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lunes 26 jul 2021 | Actualizado a 00:56

La soledad quebranta a EEUU

/ 22 de julio de 2021 / 01:33

No planeaba leer ninguno de los nuevos libros sobre Donald Trump. Su vampírico dominio de cinco años sobre la atención de la nación fue bastante espantoso; una de las pequeñas alegrías de la era posterior a Trump es que es posible ignorarlo durante días.

Pero después de leer un artículo adaptado de Honestamente, ganamos esta elección: La verdad de cómo Trump perdió, de Michael C. Bender, un reportero de The Wall Street Journal, cambié de opinión y comencé a leer el libro. Lo que me llamó la atención no fueron sus reportajes sobre el desorden de la Casa Blanca y los aterradores impulsos de Trump; algunos detalles son nuevos, pero esa historia es conocida. Más bien, me impresionó el relato de Bender sobre las personas que siguieron a Trump de un mitin a otro como groupies autoritarios.

La descripción de Bender de estos superfanáticos de Trump, que se hacían llamar front-row Joes, es benévola pero no sentimental. Ante todo, Bender captura la soledad de esas personas antes de la llegada de Trump.

“Muchos se acababan de jubilar, tenían tiempo libre y pocas cosas que los mantuvieran en casa”, escribe Bender. “Algunos nunca tuvieron hijos. Otros estaban distanciados de sus familiares”. Al arrojarse al movimiento de Trump, encontraron una comunidad y un sentido de propósito. “La vida de Saundra se volvió más significativa con Trump”, dice sobre una mujer de Míchigan que realizó trabajos ocasionales de todo tipo en el camino para financiar su obsesión.

Existen muchas causas para las disfunciones superpuestas que hacen que la vida estadounidense contemporánea se sienta tan distópica, pero la soledad es una de las mayores. Incluso antes del COVID-19, los estadounidenses se estaban volviendo cada vez más solitarios. Y como Damon Linker señaló recientemente en The Week, citando a Hannah Arendt, las personas solitarias se sienten atraídas por las ideologías totalitarias. “La característica principal del hombre-masa no es la brutalidad ni el atraso, sino su aislamiento y falta de relaciones sociales normales”, concluye Arendt en Los orígenes del totalitarismo al describir a quienes se han entregado a movimientos masivos de gran alcance.

En primer lugar, una sociedad socialmente sana tal vez nunca habría elegido a Trump. Como escribió en FiveThirtyEight Daniel Cox, investigador sénior de encuestas y opinión pública de American Enterprise Institute, una organización conservadora, poco después de las elecciones de 2020, “la proporción de estadounidenses que están más desconectados de la sociedad va en aumento. Y estos electores apoyan desproporcionadamente a Trump”.

No es solo el trumpismo el que se alimenta del aislamiento. Hay que prestar atención a QAnon, que se ha transformado de un engaño en un foro de discusión en internet a una cuasirreligión. También es probable que sea una de las razones por las que QAnon comenzó a expandirse junto con los confinamientos por el COVID-19 y encontró una nueva vida entre los influentes de Instagram, los practicantes de yoga y las mamás de los suburbios. QAnon, que llegó a fusionarse con las teorías de conspiración en torno al coronavirus, les dio una explicación sobre su desgracia y villanos a quienes culpar.

Una cruel paradoja del coronavirus es que el distanciamiento social requerido para controlarlo alimentó patologías que ahora lo están prolongando. Las personas aisladas y divididas se refugiaron en movimientos que han hecho que ahora estén en contra de las vacunas.

Hacia el final del libro de Bender, reaparece Saundra. Ella acababa de participar en la insurrección del 6 de enero en el Capitolio y parecía estar lista para más. “Dígannos dónde tenemos que estar, dejamos todo y nos vamos”, afirma Saundra. “A nadie le importa si tiene que trabajar. A nadie le importa nada”. Si le das sentido a la vida de alguien, te lo dará todo.

Michelle Goldberg es columnista de The New York Times.

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¿Qué tan peligroso era Trump?

El fascismo está obsesionado con el miedo a la victimización, la humillación y la decadencia.

/ 16 de diciembre de 2020 / 04:11

A lo largo de la presidencia de Donald Trump, ha habido un debate entre la izquierda sobre el tipo de amenaza que representa. Las figuras más famosas de la izquierda estadounidense —Alexandria Ocasio-Cortez, Bernie Sanders, Noam Chomsky— vieron a Trump como un autoritario que, de reelegirse, podría destruir la democracia estadounidense para siempre. Pero, otra corriente de opinión de izquierda consideraba que los gestos fascistas de Trump eran casi puramente performáticos y creía que su torpeza para hacer que el poder estatal se alineara lo hacía menos peligroso que, por ejemplo, George W. Bush.

Uno de los principales defensores de esta postura es el politólogo Corey Robin. En una entrevista con la publicación de izquierda Jewish Currents, argumentó: “Comparada con las presidencias republicanas de Nixon, Reagan y George W. Bush, la de Trump fue significativamente menos transformadora y su legado está mucho menos asegurado”.

La ratificación por parte del Colegio Electoral de la victoria de Joe Biden parece un momento apropiado para revisar este debate. Trump trató, a su manera descuidada y caótica, de cambiar el resultado de las elecciones y gran parte de su partido, incluyendo la mayoría de los republicanos en la Cámara de Representantes y muchos fiscales generales estatales, se alineó con él. Sin embargo, Trump fracasó, y es poco probable que siga los llamados de sus seguidores, como su antiguo asesor de seguridad nacional

Michael Flynn, para que declare la ley marcial.

Entonces, ¿qué es más importante, el deseo del Presidente de derrocar la democracia estadounidense o su incapacidad de llevarlo a cabo? ¿Qué tan fascista era Trump? Parte de la respuesta depende de si evaluamos la ideología de Trump o su capacidad para implementarla. Parece bastante obvio que el espíritu del trumpismo es fascista, al menos según las definiciones clásicas del término.

El fascismo está obsesionado con el miedo a la victimización, la humillación y la decadencia y el consiguiente culto a la fuerza. Los fascistas, escribió Robert O. Paxton en Anatomía del fascismo, ven “la necesidad de autoridad a través de jefes naturales (siempre varones), que culmina en un caudillo nacional que es el único capaz de encarnar el destino histórico del grupo”. Creen en “la superioridad de los instintos del caudillo respecto a la razón abstracta y universal”. Esto describe de manera acertada el movimiento de Trump.

Sin embargo, Trump solo fue capaz de traducir su movimiento en un gobierno en ciertos momentos. El estado de la seguridad nacional era más a menudo su antagonista que su herramienta.

Hubo investigaciones del Departamento de Justicia sobre los enemigos políticos del Presidente, pero en su mayoría no llegaron a nada. El ejército se desplegó contra los manifestantes, pero solo una vez.

Trump celebró lo que podría ser la ejecución extrajudicial de Michael Reinoehl, un activista antifa buscado por un tiroteo que dejó víctimas, pero esos asesinatos no eran la norma. Enjauló a los niños, pero se le presionó para que los dejara salir. Y al final, perdió una elección y tendrá que irse.

No obstante, puede que el daño que ha hecho sea irreversible. En Twitter, Robin argumentó, de manera acertada, que George W. Bush, mucho más que Trump, remodeló el gobierno, ya que dejó atrás la Ley Patriota y el Departamento de Seguridad Nacional. En cambio, la mayor parte del legado de Trump es la destrucción, incluso de la pretensión de que la ley debe aplicarse por igual a gobernantes y gobernados, de gran parte de la administración pública, de la posición de Estados Unidos en el mundo.

En consecuencia, en Estados Unidos, Trump ha eviscerado cualquier concepción común de la realidad. Otros presidentes se burlaron de la verdad; un alto funcionario de Bush, que muchos creen que es Karl Rove, se burló de la “comunidad basada en la realidad” con el periodista Ron Suskind. Sin embargo, la habilidad de Trump para envolver a sus seguidores en un capullo de mentiras no tiene parangón. El gobierno de Bush engañó al país para ir a la guerra en Irak. Después de la invasión, no insistió en que encontraron armas de destrucción masiva cuando era evidente que no las había. Por eso el país pudo llegar a un consenso de que la guerra fue un desastre.

Un consenso como ese no será posible en lo que respecta a Trump, sus abusos de poder, su calamitosa respuesta al coronavirus ni su derrota electoral. Trump deja a su paso a una nación desquiciada.

En mayo, Samuel Moyn predijo, en The New York Review of Books, que si Biden ganaba, los temores sobre el fascismo estadounidense se disiparían. Satisfechos en su restauración, escribió, aquellos que advirtieron del fascismo “acordonarán el interludio, como si fuera ‘un accidente en la fábrica’, como los alemanes después de la Segunda Guerra Mundial describieron su error de 12 años”. Mientras los electores estadounidenses se congregaban —con la Policía y sus guardias armados y el capitolio de Míchigan cerrado por “amenazas creíbles de violencia”— las palabras de Moyn, con un significado cínico, parecen demasiado optimistas. Trump no logró tomar a Estados Unidos, pero puede que lo haya roto de manera irrevocable.

Michelle Goldberg es columnista de The New York Times.

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