Voces

viernes 24 sep 2021 | Actualizado a 15:10

Ciudadano

/ 26 de julio de 2021 / 00:48

Ciudadano era aquel que vivía en la civitas romana. Ciudadano era, entonces, la condición que tenía el habitante de estas ciudades. Para acceder a esta condición el ciudadano debía ser un jefe de familia (hombre libre y con recursos). Las mujeres, los hijos y dependientes de ese pater familias no podían ser ciudadanos. Después de la caída del Imperio Romano, el término perdió relevancia hasta que resurgió en la Revolución Francesa en la que se la usó como herramienta política para eliminar el uso de los vocablos madame y monsieur, democratizando la otrora elitista condición de ciudadano.

El término, aparentemente simple, esconde un debate que va más allá de la posibilidad de ejercer los derechos políticos; para algunos sociólogos, detrás de este concepto se halla una distracción para allanar las diferencias sociales y así evadir el problema de las clases sociales. Por ejemplo para Alfred Marshall, en su obra El futuro de las clases trabajadoras la igualdad que aportaba el ciudadano como pertenencia plena a una comunidad, era suficiente para invisbilizar otro tipo de desigualdades.

En un sentido jurídico el ciudadano es un sujeto de derechos por la pertenencia, en rango de “igualdad”, al conjunto de la comunidad; de esta pertenencia se desprenden tres elementos principales: civil, político y social. El elemento civil se caracteriza por aglutinar los derechos necesarios para el ejercicio de la libertad individual, vale decir que reúne a los derechos de expresión, religiosidad y pensamiento. El elemento político es el que contiene a los derechos de ejercicio activo (ser elegido) como pasivo (elegir). Finalmente, el componente social se refiere al bienestar del individuo dentro de su sociedad, es decir busca la generación de condiciones mínimas aceptables para el desarrollo de la vida

El concepto de ciudadano está íntimamente ligado a la idea liberal de individuo, por lo que en el discurso marxista es virtualmente inexistente, a menos que se lo vincule con la clase social a la que pertenece, dentro de la cual ejerce los derechos, ya sea en calidad de burgués o proletario. No olvidemos que cuando se pregunta a Blanqui cómo se identifica, él responde: proletario como una manera de desplazar la noción de ciudadano que evitaba referirse a las condiciones sociales que posibilitaban la eficacia del ejercicio de derechos.

Pese a las críticas que puede tener la noción de ciudadano, hoy se habla de una ciudadanía multicultural y de una ciudadanía universal en busca de problematizar fenómenos como la diferencia cultural, las herencias coloniales, la migración, las precariedades laborales, la globalización, y todo ello respecto al ejercicio efectivo de derechos políticos, sociales y laborales en particular, sin más requisito que la condición humana.

Farit Rojas T. es abogado y filósofo.

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Desacuerdo

/ 20 de septiembre de 2021 / 01:09

El núcleo del pensamiento político del filósofo francés Jacques Rancière se encuentra en la idea de “desacuerdo” (o mésentente en francés).

Por desacuerdo Rancière se refiere al desentendimiento, es decir a la disputa sobre lo que hablar quiere decir, y que termina por constituir la racionalidad misma de la situación de habla. En estos casos de desacuerdo los interlocutores entienden y no entienden la misma cosa en los mismos términos, y es que aún cuando pareciera que los interlocutores entienden de lo que hablan, una de las partes no ve el objeto sobre el cual habla la otra. En este sentido, el desacuerdo sería una especie de punto ciego que hace imposible la justicia, porque una de las partes no puede demostrar que sufre una injusticia, porque ésta no es reconocida por el lenguaje de la otra parte. De esta manera el querellante se ve despojado de los medios de argumentar, se ve despojado de las palabras que traduzcan su sufrimiento y permitan que ese sufrimiento sea visto, y justamente por ello, por esta ausencia, se convierte en víctima.

Un caso de desacuerdo tiene lugar cuando la resolución de un conflicto que opone a dos o más partes, se hace en el lenguaje, en el idioma, de una ellas, mientras que las injusticias sufridas por las otras partes no se significan en ese idioma. Entonces, Rancière señala que el agravio, el daño, está mostrando que hay una parte de la comunidad política que no es parte de la misma, porque no es visible, no es audible, no es portadora de la palabra. Por lo tanto, a esta parte que no es parte de la comunidad, lo único que le queda es disputar el orden que la ha excluido, enfrentándose a la comunidad que la niega. Esta disputa, esta querella de los sin parte, no puede expresarse sino a través del conflicto, cuestionando los roles, las jerarquías, las tareas, las maneras de ver, las maneras de oír y las maneras de decir, para visibilizar su exclusión.

Podríamos decir que se encuentran en desacuerdo las víctimas que reclaman algo que el sistema jurídico no puede conceder, porque este sistema, que también es un sistema de lenguaje, no significa el sufrimiento que padecen, y en consecuencia permite visibilizar que el conflicto es político, porque el supuesto consenso del que nace el Derecho los ha excluido.

Los movimientos indígenas, los movimientos feministas, los movimientos de migrantes, entre otros, son algunos de los sujetos que solo tienen como repertorio su condición de movimiento, de conflicto, de revuelta y de denuncia. Al movilizarse dejan al descubierto la violencia y opacidad del sistema jurídico y del sistema político, que generalmente van de la mano y se prorrogan, mucho más, cuando estos sistemas toman la decisión de reprimirlos bajo el argumento de mantener el orden, la ley y la paz social.

Farit Rojas T. es abogado y filósofo

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Pacificar

/ 6 de septiembre de 2021 / 01:01

Pacificar supone establecer la paz en los lugares y tiempos en los que antes habitaba la guerra.

La paz, entonces, supone un orden social deseado por las estructuras de poder que suceden a la guerra; por ello, como señalan Chantal Mouffe y Ernesto Laclau en el libro clásico Hegemonía y Estrategia socialista, “el orden social no puede ser concebido como un principio subyacente”, es decir no hay un origen en el que todo hubiera sido paz. La paz (y el orden social y político establecido) es algo que “sucede” y no así algo que “precede” a una situación de enfrentamiento.

Una explicación detallada sobre este tema la llevó a cabo el filósofo francés Michel Foucault en su curso de 1976 llamado Defender la sociedad. En la primera lección Foucault llama a invertir el aforismo de Clausewitz (la guerra es la continuación de la política) y señalar que “la política es la continuación de la guerra por otros medios”. Dicho de otro modo: la guerra no culmina, continúa con el uso de una serie de mecanismos y formas de dominación institucionalizadas. En este sentido, las relaciones de poder que pacifican tienen esencialmente por punto de anclaje una cierta relación de fuerza establecida en un momento dado, históricamente identificable en la guerra y por la guerra. Y la mantención de la paz supone simplemente un ejercicio de mantenimiento y prórroga de las relaciones de poder establecidas y concebidas en la guerra y por el enfrentamiento a través de distintos medios, generalmente institucionales de garantía del orden y de la soberanía. Podríamos decir que se instituyen procedimientos jurídicos para esta pacificación.

No es casual que el origen etimológico de paz no sea otro que pax entendido como acuerdo, pacto o tratado de armisticio, es decir aquello que sucede a la guerra. Por ello la denominada pax romana (situada entre el 27 a.C. y el 180 d.C.) fue el uso de la fuerza para “pacificar” las distintas provincias romanas frente a las vencidas fuerzas de resistencia.

Resulta interesante que para Thomas Hobbes, en su libro clásico titulado Leviatán, lo único que puede detener la guerra sea un acuerdo, un armisticio que dé nacimiento al soberano-Estado. Esta prórroga de las relaciones de poder dominantes se visibilizan de manera clara cuando Hobbes considera que el Rey, quien encarna al Leviatán, es el depositario de toda la fuerza y la soberanía, es decir posee el monopolio de la violencia y las armas, además de que es irresponsable por sus actos.

La paz, en esta brevísima explicación, no sería otra cosa que aquel momento buscado por el más fuerte, para cancelar no la guerra, sino la ofensiva del más débil, generando una estrategia para prorrogar los efectos de la batalla final, haciendo reinar la paz como condición de la derrota efectiva de los débiles.

Farit Rojas T. es abogado y filósofo.

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Carta Magna

/ 23 de agosto de 2021 / 01:19

Hay, en verdad, augustísimo emperador, dos poderes por los cuales este mundo es particularmente gobernado: la sagrada autoridad de los papas y el poder real. De ellos, el poder sacerdotal es tanto más importante cuanto que tiene que dar cuenta de los mismos reyes de los hombres ante el tribunal divino”. Así comienza la carta dirigida por el papa Gelasio al emperador Anastasio el año 494, considerada la primera Carta Magna de Occidente. Se la llama magna debido a la influencia en ella del legado del papa San Leo Magno cuyo pensamiento teológico dejó huella en la búsqueda de diferenciar los poderes en la tierra medieval: el Rey y los Obispos.

La Carta Magna de San Gelasio es para muchos historiadores del derecho constitucional el primer documento que podríamos llamar “constitucional”, si se entiende Constitución como cultura contractual de acordar el ejercicio del poder. Este primer pacto se da entre las fuerzas reales y fácticas de la naciente Edad Media. La Carta Magna de 1215, que es más conocida y que se le rinde el tributo de la memoria histórica, incluirá a un nuevo agente en el contrato: los señores feudales, pero seguirá presente el monarca y la Iglesia.

La Carta Magna de 1215 es otorgada por Juan Sin Tierra después de una serie de presiones de los señores feudales. Como señala Harold Zink: “Después de haber perdido Juan con sus actos despóticos y sus rendiciones humillantes, los hombres fuertes del país le pusieron en las manos una larga lista de peticiones de reforma, amenazándole con la guerra civil si se negaba a ella. El 15 de junio de 1215, ambas partes convinieron en redactar una Carta Magna en la llanura de Runnymede, entre Londres y Windsor. El documento no fue firmado, en el sentido riguroso de la palabra, porque Juan no sabía firmar, y pocos de sus adversarios entendían más de letras. El obispo William Stubbs dijo una vez que toda la Historia Constitucional inglesa no es sino un largo comentario a la Carta Magna arrancada al Rey no por el pueblo, sino por un grupo de disidentes señores feudales, poco podía decir —y, en el mejor de los casos, indirectamente— sobre los derechos y privilegios de la gente humilde”.

Entonces, sí en la Carta Magna no participó el pueblo llano, sino la Iglesia, la nobleza y los señores feudales, ¿por qué los historiadores del Derecho la consideran el origen de la reflexión constitucional? Una respuesta es que llamamos Constitución a la manera en la que se ralentiza el ejercicio fáctico del poder, evitando que el mismo se concentre en una persona, o en pocas. Muchos siglos después, la Declaración de derechos del hombre y del ciudadano de 1789 señalará que “una sociedad en la que no esté establecida la garantía de los derechos, ni determinada la separación de los poderes, carece de Constitución”.

Farit Rojas T. es abogado y filósofo.

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El dilema del prisionero

/ 9 de agosto de 2021 / 01:44

El dilema del prisionero es un modelo de análisis de conflicto, que se explica de la siguiente manera. Dos ladrones son detenidos y encerrados en celdas de aislamiento, de forma que entre ellos no puede existir comunicación alguna. Se tiene la sospecha de que ambos han participado en el robo de un banco, delito cuya pena es de 10 años de cárcel, pero no se tiene pruebas. Solo se tiene pruebas de tenencia ilícita de armas, es decir, un delito menor cuyo castigo es de dos años de cárcel. Entonces, se promete a cada uno de ellos que se reducirá su condena a la mitad si proporciona las pruebas para culpar al otro del robo del banco. Lo que cada uno de ellos realice no será de conocimiento del otro, naciendo así dos estrategias posibles de los prisioneros. La estrategia “lealtad”, que consistiría en permanecer en silencio y no proporcionar pruebas para acusar al compañero, y la estrategia “traición”, que sería lo contrario.

Debido a que no se puede conocer la decisión del otro preso, pues ambos están aislados, la estrategia más segura, autointeresada y racional es la traición. Si ambos traicionan se les dará cinco años de cárcel a cada uno, pues ayudaron a culpar al otro. Claramente, hay un mejor resultado, el cual se produce si ambos eligen la estrategia lealtad, pues ambos serían condenados por solo dos años de cárcel. Pero si uno es leal y el otro es un traidor, el leal recibirá 10 años de cárcel y el traidor un año, un muy bajo estímulo a la lealtad entre ladrones. Traicionar, entonces, parece ser la mejor alternativa en este juego, pues es el llamado punto de equilibrio de John Nash, matemático estadounidense cuya vida fue retratada en la película Una mente brillante.

El dilema del prisionero es un juego de suma no nula, también llamado juego bipersonal, biestratégico y simétrico, que se basa en la conducta del ser humano que solo vela por su bienestar. Es posiblemente el juego más conocido y estudiado en la teoría de juegos y en el llamado análisis económico del Derecho que concibe al ser humano como un homo economicus, es decir, un ser racional que maximiza su utilidad y trata de obtener los mayores beneficios. En base al dilema del prisionero se han elaborado multitud de variaciones, muchas de ellas basadas en la repetición del juego y en el diseño de estrategias reactivas. En la ciencia política, el dilema del prisionero se retrata como el juego del free rider, y da cuenta de aquella persona que hace un cálculo para apoyar o no una medida política, dependiendo de cuánto beneficio personal encuentra al hacerlo. Así, el free rider se acomoda a las circunstancias en base a un cálculo de beneficios y no así en base a una línea ideológica.

Farit Rojas T. es abogado y filósofo.

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Finitud humana

/ 12 de julio de 2021 / 01:43

El ser humano es un ser finito, nace en una determinada época, bajo un determinado lenguaje y una determinada cultura. El ser humano no puede sustraerse a su cultura, a su mundo histórico que lo antecede. Tampoco puede sustraerse a su comunidad, que le ha dado el lenguaje y sus significaciones, para ver las cosas desde una mirada a-cultural o a-histórica.

El francés Michel Foucault, ya en los años 60 del siglo pasado, hablaba del a-priori histórico, entendido como una epistéme que dura solo un periodo limitado de tiempo. Una epistéme es la red, la base o el tejido que permite al pensamiento organizarse a sí mismo, es decir, ordenarse como pensamiento. Cada periodo histórico posee su propia epistéme, la misma que limita, a la vez que posibilita, la totalidad de la experiencia, el conocimiento y la verdad situada. De esta manera la epistéme gobierna toda la ciencia de un periodo de tiempo, pues le otorga las bases sobre las cuales se asienta. La epistéme para Foucault es anónima e inconsciente, dicho de otro modo, el ser humano no se da cuenta de que habita una epistéme, como un pez no sabe que vive en el agua. De esta manera, la epistéme está en la base de los conocimientos de una época histórica, y puede ser vista, analizada, pero, a la vez, no comprendida del todo, desde otra época o tiempo. Todos los saberes particulares de un determinado tiempo dependen de una misma epistéme, y ésta cambia de época en época.

Si salimos del etnocentrismo de creer que existe una sola cultura y nos aventuramos a llevar a la reflexión foucaultiana a la pluralidad de culturas, podríamos decir que cada cultura posee su propia epistéme, sobre la que basa su propia concepción del mundo.

Otro francés, Jacques Derrida, resumía lo anterior bajo la frase: “Solo tengo una lengua y no es la mía”. Lo que no significa que esa lengua le resulte extraña o extranjera, al final de cuentas todos habitamos una lengua, aunque no nos pertenezca. Solemos decir que dominamos una lengua, pero lo que Derrida nos susurra es que la lengua es la que nos domina. El sujeto está sometido al nomos —norma, hábito o costumbre— del otro, es decir, del logos que se manifiesta en la lengua.

La lengua nos presta su palabra de dos maneras diferentes: por un lado, nos provee un sistema significante a partir del cual comprendemos el mundo; por el otro, nos propone confiar en él, ya que de todos modos no podemos acceder de modo directo a una realidad prelingüística. La relación entre el término y lo que éste significa es una relación cultural situada, al igual que la epistéme foucaultiana.

Entonces, el lenguaje ya no es uno, sino es múltiple, y crea por consiguiente otros mundos, cada uno con sus acontecimientos, sus seres y sus hechos, constituyendo, de esta manera, la finitud humana.

Farit Rojas T. es abogado y filósofo.

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