Voces

lunes 26 jul 2021 | Actualizado a 01:16

Cubanos en el espacio

/ 20 de julio de 2021 / 01:05

Cruzan los dedos el coro de falsos liberales que hoy se preocupan por los derechos de los disidentes que protestaron hace poco en las calles de La Habana, pero que nunca objetaron el criminal bloqueo económico que el gendarme democrático del norte impuso unilateralmente sobre la isla, y que explica en gran parte las dificultades que hoy debe soportar el pueblo cubano en su vida cotidiana.

¿Dónde estaba su empatía cuando se expulsó a las brigadas de doctores de aquel país sin consideración alguna por sus derechos humanos en noviembre de 2019? La dictadura de Áñez se robó hasta los equipos médicos que se encontraban en la Clínica del Colaborador, sin que ello indignara en lo más mínimo a estos defensores de la democracia, la libertad y la propiedad privada. Silencio cómplice con una vulgar tropa de atracadores, encabezados en aquel entonces por el aspirante a gánster de Luis Fernando Camacho.

No debe sorprendernos, pues, que las plumas de estos escritores se hagan de la vista gorda frente a las incontables acciones terroristas que las sucesivas administraciones estadounidenses perpetraron contra el pueblo de Cuba: la invasión mercenaria contra su territorio en 1961, la voladura de un avión de Cubana de Aviación con 73 civiles dentro en 1976, y la detonación de otra bomba en el hotel Copacabana ubicado en La Habana en 1997, entre otros cientos de actos criminales. El servilismo de estos acólitos del imperio les impide reconocer y diferenciar, incluso, una acción política de un delito.

Y eso es porque en el fondo lo que les irrita del ejemplo cubano no es el socialismo, sino su dignidad y soberanía. Palabra esta última que relativizan y menosprecian, en nombre de un supuesto mundo sin fronteras, ejércitos o Estados. Confunden la necesaria autodeterminación de los pueblos con chovinismo tribal porque les hubiera gustado nacer en New York o Los Ángeles, para sentirse como cualquier cosa menos como bolivianos, para salvarse del Tercer Mundo.

Por ejemplo, son reacios a aceptar la creciente influencia china en la región, no porque les preocupe sus efectos sobre el desarrollo del país, sino porque creen, de verdad creen, que es preferible la dominación yanqui. No es el liberalismo político lo que defienden en realidad, sino el tutelaje norteamericano sobre el continente. “Tratar de buscar un nuevo amo no es cuestión de política: es el primer movimiento psicológico del liberto desconcertado”, dijo alguna vez Sergio Almaraz.

A Cuba se le puede criticar infinidad de cosas, pero no sin antes criticárselas también al resto de los países latinoamericanos, pero con una diferencia: sus aciertos y equivocaciones son producto de sus propias decisiones, y no de la sugerencia de ningún encargado de negocios o embajador yanqui. Y les ha dado buenos resultados. Permítanme nomás mencionar lo siguiente:

Dijo alguien alguna vez que libertad es en realidad la capacidad de poder optar por un estilo de vida entre otras opciones de manera efectiva. Hace unos meses el mundo entero rindió tributo al ruso Yuri Gagarin, primer cosmonauta en la historia de la humanidad. Pero pocos recuerdan que en 1980 un hombre llamado Arnaldo Tamayo se convirtió en el primer latinoamericano en abandonar el globo terráqueo. Era cubano, y no de La Habana. No era hijo de ningún diplomático o general, sino un muchacho pobre de Baracoa, un hermoso pueblito ubicado en el oriente de Cuba, sin más privilegio que contar con dos brazos y dos piernas. Era, además, negro. Tanta libertad no puede menos que provocar incomodidad e indiferencia para los detractores del modelo cubano.

¿Cuánto no quisiera yo que cualquier habitante de Charaña o Magdalena en Bolivia tuviera las mismas oportunidades para ser doctor, ingeniero o abogado que un residente de La Paz o Santa Cruz? Aquella igualdad de oportunidades solo es posible en un país con el coraje de distribuir tanto la riqueza como la miseria, frente a los ojos del imperio más grande que haya visto la humanidad.

Cuba no necesita su solidaridad, señores.

Carlos Moldiz es politólogo.

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El dilema de los petro-monos

/ 6 de julio de 2021 / 02:41

Amediados de 2018, el Panel Internacional contra el Cambio Climático (IPCC) público Calentamiento Global de 1.5ºC, uno de los más escalofriantes documentos que alguna vez haya leído.

El reporte adelantaba que reducir nuestras emisiones de carbono hasta 1ºC por encima de los niveles preindustriales ya era casi imposible, y concluía con una advertencia ominosa: quedan 12 años —es decir, hasta 2030— para reducir significativamente el tamaño de nuestra huella ecológica. La advertencia inequívoca estaba fundamentada por más de un centenar de investigaciones que daban cuenta de los catastróficos efectos que tendría el continuar con el actual estilo de vida de la civilización capitalista sobre el futuro de la humanidad: el nivel del mar se elevará por encima de los 7 metros, más de 190 millones de personas morirán por causas relacionadas a la escasez de agua o de alimentos y cerca del 65% de la biodiversidad planetaria quedará extinta. Apocalipsis.

Inmediatamente pensé en aquella coyuntura que le resultó tan cara al “proceso de cambio”: el episodio TIPNIS, que dejó al descubierto la inercia extractivista del gobierno de Morales. La hipócrita indignación ecologista de los blanquitos sopocachenses me hizo subestimar el problema. Debemos aclarar, pero, inercia intrínseca a la matriz productiva de nuestro país, por lo cual sería injusto condenar a su gestión solamente. Si bien la intención inicial de aquellos tiempos era superar nuestra condición de meros productores de materias primas, la división internacional del trabajo, dato objetivo de nuestra historia, hacía de tal aspiración una sumamente dificultosa.

Así, mientras el discurso oficial de la izquierda internacional demandaba superar la dependencia de las energías fósiles, el crecimiento y la sostenibilidad económica de nuestro Estado nos empujaban hacia la dirección opuesta. Las políticas redistributivas tan necesarias para evitar el desgarramiento del tejido social de Bolivia por la presión de la desigualdad eran posibles solo a partir del control soberano sobre nuestros recursos naturales, que tenían que ser, necesariamente, explotados. Si no, ¿por qué más murieron los mártires de la “guerra del gas”?

Un par de años antes de aquellas distópicas predicciones, Naomi Klein produjo un libro y un documental titulados Esto lo cambia todo: el capitalismo contra el clima, denunciando que la solución al predicamento del calentamiento global no podía darse dentro de los márgenes impuestos por el capitalismo neoliberal, dentro del cual la adopción de energías renovables es virtualmente imposible mientras una de las principales industrias mundiales sea la extracción de petróleo. Nuevamente me invadió una pregunta: ¿será que el extractivismo de sello estatal será peor que uno ejercido por empresas privadas multinacionales? El incendio de la Chiquitanía que se dio luego, en 2019, dejaba poco espacio para la duda: no, la iniciativa privada no es menos devastadora para el clima que el desarrollismo estatalista. ¿Qué hacemos entonces, cuando las dos caras de la moneda nos condenan, aunque de diferente forma? Me viene a la cabeza ese cuento de Eduardo Galeano, en el cual un cocinero les pregunta a las gallinas cómo prefieren ser cocinadas: ¿hervidas o fritas? “Pero nosotras no queremos ser cocinadas”, responden. “Eso está fuera de cuestión”, sentencia el chef.

Pero dado que el tiempo pasa tan rápido y es, al mismo tiempo, tan escaso, tal vez lo mejor es dejar de preocuparse por lo que sucederá en un par de décadas. Total, tal vez, muy probablemente, ya no esté acá para presenciar la catástrofe. Luego veo a mi hermanita de 10 años viendo novelas en su computadora. “¿Esta es la última generación que tendrá una oportunidad para resolver este problema?”, pienso yo despreciativamente. Y luego me respondo: “no, idiota, esa era la tarea de la tuya”. Me doy cuenta de que, a pesar de los avances de mi tiempo, nuestra especie no ha evolucionado más allá del rudimentario homo sapiens, inmediatista como es. No, ahora somos petrohomos, o, peor, petro-monos.

Hace algunos años se puso muy de moda hablar sobre el “vivir bien”, que aspiraba a ser algo más que una propuesta de desarrollo, si no, más bien, una alternativa al mismo. ¿extractivismo nacionalista o extractivismo multinacional?

Carlos Moldiz es politólogo.

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El Batallón Sagrado de Tebas

/ 18 de junio de 2021 / 01:37

Aunque todavía estamos a un par de semanas del 28 de junio, quiero aprovechar este espacio para escribir acerca de un tema que siempre se me sale por la garganta cuando estoy algo emocionado: la mariconería. Y no me refiero a ella peyorativamente, sino con el más halagador de los propósitos, pues quiero relacionarla con otra palabra con la cual a muchos hombres les gusta identificarse: valentía.

El 28 de junio se celebra, como muchos saben, el Día Internacional del Orgullo LGBT, en conmemoración a una serie de disturbios acontecidos en los Estados Unidos en 1969, cuando un montón de policías trataron de reprimir a la concurrencia de un pub que entonces se consideraba escandaloso por la orientación sexual de los asistentes. Acá en La Paz hemos tenido unos cuantos desfiles desde hace algunos años, pero no mucho ha cambiado en la mentalidad de las personas. Hubo un tiempo que pensé “vivimos en tiempos más civilizados, y pronto llegará el día en el que ser hombre o mujer o lo que sea será una cuestión de elección y no de lotería”.

Me equivoqué. Primero apareció Trump, y luego Bolsonaro, y acá en Bolivia nos llegaron unas versiones piratas con Chi y Cárdenas y… el “macho” Camacho. Ellos y muchos más amenazan con retroceder la cultura política boliviana hasta la Edad Media, con biblias y todo. Pero mi optimismo regresa cada vez que recuerdo un texto que descubrí por casualidad allá por mis años mozos, cuando concluía la universidad. Me refiero a la obra El Banquete, de Platón, que narra un divertidísimo encuentro de Sócrates con sus amigos en el cual se entregan a la tarea de reflexionar sobre la naturaleza del amor.

En una nota de pie de página se hace referencia a un valiente grupo de hombres que vencieron una serie de batallas contra un ejército que se consideraba hasta entonces imbatible, los espartanos. Sí, esos mismos tipos retratados en la película 300, de Zack Snyder, como el epítome de la masculinidad, con pelo en pecho y músculos hipertrofiados y voces gruesas, dándole una reverenda paliza a miles de persas en el estrecho de las Termópilas.

Grande fue mi sorpresa cuando leí que esa misma nación, o Polis, conocida por producir los mejores soldados fue derrotada por un grupo de homosexuales. Sí, tal como oyen, fueron vencidos por hombres enamorados de otros hombres. El pueblo de Tebas llevaba perdiendo contienda tras contienda frente a los espartanos, hasta que a su rey se le ocurrió una idea algo arriesgada. Organizó un cuerpo armado compuesto por amantes, bajo la premisa de que, al estar acompañados por sus seres más queridos en el combate, lucharían con más arrojo, presionados por la vergüenza de parecer cobardes frente a su pareja.

Y funcionó. El amor nos hace más fuertes. A partir de ese momento, los tebanos, ese grupo de valientes maricas, le dieron una paliza a un ejército que hoy en día es presentado como el modelo ideal de masculinidad. Fueron bautizados como el Batallón Sagrado de Tebas, que debería ser recordado hasta el día de hoy como ejemplo para desmentir muchos de los prejuicios machistas que todavía guían la mente y las acciones de mucha gente.

Pienso en ellos cada vez que veo al “macho” Camacho, no porque lo considere rudo, sino por todo lo contrario. Porque creo que se esfuerza demasiado por parecerlo, como yo a veces, tratando de sonar intelectual. Detrás de esa fachada de arrogante bravuconería se refugia un macho que solo salió a mostrar los puños cuando su padre ya había arreglado la pelea: Un cobarde.

Carlos Moldiz Castillo es politólogo.

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¿Hubo algo legal en el gobierno de Áñez?

/ 4 de junio de 2021 / 01:46

El editorial del pasado domingo 30 de mayo del periódico Página Siete me resultó en extremo divertido. Despotricar contra Murillo seguramente es algo que muchos “pititas” están haciendo estos días, y con razón, pero criticar que las investigaciones se extiendan a otros funcionarios del gobierno de Áñez y terminar diciendo “no hay familia sin una oveja negra y debe cuidarse quien hace ese tipo de condenas políticamente motivadas de no ser mañana también acusado por contigüidad política” me sonó muy condescendiente para con uno de los gobiernos que acumuló incontables actos de corrupción en tiempo récord.

A estas alturas, cabría preguntarse: ¿Qué fue legal durante los días de Áñez? Fuera de las masacres y la violación sistemática de derechos humanos, me vienen a la mente casos como el de los respiradores en plena pandemia, los sobresueldos de Entel, las compras irregulares en YPFB, la venta de cargos en el Ministerio de Educación (ni su vehículo oficial se salvó del hijo de Cárdenas), el uso irregular de los aviones de la FAB para la hija de la entonces presidenta. Los editores de Página Siete deberían saberlo, hicieron varios editoriales al respecto.

El problema es que la violación de la Constitución fue un asunto cotidiano después del golpe de Estado. A tal punto que incluso los militares se sintieron tan envalentonados que se atrevieron a irrumpir en la Asamblea Legislativa. Todavía recuerdo el artículo de un general poco después del incidente, también en Página Siete, Wilfredo Viscafe Paredes, quien se dio la libertad de advertir que “lo que es peligroso es referirse a una gran institución (las FFAA) cuestionando e insultando, como hacen algunos políticos”. No era muy difícil encontrar bravucones así en aquel entonces.

No, Murillo no fue una excepción, es la punta del iceberg. De hecho, fueron tantos los casos de corrupción durante el gobierno “transitorio” que podemos advertir un patrón, una regularidad o regla: se tomó el Estado para proceder a su inmediato saqueo y en una dirección particular: la burguesía agroexportadora. ¿Quiénes pusieron a esos cleptómanos al mando? Fueron Camacho (muy admirador de la cultura gansteril) y la oligarquía terrateniente del oriente, que colocó a sus peores exponentes para aprobar el uso de transgénicos, darle tierras a Marinkovic y forzar créditos del FMI para el beneficio de su élite, sabiendo que no habría otro momento para hacerlo (no puedo imaginar a la derecha ganando una elección). Este esquema de desfalco sustentado en el poder empresarial merece un nombre. Lo llamaría capitalismo de caras conocidas si no fuera por el rol que jugaron en todo esto bandas de motoqueros provenientes del mundo del hampa, como Yassir Molina, que le añaden un elemento delincuencial a todo el asunto.

Creo que lo mejor que podemos hacer para diferenciar ese periodo de paréntesis constitucional en el que se mataba y robaba con impunidad es advertir su origen: un golpe de Estado. ¿Qué legalidad puede emerger de una transición política de ese tipo? Todo acto que se derive de ello, por lo tanto, es necesariamente sospechoso de ser contrario a las leyes y la Constitución, por lo cual, la advertencia del editorial que señalé al principio de esta opinión no puede ser tomada en serio. No es que por ello debamos confiar en la justicia boliviana, pero me parece demasiado conceder la presunción de inocencia a los miembros de un gobierno cuyos delitos han sido registrados en numerosas fuentes documentales y en la memoria traumatizada de mis compatriotas.

Carlos Moldiz Castillo es politólogo.

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Domitila por siempre

/ 21 de mayo de 2021 / 01:35

“Puedo resistir cualquier cosa —dijo alguien una vez—, menos la tentación”. Y así, a pesar de que traté de no ceder a la provocación de las últimas semanas, me veo obligado, impulsivamente, a escribir sobre Domitila.

Recién fue este año que leí su famoso testimonio Si me permiten hablar, y al igual que muchas personas que lograron hacer de tripas corazón a través de sus páginas, no pude evitar maldecir mis años universitarios, en ninguno de los cuales se me habló de este coloso. Pensadora profunda sin pretensiones de intelectual, luchadora resuelta y valiente, ejemplo paradigmático de lo que debe ser un dirigente bajo toda circunstancia. ¿Por qué nunca supe de ella?

El estudio introductorio de Albó me da, al menos, un consuelo. Resulta que este libro, publicado por primera vez en 1977, recién vio su primera edición boliviana en 2016. Antes, fue traducido a más de 15 idiomas en todo el mundo, y acá ni nos dimos por enterados. No me sorprende que mis docentes me hablaran de quién sabe qué en vez de contarme sobre ella. De seguro ni la leyeron. Una edición de la Biblioteca del Bicentenario publicada en 2018 redimió esta injusticia, aunque todavía queda mucho por hacer para extender su vital pensamiento.

Sin más preámbulo. Leí un homenaje a ella que me dio la impresión de que se trataba de una mártir abnegada que sufrió los peores tormentos para que Bolivia recuperara su democracia de las botas militares. Y sí, sin personas como ella, seguramente cierto orden constitucional nunca hubiera sido restablecido, pero de ninguna forma puede ser recordada como un manso ejemplo de resistencia democrática, sino como una de las más grandes revolucionarias (socialistas) de nuestro país. La mujer tenía dientes, puños y una boca todavía más contundente.

Le pidió armas a Torres, consciente de que la Asamblea Popular del 71 estaría condenada al fracaso sin los medios para defenderse; estuvo dispuesta a volar por los aires junto con su familia durante una toma de rehenes gringos a cambio de varios dirigentes mineros secuestrados por el movimientismo nacionalista; se enfrentó directamente a las dictaduras de Barrientos y Banzer, pagando un precio altísimo por su valentía, la vida de tres de sus hijos en su vientre. Y si no llegó a pelear con Meza fue porque no la dejaron volver a Bolivia después de que ella denunciara internacionalmente desde Copenhague a la más repugnante de las dictaduras. Y podría dar más ejemplos.

No hablaré de las torturas físicas y psicológicas que tuvo que soportar, porque me resulta demasiado doloroso incluso escribir al respecto. Si no hubieran ocurrido de verdad, jamás hubiera resistido esas páginas. Hubiera creído que se trataba de fantasías morbosas de una mente retorcida. Pero sí, sucedieron.

No, ella no era una mártir de la democracia liberal. Lo mismo le hicieron a Marcelo, trataron de robárnoslo. ¡Búsquense sus propios héroes señores, si encuentran alguno! Una vez recuperada (la dizque democracia), ella denunció ese pacto de élites como lo que era, una pseudo democracia, llamando siempre a la unión de todos los oprimidos, obreros y campesinos, de toda Latinoamérica, contra el imperialismo yanqui. La radicalidad y profundidad de su pensamiento iba más lejos, sin embargo. Su idea acerca de la mujer en el proceso de explotación capitalista se adelantó décadas a muchas pensadoras feministas… y… y mejor paro ahora, o no lo hago nunca.

No exagero, la vida de ningún boliviano está completa hasta haberla leído.

Carlos Moldiz Castillo es politólogo.

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Colanzi y otras cosas

/ 7 de mayo de 2021 / 03:26

Si al iniciar mi experiencia como colaborador de este prestigioso medio temía que nadie me leyera, ahora me preocupa que solo lo haga Colanzi, no solo porque he tratado de provocar a otras personas a través de mis escritos, sino porque tengo la sospecha de que no me entiende o no me quiere entender. Debido a la falta de espacio y la necesidad de abordar otro tema, trataré de ser breve en esta suerte de respuesta a mi único seguidor.

a) Jamás dije que Bobbio es de izquierda, así que la puntualización es malintencionada; b) tampoco dije “…lo hacía desde una lógica… no… Occidental”, sino que el racista de Calvo calificaba de “bestias humanas” a otros seres humanos percibiéndose a sí mismo como blanco, no indio y occidental, descontextualización que difícilmente puede pasar por un error de lectura ni se le perdonaría a un universitario; c) el problema del racismo reclama adoptar una posición concreta al respecto, y eso implica antagonizar. Debo añadir que es un problema concerniente a todos los bolivianos y no solo de indianistas o zurdos. Y, por lo tanto, aunque no calificaría de “traidor” a alguien que no piensa como yo, creo que no hay reconciliación ni convivencia posible con nadie que piense como un miembro del Ku Kux Klan; y d) después de la barricada de Galindo a Diego Ayo el oficio de politólogo dejó de ser mi principal identidad, aunque amo mi carrera y creo tomármela muy en serio; actualmente, estoy tratando de incursionar en otros campos y creo ser un buen cocinero. No obstante, decir “pensé que era politólogo además de militante: me equivoqué, es más militante, activista y autocalificado de ‘izquierda’”, suena más a una descalificación ad hominem que a mis ideas… qué feo.

Ahora, con el espacio que queda, pasemos a otras cosas.

En una nota titulada Politólogos advierten que la institucionalidad democrática en Bolivia es socavada por el populismo, publicada por Página Siete pero redactada por la Agencia de Noticias Fides el pasado 1 de mayo, Carlos Toranzo y Franz Flores, dos analistas políticos, concluyen que la institucionalidad democrática de Bolivia se encuentra amenazada por el “populismo”, que le atribuyen sobre todo al gobierno del MAS-IPSP.

Creo que es una explicación demasiado simple e incluso engañosa, en el sentido de que distrae nuestra atención de otras posibles explicaciones para un problema muy complejo, que es la incapacidad de nuestras instituciones para hacerse efectivas, señalando un estilo de gobierno que bien podría ser puesto en práctica tanto por un partido de derecha como por uno de izquierda, y que pondría en el mismo nivel a fascistas admiradores del hampa como Camacho y a militares nacionalistas como Germán Busch.

Si algo ha demostrado el gobierno de Áñez es que no es necesario apelar a las masas ni contar con respaldo popular para literalmente clausurar la institucionalidad democrática del país, por lo que apuntar al MAS como el principal escollo de nuestras aspiraciones democráticas no parece una respuesta muy meditada, sino más bien la expresión de una fobia personal respecto a lo “popular”. ¿Les preocupa que en Bolivia no haya división de poderes? Ah, bueno, entonces tal vez me perdí su reacción cuando unos militares hechos a los duros se entraron a la Asamblea Legislativa Plurinacional, porque estoy seguro de que sus convicciones democráticas y liberales los obligaron a decir algo entonces, ¿no?, ¿no ve?

Carlos Moldiz es politólogo.

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