID, acompañan procesos electorales, alzan la voz contra los bloqueos, etc. 4) Tiene una mirada de largo plazo (por ejemplo, terminar con la injusta OEA de Almagro), pero con un virtuoso don de la ubicuidad en el corto plazo (qué hacer en medio del golpe de Estado en Bolivia). 5) No tiene tutela externa ni un dominador interno. Es evidente que hay rostros muy visibles (Marco Enríquez-Ominami en su rol de articulador, Alberto Fernández y Luis Arce como presidentes, ahora también Pedro Castillo, la presencia del Gobierno de México, expresidentes como Zapatero, Evo, Correa, Dilma, Lula y Samper), pero ninguno tiene más poder que otro. El equilibrio reside en la heterogeneidad.

En política no hay casi nada que permanezca estático. El GL pensó que sí, y creyó que el contexto en el que nació persistiría para siempre. Y no. Eso ya fue. Su autoprofecía del “fin del ciclo progresista” les falló. Su obsesión contra el Gobierno de Venezuela les cegó. Y, para colmo, están sin su Norte fundacional, o sea, gobierna Biden en vez de Trump.

En ese marco, el GP ha sabido dar pasos, poco a poco, con firmeza construyendo cimientos y una red de confianza; y, a partir de ahí, haciendo camino al andar. Y lo más importante: sintonizando con la evolución de los sentidos comunes latinoamericanos en cuanto a la necesidad de un Estado protagónico en las políticas sociales, un modelo económico más justo e inclusivo, a favor del impuesto a las grandes fortunas, más integración regional, más multilateralidad y más democracia.

Alfredo Serrano Mancilla es doctor en Economía y director del Centro Estratégico Latinoamericano de Geopolítica (Celag).

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El falso mito del esfuerzo en América Latina

/ 30 de junio de 2021 / 01:10

¿Cómo le explicamos a una mujer que su salario está acorde a su esfuerzo tras trabajar todos los días de la semana, 14 horas seguidas, limpiando casas ajenas? ¿Cómo se lo justificamos a un joven que cada día se despierta a las 04.30 para irse a trabajar a la construcción y regresar a casa por la noche? ¿Quién puede asumir que el salario es un fiel reflejo del esfuerzo?

El mito del esfuerzo en América Latina es una gran mentira, tanto desde un criterio de subjetividad como si lo miramos objetivamente en cifras.

En el imaginario de la ciudadanía latinoamericana existe una gran mayoría que no “se come el cuento” de que los altos ingresos vienen originados por el esfuerzo. Hay un claro sentido común latinoamericano a este respecto. Por ejemplo, en Argentina, según nuestra encuesta Celag (Centro Estratégico Latinoamericano de Geopolítica), cuando se pregunta cuál es el origen de la riqueza de las familias más adineradas, solo el 15,1% considera que se debe al esfuerzo. El resto cree que es un asunto de corrupción o de herencia. En Chile, México, Bolivia, Perú y Colombia, los porcentajes son muy parecidos (13,4%, 21,7%, 20,7%, 19,9% y 18%, respectivamente).

Pero no solo es una cuestión de subjetividad; lo que piensa la gente está en sintonía con lo que objetivamente acontece.

Esta falsa relación entre esfuerzo y riqueza queda absolutamente demostrada en el libro El capital del siglo XXI, del economista francés Thomas Piketty. En ese estudio se concluye que la herencia es uno de los principales factores para estudiar la reproducción del modelo económico capitalista. Para él, el control de la riqueza se transmite en grandes proporciones por vía hereditaria. Es lo que Kathleen Geier denominó heiristocracy (gobierno de los herederos). Esta suerte de “capitalismo patrimonial”, de alta concentración, condiciona definitivamente el devenir de la economía real.

Se espera que las 500 personas más ricas del mundo les entreguen a sus herederos la suma de $us 2,4 billones en las próximas dos décadas. Y a nivel latinoamericano el fenómeno es idéntico. Más de la mitad de la riqueza pasa de generación en generación sin verse afectada por nada ni por nadie. Por ejemplo, en un informe de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), ¿Un elevador social descompuesto? Cómo promover la movilidad social, se destaca que en Colombia se necesitan al menos 11 generaciones para que un niño pobre deje de serlo. Más de dos siglos para salir de una condición heredada desfavorable, por mucho que se esfuercen. En Brasil se necesitan 9; en Chile, 6.

El otro eje es la corrupción, que representa un significativo porcentaje del Producto Interno Bruto (PIB) en la región latinoamericana. Esta es la otra variable observada por la población para explicar la procedencia del dinero de los que verdaderamente tienen dinero. Al hablar de corrupción no solo nos referimos a un asunto circunscrito exclusivamente a los políticos. Hay tanta o más corrupción en el sector privado. O, mejor dicho, en las grandes empresas, porque el valor de la corrupción a nivel de pequeña y mediana empresa es marginal.

Corrupción y herencia constituyen, definitivamente, el combo explicativo de buena parte de la riqueza latinoamericana. El esfuerzo es mayoritario, pero la riqueza no; está concentrada en muy pocas manos.

A veces, siento que nos pretenden imponer ese veredicto tan bien ilustrado en la viñeta de El Roto: “Prohibido ver lo evidente”.

Alfredo Serrano Mancilla es doctor en Economía y director del Centro Estratégico Latinoamericano de Geopolítica (Celag).

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Colombia cambia

/ 13 de junio de 2021 / 02:06

Todo hito político es resultado de un proceso, de un cúmulo de causas. Si en 2022 Gustavo Petro fuera electo presidente de Colombia, ese hecho se explicaría por una multiplicidad de razones que vienen de lejos.

Uno de los aportes fundamentales de una encuesta es que nos permite detectar aquellas transformaciones subjetivas que derivan en resultados electorales. Sin embargo, caemos en el constante error de interpretarlas únicamente en base al dato de intención de voto. Nos seduce más adivinar cómo será el desenlace final en vez de disfrutar todo lo que acontece en cada capítulo de una buena serie. La cultura del atajo está de moda.

La última encuesta CELAG para Colombia nos proporciona una fotografía muy nítida de un país que vive una época de grandes cambios, con una mayoría que sufre, piensa y siente de manera muy distinta de lo que instalan los grandes medios de comunicación. El mejor ejemplo es el tema del paro prolongado: tres cuartas partes de Colombia lo aprueba, y seis de cada de 10 consideran que las fuerzas de seguridad reprimen de manera excesiva.

Hay una gran mayoría que valora negativamente al presidente Duque, tanto en gestión (76,3%) como en imagen (77,5%). La ciudadanía padece una crisis económica que ha sido agravada por la pandemia pero que viene desde mucho tiempo atrás. Un alto porcentaje de los hogares con menos de un millón de pesos colombianos al mes no tiene cómo afrontar los gastos básicos (75%) y, en consecuencia, están teniendo que acudir al endeudamiento privado como mecanismo habitual para afrontar esta situación (66%). El Estado les da la espalda tanto a ellos como a una cada vez más raquítica clase media. La ciudadanía quiere más Estado en todo lo que concierne a políticas sociales; también quiere un sistema tributario que aumente los impuestos a los más ricos (74%). En Colombia, muy pocos “compran el cuento” de que los ricos lograron su riqueza gracias al esfuerzo (solo el 18%).

El neoliberalismo fallido en Colombia se aprecia también en la percepción sobre uno de sus pilares: la banca. La mayoría evalúa negativamente su desempeño (70%) y además existe hartazgo por su abuso en el cobro de comisiones.

El modelo colombiano hace aguas por todas partes. La Fiscalía General del Estado tampoco goza de buena imagen (66% imagen negativa), ni los medios de comunicación tienen gran credibilidad (por ejemplo, Caracol y Semana tienen una desconfianza del 74% y 64%, respectivamente).

Dicho de otro modo: todo lo que debía sostener el proyecto neoliberal se viene desvaneciendo progresivamente, inclusive el uribismo. La imagen del expresidente sigue en caída libre (su negativa es de 76%). El antiuribismo se ha convertido en la principal identidad política; casi la mitad de la población se declara así frente a un 11% que dice ser uribista. La gran mayoría de la población cree que Uribe es corrupto, es cosa del pasado y está vinculado con el paramilitarismo.

En pleno proceso de cambio, todo ocaso tiene su contrapartida en la consolidación de otro horizonte. En Colombia, esta nueva alternativa la lidera Petro y Colombia Humana. Si en 2018 la irrupción de Petro en la escena nacional le tomó a muchos por sorpresa, ahora hay casi un 60% que cree que será el próximo presidente. Petro tiene la imagen positiva más alta en comparación con el resto de dirigentes; también posee el techo electoral más elevado; y en intención de voto probable aventaja al resto (30 puntos frente a 14 de quien le sigue, Fajardo).

Petro encarna el cambio en múltiples dimensiones: en la propuesta económica, en el rol del Estado, en materia de derechos sociales, en los valores y en la conexión con la juventud. Hoy Petro está en la centralidad de la política colombiana.

Cualquier análisis concluyente y cerrado en lo electoral será tan irresponsable como carente de rigor. Ni siquiera conocemos los nombres de las candidaturas. Pero lo único que sí podemos afirmar con certeza es que se atisba una disputa a tres bandas: un bloque mayoritario encabezado por Petro, y otros dos que se disputarán el segundo lugar: el uribismo y el espacio centrista Coalición de la Esperanza (conformado por los verdes y un sector de los liberales). La incógnita es saber si Petro logrará ganar en primera vuelta, a lo Fernández en Argentina, AMLO en México o Arce en Bolivia; si lo hará en la segunda vuelta contra todos los poderes fácticos unidos como Castillo en Perú; o si pasará lo de Lasso en Ecuador.

Veremos. Aún resta mucho en esta Colombia que cambia. Continuará.

Alfredo Serrano Mancilla es doctor en Economía y director del Centro Estratégico Latinoamericano de Geopolítica (CELAG).

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