Voces

lunes 27 sep 2021 | Actualizado a 21:55

Un capitalista espacial

/ 24 de julio de 2021 / 01:42

El planeta Tierra le quedó chico a quien ya impera con su base financiera como la persona más rica del mundo ($us 200.000 millones en su haber). Entonces, juzgó llegado el momento de explorar y explotar el espacio sideral y bajo esa aspiración Jeff Bezos (57) se lanzó el 20 de julio al cielo ignoto para contemplar la redondez terrestre desde su propia nave, aventura pionera de su empresa Blue Origen que organiza turismo espacial al módico precio de $us 250.000 por una vista privilegiada que dura menos de cinco minutos.

Jeff nació en 1964 en Alburquerque, Nuevo México, registrado Jeffrey Preston Jorgensen, fruto del amor de colegiales adolescentes cuyo padre lo abandonó al nomás nacer. Fue el cubanoamericano Miguel Bezos quien asumió la paternidad y lo crió esmeradamente como hijo suyo. Jeff desde la tierna infancia, reveló prematuramente su talento reconocido de niño superdotado. Prontamente, después de graduarse con un bachillerato en informática, creó su propia empresa, escalando peldaños cada vez más altos. En 1994, funda Amazon, nombre por analogía con aquel río caudaloso de enorme horizonte que, como esa multinacional, desde su concepción, no solo llega a ser la campeona indiscutible de las ventas a domicilio, sino que adquiere otros rubros como el prestigioso Washington Post o la hollywoodiana MGM. La dramática irrupción de la pandemia del COVID-19 que significó la quiebra de muchos negocios, se convirtió para Amazon en dorada oportunidad para crecer aún más, pues sus ventas en 2020 subieron a $us 386.000 millones, doblando sus beneficios a $us 21.000 millones. Y, mientras el desempleo cundía por doquier, Amazon contrató en ese año a 500.000 nuevos empleados, o sea 1.369 por día. Esas cifras que producen vértigo me indujeron a comparar mutatis mutandis con algunos datos de Bolivia, donde el capitalismo es vilipendiado como el siniestro sistema de explotación, ofreciendo en cambio recetas abstractas y confusas.

Mientras Amazon crea por sí misma 1.369 empleos por día, en el Estado plurinacional se cerraron 3.032 empresas en 2020, lo que significó la baja de ocho fuentes de empleo cada 24 horas, causando la desocupación consiguiente. Cotejar los 1.298.000 de sus asalariados con toda la fuerza de trabajo de Bolivia, resulta deprimente. Mas aún si se confronta sus $us 21.300.000.000 de beneficios en 2020 con el magro PIB boliviano en igual periodo. Todo ese parangón es útil para constatar la dimensión del país y apreciar el rendimiento del capitalismo contemporáneo, así sea en la versión china o vietnamita de capitalismo de Estado versus el sonoro fracaso del remedo de socialismo impuesto a algunos países latinoamericanos. La proyectada tasa impositiva a las multinacionales de 15% anual sobre sus beneficios, podría de alguna forma compensar la asimetría social que causa la concentración de la riqueza en pocas manos.

Sin embargo, Jeff Bezos es el mejor ejemplo para evaluar la igualdad de oportunidades que se abren para las personas de talento superior en el marco del sistema capitalista frente al modelo socialista, o a las autocracias que acuden a la represión y la corrupción para mantenerse en el poder, cerrando el paso al talento y a la creatividad.

Personalmente, mi asociación con Amazon no pudo ser más feliz. Su sección libros, publica y difunde ampliamente desde hace cinco años, cinco obras mías, en inglés, español y francés, tanto en formato digital como impresas en papel. Ese pequeño detalle, dentro de la modalidad de venta a distancia, es parte de la respuesta al desafío de “crear una librería en línea con millones de títulos, algo inconcebible en el mundo físico”. Todas esas innovaciones de Amazon son el futuro que ya llegó.

Carlos Antonio Carrasco es doctor en Ciencias Políticas y miembro de la Academia de Ciencias de Ultramar de Francia.

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¡Sufragio libre, no reelección!

/ 18 de septiembre de 2021 / 01:40

Bajo el lema “sufragio libre, no reelección”, Francisco Madero fue impulsor principal de la Revolución Mexicana que, en 1910, marcó el final de las repetidas reelecciones de Benito Juárez (cinco veces) y Porfirio Díaz (siete periodos), al instaurar como principio constitucional ese grito libertario que es la base de la institucionalidad mexicana. Por ello, provocó sospecha los intentos del actual presidente Andrés Manuel López Obrador, alias AMLO, de que, a través de la astucia de una proyectada consulta popular para revocación del mandato, podría ocultarse la aspiración reeleccionista del fatigado mandatario. No sorprende ese furtivo deseo por la inclinación amistosa de AMLO con los jerarcas perpetuos, adversos a la alternancia. Ilustrativo ejemplo fue la visita inopinada que AMLO realizó el 20 de julio de 2020, a la Casa Blanca, para secundar a Donald Trump en su campaña electoral y la secuela de ese romance fue no reconocer la victoria de Joe Biden, hasta bien entrada su elección. Concordante con esa conducta, aparece en su reciente libro A la mitad del camino (Ed. Planeta, 328 pp. 248 pesos) en el capítulo de política exterior, páginas 138-174, una risueña narrativa referente al precipitado escape de Evo Morales en el avión que AMLO puso a su disposición para salvarlo de la vindicta popular, después de un porfiriato de 14 años que desembocó en un frustrado ensayo de fraude electoral denunciado por la misión observadora de la OEA.

AMLO escribe casi como cuando habla con el mismo tedio usado en sus cotidianas conferencias de prensa, ante un auditorio cautivo y somnoliento que tiene que aguantar sus peroratas francamente aburridas, prolongadas por silencios donde escudriña nombres, lugares y situaciones que huyen de su memoria, en incidentes que los neurólogos calificarían como comienzos de mentis-gap.

Esa condición clínica, harto evocada por la prensa mexicana, podría atribuirse a la revelación achacada al piloto de la nave que conducía a Evo y su comitiva quien, desde hace casi dos años nunca se refirió a aquel episodio, ni al supuesto ataque de un cohete disparado desde Cochabamba y esquivado por ese hábil aviador que podría haber inventado la historieta para lograr ascensos o condecoraciones al valor. AMLO reproduce ese sueño de una noche de verano, con pluma de afiebrada imaginación, propia para un libreto de sitting comedy mexicana o noveleta turca. Por otro lado, se duda que militares bolivianos anhelacen objetivo alguno en derribar esa aeronave extranjera cuya clientela a bordo, era francamente superflua para el interés nacional.

La agitada llegada a México de aquel expresidente boliviano admitido como refugiado, contrasta con la visita de Estado realizada por Víctor Paz Estenssoro en la primavera de 1963, invitado por el entonces presidente Adolfo López Mateos. Como miembro de la comitiva recuerdo que, al descenso del avión, por la alfombra roja, el gabinete en pleno y el cuerpo diplomático homenajearon al ilustre visitante y luego, el recorrido hasta la residencia presidencial de Los Pinos fue saludada por miles de obreros y simpatizantes de la Revolución Nacional, muñidos de banderolas alusivas a la analogía de las dos más grandes revoluciones latinoamericanas.

Era la época de notables estadistas, hacedores de la verdadera confraternidad indoamericana.

Carlos Antonio Carrasco es doctor en Ciencias Políticas y miembro de la Academia de Ciencias de Ultramar de Francia.

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Ricos que ganan con la pandemia

/ 4 de septiembre de 2021 / 02:14

La irrupción del COVID-19 fue desde hace un par de años el flagelo que causó hasta el presente más de seis millones de muertes, desempleo galopante, modificación del estilo de vida para todas las capas sociales, cambios en la alimentación, parálisis de los sistemas educativos, replanteos en la geopolítica mundial, caída o deterioro de los gobiernos locales, destrozos en las estructuras familiares, y lo que es más trágico: una mutación descarnada en los valores societales que puso al descubierto la peor cara de la naturaleza humana, al apuntar a los ancianos como una carga social prescindible, o sea el tratar de salvar la vida de quienes tenían poco chance de curarse sería un gasto inútil, en vez de dejar ese espacio a gente más joven y productiva en el mercado del trabajo. Frente a ese cuadro apocalíptico, irónicamente, el capital financiero concentrado en pocas manos acumulaba ganancias fabulosas para los laboratorios fabricantes de vacunas, para los poseedores de talento en la alta ciber-tecnología y para algunos manipuladores de las bolsas donde, por ejemplo, en Estados Unidos sus beneficios sobrepasaron el 30% desde el inicio de la pandemia y, a nivel mundial OXFAM calcula que, en 2020, sumaron $us 3.900 millones.

Thomas Piketty (50), aquel economista francés que de profesor universitario en París se convirtió en celebridad mundial con la publicación de su obra Capital e ideología (2019), un estudio histórico sobre la evolución de las desigualdades en los ingresos, ahora, siempre obsesionado en su lucha por la equidad, acaba de lanzar otro “manual de combate” contra las brechas sociales, denominado Una breve historia de la igualdad (Seuil, 2021, 336 páginas), en el cual sostiene que el progreso social es un movimiento continuo que avanza desde hace dos siglos, al compás de luchas y de crisis, para terminar proponiendo un esquema —según él— “ideal”: una democracia socialista, descentralizada, participativa, feminista, mestizada y ecológica que abra —realmente— los mismos derechos y oportunidades para todos. Esta plataforma de nueva izquierda ofrecería “una soberanía universalista” en contraposición a las petizas soberanías nacionalistas. En declaraciones a la prensa, Piketty declara que la demanda de igualdad cobra mayor fuerza por lo poco democrático del actual sistema de escrutinio censitario heredado del pasado, cuando solo los más ricos podían votar. Yo añadiría que aquello también ocurría en Bolivia antes que en 1953 el gobierno de la Revolución Nacional instituyera el voto universal. Hoy en día, en Francia, denuncia Piketty, “en el modelo de financiamiento de los medios de comunicación, y de las campañas electorales, los más ricos hacen donaciones a aquellos candidatos que mejor defiendan sus intereses particulares”.

Evocando el pasado colonial-esclavista del Imperio Francés, Piketty recuerda que, obtenida su independencia, Haití debió pagar a Francia, desde 1825 hasta 1950, una deuda gigantesca como resarcimiento a los propietarios de esclavos que se sentían expoliados con la abolición de la esclavitud. Viendo la trágica situación actual de ese país, la Francia republicana debería reparar esa injusticia histórica, que el economista calcula en 30.000 millones de euros, lo que solo representaría el 1% de la deuda pública francesa, pero que equivale a tres años del PIB haitiano. Pero para dar este paso se requiere primero transformar el sistema económico internacional reduciendo las desigualdades y dando acceso a todos, en lo posible, a la educación, al empleo y a la propiedad. Piketty apela —nuevamente— a usar la política impositiva como motor del cambio.

Aunque el combate ideológico del colega Piketty —en las circunstancias presentes— pareciera una quimera, recordemos, sin embargo, que las grandes verdades, al decir de G.B. Shaw, comenzaron siendo grandes blasfemias y que, las profundas ideas revolucionarias, se iniciaron casi siempre en Francia.

Carlos Antonio Carrasco es doctor en Ciencias Políticas y miembro de la Academia de Ciencias de Ultramar de Francia.

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Talibanes o el terror anunciado

/ 21 de agosto de 2021 / 02:36

Con la caída de Kabul a manos de los talibanes, el pueblo afgano despertó la madrugada del 15 de agosto retrocediendo al más negro oscurantismo medioeval, que había creído erradicado desde 2001, cuando la coalición euro-americana derrota a la tiranía talibán que de 1996 a 2001 sumió a 37 millones de afganos al rigor más severo de la sharía, ese acopio de normativas islámicas de sometimiento a una cruel esclavitud religiosa. En ese marco, la condición de la mujer descendió a niveles infrahumanos, con la obligación al uso del burka total, esa túnica con solo dos agujeros para mirar al mundo, la prohibición de trabajar fuera del hogar o de salir a la calle sola, la lapidación por adulterio y ser forzada desde su tierna adolescencia al matrimonio impuesto contra su voluntad. Los varones debían portar barbas, turbantes y vestirse con ropa tradicional, siendo vedado el uso de trajes occidentales. La música de cualquier tono no era permitida, la reproducción gráfica en ilustraciones o fotografías de imágenes humanas o religiosas era castigada con azotes inclementes.

Iconoclastas en extremo, llegaron a dinamitar las centenarias esculturas de Buda en Bamiyan, declaradas por la Unesco como Patrimonio de la Humanidad. La corriente talibana nace con el reclutamiento de los estudiantes de religión en las famosas madrasas tanto afganas como paquistaníes y se fortalece durante los 10 años de ocupación soviética (1979-1989) cuando la CIA dotaba de armas y vituallas a los mujaidines que entonces combatían al invasor ruso, con tal ímpetu que lograron su retirada. El movimiento talibán que en 1988 ya contaba con la cooperación de Osama bin Laden, en función de gobierno, nutrió al grupo terrorista de Al Qaeda, que desde allí organizó el atentado a las Torres Gemelas de Nueva York, perpetrado el 11 de septiembre de 2001. Ese acto motivó la airada reacción de represalia ordenada por George W. Bush con la invasión consiguiente a ese país en 2001 y la escalada de acciones militares durante los siguientes 20 años, en la búsqueda de Osama bin Laden, quien finalmente, en 2011, fue abatido en Abbottabad, Paquistán, bajo el mandato de Barack Obama. No obstante, Estados Unidos no dio por terminada su misión en Afganistán, donde junto a sus aliados se enredaron más y más, puesto que en paralelo habían invadido también Irak en 2003, deponiendo a Saddam Hussein supuestamente vinculado a las operaciones terroristas. Ambas excursiones bélicas si bien mitigaron el terrorismo en la región, no pudieron controlar su expansión hacia otros escenarios en el Medio Oriente y en África. Ante la certidumbre cada vez más lejana de un triunfo sobre los talibanes, Estados Unidos entabló negociaciones discretas con la dirigencia talibana en Doha, Qatar, donde se comprometió a retirar sus tropas antes del 1 de mayo, admitiendo con ello una capitulación en cámara lenta. Ello dejó campo libre al avance insurgente.

¿Culpables? Tanto presidentes demócratas como republicanos gastaron en dos décadas, $us 83.000 millones en entrenar y equipar 300.000 tropas afganas que probaron ser ineficientes y poco motivadas para defender al gobierno constitucional. En el empeño se perdieron 2.300 soldados americanos y 60.000 afganos. Biden admitió su decepción en el desempeño afgano, gangrenado por la corrupción y por la ambigua fidelidad de sus combatientes que con asombrosa rapidez desertaron ante el avance de los rebeldes, operaciones en la que prima el tráfico del opio.

Ya en el poder, los talibanes al mando del mulá Abdul Ghani Baradar se esfuerzan por mostrar un rostro fresco, más flexible y tolerante, pero insisten en que toda libertad debe necesariamente enmarcarse en la tenebrosa sharía resistida por la población urbana que en 20 años adoptó modos de vida occidentales, pero curiosamente aceptada en los medios rurales donde los valores tradicionales tienen todavía vigencia. En el plano interno, la gran interrogante radica en si continuarán su vínculo con Al Qaeda y si lo tolerarán en su territorio. En el nivel externo, Paquistán necesita a Kabul como pieza de contención en su rivalidad con India. Rusia y China son jugadores importantes junto a la vecina Irán, en el nuevo tablero regional. Mientras Europa se preocupa por el flujo migratorio que se avecina. En esa inevitable avalancha Estados Unidos, como sus aliados europeos, deben incluir a miles de afganos que sirvieron de intérpretes, choferes, empleados e informantes que, obviamente, serían las primeras víctimas del rencor de los vencedores. El hoy rebautizado Emirato Islámico asegura que aprendió del pasado y que sinceramente desean doblar la página y promover una inserción fresca en la comunidad internacional. Empero, su credibilidad no pasa de cero.

Carlos Antonio Carrasco es doctor en Ciencias Políticas y miembro de la Academia de Ciencias de Ultramar de Francia.

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El espía llamado Pegasus

/ 7 de agosto de 2021 / 00:49

Era habitual que el espionaje electrónico estaba reservado a las grandes potencias, para vigilarse entre ellas o atisbar las travesuras de los pequeños países considerados hostiles o simplemente estorbos en el mosaico geopolítico del planeta. Pero, ocurre que ahora, con el destape del escándalo Pegasus, aquella tendencia se ha revertido y si algún minúsculo Estado dispone de los recursos monetarios suficientes, podría darse el lujo de averiguar las acciones o reacciones de los superpoderes que apetezca, sean éstos adversarios, aliados o neutros. La información es poder y cuanto más dato se acumule, mayor será la capacidad de maniobra. Tal ventaja ofrece ese famoso logicial espía capaz de aspirar el contenido total de un celular (mensajes, emails, SMS, fotos, nómina de llamadas realizadas o recibidas, lista de contactos y/o conversaciones registradas), todo ello sin noción alguna del usuario y sin dejar rastro de la interferencia ejecutada. Gracias al periodismo investigativo de Forbidden Stories y de Amnistía Internacional, se ha podido detectar al menos 50.000 teléfonos seleccionados como objetivos potenciales, ofrecidos cual menú a la carta a aquellos Estados interesados en escudriñar las intimidades de activistas molestos, periodistas curiosos, abogados de derechos humanos, diplomáticos, políticos, ministros y hasta presidentes. Pegasus es el producto estrella de la compañía privada israelita NSO, iniciales de sus tres propietarios: N por Niv Carmi, S por Shalev Hulio y O por Omri Lavie, fundadores de la empresa en 2009. El trío habría estado ligado al ejército hebreo y conservado ligazones que le permitió reclutar como empleados al menos a 800 de antiguos cuadros de seguridad o del servicio secreto judío.

Curiosamente, el primer Estado-cliente fue México desde 2010, durante el periodo de Enrique Peña Nieto y una de las victimas más notorias de los pinchazos telefónicos, fue el actual presidente AMLO. Conforme se va desenvolviendo el ovillo de ese sofisticado enredo, aparece como consejero exterior de NSO, nada menos que Gerard Araud, exembajador de Francia ante el Consejo de Seguridad, quien asegura que la empresa selecciona cuidadosamente a sus potenciales usuarios para evitar que sus logiciales caigan en manos de gobiernos poco escrupulosos o del crimen organizado. Esta reserva pareciera no haberse seguido con otro conspicuo comprador: Arabia Saudita, cuando el espiado periodista opositor Jamal Khashoggi fue asesinado atrozmente en la sede del consulado saudí en Estambul. Ese detalle, personalmente, me hace pensar que la línea de independencia entre NSO y la inteligencia israelí es muy tenue y, por lo tanto, Tel Aviv se sirve de esas herramientas para fortalecer su política exterior, erigiéndose en nocivo rival de la National Security Agency (NSA) en el acopio de información vital para definir ciertas estrategias en el tinglado internacional. Pegasus entra con estruendo en instantes en que la guerra cibernética se ha desatado entre las grandes potencias, acarreando a su paso a países periféricos. Preocupa por ejemplo que dentro los jefes de Estado espiados figure Emmanuel Macron, por encargo de Marruecos, inexplicable desliz de ese reino considerado hasta hoy, como favorito ahijado de Francia. Espiarse mancomunadamente entre aliados, concuerda con el sabio consejo de Lenin: “a confianza es buena, el control es mejor”.

Carlos Antonio Carrasco es doctor en Ciencias Políticas y miembro de la Academia de Ciencias de Ultramar de Francia.

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Nicaragua, ‘aparta de mí este cáliz’

/ 10 de julio de 2021 / 02:15

Apocos meses del triunfo de la Revolución Sandinista en 1979, el nuevo gobierno me seleccionó de una troika presentada por la Unesco para el cargo de asesor técnico principal, ofrecimiento que acepté de inmediato, dejando mi cómoda oficina de Naciones Unidas (UNFPA) en Nueva York para trasladarme a Managua y comenzar un fresco destino laboral. Como también participé personalmente en las revueltas del Barrio Latino en el Paris de 1968, condenamos la masacre de estudiantes en Tlatelolco, lloramos el heroísmo fatal de Allende en La Moneda, y encontramos “por fin en Nicaragua, una revancha de los sueños perdidos en Chile… era la izquierda. Una época que también fue épica”, como diría Sergio Ramírez Mercado.

Vibrando de unción revolucionaria, ya ataviado de pantalón de pana y guayabera blanca, me presenté al ministro de Educación, el exrector Carlos Tunnermann, quien con aire grave me señaló la función que esperaba de mí y dotándome de un despacho contiguo al suyo, me incorporó a la misión unesquiana que ya trabajaba en los proyectos educativos y culturales. El entusiasmo era desbordante y entre los logros más importantes, con orgullo anotamos la exitosa campaña de alfabetización que redujo en dos años la tasa de iletrados de 52% a 12,5%. En calles y plazas nos cruzábamos con miles de jóvenes soñadores llamados “internacionalistas”, que gratuitamente prestaban sus servicios con más buena voluntad que profesionalismo y cooperaban en emprendimientos sociales, agrícolas, sanitarios y hasta militares. Unos lucían blue-jeans y los más fanáticos se empaquetaban en uniformes verde-olivo para confundirse con los milicianos locales apodados los “compitas” con tolerancia y “piricuacos”, por los contras. Era la generación de una juventud que aspiraba a contribuir en la construcción de aquella ilusoria utopía moderna. Decenas de nacionalidades, incluso las más exóticas, deambulaban por el campo y la ciudad, particularmente escandinavos, rumanos, checos, búlgaros, franceses, españoles y entre los latinoamericanos aquellos evacuados de las trincheras urbanas y rurales de las guerrillas: chilenos, argentinos, colombianos y decenas de bolivianos. Mayormente organizados trabajaban los rusos y los cubanos.

La influencia del proceso castrista en la Revolución Sandinista era notoria en varias facetas de la ejecutoria política y gubernativa, con algunas diferencias de idiosincrasia localista. Daniel Ortega emulaba ser otro Fidel y llevó a su país a alinearse con el bloque soviético. Estados Unidos bajo la administración Reagan fustigó fieramente la rebeldía sandinista y armando financiera y militarmente la “contra” trató inútilmente de derrotar a los Ortegas. Sin embargo, más pudo la consulta democrática porque en las elecciones de 1990 la opositora Violeta Chamorro ganó la presidencia para el interregno (1990-1996). Daniel Ortega retornó al gobierno en 2006 y desde entonces, fue reelecto tres veces, la última con su esposa Rosario Murillo como vicepresidenta. Hoy, el camino a su cuarta reelección está regado con sangre. Lamentablemente, siguiendo la vesania de los autócratas, distorsionó el curso revolucionario con la corrupción y el atropello a los derechos humanos, empeñado en sostenerse perpetuamente en el poder, instaurando esa tiranía bicéfala muy parecida al sistema Somoza que, cuando joven, Daniel ayudó a aplastar.

Triste comprobar que la parodia de Orwell en Revuelta en la granja se cumple otra vez. Cuando los animales destierran a los patrones y se instalan en su lugar, los cerdos asumen como la casta gobernante, los perros ofician de policías y fiscales, mientras los burros son la clase trabajadora. Al principio ideológico de que “Todos los animales son iguales” se le agrega un añadido para justificar la irrupción de la nueva clase: “Pero algunos animales son más iguales que los otros”.

Dolor grande constatar que la terca obstinación del hombre que se cree providencial se impone sobre la lucha heroica del pueblo nicaragüense por la libertad y la dignidad.

Carlos Antonio Carrasco es doctor en Ciencias Políticas y miembro de la Academia de Ciencias de Ultramar de Francia.

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