Voces

lunes 23 may 2022 | Actualizado a 22:03

Conspiración

/ 24 de enero de 2022 / 00:09

Se llama teoría de la conspiración a aquellas explicaciones alternativas a las oficiales, que dan información e iluminan sobre una cadena de acontecimientos en los que interviene algún grupo ultrasecreto de intereses y poder. Lo que caracteriza a estas teorías es la sensación de que la información que se nos va a compartir es ultrasecreta o clasificada y, en consecuencia, nosotros, que la conoceremos, somos privilegiados. La teoría de la conspiración presenta así, una narración alternativa que permite colocar entre comillas a la “historia oficial” y acusar de que hay poderes políticos, intereses económicos, misterios de alguna entidad superior, poderes, en fin, que no quieren que sepamos la verdad.

Según Anne Applebaum, la atracción emocional de una teoría de la conspiración está en su simplicidad, pues resuelve y articula fenómenos complejos para otorgar una explicación impensada o no vista, que genera la sensación especial de tener ese acceso privilegiado a la verdad.

Desde que la NASA inventó la llegada del hombre a la Luna, que Estados Unidos esconde un OVNI que se estrelló en Roswell, que canciones como Stairway to heaven de Led Zeppelin o Revolution 9 de The Beatles si se las escuchan al revés tienen un mensaje satánico, que el gobierno del mundo está a cargo de extraterrestres reptilianos, que hay un plan de dominio de los judíos, que el coronavirus fue creado por gobiernos y farmacéuticas, hasta la última teoría ultrasecreta que escuché: que el 29 de diciembre de 2021 se activó a nivel mundial la fase de contagios de coronavirus por un nanodispositivo tipo neovirus que fue inoculado en las vacunas y que no importa si estás en La Paz, Buenos Aires, Bogotá o Lima, no importa si es Delta, Ómicron o Alfa Beta Gama, lo cierto es que el 29 de diciembre de 2021 se activó un nuevo experimento controlado, y los que saben de esta información privilegiada deben pelear por no vacunarse, pues son ellos la esperanza de la humanidad. Sé que suena absurdo y simplón, pero esa es la idea de una buena teoría de la conspiración: explicar fenómenos complejos con una idea simple y con información a la que nadie tiene acceso, excepto tú, con la ayuda de Google y tu imaginación.

Recientemente, una película está teniendo cientos y hasta miles de reseñas, búsquedas en internet, artículos y ensayos muy sesudos, me refiero a la conocida Don’t look up, cuyo éxito se debe también en parte a esas teorías de la conspiración, la narración de que un asteroide chocará con la Tierra y que los encargados de la “historia oficial”, lo niegan. Una vez más, una teoría simple (asteroide, choca y mata), con una información que es negada o a la que nadie o casi nadie tiene acceso, solo los privilegiados científicos como Leonardo Di Caprio, Jennifer Lawrence, y claro, tú.

Farit Rojas T. es abogado y filósofo.

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Bourdieu

/ 16 de mayo de 2022 / 01:05

Para hablar de un autor se puede partir con su fecha de nacimiento, sus libros más importantes, o por el concepto o categoría que caracteriza su obra. Pierre Bourdieu nació en Denguin (Francia) el 1 de agosto de 1930, no es un dato menor pues nos revela que no era parisino y su lengua materna no era el francés. Decimos «era» pues murió en 2002. Escribió muchos libros importantes, depende del interés de sus lectores. Para mí, el conjunto de artículos reunidos en libros como Cuestiones de sociología, Cosas dichas, Meditaciones pascalianas, Razones prácticas y Poder, derecho y clases sociales, son sus mejores libros, pero su gran obra se titula La distinción, criterio y bases sociales del gusto, aunque para otros tal vez sea La reproducción: elementos para una teoría del sistema de enseñanza, escrito en co-autoría con Jean Claude Passeron. Continuando con el concepto o categoría que caracteriza la obra de Bourdieu, podríamos quedarnos con habitus.

Habitus es una categoría sociológica que se refiere al conjunto de modos de ver, sentir y actuar que, aunque parezcan naturales, son sociales, es decir, están moldeados por las estructuras sociales, se aprenden y se aprehenden. El habitus aparece como la mediación entre las condiciones objetivas y los comportamientos individuales. Hablar de habitus es colocar lo personal como colectivo.

Bourdieu lo concibe como “la interiorización de la exterioridad y la exteriorización de la interioridad” o también como “sistemas de disposiciones duraderas, estructuras estructuradas predispuestas a funcionar como estructuras estructurantes”. Esta manera de referirse al habitus como estructuras estructuradas y como estructuras estructurantes a la vez, es tal vez, la manera más clara de explicarlo, en tanto Bourdieu nos está diciendo que el habitus se aprende, al participar de un determinado campo y en consecuencia se trata de una estructura (exterior) estructurada (interior) y que desde ese interior (estructura estructurada) el agente se encarga de reproducir con su práctica el conjunto de relaciones sociales, solo entonces el habitus funciona como estructura estructurante. Es decir, el habitus es una subjetividad socializada.

El ejemplo más claro es el del jugador de fútbol. Un futbolista aprehende las reglas del campo y las interioriza, ya no decide sus acciones de forma racional, sino por medio de su habitus, por ejemplo, no tiene que preguntarse si puede o no levantar la pelota con las manos, simplemente se comporta con su habitus. Los deportistas llaman a esto «sentido del juego».

El habitus no es solo un término de investigación sociológica, sino una categoría para comprender por qué un sujeto, pese a rechazar constantemente un determinado comportamiento, puede terminar siendo parte de él.

Farit Rojas T. es abogado y filósofo.

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Liberalismo del miedo

/ 2 de mayo de 2022 / 00:09

Frente a la pregunta de quién debería gobernar, el pensamiento liberal responde con otra pregunta: ¿Cómo se podría organizar instituciones políticas de modo que los gobernantes malos e incompetentes no hagan daño? Esta pregunta sitúa al pensamiento liberal bajo la preocupación del abuso de poder y del maltrato al débil, que ha inspirado la materialización del constitucionalismo. Muchos principios constitucionales como in dubio pro reo, in dubio pro operario, res judicata, favor debilis, favor debitoris o nula poena sine lege, estructuran una cierta asimetría originaria de la actividad política en la que se defiende al débil y muestran claramente la base y esencia del llamado “liberalismo del miedo”: los derechos e instituciones para hacer frente a los poderosos.

Pensadores liberales clásicos como Locke, Montesquieu, Kant o John Stuart Mill, o contemporáneos como Rawls o Dworkin presentan su preocupación respecto a que la base de la vida política en sociedad es la pugna entre débiles y poderosos; y una de las soluciones posibles a esta lucha se encuentra en los límites institucionales para contener el abuso. Incluso el constitucionalista neopositivista italiano Luigi Ferrajoli ha caracterizado a los derechos fundamentales como la ley del más débil, es decir, como las garantías de las minorías frente al abuso que puedan llevar a cabo las mayorías. Sin embargo, ha sido la profesora lituana, nacionalizada norteamericana, llamada Judith Shklar, quien ha desarrollado la base teórica de este “liberalismo del miedo”.

Shklar vivió los desplazamientos humanos de la Segunda Guerra Mundial. Tuvo que huir, junto a su familia de Letonia a Suecia, Japón, Canadá y finalmente se asentó en Estados Unidos, donde estudió, consiguió su doctorado y se convirtió en la primera mujer presidenta de la asociación de ciencia política de Estados Unidos. La tesis central de Shklar radica en que los gobernantes son propensos al abuso y obviamente cuando lo llevan a cabo, no lo hacen a los poderosos, sino a los débiles. El liberalismo, que busca limitar el ejercicio abusivo del poder, debe estructurar su pensamiento en el temor, es decir, en el miedo respecto a estos abusos. Entonces, todo aquel que desee llamarse liberal, debe estar preocupado en la protección al débil.

Para Shklar, la preocupación por los derechos de Locke, la separación y división de poderes de Montesquieu, el tomar al ser humano como un fin y no como medio de Kant, el liberalismo del desarrollo personal de Mill, o la justicia como la primera virtud de las instituciones básica de una sociedad de Rawls, no son sino herramientas para proteger al débil. Y esa es la lucha liberal, más que preocuparse por quiénes deberían ser nuestros gobernantes, preocuparse por fortalecer las instituciones.

Farit Rojas T. es abogado y filósofo.

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El gran complot

/ 4 de abril de 2022 / 01:16

El filósofo esloveno Slavoj Zizek, en un breve ensayo titulado Lacan contra el complot de la CIA, narra una situación cómica, pero a la vez trágica, que ejemplifica en esencia lo que podríamos llamar «la puesta en práctica de un gran complot».

En plena guerra fría el director de contrainteligencia de la CIA, James Jesús Angleton, se dio la tarea de desenterrar topos o agentes encubiertos en los altos niveles de la CIA. Al director Angleton le metieron en la cabeza que la agencia de inteligencia rusa —KGB— estaba llevando a cabo una confabulación gigantesca urdida bajo la premisa de introducir una organización dentro de la misma organización cuyo objetivo era destruir la organización. Si en la CIA era posible introducir un conjunto de agentes encubiertos, la KGB podría controlar a la CIA, de esta manera se empezaría a destruir la red de inteligencia de occidente. Angleton era paranoico, y al parecer, un adicto a las teorías de la conspiración, entonces se tomó en serio la existencia de esta confabulación y empezó a separar de la CIA a todos los que alguna vez fueron dobles agentes de la CIA en la KGB, pero que obviamente trabajaban para la CIA, luego continuó con aquellos que le parecían sospechosos y continuó con los que le parecían algo sospechosos. El resultado fue que a comienzos de los años 70 la CIA empezó a paralizarse por completo, pues todos eran sospechosos de participar en un gran complot de la KGB.

Clare Petty, uno de los oficiales de más alto rango y mano derecha de Angleton, llevó la paranoia al extremo, al punto de preguntarse si el mismo Angleton no era el topo, pues efectivamente se había paralizado exitosamente a la CIA, y un hilo de desconfianza empezaba a desmoronarla.

El gran complot de la KGB, entonces, era real, y consistía en el mismo proceso de poner en juego la idea de un gran complot y de esa manera ir destruyendo lentamente a la CIA. El gran complot era la creencia en el gran complot, y sí, claro que sí, existía un topo dentro de la CIA y era el mismo Angleton, solo que parece que él no lo sabía.

Zizek nos dice que en el caso del gran complot «el engaño reside en nuestro error de no incluir en la lista de sospechosos la propia idea de sospecha (generalizada)». Obviamente, el gran complot no funciona si no tenemos dentro de la organización a un incondicional fan de las teorías de la conspiración, que crea en todo momento de que alguien está conspirando, o de que alguna fuerza extraña y oscura está presente.

Muchas fuerzas, movimientos y partidos políticos pueden paralizarse y hasta resquebrajarse, con la puesta en práctica del gran complot, solo se precisa que en la organización se introduzca la desconfianza y se elija a algunos líderes paranoicos asesorados por fanáticos de las teorías de la conspiración. 

Farit Rojas T. es abogado y filósofo.

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Accidentes normales

/ 21 de marzo de 2022 / 00:36

En 1979 explotó el reactor nuclear de Pensilvania, el mayor accidente nuclear de la historia de Estados Unidos y el tercero en envergadura, después de Chernóbil (ex URSS) y Fukushima (Japón). Ante este evento desastroso, el sociólogo Charles Perrow acuñó la categoría de accidentes normales. Para Perrow, “los sistemas modernos están compuestos de innumerables partes y piezas, todas las cuales se interrelacionan de tantos modos que es imposible preverlos todos”. En consecuencia, las tecnologías que implican alto riesgo hacen previsible e inevitable acontecimientos disruptivos de gran envergadura como la explosión de Three Mile Island en Pensilvania.

Los accidentes normales, también llamados por Perrow accidentes sistémicos, no son en sí normales porque sean la norma, sino porque son inherentes a un sistema complejo. “La muerte es lo normal de los mortales —dice Perrow— y solo morimos una vez. Los accidentes sistémicos son infrecuentes, raros incluso, pero eso no es en absoluto tranquilizador cuando pueden provocar catástrofes”. Dicho de otro modo, estos accidentes no son producto de un error humano, de un sabotaje o de un comportamiento negligente, sino que son previsibles porque existen en potencia, en virtualidad, en la productividad misma del sistema, pese a que humanamente intentemos que no sucedan sucederán.

Con la categoría de accidentes normales de Perrow se abre una nueva época que el filósofo Peter Sloterdijk ha calificado de tecnoceno, como una declinación del llamado antropoceno. En el antropoceno el ser humano fue capaz de afectar de modo material el planeta, en particular a momento de liberar la energía nuclear. En el tecnoceno el despliegue técnico ha desplazado el rol central del ser humano, y éste se ha convertido en efecto colateral de lo que la tecnología y su despliegue sistémico puede realizar, por ello los accidentes normales son previsibles, pero imposibles de controlar.

Ahora, junto con el despliegue tecnológico, se encuentra el desarrollo en el mundo de un complejo sistema capitalista, el cual también está compuesto de innumerables partes y piezas, que se pueden interrelacionar de tan diversos modos posibles que es imposible prever todos sus efectos, haciendo inevitable que algunas combinaciones de fracasos menores acaben ascendiendo a algo catastrófico. Jason Moore señala que junto al tecnoceno hay un capitalceno, que ha desplazado el rol del ser humano, haciéndolo solo una parte que recibe los efectos perversos del sistema sin que pueda intervenir en él.

Así, las crisis económicas, las guerras e incluso la pandemia del coronavirus, son parte de estos accidentes normales de la nueva escala abierta por el tecnoceno y el capitalceno. Tal vez allí encontremos las respuestas a lo que hoy nos preocupa en el mundo.

Farit Rojas T. es abogado y filósofo.

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Paz y derecho

/ 7 de marzo de 2022 / 01:41

Immanuel Kant señalaba que la guerra es parte de nuestro estado de naturaleza y que, en consecuencia, la paz debía ser “instaurada” por el hombre para desarrollar el derecho. Uno de los textos fundamentales del derecho a la paz es el opúsculo de Kant titulado Sobre la paz perpetua (1795) en el que Kant nos brinda una serie de principios para “instaurar” este estado de paz.Luigi Ferrajoli en su obra titulada Principia iuris (2011), señala que hay derecho porque hay negación de guerra, pues el derecho únicamente se desarro lla de manera completa en un estado de paz, razonamiento heredado de Kant. Por ello, para Ferrajoli, un derecho a la paz puede sonar tautológico; sin embargo, aun hoy, es uno de los derechos que busca una concreción efectiva en el derecho internacional.

Otro de los teóricos importantes que relacionan paz y derecho es Norberto Bobbio, quien dedicó gran parte de su obra a analizar esta relación. Una compilación de su pensamiento sobre la paz fue recogida en los libros El problema de la guerra y las vías para la paz (1979), El tercero ausente (1989) y ¿Una guerra justa? (1991). Sin embargo, su obra en general puede ser vista como justificaciones constantes a la relación entre la paz, el derecho y la democracia, por ejemplo El futuro de la democracia (1984) y El tiempo de los derechos (1990) pueden ser vistos como explicaciones sobre el nexo entre democracia, paz y derechos humanos.

La categoría paz aparece varias veces en la Constitución boliviana. En el preámbulo (avanzar hacia una Bolivia inspiradora de la paz), en los fines del Estado (Art. 9.1, Constituir una sociedad justa y armoniosa, cimentada en la descolonización, sin discriminación ni explotación, con plena justicia social), en los deberes (Art. 108. 4, defender, promover y contribuir al derecho a la paz y fomentar la cultura de paz), en las atribuciones del Órgano Legislativo (Art. 159.10, aprobar en cada legislatura la fuerza militar que ha de mantenerse en tiempo de paz), en el apartado dedicado a las Relaciones Internacionales de Bolivia (Art. 255. II. 1, solución pacífica de conflictos entre los Estados) y lógicamente de manera clara en el artículo 10 (Bolivia es un Estado pacifista, que promueve la cultura de la paz y el derecho a la paz, Bolivia rechaza toda guerra de agresión como instrumento de solución a los diferendos y conflictos entre Estados).

Entonces, no hay estado de derecho sin paz. No hay muchas alternativas, pues si nos apegamos a vivir en derecho nos apegamos a rechazar la guerra y a promover la vida en paz. No es sencillo, y como señala Kant, es algo que debemos “instaurar”. No es casual que como condición de nuestra declaración constitucional de Estado pacifista siga inmediatamente la necesidad de promover una cultura de paz.

Farit Rojas T. es abogado y filósofo.

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