Voces

viernes 30 jul 2021 | Actualizado a 07:24

‘Fraude sistemático’

/ 13 de junio de 2021 / 01:46

La tres veces derrotada candidata presidencial en Perú, Keiko Fujimori, acuñó una nueva expresión en la ya larga lista de denuncias (no probadas) en procesos electorales en la región: “fraude sistemático”. Y con esa bandera pretende anular 200.000 votos para revertir la estrecha victoria de Pedro Castillo (poco más de 60.000 votos, con el 100% de actas procesadas). De manera conveniente, Fujimori habló de “fraude” recién cuando Castillo la superó en el cómputo oficial.

A reserva de cómo la autoridad electoral resuelva las impugnaciones del supuesto “fraude en mesa”, así como de las actas observadas, con errores o incompletas, preocupa que los actores políticos agiten la narrativa del “fraude” en lugar de asumir el resultado de la votación, esto es, la voluntad ciudadana expresada en las urnas. En 2016, cuando Kuczynski le ganó en segunda vuelta con apenas 41.000 votos de diferencia, Keiko reconoció su derrota sin alegar fraude.

Para no ir más atrás ni quedarnos en la región, recordemos que otro candidato perdedor, Donald Trump, insistió hasta el final, sin ninguna evidencia por supuesto, en que le habían robado las elecciones. El republicano habló de “fraude a gran escala”, asegurando que era “estadísticamente imposible” que haya perdido. Y declaró que había “votos ilegales” en su contra. En su fallido intento por revertir el resultado, degradó incluso el sistema electoral estadounidense.

En Bolivia también conocemos estas historias. Menciono solo dos. Tras salir tercero en las elecciones de 2002, el candidato presidencial Manfred Reyes Villa denunció “fraude informático” (sic). Obviamente no pudo probarlo. Ocurrió también hace poco, en los comicios 2019, cuando un día después de la votación, sin resultados del cómputo oficial, se cantó “fraude monumental”. La misma fórmula la replicó el candidato de CC a la Alcaldía cruceña: “fraude descomunal”.

Fraude sistemático, en mesa, a gran escala, informático, monumental, escandaloso… Tanto, tanto fraude. ¿Y las pruebas, señorías? En general, la normativa electoral en la región establece mecanismos, procedimientos y plazos legales para interponer recursos ante posibles anomalías e irregularidades en todas las fases del proceso, en especial en la votación, escrutinio y cómputo. Claro que es más cómodo y rentable para los derrotados gritar “fraude” ante la platea y los reflectores mediáticos.

Cualquier indicio de fraude electoral debe denunciarse, investigarse, comprobarse y, en su caso, recibir máxima pena. Habría que pensar también en sanciones para quienes proclaman “fraude” sin evidencia, dañando la legitimidad del resultado y de la democracia.

FadoCracia curiosa

La reciente declaración de Jeanine Áñez ante la Fiscalía suscita valiosas interrogantes sobre los hechos de 2019. Veamos: 1. ¿Quién la llamó por teléfono el 10 de noviembre, en altavoz, desde la Universidad Católica, para ofrecerle la presidencia? ¿Ricardo Paz, según asegura la propia Áñez, o Tuto Quiroga, como jura el padre Fuentes? Alguien miente. 2. ¿Por qué el 11 de noviembre, cuando la senadora llega a La Paz, la esperaba en el aeropuerto ¡un helicóptero de la Fuerza Aérea!? ¿Quién lo mandó? 3. ¿Por qué el uniformado que la recibió “tenía instrucciones” de llevarla al Colegio Militar? Sí, al Colegio Militar. 4. ¿Por qué ahí le “mandaron a decir” que vaya al Hotel Casa Grande para verse con Luis Fernando Camacho (y otros nueve hombres) y hablar de “asumir el cargo”? 5. ¿Por qué esa tarde, después de reunirse con los suyos en la Asamblea, fue llevada ¡a la Academia de Policías!, donde la esperaban Camacho, Murillo, Ortiz? 6. ¿Quién organizó el operativo, en fin, el 12 de noviembre, para “instrumentalizar las normas” (incluido el inaudito comunicado del TCP) y forzar la autoproclamación presidencial ipso facto? 7. ¿Así operó el Plan B?

José Luis Exeni Rodríguez es politólogo.

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Mundanas (no) condiciones

/ 25 de julio de 2021 / 00:01

La jerarquía de la Iglesia Católica, siempre tan atenta a los asuntos del César, emitió un mensaje fundamental: “indudablemente, una reconciliación tiene que ser sin condiciones”. Viniendo de los obispos, que hace poco reunieron sus remembranzas selectas sobre los hechos de 2019, tales palabras son de agradecer. Es un buen mensaje, sin resentimientos. Pero podría extraviarse por exceso de candidez. Los designios del señor, de antiguo se sabe, son insondables.

El razonamiento de la Conferencia (e)Piscopal —Coco Manto dixit— es impecable. Para que haya reconciliación en el país (más bien hoy no se facilita/bendice ninguna “pacificación”), hay que dejar de lado los insultos, las heridas, los enfrentamientos, los miedos, en fin, las condiciones. Todo eso asedia o al menos limita el anhelado reencuentro entre hermanos (bueno ya, hermanas también). La reconciliación es un bien en sí mismo: necesario, apetecido, incontestable.

Claro que algunas cuestiones opacan la salida. El camino al cielo, lo hemos aprendido, está empedrado de malas intenciones. Y el oficio de preguntar es terriblemente pecaminoso, algunas veces invisible a los ojos de dios. La reconciliación sin condiciones, señores jerarcas, ¿implica olvido como no/condición para seguir adelante? ¿Hacemos nuestras memorias de los (des)hechos, nos inhibimos de mirar atrás y estamos listos? Cierto: las estatuas de sal vienen sobrando.

Para no estancarnos, ni podrirnos, en la irresoluble disputa “fraude versus golpe” (ahora reconvertida en golpe/no golpe), pregunto a los patriarcas: la reconciliación sin venganza ni condiciones que ustedes sanamente proponen sobre la coyuntura crítica de 2019, ¿supone amnistía para los responsables de las masacres de Sacaba y Senkata, de los muertos y heridos en Montero, Ovejuyo, El Pedregal, Betanzos, Vila Vila? ¿Sí? ¿No? ¿Silencio para no incriminarse?

La invocatoria eclesial es loable (“abuénense, estén juntos”), pero omite tres mundanas condiciones, imprescindibles. La primera es verdad, que nada tiene que ver con la antidemocrática imposición de un relato o, peor, una ideología. La segunda es reparación, que no se limita a decretar “Bs 50.000 por persona fallecida” (y agradezcan). La tercera es justicia, que no condice con persecución política, sino con debido proceso. Sin ello no hay reconciliación posible.

Hace mucho tiempo, el afilado Stanislew Jerzy Lec evidenció que “las heridas cicatrizan, pero las cicatrices crecen con nosotros”. Aplica a la necesaria reconciliación y sus (no)condiciones. Bienvenida pues la prédica de los respetables obispos. Abramos mentes, fortalezcamos espíritus. Pero sin impunidad. Ni simulacros.

FadoCracia letal

 1. El diario verde nos regaló un prometedor ejercicio de aritmética periodística: divida número de armas entre número de miembros de un cuerpo militar y tendrá titular de primera página: “Pertrechos de Argentina no alcanzan ni para un regimiento”. Qué tal. 2. En rigor, el cálculo no fue obra del diario mayor, sino de “los peritos”. El periodista lo dispuso, lo empaquetó como noticia y se difundió. 3. Viendo bien, las fuentes informativas tampoco son “expertos” (en plural): hay un especialista en armas y un general retirado, ambos declarados opositores. 4. Viendo mejor, tampoco hay un ejercicio divisorio pertrechos/militares, sino una frase de efecto. 5. Ahora bien, convengamos en que las armas internadas al país, unas legalmente, otras de contrabando, no alcanzan ni para un regimiento. Vaya papelón. 6. ¿Pero bastarán 70.000 cartuchos calibre 12/70 AT (sin hablar de los 27 ítems declarados que incluyen pistolas, escopetas, fusiles, 2.459 cartuchos 9 MM, 2.011 cartuchos 7,62 MM y hasta dos ametralladoras) para matar, especulemos, veintiuna personas? 7. La aritmética exculpatoria, verde-verdecita-verde, da para todo.  

José Luis Exeni Rodríguez es politólogo.

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LOP: cuenta regresiva

/ 11 de julio de 2021 / 01:00

Las organizaciones políticas del país, todas ellas, tienen poco menos de seis meses para hacer algo sustantivo que no hicieron durante toda su existencia legal (algunas desde los 80 del siglo pasado): asumir, con carácter obligatorio, procedimientos democráticos y paritarios en su estructura y para el ejercicio de su vida orgánica. Es el mandato, con plazo, establecido en la disposición transitoria tercera de la Ley de Organizaciones Políticas (LOP). Parece difícil de cumplir.

En rigor, el reto es más complejo: adecuarse a las disposiciones de la LOP. Para los partidos y las agrupaciones ciudadanas ello implica, como mínimo, modificar sus estatutos orgánicos, incluido el establecimiento de un régimen de despatriarcalización; ajustar sus declaraciones de principios, empezando por el reconocimiento de la plurinacionalidad del Estado y la interculturalidad de la democracia; y adoptar un conjunto de mecanismos para su democratización interna.

Actualmente existen en Bolivia 10 partidos de “alcance nacional” y más de una centena de agrupaciones ciudadanas departamentales y locales con personería jurídica vigente. Semejante número podría dar cuenta de un sistema de representación política robusto, plural y diverso, pero es solo un espejismo. La mayoría de tales organizaciones habitan como sigla en el papel y se activan, si acaso, para “competir” en elecciones. Otras son nominales o francamente residuales.

¿Cuántas de estas organizaciones políticas están en condiciones de acudir a sus instancias orgánicas de decisión para modificar sus documentos constitutivos? Si el proceso supera la formalidad, con supervisión estricta del Órgano Electoral Plurinacional, es probable que en enero próximo el paisaje de la representación política sea diferente. Igual de incierto, ya, pero menos ficticio. Y claro que no basta cambiar o adecuar las normas internas: es fundamental garantizar su ejercicio.

Para los partidos y agrupaciones que cumplan el mandato de adecuación, el siguiente desafío es una suerte de “prueba de vida”: hasta marzo de 2022 (un año después de las elecciones subnacionales) deben actualizar el registro de su militancia conforme a las cantidades mínimas establecidas en la LOP. Está claro lo que eso significa para casi todos los partidos políticos (en el extremo, pensemos en ADN, PDC, FRI). Sincerar (no) militantes puede conducir a la cancelación.

¿Cuántas organizaciones políticas con democracia interna, en un horizonte intercultural, paritario y, en su caso, de libre determinación, hay en Bolivia? ¿Existen? ¿Son posibles más allá de la norma? Que venga la cuenta progresiva.

FadoCraciamonterrosiana

1. Con sus siete palabras, se lo asumecelebra como el cuento más breve del mundo: “Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”. 2. Tras su publicación el año 1959, en Obras completas (y otros cuentos), los críticos sentenciaron: “no señor, eso no es un cuento”. Entonces Augusto Monterroso, grande como era, concedió: “Bueno, no es un cuento: es una novela”.3. Creo que más bien —o también— es un ensayo. O mejor: una travesía. 4. Lo cierto es que El dinosaurio del escritor guatemalteco se ha multiplicado en innumerables estudios literarios, antologías, ediciones anotadas, variaciones. Hasta fue confundido con un cocodrilo (Fuentes) y con un unicornio (Vargas Llosa). Los sueños/ pesadilla dan para todo. 5. Pero la interrogante esencial permanece: ¿qué es/qué representa el famoso dinosaurio? Abundan interpretaciones. 6. Hoy en democracia —siglo veintiuno, cachivache— cabe asociarlo, como plaga, al ruido de sables, los altos mandos, las “sugerencias” en traje de campaña, las masacres. 7. Basta abrir un diario local: Cuando despertamos, los milicos todavía estaban allí.

José Luis Exeni Rodríguez es politólogo.

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Reconciliación vs. reencuentro

/ 26 de junio de 2021 / 23:27

Cómo estarán de polarizados los relatos sobre la coyuntura crítica del periodo 2019-2020 en Bolivia que la propia expresión de salida, si acaso, es objeto de sospecha, contrariedad y disputa. ¿Reconciliación y/o reencuentro? Y es que, así como existen palabras feas (gobernabilidad, por ejemplo) y también bonitas (inefable, entre otras), hay palabras que tienen buena o mala fama. Depende de quién las diga. Y en qué circunstancias.

La palabra reconciliación, junto con “pacificación” (ambas hijas inseparables del régimen de Áñez), son palabras asociadas, en origen, al uso por decreto de la fuerza pública. Pocos días después de las masacres de Sacaba y de Senkata, la presidenta provisoria celebraba: “estamos en la fase final de pacificar el país, ahora nos tocará trabajar en la reconciliación”. Inaugurada a sangre y fuego, la palabra se volvió divisa. Con Murillo-López al mando. Y agua bendita.

¿Y la palabra reencuentro? Parece la continuación, por otros medios, de la reconciliación. Nace de las urnas con mayoría absoluta de votos. Pero pronto y de mal modo está siendo subordinada a procesos penales. Pocas semanas antes del actual ciclo de detenciones preventivas, el presidente anticipaba: “el reencuentro no pasa por venganza, sino por justicia”. Abrigada por fiscales, la palabra se volvió instrumentalmente justiciable. Con retrovisor. Y sentencia previa. 

Más allá de las palabras-sentido que puedan tejerse para encaminar el necesario horizonte de convivencia pacífica y democrática en el país, es fundamental, además de crítico, establecer sus (no) condiciones de posibilidad. Asumo que la primera es salir de la estéril e inconducente disputa de relatos sobre los hechos de octubre-noviembre de 2019: “no fue fraude/golpe, fue golpe/fraude”. Claro que superar relatos no implica suprimir hechos. Ni responsabilidades.

La siguiente condición es que cualquier ruta de diálogo y construcción de acuerdos pasa por la memoria. En especial cuando hubo violación de derechos humanos, empezando por el derecho a la vida. Hay víctimas, quedan heridas: faltan verdad y reparación. Anclados en contradicciones irresueltas de la historia larga, en la coyuntura crítica de 2019 se rompió algo. Los comicios 2020-2021 devolvieron legitimidad de origen. La negación del otro/enemigo continúa.

Ahora bien, supongamos que, en el mejor escenario, se logran voluntad política, amplia participación y hasta parcelas de confianza para el tendido de puentes. ¿Sobre qué conciliación preexistente nos vamos a reconciliar? ¿Cuál es el encuentro que convoca el reencuentro? ¿Y después? ¿Hay un horizonte común de emancipación? Importa el después.

FadoCracia eclesial

1. Creer o no creer. ¿Crees en la Iglesia Católica? Eso depende. Habrá que ver las remembranzas de los obispos, las decisiones que bendijeron, sus prédicas y silencios. 2. Hubo un tiempo en que la Iglesia Católica, junto con la Defensoría del Pueblo y la Asamblea Permanente de Derechos Humanos, facilitaban diálogo para la solución de conflictos. Hoy esa troika está venida a menos. 3. Votar sí o no votar: el 4 de mayo de 2008, tras oficiar misa, el Cardenal votó en la consulta ilegal cruceña sobre un proyecto de estatuto autonómico anti Constituyente. El 10 de agosto de ese año, de manera conveniente, optó por el retiro espiritual el día del referéndum revocatorio. 4. Ah, “si Dios fuese un activista de los derechos humanos” (Boaventura). 5. En el referéndum constitucional 2009, las Iglesias Unidas dieron a elegir: la Biblia o la CPE. Perdieron. Una década después, la Biblia entró a Palacio. Igual fue más fácil salvar almas que dar salvoconductos. 6. La “verdad” eclesial del recuento genera murallas. 7. Puedes perdonarles, aunque “saben lo que hacen”. Pero no olvides.

José Luis Exeni Rodríguez es politólogo.

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Apocalipsis 19-O

/ 30 de mayo de 2021 / 00:08

Cuatro días antes de las elecciones del 18 de octu ajayubre (2020), un periodista de peso reveló en su programa televisivo, con música tétrica de fondo, “qué es lo que nos espera” si el MAS/Luis Arce ganaba las elecciones. El mensaje estaba dirigido al candidato Camacho y a Santa Cruz en la desesperada campaña por el “voto útil”.

Entre otros presagios, el señor proclamó cosas terribles que iban a ocurrir al día siguiente de los comicios. Recordemos.

Para empezar, tras el arribo de Evo en vuelo directo a la ciudad de El Alto, “se disuelven las Fuerzas Armadas y la Policía (y) empiezan a actuar fuerzas populares”. Enseguida “se crea el décimo departamento en Bolivia, el departamento de Chapare, que va desde San Julián hasta la mitad de Cochabamba”. ¿A quién se coloca como gobernador? Andrónico Rodríguez, por supuesto.

Siguen decretos feroces: para regular la propiedad privada, que “se la va aboliendo”; para “meter presas a las personas que hayan evadido impuestos” con cuentas bancarias en el exterior; en fin, para convertir en estatales a las “empresas privadas demasiado importantes”. ¿Algo más? Claro, el TIPNIS se convierte en “un santuario donde nadie podría entrar”.

Como guion anunciado, la Asamblea Legislativa Plurinacional, con mayoría del MAS, “resuelve y vota convertirse en una Asamblea Constituyente para elaborar una nueva Constitución para la elaboración (sic) de un Estado Socialista”. Con carácter previo, “declina el candidato (presidente) Arce Catacora y devuelve el poder a quien habría sido víctima del golpe, Evo Morales”. Naturalmente, “los grupos opositores se extinguen”.

Por si fuera poco, “conculcan las libertades ciudadanas” y los “periodistas independientes obviamente son encarcelados, o perseguidos, o asesinados”. Como epílogo, “se hace una gran expectativa para que todos reciban la vacuna rusa, que todavía no está aprobada”. Terrorífico, ¿no? Siete meses después, el inminente apocalipsis está demorado. Busquen la palabra “arana” en el diccionario.

El periodista con Posdata no fue encarcelado, ni perseguido, ni menos asesinado. Le ocurrió algo peor: cruzó el charco y, con sigla prestada, lanzó su candidatura a la Alcaldía paceña. La ciudadanía lo puso en su lugar con el 1,69% de votos.

Hoy el señor independiente está de regreso. Dice que el MAS es el “único partido” en el país (“los otros son juntes, como de parrillada, sin estructura ni mística”). Asegura también que Evo Morales es “un líder histórico indiscutible”. Y nos amenaza con un nuevo proyecto periodístico: “subir la televisión a la nube”. Su primera entrevista pactada será con la amiga Áñez y su perrito Vicente, “el más mimado del país”.

FadoCracia chacotera

1. En plena pandemia, el Gobierno de ipso facto gastó casi medio millón de bolivianos en talco para pies. Los uniformados de la Unidad Antidrogas olían mal. 2. La noticia más leída I del Diario Mayor (¿cómo sería si fuese Menor?): “Evo se sonó la nariz 19 veces y estornudó en tres ocasiones mientras daba una entrevista”. Típico pandillero de Occidente. 3. “En el tema laboral, el señor Reyes Villa no es mi padre, no es nadie(s)”, confiesa el hijo del Alcalde. Extraño caso de parricidio edil. 4. La más leída II: “Una paceña conquista el corazón del activista francés Alexis”. En redes preguntan quién limpiará su casa 5. “Tenemos una Unión Juvenil (Cruceñista) renovada, con buenos jóvenes. Ya no son maleantes, ya no son chicos del mal vivir” (Camacho dixit). Que se retracte y pida disculpas. 6. La noticia más celebrada: “Arrestan a Murillo en EEUU y enfrenta una pena de 20 años de prisión”. Andaba de cacería. 7. “Todos los integrantes de esa pandilla deberán cumplir condenas” (Tuto). Donde dice “esa” léase “mi”.

Remate: Si Mr. Bolas y Cía. están “del lado correcto de la historia”, ¡cámbiate de lado!

José Luis Exeni Rodríguez es politólogo.

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Elecciones (per)judiciales

/ 15 de mayo de 2021 / 23:25

Elegir o no elegir. ¿Fue una buena decisión incluir en la nueva Constitución Política la elección popular de altas autoridades judiciales? Eso depende. Como principio y derecho está muy bien. Es parte del cauce de ampliación de la democracia representativa. Lo que falla es el mecanismo en dos tiempos. El proceso se contamina (y politiza) en la fase de preselección de postulantes. Y llega desportillado a las urnas. El resultado es que, en lugar de elegir, se plebiscita.

Está visto. Las elecciones (per)judiciales son no solo complejas, sino feas. Un ejercicio difícil para la ciudadanía, pero también para las candidaturas. Si ya la participación informada en una elección de gobernantes y representantes es un ideal esquivo y distante, ¿qué puede esperarse de una votación con personas que casi nadie conoce, impedidas de hacer campaña, marcadas por la mala fama? El esfuerzo de “difusión de méritos” puede ser inmenso, pero no alcanza.

Votar o no votar. Las dos experiencias (2011 y 2017) hasta ahora en el país, en el marco del proceso posconstituyente, cumplieron su propósito. Primer tiempo: la Asamblea Legislativa seleccionó postulantes por dos tercios de votos. Segundo tiempo: la ciudadanía eligió (o validó) autoridades judiciales con mayoría simple de votos. Claro que en ambos casos prevaleció la consigna del voto nulo que, junto con el blanco, fueron mayoría absoluta. Serio problema de legitimidad de origen.

¿Qué hacer? En el (no)debate sobre el tema predominan tres posiciones. La primera, con la premisa de que “la gente quiere votar”, es no tocar el mecanismo y volver a probar suerte en 2023. La segunda es preservar la votación popular (o referendaria), modificando la preselección de postulantes (a cargo de una comisión especial, por ejemplo). La tercera, con fervor republicano, es dar marcha atrás: que la decisión vuelva a la Asamblea, como en los tiempos de la democracia (im)pactada.

A reserva del camino que se logre concertar (o imponer) en los próximos dos años, que puede o no requerir reforma parcial de la Constitución, es evidente que, por sí solo, no resuelve la cuestión estructural: todo el sistema está dispuesto para administrar injusticia. Siendo fundamental garantizar la calidad y probidad de la cabeza, no basta cuando el cuerpo está deforme. Así ocurre con las altas autoridades electas por sufragio universal, así fue con los “notables” cuoteados por la partidocracia.

Reformar la justicia ordinaria, reformar el Ministerio Público, la Policía, las universidades. Magistrados, jueces, fiscales, motines, abogados. El aparato es enorme, tiene raíces, se reproduce. No hay voto útil contra una endemia sin vacunas.

FadoCracia fraterna

1. En enero de 2020, al amparo de la Alasita, una colérica mano arrojó un choclo a la cabeza del señor de gorra negra. Agredía, sin saberlo, a un futuro gobernador electo. 2. Choclos, latas, sillazos, escupitajos, tomates. La variopinta farándula da para todo. 3. Como sea, ponerse la gorra de activismo es diferente a que te pongan la banda de la gestión pública. El Cristo sigue siendo redentor, pero no provee recursos. Tu papá ya no puede cerrar con militares y policías para que no salgan. 4. Menos mal que, por ahora, las preocupaciones y prioridades están claras. Y son serias. 5. “¿Pronto habrá primera dama en el departamento?”, pregunta un acucioso periodista verde. 6. Pero el hombre ha crecido: la prioridad será hacer gestión, no su vida privada ni el “jueves de frater”. Es un decir. 7. “Las fraternidades son parientes de las comparsas, las logias y otras agrupaciones exclusivamente masculinas que a su vez controlan las instituciones privadas y públicas más poderosas” (grande Liliana). 8. Horacio lo sabía hace tiempo: “La gente me silba, pero dentro de mi casa yo me aplaudo”. 9. Desperdiciar choclos no es bien.

José Luis Exeni Rodríguez es politólogo.

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