Voces

domingo 22 may 2022 | Actualizado a 12:51

Confianzas comunes dañadas

/ 29 de enero de 2022 / 02:10

Después de la autoinfligida secuencia de inicio de año en torno a un posible cambio de gabinete que derivó en un zafarrancho de dimes y diretes, el oficialismo parece aún atrapado en un limbo político. Los disfuncionamientos siguen ahí, no se han resuelto pese a que ya no se exponen impúdicamente ante la opinión. Lo preocupante del asunto no fue solo la demostración de la debilidad del actual sistema decisional masista, sino la impresión de que ciertas confianzas en esa agrupación se están horadando.

El MAS nunca fue una taza de leche, ser la coalición sociopolítica plebeya más grande del país tiene ventajas, pero también costos. Por el lado de las complicaciones, esta singular arquitectura resalta por su informalidad, su laxitud organizativa, su despreocupación por la comunicación política y la gran heterogeneidad de intereses detrás de algunas grandes orientaciones en las que todos convergen.

Alguien dirá que esa es la riqueza de la diversidad, eso es cierto, pero cuando deriva en cacofonía y desorganización es un problema. Por eso, la cuestión de la armonización del mastodonte es crítica y pasa por saber quién o quiénes toman las decisiones y si éstas se hacen de una manera en que sean legítimas para una mayoría de la coalición. En esto, hasta hace dos años, no había secretos, esa labor la desempeñaba Evo Morales. El “jefazo” tomaba su tiempo, escuchaba y hablaba con todos, los convencía, cedía y a veces imponía su autoridad, es un arte ese laburo.

En medio de esas decisiones, siempre hubo conflictos, ambiciones frustradas, traiciones, ostracismos temporales o para siempre, rupturas y peleas, con sillazos incluidos, pero también batallas políticas épicas y sacrificios comunes en las que todos se unieron para consolidar un proyecto político. Es decir, no era la autocracia que sus detractores pintan, ni menos aún el disciplinado partido leninista al que algunos aspiran ingenuamente en sus filas.

Hoy, el problema es que algunos de los pilares que sostenían esos equilibrios deben ser replanteados para adecuarse a un contexto más complicado y desordenado. La dificultad no es únicamente la coordinación entre un presidente y el jefe partidario de la fuerza que lo sustenta, cuestión frecuente en democracias pluralistas, sino también la delicada gestión de la heterogénea coalición de organizaciones sociales afines que pretenden mayor influencia en el gobierno.

Querer transformar esas tensiones en meras disputas personales es simplificar en demasía el problema, aunque los egos y la soberbia tampoco ayudan a su resolución. Pero, el espectáculo brindado por las elites oficialistas en vísperas del 22 de enero es la evidencia de que hay cosas que no están funcionando, pues si la gestión política fuera eficaz se habría evitado el festival de suspicacias, declaraciones y torpes actuaciones que la convirtieron en su primer tropiezo del año, en la que los opositores no tuvieron nada que ver aparte de solazarse con el despelote.

La salida salomónica era casi obvia, había que salvar el honor y preservar la sacrosanta preeminencia presidencial en el nombramiento de sus colaboradores. No había otra, ante tanto exceso, mejor calmar el juego. Tiempo ganado, pero lío no resuelto, porque el desequilibrio sigue ahí, no desaparecerá hasta que se reconstruya y se pacte un mejor esquema colectivo de toma de decisiones.

Pero, me temo que eso no es lo más llamativo del episodio, lo realmente inquietante para los masistas no son tanto la existencia de tensiones internas por tener mayor influencia, al final legítimas, sino los métodos utilizados en el conflicto. La base de la cohesión de cualquier organización está en la existencia de un mínimo sentido de cooperación y respeto entre los copartidarios, eso que algunos llaman affectio societatis, la adhesión a unas reglas compartidas que permiten mantener la unidad del grupo.

Y justo es en ese ámbito donde el episodio está trayendo situaciones inéditas como la exposición abierta de descalificaciones, los intentos de judicialización de problemas internos o las presiones públicas desde el mismo bando para cambiar autoridades. Esas cosas no se ven bien y sobre todo erosionan la confianza interna, esa que, si no existe, hace que la unidad sea solo un eslogan. Algo de disciplina y orden no vendrían mal.

Armando Ortuño Yáñez es investigador social.

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Incentivos y método

/ 21 de mayo de 2022 / 01:27

A esta hora, la elección del nuevo Defensor del Pueblo parece estancada por un largo tiempo. Esta frustración es un ejemplo de que no basta con buenos deseos para lograr acuerdos políticos, hay que pensar en los incentivos que los faciliten y, cuestión no menor, en la necesidad de pensar la manera de concretarlos. Hay mucho de método o, mejor dicho, de su ausencia en este tipo de situaciones.

Pensaba que este proceso legislativo tenía visos de concluir exitosamente, es decir con el nombramiento de una persona, más o menos solvente y sobre todo honesta, por una mayoría de parlamentarios oficialistas y opositores. Por su rol en la garantía de derechos humanos para todos, es una mala noticia que no haya capacidad de ponerse de acuerdo en una autoridad que cumpla plenamente ese mandato.

Al inicio, tampoco la cosa pintaba tan mal con la excepción del pintoresco pugilato inicial en la discusión de su reglamento. Por varias semanas, unos y otros jugaron el partido en la comisión y se hizo una preselección razonable, que quizás no fue óptima no tanto por las controversias partidarias sino por la notable falta de candidatos con trayectoria. Esto último, señal preocupante del desinterés o temor de muchos ciudadanos para meterse en esos embrollos.

Teniendo una lista corta, la cuestión no era muy complicada teóricamente si los grupos parlamentarios tenían claras las premisas que viabilizaban el acuerdo. En simple, la persona elegida tenía que dar garantías mínimas de no parcialización tanto a oficialistas como opositores. Había pues que sacar del juego a los que eran vistos, justa o injustamente, como alineados claramente con uno u otro bando. Conste que, en eso, la subjetividad iba a necesariamente ser la norma. Quedarían, por tanto, algunos personajes no perfectos, pero a los que se les podía atribuir una duda razonable de comportamiento equilibrado, entre esos estaría la buena o el bueno.

Ese procedimiento implicaba una negociación, es decir hablar, poner nombres en la mesa, decir con claridad lo que molesta de algunos de ellos, entender las razones del otro o al menos darse cuenta de que en algún caso no había margen para seguir jalando la cuerda y poco a poco ceder en algunas cosas y acordar un “mal menor” que no sea demasiado resistido ni por moros ni por cristianos.

Ciertamente, visto de esa manera, no parece una labor muy exaltante, pero así se hace en cualquier proceso decisorio parlamentario con actores plurales que tienen poder de veto, lo cual es el caso en Bolivia para los nombramientos por dos tercios en la Asamblea. Y no hay que escandalizarse, eso es buena política y si además está inspirada en otros valores morales, fantástico.

Lo cierto es que el fracaso de este primer intento no es del todo malo. Por una parte, le debería quedar claro al oficialismo que en ciertas decisiones la aritmética manda y que no puede ser ingenuo creyendo que va a pasar un milagro y logrará reunir los votos sin negociar con los opositores. Y a los otros que, si bien tienen poder de veto, tampoco pueden imponer a quien sea o dedicarse ad eternumal bloqueo, pues su minoría parlamentaria tiene que servir para algo positivo de tiempo en tiempo o al menos parecerlo.

En caso contrario, los que ganaran algo en estos episodios son los que, por un lado, tienen definida su estrategia de profundizar las contradicciones del sistema para que así se acelere el advenimiento de un cambio violento, es decir la versión derechosa camachista de cierta vieja cultura extremista de izquierda. Y en el otro, los que piensan que se puede gobernar desde el atrincheramiento, sin tomar en cuenta la complejidad de escenarios sociales e internacionales que, hoy en día, son determinantes para la viabilidad a largo plazo de cualquier proyecto político progresista.

No hay que desesperar, asumo que estos retrocesos deben ser asumidos como aprendizajes. Tal vez se precisa mayor convencimiento en los dos actores clave de este escenario, MAS y Comunidad Ciudadana, de que podrían ganar bastante con algunos acuerdos que sean bien percibidos por la mayoría de los ciudadanos cansados de la pelea chiquita, el odio y la falta de propuestas constructivas. Pero, eso implica también que se los concrete luego mediante un método decisorio eficaz. Es que las cosas no caen del cielo porque Dios es grande, hay que laburar y ponerle ganas y algo de practicidad y realismo a la tarea.

Armando Ortuño Yáñez es investigador social.

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Al día siguiente del cometa

/ 7 de mayo de 2022 / 01:47

La política siempre estuvo íntimamente asociada a la evolución de las prácticas de consumo de información y del ecosistema de medios de comunicación. Estoy convencido de que, al respecto, estamos en un momento casi refundacional. El cometa ya cayó y todas las especies del viejo mundo, que nació con la imprenta, deben adaptarse o tal vez ya son parte del pasado, como los dinosaurios.

Pero, las réplicas de ese fenómeno afectan también a la manera como se construye y transmite el discurso, las ideas y la influencia política, es decir a la construcción del poder. Y eso es aún más vital. En ese sentido, creo que ya estamos viviendo en un mundo nuevo, que explica algunas de las paradojas que vemos a diario, entre otras, la incapacidad de las élites para conectarse con las preocupaciones de la gente, pero también con el auge del extremismo.

Gracias a las encuestas que viene presentando la FES, sabemos de la pérdida de confianza que aqueja a los medios de comunicación y la impresión que muchos tienen que son espacios partidizados. Otros sondeos indican que, pese a la histeria de algunos de esos medios en el tratamiento de la coyuntura, su capacidad para mover las fronteras políticas es, al final, bastante reducida. Eso sí, el modelo de negocio basado en complacer a su secta de seguidores radicalizados parece aún bastante rentable.

Frente a ese declive, está surgiendo un ecosistema caótico de canales alternativos, muchas veces frívolos y oportunistas, sobre todo en las redes sociales, donde ya se está informando la mayoría de los bolivianos y bolivianas.

Hace unas semanas, me entretuve con algunos instrumentos de seguimiento de redes para ver de lo que se hablaba en Facebook. El panorama me sorprendió, en primer lugar, por su masividad. Estamos hablando de un lugar en el que, en pocos días, entre dos y tres millones de personas pueden ver un video o post sobre una temática atractiva.

Pero lo más interesante es que esa viralización no está mediada por los grandes medios escritos o incluso televisivos, sino por otras opciones, muchas de ellas desconocidas, que construyen audiencias con noticias sobre violencia, vida cotidiana y entretenimiento, como una reedición digital de los diarios populares del siglo XX.

A eso se suma un cambio en las prioridades de consumo informativo. La política contingente interesa moderadamente, la atención se concentra en la entretenida vida de Albertina Sacaca, tiktoker chuquisaqueña, o los dramas y alegrías de personajes del entretenimiento cruceño. En todos esos casos, es perceptible la emergencia de una estética y preocupaciones marcadas por la cotidianidad y lenguaje de las mayorías populares jóvenes.

Alguna amiga nostálgica me dirá: ¿Y eso qué tiene que ver con la política y las cosas serias? La verdad, no tengo bola de cristal, pero la manera como esas prácticas están influyendo en las formas como la gente accede a la información, articula marcos de comprensión y define sus prioridades es tremenda. Siendo que la política tiene mucho que ver con captar la atención y estructurar la opinión pública, no es marginal.

De hecho, el triunfo en la opinión de María Galindo es un ejemplo de la posibilidad de construir influencia pública sobre temas relevantes desde esos espacios. No exagero diciendo que los millones que prestaron atención a su reciente performance son un resultado que no sé cuántos proyectos de comunicación feministas hubieran soñado tener. Y eso se logró, desde mi punto de vista, con muy poco recurso, pero sobre todo porque la señora combinó de una manera inteligente contenido sustantivo, ideas, pues, con las que podemos estar de acuerdo o no, con una estética popular y con códigos del mundo del entretenimiento, frívolos para algunos, y un gran manejo de los tiempos y formas de las redes digitales.

Así pues, ese es quizás el horizonte de la comunicación política: cada vez más digitales con nuevas combinaciones de sustancia, estética, ritmo rápido, maneras populares y otras cosas más. Un mundo en nacimiento, para lo peor, porque también hay mucho de eso, pero también para lo mejor si lo entendemos y actuamos en consecuencia.

Armando Ortuño Yáñez es investigador social.

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Detrás del furor

/ 23 de abril de 2022 / 03:03

Desde hace ya varios años, la política nacional se ha vuelto cada vez más melodramática, envuelta en el furor de la polarización, el azuzamiento cotidiano de los sentimientos negativos y malestares, la búsqueda constante de culpables y la sensación de que cada evento es un paso más hacia la catástrofe. Las élites partidarias y mediáticas convergen en eso, ese es su mundo y dicen que es también el nuestro. Pero ¿si eso no fuera cierto?

Una reciente encuesta me llamó la atención, no por sus novedades sino por la ratificación de algunas tendencias que ya se veían desde hace mucho y que las élites polarizadas se resisten a tomar en cuenta. En pocas palabras: el apoyo al oficialismo y sobre todo al Presidente se mantienen intactos y el vacío opositor sigue ahí. Incluso, pese al clima polarizado, la gestión del Primer Mandatario es valorada como buena por el 36%, mala por el 30% y “ni buena o mala” y “no sabe” por el 34%.

Es decir, los dos tercios clásicos, con ventaja para el masismo, y con un porcentaje grande de gente escapándose de la novela de amor y odio en la que algunos han convertido a la política. Es un mundo, sin tantos dramatismos, odios o batallas del todo o nada. Gente razonable, que no da muchos cheques en blanco pero que espera a ver para opinar sobre el Gobierno.

Arce logra un balance de imagen personal favorable después de más de año y medio de gestión: 52% de entrevistados con opinión positiva versus 39% con una negativa. Incluso, al denostado Evo Morales tampoco le va tan mal considerando el hostil contexto mediático en que vive: 43% dice tener buena imagen del expresidente y al 50% le cae mal. Sabiendo que, por diseño, esa encuesta, realizada a personas con conexión a internet, tiene un sesgo desfavorable a los ciudadanos rurales y de menores ingresos, esas son cifras alentadoras para los azules.

Los números son, al contrario, preocupantes para los líderes opositores: Mesa logra una percepción positiva del 29% y Camacho, del 24%. Datos tampoco demasiado raros, ambos siguen arrastrando esos desafectos desde su fracaso electoral. Lo interesante es que ni la exacerbación de la confrontación ni un centrismo inaudible parecen ser la receta para posicionarse, incluso en su propio campo, pues un porcentaje relevante de electores opositores no los ve bien, sino superarían al menos el 30% de opiniones positivas. El mundo opositor sigue huérfano de dirigencia.

Hace unos ocho meses, otras mediciones apuntaban más o menos a lo mismo. Por esa razón, en una columna en septiembre de 2021 dije que el saldo de apoyo al Gobierno era “ni muy muy, ni tan tan”. Después vinieron conflictos, controversias, dramas varios, peleas internas, derrumbes pronosticados y furor mediático de todo calibre. Al final del camino, la opinión pública aparece imperturbable. Apoyo mayoritario, pero sin grandes entusiasmos. Y esa persistencia de los sentimientos de gente es en sí misma un dato potente que se debe resaltar.

Si la cosa sigue así, la polarización podría acabar en un ejemplo de la extraña tendencia de los bolivianos al “falso afán” o en una demostración de la ineficacia política de la mayoría de los operadores mediáticos y partidarios dopados a la hipérbole y el exceso. Porque la cuestión que parece emerger, justamente, es la incongruencia entre una esfera político-comunicacional dominada por la confrontación y la suposición que, de esa manera, se construye poder, frente a otro mundo que está quizás en otras cosas, que se ocupa de la política sin tanto drama ni obsesión.

Pero, cuidado, eso no quiere decir que ese panorama será eterno, la polarización es, al final, un malestar secundario en la vida de las mayorías, el empleo, la seguridad o el futuro de los hijos son las cosas que movilizan y preocupan en serio, ahí está el germen de los potenciales malestares futuros.

Por lo pronto, en tiempos de crisis, como en las tragedias griegas, mientras el coro de los malos augurios grita en una esquina del escenario, el protagonista enfrenta la tempestad y promete que saldremos vivos de ella. La mayoría le cree al héroe que aporta al menos una esperanza y algo de calma en medio del furor. Eso durará, mientras el temor a la crisis siga siendo lo esencial. Al tiempo.

Armando Ortuño Yáñez es investigador social.

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¿Nuestro futuro extractivo?

/ 9 de abril de 2022 / 02:54

Parecería que estamos atrapados en un bucle de tiempo, obligados a repetir las mismas conversaciones y análisis todos los días. Es difícil ver el horizonte, a veces incluso parece una tarea inútil. Sin embargo, detrás del barullo están pasando cosas trascendentales que definirán el entorno en el cual la economía y la política tendrán que desarrollarse los próximos 20 años.

En estos días, en medio de la guerra, el aumento de los precios de las materias primas y el riesgo de un estancamiento económico con inflación en buena parte del planeta, la pregunta del millón para la gente que elabora prospectiva era si esos fenómenos iban a ser transitorios o más bien estructurales.

Es decir, la duda es si la situación volverá a sus cauces “normales” una vez pasada la crisis ucraniana o si este momento es nada más una señal, ya definitiva, del agotamiento del viejo orden liberal y globalizador que se impuso en el planeta desde fines del anterior siglo.

Como siempre, hay argumento en favor o contra esa hipótesis, no hay consenso al respecto. Sin embargo, sí hay, al menos, un par de convicciones bastante fundadas sobre el futuro que nos espera. La primera tendencia tiene que ver con el aumento del precio de la energía y de algunas materias primas, que ya, una mayoría de analistas, consideran que no se revertirá en el mediano plazo.

Las razones no tienen únicamente que ver con la incertidumbre que la guerra y las sanciones económicas que la acompañan están provocando en mercados claves como el petrolero y gasífero, o el de los cereales. Obviamente, esas situaciones agravan la situación y están acelerando los cambios, pero el problema de fondo es el elevado costo de una transición energética, a una matriz en la que la electricidad será preponderante, que implica enormes cambios en las infraestructuras, en industrias masivas como la del automóvil o simplemente en la manera como se construirán de ahora en adelante las viviendas. Eso no será barato, alguien tendrá que pagar la factura.

Pero si eso no fuera suficientemente desestabilizante, la emergencia de grandes conflictos geopolíticos, de los que la aventura de Putin es solo la trágica punta del iceberg, complica aún más el panorama debido a que el acceso a la energía y a algunos de los recursos estratégicos para esa gran trasformación ya no dependerán únicamente de la rentabilidad de su explotación o de los costos de su transporte, sino también de sus implicaciones políticas o de los equilibrios de poder globales o regionales. Sin que haya muerto la globalización liberal, el mundo que viene será más segmentado, menos abierto y la racionalidad política y militar tendrá más involucramiento en el funcionamiento de los mercados.

Para un país, como Bolivia, esta perspectiva tiene evidentes oportunidades, pero, de igual modo, grandes riesgos. Poseemos algunos recursos valiosos para la transición energética, por mencionar algunos de ellos, litio y estaño. Pero su explotación estará asociada posiblemente a definiciones geopolíticas que se deberá ir asumiendo.

Como siempre la cuestión es el papel que se quiere tener en un juego en el que somos un actor relativamente periférico y el beneficio que tengamos, la inteligencia de conseguir navegando en medio de los intereses contradictorios y egoístas de los más poderosos. Es decir, no podemos olvidar nuestra fuerza real, bastante moderada, por cierto, evitando cualquier delirio de grandeza. Realismo y pragmatismo se esperaría, pues. Palabras que a los ideólogos no les agradan.

Es decir, el futuro del país será quizás extractivo por la fuerza de esas poderosas circunstancias. Otra mala palabra, pero así es la vida, qué le vamos a hacer. Tal vez lo más sensato será saber cómo adecuarse mejor a ese mundo y no perder el tiempo en eludir lo inevitable. Habrá que pensar en cómo hacer sostenibles esas explotaciones y quizás aprovecharlas para un segundo momento (pos)modernizador que el país espera. Discutamos. Pero el previo es levantar la cabeza y ver más allá, abandonando la morbosa obsesión por los mismos temas, conflictos y tópicos que algunos vienen repitiendo desde hace cuatro años.

Armando Ortuño Yáñez es investigador social.

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Espejito, espejito, quién tiene más poder

/ 26 de marzo de 2022 / 01:23

Las turbulencias en el oficialismo continúan, hay un festival de especulaciones, lo más probable es que, en realidad, nadie sepa demasiado de lo que está pasando en el hermético mundo del masismo. Sin embargo, el problema grave es quizás otro, ese partido parece obnubilado por su propia imagen, como si todo girara en torno a ellos y sus dramas, preocupándose poco de los cambios en la sociedad y particularmente en los electorados populares que les dieron lealmente su apoyo.

La telenovela politiquera de los desgarros internos del oficialismo está cansando. Francamente, frente a los falsos afanes de Cuéllar y compañía, está más sabroso preocuparse si al final la “suncha ojos” será perdonada por su ofuscación, si Los Brothers se harán más famosos que la María, o al verres, con el digipidiripi o si el éxito de la Poopó en Dubái augura un Gran Poder post COVID esplendoroso. Y si alguien no sabe de lo que estoy hablando, es que no vive en la Bolivia realmente existente.

Hace un mes, en una columna llamaba la atención sobre la degradación de las tensiones internas en el oficialismo. No tanto por la confrontación legítima y hasta sana de corrientes ideológicas o incluso de pulsiones entre renovación y tradición, sino por algunas de sus formas que denotaban la pérdida de confianzas internas y el respeto entre compañeros que son la base de la cohesión de cualquier grupo. Pero, como supongo que diría uno de los personajes del actual drama: “el puchichi ese reventó nomás”. Las escenas de estos días son una ratificación de esa deriva.

Tampoco me parece que el espectáculo tenga un desenlace rápido ni necesariamente en el sentido de los sueños de los opositores y medios que consumen su vida escrutando y pensando mal en lo que hizo, hace o hará Evo. El poder es un poderoso pegamento y a veces los chillidos y amenazas de salirse del marco son maneras de proteger su pequeño espacio de influencia a la espera de ampliarlo. Para qué salirse del boliche si al final lo que quieres es ser uno de sus dueños. Es decir, al tiempo, la cosa será más clara recién en 2024, cuando habrá que ir decidiendo.

Desde mi perspectiva, estos correteos ilustran otro problema, mucho más complejo que su dificultad de lograr una gobernanza equilibrada o un acomodo de poderes que satisfaga más o menos a todos los involucrados. Se trata de la tendencia de la principal fuerza política del país de ocuparse demasiado de sus propios problemas y de suponer que el apoyo social que les favoreció es eterno y sin condiciones. Ese no es un vicio extraño, es propio de las formaciones sociopolíticas que ejercen poder por mucho tiempo o que están encerradas en paradigmas ideológicos dogmáticos. Yo me voy más por la primera opción en el caso de los masistas. Estás en el centro del sistema tanto tiempo que al final crees que tú solito eres el sistema, grosero error.

La mayor virtud del MAS primigenio, a inicios de este siglo, cuando Evo y los masistas no eran percibidos como políticos tradicionales, fue su capacidad de entender y responder a las esperanzas, indignaciones y ambiciones de una sociedad que exigía cambio y que se había transformado en los 20 años de la democracia pactada. Por eso el MAS nunca perteneció a la izquierda esterilizada por sus dogmas, era una criatura política mutante, adaptativa a la sociedad que estaba emergiendo. Esas comprensiones básicas les dieron centralidad durante casi dos decenios.

La pregunta hoy es si entienden su propia obra transformadora, si reconocen a sus hijos e hijas que nacieron en estos 15 años. Lo que sí está claro es que, para muchos de ellos, Evo y el masismo son casi lo único de la política que conocieron en sus vidas, gran logro, pero también qué aburrido. Ellos son ya, les guste o no, la expresión del poder, de la tradición. Frente a eso, confiarse únicamente en el inmenso desubique y clasismo de las derechas para atraer esas adhesiones y mantenerse es una ruleta rusa.

El lema debería ser, pues, renovarse a toda costa, pero no necesariamente en términos de la edad de sus dirigentes, porque a veces hay más jóvenes conservadores que viejos innovadores, sino en ideas, en lecturas imaginativas de la nueva sociedad que ellos ayudaron a emerger pero que cada día los ve lejanos, obnubilados con su imagen: “espejito, espejito, dime quién es el más bonito y con más poder”.

Armando Ortuño Yáñez es investigador social.

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