Voces

domingo 22 may 2022 | Actualizado a 13:51

¡Adiós a los palacios y con casas propias!

/ 23 de enero de 2022 / 01:25

La inauguración de la Casa Grande del Pueblo (CGP) el 9 de agosto de 2018 y la del nuevo edificio de la Asamblea Legislativa Plurinacional (ALP) el 2 agosto de 2021 marcan hitos muy importantes en la vida política del país. ¿Qué significa sustituir a los antiguos palacios de arquitectura colonial por otros edificios contemporáneos? La oposición política y sus allegados sociales han vociferado diciendo que son construcciones del Estado plurinacional, que es “el edificio del Evo”, que no se justifica su edificación por el excesivo gasto ocasionado, etc.

Si hacemos alguna comparación ¿cómo son las viviendas donde habitan estas personas que protestan por la construcción de las casas de la ALP y la CGP? Estoy seguro de que sus domicilios son verdaderos palacios y de gran costo, además de tener lujos, estar adornados de costosos mobiliarios traídos del extranjero, etc. El caso de la CGP ha despertado una serie de reacciones, desde las más reflexivas hasta los más racistas que dicen “que no es bueno porque fue ideada su construcción por un indio”, refiriéndose al expresidente Evo Morales. Aunque otro grupo de ciudadanos/as pide que se reconozca al “palacio quemado” como un lugar histórico patrimonial y creo que eso está implícito cuando se anuncia que se convertirá en un museo y su acceso al público. Lo más importante de la CGP y ALP es haber logrado la desvalorización de un lugar central y colonial de la ciudad de La Paz: la plaza Murillo.

La ubicación y la construcción de la CGP y ALP, a pesar de estar en el centro histórico, han puesto en crisis la típica simbolización de la ciudad: el kilómetro cero de la plaza Murillo. Hay que recordar que su trazado, como el de muchas otras ciudades latinoamericanas fundadas por los españoles, alberga a la plaza principal o plaza mayor, cercada por la Catedral católica, la Gobernación y la Asamblea Legislativa. Para los que reclaman que ya no hay actividad del Poder Ejecutivo en el “palacio quemado”, es importante precisar que las ciudades latinoamericanas fueron fundadas sobre otras ciudades más antiguas, sobre las wak’as o lugares sagrados ancestrales, como Tenochtitlán en México, Cusco en Perú y Chuqiyapu Marka en La Paz.

Para los colonizadores, Abya Yala o América Latina apareció como un continente casi vacío, casi sin población y sin cultura, que en la idea de los españoles era totalmente desdeñable. Así se constituyó la mentalidad fundadora, es decir, se implantaba casi todo sobre la casi nada, sobre una naturaleza que se desconocía, sobre una sociedad ancestral que se aniquilaba, sobre una cultura que se daba por inexistente. La ciudad se convirtió en un reducto europeo en medio de la nada. Así se organizó el sistema político y administrativo colonial, los usos burocráticos, el estilo arquitectónico, las formas de vida religiosa, las ceremonias civiles, de modo que la nueva ciudad comenzara cuanto antes a funcionar, como si fuera una ciudad europea extendida, ignorante de su contorno, indiferente al mundo subordinado de los indios, de los mestizos conscientes y de los negros al que se superponían.

A pesar del proceso del colonialismo triunfalista, el peligro de un levantamiento de los indios se mantuvo latente en muchas ciudades y obligó a sus pobladores a mantenerse en pie de guerra. Por eso crearon la ciudad-fuerte, la ciudad- fortín, que les garantizaba la unión de grupo colonizador, la continuidad de sus costumbres y ese ejercicio de la vida “noble” que se había grabado en su memoria de emigrados.

En síntesis, así se construyó la sociedad barroca colonial, escindida en privilegiados y no privilegiados. La idea de ciudad-fortín también fue aplicada en su cabalidad a La Paz, ¿acaso no se convirtió en fortín frente al levantamiento de Tupaj Katari-Bartolina Sisa en 1781 y movilizaciones indias y populares contemporáneas? Esa idea de ciudad-fuerte fue el justificativo para que los indios no ingresen a la plaza Murillo. A aquellos que se lamentan que el viejo palacio de gobierno ya no se utilice ¿añoran estas causas coloniales y racistas? ¿Por qué no existe un monumento a Tupaj Katari y Bartolina Sisa en la plaza Murillo? Esta plaza debería albergar las estatuas de Bartolina Sisa y Gregoria Apaza, porque en esa plaza fueron humilladas cruelmente por los españoles. En plena esquina, hoy Museo de Arte, otrora domicilio donde estuvo presa Bartolina.

Este desmarque de la CGP y la ALP no solo es físico ni arquitectónico sino fundamentalmente es descolonizador frente a un emblema que hasta hace poco representaba el ejercicio del poder político central fundado por la colonización y continuado por sus seguidores.

El expresidente Morales había abierto al público la visita a la CGP, esa labor tiene que continuar y algo similar tendrá que ocurrir con la ALP, para que no se vuelva repetir el uso y la exclusividad de esas nuevas casas solo para los funcionarios, los diputados, senadores y visitantes extranjeros. Las visitas guiadas en nuestros idiomas ancestrales le darían un marco diferente para que la ciudadana/o común conozca, de qué lugar administran el país los políticos. Los antiguos palacios habría que convertirlos en museos de la memoria, para que no se reproduzca el colonialismo. Sería plausible que se retire al Regimiento Colorados que hoy la custodia. Estos vetustos palacios tienen que albergar documentación, libros, fotografías, periódicos antiguos, que con diseños llamativos permitirá conocer el país colonial, que hoy estamos transformándolo por nuestros thakhi/ñan o caminos de la descolonización profunda.

Esteban Ticona Alejo es aymara boliviano, sociólogo y antropólogo.

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De Fausto a Hilda Reinaga: herencia y sueños

/ 15 de mayo de 2022 / 01:01

Hace poco tiempo Hilda Reinaga Gordillo, sobrina del gran pensador quechuaymara Fausto Reinaga, publicó su libro titulado Mi llegada a la casa del Amauta, editado por la Fundación Amautica F. Reinaga y Mirada salvaje. El trabajo está dividido en seis capítulos, con un pequeño anexo de fotografías y manuscritos inéditos. La portada del libro es muy ilustrativa. Hilda en la Biblioteca del Amauta, rodeada de libros, fotografías de Fausto y una wiphala en el centro. Hilda enseñando la máquina de escribir con la que trabaja el Amauta y seguramente fue también la herramienta con la que trascribía los manuscritos de su tío. Se hizo varias presentaciones en diferentes lugares del país, pero no ha merecido gran atención. A excepción de algún escritor que publicó en un medio escrito de alcance nacional. En estos últimos días se hará la presentación en Argentina y la recepción no será tan fría como en Bolivia.

Uno lee la memoria, el testimonio de Hilda e inmediatamente recuerda a los escritos de Fausto, por ejemplo, en la forma crítica (incluso autocrítica) de abordar su experiencia vivida, pero también los análisis a temas históricos del país y el acercamiento a momentos felices y difíciles subsistidos, junto a su tío.

Está claro, el estilo de abordar la realidad la aprendió de esa especie de escuela del indianismo que formó Fausto, pero a la vez es conjuncionada con el espíritu de la rebeldía de la mujer quechua del Norte de Potosí. Si bien cumplió distintas tareas en la casa junto al escritor, la obra de Hilda es una manifestación de la mujer india pensante y escritora.

Hay varios acápites históricos que son abordados profundamente por Hilda, como complementos o ampliaciones a las obras de Reinaga, quien no solo utilizaba las páginas centrales sino notas de pie y hasta algún anexo de sus libros. Sin embargo, hay datos inéditos de varios momentos existidos en la familia Reinaga, como algunas fotografías únicas, desde que Hilda era niña y su llegada a la casa de Fausto en Chuqiyapu marka del mundo aymara.

Como toda familia andina, no están exentos las contradicciones y tensiones permanentes, que no se resuelven a lo larga de la vida de Hilda, incluso con la muerte de Fausto en 1994. No solo es un simple testimonio, sino que hay argumentos sólidos, citando acciones de algunos personajes públicos del mundo indio, sean kataristas e indianistas, y que son aclaradas o son cuestionadas abiertamente.

Hilda, muy al estilo de Fausto, no tiene miedo de criticar a la nueva generación de indianistas/kataristas, que en alguna medida fue apoyada por ella y hoy varios integrantes de esa juventud han quedado atrapados en la obsesión por el poder, hasta de vicios occidentales, generándose una especie de desarraigo de los orígenes interesantes de la nueva camada de indianistas y kataristas del presente. Valoro el cuestionamiento de Hilda a la perdición de la juventud, que en el fondo no es más que un sueño de tener una nueva generación sana y lúcida que pueda llevar adelante varias propuestas del indianismo que Fausto soñó en vida. A pesar de los agradecimientos que realiza Fausto a Hilda en varias de sus obras, en ese momento no aparece la Hilda pensadora y narradora.

Creo que hay muchos aspectos desconocidos en la vida de Fausto y quien puede retratarlos mejor es Hilda, como la vida cotidiana, su apego a la madre naturaleza. No en vano se fue a vivir a K’illi k’illi (hoy Villa Pabón), que en su época era un barrio marginal de indios y el lugar simbólico donde fue depositada una de las partes del cuerpo descuartizado de Tupaj Katari. Fausto fue gran amante de la vegetación, en un lugar de migrantes de pueblos ancestrales.

En nuestra reciente conversación con Hilda, le pedí que escriba más, que nos cuente otros aspectos para conocer mejor a Fausto, de quien nos hemos quedado solo con la idea del creador de ideas y de libros. Aunque esos libros de Reinaga tienen un estilo particular. Sería lindo que en otro libro nos cuente del hijo de Fausto, Kolla, que recientemente falleció y que también fue escritor, aunque aún no conocemos sus obras.

Jallalla Kullaka Hilda. Wali sumawa qillt’atamaxa jach’a markasataki.

Esteban Ticona Alejo es aymara boliviano, sociólogo y antropólogo.

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Censo, identidades y sus heridas

/ 1 de mayo de 2022 / 02:39

En estos últimos días se ha suscitado una avalancha de opiniones sobre el término “mestizo”. Existe la versión oficial de no incluir en la boleta censal esa palabra, a utilizarse en noviembre de este año. Algunos opinan que hay que hacerlo. En un país como el nuestro, heredero de procesos de colonización racializada, que aún no termina, es sumamente complejo quedar atrapado en un término como mestizo.

Es llamativo que las ciencias sociales y humanas que se reproducen en las universidades de Bolivia se hayan soslayado del análisis profundo de las categorías socioculturales identitarias nuestras. A excepción de algunos investigadores, la gran mayoría ha optado por utilizar términos banales como clase media, clase alta, clase baja, hasta popular, etc., que no explica la clasificación colonizada y sus múltiples complejidades.

Si queremos tener una real cartografía identitaria del país hay que recurrir a conceptos conocidos, claros, y que es utilizada por la misma población, aunque esté sujeta a varios cambios históricos. Por ejemplo, el término “camba” fue apropiado en los últimos años por las élites de la región amazónica, cruceña y chaqueña. Hace 100 años identificaba solo al/a camba que era sinónimo de indio de las tierras bajas. Hoy los pueblos ancestrales de la amazonía, el chaco y el oriente se autodenominan más como indígenas que cambas. ¿Cómo fue el proceso de apropiación de la gente “blanca”? ¿Cómo se dio el desarraigo de los indios cambas?

Pero términos como q’ara en la región andina (literalmente quiere decir pelado) y karayana en las tierras bajas, no han sufrido grandes modificaciones. ¿Hoy quién es el q’ara/ karayana? ¿Será posible que, en el Censo de noviembre, se autoidentifiquen los/as q’aras/ karayanas como tal? Aunque en el caso de las mujeres, la segregación es mucho más explícita. Palabras como señorita, chota, birlocha, incluso chola, apuntan a procesos sociales complejos en toda la esfera societal del país.

Indudablemente la palabra mestizo (misti cuando es aymarizado o quechuizado) es mucho más ambiguo. Esta palabra es un escape social porque es una denominación con muchas derivaciones. El mestizo puede estar cerca del indio/india, pero no admite esa situación. El mestizo, muchas veces se siente parte de los q’aras, en una idea arribista y por lo tanto muy lejos de los indios/as.

Si queremos saber cómo nos identificamos, es preciso recurrir a la autoidentificación identitaria, aunque ese recurso sea cambiante, según las coyunturas sociales y políticas. ¿Es posible la autoidentificación? Parece muy sencillo hacerlo, pero es muy complejo concebirlo. Un joven posiblemente no lo haga de manera inmediata, sobre ¿quién es? Una persona mayor seguramente tenga mayor facilidad de autoidentificarse, aunque puede ya estar atravesado por varias identidades como ser aymara/quechua, pero ya citadino y por lo tanto indio urbano, aunque para el q’ara/karayana común será ya un mestizo o cholo. La gran dificultad para autoidentificarse tiene que ver con la presión social de los factores del colonialismo interno y externo, donde lo indio/a y sus derivaciones, incluso lo urbano popular, siguen siendo como realidades negativas y para desarraigarse. A pesar que en estos últimos años ha relucido tenuemente el orgullo ancestral indio, es un factor que también recibe el contraataque colonial que hace re-pensar que siguen siendo sociedades del atraso, incluso de gente salvaje. Por esta situación, hoy un buen conglomerado se siente español, europeo, pero se camufla bajo el nombre de boliviano.

¿Qué sucede con las adscripciones identitarias? Es relativamente efímero, porque la permeabilidad en las sociedades coloniales, que casi son de castas, no lo permite. Traspasar de una clase a otra no es tan sencillo. Por esta razón, un/a q’ara no se convierte en indio o un indio/a tampoco se convierte en q’ara fácilmente.

Jichhurunakanxa wali mistinakat parlapxistu. Taqiniw mistixtanja, sasaw sapxistu. ¿Ukhamapachati?

Esteban Ticona Alejo es aymara boliviano, sociólogo y antropólogo.

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Deshilando la Revolución de 1952

/ 17 de abril de 2022 / 01:07

El 9 de abril se recordó los 70 años de la Revolución Nacional de 1952. Es la segunda revolución en el Abya Yala, después de la mexicana de 1910. Fue una revolución armada donde el pueblo destruyó a las Fuerzas Armadas y a la Policía nacional. Esta revolución es atípica porque no participaron los burgueses, porque no existían. El rol revolucionario fue asumido por varios sectores sociales como los obreros, pero sobre todo por la indiada, que también eran los mineros y sectores populares urbanos del país.

Pese a esta situación simbólica importante, no ha merecido mayor atención, como el de contar con la recuperación de formas de memoria como testimonios orales de sus protagonistas, fotografías de sus actores e incluso la preservación de algunos lugares emblemáticos.

Algunos lugares como Laikacota, Killi Killi (hoy Villa Pabón), Villa Victoria, Munaypata e incluso la Ceja de El Alto en la ciudad de La Paz, donde se libraron batallas decisivas, han quedado casi borrados como lugares representativos del triunfo.

La insurrección de 1952 fue quizás uno de los acontecimientos más importantes de toda la historia de Bolivia, porque dio inicio al resquebrajamiento de las exclusiones e inauguró la democratización del país, aunque a la vez permitió ciertas líneas de continuidad poscolonial, en especial para los pueblos originarios. Los aspectos más distintivos de este proceso son: en lo global, se intentó refundar el Estado-nación, mestizo y homogéneo; en el ámbito socioeconómico, generó la reforma agraria de 1953, los programas de “colonización” y la “marcha al oriente”; en lo educativo, produjo la multiplicación de escuelas rurales; en el campo organizativo y político, dispuso el voto universal y la imposición nacional de los “sindicatos campesinos”.

El 2 de agosto de 1953, en Ucureña se firmaba el Decreto de la Reforma Agraria, una de las principales medidas del nuevo régimen. Fue sin duda un paso más dado por la presión indígena y campesina que por la convicción del gobierno del MNR. Pero la reforma mantenía una fuerte dosis de la orientación liberal planteada desde el siglo XIX. Esta ley fue ambigua con los ayllus y “comunidades originarias”. Esta falta de claridad no permitió brindar mejoras a los comunarios, aunque se toleró su reproducción como sistema socio- económico y político local. Los ayllus y “comunidades originarias” no recibieron beneficio especial alguno de la ley, la cual se limitó a garantizar algunos de sus derechos.

La formación de los sindicatos campesinos no solo fue fomentada por el MNR. Era parte de una nueva corriente que estaba ganando cuerpo después de la Guerra del Chaco en varias zonas de haciendas con el apoyo de varios partidos políticos de izquierda. Pero fue el MNR el que canalizó y generalizó esta corriente, añadiéndole a la vez una relación política clientelar en el campo.

Detrás de este éxito aparente, se detecta también un nuevo discurso civilizador. Apoyado por la masificación de las escuelas rurales, el sindicalismo quebró la relación intergeneracional y ocasionó que los jóvenes rechacen el pasado de sus mayores, como algo arcaico y menos digno. En términos de la sociedad colonial, la estructura sindical fue concebida como el espacio de la “civilización y progreso”, el camino hacia la modernización, por el que sí valía la pena avanzar desconociendo toda la experiencia previa al 52.

El Estado de 1952 generó todo un imaginario en torno a las tierras bajas y sus pobladores originarios. La política de la “marcha al oriente” estaba orientada a la colonización interna. Se pensaba que las tierras amazónicas, orientales y chaqueñas eran vírgenes y con pocos habitantes de algunos “grupos selvícolas”. Se conocía muy poco a los pueblos indígenas de las tierras bajas y esa es una las explicaciones del por qué tanta ignorancia al calificar a los originarios de “salvajes”. El “Estado del 52”, que se vanagloriaba de ser moderno, actuó con una mentalidad arcaica y colonizadora al declararse “tutor” de quienes “se encuentran en estado salvaje”.

Ma jach’a ch’axwayiwa utjawayatayna kha 1952 uka marana. Achachilanakasax, awichanakasax wali unjtasiwayapxatayna. Uka sartasiwix janiw armasiñakiti.

Esteban Ticona Alejo es aymara boliviano, sociólogo y antropólogo.

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La memoria que quieren diluir: Juana Vásquez

/ 2 de abril de 2022 / 23:34

Cada pueblo construye su porvenir sobre su pasado, sobre los hechos de sus hijas/os. Desde el acto más sencillo hasta los más complejos son parte de esa memoria como experiencia y aporte. ¿Qué sucede en países aún colonizados como el nuestro? Los que más contribuyen al conocimiento humano siempre quedan en el olvido. En el caso indígena —llámese aymara, quechua, guaraní y otros pueblos—, la situación es más compleja y mucho más difícil de afrontarla. Los pueblos ancestrales subalternizados casi siempre están supeditados a preservar su memoria sobre los poderes imperantes e incluso sobre las mezquindades de su misma gente. ¿Qué sucede en Bolivia que tiene una Constitución Política de 2009 interesante, que reconoce la existencia de sus pueblos ancestrales como memoria y presente? En la realidad los ejecutores de la ley máxima no lo están forjando y quizás no están entendiendo la dimensión de ese reconocimiento en nuestra vida nacional. El Órgano Legislativo Plurinacional, mediante su representación, está desconociendo la existencia de ese patrimonio ancestral. A niveles intermedios, llámese municipios y gobernaciones, depende de la convicción política de quienes están en el poder. En el caso de la ciudad de La Paz, no les interesa reconocer la memoria ancestral de una mujer aymara llamada Juana Vásquez.

El 6 de septiembre de 2021 se enviaron cartas al presidente nato de la Asamblea Legislativa del Estado Plurinacional, David Choquehuanca; al presidente del Concejo Municipal de La Paz, Jorge Dulon; a la vicepresidenta del Concejo Municipal de La Paz, Eliana Paco. Sobre el caso de la primera mujer lingüista aymara Juana Vásquez. Han pasado casi ocho meses y no hay respuestas claras y contundentes. Lamentablemente, Juana finó en agosto de 2020. En las cartas resumimos algo de su enorme trayectoria, como haber sido parte del equipo de connotados lingüistas investigadores que elaboraron la gramática aymara con Juan de Dios Yapita y Marta Hardman, hoy plenamente vigentes en los espacios académicos y lingüísticos del país. Además, Juana Vásquez fue investigadora del otrora INEL del Ministerio de Educación, aparte de ser dibujante y poeta. Solicitamos, entre otros, que sus bienes materiales e inmateriales sean declarados patrimonios del pueblo aymara.

A fin de amplificar este pedido, tocamos puertas a varios medios de comunicación y periodistas. Muy pocos se interesaron sobre el tema, a pesar de que en estos tiempos está de moda tratar la violencia contra la mujer, que también atraviesa Juana, a pesar de su desaparición física.

A algunas autoridades que se interesaron solo les importó reconocer a Juanita su aporte cultural, que es ponderable, pero el problema precisa más voluntad política. Es absolutamente paradójico que en tiempos en que nos enorgullecemos de nuestros orígenes indios, no se trate el asunto en la Asamblea Legislativa y se lo eluda sutilmente derivando a otras instancias del Estado, que solo se atinan a esperar que no se insista más en el tema y se archive el caso, como siempre ha ocurrido en nuestras prácticas burocráticas.

Hacemos un llamado público, a los/as asambleístas del Órgano Legislativo para que traten el tema. En la construcción del Estado Plurinacional no puede desconocerse, ni se puede diluir una de las memorias que aportó a la difusión del pueblo aymara. Hoy vemos mujeres de pollera, como lo era Juana, pelear por sus derechos, pero no luchan por el derecho de otra hermana que toda su vida batalló para que el idioma aymara sea reconocido como idioma nacional. Convocamos a las mujeres jóvenes que hoy con nombres sugestivos discuten y plantean problemas en las redes sociales, pero no tocan a sus antecesoras que combatieron en otros espacios, enseñando y escribiendo poesías en aymara o dando clases fuera del país, como fue el caso de Juana. Estamos en el Decenio Internacional de las Lenguas Indígenas, 2022-2032, declarado por la Unesco y por instituciones como el Instituto Plurinacional de Estudios de Lenguas y Culturas (IPELC), dependiente del Ministerio de Educación, que no se han pronunciado. A las carreras de lingüística en lenguas nativas no les interesa, hasta el momento, apoyar la causa.

Jilatanaka, kullakana, janikiw amtasin munjtanti jach’a kullakasata, Juana Vásquez jupata. Jupaxa, ma suma thakhi uñanchawayistu. Qhip nayr uñtasis sarnaqapxañani, sasina.

Esteban Ticona Alejo es aymara boliviano, sociólogo y antropólogo.

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Con justicia colonial no se detendrán las rebeldías

/ 20 de marzo de 2022 / 02:41

Una de las disciplinas del conocimiento y de las más antiguas que justificó siempre toda forma de colonialismo fue el Derecho, y mucho más cuando de su seno surgió el derecho internacional para argumentar intervenciones en diferentes continentes del mundo por países hegemónicos y sobre todo capitalistas. Este legado ha continuado a lo largo de los años y por eso muy difícil que surja un derecho anticolonial. Fiel a este principio, la formación de muchos abogados/as en nuestro país —habrá algunas excepciones— es absolutamente pro colonial. ¿A qué vienen estos antecedentes?

El 2 de agosto de 2021, un grupo de jóvenes aymaras (hombres y mujeres), y particularmente Santiago Mamani, se subió a la cabeza de la estatua de Cristóbal Colón situada en el paseo de El Prado de la ciudad de La Paz y estropeó su nariz. La Policía arrestó a seis personas en aquella jornada y la Alcaldía cercó el monumento con calaminas para evitar nuevas agresiones de los indios. El gobierno municipal de La Paz activó la denuncia y cinco meses después se emitió la imputación para cuatro involucrados por el maltrato del monumento.

¿Cómo juzgamos el deterioro al patrimonio colonial a personas que no se representan en esos monumentos impuestos por la colonización? Ahí el gran vacío jurídico. Aunque la Constitución Política de 2009 reconoce a la justicia indígena, campesina originaria, pero en la práctica está supeditada a la tradicional colonial. Cuando se fundó Bolivia, se pensó que se había dejado atrás el sistema colonial, aun hasta hoy existe esa mentalidad. Pero en realidad, nos quedamos con muchos legados, desde las atrocidades de los colonizadores como el exterminio de millones de indios, la reducción a la esclavitud a decenas de millones de africanos, el hambre y las epidemias, las represiones sangrientas a todo acto de libertad, son algunos atributos de ese colonialismo interno que no ha terminado. Además, hay que añadir a los valores y representaciones impuestos. Uno de los grandes temas para reflexionar es el patrimonio, particularmente los monumentos en el país.

Samka Mamani, el joven infractor, está dispuesto a ser juzgado por el derecho indígena reconocido en nuestra Constitución plurinacional de 2009. Sin embargo, el juez ya ha dispuesto sancionar con $us 28.000, dice para la reparación de la estatua. Si enjuiciaran los pueblos colonizados del mundo a los países invasores, creo que no alcanzaría el dinero de la Europa hegemónica y capitalista para resarcir los grandes daños ocasionados al gran Abya Yala y el Caribe.

El dictamen del juez es pues una ridiculez, no sé si por falta de conocimiento o tal vez porque no quiere entender el problema, y quizás ni sepa lo que es la colonización; pero tampoco se descarta su ascendencia española o cuasi española que quiere venganza con un joven originario crítico.

Sería interesante en esta crisis del Poder Judicial que se contemple algún acápite como solución a los problemas irresueltos de la colonización, como el patrimonio. Sería una forma de reparación jurídica o justicia descolonial. El Ministerio de Culturas y Descolonización hasta ahora brilla por su ausencia, cuando de oficio debería estar defendiendo al joven Samka y posibilitando alguna ley que permita el retiro de los monumentos más detestados en el país.

Recuerdo a los jóvenes kataristas e indianistas de fines de los años 60 del siglo XX que se rebelaron contra el Estado de 1952, que pese a llamarlos ciudadanos los consideraban indios. Hoy a pesar del Estado Plurinacional, aparecen algunos resabios putrefactos del Estado nación republicano y sus defensores aún se aferran a los representantes colonizadores. Urge llegar a acuerdo mínimos societales, porque si no se encara con racionalidad la rebeldía crecerá con todo el derecho hasta eliminar los símbolos que han causado tanto dolor y muerte en nuestros pueblos ancestrales.

Samka Mamanirux ch’amanchañasawa. Uka waynanakan, tawaqunakan ch’axwawinakapax jiwasanakan ch’axwawinakaparakiwa. ¡Jipha, jipha!

Esteban Ticona Alejo es aymara boliviano, sociólogo y antropólogo.

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