Voces

jueves 21 ene 2021 | Actualizado a 00:07

Jóvenes, partícipes del mañana

/ 27 de noviembre de 2020 / 01:21

En estos últimos tiempos llegó el momento en que se incluya a los jóvenes para encaminar al país. Tanto es así que la mayoría de los ministros son supuestamente profesionales jóvenes que además de tener ese reto, crean la expectativa sobre cómo trabajarán en momentos tan difíciles para la nación.

Esta situación nos lleva a recordar el lenguaje kantiano que se acerca a una relación entre el tiempo y la subjetividad. Por tanto, a la forma del sentido íntimo entre los hechos; en este caso, la visión de la mirada de un futuro y los ideales que lo sustenten. En definitiva, un criterio de conocimiento intersubjetivo, pero que integre las distintas experiencias en una especie de movimiento que no solo busque edificar un país, sino que el cruce de sus fuerzas e ideales sea capaz de llevar a transitar el futuro dentro de la nueva visión contemporánea.

Por tanto, la política en Bolivia si bien no ha dejado de tener la importancia del pasado, hoy requiere de nuevos aportes para dirigir la nación a un nuevo rumbo por dónde transitar.

Experiencia que recuerda, por ejemplo, un pasado político cuya juventud de los años 70 tuvo la visión de perseguir ideales de transformación en casi todos los países de la región paralelamente. Una respuesta a la política impositiva, dominante, insensible que se imponía en Latinoamérica en ese entonces. Los ideales de vanguardia se convirtieron en una especie de vacuidad retórica que llevó a enfrentamientos debido a que aquellos jóvenes ansiaban “igualdad para todos”. Aquel pensamiento del “otro” trajo consigo confrontaciones, prisión, entre otras consecuencias.

De cualquier forma, fueron momentos sustanciales cuyo significado humano se convirtió en preponderante y fue la sociedad esencialmente joven que no solo demostró la importancia de ese tiempo y lo mejor no estuvo enmarcada en el acuñar intereses personales, sino fue el empuje de la fuerza de sus ideales la que los empujó al enfrentamiento en busca de un futuro democrático.

Posteriormente, después de varias rupturas sociales, esa misma expoblación joven ingresó a la época tecnológica, dando así los primeros pasos en la era de la información del siglo XXI.

Lo significante fue lograr dos importantes marcajes para la historia. El primero, en momentos de descalificaciones globales se logró construir ideales y demostrar que se comprendieron los efectos de la práctica del poder duro. El segundo, se consiguió —como aseveró Castells refiriéndose a las ciudades— que esos movimientos sociales latinoamericanos de los 70 fueron la base para las transformaciones decisivas del siglo XX por su claridad conceptual.

Cabe destacar que en la actualidad pareciera que todo cambio como la pandemia es el medio de demostración de la necesidad de transformación de las ciudades para lograr una mejor calidad de vida.

Independientemente de ello y en consideración a las revueltas de los 70 del siglo XX, el tiempo permitió a aquellos idealistas del ayer lograr una especie de ampliación del tiempo de vida productiva intelectual, la cual se evidencia en una vasta producción teórica plasmada en libros y otros documentos.

En ese sentido, la creatividad no ha dejado de existir, menos la rebeldía o la claridad sobre el país que deseamos heredar. Este hecho sucederá siempre que este acompañado de importantes significaciones.

Parece prudente por tanto reiterar que la creatividad se ha convertido en la fuente productiva de cualquier hecho, cuyo potencial debiera ser aprovechado por todos aquellos que están a cargo de dirigir gestiones innovadoras e imaginativas, para que haya la posibilidad de llevar a Bolivia a dar un giro enriquecedor acompañado por las concepciones que exigen los nuevos tiempos.

Patricia Vargas es arquitecta.

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Metáfora de la esperanza

/ 8 de enero de 2021 / 00:21

En estos últimos días, pese al estrepitoso rebrote del COVID-19, en ningún momento el ciudadano dejó de tener fe en el futuro. Esto seguramente acompañado de sueños y esperanzas que le hicieron olvidar por algunos minutos al virus cruel que se lleva tantas vidas.

Fue el 31 de diciembre que nació la idea de salir a descifrar el silencio de esta ciudad que no deja de sorprender. Lo singular fue cómo esas calles grises y desérticas habían terminado de perder toda vitalidad; sin embargo, nuestro interés solo era entender, descubrir, ver, escuchar y, por último, sentir cómo viviría la población esos últimos segundos de un año que trajo dolor al país.

Y si pensábamos que la tristeza estaría reinando toda la noche, nos equivocamos, porque luego de segundos las edificaciones fueron las que se tornaron llenas de vida y mucho más cuando sonaron las sirenas de las radios anunciando que se iba el 2020. Lo curioso fue observar cómo petardos eran encendidos y lanzados desde las ventanas, acompañados de música con alto volumen. Tampoco faltaron las risas que despedían la partida definitiva de un año por demás complicado. En fin, todo demostró que el ser humano no dejará nunca de soñar en nuevos y mejores tiempos.

Una respuesta clara de la transformación de un 31 de diciembre que quedará en la memoria de los ciudadanos, cuyo relato será recordado por siempre y quizá se transforme en una especie de metáfora viva.

Lo singular fue que no se mostró como otra ciudad diferente, sino que su evolución radicó en el cambio de actitud de sus habitantes, que en ciertos lugares parecían hasta ausentes, pero en otros no dejaron que el nuevo año se inicie sin su presencia, ya que sus voces parecían expresar alegría.  Con ello, pudimos descubrir que toda realidad es capaz de dotar de significado a la vida del ser humano. En este caso, la llegada de un 2021 trajo nuevas esperanzas y dejó en el pasado un 2020 que hasta los últimos segundos sembró inquietud y hasta desaliento en las familias.

Una especie de visión que logró percibir nuevas realidades, ya que la emoción fue una de las sensaciones más notorias durante la noche de Año Nuevo; los rostros de la gente dejaban ver las ansias de la rápida partida del 2020. Esto, porque esperan nuevos tiempos cargados de renovación.

Lo importante es que esa experiencia llevó a la humanidad a desarrollar nuevas transformaciones con relación a la vida del ciudadano, quien por falta de equilibrio en el tipo de alimentación (murciélagos), enfermó al planeta entero. Mucho más porque hoy el virus fue capaz de mutar y ser más peligroso. Lo significativo es que un buen número de personas aprendió la lección sobre su cuidado personal ante semejante riesgo; a valorar más la vida, a tener mayor esperanza y, por qué no decirlo, a tener la fuerza para impulsar un futuro mejor.

En síntesis, una función mimética que planteaba la narración de una realidad distinta en cuanto a lo acostumbrado en cada fin de año, cuando el desborde de los festejos era una de las características de una buena parte de la población, lo cual obviamente traía resultados hasta lamentables.

Así, la madrugada del 1 de enero del 2021 hubo un cambio evidente porque no pasaron más que unas cuantas horas para que el silencio cundiera en varias partes de la ciudad. Esto probablemente porque esa misma noche se indicó en las noticias que el COVID-19 había retornado con más fuerza. Fueron momentos que nos trajeron a la memoria las palabras de Aristóteles, quien afirmaba que “Metamorfosear es percibir lo semejante”, y lo más importante transporta su sentido a una realidad inobjetable. En este caso el disfrute del saberse vivo.

Una verdad que, a fin de cuentas, nos invita a no pensar en el pasado, sino de comenzar a crear, concebir, proyectar un nuevo planeta, acorde a los peligros que pudieran llegar en cualquier momento, como el coronavirus, del cual se pudo evitar su presencia.

Pese a todo, la población aprendió a reaccionar ante la adversidad e inestabilidad emocional, económica y social, vale decir que logró la reconfiguración de esa experiencia, esperemos temporal.

Patricia Vargas es arquitecta.

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El triunfo de la voluntad

/ 25 de diciembre de 2020 / 02:06

La vida siempre ha presentado una tensión entre la razón y la voluntad, o en su caso, entre la razón y el instinto, como fuerzas impulsoras del habitante. Sin embargo, en este último año ambas fueron desafiantes por el trasfondo nada beneficioso para la humanidad como fue el coronavirus, que invadió el planeta.

A pesar de ello, la ciudadanía, especialmente de nuestro medio, demostró que tiene una voluntad férrea para sobrellevar momentos tan difíciles como los que vivió en 2020 y seguramente formarán parte de la experiencia para vencer la segunda etapa de rebrote.

Lamentablemente, quedó demostrado, una vez más, que este país tiene grandes debilidades para este tipo de realidades sanitarias, pero, aun así, fue capaz de enfrentar esa adversidad con la fortaleza del pueblo. Una lucha contra un mal totalmente desconocido que dejó gran dolor por las pérdidas humanas y cuya crisis emocional que hoy arrastra silenciosamente la sociedad debiera ser atendida.

Lo triste de esta situación es que ante el inminente rebrote del COVID-19 llegaron las festividades de fin de año, las cuales son muy importantes para la ciudadanía boliviana y motivan un movimiento inmenso de la población, sobre todo de los comerciantes que, hoy más que nunca, tienen la necesidad económica de subsistir, lo que los lleva a desafiar al contagio con tal de vender sus productos en las calles.

Pero la realidad también exige que otra parte de la población paceña busque distintas formas de enfrentar el futuro inmediato. Una de ellas es, por ejemplo, la conformación de grupos de personas hábiles en pastelería y otras delicias, que expenden sus productos a través de la apertura asociada de interesantes espacios en lugares estratégicos tales como el sur de la ciudad.

Otro es el caso de algunos jóvenes que dejan sentado que la vida en movimiento es una realidad inobjetable impulsada por la necesidad de vender sus productos de manera ambulante, sin temor al contagio.

Así, podemos observar cómo el triunfo de la voluntad si bien muestra una tensión entre la razón y el instinto, denota esencialmente cómo las fuerzas impulsoras de una sociedad trabajadora y creativa requieren muchas veces de un pequeño envión económico, como un bono, para intentar salir adelante en momentos en que la economía está debilitada y necesita que el Estado inyecte capital a la población.

Un escenario que denota que si las arterias están llenas de comerciantes, es porque la venta callejera es un medio de subsistencia para muchos. Este abrumador momento muestra además que el último bono fue útil para que mucha gente joven adquiera elementos digitales, con lo que confirmó que su emprendimiento se convierte en una fuerza productiva cuando forma parte de la vida informacional.

Por todo ello, no cabe duda que lo fundamental es observar cómo la voluntad logra triunfar sobre toda tensión entre la razón y el instinto, lo que demuestra cómo las fuerzas impulsoras de un país deben estar acompañadas de un pequeño esfuerzo económico del Gobierno para forjar tiempos de esperanza para todos.

Sin embargo, retomando el problema emocional, éste debiera ser enfrentado, por ejemplo, por las subalcaldías, que harían bien en instalar aparatos de música en las plazas para acompañar el paseo de la gente. Falacia seguramente para muchos, pero es evidente que la población requiere de incentivos recreacionales.

Es necesario recuperar el tiempo de la voluntad y la esperanza. Como afirmaba Nietzsche, la voluntad se funde en el conocimiento, el cual deriva más directamente si es captado cuando intenta cortar con el pasado y así evita eludir la sensación de vaciedad que despierta el futuro.

Patricia Vargas es arquitecta.

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Rostros inimaginables en 2020

/ 11 de diciembre de 2020 / 04:44

Este año que termina nos mostró distintos rostros que lograron no solo quebrar los planes, esperanzas y sueños de la mayoría de los ciudadanos del planeta, sino que tocaron su lado más sensible: la salud, sin la cual es imposible que desarrollen todas sus cualidades.

Fue una sorpresa para la humanidad la llegada de un virus que cambió definitivamente su vida, hasta un punto en que asomaría el rostro del dolor. Una realidad que le llevó a tomar conciencia sobre cuán delgada y sutil es la línea entre la vida y la muerte, y cómo la existencia no es un dialecto de hierro. Así, en el tercer mes del año, Bolivia fue atacada por el COVID-19, que desde enero se había extendido silenciosamente por el mundo, desorientando no solo al ciudadano común, sino a médicos experimentados que no pudieron detener el contagio. Se desconocía su tratamiento y el país no estaba preparado para enfrentar semejante emergencia sanitaria. De ahí que la fuerza de ese virus logró expandirse a todo el territorio y no tuvo reparo en llevarse a cientos de personas al mas allá.

Una crisis que no solo impactó, dolió y creó temor, sino que desesperó a la población en general y llevó a los gobernantes a tomar conciencia sobre la prioridad de la vida. Para hacer frente a este tipo de situación, todo país requiere contar con una red de hospitales. Sin embargo, en esos momentos no faltaron los nosocomios, sino el equipamiento especializado para atender a los afectados; lo que resultó desesperante y frustrante, pero dejó sentado que uno de los aspectos más importantes de una nación es su “sistema de salud”.

De esa manera, ese terrible rostro hizo cundir el temor, la inseguridad y acabó con la vida de un buen número de personas, incluidos valientes médicos que no dudaron en enfrentar al coronavirus. Una realidad que dejó en evidencia la frágil frontera en la que se encuentra la vida del ser humano y que puede ser rebasada en cualquier momento. Lo importante es que se enfrentó, estudió y luchó con todos los medios para salvar a la gente del COVID-19, y en esa carrera fueron útiles hasta los métodos naturistas, que representaron un aporte en esa tarea.

Además, fueron tiempos que estuvieron acompañados de encierro y como consecuencia se agudizaron las necesidades económicas, el desempleo, entre otros, que terminaron afectando la supervivencia de las familias. Aun así, apareció el rostro de la valentía que conlleva en su ser esta sociedad, para afrontar de manera directa a la adversidad, a la cual terminó por imponerse.

Tampoco faltó el rostro de la esperanza, que permitió realizar proyectos ansiados pero que habían sido postergados por las responsabilidades que la subsistencia exige. Con todo, fueron capaces de llenar el espíritu y elevar la condición del ser humano gracias al talento creativo de muchos de ellos. La vivencia de 2020, no solo en este país sino en todo el planeta, trajo consigo secuelas que apenas son superadas por el ciudadano. Nos referimos al rostro emocional, el más preocupante en este momento.

Pareciera que en este periodo la población dejó de vivir, pero igual supo enfrentar las consecuencias de la pandemia. A ello hay que añadir su toma de conciencia sobre el valor de la vida. Una realidad contradictoria que nos recuerda cuando Sócrates, antes de tomar el veneno, afirmó que “él había nacido para la música”. Lo que no pensó este personaje en esos dramáticos instantes fue que, precisamente él, al dar vida a la filosofía, la convirtió en parte no solo de la música, sino de los mitos. Cualidades que parecieran requerir solo escuchar la voz del alma.

Patricia Vargas es arquitecta.

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Rostros inimaginables en 2020

/ 11 de diciembre de 2020 / 03:25

Este año que termina nos mostró distintos rostros que lograron no solo quebrar los planes, esperanzas y sueños de la mayoría de los ciudadanos del planeta, sino que tocaron su lado más sensible: la salud, sin la cual es imposible que desarrollen todas sus cualidades.

Fue una sorpresa para la humanidad la llegada de un virus que cambió definitivamente su vida, hasta un punto en que asomaría el rostro del dolor. Una realidad que le llevó a tomar conciencia sobre cuán delgada y sutil es la línea entre la vida y la muerte, y cómo la existencia no es un dialecto de hierro. Así, en el tercer mes del año, Bolivia fue atacada por el COVID-19, que desde enero se había extendido silenciosamente por el mundo, desorientando no solo al ciudadano común, sino a médicos experimentados que no pudieron detener el contagio. Se desconocía su tratamiento y el país no estaba preparado para enfrentar semejante emergencia sanitaria. De ahí que la fuerza de ese virus logró expandirse a todo el territorio y no tuvo reparo en llevarse a cientos de personas al mas allá.

Una crisis que no solo impactó, dolió y creó temor, sino que desesperó a la población en general y llevó a los gobernantes a tomar conciencia sobre la prioridad de la vida. Para hacer frente a este tipo de situación, todo país requiere contar con una red de hospitales.

Sin embargo, en esos momentos no faltaron los nosocomios, sino el equipamiento especializado para atender a los afectados; lo que resultó desesperante y frustrante, pero dejó sentado que uno de los aspectos más importantes de una nación es su “sistema de salud”.

De esa manera, ese terrible rostro hizo cundir el temor, la inseguridad y acabó con la vida de un buen número de personas, incluidos valientes médicos que no dudaron en enfrentar al coronavirus. Una realidad que dejó en evidencia la frágil frontera en la que se encuentra la vida del ser humano y que puede ser rebasada en cualquier momento. Lo importante es que se enfrentó, estudió y luchó con todos los medios para salvar a la gente del COVID- 19, y en esa carrera fueron útiles hasta los métodos naturistas, que representaron un aporte en esa tarea.

Además, fueron tiempos que estuvieron acompañados de encierro y como consecuencia se agudizaron las necesidades económicas, el desempleo, entre otros, que terminaron afectando la supervivencia de las familias.

Aun así, apareció el rostro de la valentía que conlleva en su ser esta sociedad, para afrontar de manera directa a la adversidad, a la cual terminó por imponerse.

Tampoco faltó el rostro de la esperanza, que permitió realizar proyectos ansiados pero que habían sido postergados por las responsabilidades que la subsistencia exige.

Con todo, fueron capaces de llenar el espíritu y elevar la condición del ser humano gracias al talento creativo de muchos de ellos. La vivencia de 2020, no solo en este país sino en todo el planeta, trajo consigo secuelas que apenas son superadas por el ciudadano. Nos referimos al rostro emocional, el más preocupante en este momento.

Pareciera que en este periodo la población dejó de vivir, pero igual supo enfrentar las consecuencias de la pandemia. A ello hay que añadir su toma de conciencia sobre el valor de la vida. Una realidad contradictoria que nos recuerda cuando Sócrates, antes de tomar el veneno, afirmó que “él había nacido para la música”. Lo que no pensó este personaje en esos dramáticos instantes fue que, precisamente él, al dar vida a la filosofía, la convirtió en parte no solo de la música, sino de los mitos. Cualidades que parecieran requerir solo escuchar la voz del alma.

Patricia Vargas es arquitecta

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¿Violencia en la ciudad?

/ 13 de noviembre de 2020 / 02:26

Luego de un año, el país volvió a vivir un nuevo giro político, lo cual no solo se reflejó en el espacio urbano que es capaz de relatar la infinidad de marcas que le dejó más de un siglo de vida política, sino en los bríos que traen consigo todos aquellos que dirigirán el futuro de los bolivianos. Un nuevo significado que tendrá La Paz para incluir en su vasta historia.

En ese marco, las protestas —recursos culturales políticos extremos que la sociedad nuevamente percibió— fueron vistas como hechos violentos de ciertos sectores de la ciudad, como El Alto, que exigían la asignación de un ministerio. Lo lamentable de aquello fue recordar que la violencia es una especie de presencia intrusa, una energía perversa que lo único que logra es desbaratar la armonía de la ciudad, cuando Bolivia y esencialmente La Paz van en pos de situaciones esperanzadoras.

Lo interesante es comprobar que esta ciudad atraviesa distintas situaciones que se reflejan en su vida urbana y que señalan que serán tiempos de mucha movilidad, por la llegada de nuevos actores y rostros que hoy ya pululan y merodean por las calles paceñas, como una especie de estructura líquida que se mueve en busca de penetrar e incorporarse en cualquier resquicio de la administración gubernamental. Todo con miras al futuro y una inmersión en la vida política del país en momentos por demás complejos y desafiantes.

Es innegable que La Paz sigue escribiendo la historia política boliviana desde hace más de un siglo con una infinidad de grupos que vienen acompañados de una diversidad de ideales, aunque en muchos casos su tránsito de corta duración en el poder lleva a recordar, por ejemplo, a la Escuela de Chicago que se especializó en “estructuras no estables, pero de sociedades singulares”. Así, es una ciudad que deviene en un escenario de privilegio.

Y aunque aún son momentos poco estables por la realidad del planeta, dentro de la visión netamente urbana hay un entorno dotado de ritmo, movimiento de la población, unos que llegan en busca del poder y otros que lo abandonan porque fueron excluidos de él. Pese a todo, la ciudad vibra, se infla, vive y sufre, porque quizá siente que en cualquier momento podría atravesar una experiencia lamentable.

Todo eso nos lleva a reafirmar que La Paz es una ciudad llena de gente valiente, rica en significantes, en relatos y, lo más interesante, con espacios que no están basados en historias fabricadas o imaginadas, sino reales gracias a la acumulación de momentos plenos de sentido que cambiaron la historia del país.

Si bien Durkheim aseveraba que la violencia es un recurso cultural extremo que puede ser convocado en cuanto la sociedad percibe el peligro de verse disuelta por las tendencias centrípetas y centrífugas que experimenta, no cabe duda de que esta ciudad siempre supo manejar hasta las situaciones más tenebrosas y salir adelante de aquellas protestas violentas con valor y resistencia, porque cuenta con una sociedad acostumbrada a afrontar circunstancias no siempre pacíficas por su condición de sede de gobierno.

Es evidente que son momentos en los que Bolivia se enfrenta a un escenario que no deja de ser preocupante, pues se observan acciones que parecieran impositivas, cuando lo ideal sería recordar que aquí vivimos bolivianos y que todos tenemos el derecho de tener distintas visiones, pero siempre bajo la premisa de construir el país, si nos lo permiten.

Únicamente de esa manera se conseguirá que el conjunto de habitantes logren atemperar las situaciones antagónicas.

Patricia Vargas es arquitecta.

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