Voces

lunes 8 mar 2021 | Actualizado a 15:21

Bolivia Estado Plurinacional, comprender la historia

En lo cotidiano y las políticas públicas queda mucho por hacer, pero la siembra está vigente.

/ 22 de enero de 2021 / 01:39

Con mucha razón, Adolfo Pérez Esquivel, Nobel de la Paz, nos dice: “No hay pueblo sin memoria. Un pueblo sin memoria está condenado a ser dominado”. En Bolivia, esa memoria, hecha historia, explica en gran parte el significado del 22 de enero, día de la Fundación del Estado Plurinacional de Bolivia (DS 405 de 20/01/2010) Dos hitos históricos dan fundamento a la concepción y sentido del Estado Plurinacional.

Uno de esos hitos es la fundación de la República de Bolivia. La historia registra que, el 9 de febrero de 1825, el libertador Antonio José de Sucre emitió un decreto que dispone que las provincias del Alto Perú, hoy Bolivia, deliberen su futuro en una Asamblea de Diputados. En esta norma se establece que la asamblea sea conformada por diputados elegidos por “ciudadanos, que en ese momento, constituían los hombres que sabían leer y escribir, eran propietarios de un bien o un ingreso anual de 300 pesos o más; lo que supone que la inmensa mayoría de indígenas y campesinos, obreros y artesanos no eran reconocidos como ciudadanos; por lo tanto, esos sectores sociales quedaron excluidos del proceso; dicho desde otra perspectiva, de los casi aproximadamente un millón de habitantes de las provincias del Alto Perú, participaron como votantes para la elección de los electores un número reducido de habitantes, principalmente los criollos y algunos mestizos que tenían el ejercicio de la ciudadanía, que en ningún caso fue superior al 10% del total de la población” (Rivera S., José). Bolivia se fundó con el concurso de 48 hombres de clases sociales acomodadas, no participaron mujeres, indígenas, originarios, campesinos ni trabajadores. Ese proceso constituyente no fue democrático ni reconoció la diversidad de los grupos poblacionales. Desde ese momento estuvo configurado bajo una concepción de Estado–Nación, con el dominio de una clase social que a título de independencia, en realidad, intentaba gozar de los privilegios que supuestamente dejaban los españoles, institucionalizando la república colonial y monocultural. Como dice Félix Cárdenas, el Estado quedó sin naciones y las naciones quedaron sin Estado.

El segundo hito está antecedido por la larga lucha contra la dominación ejercida en la colonia y república. En la historia reciente tiene sus orígenes en la sucesión de varios hechos como las Marchas por la Dignidad y el Territorio que realizaron los pueblos indígenas de las tierras bajas en los años 90, la “democracia pactada” y los cruentos episodios plenos de movilización popular como la Guerra del Agua de 2000 y “octubre negro” de 2003 que, entre otros temas, puso en agenda la exigencia de convocar a una Asamblea Constituyente. El 6 de agosto de 2006 se instala la Asamblea Constituyente para redactar una nueva Constitución, reestructurar el Estado y establecer un nuevo pacto social. A diferencia de 1825, la Asamblea Constituyente estuvo constituida por 255 asambleístas, hombres y mujeres, elegidos por voto democrático; por indígenas, originarios, campesinos, habitantes de ciudades; por profesionales, trabajadores, productores y representantes de organizaciones sociales de nuestra patria. Esta Asamblea Constituyente expresó la diversidad de Bolivia en sus maneras de concebir y entender la sociedad, el Estado, la economía, la política… Es la resolución de uno de los principales asuntos pendientes de 1825, los pueblos, naciones y comunidades tienen un Estado y el Estado representa la diversidad de su población.

La Constitución Política del Estado Plurinacional de Bolivia fue aprobada en un referéndum realizado el 25 de enero de 2009, con el 61,43% de los votos. Posteriormente, en ese mismo año, el 7 de febrero, fue promulgada por el entonces presidente Evo Morales.

Por esas razones, desde una lectura crítica, más allá de conceptos y estructuras formales, la fundación del Estado Plurinacional de Bolivia es la reivindicación, valoración, armonía y convivencia de los pueblos y naciones indígena originario campesinos, pueblo afroboliviano y comunidades interculturales frente a concepciones que intentan hacer prevalecer el dominio de una clase social, una nación, una cultura con rasgos coloniales, de colonialidad y patriarcado. Es cierto que en lo cotidiano y las políticas públicas queda mucho por hacer, pero la siembra está vigente. Bolivia será grande si valora sus orígenes y comprende su historia, así como actúa en consecuencia.

Noel Aguirre Ledezma es educador popular y pedagogo. Fue ministro de Planificación del Desarrollo y viceministro de Educación Alternativa y Especial.

       

    

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Alfabetización, postalfabetización, ¿son valoradas?

/ 5 de marzo de 2021 / 02:17

En Bolivia, en general, la alfabetización tuvo tres fases claramente diferenciadas. La primera en la Colonia y parte de la República, en el intento de privilegiar el poder de élites, marcada por la negación del derecho a la educación de una gran mayoría de la población, principalmente pueblos indígena originario campesinos, mujeres y de bajos ingresos. En la segunda, se pusieron en práctica una serie de programas destinados a resolver el analfabetismo, la mayoría carentes de sostenibilidad y carácter asistencial, buenas intenciones sin resultados de consideración. Esos antecedentes explican que, en pleno siglo XX, gestión 2001, existían más de 1.300.000 personas mayores de 15 años analfabetas, con una tasa de analfabetismo del 13,28% (CPV, 2001), la gran mayoría mujeres y poblaciones de alta vulnerabilidad.

La tercera fase se inició en marzo de 2006, hace 15 años, con la ejecución del Plan Nacional de Alfabetización “Yo, sí puedo”, política pública que hace historia en la educación para bienestar de la población en el marco del Vivir Bien. En el periodo 2006-2019 se alfabetizó a más de 1.043.000 personas mayores de 15 años, más del 70% mujeres, reduciendo la tasa de analfabetismo a 2,26%. Bolivia es un Estado libre de analfabetismo, alcanzó la tasa más baja de su historia, está entre los tres países con mayores logros y cumplió con creces acuerdos internacionales. Paralelamente, desde 2009, se inició el Programa Nacional de Post-alfabetización “Yo, sí puedo seguir” y promovió la lectura en el conjunto del sistema educativo. En la actualidad, existen muchas personas que concluyeron la educación primaria y secundaria de personas jóvenes y adultas para luego formarse en el nivel de educación superior hasta egresar como profesionales. Los logros de la alfabetización y postalfabetización, si bien tienen directa relación con la lectura y escritura, también contribuyeron a que la población antes ignorada restituya sus derechos en la sociedad y educación. Pero, como producto de la mirada que reduce el concepto de educación a escolarización, pese su impacto social, muchas veces estos logros son ignorados o menospreciados.

Siendo un acumulado histórico del conjunto de las áreas del sistema educativo, la alfabetización y postalfabetización contribuyen al incremento de los años de escolaridad (promedio de años de estudio de la población igual o mayor de 19 años). Una mayor escolaridad es determinante para fortalecer las capacidades de desarrollo del país y el ejercicio de derechos, además fortalece los logros del sector educativo. En Bolivia el promedio de años de escolaridad de 7,4 (año 2001) se incrementó a 9,8 (2018). En promedio, a 2018, las y los bolivianos mayores de 19 años permanecen en el sistema educativo prácticamente 10 años.

La alfabetización y postalfabetización también contribuyen a la dignidad de las personas y la equidad social. La dignidad de la persona que deja de ser analfabeta se valoriza en su relación con sus hijos que son parte de la escolarización y del resto de su entorno social. Téngase en cuenta que la mayoría de las personas analfabetas eran mujeres, así también es una contribución a la equidad. Esta situación también puede verificarse con variables de carácter nacional, por ejemplo, el Índice de Desarrollo Humano (IDH) elaborado y medido por Naciones Unidas. En Bolivia, entre 1990 y 2019, el valor del IDH se incrementó de 0,551 a 0,718, crecimiento del 30%. Si consideramos que el IDH, entre otras variables, se incrementó por el crecimiento de los años de escolaridad y que parte de estas variables comprenden a las tasas de alfabetización y postalfabetización, nuevamente se puede verificar que el aporte va más allá de la lectura y escritura, contribuye a mejorar la calidad de la población marginada en otros tiempos.

Tenemos que dejar actitudes que ignoran logros para reconocer avances. Por supuesto, además de dar continuidad a sus acciones, más en tiempos de pandemia, también debemos seguir en permanente mejora de sus concepciones y prácticas, como la alfabetización y posalfabetización en idioma materno, vinculadas a la producción, desarrollo tecnológico y a una sociedad que se forma integralmente, así como fortalecer su pertenencia al sistema educativo. Claro, bajo el supuesto que construimos una sociedad con dignidad, inclusión y equidad. Reto para la sociedad e instancias gubernamentales.

    Noel Aguirre Ledezma es educador popular y pedagogo. Fue ministro de Planificación del Desarrollo y viceministro de Educación Alternativa y Especial.

 

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De los ‘megas’ al colonialismo de datos

/ 19 de febrero de 2021 / 00:41

“Al fin tengo megas”, palabras tan comunes en tiempos de pandemia que traen consigo variados e insospechados significados e implicancias. En principio, la posesión de unos megas, por lo tanto la posibilidad de conexión por medio digital, se ha convertido en un indicador de desigualdad social; mientras unos ciudadanos pueden acceder y producir bienes culturales compartidos a escala global, otros son marginados, ampliando la “brecha participativa política” y limitando las condiciones de vida, expresiones de la pobreza del siglo XXI.

En la vida diaria, el acceso a la tecnología digital ha generado nuevos imaginarios que configuran el modo de vivir y pensar de muchas personas. Por ejemplo, en medio de todo esto se encuentran personas cuya razón de vida es convertirse en influencers, TikTokers o youtubers; directivos y profesionales del sector de educación que aseguran que la educación, al convertirse en virtual, se modernizará y será mejor automáticamente; personas que abiertamente prefieren que la comunicación virtual se realice mediante textos cortos y “mejor si tiene imágenes”, etc. Es más, si están conectados a Google, Facebook u otras aplicaciones se encuentran con sorpresas; por ejemplo, sin haberlo solicitado les llega una recopilación de las noticias o un conjunto de publicidad relacionadas a sus anteriores búsquedas; un resumen de las principales imágenes que colgaron en las secciones “Noticias” y “Tu historia”, así como un resumen de referencias de todos los lugares que visitaron en el mes precedente. ¿Alguien sabe qué noticias son de su preferencia, conoce qué buscan en lo comercial y se encarga de resumir lo que cuelgan en las redes sociales?, ¿usted solicitó o, al menos, autorizó “que le hagan este trabajo”? En palabras de común uso se diría, al parecer “alguien nos tiene chequeados y entra a nuestra vida sin permiso”.

Estos ejemplos son expresiones de la transición entre la tercera y cuarta revolución industrial que vivimos en el planeta. “… la tercera revolución se masificó cuando se desarrolló la informática en las industrias, la programación en el modo de producción y se incorporó la robótica al ensamblaje de mercancía. La cuarta revolución industrial implica la integración de la inteligencia artificial, informática, análisis de metadatos, reconocimiento biométrico, biología digital, conexión 5G y 6G, internet de las cosas y robótica de cuarta generación en los procesos industriales y la cotidianidad…” (Bonilla Luis, 2020) Entonces, nos referimos a un fenómeno que paulatinamente está ingresando a nuestra cotidianidad y que modifica radicalmente el reordenamiento de la sociabilidad, producción, consumo, democracia, trabajo, política, cultura y educación.

Aún más, en el último tiempo como producto de la pandemia del COVID-19, la irrupción de la cuarta revolución industrial se ha acelerado. Entre otros aspectos, se ha dado mayor apertura al teletrabajo, la telemedicina, el comercio electrónico (recuerden los ahora famosos delivery), las transacciones financieras digitales, educación virtual, etc. Pero no solo eso, sino que “Estamos entrando a una era colonial nueva, la era del colonialismo de datos” (Harari Yuval, 2021) que supone: “La captura y el procesamiento de datos sociales se efectúan a través de un proceso que llamamos relaciones de datos, lo que garantiza la conversión ‘natural’ de la vida diaria en un flujo de datos digitales. El resultado es nada menos que un nuevo orden social, basado en una vigilancia continua que ofrece oportunidades sin precedentes para la discriminación social y la influencia del comportamiento.” (Mejías Ulises y Couldry Nick, 2019)

Dejemos claro, alertar sobre estos temas no supone negar los avances y aportes de la tecnología, es hacernos conscientes de la situación, actuar éticamente y ser coherentes con la naturaleza propia de las y los seres humanos. La tecnología de la cuarta revolución industrial será bienvenida mientras se constituya en un bien público y sea parte de la soberanía de los Estados. En el campo específico de la educación será válido si contribuye a la asunción crítica y reflexiva de los nuevos tiempos históricos. Como dice Paulo Freire, “es la conciencia del mundo la que crea mi conciencia”, para complementar desde la opción ética: “el mundo se salva si todos, en términos políticos, peleamos para salvarlo.”

No había sido tan inocente ni simple la expresión “tengo megas”… algo tenemos que hacer.

  Noel Aguirre Ledezma es educador popular y pedagogo. Fue ministro de Planificación del Desarrollo y viceministro de Educación Alternativa y Especial.

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Pandemia, cuarta revolución industrial y educación

/ 5 de febrero de 2021 / 00:55

Con el fin de evitar la propagación y mitigar el impacto del COVID-19, en el mundo se ha dado lugar al cierre masivo de las clases presenciales en más de 190 países, afectando a más de 1.200 millones de estudiantes de todos los niveles de enseñanza (UNESCO, 2020). Es así como la educación a distancia, principalmente en línea (educación virtual), se ha convertido en la principal alternativa para garantizar la continuidad de las actividades educativas. En ese contexto, la educación virtual es el tema de moda del periodo actual; maestros, estudiantes y familias solicitan directrices sobre cómo se desarrollará y piden condiciones materiales como internet universal, dotación de plataformas y aplicaciones, así como de equipos. El debate parece ser solo un asunto de entrega y uso de equipos, medios e instrumentos y de claridad en métodos, sin caer en cuenta que en el planeta se intenta adecuar a intencionalidades no explícitas. Por un lado, prevalece el sentido común del cambio o al menos adecuación de la educación, y por otro, la disputa entre el capitalismo cognitivo (“proceso por el cual el conocimiento es privatizado y mercantilizado con el fin de generar ganancias para el capital”, Restakis John, 2014) que exige la adecuación funcional de la educación a los cambios tecnológicos del siglo XXI y el pensamiento crítico que da prioridad a la pertinencia y carácter transformador de la educación.

Es cierto que hay que procurar una buena aplicación de la educación virtual por la emergencia, pero también hay que tener en cuenta alertas como las enunciadas en la Declaración del Congreso Mundial en defensa de la educación pública y contra el neoliberalismo educativo realizado el 25, 26 y 27 de septiembre de 2020: “Con lo que respecta a educación, la pandemia del COVID-19 ha servido de pretexto para avanzar en la agenda neoliberal de sociedad educadora, la cual se concreta con novedosas formas de privatización educativa, asociadas al acceso a la conexión a internet y la posesión de equipos para participar en las clases remotas y virtuales. El experimento de la virtualidad en casa está siendo usado para colocar una disputa que no existía en febrero de 2020, entre educación presencial en la escuela versus educación virtual en casa. El capitalismo sabe que no puede suprimir de manera impune y rápida las escuelas, pero está creando el imaginario social sobre la obsolescencia de lo escolar. Con ello procura dar entrada a las corporaciones tecnológicas y de contenidos educativos digitales al ‘mercado educativo’, lo cual va acompañado de una desinversión sostenida en la actualización y formación docente para contextos digitales como el actual.” El coronavirus ha impactado en la educación con la acelerada incorporación de la innovación tecnológica, en el marco de la irrupción de la cuarta revolución industrial y un capitalismo remozado, “…estamos a la puerta de un nuevo modo de vivir y convivir, de trabajar y consumir, de aprender y estudiar, de amar y juntarnos, de reproducirnos e integrarnos, de participar y ser gobernados. El COVID-19 ha sido usado como la puerta de entrada masiva a nuestra cotidianidad de las dinámicas virtuales y digitales que caracterizan a la cuarta revolución industrial.” (Bonilla Luis, 2020).

Por esas razones, a tiempo de buscar una buena implementación de la educación virtual, se tiene que preservar: a) Que se garantice la pertinencia y calidad de la educación pública ante cualquier posibilidad de privatización y mercantilización; b) La validez, permanencia y aplicación, apenas se den las condiciones de bioseguridad, de la educación presencial, la educación virtual debe aplicarse a plenitud cuando existe emergencia sanitaria y de manera complementaria en tiempos de “normalidad”; c) Que las responsabilidades de las instancias estatales no se trasladen a las familias y maestros como una forma disimulada de “neo privatización educativa”, garantizando el derecho a la educación del conjunto de la población; d) La soberanía de la tecnología, bienvenidos los aportes de las corporaciones del sector de la tecnología pero no pueden convertirse en rectoras de la educación y menos anular la educación presencial y vivencial.

Para no caer en ingenuas apreciaciones que pueden dar lugar a pretensiones políticas que quieren convertir a la educación en un capital hay mucho por debatir, además de elaborar propuestas desde el pensamiento crítico.

        Noel Aguirre Ledezma es educador popular y pedagogo. Fue ministro de Planificación del Desarrollo y viceministro de Educación Alternativa y Especial.

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Pospandemia: el retorno a la supuesta ‘normalidad’

/ 8 de enero de 2021 / 00:19

En medio de una pandemia que deja muerte y profundiza los problemas estructurales, el mundo tiene su mirada puesta en el retorno a la supuesta “normalidad”. Sin embargo, así como se encuentra el planeta estamos en periodos que si no comprendemos y actuamos en consecuencia, nuestra forma de vida se convertirá en sobrevivencia y nada más. El ansiado retorno a la “normalidad” requiere que los aprendizajes que nos dejó el COVID-19 y los problemas estructurales se conviertan en una agenda de cambios radicales. Como dice Saskia Sassen, socióloga neerlandesa, corresponde “Recuperar lo que hemos destruido”.

Primero, es necesario vivir en armonía con el mundo natural. En la “primera ola” del coronavirus, mientras los seres humanos estuvimos en cuarentena, el aire se hizo más limpio, hubo menos ruido, en las calles de las ciudades aparecieron varios animales que parecían gozar de la ausencia de los humanos. Luego comenzamos a volver a la “normalidad” y la contaminación no solo se reactivó, sino se acrecentó; ahora con profusión de restos de barbijos, plásticos, medicinas, etc., la biodiversidad nuevamente está en desequilibrio y a título de progreso se sigue depredando la Madre Tierra. La supuesta “normalidad” nuevamente nos hace olvidar que somos parte de un gran ecosistema y que debemos vivir en armonía con ella.

Segundo, tenemos que construir una sociedad sin desigualdades. A pesar de que muchos afirman que “la pandemia afecta a todos”, los hechos demuestran que no es así. Los pobres tienen un riesgo mucho mayor de infectarse con el coronavirus porque viven en condiciones de hacinamiento, no tienen servicios básicos y, en muchos casos, son los que trabajan, con o sin cuarentena, en ocupaciones de alto riesgo de contagio. Cuando enferman tampoco pueden tener la atención médica oportuna y adecuada. Es más, la recesión económica hace que los pobres, en gran parte, pierdan su fuente de trabajo o que sus condiciones laborales sean más precarias. La pandemia no solo evidencia la pobreza y la desigualdad social, sino que acrecienta las brechas sociales y la debilidad de las políticas sociales (salud, educación, etc.). Así, la “normalidad” no tiene condiciones de sostenibilidad.

Tercero, los seres humanos tenemos que ser más humildes y asumir que no dominamos todo. En los últimos siglos, hemos creído que dominamos la naturaleza y la tecnología, que “somos amos del universo”; sin embargo, la aparición de un virus prácticamente “arrincona” a todo el mundo. Pese a nuestros adelantos en la ciencia y la tecnología, en los más de los casos, solo atinamos a encerrarnos en nuestros hogares (“Quédate en casa”), a ocultarnos tras un barbijo y a la búsqueda desesperada de la vacuna. La pandemia causa estragos en la economía de los países, el rol de la administración estatal y el mercado, la convivencia social y vida socio-emocional de las familias. Los seres humanos mostramos lo mejor y peor de nuestro ser, aparecen con mayor fuerza la xenofobia, el racismo, la discriminación, la violencia contra las mujeres y los niños, el miedo, la incertidumbre, etc. La “normalidad” tendrá sentido si aprendemos a prepararnos ante futuros desastres, construimos una sociedad resiliente, entendemos nuestros límites y nos formamos en todas las dimensiones de nuestro ser.

Cuarto, el tema más desafiante y crucial, tenemos que construir otros modelos de desarrollo, retomar concepciones de vida más armónicas en nuestra relación ser humano, comunidad, Madre Tierra y cosmos. Seguir insistiendo en modelos de desarrollo y progreso que benefician a unos pocos y desconocen el valor de la vida explotando a la naturaleza y la fuerza laboral, dando a la tecnología el carácter de rector sobre nuestras vidas y cotidianidad, convirtiendo a la reproducción del saber y conocimiento en un “capital humano” que vale más por su carácter lucrativo que humano, no tiene perspectivas. En estas condiciones, el retorno a la “normalidad” tampoco tiene buen futuro, ya no solo por cuestiones políticas e ideológicas, sino sobre todo por la supervivencia de los seres vivos. En Bolivia y muchas partes del mundo tenemos la concepción de vida del Vivir Bien que habría que constituirla, en los hechos, en política de Estado.

¿Seguiremos tratando de volver a la “normalidad” manteniendo el “estado de cosas” de siempre? Es tiempo de repensar en cambios estructurales, de otra manera no tenemos perspectivas halagüeñas.

Noel Aguirre Ledezma es educador popular y pedagogo. Fue ministro de Planificación del Desarrollo y viceministro de Educación Alternativa y Especial.

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¿Inclusión?, ¿inclusión educativa?

La inclusión parte de la concepción de ser humano. En principio, asume la diversidad de las personas.

/ 25 de diciembre de 2020 / 02:23

Para bien de la sociedad comienza a abrirse puertas para la inclusión en todos los ámbitos y de manera específica en el sector educativo. Sin embargo, cuando la inclusión no se comprende menos se asume en su real significado y trascendencia puede convertirse en exclusión o simplemente en integración.

La inclusión parte de la concepción de ser humano. En principio, la inclusión asume la diversidad de las personas. Basta mirar a nuestros semejantes para darnos cuenta que no hay un ser humano que es igual a otro, somos diversos. Diversidad que tiene que reconocer desigualdades en el ejercicio de derechos pero de ninguna manera puede ser motivo para establecer una supuesta “normalidad” al que todos tienen que aspirar “para igualarse”. Esa concepción nos lleva a un dilema, ¿actuamos considerando al ser humano por sus limitaciones o por sus capacidades y potencialidades? En general, con la mejor intención, muchos actúan a partir de las limitaciones. “Pobrecito, malito está, hay que ayudarle…” es una expresión muy común en estos casos. Pero, ¿cómo se podrían, por ejemplo, desarrollar procesos educativos si se concibe al ser humano a partir solo de sus limitaciones y no se visibilizan sus potencialidades? La inclusión, más la inclusión en educación, parte de la diversidad, capacidad y potencialidad de todos los seres humanos, así se convierte en un derecho y no solo en una actitud de buena voluntad.

Otro aspecto a considerar podría explicarse a partir de las respuestas a las siguientes preguntas: ¿quién incluye a quién?, ¿las personas que se consideran “normales” y que en buena actitud incorporan en sus actividades a la persona que supuestamente no es “normal”? Tomemos como referencia lo que ocurre en algunas instituciones educativas. Directivos y docentes, que quede claro con la mejor intención, “incluyen” a una persona con discapacidad a la unidad educativa y afirman “ya somos inclusivos”. Mirando con detalle, admitieron la inscripción, por ejemplo, de una persona ciega, y pasa clases conjuntamente todos los estudiantes de su curso. Si es así, ¿basta inscribir y dejar que pase las clases la persona ciega? A partir de ese importante avance hay que tomar muchas más acciones para desarrollar a plenitud la educación inclusiva, entre otros, equiparar condiciones materiales (infraestructura, mobiliario, materiales educativos, etc.), además de generar igualdad de oportunidades (ajustes en los proyectos educativos, programas de estudio, metodología, evaluación, formas de comunicación, capacitación a directivos, docentes y familias, etc.) Es decir, corresponde adecuar la institución educativa a la nueva situación de diversidad. Entonces, la educación inclusiva supone cambios participativos en la educación (gestión, currículo, formación, rol y desempeño de maestros/as, y contexto) a fin de asegurar la calidad y pertinencia de los aprendizajes, no solo de las y los estudiantes con discapacidad (o de otras personas en situación de vulnerabilidad), sino de todos los estudiantes. Así la institución educativa se convierte en un centro que desarrolla aprendizajes a partir de la diversidad y para beneficio de esa diversidad en igualdad de oportunidades y con equiparación de condiciones, Nadie, como persona, puede decir “yo incluyo al otro”, eso parece expresar “yo, que me considero normal y te acojo porque eres anormal”. Cuando nos referimos a inclusión, nosotros, absolutamente todas las personas, valoramos la diversidad, reconocemos los derechos de todos y adecuamos nuestros espacios de acción a la diversidad.

Un tercer aspecto a repensar. Imaginemos a una unidad educativa que trabaja en bien de la educación inclusiva pero las familias, el entorno social y el país consideran la sociedad desde una visión monocultural y homogénea, desde la imposición de unos sobre otros grupos sociales. Si es así, por supuesto las acciones en bien de la inclusión y la educación inclusiva serán un buen testimonio pero no podrán alcanzar el impacto esperado. La inclusión y con ella, la educación inclusiva, tienen un mayor efecto en una sociedad, economía, cultura y Estado que reconoce la diversidad y actúa en consecuencia para desarrollar la equidad e igualdad social.

Inclusión social y educativa exige reconocernos y asumir acciones desde una posición ética sobre nuestra naturaleza de seres vivos, la diversidad de la humanidad y la constitución de un país y un mundo pluricultural.

Noel Aguirre Ledezma es educador popular y pedagogo. Fue ministro de Planificación del Desarrollo y viceministro de Educación Alternativa y Especial.

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