Voces

sábado 21 may 2022 | Actualizado a 03:51

Irreverencia policial

/ 29 de enero de 2021 / 02:11

Se me acusó de ser demasiado duro con las Fuerzas Armadas en mi último artículo de opinión, recordándome que en la historia de nuestro país también se pueden encontrar militares patriotas y comprometidos con su pueblo y no con las élites oligárquicas que lo han sometido desde su fundación, y aunque puedo reconocer que ciertamente sí hubo vidas ejemplares entre sus filas, estoy convencido de que personas como Toro, Villarroel, Busch y Torres fueron más la excepción que la regla. De todos modos, lo que sostuve fundamentalmente hace un par de semanas no era si los militares son buenas o malas personas, sino que la institución como tal es demasiado costosa para los bolivianos en términos fiscales, y que el Servicio Militar Obligatorio sirve de poco para nuestra sociedad, razón por la cual deberíamos abolirlo.

Algo parecido pienso respecto a la Policía Nacional, que muy pocos bolivianos consideran una institución ejemplar. De acuerdo con el Latinobarómetro 2018, solamente 23% de los bolivianos encuestados en aquel informe afirmaron confiar en ella; mientras que uno de cada cinco bolivianos afirma haber sido víctima de un soborno por parte de algún oficial policial, según una investigación de David Pion y Miguel Carreras, que traducida al castellano titula Fuerzas Armadas, Policía y lucha contra el crimen en Latinoamérica, y que advierte que la inefectividad policial en el cumplimiento de su deber inclina a muchos habitantes de nuestro hemisferio a apoyar la intervención militar en asuntos de seguridad interna, a pesar del costo que ello implica para los derechos humanos.

Si sumamos a la ineficiencia y la corrupción el hecho de que también se trata de una corporación con un considerable poder de veto sobre la toma de decisiones gubernamentales, entonces se entenderá porqué su reforma es un asunto urgente. Esa es la conclusión a la que llega, también, el exministro de la Presidencia Juan Ramón Quintana, cuya investigación Policía y democracia en Bolivia: una política institucional pendiente, advierte que no es posible consolidar una sociedad democrática y respetuosa del Estado de Derecho si una de las instituciones encargadas de garantizar el cumplimiento de la ley funciona de forma diametralmente opuesta a como debería. Entre las falencias institucionales más preocupantes de la Policía, el autor advierte, se encuentra una, “autonomía policial, fenómeno que traduce la dramática pérdida progresiva de liderazgo, control y capacidad de fiscalización de las autoridades públicas civiles sobre una de las parcelas estatales más importantes que detenta el monopolio legítimo de la coerción”.

Lo que también hace difícil cualquier intento por reformarla, debido a que de una buena relación con ella depende en gran medida la estabilidad del gobierno de turno. Esto hace que el Estado en su conjunto sea tolerante con escandalosos casos de corrupción protagonizados por oficiales de alto rango mientras que sus miembros de base deben soportar salarios míseros y condiciones de vida miserables. Y eso es lo peor ¡Todos pierden! La sociedad que no puede encontrar garantías para el resguardo de su seguridad y los propios policías de base, que deben soportar la postergación que el privilegio de los altos mandos ocasiona. Altos mandos, por lo demás, irreverentes y peligrosos para la democracia, como noviembre de 2019 demuestra.

Es comprensible que todos los intentos por reformar la Policía Nacional hayan fallado hasta ahora, lo que no significa que debamos dejar de tratar.

     Carlos Moldiz es politólogo.    

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La globalización clandestina

/ 10 de mayo de 2022 / 01:22

Nuestra última reflexión llegó a la conclusión de que la guerra contra las drogas parte de un enfoque punitivo tan inefectivo como arbitrario, dada su forma de clasificar ciertas sustancias como legales o ilegales. Ahora pasemos a abordar cómo dicha cruzada mundial en contra del vicio revela algo más que hipocresía por parte de uno de sus principales impulsores, los Estados Unidos, hasta convertirse en un soporte estratégico de su política exterior, sin el cual seguramente tendrían menos argumentos para justificar su “liderazgo” sobre el resto del mundo.

Desde el Plan Colombia hasta el Plan Mérida, es interesante notar cómo los programas de asistencia militar de los EEUU en la región han fracasado en su objetivo de reducir la producción de narcóticos en el sur global, sirviendo, por otro lado, como verdaderos caldos de cultivo para la emergencia de organizaciones criminales y ejércitos paramilitares poco inclinados a la promoción de la democracia, pero sí muy exitosos en el sostenimiento de élites políticas poco representativas como sucedió con las Fuerzas de Autodefensas Unidas de Colombia, muy atadas al uribismo.

Si sumamos a dicha experiencia los ejemplos del general Noriega en Panamá, los Contras en Nicaragua y los gobiernos de Banzer y García Meza en Bolivia, no es difícil notar que existe una relación casi directa entre el narcotráfico y la extrema derecha en toda Latinoamérica. Con esto no queremos negar, por supuesto, que algunos grupos de insurgencia comunista no hayan recurrido a este tipo de actividades para financiar su lucha, pero es de notar que la guerrilla de las FARC, por ejemplo, precedió por mucho al boom de este negocio, llegando a él muchos años después de su fundación.

Hasta este punto, parecería que la cooperación estadounidense no solo fracasa al momento de combatir la producción de narcóticos en la región, sino que, de alguna manera, la fomenta. ¿Por qué sucede esto? Creo que una posible explicación para esta aparente paradoja reside en el hecho de que la industria de las drogas es hoy tan necesaria para la economía global como lo es la industria de los combustibles fósiles.

¿Qué sería del capitalismo sin el contrabando de armas, el narcotráfico y la trata y tráfico de personas? Mucho movimiento económico global sería imposible de explicar. Y de la misma forma en que muchos países desarrollados piensan en cocaína o marihuana cuando se habla de Latinoamérica, creo que el éxito de Suiza se debe a algo más que relojes y chocolates. Por cada actividad legal que produce empleos en el mundo, hay otras tres que se constituyen en fuentes alternativas de sustento para millones de personas. Me cuesta imaginar el éxito de los EEUU sin el tráfico de armas al resto del mundo.

Un enfoque de aproximación interesante para este fenómeno, aunque desde una perspectiva muy diferente, es el que el politólogo Peter Andreas ha llamado Economía Política Internacional Ilícita, que ayuda a explicar el lado clandestino de la globalización, y al que estaré dedicando mis subsecuentes análisis en este espacio.

Carlos Moldiz Castillo es politólogo.

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Drogas

/ 26 de abril de 2022 / 01:56

A veces me pregunto cómo sería la eucaristía si la sangre de Jesús fuera limonada. Seguramente habría tantos católicos en el mundo como mormones en Bolivia, y eso si en serio creemos que ninguno de ellos tuvo alguna vez una resaca.

Ahora imaginen la vida sin café, té, chocolate o cigarrillos. Sería posible, sí, pero no muy placentera. Hay algo muy humano acerca de estar ebrio, y eso es porque el consumo de drogas es casi consustancial a la condición de nuestra especie, sea recreativo, ritual o medicinal.

Y, sin embargo, no son pocos los que han tratado de suprimir aquello que hasta las cabras de monte hacen. A principios del siglo XX, círculos conservadores en los Estados Unidos lograron lo imposible y decretaron que las palomas no vuelen y los peces no naden con el Acta Volstead, que hizo ilegal el consumo de alcohol.

La prohibición no logró reducir el número de borrachos en las calles, pero sí multiplicó las ganancias de matones callejeros, que lograron levantar imperios sobre el comercio ilegal de ron y otras bebidas fuertes, que eran más lucrativas justamente por ser ilegales.

El contrabando etílico era, al mismo tiempo, un negocio híper competitivo, como lo es hoy el narcotráfico, donde solo triunfaban los más fuertes. Las calles se inundaron de sangre, con pocos ganadores como los gángsters Enoch Thomson o Al Capone…, HBO tiene una serie.

La lección acá es la siguiente: la clasificación de una sustancia psicoactiva como legal o ilegal no responde a parámetros científicos sino a criterios muy arbitrarios.

Tan arbitrarios que la cocaína era totalmente legal hasta bien entrada la Segunda Guerra Mundial, al punto que Alemania tenía cultivos de hoja de coca en el sudeste asiático. La derrota de los países del eje selló también el destino de sus drogas predilectas y no fue hasta finales de la década de los 50 que la cocaína volvió a emerger con fuerza en el mundo.

¿Y a quiénes benefició su comercialización? La Revolución Cubana provocó un éxodo de mafiosos hacia los EEUU, que incursionaron rápidamente en este negocio, cuyo epicentro estaba justamente en las calles de California. Luego fueron desplazados por cárteles colombianos y mexicanos, impulsados por el éxito de Pablo Escobar, el héroe de Luis Fernando Camacho.

Y a medida que el gobierno estadounidense intensificaba su política antinarcóticos, más cara se hacía la cocaína y más violento se tornaba su mercado. A inicios de los años 80, Reagan declara la Guerra contra las Drogas, al mismo tiempo que financia su lucha contra el comunismo internacional con las ganancias de la venta de crack y cocaína en los barrios negros y pobres del noreste. ¿Necesito subrayar la hipocresía?

Con esto no quiero insinuar que el consumo de drogas (cualquier droga) sea bueno o no sea un problema. Lo es, sin duda, como todo exceso, pero la cuestión está en el enfoque con el que se lo aborda.

El punitivo ha demostrado ser excelente para los negocios, pero terrible para la gente. No solo fracasó en reducir el número de drogadictos en el mundo, sino que hizo posible, en gran medida, la violencia extrema que hoy afecta a México y a Colombia, además de la represión criminal que tuvo que enfrentar el movimiento cocalero en Bolivia. El sanitario, por otro lado, ha logrado maravillas en países como Portugal, que han dejado de tratar a los narcodependientes como homicidas, sino como enfermos que necesitan ayuda y no tiros.

La adicción es una enfermedad, no un delito. La guerra contra las drogas es una mentira, una estrategia de negocios.

Carlos Moldiz es politólogo.

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La celebración de un fracaso histórico

/ 12 de abril de 2022 / 01:43

La Revolución Nacional de 1952 fue un fracaso. Creo que pocos estarán en desacuerdo con dicha afirmación. Por cada contradicción que resolvía creaba otra, a su vez más compleja, y al final, se puede decir que no cumplió ni con el más básico de sus objetivos, que era el de crear una nación como espacio unificador de una sociedad que corría el peligro de dispersarse en la nada tras su derrota en la Guerra del Chaco. A 70 años del acontecimiento que le dio vida, ninguna reflexión está por demás, mientras contribuya a superar la ambigüedad con la que usualmente se la aborda.

Creo que, como punto de partida, su principal mérito reside en haber desplazado del poder a una clase social que no hacía otra cosa que depredar al resto del país, por muy buenas veladas literarias que hubiera organizado en su momento. Cientos de masacres contra comunidades indígenas y trabajadores de las minas deberían ser suficiente justificativo para aplaudir este primer logro.

El problema es que, a pesar de haber desplazado a los barones del estaño del control del Estado y de haber erradicado a la élite hacendada que cometía atroces abusos contra la población indígena, la Revolución Nacional terminó creando una nueva oligarquía terrateniente en el oriente del país, al mismo tiempo que producía una burguesía estatal no menos racista y colonial que su predecesora. Algunos le llaman a esto la paradoja señorial. Primera falta.

En segundo lugar, a pesar de lo que puede sugerir el término nacionalismo revolucionario, sus principales dirigentes no opusieron mucha resistencia ni mostraron mucho patriotismo para oponerse a las evidentes intenciones del entonces naciente imperio estadounidense, que cosechaba los frutos de haber quedado como la única potencia en pie tras la Segunda Guerra Mundial, de consolidar su hegemonía sobre toda la región.

Las condiciones de su asistencia financiera estaban determinadas por el contexto de la Guerra Fría, que exigía disciplinar a un movimiento obrero sospechoso de inclinaciones comunistas a través del fortalecimiento de los órganos represivos del Estado, lo que al final derivó en la inauguración de un ciclo de dictaduras militares que no deberían resultar difíciles de repudiar.

Pero por encima de todo esto, lo que resulta más frustrante acerca de este episodio de nuestra historia es que no logró resolver la marginalidad de la población indígena, que siguió siendo discriminada a partir de criterios como el apellido, la lengua o el color de la piel. Es decir, por exactamente las mismas razones por las que se la humillaba en el pasado. El mestizaje fue una mentira, tal vez bienintencionada, pero mentira, a fin de cuentas.

Lo paradójico de esta revolución no tiene límites si se toma en cuenta que fueron los mismos dirigentes del MNR los que terminaron por desmontar, uno por uno, los fundamentos del Estado de 1952, privatizando y vendiendo a precio de gallina muerta lo que habían nacionalizado décadas atrás, convirtiéndose en un remedo más grotesco de la oligarquía que contribuyeron a descabezar.

Pero, como dije en otra ocasión, lo trágico y lo cómico siempre irán de la mano. Fue con el Decreto 21060 que el MNR crearía a sus propios enterradores, desplazando a miles de mineros hacia lo que luego sería la ciudad de El Alto y las sofocantes selvas del Chapare, lugares donde culminaría el ciclo de rebeliones que a principios de este siglo pusieron fin a una partidocracia encabezada justamente por el MNR.

Tal vez sí vale la pena celebrar este fracaso histórico.

Carlos Moldiz es politólogo.

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Orden y naturaleza

/ 29 de marzo de 2022 / 02:18

Si nos atenemos a la distinción que hacían algunos griegos entre las nociones de physis y nomos, o entre el orden que proviene de la naturaleza y el que es establecido desde la genialidad de nuestra especie, podemos caer en el error de contraponer ambos sentidos hasta hacerlos casi antagónicos, y derivar de ello que las instituciones y normas que regulan nuestra vida son creaciones artificiales y, hasta cierto punto, falsas.

Tal distinción opera en cierta forma de anarquismo libertario que considera la libertad individual como última razón de ser de la política, que se sobrepone a todos los demás aspectos de la vida social o de los intereses colectivos y que refuerza la idea de que es la suma de egoísmos lo que permite el buen funcionamiento de la sociedad. Posición que hoy es defendida por algunos mal llamados liberales en Bolivia, quienes intentan pasar por originales y provocadores con argumentos provenientes del siglo XIX, pero que pueden ser fácilmente desmentidos cuando se consideran los desastres provocados por el modelo neoliberal durante los años 90 del siglo pasado.

Si partimos, por otro lado, de una comprensión del ser humano como uno esencialmente político y social (dos facetas inseparables entre sí en el pensamiento griego), es decir, que no puede sobrevivir fuera de la comunidad de su misma especie y que encuentra la realización de su ser justamente en ese contexto, veremos entonces a las instituciones y el surgimiento del propio Estado como fenómenos casi naturales de la vida en sociedad. Tal es la concepción aristotélica del ser humano, desarrollada en las primeras páginas de su obra La Política.

En dicho texto se explica que la Polis, que hoy podríamos equiparar de alguna forma con el Estado moderno, es el resultado inevitable de la agregación de varios hogares o unidades familiares en una comunidad y de varias comunidades en algo más grande que, para funcionar, requiere necesariamente de ciertas reglas, es decir, de ciertas limitaciones a la acción humana, al igual que concepciones mínimas de lo que es bueno y lo que es malo, es decir, de moralidad, que el controvertido filósofo alemán Friedrich Nietzsche rechazaba por ser supuestamente un invento de los débiles para eludir el dominio de los fuertes.

La antinomia entre lo natural y lo artificial es, por lo tanto, falsa, puesto que no existe un solo ejemplo de sociedad de ningún tipo que no haya establecido normas de convivencia obligatorias para sus miembros, jerarquías entre grupos sociales y parámetros para la asignación de recursos y oportunidades, desde las más sencillas hasta las más complejas. La tendencia hacia el establecimiento de determinado tipo de instituciones es tan generalizada en la historia de nuestra especie que se podría decir que es casi una ley natural que el ser humano busque imponer orden al caos.

Sin embargo, no han sido pocas las veces en la historia que el caos se presentó a sí mismo como una forma de orden, limitando los derechos de muchos para permitir la arbitrariedad de pocos, como sucedió, por ejemplo, con el régimen de facto de Jeanine Áñez, que impuso un Estado de excepción para disponer la eliminación política y física del sujeto indígena originario campesino a través del Decreto 4078, que legalizaba el genocidio, y que pretendió prorrogar indefinidamente por medio de una cuarentena más militar que sanitaria so pretexto del COVID-19.

Para demostrar el carácter disruptivo, desinstitucionalizante y caótico de su presidencia, deberían bastar las dos masacres y los asesinatos selectivos denunciados por la comisión del GIEI, pero también nos sirven como ejemplos ilustrativos de su criminal desorden los numerosos casos de corrupción perpetrados en tiempo récord por aquellos que se llenaban la boca con conceptos como Estado de derecho, democracia e institucionalidad, mientras se hacían de la vista gorda frente a un grupo de personas que utilizaban los aviones del Estado como taxis personales, al estilo Carolina Ribera, quien debería ser juzgada junto a su madre.

¿Qué otra cosa podría derivarse de un golpe de Estado que no sea caos? Un golpe de Estado es, por definición, la ruptura del orden institucional, que no sucede por decreto, sino de jure. Por ello, aquellas posiciones que reclaman reconocer la presidencia de Áñez como legítima o constitucional pasan de largo que porque algo sea ilegal no quiere decir que no sea real.

Carlos Moldiz es politólogo.

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Brujas revolucionarias

/ 15 de marzo de 2022 / 03:21

No parece una coincidencia que Domitila Barrios haya fallecido un 12 de marzo, poco después del Día Internacional de la Mujer Trabajadora, como tampoco parece una coincidencia que la actual ola de detenciones de autoridades judiciales se haya dado luego de que María Galindo increpara al actual ministro de Gobierno sobre las alarmantes irregularidades del sistema penitenciario. Hay algo innegablemente disruptivo acerca del feminismo, que intimida a hombres de ambos extremos del espectro político, yo incluido.

Quizá porque la opresión de la mujer es una de las primeras formas de dominación que haya visto la humanidad, sin ser por ello en absoluto natural. De forma paralela a su sojuzgamiento se desarrollaron también otras opresiones, como la de blancos sobre todos los demás, en los albores del capitalismo como orden de alcance mundial.

¡Fue algo que Marx no vio! ¿O tal vez no quiso ver? No hubiera sido posible organizar el despojo de campesinos hasta convertirlos en proletarios sin primero despojar a la mujer de su propio cuerpo, a través de instituciones de disciplinamiento como la gran cacería de brujas que se dio entre los siglos XVI y XVII en Europa y, después, en América Latina, al mismo tiempo que esta última era saqueada para alimentar el proceso de acumulación originaria a expensas de su población. Luego vendría África y la esclavización de sus habitantes hasta hacer de ellos una verdadera industria.

Eso es lo que nos explica Silvia Federici en su libro Calibán y la bruja: mujeres, cuerpo y acumulación originaria, en cuyas primeras páginas se nos narra la primera gran derrota histórica sufrida por el género femenino a manos de los hombres, quienes, por medio de la persecución, tortura y asesinato masivos, disciplinaron a las mujeres para que asumieran un rol subordinado de acuerdo a las necesidades reproductivas de las cuales se serviría luego el capitalismo. En otras palabras, la imposición de ciertos roles sobre las mujeres mediante un despliegue altamente organizado de la violencia.

Es decir, la explotación de la clase obrera no hubiera sido posible sin primero organizar la opresión y explotación de la mujer. Algo que Domitila Barrios advirtió mucho antes de que se publicara el trabajo de Federici, quizá justamente por su condición de mujer de la clase trabajadora. A propósito de la explotación del minero en la Bolivia de sus tiempos, la legendaria dirigente nos explica:

“Un día se me ocurrió la idea de hacer un cuadro. Pusimos como ejemplo el precio del lavado de ropa por docena y averiguamos cuantas docenas lavamos por mes. Luego el sueldo de cocinera, de niñera, de sirvienta. Todo lo que hacemos cada día las esposas de los trabajadores averiguamos. Total… era mucho más elevado que lo que ganaba el compañero en la mina durante el mes. (…) Así que, a pesar de que el Estado no nos reconozca el trabajo que hacemos en el hogar, de él se beneficia el país y se benefician los gobiernos, porque de ese trabajo no recibimos ningún sueldo”

Perturbar esta primigenia forma de dominación, por lo tanto, puede provocar verdaderos terremotos sociales, así como las más brutales reacciones, sobre todo cuando la que se revela no solo es mujer, sino también pobre y no blanca, es decir, todo lo contrario del sujeto que el actual orden social privilegia, aquel hombre blanco, clasemediero y heterosexual. Domitila experimentó en carne propia las consecuencias de desafiar tal orden de cosas, y en más de una ocasión, cuando fue salvajemente torturada por las criminales dictaduras militares que ensuciaron el mapa latinoamericano por más de una década.

Angela Davis, revolucionaria estadounidense y contemporánea de Domitila, dijo en una ocasión: “Ser mujer ya es una desventaja en esta sociedad siempre machista. Imaginen ser mujer y ser negra. Ahora hagan un esfuerzo mayor, cierren los ojos y piensen, ser Mujer, ser negra y ser comunista. ¡Vaya aberración!” Domitila era, pues, no solo mujer, sino también india, minera y comunista.

Aunque ya han dejado claro que no nos necesitan de aliados, y tampoco pretendo serlo, creo que la revoltosidad del feminismo radical traerá gratas sorpresas en el futuro, de la mano de mujeres como Domitila, a quien solamente quería recordar. Sin brujas revolucionarias como ella, este mundo sería muy diferente.

Carlos Moldiz es politólogo.

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