Voces

jueves 21 ene 2021 | Actualizado a 01:46

Señales desde la comunicación de gobierno

/ 4 de diciembre de 2020 / 00:45

Un repaso sobre el estilo comunicacional del pasado gobierno del MAS, puede llevarnos a pensar que el expresidente Morales nos acostumbró a que casi toda medida implementada en su gobierno constituía un suceso gubernamental que merecía ser ampliamente publicitado e incluso espectacularizado. En tanto puesta en escena, estos sucesos gubernamentales tenían como principal sujeto de la información la figura del expresidente; como escenario, los espacios públicos abiertos; como participantes, una población que simboliza lo popular y como elemento principal, los discursos presidenciales emitidos casi cotidianamente.

En tanto acción mediática gubernamental lo que le seguía a esa puesta en escena solía ser una campaña multimedia de posicionamiento de los ejes que emergían de los discursos presidenciales y un agendamiento de los mismos a través del sistema de medios de difusión estatales. Todo esto en el marco de una estrategia comunicacional conocida como campaña permanente; es decir que estos procesos comunicacionales se repetían incesantemente como un loop en el tiempo.

Como hipótesis, la existencia de ese tipo de comunicación gubernamental sumado al poco y difícil acceso a la información pública estatal que se arrastra, desde hace varias décadas, fue un ingrediente de peso en el crecimiento de un periodismo que privilegia las declaraciones por encima de los hechos.

A poco de cumplirse el primer mes de este gobierno, además de las señales de “establecimiento” del mismo ya se han implementado las primeras medidas concretas de gestión, entre ellas: arribo de comisión CIDH, decretos orientados a promover los derechos de las mujeres, de pago del Bono contra el Hambre, de fomento al turismo interno, de diferimiento de créditos y de gestión sanitaria para la pandemia.

En un recuento del tratamiento comunicacional que desde el Gobierno se ha implementado para la difusión de estas primeras medidas, lo que se avizora con alguna claridad es el estilo presidencial que se busca construir, pues los elementos colindantes a una estrategia aún no parecen mostrarse con claridad. Respecto al estilo presidencial, un primer acercamiento muestra que los sujetos de información para la difusión de estos sucesos gubernamentales han sido variados desde el Poder Ejecutivo, dando cuenta de que la gestión ocurre perfectamente sin necesidad de una centralidad presidencial. Luego, un cúmulo de fotos del presidente Arce en la Casa Grande del Pueblo componen el mosaico de actividades que comparte diariamente en sus redes, quizá buscando construir una imagen de trabajo en gabinete, más técnica que populista. Para la salutación por el día contra la violencia contra la mujer ha optado por un video, posiblemente pretendiendo estar pero pasando periféricamente por dónde se encontraba el centro de la noticia, en las calles. Para su más reciente puesta en escena  ha optado por entregar el Bono contra el Hambre dentro de una instancia financiera estatal ubicada en la zona Sur de La Paz; lo cual podría significar que se busca limitar la espectacularidad y apostar por la sobriedad.

Son las señales, los discursos y los hechos los que cotidianamente van construyendo un cúmulo de datos que finalmente establecerán cómo será el paso del presidente Arce por la historia. En términos de comunicación gubernamental, específicamente estilo presidencial, hasta ahora pareciera haber intención de modificar una centralidad comunicativa de tipo personalista que fue clave por años en el devenir del escenario informativo y comunicacional del país.

Verónica Rocha Fuentes es comunicadora. Twitter: @verokamchatka

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Espacio ¿público? digital

En el siglo XXI, los usos de la tecnología en comunicación fueron primero de movilización social desde la ciudadanía, eran los albores de la idea de una utopía democratizante bajo la que se miraban sus efectos.

/ 15 de enero de 2021 / 00:59

Una pregunta que desde la comunicación política se viene haciendo hace algunos años debido a la acelerada inclusión de las tecnologías de comunicación e información en nuestras vidas, que rápidamente ha ido expandiéndose en su magnitud y profundizándose en su complejidad es la duda sobre la existencia de un espacio público digital.

Aunque la oposición griega entre oikos y polis, como comprensión de lo privado y lo público-político, data de los albores mismos de la democracia, el espacio público, como noción, ha venido siendo reflexionado principalmente a lo largo del siglo XX y ha sido útil para poder esquematizar y entender aquellos escenarios en los que los asuntos de tipo público se resuelven a través de mecanismos democráticos, alejándolos de otros de índole privada. Así, la comunicación política se había constituido como una rama especializada que se focaliza en la relación existente entre comunicación y política, centrando gran parte de su mirada en lo que refiere a opinión pública, comunicación mediatizada y sistema político, sin ser los únicos objetos de estudio.

Entonces, bajo el entendido de que todo cambio dentro de estos tres aspectos implicaría modificar las formas de comprender y estudiar todo lo que esta rama especializada engloba, es que incluso desde sus reflexiones primeras la comunicación política tuvo que afrontar los sucesivos debates en torno al desarrollo tecnológico de la comunicación masiva. 

En el siglo XXI, los usos de la tecnología en comunicación fueron primero de movilización social desde la ciudadanía, eran los albores de la idea de una utopía democratizante bajo la que se miraban sus efectos. Luego, eventualmente —y cada vez más rápidamente—, la política empezó a jugarse comunicacionalmente en las plataformas digitales, principalmente las redes sociodigitales, dando paso a irlas constituyendo más bien como el escenario predilecto para el desarrollo de la idea de la distopía desinformativa bajo las que hoy se evalúa a ciertas tecnologías, las cuales permiten generar agendas informativas más globales que nunca y que continuamente tienden a polarizar afectivamente los discursos políticos actuales.

Por eso es que cuando a Trump grandes corporaciones que han creado plataformas digitales como Twitter, Facebook, Instagram, Snapchat y YouTube le aplican una censura posterior a sus incitaciones que tuvieron efecto directo sobre la legitimidad de una de las democracias más importantes del mundo, se renuevan las preguntas en torno a si realmente las aguas en las que ha estado navegando gran parte de la política discursiva estos últimos años es, en realidad, un inconmensurable espacio público digitalizado o simplemente un cúmulo de plataformas privadas sobre las cuales se llevan adelante los debates globales más importantes sobre nuestro futuro y a través de las cuales estamos entregando una importante parte de los intercambios públicos globales a manos de unas cuantas personas, que superan los Estados Nación y sus normativas.

Lo cierto es que silenciar lo antidemocrático no necesariamente es algo, en consecuencia, democrático; mucho menos cuando no se establecen previamente y con claridad los criterios implementados para una supuesta y selectiva preservación democrática. A pesar de tantos y tan acelerados cambios, es menester recordar que son las instituciones las llamadas a gestionar lo público, no así las personas. El rizomático ruido desinformante global que atenta contra las democracias no se va resolver a punta de silenciamientos unilaterales, mucho menos si son de corte empresarial.

*Es comunicadora social

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Ayer, el día que no volverá más

/ 31 de diciembre de 2020 / 23:44

Hace 366 días, en nuestro país no conocíamos lo que era una pandemia y estábamos bajo el mando de un gobierno transitorio que, a nombre de subsanación del daño a la democracia que había significado el desconocimiento de los resultados del referéndum constitucional de 2016 y un supuesto fraude (hasta ahora no comprobado), no tuvo el menor reparo en iniciar persecuciones políticas y violaciones a los derechos humanos que transitaban desde lo absurdo hasta lo ilegal, varias de ellas que hemos podido conocer a detalle recién ahora cuando fueron realizadas inclusive en fechas como la Navidad y el Año Nuevo pasados y que —al final de las cuentas— solo terminaron erosionando más aún la democracia. A partir de ello el único tema que nos convocaba de manera común y en agenda urgente a la gran mayoría democrática del país era la pronta recuperación de la institucionalidad democrática, comenzando por unas elecciones generales que pudieran devolverle al país la certidumbre institucional y política de la que están ungidos los gobiernos que emergen de las urnas: así iniciábamos 2020.

En atención a esa demanda urgente, un renovado OEP convocaba a elecciones generales el primer día hábil del año, un 3 de enero. Cuatro días después, desde China se confirmaba que los extraños casos de neumonía que tuvieron lugar las últimas semanas de 2019, respondían a un nuevo coronavirus que hoy conocemos como COVID-19.

Nuestra urgencia política por atravesar sin pausa el calendario electoral que había establecido mayo como el momento para la realización de unos comicios tan urgentes, terminó siendo abruptamente sorprendida por la llegada de la pandemia a nuestro país, en marzo. Hacia adelante, la crítica situación política solo se iría haciendo más incierta con el pasar de los días en los que se iba agravando, además, una crisis sanitaria. 

Entre la crisis política y la sanitaria, fue un año en el que fuimos golpeados por tantas cosas que muchos solo conocían por referencia y que, a una gran mayoría, no habían pegado juntas: injusticia, persecución, riesgo, peligro, miedo, ansiedad, depresión, angustia. Pero así también volvimos a identificar con precisión la trascendencia de todo lo valioso: la democracia, el voto, los derechos humanos, la solidaridad, la salud, el trabajo, el  pan, el abrazo.

Hoy es primero de enero y, a diferencia del año pasado, ahora tenemos un gobierno electo pero aún tenemos una pandemia encima que parece tenernos preparados más desafíos como humanidad que aunque, en general, tiene mala fama de no aprender de las experiencias históricas aún puede ser capaz de guardar en un bolsillito de la vida la esencia de tanto espanto y también tanta maravilla que se ha vivido en la piel estos meses.

Lo que irrefutablemente sí queda es esa incuestionable característica del pasado de quedarse inamovible en el camino dándonos la oportunidad de quedarnos inmóviles junto a él o seguir avanzando. Acudo al buen Ángel González para que juntos demos esa vuelta de página y elijamos avanzar sin olvidar: “Por eso mismo/porque es como os digo/dejadme que os hable de ayer/una vez más de ayer: el día incomparable que ya nadie nunca volverá a ver jamás sobre la tierra”.

Verónica Rocha Fuentes es comunicadora. Twitter: @verokamchatka

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Gestión pública y horizonte

/ 20 de noviembre de 2020 / 00:33

El rito de prefigurar aquello que se puede esperar de un nuevo gobierno conlleva un proceso de generación de opinión pública en el que éste va emitiendo señales para que sean leídas e interpretadas desde la ciudadanía. Dicho proceso, en su nivel ejecutivo, inicia con la posesión presidencial junto a sus respectivas puestas en escena y discursos, continúa con la posesión del gabinete y de altos mandos policiales y militares, para luego afianzar los hasta entonces supuestos con el establecimiento de mandos medios en estas instancias y, de ahí en adelante, la puesta en marcha de la agenda urgente definida estratégicamente.

Variados han sido los criterios que, en torno a estos hechos, rápidamente hemos vertido desde espacios de opinión digitales y medios de difusión “tradicionales”. Y aunque es difícil generalizar, se puede decir que alguna corriente coincidió en que el nuevo gabinete se encuentra conformado por un renovado cúmulo de actores políticos provenientes de diversas vertientes propias del masismo o confluyentes con él. Y que la agenda urgente se enfocará en aspectos económicos bajo la palabra austeridad, como consigna. Como es de esperarse no faltan las críticas ni los aplausos.

Luego de lo ocurrido en noviembre de 2019, resulta bastante comprensible que sean los sectores del Pacto de Unidad, la Conalcam y el propio MAS quienes, desconfianza de por medio, se sepan protagonistas de una resistencia ante la injusticia y reclamen su espacio propio en el poder. Ojalá éste se gestione a través de un recambio proveniente de la organización social que se ha profesionalizado precisamente en estos últimos 14 años, cuyo mejor expositor es Andrónico Rodríguez y no así a través de la simple prebenda que, se sabe, no mejora ni la calidad del Gobierno ni la implementación de un proyecto estatal.

A pesar de que quien tiene la responsabilidad de efectuar estos nombramientos está en la obligación de considerar una multiplicidad de aspectos en quienes detenten altos y medios cargos de poder, lo cierto es que las lecturas de apreciación sobre estas decisiones serán, en su mayoría, parciales y, por tanto, sesgadas. Sean sesgadas a partir de la militancia partidaria, la grupal-corporativa o la de las causas propias. Algunas priorizarán (y aplaudirán) la ideología, otras la pertenencia y otras la idoneidad técnica. Como se ve, la identificación de personas que encabecen el servicio público en el país no es una tarea sencilla. Se hace más difícil cuando añadimos el hecho de que el MAS es una organización política altamente compleja en su estructura y que el Estado Plurinacional como horizonte es una complicada empresa.

Casualmente, se ha dejado para después no solo la creación sino además la designación de la cabeza de una de las carteras más simbólicas y que posiblemente mejor conjuga estas miradas parciales: el Ministerio de Culturas, Descolonización y Despatriarcalización. Tres nociones que en todos estos años el gobierno del MAS no ha podido anotar entre sus logros, mientras la otrora denominada Revolución Cultural y Democrática pareciera estar desaparecida como consigna en estos momentos. En tiempos de austeridad y crisis múltiple bregar por los máximos ideales principistas de un proyecto estatal puede parecer una desubicación fuera de agenda urgente. Con todo, será fundamental avizorar cuáles serán las señales de este nuevo gobierno en torno a estos aspectos que fueron parte de los horizontes esenciales en la alguna vez soñada construcción de un Estado Plurinacional basado en los principios establecidos en la CPE.

Verónica Rocha Fuentes es comunicadora. Twitter: @verokamchatka

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El negacionismo de la voluntad popular

/ 6 de noviembre de 2020 / 03:45

Bolivia transitó en tres semanas a una nueva realidad política con los cambios de posición política a la orden del día. De repente, pareciera de lo más normal aceptar que el líder de una alianza política convoca a sus bases a las “rotondas” de las calles cruceñas para acompañar la solicitud de una auditoría a un proceso electoral del que, como resultado, sus asambleístas tomaron juramento en el cargo días antes.

Asimismo, parece ya un tránsito natural, aceptar taxativamente la integridad de un proceso electoral reconociendo a sus ganadores a las horas de su finalización para, a las semanas, establecer que aunque no se está de acuerdo con la solicitud de una auditoría a un proceso electoral, las expresiones que piden indirectamente el no reconocimiento de la voluntad popular se encuentran en el marco de la libertad de expresión mientras se afirma que, por una decisión heredada de la Asamblea Legislativa Plurinacional anterior, no se asistirá al acto simbólico de entrega de mando al nuevo Gobierno.

Bastan apenas unos días para que algunas y algunos líderes del resto del espectro político del país se manifiesten —en efecto dominó— para apoyar la solicitud de una auditoría al proceso electoral del cual previa y estratégicamente no habían dicho absolutamente nada. Estoy refiriéndome, por ejemplo, a Rubén Costas, Angélica Sosa y Luis Revilla.

Luego, son necesarias apenas un par de semanas a partir de la firma de los resultados de las elecciones generales por la Sala Plena del Órgano Electoral Plurinacional, para que una vocal de este órgano de Estado detone dudas sobre un proceso que ella con sus propias acciones llevó adelante junto al resto de vocales durante 10 meses y, con su firma, avaló semanas antes.

Para el remate, es suficiente que de manera simultánea —como quien deja un regalo en la puerta de la casa a la que ingresó por la ventana— el gobierno nacional de la señora Áñez eleve su voz a través de su Ministro de la Presidencia para, luego de haber avalado reiteradamente el proceso electoral durante varias declaraciones en los últimos días, solicitar se le realice una auditoría apenas a dos días de la entrega de mando al binomio ganador.

Lo que sigue es —como se dice— de manual. A los pocos minutos de que, en su última participación oficial, en el Consejo Permanente de la OEA, la Canciller agradeciera a esa instancia “por el informe sobre las elecciones generales 2020 que fue hecho con la mayor integridad profesional y calidad técnica” y reconociera que, como resultado de ellas, “el señor Luis Arce ha sido elegido Presidente del Estado Plurinacional”, remitía luego, con una destacable celeridad, los pronunciamientos del Gobierno interino y de una vocal del TSE  (sin el aval de la Sala Plena), a la instancia a la que hace poco había agradecido. Después, en un parpadeo, el todavía Embajador de Bolivia en la OEA, designado por el Gobierno transitorio, confirmaba a los medios de comunicación que estas cartas ya se encontraban en Washington.

Una consigna futbolera trasladada al escenario de la democracia debiera establecer como máxima que “la voluntad popular no se mancha”. Pero está claro, a estas alturas del partido, que han sido todos los flancos políticos parapetados en el antimasismo los que, desde el día uno en el que no les gustaron los resultados de la votación, se han dedicado sistemáticamente a ensuciar la voluntad popular. Y esas son las narrativas y prácticas que ya les vamos conociendo a las y los negacionistas de la realidad política que han llegado a nuestro país para quedarse.

Verónica Rocha Fuentes es comunicadora. Twitter: @verokamchatka

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Nuevamente, nada es lo mismo

/ 23 de octubre de 2020 / 03:23

Bolivia es, hoy, un país en el que se ha vuelto muy fácil decir la palabra fraude. Y, tras lo ocurrido esta última semana, es posible pensar que esa palabra ya no hace referencia solamente a un cúmulo de acciones planificadas para revertir los resultados de la voluntad popular en un determinado proceso electoral, sino más bien se puede decir que su fácil evocación es un síntoma claro de un desborde del léxico democrático.

Para consolidar la ruptura de la institucionalidad democrática era necesario ponerle en frente una idea en torno a la voluntad popular que la pudiera hacer tambalear. La repostulación del expresidente Morales, en irrespeto a la votación del referéndum de 2016, puso en bandeja la excusa perfecta para que gran parte de la ciudadanía, indignada, se volcara a las calles optando por pasarse por encima las instituciones que habían posibilitado ese hecho. Pero entre 2016 y 2019 habían pasado tres años y en la sociedad global hiperdigitalizada, donde cada segundo ocurre un hecho que es un mundo semántico en sí mismo y que, si nos involucra, puede acabar con todo nuestro espectro emocional en segundos, era difícil que una simple reavivación de un discurso como el del 21F pudiera remover tan a fondo las emocionalidades para exacerbarlas al punto de movilizarlas en 2019. Por eso era necesario un nuevo dispositivo discursivo, uno que permitiera rememorar el malestar por una ilegítima repostulación pero que, a la vez,  pudiera dar una estocada final a la paciencia democrática: dejar el centro, abandonar la institucionalidad. Ese nuevo dispositivo discursivo fue la palabra fraude y conllevó toda una narrativa posterior que se fue construyendo incesantemente, por varios poderes políticos y mediáticos, a través de los siguientes meses.

Los dispositivos discursivos pueden llegar a tener el efecto inmunitario al que Roberto Esposito hace mención cuando se refiere a la lógica de la biopolítica. Esto es que, a reserva de la fe con la que se inserta un dispositivo discursivo en un determinado conflicto, su inserción en un grado insoportable puede llevar a causar el efecto contrario. Una causa, al ser excedida en su objetivo, puede llegar a volverse contra ella misma.

La estrategia de hacer de la palabra fraude el núcleo para una extensa e insistente narrativa, junto al uso de otras palabras para la estigmatización continua y desenfrenada de un grupo político, terminó desbordando los propios bordes semánticos de estas palabras que, ante los hechos políticos registrados el pasado domingo, se están volviendo desechos semióticos que existen pero ya no dicen ni significan nada.

Los unos la resignifican para engalanar su victoria, señalando que en este país el triunfo es de aquellos que fueron llamados machaconamente “bestias humanas” y “salvajes”. Y los otros la usan a conveniencia para justificar su derrota, arguyendo que todo lo que no pueden entender tiene por nombre: fraude.

Ah, las palabras, esas que quedan por llenar de significado y estas que se están vaciando. Tantas de ellas que deberemos desechar, inventar y resignificar. Ya lo ponía como desafío el más grande de los ángeles poetas: “La lágrima fue dicha (…) Después de haber hablado, de haber vertido lágrimas, silencio y sonreíd: nada es lo mismo. Habrá palabras nuevas para la nueva historia y es preciso encontrarlas antes de que sea tarde”.

Verónica Rocha Fuentes es comunicadora. Twitter: @verokamchatka

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